{"id":15126,"date":"2025-02-12T17:37:25","date_gmt":"2025-02-12T22:07:25","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=15126"},"modified":"2025-02-12T17:45:22","modified_gmt":"2025-02-12T22:15:22","slug":"cronicas-de-audio-cepeda-fernandez","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/cronicas-de-audio-cepeda-fernandez\/","title":{"rendered":"Cr\u00f3nicas de Audio Cepeda Fern\u00e1ndez"},"content":{"rendered":"\n<h3 class=\"wp-block-heading\">La Di\u00e1fana<\/h3>\n\n\n\n<p>So\u00f1aba con el rumor de la playa y con una piragua que part\u00eda hacia el sur. So\u00f1aba con hileras de cocoteros que se perd\u00edan de vista y con la voz de su madre que gritaba: \u00ab\u00a1Epaaa\u2026 esos muchachos que est\u00e1n a medio freo!\u00bb. Se so\u00f1aba caminando descalzo por la tierra asoleada que quemaba sus pies, por la arena surcada de huellas de serpientes y machorros formando un mapa incomprensible. Caminaba entre tunas, cardones y perdices que se espantaban a su paso. A media noche lo despertaron los mosquitos y un calor h\u00famedo como si estuviera metido en ba\u00f1o de Mar\u00eda. Un concierto ensordecedor de sapos y ranas que sal\u00eda del pantano cercano lo mantuvo despierto el resto de la noche navegando entre s\u00e1banas h\u00famedas. Con los primeros rayos del sol la orquesta de anfibios desafinados y conducidos por un imaginario director desquiciado dej\u00f3 de sonar y se impuso el griter\u00edo de los loros conversando entre las ramas de los \u00e1rboles que rodeaban una ci\u00e9naga que, en tiempos no muy lejanos, hab\u00eda sido un r\u00edo de aguas cristalinas que desaguaba en el gran Escalante, oblig\u00e1ndolo a corregir el rumbo.<\/p>\n\n\n\n<p>Vitelio hab\u00eda llegado siete d\u00edas antes a esa tierra feraz y pantanosa. En esa \u00e9poca todav\u00eda se observaban los estragos dejados por la gran creciente de 1890, que ampli\u00f3 el cauce del r\u00edo Escalante con su fuerza de arrastre. Los zulieros no olvidaban la plaga de langostas que azot\u00f3 la regi\u00f3n el a\u00f1o 1882, nublando el sol desde el amanecer hasta el anochecer y acabando con los cultivos y los bosques. Algunos de sus familiares, colonizadores de estas tierras desde mediados del siglo xix, se hab\u00edan visto obligados a regresar a las tierras yermas de sus pueblos de origen en La Ca\u00f1ada. Vitelio hab\u00eda nacido en El Carmelo, donde su abuelo, sobreviviente de la langosta y las crecientes, constru\u00eda embarcaciones de madera a orillas de la playa y le contaba historias fant\u00e1sticas mientras aserraba, claveteaba y calafateaba juntas.<\/p>\n\n\n\n<p>Una tarde m\u00e1gica, con luna y estrellas tempraneras, su abuelo le cont\u00f3 que hubo un tiempo que solo la imaginaci\u00f3n humana puede explicar, donde las aguas de los r\u00edos y pantanos se juntaban con la humedad del aire y los peces se confund\u00edan con los p\u00e1jaros y los insectos voladores. Hasta que empezaron a llegar hombres que desplazaron a los habitantes originarios y la naturaleza comenz\u00f3 poco a poco a transformarse. Estos hombres ven\u00edan acompa\u00f1ados de sus animales de carga, sus herramientas, su tenacidad y su instinto depredador, para cruzar pantanos y r\u00edos a lomo de mulas transportando el fruto de los cultivos de las tierras altas a los nuevos puertos, desde donde eran llevados en peque\u00f1as embarcaciones a vela que aprovechaban la corriente de los r\u00edos y el buen viento del lago para llegar al puerto de Maracaibo.