{"id":1558,"date":"2021-09-26T20:11:02","date_gmt":"2021-09-26T20:11:02","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=1558"},"modified":"2023-11-24T18:37:54","modified_gmt":"2023-11-24T18:37:54","slug":"cuando-quiero-llorar-no-lloro","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/cuando-quiero-llorar-no-lloro\/","title":{"rendered":"Cuando quiero llorar no lloro (primera parte)"},"content":{"rendered":"<h4 style=\"text-align: right;\">Miguel Otero Silva<\/h4>\n<h3>Pr\u00f3logo cristiano con abominables interrupciones de un emperador romano<\/h3>\n<p style=\"padding-left: 180px; text-align: right;\"><em>\u00abEl historiador perfecto, al propio tiempo que debe poseer suficiente imaginaci\u00f3n para dar a sus narraciones inter\u00e9s y colorido, debe asimismo dominar de tal modo su arte que sepa contentarse con los materiales acopiados por \u00e9l y defenderse de la tentaci\u00f3n de suplir los vac\u00edos con a\u00f1adiduras de su propia cosecha\u00bb.<\/em><\/p>\n<p style=\"padding-left: 180px; text-align: right;\"><em>Lord Macauly<\/em><\/p>\n<p>Cuatro soldados, Severo Severiano Carp\u00f3foro Victorino, surcan los vericuetos del mercado, a conciencia de que van a ser detenidos. Sus cuatro cascos emplumados gaviotean airosamente por entre el humo de los sahumerios y los pregones de los vendedores ambulantes, ll\u00e9vate esta cinta azul para los tobillos del efebo por quien suspiras, higos m\u00e1s dulces que la leche de Venus madre, refrescantes tisanas de avena para el gaznate de los sedientos, redondas y espesas tortas de miel amparadas bajo el apelativo maternal de placentas, el perfil de Diana papando moscas desde un camafeo color ladrillo. Al martilleo redundante de sus sandalias gru\u00f1en los perros de Roma, se mean los gatos de Roma, una vieja romana les endilga una procacidad colectiva sin desabrochar la mirada veterana de las cuatro braguetas exuberantes que transitan al nivel de su cacharrer\u00eda. Los cuatro hermanos, Severo Severiano Carp\u00f3foro Victorino, caminan de frente, ajenos a la policrom\u00eda primaveral de los tenderetes, sin oler la adolescencia de las manzanas ni el berrench\u00edn de los traspatios, agria certeza a cuestas de que no dormir\u00e1n esta noche en sus camas, ni tampoco en cub\u00edculo de mujer mercenaria. Son cristianos, y ensalmados por esos nombres de m\u00e1rtires que les encasquet\u00f3 su madre, ni el alfanje del \u00c1ngel de los Santos Amores los librar\u00e1 de figurar con aureola en el elenco del almanaque.<\/p>\n<p>Severo Severino Carp\u00f3foro Victorino son soldados del ej\u00e9rcito imperial, ind\u00f3mitos para la pelea como jabal\u00edes, roque\u00f1os para el sufrimiento como columnas del Circo M\u00e1ximo, disciplinados para la maniobra como fluir de acueductos, soldados dijimos. Son cristianos, de la misma secta delirante de Pablo y Or\u00edgenes, pero el cristianismo ha dejado de ser en Roma un espect\u00e1culo truculento, comilona de fieras y empurpurador de espadas, para apuntalarse en el esp\u00edritu p\u00fablico como religi\u00f3n prestigiadora, cuasi se\u00f1orial. El senador Cornelio Savino, nieto del tribuno del mismo nombre que contribuy\u00f3 al despachurramiento de Cal\u00edgula con una c\u00edvica estocada en el hipogastrio del d\u00e9spota, ha limpiado su mansi\u00f3n de disc\u00f3bolos en lanzamiento, Martes en reposo, Venus pechugonas, s\u00e1tiros rijosos, hermafroditas dormidos y otras chucher\u00edas grecorromanas, para transformarla en iglesia del culto a Jesucristo. Doroteo, chambel\u00e1n mayor del palacio de Diocleciano, hasta ayer no m\u00e1s epic\u00fareo practicante, ya no se embriaga con mostos de Sabina y Falerno sino con la palabra sagrada y capitosa de los Evangelios. Mauricio, denodado caudillo de la legi\u00f3n Tebea, garrapatea en su frente apresurados signos esot\u00e9ricos antes de entrar en combate. Se avecina a ojos vistas el implantamiento ad eternum de la nueva religi\u00f3n, la derrota inexorable de los 300 tipos promiscuos de adoraci\u00f3n, la desbandada de los 32.516 dioses que en Roma conviv\u00edan y que ahora patalean acorralados por un solo Dios verdadero. Nubes implacablemente pre\u00f1adas anuncian el naufragio \u00e9tico y filos\u00f3fico y material del paganismo, cuando de repente el emperador Diocleciano, soberano de avanzadas luces y generosas entretelas sucumbe a las pr\u00e9dicas siniestras de su conmilit\u00f3n y yerno Galerio y decreta<\/p>\n<p>I. Se estremece uno en su sarc\u00f3fago refunfu\u00f1a Diocleciano.<\/p>\n<p>II. Galerio era apenas un hirsuto becerrero b\u00falgaro, yo lo hice remojar sesenta ma\u00f1anas consecutivas en mis ternas hasta despojarlo del hedor a chivo, ya enjuagado lo cas\u00e9 con mi hija Valeria, ya casado lo convert\u00ed en C\u00e9sar, vale decir mi sucesor, ya C\u00e9sar lo exped\u00ed a matar yacigios, carpos, bastarnos, a g\u00e9pinos y s\u00e1rmatas, actividad m\u00e1s de su agrado que acostarse con la Valeria, bachillera que todo lo discut\u00eda, sin excluir las posiciones en el triclinio.<\/p>\n<p>III. La cristianofobia de Galerio tuvo g\u00e9nesis, no en ofuscaciones raciales y religiosas, no en pelambre de coraz\u00f3n y ruines instintos, sino en el justificable prurito de llevarle la contraria a su onerosa c\u00f3nyuge, cualquiera te soporta, hija m\u00eda, Valeria besuqueando crucifijos, Valeria huroneando catacumbas en compa\u00f1\u00eda de su madre: mi esposa Prisca, execrable tarasca estotra de perfil y emperramientos etruscos.<\/p>\n<p>IV. Ante mi impresionante pol\u00edtica de conferirme por decreto estatura y atributos de J\u00fapiter, la mentada Prisca decidi\u00f3 encarnar al pie de la letra una cargosa personificaci\u00f3n de Juno con el ol\u00edmpico designio de amargarme la vida y el gobierno, estoy hasta la diadema.<\/p>\n<p>V. Galerio, a mayor abundamiento, era hijo de una bruja o sacerdotisa de los montes Dacios, ya se me hab\u00eda olvidado, tetas lo amamantaron con leche de hechicer\u00edas, canciones de cuna le inculcaron con sonsonete que los cristianos tra\u00edan mala sombra, como en efecto la traen.<\/p>\n<p>VI. En uno y otro caso, feminan quaerite, cherchez la femme balbucean en su media lengua las tribus de la Galia, enturbiando con sus belfos los l\u00edmpidos manatiales de Virgilio.<\/p>\n<p>VII. Galerio carec\u00eda, empero, d\u00e9 cacumen dial\u00e9ctico para convencer a nadie, y a Diocleciano menos que a nadie, presencia m\u00eda ante la cual se quedaba mudo y tieso como el falo de Priapo, apabullado por mi preeminencia en todos los campos, inclusive en el militar que es tu oficio y tu idiosnicrasia, Galerio. No olvidar\u00e1s nunca aquellas calendas de septiembre en que me vi precisado a salir en campa\u00f1a para impedir que Nars\u00e9, rey de Persia, desenvainara la cimitarra y te dejara eunuco de ambas, como hab\u00edan hecho antes esos mismos beduinos con el pobre Valeriano.<\/p>\n<p>VIII. La encubridora leyenda que intenta desplomar sobre los hombros de mi yerno Galerio la responsabilidad de mis occisos cristianos, urdida fue por el joven poeta Lactancio, papista hasta la cal de los huesos, beato camandulero de ora pro nobis y dem\u00e1s exorcismos, Lactancio pretendi\u00f3 conciliar sus convicciones religiosas con los v\u00ednculos familiares que conmigo lo ligaban (no era africano como cuentan, sino hijo m\u00edo y de una honorable dama romana, eso s\u00ed, put\u00edsima, llamada Petronia Vacuna, esposa de Cornelio M\u00e1ximo, ya no les ocasiono la m\u00e1s m\u00ednima mancilla a ninguno de los tres cuando lo rese\u00f1o p\u00fablicamente, diecisiete siglos despu\u00e9s del parto), Lactancio se dio a pregonar en sus filiales libracos impostores que yo era un anciano bondadoso y que solamente la perversidad desenfrenada de Galerio y su insistencia, que te tumban Diocleciano, que te andan buscando la vuelta, me inclinaron a desatar aquellas galopantes persecuciones contra la cristiandad, a saquearles sus iglesias, confiscarles sus propiedades, quemarles sus pergaminos, obligarlos a sacrificar ante nuestros dioses que era lo m\u00e1s jodido para ellos.<\/p>\n<p>IX. Si no lograron atraparme en sus redes los zorrunos socr\u00e1ticos ni los plat\u00f3nicos palabreros, si se estrellaron Polibio con su elocuencia, Cornel\u00edo Labeo con su sabidur\u00eda, el pitigriego Hierocles con su sutil ferocidad, si de nada valieron los enjambres de persuasivos silogismos aristot\u00e9licos, de entimemas estoicos, toda esa morralla que derramaron sobre mi r\u00fastica cabeza d\u00e1lmata con la finalidad de demostrarme que tales cristianos eran plaga m\u00e1s afrentosa y requerida de destrucci\u00f3n que el mism\u00edsimo Cartago, \u00bfde d\u00f3nde iba a sacar sesos el palurdo Galerio, mi salvaje Galeriote, para emponzo\u00f1arme la bilis y precipitar mis \u00edmpetus a tan exterminadoras puniciones?<\/p>\n<p>X. Ni Galerio, ni sofistas, ni pitonisas, ni ar\u00faspices, ni entra\u00f1as de gallos negros, ni revelaciones s\u00edsmicas de los dioses, sino decisi\u00f3n que sali\u00f3 de mis jupiterianos test\u00edculos, y si diman\u00f3 de tan majestuoso recinto fue porque perentoriamente lo exig\u00eda la salvaci\u00f3n de un imperio que lleg\u00f3 a mis manos putrefacto, gusarapiento, hediondo a muerto y asediado por el mosquero.<\/p>\n<p>Severo Severiano Carp\u00f3foro Victorino se han alejado de los m\u00e1rmoles imp\u00fadicos, de las trompetas disonantes y de los tufos aceitosos, y peregrinan ahora a campo traviesa, V\u00eda Apia arriba. A sus espaldas zumban como moscardones las discrepancias seculares entre los \u00e1rabes y los jud\u00edos de la Porta Capena. Los cuatro cornicularios marchan marcialmente, y no hacia el Rin, ni hacia el Danubio, ni hacia el Eufrates. Nada le preguntan al muchacho que trae las cabras y que viene al encuentro de ellos entre anhelante y asustado, ya lo han violado cinco o seis veces por andar pastoreando rumiantes en las afueras libertinas de Roma con esos crespos dorados y esa mirada de ant\u00edlope. No atisban a derecha ni a izquierda, no vacilan ante las barrancas ni ante los zarzales, no los desorienta el aturdido revoloteo de las palomas ni el flechazo sin destino de las golondrinas. Al dedillo conocen la ruta: m\u00e1s all\u00e1 de los olivares de Mandraco Germ\u00e1nico, m\u00e1s all\u00e1 del encinar de Pomponio Afrodisio, pasado el arroyo de aguas grises, a cincuenta pasos de una roca con ancas de paquidermo, est\u00e1 el brocal de la catacumba. Trabajo les cuesta introducir los escudos, las espadas, los cascos, las lanzas, los petos escamosos, las rodillas, las botas tobilleras, las cabezas, los codos y las se\u00f1ales de la cruz en aquel agujero inc\u00f3modo, propicio si acaso para ser penetrado por artesanos y pastores de t\u00fanica corta, esa plebe que va sin mangas y descalza por los caminos.