{"id":15386,"date":"2025-03-07T15:49:16","date_gmt":"2025-03-07T20:19:16","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=15386"},"modified":"2025-03-28T17:08:07","modified_gmt":"2025-03-28T21:38:07","slug":"cuentos-gabriel-picon","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/cuentos-gabriel-picon\/","title":{"rendered":"Dos cuentos de Gabriel Pic\u00f3n Febres"},"content":{"rendered":"\n<h3 class=\"wp-block-heading\">La revancha<\/h3>\n\n\n\n<p>I<\/p>\n\n\n\n<p>El mocho Antonio era en aquella poblaci\u00f3n una amenaza constante para la mayor parte de los habitantes de la localidad.<\/p>\n\n\n\n<p>Con el sombrero tirado para atr\u00e1s, la mirada insolente y un andar de infinita petulancia, recorr\u00eda todas las calles, penetraba a los establecimientos mercantiles, se introduc\u00eda a los botiquines, asaltaba los hoteles y llegaba a todas partes, seguro de su poder, lleno de la vanidad del dominio y deseoso de aplastar a todo el mundo.<\/p>\n\n\n\n<p>El calificativo antepuesto a su nombre de pila le ven\u00eda por tener el dedo \u00edndice de la derecha mano un poquito m\u00e1s corto que los otros, a causa de un antiguo traumatismo que le produjo una rara deformidad en la parte lesionada, con cuyo extremo se complac\u00eda en hacer se\u00f1as cuando pasaba alg\u00fan cura, se acercaba una vieja rezandera o ve\u00eda venir por la acera de la calle una dama de alto fuste,<\/p>\n\n\n\n<p><em>&#8230; solterilla de pocos abriles<br>o casada de muchos bemoles<br>o jamona de alientos viriles&#8230;<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Palo de hombre es este mocho! \u2014 gritaba \u00e9l mismo con soberbia imponderable cuando sent\u00eda crepitar sobre sus nervios los vapores del alcohol.<\/p>\n\n\n\n<p>Por debajo del palt\u00f3, que usaba corto para mayor alarde, le sobresal\u00eda, cuatro dedos por lo menos, el bru\u00f1ido ca\u00f1\u00f3n de un rev\u00f3lver nuevecito y la argentada punta de la vaina del pu\u00f1al, armas que se ce\u00f1\u00eda en la cintura desde el momento de levantarse hasta la hora de dormir; portaba siempre un bejuco encabullado y llevaba adem\u00e1s en la faja del rev\u00f3lver, a prevenci\u00f3n de cualquier lance posible, las c\u00e1psulas de repuesto necesarias.<\/p>\n\n\n\n<p>Llamaba levitudos a la gente distinguida, para expresar con una palabreja cualquiera su desprecio, un desprecio estudiado m\u00e1s que real, largamente estudiado para ocultar tristes rencores, antipat\u00edas crueles, odios intensos, tan gratuitos como injustos, de esos que no sirven sino para fomentar discordias y producir brotes de horror en la vida de los pueblos.<\/p>\n\n\n\n<p>Para \u00e9l no hab\u00eda en la villa dama honesta ni doncella recatada; los hombres del dinero eran unos grand\u00edsimos ladrones, patiquines los muchachos de la buena sociedad, focos de pudrici\u00f3n los curas y godos los individuos que no andaban de taberna en taberna o arrastrados torpemente en el polvo de las infames org\u00edas callejeras.<\/p>\n\n\n\n<p>De a caballo era un tormento. La daba entonces por beber en las bodegas malos tragos de aguardiente, y los humos de la guapeza, en mezcla temible con los humos del alcohol, daban frutos de barbarie en plena calle: disparos, gritos de angustia, carreras, atropellos&#8230;<\/p>\n\n\n\n<p>Podr\u00eda pensarse que los hombres del lugar eran una porci\u00f3n de cobardes mujerzuelas, o que en la ciudad no hab\u00eda quien hiciera respetar los derechos ciudadanos, pero os explicar\u00e9is la rareza de este caso cuando os diga que este Antonio