<\/p>\n\n\n\n<p>Le cont\u00f3 su abuelo que estos hombres, con sus mulas cargadas de caf\u00e9 y otros productos, solo acondicionaron espacios para pernoctar despu\u00e9s de cada jornada de camino. La urgencia del transporte, la puntualidad en la entrega de las mercanc\u00edas y las dificultades de las tierras pantanosas, no les permitieron fundar caser\u00edos permanentes. Fueron los ca\u00f1aderos, carpinteros de orilla, criadores de cabras, agricultores de barbacoas y hu\u00e9rfanos de tierras f\u00e9rtiles, quienes se aventuraron por esos r\u00edos, pantanos y lagunas, con sus embarcaciones de vela, sus mujeres y sus muchachos, para fundar conucos de ca\u00f1a de az\u00facar, cacao, y pl\u00e1tanos y con el tiempo haciendas de ganado vacuno. Llegaron bordeando el lago a los puertos de Concha, Encontrados, Santa Rosa y Santa B\u00e1rbara y crearon un nuevo gentilicio: los zulieros. Los que no se hicieron hacendados o conuqueros, fundaron una amplia red de piraguas para el transporte de mercanc\u00edas y pasajeros.<\/p>\n\n\n\n<p>La embarcaci\u00f3n que constru\u00eda el abuelo se empezaba a convertir en una hermosa piragua de 8 varas de largo por 3 de ancho. Con cada tabla claveteada, con cada junta calafateada, su abuelo le iba contando historias de sus aventuras por las tierras pantanosas. Un d\u00eda le cont\u00f3 que al llegar a la boca de los r\u00edos la brisa del lago ya no los acompa\u00f1aba y hab\u00eda que usar palancas para sortear las arenas acumuladas en las desembocaduras y la navegaci\u00f3n r\u00edo arriba se hac\u00eda con remos hasta llegar a los puertos. <\/p>\n\n\n\n<p>Cuando llegaron los franceses a construir el ferrocarril, dragaron la desembocadura del r\u00edo Escalante para dar paso a embarcaciones de motor y de mayor calado. La Compa\u00f1\u00eda de Ferrocarriles Franceses tuvo muchos inconvenientes para el tendido de los rieles y los t\u00e9cnicos se quejaban de las lluvias y las inundaciones. El abuelo le cont\u00f3 que hab\u00eda trabajado con los franceses y que durante esos a\u00f1os hubo un derroche de morocotas y libras esterlinas. Los trabajadores del ferrocarril ganaban muy bien, pero todo lo gastaban en el juego, la bebida y las mujeres \u00abmalucas\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>En Encontrado hab\u00eda conocido unos hombres que se internaban en los montes de Perij\u00e1 buscando b\u00e1lsamo de copaiba. En esos montes ten\u00edan que cuidarse de las flechas de los motilones, que sal\u00edan de la maleza sin previo aviso, de las serpientes y de los zancudos que se paraban sobre la piel dura y sudorosa del explorador, buscaban un poro, hund\u00edan su aguja y empezaban a chupar hasta que, hartos de sangre, se alejaban torpemente. Al cabo de unos d\u00edas el hombre deliraba de fiebre en su hamaca. Uno de estos hombres, el negro Fuenmayor, le cont\u00f3 que en las m\u00e1rgenes del r\u00edo Tarra hab\u00edan encontrado las puertas del infierno. Era una monta\u00f1a de donde sal\u00edan chorros de agua caliente y un aceite negro que se regaba por el monte y navegaba por los r\u00edos. Con el tiempo, se supo que era petr\u00f3leo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abEn esas tierras \u2014le dijo un d\u00eda\u2014 todo es distinto\u00bb. Se desatan aguaceros interminables que dejan los caminos intransitables, pero tambi\u00e9n es una tierra bondadosa que solo espera la semilla para germinarla. Lleg\u00f3 a ver racimos de pl\u00e1tanos tan grandes que solo dos hombres muy robustos pod\u00edan levantarlos. \u00abEsa es la tierra prometida de nosotros los ca\u00f1aderos\u00bb, eso le dijo.