{"id":1555,"date":"2021-09-26T18:32:06","date_gmt":"2021-09-26T18:32:06","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=1555"},"modified":"2023-11-24T18:37:54","modified_gmt":"2023-11-24T18:37:54","slug":"cubagua-capitulo-i","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/cubagua-capitulo-i\/","title":{"rendered":"Cubagua (cap\u00edtulo I)"},"content":{"rendered":"<h4 style=\"text-align: right;\">Enrique Bernardo N\u00fa\u00f1ez<\/h4>\n<h3><strong>Tierra bella, isla de perlas\u2026<\/strong><\/h3>\n<p>En el centro de Margarita La Asunci\u00f3n erige sus paredones de f\u00e1bricas abandonadas hace mucho tiempo y las tapias blancas de sus corrales ornamentados de pl\u00e1tanos. El color es la magia de la isla. As\u00ed lo piensa Henry Stakelun, gerente de la compa\u00f1\u00eda que explotaba unos yacimientos de magnesita, y la misma fascinaci\u00f3n experimentan cuantos viajeros la contemplan alguna vez. Con su ancho sombrero oscuro, vestido de kaki, botas altas, con su rifle y seguido de dos perros, Stakelun recorre los campos al azar. Las sierras y labranzas resecas no impiden el aire embalsamado que llega de huertas distantes. Margarita presenta esos contrastes.<\/p>\n<p>A la entrada de La Asunci\u00f3n unos matapalos vierten sus copas maravillosas junto a un convento franciscano convertido en casa de gobierno. En la plazuela est\u00e1 el templo y el antiguo ayuntamiento donde se ve todav\u00eda un escudo de Espa\u00f1a. Frente a la plazuela hay una fuente p\u00fablica, en medio de un ancho espacio cubierto de hierba. A pesar del enjalbegado obligatorio dispuesto por la ordenanza municipal las viviendas dan la impresi\u00f3n de que van cay\u00e9ndose lentamente. Hace un siglo la ciudad fue quemada, arrasada, y desde entonces qued\u00f3 tal como es hoy, se\u00f1oreada por su castillo, un viejo caser\u00f3n militar. Los callejones se retuercen vetustos, silenciosos, llenos de hierba. Tarde y ma\u00f1ana, las muchachas conducen el agua hasta los barrios m\u00e1s lejanos. Las campanadas caen pesadas, mon\u00f3tonas, marcando in\u00fatiles el tiempo. El d\u00eda declina r\u00e1pidamente entre sombras melanc\u00f3licas. Entonces un empleado enciende los faroles. Huye el verdor de las monta\u00f1as que la circundan y los murallones del Castillo de Santa Rosa se hacen m\u00e1s oscuros. En Porlamar viven los capitalistas, mercaderes, propietarios de los trenes de pesca. En La Asunci\u00f3n, los empleados p\u00fablicos envanecidos y pobres.<\/p>\n<p>El juez doctor Figueiras habitaba en una de esas calles s\u00f3rdidas con casuchones desiguales, pr\u00f3ximos a desbaratarse. Viv\u00eda all\u00ed, a pesar suyo, pues en La Asunci\u00f3n hay tambi\u00e9n crisis de alojamientos. Le acompa\u00f1aba Andrea, una mulatilla incitante y espigada que hab\u00eda llevado del Tuy para servir su cocina. La castidad de un viejo depende a veces de sus gustos culinarios. En el sal\u00f3n de gruesas vigas y paredes amarillentas, al suave balanceo de su hamaca, el juez meditaba sus asuntos. Alineados en un caj\u00f3n se ve\u00edan los c\u00f3digos y encima del caj\u00f3n un gran cuchillo. Con \u00e9l dieron muerte a un mozo en el pueblo. Figueiras lo guardaba a manera de amuleto y tambi\u00e9n con el prop\u00f3sito de formar una colecci\u00f3n y venderla. Todas las ma\u00f1anas el juez se levantaba temprano, conversaba con el loro de Andrea, observaba el cielo siempre azul y brillante, tomaba el caf\u00e9 y se marchaba al juzgado en una celda del viejo convento. En la capilla est\u00e1 la imprenta oficial y bajo la escalera encierran a los borrachos que escandalizan por la noche, con excepci\u00f3n del secretario Benito Arias. A las once es la hora del aperitivo, el almuerzo, la siesta. La guardia de la c\u00e1rcel hace el relevo. Entonces Andrea ven\u00eda a tumbarse en su hamaca, junto a la del juez. Y todas las noches, hasta las diez, Figueiras se dirig\u00eda a la cantina de Jes\u00fas Quijada, en donde se comentaban las noticias en torno de un racimo de bananos pendiente del techo. All\u00ed resolv\u00eda consultas de diversa \u00edndole y recitaba versos cl\u00e1sicos.<\/p>\n<p>En la misma calle que Figueiras vive el coronel Juan de la Cruz Rojas, de servicio en la isla, el cual refiere siempre sus proezas de guerra en Apure. M\u00e1s all\u00e1 se puede leer el siguiente anuncio en una plancha de cobre:<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">DOCTOR GREGORIO ALMOZAS<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">M\u00e9dico, cirujano y partero<\/p>\n<p>A veces, en el vecindario, se o\u00eda la voz de Andrea recriminando al juez:<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Le\u00f3nidas!<\/p>\n<p>Cuando estas desavenencias ocurr\u00edan en presencia de testigos, Figueiras, disculp\u00e1ndose, los acompa\u00f1aba hasta la calle. Despu\u00e9s atrancaba la puerta y maldec\u00eda su destino.