era una especie de coco sostenido y apoyado por un cierto aspirante a se\u00f1or de la Parroquia. <\/p>\n\n\n\n<p>\u00a1Flaqueza humana que lleva a algunas gentes a odiar las bellezas de la vida cuando no pueden pasar de los p\u00f3rticos sagrados; que les hace advertir sin causa justa s\u00f3lo sombras y miserias en donde l\u00f3gicamente no encuentran sino alt\u00edsimas virtudes; que los impulsa a manchar con baba inmunda, tal vez por que para sus manos est\u00e1 alto, lo mismo que sus pensamientos comprenden noble y bello y sus ojos levantan en pedestal de soberbia admiraci\u00f3n!<\/p>\n\n\n\n<p>II<\/p>\n\n\n\n<p>Sucedi\u00f3 que una noche el mocho Antonio pasaba por frente al establecimiento mercantil de un mozo de apellido Gonz\u00e1lez, en el instante mismo en que \u00e9ste romp\u00eda a re\u00edr con bulliciosa alegr\u00eda. Hab\u00eda otros amigos en la casa y se conversaba de algo muy festivo, que hab\u00eda provocado la risa de todos y aquella explosi\u00f3n incontenible en el due\u00f1o del negocio.<\/p>\n\n\n\n<p>El mocho Antonio se devolvi\u00f3 furioso, o con apariencias de estarlo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 \u00bfUsted c\u00f3mo que se ha re\u00eddo de m\u00ed? \u2014 dijo.<\/p>\n\n\n\n<p>Gonz\u00e1lez, con mucha calma, le contest\u00f3 enseri\u00e1ndose:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014No, amigo Antonio, no se me ha ocurrido tal cosa.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Amigo, no. No me adule. Yo no soy amigo de usted ni quiero serlo. Usted se re\u00eda cuando yo pas\u00e9 y sepa que a m\u00ed nadie me tose.<\/p>\n\n\n\n<p>Gonz\u00e1lez se puso l\u00edvido primero y despu\u00e9s la sangre, en tumultuosa avenida hacia el cerebro, le congestion\u00f3 el rostro. Todos creyeron que iba a estallar, porque era hombre conocidamente brioso, pero no fue as\u00ed. Tr\u00e9mulo de rabia, pero dominado completamente, contest\u00f3:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Bien, se\u00f1or, yo me re\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Se\u00f1or tampoco\u2014 grit\u00f3 el mocho envalentonado\u2014. Yo no quiero se\u00f1or\u00edos del demonio, porque para eso soy democr\u00e1tico leg\u00edtimo, contramarcado y doble acci\u00f3n. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Quiero decir que yo me re\u00eda en el momento en que usted pasaba, pero fue por una casualidad. Preg\u00fanteselo a los amigos que est\u00e1n aqu\u00ed presentes.<\/p>\n\n\n\n<p>El mocho los midi\u00f3 a todos con una mirada ol\u00edmpica y sali\u00f3 diciendo baladronadas, sin despedirse y contone\u00e1ndose. Gonz\u00e1lez, abrumado, cay\u00f3 sobre una silla. En sus p\u00e1rpados dos l\u00e1grimas temblaban. Todos, apenados, no se atrev\u00edan a hablar.<\/p>\n\n\n\n<p>Afuera, en la calle, los curiosos comentaban: Quien hablaba del miedo de Gonz\u00e1lez, de la valent\u00eda del siniestro matach\u00edn, de la utilidad incuestionable de esta clase de hombres en los pueblos. Aquel otro indiferente, sin hacer juicio ninguno, lamentaba de veras lo ocurrido. Un tercero se extra\u00f1aba de la flaqueza de \u00e1nimo exhibida por el comerciante ahora, cuando en otras ocasiones hab\u00eda dado pruebas de una gran entereza de car\u00e1cter y de un alto valor caballeresco. \u00bfQu\u00e9 pasaba? \u00bfDecadencia de la energ\u00eda f\u00edsica? \u00bfCosas de la edad, tal vez?