<\/p>\n<p>Entran a duras penas los cuatro hermanos, descienden como lagartijas por una rampa h\u00fameda y resbalosa, caen en un relleno de dura arcilla apisonada, Severiano a gatas encuentra una l\u00e1mpara acurrucada en el sitio preciso donde deb\u00eda estar, la enciende seg\u00fan el procedimiento empleado para encender l\u00e1mparas al despuntar el siglo IV (\u00a1vaya usted a saber!) e inician un devoto recorrido a trav\u00e9s de un laberinto de l\u00f3bregos pasadizos. Desde las paredes los atisban los nichos de los enterrados, algunos muy recientemente, tal la pestilencia que de su carro\u00f1a echa a volar. Su encarrilamiento de baqueanos los gu\u00eda tinieblas adentro hasta el parpadeo de las antorchas, hasta las resonancias atonales de las oraciones, hasta el rupestre socav\u00f3n donde le est\u00e1n dando sepultura a alguien.<\/p>\n<p>Este muerto debe ser un cristiano de primera clase. Basta observar el cortejo de romanos de alto coturno y romanas de barrocos peinados que lo lloran, le encienden velas y le rezongan misereres. Victorino no tiene ojos para el difunto sino para su sobrina Filomena, el nombre lo supo una hora m\u00e1s tarde, guedejas derramadas sobre ambos hombros, alba frente comprimida por una doble cinta claveteada de zafiros, torcaces en el busto realzadas por un cord\u00f3n de p\u00farpura que en su base las aprisiona, rosadas colinas (se presienten) bajo los pliegues de la estola. El coro de mujeres que la rodea, cristianas como ella, son en este mundo desigual sus sol\u00edcitas esclavas. La primera le ondula los rizos, la segunda le ennegrece las pesta\u00f1as, la tercera es fiadora de la blancura de sus dientes, la cuarta le depila las axilas, la quinta le macera los senos con leche de yegua casta\u00f1a, la sexta le embetuna de ung\u00fcentos la espalda, la s\u00e9ptima le frota la piel del vientre con una esponja perfumada, la octava le vierte esencia de jazmines en los muslos, la novena cuida de sus pies como de dos pichones, \u00a1ay, Victorino, que te condenas!, la d\u00e9cima le recita al amanecer epigramas de Marcial para que sonr\u00eda y la und\u00e9cima le lee por las noches la Tebaida de Estacio para que se duerma. Marcelino, el Sumo Pont\u00edfice, aligera la ceremonia, r\u00e9quiem aeternam, \u00bfqu\u00e9 buscar\u00e1n esos cuatro cornicularios aqu\u00ed, a esta hora? Dona eis Domine, con la cantidad de rumores que est\u00e1n corriendo en Roma, Domine exaud\u00ed vocem meam, anoche so\u00f1\u00e9 que me devoraba un horrendo le\u00f3n de Numidia, et lux perpetua luceat eis, y estas hemorroides que no me dejan en paz, am\u00e9n.<\/p>\n<p>-\u00bfQu\u00e9 sucede, hijos m\u00edos?- le temblequea el algod\u00f3n de la barba, Marcelino es docto ben\u00e9volo piadoso pero medio cagueta.<\/p>\n<p>Severo, el mayor de los cuatro hermanos, lleva la voz cantante. Ha entrado en vigor el edicto de Diocleciano. M\u00e1s de cuarenta cristianos fueron sometidos a tortura esta misma ma\u00f1ana. Casi todos, \u00a1Dios sea loado!, permanecieron imp\u00e1vidos bajo el dolor y las cumplidas amenazas. Se negaron a sacrificar a los dioses paganos, murieron proclamando su fe en Jesucristo, iluminados por el j\u00fabilo de subir a los cielos.<\/p>\n<p>-Una verdadera apoteosis, padre, una reconfortante fiesta del esp\u00edritu.<\/p>\n<p>-\u00bfY todos ganaron el para\u00edso? \u00bfTodos sin excepci\u00f3n?<\/p>\n<p>Severo cabecea sombr\u00edamente. A tres o cuatro, entre cincuenta, no los acompa\u00f1\u00f3 el coraz\u00f3n, se quebraron como cristales bajo los latigazos, sacrificaron a los falsos dioses para salvar el pellejo. Y uno solo, \u00a1mal rayo lo parta!, habl\u00f3 lo que no deb\u00eda.<\/p>\n<p>-\u00bfQu\u00e9 dijo?- la barba del Sumo Pont\u00edfice es una ijada de coneja.<\/p>\n<p>-Colgado por los pies de la b\u00f3veda de un p\u00f3rtico, enloquecido por el cauterio de un tiz\u00f3n que le chamuscaba las nalgas, el ac\u00f3lito Sapino Cabronio abjur\u00f3 de sus creencias, Satan\u00e1s comenz\u00f3 a cantar por su boca, dio una lista interminable de nombres, el miserable tiene una magn\u00edfica memoria, ubic\u00f3 nuestros templos, se ofreci\u00f3 a conducirlos por entre el enredijo de las catacumbas, ya deben venir por ah\u00ed, y si no extendi\u00f3 su denuncia a nosotros cuatro fue porque est\u00e1bamos presentes en calidad de militares galardonados, pero nos denunciar\u00e1 en la segunda palinodia, ya ver\u00e1 usted.<\/p>\n<p>Victorino no aparta los sentidos de la hermosa romana que llora a su t\u00edo. La hermosa romana deja un instante de llorar a su t\u00edo para preguntarse qui\u00e9n ser\u00e1 aquel apuesto miliciano que en cripta tan sagrada se ha lanzado a morir por sus pedazos. El carcaj de Cupido, hijo de Venus y Vulcano (o tal vez Marte), el carcaj de Cupido no respeta ni las rec\u00f3nditas cavernas de la nueva religi\u00f3n.<\/p>\n<p>-\u00a1Diocleciano, oh funesto Diocleciano! clama Marcelino melodram\u00e1tico y zurrado. No contento con haber fragmentado el imperio romano en cuatro tajadas, desmembrando de ese modo torpemente la poderosa patria de C\u00e9sar y de Augusto, no contento con haber inventado esa absurda y descabellada tetrarqu\u00eda que<\/p>\n<p>XI. \u00a1Por J\u00fapiter! brama Diocleciano. \u00bfC\u00f3mo se atreve un vejete jud\u00edo, sin patria y sin prepucio, a invocar la grandeza y la integridad del imperio romano para enjuiciar mi sistema tetr\u00e1rquico de gobierno que es, modestia al carajo, el m\u00e1s prodigioso hallazgo pol\u00edtico que ha realizado hombre de estado alguno, de Licurgo a nuestros d\u00edas?<\/p>\n<p>XII. Yo no nac\u00ed para emperador, al menos as\u00ed se desprend\u00eda de las apariencias, sino para cultivador de hortalizas, capador de cerdos o soldado muerto en combate; no tuve padre c\u00f3nsul, ni abuelo senador, ni madre ligera de cascos, circunstancias que tanto ayudan en los ascensos, sino que me engendr\u00f3 en mujer labriega un liberto del senador Anulino, liberto y padre m\u00edo que en su ni\u00f1ez rastreaba moluscos por entre los pe\u00f1ascos de Salona.<\/p>\n<p>XIII. Pero desde muy joven me indicaron los presagios que en mis manos germinar\u00eda la salvaci\u00f3n de Roma: la estatua de Marte enarbolaba el escudo cuantas veces pasaba yo a su lado, una noche se me apareci\u00f3 el propio J\u00fapiter disfrazado de toro berrendo bajo la luz de un rel\u00e1mpago; comprometido por tales auspicios me hice soldado sin amar la carrera de las armas; me esforc\u00e9 en razonar como los fil\u00f3sofos cuando mi inclinaci\u00f3n natural era berrear palabrotas elementales en las casas de lenocinio; me volv\u00ed simulador y palaciego, yo a quien tanto agradaba sacar la lengua a las obesas matronas y acusar en p\u00fablico de pedorros a los m\u00e1s nobles patricios; obtuve la jefatura de la guardia pretoriana no obstante el asco Que me causa el oficio de polic\u00eda; y finalmente le sepult\u00e9 la espada hasta los gavilanes al Prefecto del Pretorio, Menda que no pod\u00eda ver una codorniz herida sin que se me partiera el alma.<\/p>\n<p>XIV. Y cuando ascend\u00ed por riguroso escalaf\u00f3n de homicidios a emperador de Roma, \u00bfqu\u00e9 restaba del imponente imperio de Octavio y Marco Aurelio? Quedaba un inmenso territorio erosionado por el roce de todos los vicios, amenazado desde el exterior por los b\u00e1rbaros de m\u00e1s diversos bufidos y pelajes, minado en el interior por los nietos y biznietos de los b\u00e1rbaros que se hab\u00edan infiltrado en la vida p\u00fablica a horcajadas sobre el caballo de Troya de las matronas cachondas, una naci\u00f3n exprimida y depauperada por los agiotistas, una rep\u00fablica de cornudos y bujarrones donde ya nadie cultivaba la apetencia de sentarse en el trono, porque sentarse en el trono constitu\u00eda experimento m\u00e1s mort\u00edfero que echarse al coleto una jicara de cicuta.<\/p>\n<p>XV. As\u00ed las cosas, sub\u00ed yo al gobierno con dos miras precisas: reconstruir el devastado imperio y morir en mi cama con los coturnos puestos, esta \u00faltima empresa m\u00e1s dif\u00edcil de sacar a flote que la otra, si uno se aten\u00eda a los antecedentes inmediatos. O\u00eddo al tambor en los postreros cincuenta a\u00f1os:<\/p>\n<p>al \u00f3ptimo soberano y ejemplar hijo de familia Alejandro Severo se lo echaron al pico sus soldados, acompa\u00f1ado de su admirable madre Mammea, que tambi\u00e9n obtuvo su mortaja;<\/p>\n<p>le correspond\u00eda el trono a Gordiano I, mas Gordiano I se dio bollo a s\u00ed mismo al tener la noticia de c\u00f3mo el exorbitante Maximino (un metro noventa cent\u00edmetros de altura) se hab\u00eda cargado a su hijo Gordiano II;<\/p>\n<p>en cuanto a Maximino, y de igual modo a M\u00e1ximo, a quien el gigant\u00f3n hab\u00eda designado como C\u00e9sar, fueron tostados por la tropa;<\/p>\n<p>le tocaba el turno a Balbino, y lo peinaron alegremente los pretorianos;<\/p>\n<p>ven\u00eda en la cola Gordiano III que, al par de su tutor y regente Misisteo, recibi\u00f3 matarili de Felipe el \u00c1rabe;<\/p>\n<p>un lustro m\u00e1s tarde los oficiales de Decio madrugaron a dicho Felipe el \u00c1rabe, durante la conmemoraci\u00f3n de la batalla de Verona, en tanto que a su hijo Felipe el Arabito le llenaban la boca de hormigas en Roma, doce a\u00f1os no m\u00e1s ten\u00eda el pobrecito;<\/p>\n<p>Decio a su vez fue traicionado por sus generales y entregado a los godos para que esos b\u00e1rbaros le dieran la puntilla;<\/p>\n<p>Galo al bate, lo rasparon sus milicianos y, despu\u00e9s del consumatum est, se pasaron a las filas de Emiliano;<\/p>\n<p>los mismos destripadores le extendieron pasaporte a Emiliano, a los pocos meses, por consejos de Valeriano;<\/p>\n<p>el sufrido y progresista Valeriano cay\u00f3 en manos del persa Sassanide Sapore, lo torturaron aquellos asi\u00e1ticos, lo castraron sin compasi\u00f3n, lo volvieron loco a cosquillas, lo enjaularon como bestia y, de postre, le arrancaron el pellejo en tiritas, \u00a1can\u00edbales!;<\/p>\n<p>a Galieno, poeta inspirado e hijo de Valeriano, lo siquitrillaron unos conjurados, inducidos a la degollina por un general de nombre Aureolo;<\/p>\n<p>Claudio II, que vino luego, le cosi\u00f3 el culo a Aureolo, en justiciera represalia; la peste, o un veneno con s\u00edndrome de peste, ayud\u00f3 a bien morir a Claudio II;<\/p>\n<p>apareci\u00f3 entonces un tal Quintilio, h\u00edzose pasar por hermano del difunto, pero no tard\u00f3 en suicidarse, lo cepillaron es la verdad hist\u00f3rica, a los 17 d\u00edas de vestir p\u00farpura imperial;<\/p>\n<p>surgi\u00f3 inesperadamente Aureliano, mano de hierro, el \u00fanico en el pay roll con categor\u00eda de emperador romano, lo cual no impidi\u00f3 que el liberto Mnesteo, asesorado en el de profundis por el general Macapur, le cantara la marcha f\u00fanebre;<\/p>\n<p>llamaron a T\u00e1cito, un venerable anciano de 75 a\u00f1os que ninguna aspiraci\u00f3n de mando albergaba en su arrugado pecho, lo coronaron contra su voluntad y al poco rato le cortaron el resuello;<\/p>\n<p>y como Floriano, hermano y heredero de T\u00e1cito, pretendi\u00f3 el muy ingenuo gobernar sin el respaldo del ej\u00e9rcito y sin la aquiescencia del senado, no transcurrieron tres meses sin que le doblaran la servilleta;<\/p>\n<p>entr\u00f3 en escena Probo, un t\u00edo inteligente y precavido que logr\u00f3 mantenerse seis a\u00f1os sobre el caballo, crey\u00f3 entonces haber llegado al momento de hacer trabajar a los soldados en la agricultura, le fabricaron en el acto su traje de madera;<\/p>\n<p>un a\u00f1o despu\u00e9s fue limpiado Caro misteriosamente, unos dicen que fue un rayo y otros dicen que su suegro;<\/p>\n<p>quedaba Numeriano, hijo de Caro, mas el prefecto Arrio Apro lo puso patas arriba;<\/p>\n<p>y en ese instante me adelant\u00e9 yo al proscenium y, para no ser el de menos, descabell\u00e9 a Apro y le compr\u00e9 su nicho, mientras Carino, leg\u00edtimo aspirante a la corona, era borrado del mapa por la mano de un tribuno a quien el mentado Carino le barrenaba la esposa;<\/p>\n<p>\u00bfes \u00e9ste un imperio honorable o una trilog\u00eda de Esquilo?