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Hacia el este se encuentra Paraguach\u00ed y m\u00e1s all\u00e1 la playa del Tirano, un paisaje de rocas y alcatraces, as\u00ed llamada por haber desembarcado all\u00ed el famoso Lope de Aguirre con sus mara\u00f1ones. Desde el Per\u00fa sigui\u00f3 el camino de los r\u00edos hacia el mar y se apoder\u00f3 de la isla con una estratagema que revela su manera de conocer los hombres. Como los vecinos estaban alborotados y el gobernador indeciso en permitir el desembarco, Aguirre propag\u00f3 el rumor de que llevaba grandes riquezas, manifest\u00e1ndose liberal en sus presentes y obligaciones. Dio por una vaca una copa de plata y a otro regal\u00f3 un capote de grana guarnecido de oro. Desde aquel momento el gobernador ambicion\u00f3, con los deseos m\u00e1s ardientes, apoderarse de los bergantines; pero una vez en tierra, tras muchas palabras y negociaciones, Aguirre hizo salir parte de sus hombres que con gran arcabucer\u00eda y muchas lanzas y agujas prendieron al gobernador y sometieron su gente. Don Juan de Villandrado hubo de hacer el camino de La Asunci\u00f3n en las ancas de su propio caballo montado por Aguirre, que le prodigaba los miramientos de una cortes\u00eda burlona. En una cr\u00f3nica antigua, reproducida en El Heraldo de Margarita, se lee lo siguiente:<\/p>\n<p style=\"padding-left: 60px;\">El traidor Lope de Aguirre y los dem\u00e1s rebeldes que \u00e9l acaudillaba, con incre\u00edble maldad de sus torvos \u00e1nimos, cometieron en la Margarita toda especie de cr\u00edmenes. Despu\u00e9s de apoderarse de la fortaleza se dirigieron con horribles blasfemias a quitar el rollo, que era de madera de guayac\u00e1n, erigido en la plaza, y con mucho esfuerzo no pudieron derribarlo, lo cual se tuvo por permisi\u00f3n divina. Raro era el d\u00eda en que el monstruo no inventaba una nueva maldad.<\/p>\n<p style=\"padding-left: 60px;\">Mat\u00f3 al gobernador, al alcalde, al regidor, al alguacil mayor. Mat\u00f3 mujeres, ancianos, frailes, labriegos. Mat\u00f3 a su confesor, fraile dominico, por haberle reprobado sus infernales delitos, aconsej\u00e1ndole que volviese a la obediencia de Su Majestad. Este var\u00f3n recibi\u00f3 la muerte con entera humildad mientras rezaba el Miserere mei Deus . En las horcas de dos desertores mand\u00f3 poner estas leyendas: \u00abAhorcados por leales servidores del rey de Castilla\u00bb, y dec\u00eda comentando el suplicio de aquellos infelices: \u00abVeamos ahora si el rey os resucitar\u00e1 o dar\u00e1 la vida\u00bb.<\/p>\n<p>Pero en Margarita el Tirano Aguirre est\u00e1 olvidado.<\/p>\n<p>En Paraguach\u00ed, a la hora de v\u00edsperas, en la puerta del templo, se ve\u00eda a un franciscano, hombre alto, cojo, de edad indefinible. Era el p\u00e1rroco, fray Dionisio de la Soledad, que segu\u00eda con la mirada la puesta de sol y las rojas flores de cedro desprendidas por el viento. Singulares versiones corr\u00edan desde su llegada al pueblo. Se aseguraba haberle sor- prendido de rodillas ante una cabeza momificada que ocultaba cuidadosamente, Otros hablaban de su afici\u00f3n a mascar cierta hierba e indicaban un diente de caim\u00e1n pendiente de su cam\u00e1ndula. Gracias a \u00e9l, Paraguach\u00ed ten\u00eda dos torres y gracias a \u00e9l, desde unas semanas antes se encontraba all\u00ed Nila C\u00e1lice, hospedada en su misma casa. Con gran beatitud en el semblante, Nila tocaba el \u00f3rgano. Resonaban entonces profundos gemidos o expresiones de amor incontenible, especie de r\u00e1fagas bajo las cuales oscilaban los cirios del altar. Despu\u00e9s, vestida de hombre, montaba a caballo. Se la ve\u00eda a trav\u00e9s de los valles grises, de los valles verdes, tornasolados, y en las playas deslumbradoras. La pasi\u00f3n de Nila era la cacer\u00eda, la danza, dormir al aire libre, galopar horas y horas, lo que al fin y al cabo quiere la vida moderna.<\/p>\n<p>Se murmuraba de Nila con envidia, se la deseaba. Esto ocurr\u00eda en Paraguach\u00ed o en La Asunci\u00f3n. En los ranchos, a lo largo de los caser\u00edos, era otra cosa. Sal\u00edan a verla, Despu\u00e9s callaban pensando que era demasiado bella y altiva. Su cuerpo ten\u00eda la pr\u00edstina oscuridad del alba. Una de que el pasado les cayese en el alma. En cada uno, al verla, la visi\u00f3n persist\u00eda de un modo distinto.<\/p>\n<p>\u2014Todo fraile guarda bajo el h\u00e1bito el secreto de una linda moza.<\/p>\n<p>\u2014Y Etelvina Casas, \u00bfqu\u00e9 dice?<\/p>\n<p>\u2014Etelvina, como de costumbre, se ha hecho amiga suya y se han ido a ba\u00f1ar juntas.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Es pavoroso! \u00a1El pueblo entero deber\u00eda protestar!