{"id":15149,"date":"2025-02-14T15:43:11","date_gmt":"2025-02-14T20:13:11","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=15149"},"modified":"2025-02-14T15:43:11","modified_gmt":"2025-02-14T20:13:11","slug":"cuentos-de-poeta-seleccion","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/cuentos-de-poeta-seleccion\/","title":{"rendered":"Cuentos de poeta (selecci\u00f3n)"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Rufino Blanco Fombona<\/h4>\n\n\n\n<p><strong>EL DOLOR DE PEDRO<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>era la media noche. Pedro acababa de matar la luz de su l\u00e1mpara. Los cuadros, las efigies galantes, adorno de las paredes; la buj\u00eda de cera roja del velador; el m\u00e1rmol resplandeciente del aguamanil; los vol\u00famenes, de tafilete bru\u00f1ido y lustroso; cuanto era sonrisa de la luz, en la estancia, cuanto devolv\u00eda el beso de oro de la l\u00e1mpara en nota luminosa, entraba en la obscuridad. La habitaci\u00f3n, paramentada de sombra, yac\u00eda en la mudez. La luz no cant\u00f3 m\u00e1s su canto de notas risue\u00f1as. En el centro del dormitorio, Pedro, en pie, parec\u00eda una estatua cubierta de un pa\u00f1o f\u00fanebre.<\/p>\n\n\n\n<p>Y el joven entr\u00f3 en el lecho, y se arrebuj\u00f3 en las frazadas, gustoso de respirar aquel ambiente de soledad bienhechora.<\/p>\n\n\n\n<p>Apenas reclinaba la frente, satisfecho de s\u00ed mismo, aquella noche consagrada al estudio, apenas oreaba sus p\u00e1rpados el ala del sue\u00f1o, cuando escuch\u00f3 un ruidecillo. Se puso A o\u00edr: el ruidecillo era como de patas de mosca sobre una cuartilla de papel; como de un vuelo susurrante de c\u00ednife; como de enjambre de hormigas arrastrando un ala de mariposa.<\/p>\n\n\n\n<p>Y desde el propio lecho acech\u00f3 el sitio del rumoreo. En una pata del escritorio que simula una garra de le\u00f3n, mir\u00f3 lucir una chispa como de astro, intensa, de luz amable y generosa.<\/p>\n\n\n\n<p>Pedro crey\u00f3 ver un brillante, rico regalo de alg\u00fan duende; pens\u00f3 que alguna hada mun\u00edfica le hac\u00eda, por manera curiosa, aquel gentil presente. Pero el diamante comenz\u00f3 a titilar como un V\u00e9spero, al pie del escritorio, y temblante, mov\u00eda su luz bajo la zarpa de caoba.<\/p>\n\n\n\n<p>Pedro comprendi\u00f3 que mal pod\u00eda ser un diamante la lucecilla vivaz y m\u00f3vil. Y encendi\u00f3 la buj\u00eda de cera encarnada.<\/p>\n\n\n\n<p>Entonces pudo ver una cosa \u00e9pica. En una red de ara\u00f1a, de tenue urdimbre gris, un gusano de luz, un cocuyo,<a><\/a>&nbsp;se debat\u00eda prisionero, acometido por inmunda cucaracha.<\/p>\n\n\n\n<p>Pedro se llen\u00f3 de piedad y de ira.<\/p>\n\n\n\n<p>De piedad hacia el pobre animalito luminoso; de ira por el bicho repugnante, nauseabundo y traidor.<\/p>\n\n\n\n<p>Al momento ide\u00f3 redimir de aquella trampa gris, y salvar de aquella sabandija, al m\u00edsero en prisi\u00f3n; m\u00e1s, primero, quiso matar el insecto ascoso, y lo persigui\u00f3 por todo el cuarto con una rabia carnicera. La cucaracha, medrosa, corr\u00eda y corr\u00eda, hasta perderse qui\u00e9n sabe en cu\u00e1l rinc\u00f3n de la pieza.<\/p>\n\n\n\n<p>Fatigado de una vana persecuci\u00f3n, Pedro se restituy\u00f3 a la tarea de salvar la luz, presa en la red gris de la ara\u00f1a. Tom\u00f3 de sobre el pupitre una plegadera de marfil, y, con dulce piedad, lleno de ternura, redimi\u00f3 al insecto\u00a0infeliz, al pobre animalito luminoso.