<\/p>\n<p>XVI. \u00danico salidero para escapar del magnicidio era la aplicaci\u00f3n de la teor\u00eda euclidiana de las proporcionalidades y proporciones, y conste que estas t\u00edmidas inmersiones en las linfas de la cultura griega son consecuencia de las pr\u00e9dicas de Ateyo Flaco, erudito esclavo corintio que me llevaba las frutas secas del jent\u00e1culum (desayuno, caballeros) a la cama. El c\u00e1lculo aritm\u00e9tico se\u00f1alaba que, si exist\u00edan cuatro emperadores en vez de uno, las posibilidades de degollar a un emperador se reduc\u00edan a un veinticinco por ciento. Y si ninguno de los cuatro pr\u00edncipes ten\u00eda su asiento en Roma, cuando los ciudadanos capitolinos, que eran los m\u00e1s tenebrosos, decidieran sacarles los tu\u00e9tanos y arrojar sus cad\u00e1veres al T\u00edber, ver\u00edanse compelidos a sobrellevar agotadoras expediciones hasta remotas comarcas para transportar los cuatro fiambres, acort\u00e1ndose as\u00ed el veinticinco a un reconfortante cinco por ciento, menos del cinco si alojaba a Maximino en Mil\u00e1n, colocaba a Constancio Cloro en Germania, establec\u00eda a Galerio en la futura Yugoslavia y yo me largaba a Nicomedia, en el Asia menor, lo m\u00e1s lejos posible de estos lombrosianos.<\/p>\n<p>XVII. Otros\u00ed. La raz\u00f3n m\u00e1s usual de morir los emperadores romanos se originaba de esta guisa: a los generales triunfantes se les sub\u00edan los humos a la cabeza y decid\u00edan asesinar a sus soberanos con el prop\u00f3sito de sustituirlos en el solio m\u00e1ximo. Y como los generales triunfantes eran imprescindibles para mantener a raya a los francos, brit\u00e1nicos, germ\u00e1nicos, alamanes, borgo\u00f1eses, iberos, lusitanos, yacigios, carpos, bastarnos, s\u00e1rmatas, godos, ostrogodos, g\u00e9pidos, h\u00e9rulos, batrianos, volscos, samnitas, sarracenos, sirios, armenios, persas y dem\u00e1s vecinos que aspiraban a recuperar sus regiones tan honestamente adquiridas por nosotros, ocurri\u00f3seme la idea de seleccionar tres generales, los tres generales m\u00e1s verracos del imperio (mi mejor y m\u00e1s obediente amigo, un segundo a quien convert\u00ed en mi yerno y un tercero a quien convert\u00ed en yerno de mi mejor y m\u00e1s obediente amigo) y otorgarles tanto rango de emperadores como el que yo disfrutaba, con igual raci\u00f3n de p\u00farpura que yo, aunque la verdad era que no mandaba sino el suscrito.<\/p>\n<p>XVIII. Es esa la tetrarqu\u00eda, una mesa con tres patas en el aire y una sobre la tierra, un absolutismo sin d\u00e9spota, un centralismo sin ombligo, una circunferencia sin centro y, m\u00e1s all\u00e1 de sus contornos formales, una tentativa institucional, no de resucitar a Roma porque eso era pedir la luna, sino al menos de momificar su cad\u00e1ver, como hac\u00edan los egipcios con sus difuntos m\u00e1s queridos para evitar que la familia se les pudriera ante sus ojos.<\/p>\n<p>Severo Severiano Carp\u00f3foro Victorino ocupan la mesa m\u00e1s apartada en la taberna del liberto Casio Cayo, gladiador retirado, cartagin\u00e9s de progenie, lo atestiguan pigmentaci\u00f3n y pasa. Casio Cayo, tras despanzurrar id\u00f3neamente a cuanto adversario de red o escudo se le puso por delante en la arena, ha instalado este expendio de vinos y viandas, era leg\u00edtimo que explotara en alguna forma una popularidad adquirida a costa de tantos riesgos y tanta eutanasia. El propietario en persona, c\u00edclope de alquitr\u00e1n y \u00e9bano, atiende a sus clientes, transporta jarras de vino y los platones de cordero humeante, sepulta las monedas en un inmenso carriel de gacela que cuelga de su cintura. Severo Severiano Carp\u00f3foro Victorino le dicen que s\u00ed, le toleran su canci\u00f3n al juglar napolitano que va de mesa en mesa, ineluctable calamidad en toda taberna romana. Y el solista emprende, con acompa\u00f1amiento de altisonante corno, sistro destemplado y zampona lacrimosa, un lamento rastrero destinado a rogarle a una se\u00f1ora que decline su orgullo y vuelva a Sorrento. Entonces los cuatro soldados se declaran rom\u00e1nticamente mediterr\u00e1neos, piden pulpos en vinagre y porrones de resinoso vino de Chipre. No obstante su coraje de combatientes y la firmeza de su fe cristiana, avizoran con fundada tribulaci\u00f3n el trance m\u00edstico que les aguarda. La palma del martirio es don inefable y glorioso, se escala el para\u00edso en un dos por tres, ya lo saben, pero les resulta un tanto prematuro exprimir tan bienaventurada merced antes de cumplir treinta a\u00f1os. Especialmente Victorino, enamorado desde hace menos de cuatro horas, Filomena que perfumas mis recuerdos, la melod\u00eda napolitana me corre por las v\u00e9rtebras cervicales como una pincelada de miel.<\/p>\n<p>Hablan escasas incoherencias, o simulan que hablan, simulan que beben, simulan que oyen los quejidos de la zampona, no perciben los efluvios sospechosos de los calamares, siempre pasados en los restaurantes de Roma. Es que no son capaces de desclavar los ojos de los escalones de m\u00e1rmol que trepan a la calle, helicoide de caracol enroscada a una estatuilla protectora de Baco. El dios de los taberneros eleva un racimo de uvas con la mano izquierda, mientras sus dedos (anular, medio e \u00edndice) de la derecha organizan un signo a todas luces sical\u00edptico.<\/p>\n<p>A ras de esos escalones han de asomar dentro de un instante los correajes de las sandalias, los calca\u00f1ales de los guardias pretorianos que vendr\u00e1n a detenernos, guiados por Sapino Cabronio el ap\u00f3stata, qu\u00e9 ap\u00f3stata, el hijo de perra que nos ha delatado, nos esper\u00f3 emboscado al regreso de las catacumbas, nos vino siguiendo como el arrastramiento de una serpiente hasta la puerta de la taberna de Casio.<\/p>\n<p>La aparici\u00f3n de los esbirros desencadena un sobresaltado revoltillo entre los parroquianos de las otras mesas, ninguno romano sino todos b\u00e1rbaros asimilados, brit\u00e1nicos impasibles que han tra\u00eddo con ellos sus perritos, galos que chupan con los ojos en blanco los tent\u00e1culos fesand\u00e9s de los pulpos, germanos que se han levantado varias veces de sus asientos para ir a contemplar de cerca la estatuilla de Baco y acariciar sus proporciones, iberos empecinados en vocear sus problemas hogare\u00f1os desde la segunda garrafa de vino, sirios que han extra\u00eddo unos mugrientos naipes de sus mantas y juegan entre bisbiseos y rec\u00edprocas miradas incendiarias, cada uno se imagina que la polic\u00eda pretoriana viene por \u00e9l, se asombran todos y se sosiegan cuando la ven dirigirse hacia los \u00fanicos cuatro romanos que est\u00e1n presentes en la taberna, militares de casco coronado por a\u00f1adidura.<\/p>\n<p>-\u00a1Deponed las armas! \u00a1Est\u00e1is detenidos!- grita el comandante de los pretorianos.<\/p>\n<p>-\u00a1H\u00e1gase la voluntad de Dios!- dice Severo.<\/p>\n<p>-\u00a1En sus manos encomiendo mi esp\u00edritu!- dice Severiano.<\/p>\n<p>-\u00a1Venga a nos el tu reino!- dice Carp\u00f3foro.<\/p>\n<p>-\u00a1Idos a la mierda!- dice Victorino<\/p>\n<p>Ante estas \u00faltimas cuanto elocuentes palabras los guardias pretorianos, que son doce, se abalanzan sobre Victorino, \u00e1rmase la de Dios es padre. Vuelan en par\u00e1bola las mesas, los bancos, las fuentes y las vasijas; el vino salpica de escarlata las paredes; chillan como gatas en fornicaci\u00f3n las esposas de los galos; se mezclan irreflexivamente los iberos en la trifulca; los sirios aprovechan el tumulto para escabullirse sin pagar. Casio Cayo ve su negocio en peligro, olvida su prepotente musculatura y sus credenciales de gladiador invicto, lejos de intervenir en defensa de sus clientes se limita a balar como un cordero extraviado en la maleza:<\/p>\n<p>-Pax vobis, pax vobis.<\/p>\n<p>Los guardias pretorianos se los llevan a todos, no s\u00f3lo a los cuatro hermanos por quienes han venido, sino tambi\u00e9n a los iberos que se inmiscuyeron en la ajena contienda, y a los germanos fondilludos, y a los galos refinados, y a los mismos brit\u00e1nicos tan yertos y tan respetables. Con el rumor de sus presos en fila suben las escaleras y desembocan en una calle atestada de aurigas dicharacheros, turistas preguntones y prostitutas de cacer\u00eda. A lo lejos resuenan los gritos que emanan del Circo M\u00e1ximo, vocer\u00edo de un p\u00fablico que presencia como todos los a\u00f1os las pugnas atl\u00e9ticas entre romanos y milaneses, esta vez triunfan los milaneses como todos los a\u00f1os, tres a cero, \u00a1oh Roma, inmutable e inmortal!<\/p>\n<p>Casio Cayo queda como alma en pena en su taberna, con una germana gorda y desmayada por toda compa\u00f1\u00eda. El ex gladiador se pasea a grandes zancadas por entre los bancos tumbados, las mesas con las patas al aire, la vajilla hecha a\u00f1icos, la estatuilla de Baco sin el racimo de uvas ni los dedos inverecundos. Y aquel gigante que jam\u00e1s parpade\u00f3 ante la espada ni ante el tridente de los contrincantes, llora con hipidos y mocos, llora el deterioro de sus mesones sin desbastar, el derramamiento de su vino adulterado y el despilfarro de sus chipirones podridos.<\/p>\n<p>-El culpable no es otro sino Diocleciano- dice el tabernero en medio de sus sollozos, se permite apostrofar al emperador acogido a la exclusiva presencia inerme de aquella germana anestesiada, la walkiria contin\u00faa desmayada o haci\u00e9ndose la desmayada en la esperanza de que la ultrajen de obra.