<\/p>\n<p>Otros, en cambio, garantizaban la santidad del p\u00e1rroco. Fray Dionisio no pose\u00eda nada. Era hombre de perfecta humildad. Durante la construcci\u00f3n de la torre se le vio subido en los andamios con el h\u00e1bito manchado de barro, los ojos llenos de polvo. El mismo, ayudado de los vecinos, acarreaba piedras, arena, cemento. Florecieron rosetones en la fachada y las columnillas se elevaron airosas y esbeltas. En breve la torre qued\u00f3 concluida y reson\u00f3 su voz de plata en la ma\u00f1ana, de bronce al atardecer, Despu\u00e9s fray Dionisio quiso acometer otras empresas, pero \u00e9stas quedaron interrumpidas.<\/p>\n<p>Cerca de Paraguach\u00ed estaban los establecimientos de la Compa\u00f1\u00eda. Stakelun se hallaba bien instalado y pod\u00eda ofrecer a sus hu\u00e9spedes como deidades de que carec\u00eda el mismo presidente de Estado. Desde su hamaca Stakelun contemplaba los montones de tierra blanca, las serran\u00edas tambi\u00e9n, blancas, azuladas como la orla de los mascarones, Las obras estaban abandonadas, las vagonetas inm\u00f3viles, oxid\u00e1ndose en las para- lelas in\u00fatiles. Apenas dos empleados cuidaban las herramientas, las plantas y los perros de Mr. Stakelun. En ocasiones \u00e9ste abandonaba su optimismo y prorrump\u00eda iracundo contra el ex-gerente Joseph Jhonston y su esposa, Zelma Jhonston, causas de aquel litigio ruinoso y eterno. Nadie, en realidad, se acordaba de que all\u00ed se explotaban unas minas. El mismo Stakelun resid\u00eda all\u00ed para seguir de cerca las fases del proceso e ir a La Asunci\u00f3n a cumplimentar las autoridades, Entonces refer\u00eda, a quien quer\u00eda o\u00edrle, la traici\u00f3n de Jhonston y la codicia todav\u00eda peor de su mujer, Zelma era una vieja feroz. Se la encontr\u00f3 de cocinera, pero Jhonston termin\u00f3 por enamorarse de ella y renunciar el cargo para demandar a la Compa\u00f1\u00eda por da\u00f1os y perjuicios. Al menos as\u00ed lo hab\u00eda decidido Zelima.<\/p>\n<p>La amistad con jueces y funcionarios era siempre para Stakelun una vislumbre de esperanza, Su casa estaba siempre abierta a los personajes de algana importancia. El doctor Figueiras y el coronel Rojas le visitaban con frecuencia. El doctor Almozas iba tambi\u00e9n a tomar su whisky.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Ah, si la isla tuviese agua ser\u00eda un para\u00edso! Aqu\u00ed se dan exce- lentes uvas. Las pi\u00f1as son las m\u00e1s ricas y la variedad de pescado es infinita. Hay para surtir al mundo de conservas. \u00a1Si hubiese iniciativa! En nuestro pa\u00eds se puede hacer todo y todo est\u00e1 por hacer. Pero la isla es tan f\u00e9rtil que no necesita agua.<\/p>\n<p>\u2014Para que esa audacia llegue ser\u00e1 preciso que pasen mil a\u00f1os. El progreso llegar\u00e1 a nosotros despu\u00e9s de un milenio \u2014arguy\u00f3 Figueiras con una risita sarc\u00e1stica.<\/p>\n<p>Y el doctor Ram\u00f3n Leiziaga, graduado en Harvard, ingeniero de minas al servicio del Ministerio de Fomento, comenz\u00f3 a pasearse de un lado a otro:<\/p>\n<p>\u2014No basta la iniciativa. Ante todo es preciso dinero. S\u00ed, todo puede hacerse y nada \u2014a\u00f1ade con sorna el coronel Rojas.<\/p>\n<p>Leiziaga volvi\u00f3 a sentarse, mont\u00f3 los pies sobre la mesa cargada de botellas y vasos.<\/p>\n<p>\u2014Siempre he acariciado grandes proyectos: empresas ferroviarias, compa\u00f1\u00edas navieras o vastas colonizaciones en las m\u00e1rgenes de nuestros r\u00edos; pero si logro una concesi\u00f3n de esa naturaleza, la traspaso en se- guida a una Compa\u00f1\u00eda extranjera y me marcho a Europa. Ya tengo treinta a\u00f1os y un jefe, el doctor Camilo Zaldarriaga. Un hombre gru\u00f1\u00f3n y sarc\u00e1stico, un imb\u00e9cil. Deseo huir de todo esto, porque hoy los a\u00f1os son d\u00edas y aqu\u00ed los d\u00edas son a\u00f1os.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Je, je! Es el pensamiento de todos nosotros: irnos a Europa, pero nuestra tierra no sufrir\u00e1 nunca esas palpitaciones febriles que usted desea.<\/p>\n<p>Sin lentes, Figueiras adquir\u00eda cierta expresi\u00f3n jovial, como despojado de su sombr\u00edo atributo de juez.<\/p>\n<p>\u2014 Europa ha terminado \u2014afirma Stakelun\u2014. Norte Am\u00e9rica es muy joven. Ustedes est\u00e1n naciendo ahora.<\/p>\n<p>\u2014S\u00ed; \u00bfa qu\u00e9 preocuparse tanto? \u00bfNo es cierto? He o\u00eddo esto a menudo, El todo est\u00e1 en vivir, Sin embargo, a m\u00ed me parece que Sur Am\u00e9rica quiere ser ante todo una se\u00f1ora muy vieja. Se ha puesto arrugas postizas y cabellos blancos. Acaso sea coqueter\u00eda de joven; pero mientras tanto es preferible la selva, el silencio virgen.<\/p>\n<p>\u2014Pero, \u00bfa cu\u00e1l Am\u00e9rica se ref\u00edcre usted? \u00bfEh? \u2014interrog\u00f3 Almo- zas casi indignado\u2014. Usted no me negar\u00e1, joven, que aqu\u00ed est\u00e1n las reservas de la humanidad futura. La ciencia&#8230;<\/p>\n<p>El doctor Almozas deposit\u00f3 en el suelo un estuche de madera, Era un forceps oxidado.