<\/p>\n\n\n\n<p>En el interior de la casa un chiquillo lloriqueaba&#8230;<\/p>\n\n\n\n<p>III<\/p>\n\n\n\n<p>Una ma\u00f1ana Gonz\u00e1lez se levant\u00f3 de su cama decidido. La tensi\u00f3n de sus nervios hab\u00eda llegado al grado m\u00e1ximo. Su prudencia hab\u00eda agotado todos los recursos para evitar lo que \u00e9l tanto tem\u00eda, pero ya no pod\u00eda aguantar m\u00e1s.<\/p>\n\n\n\n<p>Estaba flaco, las manos calenturientas, los ojos ardientes. Luchando entre su amor propio herido y el amor que profesaba a la esposa y a los hijos, entre sus impulsos de hombre y sus deberes de padre de familia, se consum\u00eda en una violencia desesperada. M\u00e1s de una vez, pronto a reventar como un cartucho de p\u00f3lvora, hab\u00eda, con verdadero hero\u00edsmo, acallado sus sentimientos, dominado sus \u00edmpetus y hecho apagar en el interior del pecho los salvajes rugidos de su c\u00f3lera.<\/p>\n\n\n\n<p>Alma ruin, el mocho Antonio creyendo que el otro le toleraba por miedo su insolencia, se hab\u00eda propuesto molestarlo de todos modos, burlarlo delante de la gente, insultarlo desde la acera de la calle y hasta met\u00e9rsele a la tienda de a caballo, para beberle los tragos a la guapa y quebrarle luego las copas en el bru\u00f1ido mostrador.<\/p>\n\n\n\n<p>Esa ma\u00f1ana, despu\u00e9s del desayuno, Gonz\u00e1lez se fue para la casa de la primera autoridad y le cont\u00f3 lo que le estaba sucediendo, suplic\u00e1ndole adem\u00e1s que mediara para evitar un conflicto. El Jefe Civil era un buen hombre, m\u00e1s no sabemos si se ocup\u00f3 de poner las cosas en orden o si le dio miedo meterse en el asunto, porque, aun cuando os parezca inveros\u00edmil, estos miedos<\/p>\n\n\n\n<p><em>eran entonces posibles<br>en cualquier villa lejana<br>de esta gentil capital.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>Lo cierto es que a las once el mocho se present\u00f3 a la tienda de Gonz\u00e1lez. D\u00eda domingo, la casa estaba llena de compradores de los campos y tertulianos de la localidad. Entr\u00f3 despacio, disfrazando sus intenciones con una sonrisa leve, y habl\u00f3 as\u00ed:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Me dicen, se\u00f1or Gonz\u00e1lez, que estuvo usted en casa del Jefe Civil a decirle algo de m\u00ed. \u00bfEs esto cierto?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Efectivamente \u2014contest\u00f3 el otro resuelto\u2014. Fui a contarle lo que me ha estado pasando con usted y a pedirle un inmediato remedio, porque no estoy dispuesto a tolerar m\u00e1s insultos ni atropellos.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ta, ta, ta \u2014contest\u00f3 el mocho\u2014. Pues sepa usted que las acusaciones se quedan para las mujerzuelas de la calle, porque los hombres se defienden de otro modo. Pero ya se ve que es usted un sinverg\u00fcenza, porque responde a los golpes que le dan con chismograf\u00edas de cocina.<\/p>\n\n\n\n<p>Y le tir\u00f3 por encima del mostrador un foetazo por la cara. Gonz\u00e1lez esquiv\u00f3 el golpe, cogi\u00f3 el primer cuchillo que se encontr\u00f3 a la mano y se precipit\u00f3 como un tigre. El desgraciado provocador no tuvo tiempo ni de lanzar una queja, tal fue el \u00edmpetu de la acometida y de certera la tremenda pu\u00f1alada.