- Ese tirano eg\u00f3latra no piensa sino en el esplendor de su indumentaria, en la magnificencia de sus termas, olvida, desprecia a los hombres de trabajo, a los comerciantes que somos las fuerzas vivas del imperio. Insaciable en su codicia, derrochador del patrimonio ajeno, no se cansa de acumular tasas e impuestos sobre<\/p>\n<p>XIX. Jam\u00e1s pretend\u00ed -dice Diocleciano- que mis doctrinas econ\u00f3micas conquistaran la aprobaci\u00f3n de los taberneros ni de los ap\u00f3stoles \u00a1cocodrilos! del libre comercio, ni de los sacerdotes \u00a1escorpiones! del mercado negro, porque justamente a limar la codicia de tales piratas estaban encaminadas.<\/p>\n<p>XX. La moneda andaba realenga, a merced de alzas y bajas arbitrarias, yo la vincul\u00e9 a la tasa de oro, le edifiqu\u00e9 una estabilidad que nunca antes hab\u00eda conocido.<\/p>\n<p>XXI. Los especuladores estipulaban por su cuenta y ganas el precio de los productos, no en el cu\u00e1druplo sino en ocho veces su valor, y m\u00e1s todav\u00eda \u00a1sanguijuelas con barbas!, yo dict\u00e9 un decreto riguroso que los obligaba a cobrar por las cosas tan s\u00f3lo lo que en exactitud deb\u00edan costar.<\/p>\n<p>XXII. Los acaparadores almacenaban las mercanc\u00edas para provocar escasez y venderlas luego en estraperlo, yo los met\u00ed en la c\u00e1rcel sin contemplaciones, les encaj\u00e9 multas cuantiosas, los arruin\u00e9 cuando se me pusieron recalcitrantes, les apliqu\u00e9 la pena de muerte cuando se me volvieron incorregibles.<\/p>\n<p>XXIII. La producci\u00f3n se desenvolv\u00eda sin plan ni concierto, libre fabricaci\u00f3n que originaba un t\u00f3tum revol\u00fatum de la econom\u00eda nacional, yo obligu\u00e9 a las industrias privadas a planificar sus operaciones, embarqu\u00e9 al estado en la creaci\u00f3n de manufacturas pr\u00f3speras.<\/p>\n<p>XXIV. La administraci\u00f3n p\u00fablica funcionaba a cargo de limitadas manos, carentes de control y no siempre honestas, yo tej\u00ed una eficiente red burocr\u00e1tica, les proporcion\u00e9 empleo a millares de ciudadanos, dilu\u00ed la responsabilidad a base de una vigilancia mutua.<\/p>\n<p>XXV. El progreso del pa\u00eds se hab\u00eda estancado a consecuencia de los zangoloteos pol\u00edticos, yo recab\u00e9 tasas de los ricos, llev\u00e9 a cabo un plan de obras p\u00fablicas de dimensiones nunca vistas, sembr\u00e9 de escuelas y de termas cada ciudad, desvivido por higienizar las mentes y los cuerpos de mis s\u00fabditos.<\/p>\n<p>XXVI. Y si bien es cierto que fracasaron mis doctrinas, como han fracasado y fracasar\u00e1n por siempre las teor\u00edas econ\u00f3micas cuando se enfrentan a la cochina realidad, de todo lo anterior se deduce que este modesto servidor de ustedes ha sido el precursor, el pionero de las siguientes bagatelas: el patr\u00f3n oro, el control de precios, la planificaci\u00f3n de la econom\u00eda, los sistemas tributarios, la carrera administrativa, la nacionalizaci\u00f3n de las industrias y<\/p>\n<p>XXVII. \u00a0y el laborismo brit\u00e1nico, por Mercurio.<\/p>\n<p>Severo Severiano Carp\u00f3foro Victorino, ya despojados de lanza, escudo y casco, pero a\u00fan ce\u00f1ido al pecho el coselete de escamas met\u00e1licas, est\u00e1n de pie ante un tribunal que preside un juez calvo, desgalichado, artr\u00edtico y socr\u00e1tico. Hoy se siente m\u00e1s artr\u00edtico que lo \u00faltimo porque noviembre desciende h\u00famedo del Palatino y se clava como colmillo de v\u00edbora en sus enardecidas articulaciones. Del maestro ateniense conserva apenas la conciencia de su ignorancia y una sonrisa ir\u00f3nica de becerro muerto.<\/p>\n<p>-Se os acusa de cristianos- dice el juez con desgano.<\/p>\n<p>-\u00bfQui\u00e9n nos acusa?-dice Severo.<\/p>\n<p>-Os acusa el testigo Sapino Cabronio, cristiano como vosotros hasta el d\u00eda de ayer. Entre la sexta y la s\u00e9ptima hora volvi\u00f3 a la religi\u00f3n de sus antepasados, de nuestros antepasados, a requerimiento de la voz tonante del padre y rey de los dioses, que amontona las nubes y vive en el \u00e9ter, el propio J\u00fapiter tron\u00f3 su nombre procelosamente desde un rinc\u00f3n de la celda.<\/p>\n<p>-No te creemos- dice Severo.<\/p>\n<p>-A Sapino Cabronio lo colgaron de un p\u00f3rtico- dice Carp\u00f3foro. Le quemaron la espalda con una antorcha dice Severiano.<\/p>\n<p>Se le enfriaron los cojones dice Victorino.<\/p>\n<p>Un aleteo de togas estremece al centenar de curiosos, libertos en busca de empleo, familiares de los acusados, la audiencia en masa. Plebeyos comentarios rezongan los vendedores de salchichas hervidas, embutidas en lonjas de pan y salpicadas de salsas orientales, ya se llamaban canes calidi (hot dog en lat\u00edn, lector ignaro). El magistrado impone silencio a golpetazos del mazo de madera, pu\u00f1o censorio del poder judicial.<\/p>\n<p>-\u00bfSois cristianos o no sois cristianos?- esta vez el togado no se anda por las ramas.<\/p>\n<p>-Creemos en Dios Padre Todopoderoso dice Severo.-<\/p>\n<p>-Y en su \u00danico Hijo Nuestro Se\u00f1or- dice Severiano.<\/p>\n<p>-Y en el Esp\u00edritu Santo dice- Carp\u00f3foro.<\/p>\n<p>-Y nos cagamos en Palas Atenea y dem\u00e1s inquilinos del Olimpo- dice Victorino.<\/p>\n<p>El presidente del tribunal entorna la mirada hacia la estatua de Minerva Zosteria que se encumbra a su espalda. Presiente el nacimiento del rayo exterminador que habr\u00e1 de pulverizarlos a todos, acusados, acusadores y p\u00fablico. Pero Minerva permanece imp\u00e1vida ante la desafiante blasfemia, su amparadora diestra en alto, su casco a medio ganchete y sus ojos so\u00f1adores.<\/p>\n<p>-\u00bfEso significa- dice el juez- que os declar\u00e1is malos hijos de la Patria, destructores de la religi\u00f3n y de la familia, agentes de una teolog\u00eda extranjera, mancilladores de vuestro honor de militares?<\/p>\n<p>-Nos declaramos- replica Severo los m\u00e1s aut\u00e9nticos hijos de la patria, pero cristianos, los m\u00e1s amantes v\u00e1stagos de nuestra familia, pero cristianos, los m\u00e1s celosos guardianes de nuestro honor de militares, pero cristianos.<\/p>\n<p>Y nunca agentes de una teolog\u00eda extranjera sino fieles siervos del \u00fanico Dios verdadero que no es extranjero sino universal atiza Carp\u00f3foro.<\/p>\n<p>Al juez, abandonado por el sarcasmo socr\u00e1tico que era el carcaj de su inteligencia, se le apaga la sonrisa. Le quedan pedradas aristot\u00e9licas de orador estoico romano:<\/p>\n<p>Roma y sus dioses son una entidad indivisible, ergo, no pod\u00e9is traicionar a los dioses sin traicionar a Roma. El Augusto Diocleciano es el instrumento de J\u00fapiter, el emisario de J\u00fapiter sobre la tierra, ergo, no pod\u00e9is renegar de J\u00fapiter sin renegar de Diocleciano. Y si traicion\u00e1is a Roma, si reneg\u00e1is del emperador, \u00bfc\u00f3mo pretend\u00e9is mantener la condici\u00f3n de probos soldados imperiales y no confesaros felones indignos del uniforme que llev\u00e1is encima?<\/p>\n<p>-No es que lo pretendemos Severo da la espalda a los especiosos silogismos del juez, al mazo de madera y a la Minerva de m\u00e1rmol para arengar al populacho sino que lo hemos demostrado en los campos de batalla. Sin la imp\u00e1vida ferocidad de los soldados, centuriones, tribunos y generales cristianos, mal habr\u00eda podido Roma salvar el pellejo, hacer huir en desbandada a los b\u00e1rbaros que la acosaban. Sebasti\u00e1n, Pacomio, V\u00edctor, Jorge, Mauricio, Exuperio, C\u00e1ndido, Marcelo, a quienes Diocleciano degrad\u00f3, arrest\u00f3 o ajustici\u00f3 por cristianos contumaces, \u00bfqu\u00e9 eran sino heroicos paladines de Roma? Comet\u00e9is execrable injusticia cuando nos acus\u00e1is de desleales. Desleal ha sido, en tal caso, el propio Diocleciano que, cegado por su odio hacia la cristiandad, persigue y hostiga a quienes han<\/p>\n<p>XXVIII. Un momentino, un momentino. Yo no persigo a los cristianos porque los odie sino porque les temo (les temo dije), porque los considero la \u00fanica potencia (potencia dije) capaz de carcomer, destruir y, algo m\u00e1s grave, sustituir nuestro sistema. El cristianismo no es m\u00e1s aquel pu\u00f1ado de predicadores zarrapastrosos, no la hez que mentaba Celso, sino una maquinaria compaginada y recalcitrante, sectaria como los jud\u00edos, filosofante como los griegos, testaruda como los \u00e1rabes, visionaria como los hind\u00faes, sufridora como los chinos, colonialista como los romanos. Y virtuosos, los muy cabrones, para que m\u00e1s nos duela. Cuando ellos predican: no matar\u00e1s, no robar\u00e1s, no mentir\u00e1s, no fornicar\u00e1s, no te hartar\u00e1s, no holgazanear\u00e1s, no rascabuchear\u00e1s la mujer ajena, le est\u00e1n echando en cara de retruque a la sociedad romana los vicios capitales que la corroen y que la llevar\u00e1n al pudridero.<\/p>\n<p>XXIX. Avizor\u00e9 el peligro antes que nadie, cuando escuch\u00e9 decir que el cristianismo hab\u00eda comenzado a expulsar de sus filas a los ascetas dogm\u00e1ticos y a los prometedores de utop\u00edas, doble lastre de histerismo que le entrababa las alas, con dogm\u00e1ticos y ut\u00f3picos no triunfa ninguna doctrina.<\/p>\n<p>XXX. Les propuse primero un concordato, un entendimiento porque yo no soy Ner\u00f3n ni me provocaba el cuerpo matar gente, me acog\u00ed como transacci\u00f3n a la f\u00f3rmula monote\u00edsta de Aureliano, ofrec\u00ed dejar de lado el gang de dioses griegos chismosos, concupiscentes y genocidas; ya no funcionaban como teogonia, hab\u00edan degenerado en personajes grotescos del teatro c\u00f3mico.<\/p>\n<p>XXXI. Intent\u00e9 unificar el imperio, fundir todas las sectas bajo el culto a un Dios exclusivo, el Sol o J\u00fapiter, pero me estrell\u00e9 ante el aferramiento de los cristianos; aceptaban con mucho gusto la idea del dios \u00fanico, siempre que fuera el de ellos, no os digo que son una vaina muy seria.<\/p>\n<p>XXXII. Me designaron un obispo suyo en la vecindad de cada prefecto m\u00edo, tramaron una red celular paralela a la ordenaci\u00f3n administrativa del imperio, se dedicaron a catequizarme el ej\u00e9rcito, amanec\u00edan bautizando soldados y confesando centuriones.<\/p>\n<p>XXXIII. Cuando lleg\u00f3 a mis o\u00eddos que Sebasti\u00e1n, el tribuno de la primera cohorte pretoriana, situaba los sermones de su pont\u00edfice por encima de las \u00f3rdenes de su emperador; que Mauricio, jefe de la Legi\u00f3n Tebea, se negaba a sacrificar a los dioses en desacato a las voces de mando de su superior en jerarqu\u00eda militar; cuando vi a milicianos de pelo en pecho, ayer panteras para el combate, cada uno con cien cad\u00e1veres de b\u00e1rbaros en su haber, cuando los vi sometidos a un catecismo bobalic\u00f3n que les ordenaba: ama a tu enemigo, pon la otra mejilla, comprend\u00ed que mi obra de reconstrucci\u00f3n estaba a dos dedos del abismo, porque ej\u00e9rcito sin disciplina ya no es ej\u00e9rcito, ej\u00e9rcito sin furia tampoco es ej\u00e9rcito, y si Roma llega a perder su ej\u00e9rcito, arrivederci Roma.