<\/p>\n\n\n\n<p>Un s\u00e1bado en la ma\u00f1ana la piragua amaneci\u00f3 flotando, se ve\u00eda hermosa e invitadora, estaba muy cerca de la playa, presa a la orilla por una larga cuerda amarrada al tronco de un cocotero, su blancura contrastaba con el lago y el cielo. Su abuelo la contemplaba orgulloso sentado en su silla favorita, fumando tabaco y hablando con su hijo del largo viaje que har\u00edan muy pronto. \u00c9l, Vitelio, tal como su abuelo y su padre, tambi\u00e9n estaba orgulloso, la sent\u00eda propia y la piragua se balanceaba suavemente disfrutando la frescura del agua del lago que rozaba su cuerpo de madera pintado de blanco. A cada lado de la proa exhib\u00eda su nombre La Di\u00e1fana y unos ojos que a ratos miraban hacia el sur, otras veces a la playa o a los peque\u00f1os y curiosos peces que nadaban a su alrededor.<\/p>\n\n\n\n<p>Los d\u00edas siguientes, antes del viaje, se ocuparon en hacer los arreglos necesarios y en proveerse de los alimentos, enseres y mercanc\u00edas para el largo recorrido.<\/p>\n\n\n\n<p>Una tarde, su padre lo llev\u00f3 a cazar conejos, iguanas y perdices entre los cardonales, en las tierras de Hato Viejo, antigua hacienda de la familia del general Rafael Urdaneta y donde aseguran los ca\u00f1aderos que naci\u00f3 el pr\u00f3cer. Se internaron en el monte por caminos de cabras y regresaron muy avanzada la tarde con algunas presas. Fue la \u00faltima vez que vio y pis\u00f3 el paisaje reseco de El Carmelo. Al d\u00eda siguiente, en la madrugada, zarparon en La Di\u00e1fana.<\/p>\n\n\n\n<p>Como ya les he dicho, me llamo Vitelio, ese es tambi\u00e9n el nombre de mi padre y mi abuelo. En El Carmelo, a nuestra casa le dec\u00edan a que los Vitelios. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Muchacho, vaya a que los Vitelios y me trae un litro de aceite de coco.<\/p>\n\n\n\n<p>En un principio mi madre dijo que la piragua deber\u00eda llamarse \u00abLos Vitelios\u00bb, pero mi abuelo dijo que las piraguas son mujeres y deben tener nombres de mujer, y la bautiz\u00f3 La Di\u00e1fana. \u00abAs\u00ed se llamar\u00e1 \u2014 dijo\u2014 porque es una embarcaci\u00f3n luminosa, blanca, liviana, casi transparente\u00bb. Era medio poeta mi abuelo. \u00c9l mismo le dibuj\u00f3 el nombre en la proa con letras muy bonitas y le pint\u00f3 dos ojos para que no perdiera nunca el rumbo.<\/p>\n\n\n\n<p>Una ma\u00f1ana, antes de que saliera el sol ya est\u00e1bamos navegando en La Di\u00e1fana. Soplaba buen viento y la vela estaba hinchada y gozosa, con un viento fr\u00edo oloroso a monte. Desde el fog\u00f3n llegaba un sabroso aroma a pl\u00e1tanos verdes asados, desmenuzados y revueltos con huevos de gallina y cebolla que recogimos en la barbacoa de mi madre, que tambi\u00e9n ven\u00eda con nosotros. La navegaci\u00f3n era lenta y apacible.