<\/p>\n\n\n\n<p>En la punta de la plegadera de marfil, ya en salvo, el cocuyo daba su claridad, como una sonrisa fulgurante de gratitud.<\/p>\n\n\n\n<p>Y sucedi\u00f3 que en un aleteo, acaso en una vibraci\u00f3n de regocijo, el insecto, resbal\u00e1ndose, cay\u00f3 sobre la pierna desnuda de Pedro. Este, en un movimiento de nerviosismo, sacudi\u00f3 la pierna, rozada con aspereza por las alas y patas del cocuyo; el cocuyo rod\u00f3 por la alfombra, y Pedro, de s\u00fabito puesto en pie, impensadamente lo aplast\u00f3 con su planta.<\/p>\n\n\n\n<p>Mientras tanto, la sabandija inmunda, la perseguida cucaracha, mirar\u00eda la escena, de fijo, desde alg\u00fan rinc\u00f3n de la pieza, vibrando las alas, oblondas y parduscas, en explosi\u00f3n de contento.<\/p>\n\n\n\n<p>V\u00edctima de una tristeza irracional y profunda, esa noche, Pedro no pudo conciliar el sue\u00f1o. Las horas pasaban. Pedro vio las primeras tintas de la aurora entrar en orlas de luz por las rendijas de la ventana. Abri\u00f3 un postigo. Y entonces fue, despu\u00e9s del triunfo del dolor, el triunfo del color. Los cuadros, las efigies galantes, adorno de las paredes; la buj\u00eda de cera roja del velador; el m\u00e1rmol resplandeciente del aguamanil; los vol\u00famenes, de tafilete bru\u00f1ido y lustroso; cuanto era encanto de la luz, devolv\u00eda en notas risue\u00f1as el beso del alba.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<p><strong>HISTORIA DE UN DOLOR<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Eran los cuatro pensionistas, cuatro bohemios unidos por el amor al laurel y por el capricho de una juventud gitana. Fraternizados por el ideal, que era uno mismo en todos, y por la primavera, que en todos florec\u00eda, se juntaron como palomas viajeras en la rama de un \u00e1rbol del camino.<\/p>\n\n\n\n<p>Esa ma\u00f1ana, la charla de sobremesa rod\u00f3 sobre cosas \u00edntimas, p\u00e1ginas de<a><\/a>&nbsp;hogar; y uno, el m\u00e1s joven, amable hijo del Sur, dec\u00eda la historia de un dolor.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Aun veo, expresaba, aun veo con extra\u00f1a fijeza de alucinado, a mi padre en su lecho mortuorio, enflaquecido por la enfermedad, p\u00e1lido, respirando ya el aliento fat\u00eddico de la Muerte, la azabachada cabellera riza sobre la almohada muelle y n\u00edvea.<\/p>\n\n\n\n<p>A un lado del lecho veo a mi pobre madre, desolada, y discurriendo en la sombra, los ojos enrojecidos, los rostros p\u00e1vidos, espectrales, a mis hermanos peque\u00f1uelos, para quienes todos ten\u00edan una mirada de compasi\u00f3n, m\u00edseros ni\u00f1os que, como las fieras del bosque, present\u00edan la tempestad, sin comprenderla.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00a1Cu\u00e1n dolorosa fue aquella despedida!\u00a0De los rincones sal\u00edan enmara\u00f1adas cabecitas rubias. Las t\u00edmidas voces empapadas de llanto, alguien las extingu\u00eda, piadosamente, a besos.<\/p>\n\n\n\n<p>Todos \u00edbamos a comulgar. El altarito se alzar\u00eda en la propia estancia del enfermo. Quiz\u00e1s Dios obrara un milagro; y \u00bfpor qu\u00e9 no? \u00a1Hab\u00eda hecho tantos! Pero la Muerte camin\u00f3 muy de prisa, e impidi\u00f3 celebrar aquel \u00faltimo banquete. S\u00fabito el enfermo llam\u00f3 a mi madre, volvi\u00f3 el rostro hacia ella, la mir\u00f3 con una mirada dulce y profunda, y comenz\u00f3 a morirse.