<\/p>\n<p>XXXIV. Persigo a los cristianos sin mucha fe, es cierto, porque nac\u00ed sin fe; y sin ninguna esperanza porque crec\u00ed sin ella; la esperanza es lo primero que se pierde. S\u00e9 perfectamente que las ideas, incluso las religiosas que son las m\u00e1s rudimentarias, no se ahogan con sangre ni se matan con muerte, y que cuando un sistema apela a la tortura f\u00edsica para someter a sus impugnadores es porque ese sistema se siente incapaz de argumentar, de subsistir. S\u00e9 m\u00e1s a\u00fan. S\u00e9 que Roma est\u00e1 boqueando su papel hist\u00f3rico, ya cre\u00f3 y difundi\u00f3 la lengua y las leyes, lat\u00edn y derecho, sermo atque jus, que eran la raz\u00f3n de su existencia, ya ninguna otra d\u00e1diva puede ofrecerle a la humanidad salvo la contemplaci\u00f3n de sus ruinas, cuando ruinas sea. Y s\u00e9 tambi\u00e9n que estos cristianos aguantadores, fan\u00e1ticos, onanistas, envidiosos, sombr\u00edos y desaseados cumplir\u00e1n a cabalidad la misi\u00f3n de enterradores.<\/p>\n<p>XXXV. Pero un emperador romano, si lo es, no acude jam\u00e1s al recurso de rendirse sin combatir. Otro pr\u00edncipe vendr\u00e1, m\u00e1s d\u00factil o pragm\u00e1tico que yo, desprovisto de escr\u00fapulos que le impidan pactar con los cristianos a dictado de ellos, \u00e9se enlodar\u00e1 su frente augusta con el agua sucia del bautismo, \u00e9se vencido se proclamar\u00e1 vencedor, \u00e9se entrever\u00e1 en las nubes el signo de la cruz para salvarse \u00e9l y salvar de paso los detritus de Roma. Pero \u00e9se no se llamar\u00e1 Diocleciano, amigos m\u00edos.<\/p>\n<p>XXXVI. Este que veis aqu\u00ed no har\u00e1 tal cosa sino invalidar por un tiempo a los cristianos a hierro y l\u00e1tigo, no hay otra manera, abdicar luego el trono como ha prometido, despojarse p\u00fablicamente del manto de p\u00farpura y de las insignias imperiales, refugiarse en el albatros octogonal de piedra que ha construido entre los acantilados del Adri\u00e1tico, consagrarse a la custodia de las coles y lechugas que alegran el mantel de su huerto, y echarse finalmente a dormir varios siglos sobre las dos hileras de granito rojo que mantendr\u00e1n en alto su sepulcro.<\/p>\n<p>XXXVII. Y si por ventura llega a nacer otro T\u00e1cito, maravilla que en duda pongo, \u00e9l escribir\u00e1 sencillamente: \u00abDiocleciano fue el \u00faltimo emperador romano digno de tal nombre\u00bb. Con eso me basta, co\u00f1o.<\/p>\n<p>Severo Severiano Carp\u00f3foro Victorino atraviesan la sala de torturas con la cabeza en alto, el caminar resuelto, disimulando el nudo que les endurece la garganta y el m\u00ednimo goteo que les humedece las ingles. Para volverlo recinto de suplicios han acondicionado un templo de Esculapio, las aguas del T\u00edber lamen los cimientos, un oleaje de c\u00e9sped y florecillas cabrillea hasta el nacimiento del alto podio, el aroma de los pinares apacigua la severidad de las columnas. Esculapio, hijo de Apolo, Esculapio que dedic\u00f3 sus facultades divinas al dif\u00edcil empe\u00f1o de librar a los hombres de los dolores de la muerte, est\u00e1 aqu\u00ed sin su aquiescencia, patrocinando dolor y muerte, quejidos y estertores. Su coraz\u00f3n desaprueba tanta sevicia pero ninguna mediaci\u00f3n le es posible desde su rigidez de m\u00e1rmol, de m\u00e1rmol su serpiente, de m\u00e1rmol su voluntad, de m\u00e1rmol su bast\u00f3n.<\/p>\n<p>Severo Severiano Carp\u00f3foro Victorino rebasan el costado del ac\u00faleo cuyas u\u00f1as de hierro est\u00e1n manchadas de sangre cristiana, pasan junto a los torniquetes del potro que ha descoyuntado huesos cristianos, a\u00fan flota en el aire un tufo gris\u00e1ceo de cad\u00e1ver, un vaho de v\u00edsceras chamuscadas que el aletazo de la noche no borra, que la respiraci\u00f3n de los pinares no borra, que el perfume del incienso desfigura pero no borra.<\/p>\n<p>Severo Severiano Carp\u00f3foro Victorino cruzan la cela del templo y son atados al vientre de las cuatro columnas corintias que se yerguen en la sombra. Los han desnudado totalmente como a Prometeo sobre el risco. Los brazos se juntan all\u00e1 arriba enlazados al nivel de las mu\u00f1ecas, los rostros jadean adheridos a la blanca neutralidad de la piedra, curtidas ligaduras les entrecruzan las espaldas, recios cordeles les inmovilizan las piernas. Seis esbirros del prefecto examinan los largos l\u00e1tigos de pesadas canicas en los extremos. Entre los esbirros hay uno tuerto que destila por el ojo sano una crueldad viscosa, \u00e9se sopesa las plomadas con meticulosa voluptuosidad, comprueba profesionalmente el temple de las correas, calcula el espacio y la distancia favorables al mayor sufrimiento de los sentenciados.<\/p>\n<p>-Os brindaremos una \u00faltima oportunidad- dice el jefe de los verdugos, hijo de puta como todo torturador.<\/p>\n<p>Pero se le atraganta el discurso. Una oleada de voces remonta la avenida de \u00e1lamos que conduce al templo, se encrespa cuando desemboca en las escalinatas, acent\u00faase en clamoreo, irrumpe en el p\u00f3rtico con estruendosa heterofon\u00eda. Es Diocleciano en persona, Jovius Diocleciano, J\u00fapiter reencarnado, el primero de la tetrarqu\u00eda, que ha venido desde Nicomedia, que ha descendido desde su trono babil\u00f3nico para asistir al interrogatorio final de los cornicularios, llamemos las cosas por su nombre, para salvarles la vida in art\u00edculo mortis a esos cuatro cachorros de su invencible ej\u00e9rcito.<\/p>\n<p>-Numen imperatoris.<\/p>\n<p>A su paso los s\u00fabditos romanos, civiles y militares, mujeres y ni\u00f1os, caen de rodillas en adoraci\u00f3n desenfrenada, besan golosamente los pliegues de su manto. Diocleciano es un individuo de largos huesos y extendidos hombros, tiene cuello de potro y peina una barba lineal que le rodea los maxilares, le chorrean los bigotes como a los fil\u00f3sofos asi\u00e1ticos, sus ojos miran asombrados aunque penetrantes, esquem\u00e1ticos pliegues le cruzan la frente, sus grandes orejas se equivalen como asas de una cabeza geom\u00e9trica (as\u00ed aparece en monedas y medallones de la \u00e9poca), es un hombre correcto en sus modales y paciente en sus coloquios (as\u00ed lo describe Chateaubriand en una novelita inaguantable).<\/p>\n<p>Deslumbra su vestimenta como rel\u00e1mpago de seda y pedrer\u00eda que centelleara en socorro de los cuatro cautivos. Divinidad ol\u00edmpica injerta en \u00eddolo oriental, alrededor de su frente refulge la diadema m\u00edstica, emblema de la eternidad, mensaje de la blanca luz inmarcesible, polvareda del Sol, dominus imperii romani. Rub\u00edes entretejen sus cabellos, z\u00e1firos circunvalan su pescuezo, turquesas aprisionan sus dedos. Un anchuroso manto de tis\u00fa, espejeante de gui\u00f1os diamantinos, le cae hasta el empeine de las chinelas persas en pliegues y repliegues irisados. Un espeso cintur\u00f3n de oro, tachonado de perlas y topacios, le ci\u00f1e la cintura a ras del ombligo. M\u00e1s que emperador romano, avanza a la cabeza de los centuriones un escaparate de la V\u00eda Condotti.<\/p>\n<p>Diocleciano penetra en la luz cernida del p\u00f3rtico, un gesto suyo pone en retirada a los verdugos, se detiene ante las cuatro columnas del castigo, habla confidencialmente para los cuatro mozos amarrados, su mon\u00f3logo trasciende apenas en una leve vibraci\u00f3n del barboquejo de pelos que le enmarca el rostro.<\/p>\n<p>No he venido a dirimir con vosotros problemas metaf\u00edsicos, hijos m\u00edos, sino a libraros de la Parca imp\u00eda que ya entre sus garras os tiene. Al fin y al cabo sois cuatro valerosos soldados de Roma cuya sangre me enorgullecer\u00eda si se derramara en combate por la patria, pero me lacerar\u00eda el alma si llegara a correr bajo los l\u00e1tigos de mis sayones. No os pido que renegu\u00e9is p\u00fablica y ostensiblemente de vuestra religi\u00f3n, ni que sacrifiqu\u00e9is un siervo a Marte en vez de cantar un salmo a Mois\u00e9s, ni siquiera os reclamo que me rind\u00e1is la adoraci\u00f3n postrada que a mi dignidad celestial corresponde. Simplemente os propongo, para dejaros en disfrute pleno de vuestra libertad y de vuestra juventud, que dig\u00e1is una peque\u00f1a oraci\u00f3n a Esculapio, una escueta jaculatoria que me permita justificar ante los otros tetrarcas mi inaudita indulgencia. Esculapio, lo sab\u00e9is, era un dios altruista como el vuestro, hac\u00eda andar a los paral\u00edticos y resucitaba a los muertos como el vuestro, fue sacrificado como el vuestro por ejecutar milagros en la tierra sin autorizaci\u00f3n de J\u00fapiter, es decir, del Dios Padre Todopoderoso. Afirmad no m\u00e1s en alta voz \u00abcreemos en Esculapio\u00bb, aunque por dentro est\u00e9is pensando \u00abcreemos en Jesucristo\u00bb y, lejos de liar el petate, ser\u00e9is libres. Os advierto, por si os interesa, que Marcelino, obispo de Roma, vuestro Sumo Pont\u00edfice, al primer zurriagazo cant\u00f3 el Ave C\u00e9sar y otros recitativos, sacrific\u00f3 sus corderos a Plut\u00f3n, entreg\u00f3 los libros sagrados, la gran cagada. Decid no m\u00e1s&#8230;<\/p>\n<p>-Nunca- interrumpe el vozarr\u00f3n de Severo. La apartada concurrencia (militares, cortesanos, esbirros, mendigos) vuelve hacia \u00e9l los rostros estupefactos.<\/p>\n<p>-Jam\u00e1is- dice Severiano.<\/p>\n<p>-Never- dice Carp\u00f3foro.<\/p>\n<p>-Emperador, no comas mierda- dice Victorino, a sabiendas que esa frase escatol\u00f3gica figurar\u00e1 como sus \u00faltimas palabras en el Libro de los M\u00e1rtires.<\/p>\n<p>Diocleciano los contempla un breve instante con una alb\u00famina de melancol\u00eda en los ojos taladrantes, murmura entre dientes \u00abidiotas, cien veces idiotas\u00bb, les da la espalda en viraje de mutis dram\u00e1tico, desciende lentamente las escalinatas, agobiado por el resplandor de sus ornamentos, sumido en un silencio incurable.<\/p>\n<p>El capataz de los verdugos est\u00e1 contento. Todav\u00eda m\u00e1s satisfecho luce el tuerto que hab\u00eda aceitado las correas m\u00faltiples del l\u00e1tigo, el tuerto temi\u00f3 por un momento que la magnanimidad del emperador le malograra la tarde. La voz de mando estalla como un surtidor entre los fresones del ocaso:<\/p>\n<p>-\u00a1Comenzad!