<\/p>\n\n\n\n<p>Y mientras la gente corr\u00eda de todas partes, y Gonz\u00e1lez, enloquecido y fren\u00e9tico, daba golpes y m\u00e1s golpes sobre el cuerpo de la v\u00edctima, en el interior de la casa el chiquillo llamaba con su vocecita aguda:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Papa\u00edto&#8230; papa\u00edto&#8230;<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\">El desastre<\/h3>\n\n\n\n<p>Julio Duran ten\u00eda entonces veinti\u00fan anos y era un muchacho encantador, no tan s\u00f3lo porque sus miembros eran fuertes y esbeltos, como los de un buen ateniense del tiempo de Pericles, sino tambi\u00e9n por la dulzura y armon\u00eda del rostro, y por la manera a un tiempo amable y s\u00f3lida, chispeante y sencilla de la conversaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Aun cuando no inocente como un ni\u00f1o, era, s\u00ed, un esp\u00edritu el suyo todo lleno de ingenuidades candorosas. Perteneciente a una vieja familia de abolengos ilustres, Julio hab\u00eda sido educado bajo el r\u00e9gimen severo de una tradici\u00f3n venerable, sin permit\u00edrsele otras expansiones que las prescritas por el C\u00f3digo Social, dentro de un rigorismo en veces verdaderamente violento. Pero esto que en cualquier otro individuo habr\u00eda dado al traste con la excesiva vigilancia paterna, en \u00e9l no hizo sino aguzar sus facultades, inclinarlo m\u00e1s si cabe al amor de los estudios y convertirlo en un so\u00f1ador feliz, que desconoc\u00eda por  completo las tristezas de la vida y las tr\u00e1gicas explosiones de las miserias humanas.<\/p>\n\n\n\n<p>Sin tiempo para la observaci\u00f3n, porque el estudio no le dejaba hora libre, y teniendo por modelo de sus acciones las de un padre hecho a la antigua, que respetaba el hogar con la superstici\u00f3n de un creyente y hubiera sido incapaz de prostituirse, aun a costa de los mayores martirios, Julio Duran cre\u00eda con perfecta buena fe en la amistad de los hombres, en el desinter\u00e9s del cari\u00f1o, en la exactitud honorable de las manifestaciones sociales. Por su fortuna o desgracia, \u00e9l no conoc\u00eda sino las traiciones hist\u00f3ricas, y se habr\u00eda indignado seriamente si cualquier indiscreto le hubiese dicho que sus amigos le re\u00edan por detr\u00e1s los escr\u00fapulos de su caballerosidad quijotesca. \u00c9l no lo hubiera cre\u00eddo.<\/p>\n\n\n\n<p>As\u00ed conoci\u00f3 a Florencia y se enamor\u00f3 de ella con el v\u00e9rtigo de una pasi\u00f3n delirante. Hasta entonces no hab\u00eda amado, ni sentido tan siquiera en su coraz\u00f3n el calor de una ardiente simpat\u00eda. Pegado de los libros, ante la mirada inquisidora del padre, hab\u00eda pasado por delante de todas las mujeres sin una emoci\u00f3n extra\u00f1a, casi sin verles el rostro, sin apercibirse nunca de que tras las blondas de seda de los vestidos hermosos, bajo los bordados de los corpi\u00f1os fragantes, en medio de la adorable ligereza de la femenil estructura, el fuego de los amores ard\u00eda, incitando los deseos, haciendo vibrar en torno las campanas del ensue\u00f1o, invitando con la visi\u00f3n de las carnes palpitantes al supremo deleite de los placeres fren\u00e9ticos. <\/p>\n\n\n\n<p>Y era porque en la juventud sosegada de aquel t\u00edmido muchacho el rayo de la pasi\u00f3n no hab\u00eda turbado hasta entonces los serenos horizontes.<\/p>\n\n\n\n<p>Ahora, en presencia de Florencia, todo el calor de los amores dormidos se condensaba velozmente y amenazaba con un estallido impetuoso. Julio Duran, acostumbrado a tratar t\u00edmidamente a todo el mundo, se encontraba de manos a boca con aquella figurilla radiante, de ojos oscuros y terso cutis de n\u00e1car, de cabellos dorados y voz armoniosa como una melod\u00eda de Schubert. Ella lo domin\u00f3 desde la primera vez que se vieron con la gracia inimitable de su conversaci\u00f3n familiar y lo encant\u00f3 con la belleza triunfante de sus veintis\u00e9is abriles. Y \u00e9l, cuya virilidad poderosa estaba intacta, sinti\u00f3 que por