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfUsted emplea eso as\u00ed mismo, doctor? \u2014pregunt\u00f3 Stakelun.<\/p>\n<p>\u2014S\u00ed, as\u00ed mismo \u2014repuso un poco sorprendido.<\/p>\n<p>Ven\u00eda de usarlo en un parto muy laborioso. Gemelos. El caso es frecuente en la isla. Almozas hac\u00eda pensar en aquella gente tan pobre y tan fecunda. El mismo ten\u00eda veinticinco hijos y unas plantaciones de coco. Figueiras y en general los empleados p\u00fablicos, en su mayor\u00eda forasteros, se lamentaban siempre de aquella pobreza irremediable. El \u00fanico que no dec\u00eda nada era Rojas. Escuchaba con desd\u00e9n los comentarios apenas reprimidos en presencia de los nativos. Ahora Leiziaga ten\u00eda el mismo pensamiento y el doctor Almozas continuaba hablando ante \u00e9l de la fecundidad de la isla.<\/p>\n<p>\u2014La ciencia&#8230; \u2014 y conclu\u00eda con un adem\u00e1n torpe, solemne, en el cual abarcaba toda la enorme masa silenciosa\u2014 &#8230; el vulgo.<\/p>\n<p>Una campana son\u00f3. Unos pasos hicieron crujir la madera del piso El viento arrastraba arena, p\u00e9talos, palomas, el color rubio, bermejo, c\u00e1lido. Hernando Casas entr\u00f3 y se dej\u00f3 caer en una silla con expresi\u00f3n de cansancio:<\/p>\n<p>\u2014El lunes entrego la finca \u2014dijo, y comenz\u00f3 a re\u00edrse de Almozas y de las alusiones a Zelma Jhonston.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Est\u00e1 usted contento! \u2014 observ\u00f3 Figueiras.<\/p>\n<p>Parec\u00eda, en realidad, desembarazado de un gran peso. Casas se hab\u00eda dejado arruinar con una especie de voluptuosidad. Etelvina, su mujer, refer\u00eda esto llorando.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Es la luz! \u2014afirmaba Almozas.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Oh, no creo que la luz quite el coraje a los hombres! No, mi hijo no ser\u00e1 as\u00ed.<\/p>\n<p>Etelvina odiaba a Stakelun, que no se daba por aludido. Aquel d\u00eda, como siempre, fue a \u201cLas Mayas\u201d en compa\u00f1\u00eda de Leiziaga. Era una casa antigua, con su alberca cubierta de musgo. Cerca corre una ca\u00f1ada, verdadera fortuna en la isla, con la cual en otro tiempo, los frailes franciscanos hac\u00edan mover su trapiche. La estancia m\u00e1s rica de Margarita, propiedad hasta hac\u00eda poco de los Casas. La familia ejerc\u00eda sobre aquellas tierras un dominio secular. Ni\u00f1os desnudos, con los ojos comidos de tracoma, llegaban en multitudes:<\/p>\n<p>\u2014\u00a1La bendici\u00f3n, madrina! Las mujeres que desandan los caminos en busca de agua y tejen al mismo tiempo, llegaban tambi\u00e9n con sus cestas de frutas y bateas de pescado en la cabeza. \u00a1Ah, Se\u00f1or! Tejen febrilmente. El tejido les hace olvidar las distancias, el sol, la vida quiz\u00e1s.<\/p>\n<p>El nuevo propietario estaba instalando un alambique y hac\u00eda vender agua a diez centavos la lata. A Rojas la ced\u00eda gratis. Al doctor Almozas cobraba \u00fanicamente tres centavos. Estos detalles exasperaban a Etelvina. Cualquiera, al verla, tem\u00eda verse arrastrado por ella a un abismo insondable. Bajo los \u00e1rboles decr\u00e9pitos, su figura se tornaba m\u00e1s ligera. Una palidez recorr\u00eda su cuerpo. Iba partiendo los gajos m\u00e1s tiernos, chupando los tallos, las flores ardientes.<\/p>\n<p>\u2014Tres d\u00edas apenas nos quedan en \u201cLas Mayas\u201d. Ser\u00e1 preciso impregnarse bien de todo. Aqu\u00ed he vivido, he sufrido.<\/p>\n<p>\u2014Pero, \u00bfc\u00f3mo puede usted vivir aqu\u00ed, Etelvina?<\/p>\n<p>\u2014Los pueblos son insoportables. Cr\u00e9ame, Leiziaga, aqu\u00ed estaba mejor. Siquiera veo las estrellas a mis anchas. Yo abomino esas poblaciones que tienen un poeta como una torre y su parque de pobres \u00e1rboles. Escuche.<\/p>\n<p>El viento pasaba en silencio. Una luz brill\u00f3 dentro. Etelvina fue a tenderse en los tr\u00e9boles que circundaban la alberca. Palpaba la tierra acarici\u00e1ndola:<\/p>\n<p>\u2014 \u00a1Ser\u00e1s m\u00eda a pesar de todo!<\/p>\n<p>Los cabellos formaban lucientes anillos en torno a su cuello; y en sus ojos, tambi\u00e9n negros, se encendi\u00f3 una alegr\u00eda extra\u00f1a y breve.<\/p>\n<p>Esa misma noche, en la tertulia de Jes\u00fas Quijada, el doctor Figueiras afirmaba:<\/p>\n<p>\u2014He conocido a este joven Leiziaga que ha venido a inspeccionar la magnesita y he tenido ocasi\u00f3n de tratarle. Me parece un vicioso, un irresponsable, \u00bfsabe?<\/p>\n<p>El bachiller Bautista Aguilar, archivero y cal\u00edgrafo oficial, movi\u00f3 la cabeza en se\u00f1al de aprobaci\u00f3n:<\/p>\n<p>\u2014Eso es lo que mandan a Margarita. No debemos hacernos m\u00e1s ilusiones. Y el secretario \u00bfqu\u00e9 hace ahora?<\/p>\n<p>\u2014 \u00a1El secretario est\u00e1 borracho!