-<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><em>Glorioso San Ram\u00f3n Nonato<\/em> -reza la se\u00f1ora- <em>Consuelo no nacido de los nardos de Mar\u00eda como el Salvador sino de madre muerta, que tan blanca es la muerte como los nardos; bienaventurado San Ram\u00f3n Nonato, no llegado a la playa desde el vientre vivo de una ballena como Jon\u00e1s sino parido por hoguera yerta, mariposa de yelo que te dio el ser; desdichado y paciente San Ram\u00f3n Nonato, por la madre que no conociste, por los esclavos que libraste de cadenas y de ausencias, por el clavo de fuego que te perfor\u00f3 los labios para que esos labios no glorificaran a Jesucristo, por el candado que te atranc\u00f3 la boca para que esa boca no suspirara por el martirio, por la llave de dicho candado que reten\u00eda el gobernador de los infieles como badajo colgante de sus partes pudendas, por el \u00e1ngel exterminador que no te permiti\u00f3 llegar a Roma sino sobre las pisadas de cuatro sepultureros; milagroso San Ram\u00f3n Nonato, ayuda a bien nacer a este ni\u00f1o que anuncian los lamentos de la parturienta como ecos encarnizados de las trompetas de Jeric\u00f3.<\/em><\/p>\n<p><em>Que las yerbas que San Antonio Abad, solitario m\u00e1ximo de la Tebaida, mascaba en el desierto, resguarden a esta madre de fiebres y convulsiones; que los pendones de Santiago el Ap\u00f3stol, primo hermano de Jesucristo, dispersen el aliento p\u00fatrido de los esp\u00edritus malignos; que el pa\u00f1uelo de la Ver\u00f3nica enjugue como llanto toda hemorragia; que la m\u00e1gica Cruz Blanca <\/em>&#8211; la se\u00f1ora Consuelo dibuja tres veces en el aire el signo de la Cruz &#8211;<em> ilumine el t\u00fanel tembloroso de la vida; que la espada fulm\u00ednea de San Miguel Arc\u00e1ngel ponga en fuga a los microbios; que el agua lustral del Jord\u00e1n desinfeccione los \u00a0tejidos.<\/em><\/p>\n<p><em>Misericordioso San Ram\u00f3n Nonato, el m\u00e1s misericordioso de todos los santos porque amparas a los seres humanos cuando son apenas sincariones o goleticas n\u00e1ufragas entre las trompas de Falopio, t\u00fa que cultivas como gramilla del Se\u00f1or las vellosidades que dan origen a la placenta, t\u00fa que aportas el estambre cuando se teje el hilo portentoso de los cordones umbilicales, t\u00fa que vigilas el despuntar de las primeras pelusas y el p\u00edop\u00edo inicial del coraz\u00f3n y el abrimiento de los p\u00e1rpados como dedalitos de miel, t\u00fa trasnochado para que las claridades perversas de la luna no marchiten los p\u00e9talos de la creaci\u00f3n, a ti te invoco <\/em>&#8211; la se\u00f1ora Consuelo cae de rodillas en el cemento &#8211; <em>para que tus dedos sapient\u00edsimos orienten a mis manos torpes, para que derrames tu sonrisa torrencial sobre el surco de estas entra\u00f1as primerizas, para que con tu socorro venga a la tierra un ni\u00f1o sano de cuerpo y tierno de esencia, creyente en Dios Nuestro Se\u00f1or, en la Rosa Blanca que lo alumbr\u00f3 y en el \u00c1rbol Sagrado donde muri\u00f3. Am\u00e9n.<\/em><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Nadie ha contado los latigazos, pasaron de doscientos, la exactitud de la cifra carece de importancia, nadie los ha contado por que la sentencia del tribunal ha sido imprecisa y despiadada, \u00abhasta que renieguen de su religi\u00f3n\u00bb, \u00abhasta que sacrifiquen a los dioses\u00bb, y los verdugos saben a ciencia cierta (basta mirarles la mirada) que Severo Severiano Carp\u00f3foro Victorino morir\u00e1n callados ac\u00e9rrimos, pulpos sangrantes aferrados a su evangelio. El ac\u00f3lito Sapino Cabronio, ya para siempre esp\u00eda especializado en perseguir cristianos, en interrogar cristianos para desgraciarlos, anda por ah\u00ed, sombra reptante sobre los plintos de las columnas, por si es preciso deshacer una coartada de \u00faltima hora, Sapino Cabronio se cuida bien de situar su rostro al alcance del salivazo que Victorino le tiene destinado.<\/p>\n<p>Las plomadas de los l\u00e1tigos desgarran como u\u00f1as, hieren como pu\u00f1ales, magullan como mazas. Nalgas y espaldas son reguero de an\u00e9monas, pe\u00f1ascal de corales, roc\u00edo sanguinolento que no cesa, flecos de piel y fibras, colgante llaga. La voz de mando interrumpe una vez m\u00e1s el azotamiento y pregunta por mera f\u00f3rmula:<\/p>\n<p>\u00bfReneg\u00e1is de vuestras f\u00e1bulas y patra\u00f1as judaicas? \u00bfRetorn\u00e1is al seno de los dioses romanos?<\/p>\n<p>Severo no responde porque ya ha muerto, ni Severiano porque da el \u00faltimo suspiro, ni Carp\u00f3foro porque ha perdido el habla, ni tampoco Victorino porque ha comenzado ha comenzado a o\u00edr, a oler y a mirar un espect\u00e1culo que escapa a la percepci\u00f3n de sus verdugos. La m\u00fasica de la muerte es una bruma de sonidos que asciende desde el ritmo maestoso del r\u00edo, enreda su cabellera entre los olmos, roza con pies descalzos la epidermis del m\u00e1rmol y se apacigua en espiral de p\u00e1jaros sobre el coraz\u00f3n de Victorino. La fragancia de la muerte llovizna en un sutil descendimiento, respiraci\u00f3n inn\u00famera de los lirios del cielo, ingr\u00e1vido plum\u00f3n de los arc\u00e1ngeles, lucero fugaz que adquiere la piedad del an\u00eds y del romero al apagarse en los ojos de Victorino. El \u00e1ngel de la muerte, su perfil es el mismo perfil inolvidable de Filomena de las catacumbas, el \u00e1ngel de la muerte surge de un m\u00e1s all\u00e1 de amor y dulcedumbre para espolvorear de besos la agon\u00eda de Victorino.<\/p>\n<p>Severo Severiano Carp\u00f3foro Victorino han dejado de existir sobre la tierra. La noche amedrentada por el espejismo de la sangre se refugia en las abras de las colinas a gemir un llanto lechoso de manantiales y luci\u00e9rnagas. Los perros deambulan espectrales, ventean la ceniza de la luna, aullan en acecho de los despojos. En la terraza del palacio imperial se extingue bruscamente una l\u00e1mpara.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><em>Santa Librada que viniste al aire<\/em> &#8211; reza la se\u00f1ora Consuelo, Mam\u00e1 olvida sus dolores para escucharla, la se\u00f1ora Consuelo reza desde el rinc\u00f3n del cuarto donde se ha empeque\u00f1ecido, casi borrado &#8211; <em>en rosado racimo con tus ocho hermanas, nueve cabritas fugadas de la noche, nueve portuguesitas nacidas para quemarse en el reverbero azul del martirio.<\/em> En ese mismo instante llega Madre a la Maternidad en un carro de alquiler que sacudi\u00f3 a cornetazos la Avenida San Mart\u00edn, su marido Juan Ramiro Perdomo va risiblemente solemne sentado a su lado, Madre siente un dolor que le comienza en la columna vertebral y se le desliza como un alacr\u00e1n por la cintura y se le va cerrando como un gancho de acero al nivel del ombligo, Me duele much\u00edsimo Juan Ramiro, dice ella, Aguanta un poquito que ya vamos a llegar, responde \u00e9l, el chofer se considera un personaje importante, lo es, toca la corneta autoritariamente. Y en ese mismo instante Mami telefonea al doctor Carvajal, Estoy sintiendo manifestaciones viejo, dice, Vete para la cl\u00ednica, responde \u00e9l, y Mami comienza a acicalarse, arrincona los dolores frente al espejo, se pinta, se perfuma, elige los saltos de cama, uno para cada d\u00eda, ir\u00e1n tant\u00edsimas amigas a verla, Mami no pierde jam\u00e1s la serenidad, cuenta adem\u00e1s con la protecci\u00f3n de su madre, do\u00f1a Adelaida se convierte en jefe de operaciones, es la voz de la experiencia, cierra las maletas, ayuda a Mami a bajar la escalera, el ingeniero Argimiro Peralta Heredia la deja hacer encantado, Qu\u00e9 suegra tan eficiente tengo, dice.<\/p>\n<p><em>Calsia tu madre, pantera engalanada de terciopelos negros<\/em> &#8211; reza la se\u00f1ora Consuelo, la se\u00f1ora Consuelo sabe que las vecinas est\u00e1n pendientes de este parto de Mam\u00e1 como de una ceremonia religiosa, las presiente en expectativa m\u00e1s all\u00e1 de las paredes, la se\u00f1ora consuelo ha aceptado como \u00fanica ayudante a una prima de Mam\u00e1 que vino a visitarla, le da \u00f3rdenes precisas, Traiga peri\u00f3dicos, traiga el anafe, traiga la vela de sebo &#8211; <em>las conduce con recado de muerte a Sila la comadrona, comadrona como yo, Se\u00f1or, cristiana como yo, Se\u00f1or, \u00bfc\u00f3mo darles veneno a estos nueve capullos de armi\u00f1o ?, amor y leche es la gracia que imploran, amor y leche d\u00f3iles de tu\u00a0 doctrina, a\u00a0 la\u00a0 sombra de\u00a0 tus pies suspiran, Se\u00f1or, llegaron a ser siervas de un convento perdido entre venados y cipreses<\/em>. Entonces Madre atraviesa puertas met\u00e1licas y tabiques blancos, a Juan Ramiro Perdomo no le permitieron pasar del cancel, Solamente la paciente puede entrar, dijeron, la paciente es Madre acosada por dolores que van y vienen, con las respuestas de Madre llenaron una planilla, le piden que se desvista. Le entregaremos la ropa a su marido, dicen, le ponen una bata corta que apenas le llega a la rodilla, una bata de tela \u00e1spera y color desva\u00eddo, la suben a una camilla, la cubren con una s\u00e1bana. Y entonces Mami entra a la cl\u00ednica rumbosamente, con sus dos maletas y su marido y su madre, Buenos d\u00edas Domitila, dice Mami, Domitila la esperaba sol\u00edcita, Domitila la acompa\u00f1a hasta su habitaci\u00f3n, igual a todas las habitaciones de cl\u00ednica, uniformes como los camarotes de los barcos y las celdas de los frailes, Mami se tiende en la cama con el auxilio de Domitila, solamente ante Domitila declina su autoridad do\u00f1a Adelaida, Domitila ha visto tantos partos, tiene intuici\u00f3n, arregla a Mami primorosamente, decide avisar al doctor Carvajal, la cosa est\u00e1 m\u00e1s cerca de lo que do\u00f1a Adelaida y Mami se imaginaban.<\/p>\n<p><em>Transparente Santa Librada que ya te cre\u00edas desposada con Jesucristo<\/em> &#8211; la se\u00f1ora Consuelo mand\u00f3 hervir una lata de agua, mand\u00f3 planchar las s\u00e1banas para que el calor destruyera los microbios, mand\u00f3 cerrar las puertas y tapiar los resquicios de los postigos, la se\u00f1ora Consuelo no quiere luz exterior, no quiere aire serenado &#8211; <em>cuando golpea los aldabones Lucio tu padre, gobernador pagano, ojos de selva alevosa, entra\u00f1as de reptil, y ordena a sus nueve hijas profanar la blancura de la hostia, ellas prefieren morir entre tormentos, y as\u00ed suben al cielo tus ocho hermanas, monjitas de cristal y ma\u00edz tierno, los serafines las reciben con himnos que huelen a violeta<\/em>. Ahora Madre ha llegado en su camilla rodante a un largo sal\u00f3n, hay seis mujeres acostadas en camas de colchonetas verdes, son seis caras crispadas por el sufrimiento, una mulata de rasgos cansados puja en silencio los anuncios de su cuarto hijo, las otras cinco gritan sin cortapisas, la italiana sobre todo, Mamma m\u00eda, Dio m\u00edo, Non ne posso pi\u00fa, Non ce la faccio pi\u00fa, la vecina que le toc\u00f3 a Madre es mucho m\u00e1s prosaica, Cono, Qu\u00e9 vaina tan grande, y se afierra p\u00e1lida a los listones de la cama. Y ahora Mami se enrumba sobre aceitadas ruedas hacia la sala de partos, su marido el ingeniero Argimiro Peralta Heredia la despide y la reconforta con una elegante sonrisa, Este y no m\u00e1s, piensa Mami, Los hombres deber\u00edan pasar por esto para que sepan lo que es bueno, piensa Mami, lleva puesta una preciosa dormilona rosada, Virgen Mar\u00eda por los dolores de tu parto ay\u00fadame en este trance, dice Mami en alta voz al cruzar su camilla el umbral del quir\u00f3fano, el doctor Carvajal la est\u00e1 esperando de bata impecable y guantes de goma blancos.