<\/p>\n\n\n\n<p>Yo nunca hab\u00eda visto expirar a nadie. Cuando mir\u00e9 la palidez de aquel rostro querido; cuando o\u00ed aquellas preces interrumpidas por sollozos, y la voz tr\u00e9mula de mi madre que imploraba para que llevasen al se\u00f1or Cura; cuando sopl\u00f3 el viento de ultratumba en la alcoba donde mi padre se mor\u00eda, tembl\u00e9 un momento con temblor extra\u00f1o, y desalado, medio loco, ech\u00e9 a correr, calle afuera.<\/p>\n\n\n\n<p>Llegu\u00e9 instintivamente a la Catedral: vi a un sacerdote.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Se\u00f1or Cura, se\u00f1or Cura, le dije, corra usted conmigo; venga a auxiliar a un moribundo.<\/p>\n\n\n\n<p>Algo murmur\u00f3 el levita en son de excusa: no le era posible.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Se\u00f1or, se\u00f1or; venga usted, por Dios; y le bes\u00e9 la mano, all\u00ed, en el p\u00f3rtico de la iglesia.<\/p>\n\n\n\n<p>Me se\u00f1al\u00f3 el Seminario, al lado del templo: pod\u00eda ser que ah\u00ed encontrase alg\u00fan sacerdote. Y vol\u00e9 al Seminario. Un Cura se paseaba tranquilamente; me acerqu\u00e9 a \u00e9l, tr\u00e9mulo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Se\u00f1or Cura, mi padre se muere; auxilie a mi padre.<\/p>\n\n\n\n<p>El buen Cura me hizo saber que no pod\u00eda abandonar el Seminario.<\/p>\n\n\n\n<p>Algo pas\u00f3 en mi alma, algo muy doloroso. Me imaginaba yo que todo el mundo debiera estar triste: mi padre se mor\u00eda. \u00a1Aquel hielo me hel\u00f3! As\u00ed muri\u00f3 mi fe, de muerte violenta, asesinada por los Ministros de Jes\u00fas.\u00bb<\/p>\n\n\n\n<p>El joven call\u00f3. Su alma, paloma enferma y nost\u00e1lgica, volaba a cernerse con voluptuosidad melanc\u00f3lica sobre el deshecho hogar paterno, y volv\u00eda, en el pico el recuerdo, como bendita rama de boj.<\/p>\n\n\n\n<p>Y cuando concluy\u00f3 de hablar el joven del Sur, una llama de indignaci\u00f3n ard\u00eda en todas las miradas, llama a cuyo fuego se evaporaron muchas l\u00e1grimas, prontas a humedecer los ojos.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<p><strong>CARTA DE AMOR<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Aunque escribo esta carta pensando en ti, mujer, no es para que tus queridos ojos claros la desfloren, ni para que tu coraz\u00f3n apresure su latir oyendo la confesi\u00f3n del m\u00edo.<\/p>\n\n\n\n<p>Me dirijo a ti, en pensamiento. No eres t\u00fa quien est\u00e1 lejos de m\u00ed, sino tu coraz\u00f3n. No exento de triste voluptuosidad me abro a ti, de fantas\u00eda, como remedo pesaroso del tiempo, aun cercano y tan dulce, en que habl\u00e1bamos de amores, las cabezas muy juntas, mis ojos en tus ojos, tus manos en las m\u00edas.<\/p>\n\n\n\n<p>Sin embargo, ver\u00e1s estos renglones. Despu\u00e9s de todo, tienes derecho a mirar por la rendija de luz que abrieron tus ojos en mi alma. Ahora no ser\u00e1, sino alg\u00fan d\u00eda, cuando yo me aleje m\u00e1s de tu memoria; y de ti no quede en el coraz\u00f3n del bardo errante m\u00e1s que un recuerdo, terr\u00f3n de mirra, de esos que aroman la juventud.<\/p>\n\n\n\n<p>Lo m\u00e1s dulce de nuestro amor fue su g\u00e9nesis: el espacio del primer saludo al primer beso; lo m\u00e1s noble su plenitud: el par\u00e9ntesis de felicidad; lo m\u00e1s inquietante su ocaso, que, como toda agon\u00eda, es un dolor.<\/p>\n\n\n\n<p>Hoy es s\u00e1bado. Algunas semanas atr\u00e1s este d\u00eda era para nosotros de encanto. Nos complac\u00edamos, por una extra\u00f1a convenci\u00f3n, en adornarlo con las rosas florecidas en esta ma\u00f1ana de juventud. Lo imaginaste un d\u00eda propicio; y era en efecto un d\u00eda de locura. Aunque, a la verdad, tu capricho no lo comprendo ahora; para nosotros \u00bfcu\u00e1l d\u00eda no era s\u00e1bado?