<\/p>\n<p>\u2014Me alegro. Con eso no intrigar\u00e1 a nadie.<\/p>\n<p>Entonces se hizo el silencio.<\/p>\n<p>Stakelun esquivaba la modorra, el ambiente perezoso. Cazaba mo-nos, conejos, venados, perdices. Emprend\u00eda excursiones a las isillas vecinas donde abunda el carey, las orchilas color de \u00e9bano que esmaltan el polvo milenario de conchas. Trepaba las serran\u00edas hasta hartarse de sol y de cansancio, Las tierras se extienden rojas, doradas, de un rojo que devora las monta\u00f1as. De pronto, en alg\u00fan sendero, hay un estallido inesperado de flores. Hay lagunas, alboradas, ocasos, playas, raudales maravillosos. Las palmeras se confunden con los cardones y derraman su verdor piadoso estremecido por el soplo ardiente de los arenales. Un pedazo de tierra cortado por el tajo de alg\u00fan cataclismo.<\/p>\n<p>He aqu\u00ed lo que el poeta J. T. Padilla R. ha dicho de su isla: \u201cMargarita es tierra de flores, tierra bella, isla de perlas. Una sola perla es Margarita nacida del mar en un tierno ocaso del mes de abril. La palmera crece en sus valles, valles graciosos que sonr\u00eden al viajero\u201d.<\/p>\n<p>Pero el poeta nada dice de la miseria de los labriegos, ni de sus valles \u00e1ridos. Por eso Padilla y su isla se mueren de hambre.<\/p>\n<p>La perla es la vida de todos. Pocos d\u00edas antes los trabajadores de Margarita solicitaron la apertura de la pesca antes de que el \u201cturbio\u201d da\u00f1ase los ostrales. No ca\u00eda gota de agua en la isla. Las labranzas quedaban abandonadas y los que pod\u00edan emigraban a los campos de petr\u00f3leo o al Orinoco.<\/p>\n<p>Bajo las enramadas, en largas hileras, se ven los botes reci\u00e9n pintados. Las orillas se extienden en curvas perfectas con su eterno fest\u00f3n de espuma. Aquel d\u00eda, como de costumbrem Stakelun baj\u00f3 al Tirano en compa\u00f1\u00eda de Leiziaga y pidi\u00f3 un bote. Se pusieron los trajes de ba\u00f1o para nutrirse bien de rayos solares. Antonio Cede\u00f1o rema lentamente. Es un hombre corpulento. Su rostro recuerda el de los \u00eddolos esculpidos en piedra que yacen dispersos o enterrados. Toscos y deformes, pero que esconden bajo su fealdad ir\u00f3nica el misterio de los or\u00edgenes, la remota y deliciosa verdad.<\/p>\n<p>\u2014Cede\u00f1o, \u00bfno has vuelto a beber?<\/p>\n<p>\u2014Ser\u00e1 cuando la pesca se abra.<\/p>\n<p>Es la esperanza evocada siempre al atardecer o en cada hora oscura del d\u00eda. Leiziaga quiere demostrar las ventajas de limitar la estaci\u00f3n de pesca para proteger el desarrollo de los placeres, pero Cede\u00f1o se encoge de hombros y deja escapar una mirada hostil.<\/p>\n<p>\u2014Son cosas de la ciudad, de los extranjeros. A la ciudad van las riquezas de la isla.<\/p>\n<p>\u2014Usted tambi\u00e9n es extranjero \u2014observa Stakelun\u2014. Extranjero es todo el que no ha nacido en la isla. Forastero. Yo conozco la tierra.<\/p>\n<p>\u2014No importa. Pueden venir todos. Nosotros siempre quedamos.<\/p>\n<p>Violentamente Cede\u00f1o arrebata los remos a Leiziaga. Sus ojos penetran en el agua espejeante. La perla permanece secuestrada. En vano la luna o el roc\u00edo resbalaron en las horas p\u00e1lidas, cuando la noche se extingue y las conchas se abren tr\u00e9mulas de deseo. Sin embargo los remos no dejan se\u00f1al y ellos explotan el campo donde se borra siempre el surco, igual que el viajero de hace muchos siglos cuyos pasos no dejaron huellas.<\/p>\n<p>\u2014El mar siempre da pan \u2014a\u00f1ade Cede\u00f1o indiferente, se\u00f1alando.<\/p>\n<p>Hombres casi desnudos repet\u00edan gestos ancestrales. Las velas se hinchan lozanas. Con una screnidad augusta lanzaban las redes.<\/p>\n<p>\u00bfQui\u00e9n ha dicho que es in\u00fatil arar en el mar? Los brazos labran surcos donde la gema florece, Hincha de pan las manos como la mazorca. \u00a1Bendito sea el mar! El mar, como la tierra, da oro y pan.<\/p>\n<p>Sobre las piedras amontonadas Leiziaga piensa: all\u00e1 est\u00e1 el doctor Zaldarriaga con sus planos, sus sarcasmos y su rutina inevitable. Todos los d\u00edas su jefe inmediato le pasaba planos e informes sobre los cuales iba trazando con su bella letra: oro, petr\u00f3leo, diamantes. Dentro parece fulgir el brillo p\u00e1lido de los metales en que la muerte trabaja sus talismanes. Ahora, en vez de papeles, ve\u00eda all\u00ed, frente a \u00e9l, la costa desierta del continente. Hay espacio para ciudades colosales, para que una poes\u00eda in\u00e9dita, un g\u00e9nero de vida nueva, escale las torres y gane el cielo azul entre el humo de los nav\u00edos. Tarde o temprano, el mundo viejo ir\u00eda desapareciendo, borr\u00e1ndose en Am\u00e9rica. Tras una pausa saludable se alzar\u00e1n ciudades asi\u00e1ticas, africanas, curopeas, con terribles guerras de razas alimentadas por un materialismo feroz, en el cual se hallar\u00edan g\u00e9rmenes de los antiguos misticismos. Entonces no quedar\u00eda el recuerdo m\u00e1s remoto del doctor Zaldarriaga ni del doctor Almozas.