su espina dorsal corr\u00edan escalofr\u00edos de fiebre, se rindi\u00f3 desfalleciente a los pies de la mu\u00f1eca gentil y vio que por todos los contornos florec\u00edan los fragantes jazmineros de la encantadora ilusi\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">&#8211; o &#8211;<\/p>\n\n\n\n<p>Como sucede siempre con las grandes pasiones, Julio Duran no hab\u00eda tenido tiempo, de reflexionar si aquella linda mujer era la que le conven\u00eda para esposa. La hab\u00eda visto, la hab\u00eda amado locamente y se hab\u00eda casado con ella. Eso era todo. Pero desde los primeros momentos, despu\u00e9s de pasada la posesi\u00f3n rabiosa de la hembra, hab\u00eda sufrido un desenga\u00f1o brutal.<\/p>\n\n\n\n<p>No era Florencia el tipo de la caraque\u00f1a cl\u00e1sica, gentil y virtuosa al mismo tiempo, atrayente por el chic de la tradicional elegancia y pudorosa hasta en el seno mismo de la c\u00e1mara nupcial. No. Era la caraque\u00f1a trivial, tan vac\u00eda de cerebro, como llena de vanidades rid\u00edculas. Hab\u00eda en aquella mu\u00f1equilla diab\u00f3lica una perversi\u00f3n instintiva, una vulgaridad extrema en la vida \u00edntima, un descoco tan grande para todo, que Julio comprendi\u00f3 tard\u00edamente, cuando ya el remedio era imposible, que su felicidad estaba perdida para siempre. La herida de su coraz\u00f3n manar\u00eda sangre por el resto de su vida, porque la huella del primer desenga\u00f1o no se borra ni se acaba con el peso de los a\u00f1os. <\/p>\n\n\n\n<p>La misma educaci\u00f3n del muchacho, tan cuidado por sus padres, hab\u00eda sido la causa de esta desgracia. \u00c9l, incapaz de nada innoble, firme por una conciencia recta, no se imagin\u00f3 jam\u00e1s que tras las formas fr\u00e1giles de una mu\u00f1eca tan linda, pudiera encontrarse una \u00edndole perversa. Se hab\u00eda enga\u00f1ado tristemente y ahora sufr\u00eda en silencio las consecuencias de su imprevisi\u00f3n lamentable, de tal manera que cuando ella alborotaba la casa por los caprichos de su temperamento irascible, \u00e9l se recog\u00eda en s\u00ed mismo, dominaba sus rencores, hablaba paso para que no se apercibieran los criados y terminaba, con mansedumbre de santo, por evitar el esc\u00e1ndalo.<\/p>\n\n\n\n<p>As\u00ed pasaron dos a\u00f1os. \u00c9l, resignado, haciendo esfuerzos supremos por sostener el decoro del hogar, dominando con amor el rumbo de los acontecimientos. Ella, casquivana, descontenta, tascando con fiera rabia sombr\u00eda el freno que le se\u00f1alaba el camino. Para colmo, a\u00fan no hab\u00edan llegado los hijos.<\/p>\n\n\n\n<p>Cierta noche, al terminar la comida, Julio se despidi\u00f3 de Florencia porque deb\u00eda salir a la calle, pero habiendo cambiado de parecer entr\u00f3 a la sala y se ocult\u00f3, sin intenci\u00f3n de espionaje, detr\u00e1s del parab\u00e1n de dibujos japoneses. Ella, en el interior, no se apercibi\u00f3 de nada; y, muy contenta, con un elegante vestido y trascendiendo a perfume, vino a apoyarse en el marco de la ventana. \u00c9l la miraba con curiosidad inocente desde el fondo de su escondite. Ten\u00edan varios d\u00edas de vivir tranquilos, sin pelearse ni ofenderse, y Julio se hac\u00eda la ilusi\u00f3n, porque en el fondo su amor era siempre intenso, de que acaso estaba conquistada la enmienda. De modo que en aquel instante, vi\u00e9ndola tan hermosa, se sent\u00eda casi feliz y hasta con cierto orgullo, tambi\u00e9n, por ser el poseedor absoluto de aquella linda criatura, de cuyos encantos se volv\u00eda lenguas la gente.