<\/p>\n\n\n\n<p>\u00a1Hoy, cu\u00e1n distinto! nos separamos, huy\u00e9ndonos. T\u00fa correr\u00e1s a tus amigas, o al parque, o al v\u00e9rtigo de la avenida; yo me encierro voluntario en estos muros, abro la jaula a mis tristezas y las miro batir las alas de sombra.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfVuelan tus horas tranquilas? \u00bfNunca me consagras tu pensamiento? \u00bfEs verdad tu ficci\u00f3n? \u00bfNada turba tus noches? Tu m\u00e1scara es de impasible. No revelas sino harmon\u00eda y bienaventuranza.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero dudo que indiferente vayas, hoy mismo, adonde yo sol\u00eda acompa\u00f1arte, sitios que este s\u00e1bado tal vez andar\u00e1s sola.\u2014\u00bfNada te dir\u00e1 la mudez elocuente de las cosas; de esas mismas cosas cuyo acento silencioso interpretabas ayer por favorable a nuestro amor?<\/p>\n\n\n\n<p>Si conocieras hoy la curiosidad de mi pluma y de mi esp\u00edritu, radiante de j\u00fabilo me creer\u00edas enamorado. Y de veras te digo: nunca me despertaste m\u00e1s inter\u00e9s que ahora, cuando te pierdo.<\/p>\n\n\n\n<p>Yo te he visto junto a m\u00ed, delirante de pasi\u00f3n. Yo he sentido rodeado mi cuello de tus brazos, blancas serpientes de amor; y tus caricias me han envuelto en fogosa nube. Yo he o\u00eddo tus confesiones, entre besos.<\/p>\n\n\n\n<p>Yo vi el oriente puro de todas las perlas de tu alma. Tu cuerpo y tu coraz\u00f3n fueron m\u00edos.<a><\/a> \u00a1Y nunca te am\u00e9 como ahora! Te amo con el amor piadoso de lo que se va: como ama el jardinero la planta que un d\u00eda cultiv\u00f3, y ve deshoj\u00e1ndose; como ama el padre, entre sollozos, al hijo que se muere.<\/p>\n\n\n\n<p>Tus primeras caricias me fueron dulces, muy dulces, doblemente dulces; representaban una conquista sobre tu coraz\u00f3n y un robo a tu marido. T\u00fa eras \u00abla fruta del cercado ajeno.\u00bb Eras manzana de oro de un jard\u00edn hesp\u00e9rido, guardado celosamente; y tu conquista val\u00eda por un trabajo herc\u00faleo. Eras, en ilusi\u00f3n, la Elena a cuyo rapto arder\u00eda Troya.<\/p>\n\n\n\n<p>Adem\u00e1s, vi tu hermosura intr\u00e9pida, casi desde\u00f1osa, afrontar la granizada de lisonjas, que llov\u00eda sobre tus primaveras, aun en flor; y tuve por valero<a><\/a>sa la empresa de rendirte, en lid galante.<\/p>\n\n\n\n<p>Roto el hielo, enfrenado tu indiferentismo, siendo ya m\u00eda por c\u00f3pula ideal, me produjo tu amor dulces horas de dicha, tan dulces, ay, como fugaces. Pase\u00e9 tu gentileza de mi brazo, por entre los disparos de la envidia, frente a rivales sin fortuna, bajo miradas rabiosas. Mi vanidad se adorn\u00f3 con tu hermosura. Te luc\u00ed como una joya.<\/p>\n\n\n\n<p>Y cuando tu cari\u00f1o se cristaliz\u00f3 en besos, cuando florecieron las ternuras, estuve lleno de alegr\u00eda y de vanidad pensando c\u00f3mo desterr\u00e9 de tu coraz\u00f3n a tu esposo. Entonces fue cuando una gran orquesta rompi\u00f3 en dulzuras l\u00edricas, all\u00e1 adentro en mi alma. Algo cantaba en mi coraz\u00f3n; pero en voz de sirena, suave y p\u00e9rfida.<\/p>\n\n\n\n<p>Supe un d\u00eda, con detalles que arrancan gritos de angustia, toda tu historia. Con tu marido no eras feliz. La mujer fr\u00e1gil, de alma tierna, no se compadec\u00eda con el obeso pat\u00e1n. El marrano de tu esposo no te merec\u00eda. Las pezu\u00f1as del cerdo no eran para tus formas delicadas. Cuanto a tus amadores, \u00a1eran tan insulsos! Fui yo el primero, me dijiste, cuya necedad no te acidulaba los galanteos. Por eso fueron para m\u00ed tus m\u00e1s zalameras coqueter\u00edas. Por eso me amaste.