<\/p>\n<p>El mar es verde, di\u00e1fano. Las playas lejanas como guijarros. La luz blonda, vigor de esp\u00e1tula en torno de las rocas, alza sus velos argentados, sus sinfon\u00edas de llamas, sobre islas y farallones. Los Testigos, Los Frailes, La Sola.<\/p>\n<p>En otro tiempo exist\u00eda aqu\u00ed una reza distinta. Sacaban perlas, tend\u00edan sus redes, consultaban los piaches, usaban en sus embarcaciones velas de algod\u00f3n. Nac\u00edan y mor\u00edan libres, felices, ignorados. Despu\u00e9s llegaron descubridores, piratas, vendedores de esclavos. Los indios des- cubrieron entonces entre las zarza, junto a una caverna, morada de adivinos, una figura resplandeciente. Ten\u00eda un halo de estrellas y un pedestal de nubes. El monte estaba cubierto de infinitas estrellas blancas. Piadosamente la condujeron a un valle y all\u00ed erigieron un santuario. Desde aquel d\u00eda las playas y laderas de la isla manan un olor suave y deleitoso. Los piaches huyeron, se levantaron poblaciones, la tierra pas\u00f3 a otras manos. Ahora un denso silencio se desprende de las cimas.<\/p>\n<p>Todo aquello ha pasado en un tiempo demasiado fugitivo, como el que comienza ahora. En aquel momento Leiziaga vio cerca de \u00e9l a Nila en traje de ba\u00f1o rojo y blanco. Tomaba las conchas m\u00e1s hermosas para lanzarlas en el azul infinito. El disco de n\u00e1car brillaba en el torrente de luz como la luna en el d\u00eda. Leiziaga crey\u00f3 haberla visto toda la vida o al menos \u00a0hallar una imagen que viv\u00eda confusamente dentro de \u00e9l, Barro maravilloso en el cual se funden y plasman los deseos, Las olas llegaban en tumulto, lentas grabadoras de rocas, imprimi\u00e9ndose en las costas.<\/p>\n<p>\u2014Es la hija de C\u00e1lico, un l\u00e1zaro \u2014dice Stakelun\u2014. Vive con el cura.<\/p>\n<p>Leiziaga se acerc\u00f3 a ella:<\/p>\n<p>\u2014 Justamente, pensaba en ti.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfEn m\u00ed?<\/p>\n<p>\u2014No precisamente en t\u00ed, pero es como si hubiese hallado lo que buscaba.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Ah, eso es otra cosa!<\/p>\n<p>Nila se tendi\u00f3 en la arena. Despu\u00e9s se sumergieron en el mar tibio, purp\u00fareo. Los alcatraces se precipitaban sobre el cardumen Las islillas destellaban lejanas. Los cardones descend\u00edan en apretadas filas hasta el mar. Cuando regresaron los contornos eran m\u00e1s n\u00edtidos, como trazados con carb\u00f3n encendido.<\/p>\n<p>\u2014La humanidad quiere volver a la vida primitiva. Siente necesidad de reposo y de un poco de silencio.<\/p>\n<p>\u2014Nosotros lo tenemos. F\u00edjate. La vida en una gran ciudad y la de las selvas difiere \u00fanicamente en los detalles materiales y en el silencio. El instinto es el mismo. Pero el silencio est\u00e1 de nuestra parte.<\/p>\n<p>\u2014He estado largos a\u00f1os fuera y al volver me ha parecido que no conoc\u00eda mi pa\u00eds, Nila. Se me ha revelado de un modo distinto.<\/p>\n<p>\u2014Yo tambi\u00e9n he salido; pero siempre queda algo tan arraigado en nosotros que nada puede modificar.<\/p>\n<p>\u2014Hay una alegr\u00eda extraordinaria en todo eso. \u00bfNo crees? Acaso seas t\u00fa, Nila.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1La alegr\u00eda! \u00bfConoces t\u00fa la alegr\u00eda?<\/p>\n<p>Leiziaga se volvi\u00f3 hacia Stakelun.<\/p>\n<p>\u2014Ciertamento&#8230;<\/p>\n<p>\u2014Bueno, ser\u00e1 preciso irnos.<\/p>\n<p>Ciertamente, en Nila hab\u00eda belleza, gracia, juventud, fuerza, altivez, todo menos alegr\u00eda.<\/p>\n<p>El auto de Stakelun, un coche de dos asientos con las llantas desgastadas, atraves\u00f3 vertiginosamente el camino del Tirano a La Asunci\u00f3n. La bocina chill\u00f3 en las callejuelas. Los cerdos pastaban cerca de las puertas. Unas gallinas huyeron asustadas. Un mendigo sesteaba en la plaza con desd\u00e9n apacible por las cosas de este mundo. Leiziaga era m\u00e1s sensible a ese aire desolado o recib\u00eda una impresi\u00f3n distinta a la de Stakelun, cuyas pupilas met\u00e1licas interpretaban de un modo distinto las cosas muertas. Violentamente hizo funcionar el motor.<\/p>\n<p>En tanto, Nila, vestida de blanco, cubierta con un sombrero de paja, galopaba por los senderos. Su figura se dise\u00f1a flexible, dorada, perseguida por los perros que ladraban entre el polvo. Veloces giraban los pueblecitos con sus portales blancos como fachadas de cementerios aldeanos, de los cuales llegaba un comp\u00e1s de joropo&#8230; Trochas y acordes. La m\u00fasica del pueblo es triste, El secretario Benito Arias vio a Nila, la llam\u00f3 con silbidos y lanz\u00f3 su caballo en pos de ella. Se hallaron en un lugar desierto, entre cardones florecidos de rojo. De pronto Nila se volvi\u00f3, velozmente pas\u00f3 cerca de \u00e9l y al pasar le cruz\u00f3 la cara con el l\u00e1tigo.