<\/p>\n\n\n\n<p>De pronto not\u00f3 que alguien estaba por fuera. Florencia, vuelta sobre la ventana, imped\u00eda ver al interlocutor. Sin ser celoso, Julio se sinti\u00f3 desagradado. \u00bfPor qu\u00e9? El mismo no se lo explicaba. Inclin\u00e1ndose, conteniendo el aliento, logr\u00f3 distinguir la silueta de un hombre. Era una cara conocida pero no amiga: la de un vecino reciente. Este, sostenido el cuerpo en la balaustrada, manten\u00eda entre las suyas una mano de Florencia, y ambos se dec\u00edan por lo bajo dulces palabras de amor:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfMe amas? <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Mucho!<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfEntonces..?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014El domingo, en el baile de Carnaval&#8230;<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Yo, vestido de Pierrot, con una cinta azul en el cuello.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Y yo de Colombina, con otra igual en el pecho.<\/p>\n\n\n\n<p>Faltaban apenas tres d\u00edas y la gente pasaba con ruido de fiesta por las calles. Algunos hombres disfrazados de mujeres hablaban con voz de falsete y varias comparsas discurr\u00edan alegremente, olvidados de los crueles dolores, de la triste miseria humana.<\/p>\n\n\n\n<p>Julio, con los pu\u00f1os crispados, con los ojos salientes, convulso de odio, enloquecido por la sorpresa del golpe, tuvo, en medio del v\u00e9rtigo que lo dominaba, fuerza suficiente para dominar sus impulsos. A\u00fan no era tiempo de obrar. El d\u00eda de la cita. El domingo de Carnaval. Con este pensamiento se seren\u00f3 y pudo o\u00edr, llor\u00e1ndole angre el alma, el resto de la conversaci\u00f3n&#8230; <\/p>\n\n\n\n<p>En la esquina un vendedor de billetes de loter\u00eda pregonaba a gritos:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Para er solteo de ma\u00f1ana: er 57 pelao!<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">&#8211; o &#8211;<\/p>\n\n\n\n<p>El domingo part\u00eda Julio en el tren de las ocho y media en direcci\u00f3n del vecino puerto. Iba al balneario, seg\u00fan manifest\u00f3, a pasar en calma los d\u00edas de locura de la gran fiesta jocunda. Florencia, muy atenta y con mucho mimo, lo despidi\u00f3 en la Estaci\u00f3n, dese\u00e1ndole dicha y tranquilidad.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Te cuidas mucho \u00bfsabes?-le dijo cuando ya sal\u00eda el tren.<\/p>\n\n\n\n<p>Julio, desencajado, la mir\u00f3 torvamente, y, ya solo, sin necesidad de disimulo, cerr\u00f3 los pu\u00f1os y dijo alguna cosa siniestra. Los pasajeros lo miraron un momento extra\u00f1ados, pregunt\u00e1ndose si aquel hombre estar\u00eda loco.<\/p>\n\n\n\n<p>Y \u00e9l, con los ojos cerrados, tendido en su poltrona, con la cabeza apoyada entre las manos, daba vuelta por la cent\u00e9sima vez al cilindro de sus negras meditaciones. \u00bfQu\u00e9 deber\u00eda hacer? Desde luego la sangre iba a brotar a torrentes.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00c9l le hab\u00eda sacrificado todo a aquella mujer infame: su libertad, su talento, sus energ\u00edas, su amor inmenso y noble; y en cambio no hab\u00eda recibido sino decepciones tremendas. Verdad que ella le hab\u00eda ofrecido las flores de una virginidad ardiente, en un c\u00e1liz fragante, hecho como para escanciar licor de dioses, pero luego el \u00e1ngel quem\u00f3 sus alas blancas y se vinieron a tierra todas las glorias de la felicidad so\u00f1ada. Ahora se encontraba solo, desesperado, frente a frente de la realidad horrible, y todos sus padecimientos de dos a\u00f1os de lucha se juntaban con los profundos del momento para producirle el frenes\u00ed de una venganza furiosa.