<\/p>\n\n\n\n<p>A media tarde avistamos una manguera que se alejaba de nosotros y yo iba maravillado con las toninas que nos escoltaban a corta distancia. Despu\u00e9s de cinco d\u00edas de navegaci\u00f3n y de paradas en algunos pueblos de palafitos para pernoctar, vender mercanc\u00edas y comprar pescado salado, una ma\u00f1ana llegamos a la desembocadura del r\u00edo Escalante. Palanqueando y remando tardamos dos d\u00edas para llegar al puerto de Santa B\u00e1rbara del Zulia. Hubo que pernoctar a orillas del r\u00edo, donde los zancudos nos atacaron con sa\u00f1a. Antes de anochecer, los monos nos tiraban frutas desde lo alto de los \u00e1rboles, los caimanes se lanzaban al agua y las garzas, p\u00e1jaros y patos, hu\u00edan de nuestra presencia. En la selva pantanosa, de noche, animales desconocidos y ocultos en la oscuridad, cantan, silban, gru\u00f1en y braman. La selva no duerme, siempre est\u00e1 al acecho. <\/p>\n\n\n\n<p>Llegamos a puerto el d\u00eda siguiente, empezando la tarde. De los vagones del ferrocarril desembarcaban pl\u00e1tanos y caf\u00e9.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">&#8211; o &#8211;<\/p>\n\n\n\n<p>Llegamos hace siete d\u00edas y hoy voy camino al puerto de las piraguas. Un escuadr\u00f3n de peque\u00f1os sapos marcha militarmente por la calle embarrialada. La Di\u00e1fana regresa a La Ca\u00f1ada, va cargada de pl\u00e1tanos y mi abuelo Vitelio Barboza me saluda desde el tim\u00f3n. Yo me quedar\u00e9 atrapado en la exuberancia de este verdor, mi padre est\u00e1 a mi lado.<\/p>\n\n\n\n<p>Nunca m\u00e1s regres\u00e9 a La Ca\u00f1ada. La desafinada orquesta de anfibios y la incoherente conversaci\u00f3n de los loros ya no me quitan el sue\u00f1o. Mi abuelo, en su sano juicio, un d\u00eda decidi\u00f3 morirse y La Di\u00e1fana naufrag\u00f3 en el lago, dicen que choc\u00f3 con un taladro y se incendi\u00f3. Rara vez sue\u00f1o con las tierras resecas de mi infancia. Ahora soy zuliero.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\">La gripe espa\u00f1ola y otros espantos<\/h3>\n\n\n\n<p>La primera vez que son\u00f3 la campana a media noche, todo el pueblo dorm\u00eda. Solo Josefa S\u00e1nchez no hab\u00eda pegado un ojo pensando en el viaje que emprender\u00edan muy pronto. La cantina de Balmiro Badell hab\u00eda cerrado y los parroquianos que la frecuentaban se hab\u00edan ido a sus hogares con pasos vacilantes. Josefa se asom\u00f3 a la ventana, vio a Balmiro caminando los cincuenta pasos que lo separaban de su casa y vio la sombra cuando apag\u00f3 la luz de su cuarto. <\/p>\n\n\n\n<p>Veintitr\u00e9s minutos despu\u00e9s, son\u00f3 el campanazo. A esa hora en la calle no hab\u00eda ni un alma y algunos perros aullaron sorprendidos. Se encendieron luces de miedo en algunas ventanas, pero se fueron apagando poco a poco, en secuencia. El pueblo qued\u00f3 nuevamente en silencio.<\/p>\n\n\n\n<p>Josefa se qued\u00f3 esperando otro campanazo, pero no sucedi\u00f3, esto la asust\u00f3 a\u00fan m\u00e1s y sacudi\u00f3 a su esposo, que despert\u00f3 rezongando y con voz so\u00f1olienta dijo:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ma\u00f1ana veremos, Josefa. En la casa del coronel debe estar el polic\u00eda de punto.<\/p>\n\n\n\n<p>La mujer insisti\u00f3:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Los fantasmas y los ladrones no salen de d\u00eda, Emiliano, hay que espantarlos, o agarrarlos en la noche. Ma\u00f1ana hay mucho que hacer con lo del viaje y el polic\u00eda solo cuida al coronel Reyes, no a los vecinos, ese gocho es un cobarde con todo y m\u00e1user.