<\/p>\n<p>A la misma hora Figueiras, en compa\u00f1\u00eda de sus hu\u00e9spedes, tomaba asiento en la mesa adornada de lechosas, mangos y aguacates. Gravemente apoyaba la barba en su diestra:<\/p>\n<p>\u2014Andrea ha compuesto un pescado excelente en honor de ustedes. Si la isla tuviese agua no echar\u00edamos nada de menos. Ahora tendremos carretera de macadam de norte a sur y despu\u00e9s vendr\u00e1 la luz el\u00e9ctrica. El progreso entrar\u00e1 a la fuerza. \u00a1S\u00ed, en nuestro pueblo el progreso entra siempre a la fuerza! \u00a1F\u00edjese!<\/p>\n<p>Andrea en pie, a su espalda, quer\u00eda intervenir en todo. A cada momento llamaba la atenci\u00f3n del juez. Le estaba prohibido fumar. El alcohol le produc\u00eda disturbios estomacales.<\/p>\n<p>\u2014Esta pobre muchacha se preocupa mucho por m\u00ed. Por eso le perdono su falta de tacto. \u00a1Salud, se\u00f1ores! \u2014dijo apurando su vaso de ron con limonada<\/p>\n<p>\u2014Le\u00f3nidas, \u00a1te he prohibido beber!<\/p>\n<p>\u2014Est\u00e1 bien, est\u00e1 bien, no te importe.<\/p>\n<p>Andrea dio un respingo y sac\u00f3 la lengua. Entonces Figueiras se levant\u00f3, se dirigi\u00f3 a ella iracundo, suplicante. El loro comenz\u00f3 a gritar palabras obscenas. Un mono se descolgaba por entre las ramas del patio con gestos burlones. Al tomar asiento de nuevo, Figueiras estaba imponente.<\/p>\n<p>\u2014iSalud, se\u00f1ores! Pensemos en nosotros mismos.<\/p>\n<p>Al final del almuerzo volvi\u00f3 a chillar Andrea.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Mientras hablas zoquetadas la casa se vuelve un desorden!<\/p>\n<p>El secretario de la Jefatura se hab\u00eda echado en su hamaca y dorm\u00eda profundamente, A poco volvi\u00f3 el juez con semblante preocupado:<\/p>\n<p>\u2014La muchacha del cura ha agredido al se\u00f1or Arias. Esta ser\u00e1 su \u00faltima fechor\u00eda. Se\u00f1ores, les ruego dejarme solo. \u00bfSaben? Todo se arreglar\u00e1. Ustedes perdonen.<\/p>\n<p>Hab\u00eda en su rostro un dolor profundo.<\/p>\n<p>No hay brisa, pero caen los jazmines encendidos y el verdor de los d\u00e1tiles lejano y l\u00e1nguido. Las casas parecen desiertas, y el mar presentido en el aire, un cristal l\u00edquido, Si cayese la lluvia, la tierra ser\u00eda menos roja y menor tambi\u00e9n el ardor de los cuerpos. Despu\u00e9s se oye una canci\u00f3n tierna y triste. Hombres de jarana preludian sus guitarras junto al viejo convento. Adultos y ni\u00f1os untados de grasa pasan el domingo en la plaza o sentados a las puertas de sus casas. Todo aquello se ilumina con una luz sombr\u00eda, amarillosa, que desgarra los ojos.<\/p>\n<p>Paraguach\u00ed aparece risue\u00f1o bajo sus cedros y ceibas frondosas. En el altozano del templo se pasea un fraile cojo, absorto en su breviario. El sayal descubre las piernas descarnadas, oprimidas por gruesas botas. Parece m\u00e1s bien una de esas figuras carcomidas que se ven en las fachadas de los templos muy viejos. Es fray Dionisio que reza el Oficio Parvo. Al verle, Leiziaga sonr\u00ede de la maliciosa intenci\u00f3n del pueblo.<\/p>\n<p>\u2014Todos los que han pasado por aqu\u00ed \u2014dice Stakelun\u2014 han pensado en Nila.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfConoces a Nila? \u2014pregunt\u00f3 despu\u00e9s a Etelvina.<\/p>\n<p>\u2014A Nila, s\u00ed; pero ella no es nada de C\u00e1lico. Es hija de Rimarima, un cacique que muri\u00f3 asesinado hace algunos a\u00f1os. Fray Dionisio es su tutor.<\/p>\n<p>Quiz\u00e1s eran fantas\u00edas de Etelvina, aficionada siempre a historias extraordinarias. Hablando del matrimonio refer\u00eda siempre el caso de una amiga suya a quien su marido inocul\u00f3 cl bacilo de Hansen. La vio despu\u00e9s en el lazareto. Sus bellas manos estaban mutiladas. Pero ahora, al referirse a Nila, dio muchos detalles. Cuando el asesinato de Rimarima, fray Dionisio les depar\u00f3 asilo en un paraje inaccesible a los blancos. A semejanza de muchos otros, fray Dionisio, en vez de reducir al indio, se adapt\u00f3 a ellos. De ah\u00ed las raras costumbres adquiridas durante su larga morada en el Caron\u00ed. Nila fue a estudiar a Europa y a Norte Am\u00e9rica, donde sigui\u00f3 un curso en la Universidad de Princeton, Habl\u00f3 tambi\u00e9n Etelvina de las relaciones de Nila con Te\u00f3filo Ortega.<\/p>\n<p>\u2014He ah\u00ed el estoicismo de esta gente \u2014afirma Leiziaga.<\/p>\n<p>El doctor Almozas lleg\u00f3 a \u201cLas Mayas\u201d despu\u00e9s de su recorrida vespertina y se puso a leer el discurso que deb\u00eda pronunciar en la inauguraci\u00f3n de un puente, en el cual loaba las virtudes de la isla heroica y procera. Ley\u00f3 con tanto \u00e9nfasis que no pudo advertir la indiferencia de los oyentes, El cielo ten\u00eda un resplandor de oro y al occidente ca\u00eda una lluvia de perlas y rosas. El viento pasaba dulcemente, arrastrando el aroma de las huertas. En la iglesia sonaba el \u00f3rgano. El mar lanzaba entre las rocas amontonadas su rumor venerable.