<\/p>\n\n\n\n<p>No bien supe de tu boca estas miserias \u00edntimas, cuando comenz\u00f3 a suceder en m\u00ed una cosa extra\u00f1a; algo semejante a lo que debe de ocurrir al espectador, si luego de seducido por el encanto de las decoraciones, entra en el escenario. All\u00ed ver\u00e1 las aureolas desvanecerse. All\u00ed ver\u00e1 que la magia es obra del tramoyista; c\u00f3mo las l\u00e1grimas las dicta el apuntador.<\/p>\n\n\n\n<p>De tus confesiones mi vanidad de amante sal\u00eda maltrecha. Tus confidencias mataban mi ilusi\u00f3n. \u00bfCu\u00e1l era mi triunfo? \u00bfSobre qui\u00e9n venc\u00eda? \u00bfSobre tu esposo? No lo amabas. \u00bfSobre tus pretendientes? No los apreciabas. \u00bfSobre tu coraz\u00f3n? Tu coraz\u00f3n era, ahora lo ve\u00eda, una presa f\u00e1cil. Ya no me envanec\u00ed de tu afecto.<\/p>\n\n\n\n<p>T\u00fa, entretanto, me quer\u00edas m\u00e1s. La flor de tu alma, rociada por vez primera con blando roc\u00edo de amor, abr\u00eda sus p\u00e9talos, rosados y llenos de perfume. Por eso padeciste de veras, en tu orgullo y en tu amor, cuando empezaste a advertir la tibieza \u00f3 el cambio de mi afecto.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfQu\u00e9 pas\u00f3 por tu alma? Casi me atrever\u00eda a dec\u00edrtelo. Pensaste primero, que era ficci\u00f3n de enamorado feliz; luego fue cuando comprendiste que una como racha de invierno penetraba en mi pecho, marchitando queridas y verdes ilusiones. All\u00e1 en tus mientes no me juzgas con generosidad; me supones m\u00e1s cruel que infeliz. Y \u00bfcu\u00e1ndo ser\u00e1 que te perdones el haberme amado?<\/p>\n\n\n\n<p>Sin embargo, sabe que soy la v\u00edctima, en esta novela sentimental; v\u00edctima de una idea, de una preocupaci\u00f3n, de una locura, de algo m\u00e1s fuerte que mi voluntad, de algo que tuerce el cuello a una dulzura dentro de mi alma.<\/p>\n\n\n\n<p>Perdi\u00e9ndote se apaga un sol de mi\u00a0cielo. Te distancio de mi coraz\u00f3n, a mi pesar; a ti, en cambio, te separa del m\u00edo el orgullo. Te dices ofendida con mi proceder. El sacrificio de tu amor es el tributo que pagas a tu vanidad.<\/p>\n\n\n\n<p>Ave de paso, yo volar\u00e9 lejos, muy lejos, m\u00e1s all\u00e1 de los horizontes. Padecer\u00e9 la nostalgia de tus caricias; y los besos nacidos en mi boca, para tu boca, los besos que nunca te d\u00ed, me abrasar\u00e1n.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero correr\u00e1 el tiempo. Cultivaremos nuestras almas; y otra cosecha de amores, acaso m\u00e1s rica, un d\u00eda colmar\u00e1 nuestra ventura. Cuando se abran las nuevas rosas, y sus p\u00e9talos nos llenen otra vez de fragancia, recordaremos con melancol\u00eda el viejo amor.<\/p>\n\n\n\n<p>Este amor, que es ahora un dolor, ser\u00e1 ma\u00f1ana una memoria dulce. El<a><\/a>&nbsp;alma nunca se arrepiente de haber querido; y con m\u00e1s ternura guarda, en el estuche de los recuerdos, la memoria de un amor desgraciado, que la de un amor feliz.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/rufino-blanco-fombona\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Rufino Blanco Fombona EL DOLOR DE PEDRO era la media noche. Pedro acababa de matar la luz de su l\u00e1mpara. 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