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero lo raro de este caso es que la figura del hombre no cruzaba por el pensamiento de Julio. No. Ella era la culpable de todo. Aquel ladr\u00f3n de amor no hab\u00eda hecho sino lo que otro individuo cualquiera. Provocado y perseguido por ella en su propio hogar, hab\u00eda cedido a la tentaci\u00f3n de la carne, imperativa y enloquecedora siempre. Julio recordaba ahora los d\u00edas en que Florencia, contra su voluntad y a\u00fan contra sus \u00f3rdenes, iba a la casa del vecino, fingiendo afecto a la esposa de aquel hombre. Lo recordaba y lloraba de furor. De modo que aunque le fuera posible evitar el encuentro entre Florencia y su amante, ya \u00e9l no podr\u00eda vivir jam\u00e1s con tan inicua mujer, porque moralmente estaba consumada la falta.<\/p>\n\n\n\n<p>En este instante el tren se deten\u00eda en el Zigzag, y Julio baj\u00f3 apresuradamente para tomar puesto de regreso a la ciudad. \u00c9l quer\u00eda o\u00edr de los propios labios de Florencia la confesi\u00f3n de su culpa, sentir la b\u00e1rbara estocada en el coraz\u00f3n y hundirse para siempre en la desolaci\u00f3n de la hora. Por esto regresaba, con el prop\u00f3sito de realizar un plan previamente convenido.<\/p>\n\n\n\n<p>Ella, mientras tanto, descansaba tranquila, sin adivinar la tormenta. En la noche acababa de comer, cuando recibi\u00f3 un papel, escrito en letras de m\u00e1quina y concebido en estos t\u00e9rminos: \u00abNo puedo ir al baile. Asunto grav\u00edsimo. Te espero en un coche cerrado a la puerta de tu casa, a las ocho en punto. No me llames por tel\u00e9fono y procura estar en el interior hasta la llegada del carro. Disfraces convenidos. Urgent\u00edsimo.\u00bb<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfEra posible la duda? Se visti\u00f3 r\u00e1pidamente y sali\u00f3 al ruido del coche. En el fondo de \u00e9ste, disfrazado de Pierrot, Julio la aguardaba temblando. Cuando Florencia entr\u00f3, los caballos arrancaron al trote y Julio la cogi\u00f3 en brazos, murmur\u00e1ndole, como si fuera el otro, dulces palabras de amor. Ella, balbuciente, lo estrechaba toda tr\u00e9mula, lo mord\u00eda en la nuca, detr\u00e1s de las orejas, se entregaba vencida, como una hembra en celo.<\/p>\n\n\n\n<p>De pronto sinti\u00f3 que los brazos que le rodeaban el t\u00f3rax, apretaban como tenazas de acero, y oy\u00f3 all\u00ed dentro, muy cerca, en sus propios o\u00eddos, una cosa que al principio le pareci\u00f3 inveros\u00edmil: la voz de Julio en un rugido de muerte. Entonces grit\u00f3, grit\u00f3 fren\u00e9tica, con la desesperaci\u00f3n del dolor y del terror. El cochero, asustado, se detuvo y la gente que llenaba la calle se arremolin\u00f3 en torno y se precipit\u00f3 sobre el coche.<\/p>\n\n\n\n<p>Tendida, con su disfraz de Colombina, Florencia yac\u00eda inerte, con un espumarajo sanguinolento en los labios, por siempre sin vida las suaves morbideces de su cuerpo, mientras Pierrot, con su grotesca risa de carm\u00edn y de albayalde, ocultaba las l\u00e1grimas de fuego que le quemaban el alma.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/gabriel-picon-febres\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La revancha I El mocho Antonio era en aquella poblaci\u00f3n una amenaza constante para la mayor parte de los habitantes de la localidad. 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