<\/p>\n<p>Tierra bella, isla de perlas&#8230;<\/p>\n<p>Te\u00f3filo Ortega lleg\u00f3 esa tarde de Porlamar. Se fue a su casa, se lav\u00f3, su pescado asado con pan de ma\u00edz y en seguida march\u00f3 a casa de Nila. Vest\u00eda pantal\u00f3n negro, camisa blanca, zapatos oscuros. El tatuaje en el brazo izquierdo: una serpiente entre dos puntos y en letra cursiva las letras T. O.<\/p>\n<p>Nila estaba en su hamaca purp\u00farea, de cuadros azules. Empu\u00f1aba un enorme abanico de palma que reposaba sobre su pecho florido. Ortega entr\u00f3 y sent\u00f3se en el suelo, absorto en ella, que sonre\u00eda a un pensamiento lejano. Sin duda estaba ausente. La luna penetr\u00f3 en la habitaci\u00f3n.<\/p>\n<p>\u2014Nila, tengo que hablarte.<\/p>\n<p>\u2014Bueno, ser\u00e1 despu\u00e9s, Ahora, d\u00e9jame.<\/p>\n<p>Ortega sali\u00f3 sin hacer ruido. Cuando el pueblo se hubo dormido, Nila y fray Dionisio bajaron hacia el puerto.<\/p>\n<p>A la misma hora, viendo la luna, la sombra de los \u00e1rboles, los campos donde flota un aire de cosas inmemoriales y extinguidas, Leiziaga pensaba en Nila y escrib\u00eda. \u201cEn la espuma como en la niebla y el silencio hay im\u00e1genes fugitivas. Son tan ligeras en su eternidad que apenas podemos sorprenderlas; pero en ocasiones, un sonido, una palabra u otro accidente inesperado, provoca la revelaci\u00f3n maravillosa en el hondo misterio de las costas y serran\u00edas\u201d.<\/p>\n<p>A la ma\u00f1ana siguiente los Casas se fueron definitivamente. Hernando ayud\u00f3 a montar a Etelvina. Despu\u00e9s subi\u00f3 \u00e9l con el peque\u00f1o hermano.<\/p>\n<p>\u2014Hasta la vista \u2014y tom\u00f3 la delantera.<\/p>\n<p>Etelvina contempl\u00f3 un momento los muros seculares de anchos aleros, los \u00e1rboles dormidos en el aire cremoso. All\u00ed hab\u00eda sido su alumbramiento. El \u00faltimo de los Casas. Esa noche, como siempre, el viento dar\u00eda sus largos giros mientras la lluvia de astros cae sobre los montes y llena los arroyos, las vertientes. Esa noche, como siempre.<\/p>\n<p>\u2014Ser\u00e1s m\u00eda, a pesar de todo.<\/p>\n<p>El mismo d\u00eda Leiziaga recibi\u00f3 un telegrama del Ministerio en el cual se le ordenaba inspeccionar la zona de perlas de Cubagua. Stakelun no se hab\u00eda movido de su hamaca. En torno suyo rodaban las botellas vac\u00edas.<\/p>\n<p>\u2014Le recomiendo para su inspecci\u00f3n a Antonio Cede\u00f1o. Puede llevarse a Te\u00f3filo Ortega, que es buzo. De lo contrario, tendr\u00eda que ir hasta Porlamar. De aqu\u00ed a Cubagua hay apenas una hora.<\/p>\n<p>Stakelun se incorpor\u00f3 a medias. En sus ojos hab\u00eda un destello de curiosidad y de iron\u00eda:<\/p>\n<p>\u2014Buen viaje y mucha suerte.<\/p>\n<p>El viento zumbaba en la cueva del piache, en el valle de San Juan, sobre las monta\u00f1as de Guatoco, el Copey y Macano arrastrando la leyenda del tirano Aguirre, la de los guaiquer\u00edes, la de los piaches. Ya que nadie los recuerda,<\/p>\n<p>Leiziaga pensaba cumplir la comisi\u00f3n en tres d\u00edas y regresar en seguida a Caracas.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/enrique-bernardo-nunez\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Enrique Bernardo N\u00fa\u00f1ez Tierra bella, isla de perlas\u2026 En el centro de Margarita La Asunci\u00f3n erige sus paredones de f\u00e1bricas abandonadas hace mucho tiempo y las tapias blancas de sus corrales ornamentados de pl\u00e1tanos. El color es la magia de la isla. As\u00ed lo piensa Henry Stakelun, gerente de la compa\u00f1\u00eda que explotaba unos yacimientos [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":6,"featured_media":1556,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_monsterinsights_skip_tracking":false,"_monsterinsights_sitenote_active":false,"_monsterinsights_sitenote_note":"","_monsterinsights_sitenote_category":0,"footnotes":""},"categories":[15],"tags":[3,45],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/1555"}],"collection":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/users\/6"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=1555"}],"version-history":[{"count":4,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/1555\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":2300,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/1555\/revisions\/2300"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media\/1556"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=1555"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=1555"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=1555"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}