<\/p>\n<p><em>A ti Santa Librada, porque eras la m\u00e1s linda<\/em> &#8211; reza la se\u00f1ora Consuelo, la se\u00f1ora Consuelo ha colocado a Mam\u00e1 atravesada en la cama, antes puso tablas y peri\u00f3dicos debajo del colch\u00f3n, Mam\u00e1 est\u00e1 con las rodillas curvadas y las piernas abiertas, la se\u00f1ora Consuelo le lav\u00f3 la regi\u00f3n con jab\u00f3n de Castilla, la se\u00f1ora Consuelo reza y espera pacientemente, rezar y esperar es la funci\u00f3n de las verdaderas comadronas &#8211; <em>manojito de dulzuras, en vez de concederte saludable muerte te quieren desposar con el Rey de Sicilia que escarnece con vino y carcajadas tu voto de castidad, y t\u00fa, doncella impenetrable, caes de rodillas sobre los guijarros para rogar con las manos juntas: Jes\u00fas, esposo m\u00edo, que me nazcan barbas en el ment\u00f3n, que me broten bigotes sobre los labios, que se ennegrezcan gre\u00f1as caballunas entre las palomas de mis pechos, que vellos de labriego enluten mis pantorrillas, para que el Rey de Sicilia me rechace, para que sus violentos \u00f3rganos no pongan en peligro mi virginidad<\/em>. En cuanto a Madre, ya est\u00e1 trepada a la mesa de partos, el estudiante y la enfermera la ayudaron a meter las corvas en dos medios cilindros de metal, la vulva y sus contornos quedaron iluminados por una l\u00e1mpara de luz sin sombra que cuelga del techo, cada vez que le vienen los dolores Madre se agarra tensa de dos asas que est\u00e1n al alcance de sus manos, la enfermera la pinta de mercurio cromo con un pincel hecho de algodones, Madre curva los pies y los afinca en un pedal de hierro que sobresale all\u00e1 abajo, Ya est\u00e1 completa, dijo el bachiller despu\u00e9s del \u00faltimo tacto, entonces la trajeron. Y en cuanto a Mami, se encuentra en posici\u00f3n id\u00e9ntica a la de Madre, las piernas abiertas y la vulva iluminada, aunque el campo operatorio sea m\u00e1s amplio y las s\u00e1banas de calidad m\u00e1s fina, el doctor Carvajal se mueve con pausada desenvoltura, a Mami se le encalambran las piernas, S\u00f3bemelas por favor Domitila, dice Mami, a Mami le arrecian los dolores, Se me est\u00e1n acabando las fuerzas doctor, dice Mami, despu\u00e9s cae el ni\u00f1o en el canal vaginal, P\u00f3ngame f\u00f3rceps Carvajal, lo que sea, no aguanto m\u00e1s, grita Mami por primera vez ha perdido Mami la serenidad, el doctor Carvajal sonr\u00ede seguro de s\u00ed mismo y de las leyes naturales, sonr\u00ede debajo de su tapaboca de gasa.<\/p>\n<p><em>Y cuando el Se\u00f1or escuch\u00f3 tu plegaria<\/em> &#8211; reza la se\u00f1ora Consuelo y abandona su rinc\u00f3n, lleg\u00f3 el momento preciso de abandonar el rinc\u00f3n, Puja sin miedo, dice la se\u00f1ora Consuelo a Mam\u00e1, las pasitas de negro han comenzado a asomar por entre sangre y aguas densas, un extra\u00f1o olor inunda el cuarto, un olor no f\u00e9tido pero s\u00ed pesado y hostil, los hombros del feto rotan por s\u00ed solos en busca de la salida, y la se\u00f1ora Consuelo se limita a rezar y a recibir el ni\u00f1o &#8211; <em>y te crecieron milagrosamente cerdas por todas partes, azucena convertida en puercoesp\u00edn, y el Rey de Sicilia huy\u00f3 a revienta cinchas desde Oporto hasta Palermo, tu padre incit\u00f3 a sus sicarios a clavarte en un le\u00f1o<\/em>. Y sucede que el bachiller de quinto a\u00f1o se adelanta decidido hac\u00eda Madre, Puje se\u00f1ora, puje, dice el bachiller, la enfermera tambi\u00e9n dice Puje, Madre puja con todas sus fuerzas, el bachiller coopera con la cabeza del feto en su movimiento de rotaci\u00f3n, ya tiene los pies del ni\u00f1o en alto como las orejas del conejo en manos de un prestidigitador, aplica las pinzas al cord\u00f3n, recibe las tijeras de manos de la enfermera, es var\u00f3n, dice la enfermera, \u00bfQu\u00e9 nombre le va a poner?, dice la enfermera, Victorino, hoy es San Victorino, responde Madre sin mucha convicci\u00f3n. Y sucede que tambi\u00e9n el doctor Carvajal ha alzado el ni\u00f1o de Mami como un conejo de circo, y que tambi\u00e9n Mami ha pujado esforzadamente, el doctor Carvajal corta el cord\u00f3n de un tajo preciso, Es un machito, dice el doctor Carvajal y se lo entrega a Domitila, el nombre se lo pondr\u00e1 m\u00e1s tarde do\u00f1a Adelaida, Un machito muy completo, dice la enfermera, Que lo vistan de azul a mi amorcito lindo, dice Mami m\u00e1s serena que nunca.<\/p>\n<p><em>A ti Santa Librada<\/em> &#8211; la se\u00f1ora Consuelo unta de alcohol el cuerpo del ni\u00f1o, le da un par de nalgadas en provocaci\u00f3n de resuello y de llanto, extiende una cataplasma sobre el ombligo reci\u00e9n cortado, polvo blanquito que seca y bastante licopodio, lo envuelve como tabaco, lo coloca en un cajoncito que fue de jab\u00f3n Las Llaves, Ya est\u00e1 chillando el vagabundo, dice Mam\u00e1 &#8211; <em>agonizante rosa en las alturas de un madero, a ti peluda Santa Librada de terso vientre femenino que no supo de goces ni de fecundaciones, patrona de los dolores de mujer porque ninguna ha sufrido bajo los rigores del universo lo que t\u00fa padeciste sobre la aspas del suplicio, socorro te mendigo en este trance para que las Potencias me permitan salvar al hijo de mocezuelo y a la madre de fiebres, tal como Santa Sila, comadrona como yo, cristiana como; yo, salv\u00f3 en tropilla a ti y tus ocho hermanas, am\u00e9n<\/em>. Madre por su parte se ha quedado pensativa, Madre desencuadernada todav\u00eda en su cama mec\u00e1nica, a Victorino lo condujo la enfermera hasta una larga mesa ya habitada por otros reci\u00e9n nacidos, la enfermera lo frota con alcohol y parafina para desle\u00edr la grasa rosada que lo cubre, le arrolla a la mu\u00f1eca una tira de adhesivo con el nombre de Madre escrito en tinta china, hace la cura del cord\u00f3n, le toma la impronta de las p\u00e1ticas, lo mide desde el occipucio hasta la planta del pie, le vierte una soluci\u00f3n de nitrato de plata en los ojos, lo envuelve en sabanitas blancas, lo acomoda finalmente en una cuna rectangular en compa\u00f1\u00eda de otro ni\u00f1o que naci\u00f3 hace quince minutos, es el hijo de la italiana, llora teatralmente como su madre, Victorino gesticula muy serio tendido junto a \u00e9l. Y Mami, por su parte, ha pedido su ni\u00f1o para verlo, es rubio y pesa tres kilos con doscientos gramos, el doctor Carvajal le examina los ojos, le examina los dedos de las manos y de los pies, le examina el culito y la paloma, Est\u00e1 perfecto, dice el doctor Carvajal, le estimula los movimientos respiratorios, Domitila se ocupa de curarle el ombligo, Mami regresa sobre ruedas triunfales a su habitaci\u00f3n, el ingeniero Argimiro Peralta Heredia no cabe en s\u00ed de orgullo, desde que supo que era var\u00f3n no cabe en s\u00ed de orgullo, a la media hora comienzan a llegar los ramos de flores, se llama Victorino, dice Do\u00f1a Adelaida.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Hoy es 8 noviembre de 1948, domingo por cierto. La ciudad otea anhelosamente la llegada de la carrera de autom\u00f3viles Buenos Aires Caracas, millares de cabezas hormiguean en las avenidas de las afueras.<\/p>\n<p>LAS TROPAS COMUNISTAS CHINAS HAN OCUPADO MANCHURIA<\/p>\n<p>y se encuentran a menos de 200 millas de la capital de Chiank Kai Shek, caer\u00e1 tambi\u00e9n Nanking, en la atm\u00f3sfera financiera se palpa el desenlace inminente de esta guerra, los comerciantes norteamericanos han comenzado a clausurar sus negocios en Peiping. Se otorgan los premios Nobel correspondientes a 1948, el de Literatura lo recibe el poeta<\/p>\n<p>T.S. Elliot, ya era tiempo, History may be servitude, History may be freedom, y el de Medicina le toca al sabio suizo Paul Mueller, descubridor del DDT, Herodes de los mosquitos, Atila del paludismo, aut\u00e9ntico rehabilitador de este pa\u00eds.<\/p>\n<p>CINCUENTA MILLONES DE DOLARES<\/p>\n<p>prestar\u00e1 el Export Import Bank de Washington al gobierno venezolano<\/p>\n<p>PARA LA CONSTRUCCI\u00d3N DE LA AVENIDA BOL\u00cdVAR<\/p>\n<p>\u00a1qu\u00e9 gente tan generosa! A lo largo de trece etapas ha venido punteando la carrera Osear Galves el Aguilucho, se da por un hecho consumado su victoria, tan s\u00f3lo le falta la entrada gloriosa en Caracas, le lleva una delantera irrevocable a su m\u00e1s inmediato perseguidor. Los pol\u00edticos profesionales no concluyen de digerir su sorpresa ante el triunfo de Harry Truman sobre Thomas Dewey en las elecciones presidenciales gringas, la prensa entera se jugaba la cabeza en la papeleta de Dewey, las encuestas de m\u00edster Gallup vaticinaban para Dewey una ventaja kilom\u00e9trica, sin embargo<\/p>\n<p>GANO TRUMAN,<\/p>\n<p>\u00bfpor qu\u00e9 gan\u00f3 Truman? A un ingeniero franc\u00e9s lo detienen en la Plaza Bol\u00edvar vestido de mujer, no olvid\u00f3 las pantaletas ni el sost\u00e9n, al interrogatorio policial respondi\u00f3: \u00abLo hice por variar. \u00a1Toda la vida llevando pantalones! \u00bfEs aburrido, verdad?\u00bb. Circulan broncos rumores,<\/p>\n<p>UNA CONSPIRACI\u00d3N MILITAR DERROCAR\u00c1 AL PRESIDENTE GALLEGOS,<\/p>\n<p>comprometido el Ministro de la Defensa, comprometido \u00edntegro el Estado Mayor, el Agregado Militar de la Embajada de los Estados Unidos (coronel Adams) hace visitas amistosas en sus cuarteles a los oficiales conjurados (Mister Danger, Pernalete, Miujiquita, personajes de rev\u00f3lver en busca de su autor). Se anuncia la llegada de Waldo Frank, viene a escribir un libro sobre el pueblo venezolano enfocado a trav\u00e9s de la imagen de Bol\u00edvar, \u00bftendr\u00e1 tiempo? El caballo Acad\u00e9mico, Hijo de Sind, gana en Buenos Aires el cl\u00e1sico Carlos Pellegrini, montado por Irineo Leguisamo, \u00a1Leguisamo solo!, de las que te pierdes Gardel.<\/p>\n<p>EL MARISCAL TIMOSHENKO PRONUNCIO AYER UN DISCURSO<\/p>\n<p>conmemorativo del aniversario de la revoluci\u00f3n rusa, dijo: \u00abLas fuerzas de la paz no permitir\u00e1n jam\u00e1s una nueva guerra\u00bb. A los toros de un reba\u00f1o de la raza Hereford (se hallaban a muchas millas de distancia y protegidos por altas monta\u00f1as durante una explosi\u00f3n at\u00f3mica de prueba realizada hace m\u00e1s de tres a\u00f1os, exactamente en julio de 1945) se les puso blanco el pelo, se les cay\u00f3 despu\u00e9s como flores marchitas, les volvi\u00f3 a salir en islotes irregulares, a muchos les brotaron \u00falceras en el lomo, se sospecha que han contra\u00eddo el c\u00e1ncer, el proceso es observado por catalejo desde los aviones.<\/p>\n<p>LA PRINCESA ISABEL ESPERA UN VARONCITO,<\/p>\n<p>nacer\u00e1 en esta misma semana, el s\u00e1bado a m\u00e1s tardar, todo es sonrisas y crisantemos en el Palacio de Buckingham, la cuna emperifollada en sat\u00edn azul hace antesala amorosamente en la nursery. La multitud se agolpa a la entrada de Caracas, pasa de cien mil personas, cien mil personas soportan impert\u00e9rritas las andanadas de sol, enloquecer\u00e1n de j\u00fabilo cuando aparezca el Ford del Aguilucho Galves. Lo que son las cosas, m\u00edster J. Parnell Thomas, representante republicano por New Jersey, Presidente del Comit\u00e9 de Actividades Antiamericanas, como quien dice el Gran Inquisidor, ha sido acusado de maniobras encaminadas a estafar al gobierno de los Estados Unidos en complicidad con su ex secretaria Helen Campbell, pueden ser condenados a 32 a\u00f1os de presidio, o a 40.000 d\u00f3lares de multa, una inconcebible ingratitud. M\u00edster Gallup avergonzado como una cu\u00e1quero sorprendido a la puerta de un burdel, M\u00edster Gallup anonadado por el rotundo descalabro de sus augurios electorales, el p\u00fablico se burla sangrientamente de m\u00edster Gallup, se desempolvan citas alusivas, Napole\u00f3n (\u00bfo fue Disraeli?) distingu\u00eda tres clases de mentiras: la mentira vulgar, el perjurio y las estad\u00edsticas; el corso (\u00bfo era eljud\u00edo?) se las sab\u00eda todas. Osear Galves, el Aguilucho, nimbado por la idolatr\u00eda popular, pasa como un ramalazo rojo por Valencia, el Aguilucho vuela rumbo a la meta, ahora ha comenzado a llover, los goterones no logran dispersar el gent\u00edo. En las esquinas se habla de la<\/p>\n<p>INMINENCIA DE UN GOLPE MILITAR,<\/p>\n<p>el novelista y Presidente de la Rep\u00fablica, R\u00f3mulo Gallegos, declara tranquilizadoramente a la prensa: \u00abVenezuela vive un proceso ascendente de afirmaci\u00f3n democr\u00e1tica\u00bb, en tanto Mario Brice\u00f1o Iragorry, igualmente escritor, ve las cosas de un modo distinto: \u00abVenezuela es v\u00edctima de una pelea entre la gasolina y el malojo\u00bb. En los cines proyectan Lassie come home, de una jovencita prometedora llamada Elizabeth Taylor, y The Senator was indiscreet, del veterano William Powell, pero infinitamente m\u00e1s excitante es la propaganda de la pel\u00edcula El noveno: No desear, Cine Apolo, no apta para menores de 18 a\u00f1os, la propaganda dice as\u00ed: \u00abLos hombres la persegu\u00edan. \u00a1La deseaban! Cuando voy por esas calles me miran como si estuviera desnuda. \u00bfQu\u00e9 hay en m\u00ed, Dios m\u00edo, para que los hombres me acometan sedientos como fieras? \u00a1Es que no tienen piedad para los vivos! \u00a1S\u00f3lo respetan a los muertos!\u00bb.<\/p>\n<p>EL GENERAL DE GAULLE OBTIENE MAYOR\u00cdA<\/p>\n<p>en las elecciones para la c\u00e1mara alta, conquist\u00f3 99 puestos, dimiten dos ministros, se tambalea el gobierno, el General no ha presentado un programa preciso, se conoce claro est\u00e1 que es insospechablemente anticomunista, su triunfo obedece a la inestabilidad de los gobiernos civiles franceses, ca\u00edan cada quince d\u00edas, merde alors, la ciudadan\u00eda estaba hasta la coronilla. Osear Galves siente ratear el motor de su coche en los \u00faltimos tramos de la carrera, ha venido punteando desde Buenos Aires, el Ford rojo se detiene s\u00fabitamente, las bielas est\u00e1n fundidas, trece etapas se ha mantenido en el primer lugar, las bielas hijas de puta se han fundido, apenas le falta un pu\u00f1ado de kil\u00f3metros para cruzar la meta, pasan a su lado coches y m\u00e1s coches, ninguno frena para meterle el hombro, el Aguilucho se caga en las bielas. El triunfo inesperado de Truman ha originado<\/p>\n<p>LA BAJA BURS\u00c1TIL MAS VIOLENTA<\/p>\n<p>que se registra desde 1940, mientras tanto los intelectuales progresistas interpretan la elecci\u00f3n de Truman como una derrota de los belicistas y de la discriminaci\u00f3n racial, forget Hiroshima boys! La soprano n\u00f3rdica Kirsten Flagstad ha cantado Trist\u00e1n e Isolda en el Teatro Municipal y las carteleras anuncian ahora el ballet de Alicia Alonso, la bailarina cubana har\u00e1 Giselle. Se asegura que los militares conjurados le han presentado un pliego de reivindicaciones al autor de Do\u00f1a B\u00e1rbara, un racimo de exigencias pol\u00edticas, un ultim\u00e1tum castrense, y que el novelista lo ha rechazado sin leerlo, \u00e9l es el Presidente, no un mequetrefe. Un Buick con matr\u00edcula del Estado Carabobo, un apoltronado autom\u00f3vil de paseo, ha ayudado a Osear Galves a salir del atolladero, lo remolc\u00f3 por las curvas que trepan desde Guayas,<\/p>\n<p>SE TRATA DE UNA COOPERACI\u00d3N ILEGAL,<\/p>\n<p>ser\u00e1 descalificado por los jueces para desesperaci\u00f3n del hervidero que lo est\u00e1 aclamando como vencedor, cuantas veces los altavoces gritan \u00a1Coche a la vista! millares de ojos se afanan en rebusque del Ford del Aguilucho.<\/p>\n<p>CHANG KAI SHEK PROCLAMA QUE ESTA EN CONDICIONES DE<\/p>\n<p>resistir diez a\u00f1os m\u00e1s, Washington sabe que miente, esa guerra est\u00e1 perdida. Un pintor ingenuo de Naiguat\u00e1, un negrito de nombre Feliciano Carvallo, anuncia su primera exposici\u00f3n, Es tan sensacional como el Aduanero, opina Fifa Liscano, habr\u00e1 m\u00fasica, los asistentes tendr\u00e1n derecho a participar en el tumbamiento de dos grandes pi\u00f1atas confeccionadas y decoradas por el propio Feliciano. El gobierno griego comunica oficialmente que ha ejecutado apenas a dos mil hombres en su represi\u00f3n antiguerrillera, quiere deshacer infundiosas cifras, rebatir interesadas exageraciones,<\/p>\n<p>NUESTROS FUSILADOS NO PASAN DE DOS MIL,<\/p>\n<p>insiste con innegable modestia. Al ser descalificado Osear Galves le corresponde el primer puesto y el<\/p>\n<p>TROFEO DE LA CARRERA A DOMINGO MARIMON<\/p>\n<p>tambi\u00e9n argentino pero sin pin\u00e1culo, un gordo de tabaco que se lo fuma hasta chamuscarse los dedos, bohemio y dicharachero, quiere beber cerveza, una verdadera consternaci\u00f3n para las doscientas mil personas que madrugaron en homenaje precoz al Aguilucho.<\/p>\n<p>LA CA\u00cdDA DE ROMULO GALLEGOS ES CUESTI\u00d3N DE D\u00cdAS,<\/p>\n<p>tal vez de horas, los ni\u00f1os de escuela lo comentan entre las zancadillas del recreo, los militares est\u00e1n decididos a masacrar al pueblo si alguien se opone a, no se opondr\u00e1 nadie, los partidos pol\u00edticos andan a la gre\u00f1a, ninguno cree sino en sus propios rencores.<\/p>\n<p>Oscar Galves protesta enardecido al enterarse del fallo que le arrebata la victoria, Pero che, qu\u00e9 vas a reclamar vos si te remolcaron, argumenta el gordo Marim\u00f3n sin alterarse, y entonces el Aguilucho se abre paso por en medio de un pueblo suspirante, va caminando lentamente hasta la estatua del General San Mart\u00edn (situada a una cuadra de la meta) y llora l\u00e1grimas amargas al pie de su libertador.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Estamos a 8 de noviembre de 1948, repito. La se\u00f1ora Consuelo irrumpe en la bodega del portugu\u00e9s Joao Francisco de Sousa, abierta a despecho del domingo, el cliente solitario es Pedro Conoto, vendedor de p\u00e1jaros, no cliente en propiedad sino utilitario visitante a caza de solterona que le compre el periquito, o simplemente peregrino que esquiva el espinazo al sol de la calle, los muchachos que pasan en ventolera por el claro de la puerta le gritan \u00a1Pedro Conoto culo roto!, y \u00e9l les responde malignamente \u00a1El culo se lo puedo romper a tu madre! La se\u00f1ora Consuelo ha venido a comprar una vela de sebo, sustancia necesaria para el parto que asiste cinco casas m\u00e1s arriba, y una botella de aguardiente de ca\u00f1a, medicamento tambi\u00e9n imprescindible, ya que el angelito est\u00e1 cerca, Mam\u00e1 grita cada tres minutos, \u00a1Ay que se me quiebra la cadera!, \u00a1Ay que se me revienta la cuca!, \u00a1Ay\u00fadame San Pedro Claver! La se\u00f1ora Consuelo circunnavega por entre promontorios de sacos de arroz y huacales de refrescos que la separan del portugu\u00e9s, formula su pedido sin dignarse mirar a Pedro Conoto ni al periquito, enfila la proa resueltamente hacia el interior de la bodega, en el horizonte relumbra sobre el holl\u00edn de la pared el rect\u00e1ngulo blanco que ella andaba brujuleando, un almanaque. La se\u00f1ora Consuelo descifra de lejos a noviembre porque est\u00e1 en letras gordas, y el inmenso 8 negro a\u00fan m\u00e1s indudable, y la palabra domingo en rojo que lo subraya, trabajo le cuesta entender el sentido de las mosquitas m\u00ednimas que nombran a los santos, qu\u00e9 vaina, la se\u00f1ora Consuelo pas\u00f3 de los cincuenta y no usa espejuelos, le es preciso arrimar pegaditos los ojos al papel del almanaque para deletrear con dificultad:<\/p>\n<p><em>Santos Severo, Severiano, Carp\u00f3foro y Victorino, los cuatro m\u00e1rtires coronados.<\/em><\/p>\n<p>Severo nunca, ni Severiano, ni Carp\u00f3foro dice la se\u00f1ora Consuelo, y al decirlo acciona elocuentemente, como si el asunto le concerniera a Joao Francisco de Sousa. Si nace var\u00f3n har\u00e9 que le pongan Victorino.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/otero-silva-miguel\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Miguel Otero Silva Pr\u00f3logo cristiano con abominables interrupciones de un emperador romano \u00abEl historiador perfecto, al propio tiempo que debe poseer suficiente imaginaci\u00f3n para dar a sus narraciones inter\u00e9s y colorido, debe asimismo dominar de tal modo su arte que sepa contentarse con los materiales acopiados por \u00e9l y defenderse de la tentaci\u00f3n de suplir [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":6,"featured_media":2103,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_monsterinsights_skip_tracking":false,"_monsterinsights_sitenote_active":false,"_monsterinsights_sitenote_note":"","_monsterinsights_sitenote_category":0,"footnotes":""},"categories":[15],"tags":[3,45],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/1558"}],"collection":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/users\/6"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=1558"}],"version-history":[{"count":5,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/1558\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":2104,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/1558\/revisions\/2104"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media\/2103"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=1558"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=1558"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=1558"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}