<\/p>\n\n\n\n<p>Emiliano se incorpor\u00f3 de la cama, sab\u00eda que no hab\u00eda manera de convencer a su mujer y con mucha calma, empez\u00f3 a vestirse.<\/p>\n\n\n\n<p>Josefa insisti\u00f3: <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014A esa velocidad, te saldr\u00e1 el sol en media calle y solo alcanzar\u00e1s a espantar las palomas que se cagan en el confesionario.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando lleg\u00f3 a la iglesia solo escuch\u00f3 el gorjeo de las palomas y pens\u00f3 que era imposible que estas pudieran mover, en su vuelo, el pesado badajo de la campana. Al salir, alcanz\u00f3 a ver al polic\u00eda que lo miraba desde el jard\u00edn de la casa del jefe civil y se retir\u00f3 lo m\u00e1s r\u00e1pido que pudo a pesar de su cojera. Se le hab\u00eda espantado el sue\u00f1o y encontr\u00f3 a su mujer sentada en la cama comi\u00e9ndose las u\u00f1as y rezando un Ave Mar\u00eda. Cuando lo vio entrar pregunt\u00f3:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfQu\u00e9 pas\u00f3?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Nada, du\u00e9rmete, mujer\u2026 amanecer\u00e1 y veremos.<\/p>\n\n\n\n<p>La noche transcurri\u00f3 en calma y el d\u00eda amaneci\u00f3 soleado. Todas las conversaciones giraron en torno al campanazo de media noche. Todo el pueblo acudi\u00f3 a la bodega de Emiliano Fern\u00e1ndez; fueron hasta los que no ten\u00edan nada que comprar. Todos con su versi\u00f3n y sus sospechas. A media ma\u00f1ana lleg\u00f3 el jefe civil con la excusa de comprar cigarrillos. Emiliano dijo con sorna y sin mirar a la primera autoridad:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014No hab\u00eda nadie en la iglesia\u2026 y no hay palomas campaneras \u2014y mirando de reojo al jefe civil coment\u00f3\u2014. Debe ser el alma de Aquiles, que anda en pena.<\/p>\n\n\n\n<p>El pueblo retom\u00f3 su rutina. Ya hab\u00edan llegado las primeras piraguas y lanchas con pescado fresco.<br>Los pirag\u00fceros, con su conteo cantarino, apilaban los pl\u00e1tanos en la orilla de la playa. Algunos pasajeros tra\u00edan noticias de una rara epidemia llamada la gripe espa\u00f1ola. Dijeron que se hab\u00eda desatado en Maracaibo y en las tierras pantanosas del Sur de Lago. En casa del Rat\u00f3n y su mujer, la Gata, se estaba exprimiendo el coco rallado para el aceite. Se regaban las barbacoas de cebollas y cilantros. Algunas mujeres conversaban en los fogones mientras otras lavaban ropa en los patios. La Chira, m\u00e1s flaca que nunca, m\u00e1s peleona que nunca y grosera como siempre, andaba de casa en casa ofreciendo sus cocadas y besitos.<\/p>\n\n\n\n<p>Despu\u00e9s del mediod\u00eda, libre de clientes averiguadores y brolleros, el cojo Emiliano se dedicaba a improvisar versos y componer d\u00e9cimas para los amigos y no tan amigos, con su humor corrosivo de siempre: \u00abHe visto en este lugar una cosa particular\/ una gata y un rat\u00f3n viviendo en el mismo hogar\/ de all\u00ed saldr\u00e1n ratoncitos y gaticos por doquier y el pueblo se llenar\u00e1 de dichos animalitos\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Al final de la tarde lleg\u00f3 a la playa un bongo con varios enfermos. Ven\u00edan de las tierras pantanosas del Sur del Lago, regresaban al pueblo buscando recursos contra esa desconocida enfermedad llamada gripe espa\u00f1ola. En la tarde les dieron cristiana sepultura a dos de los reci\u00e9n llegados y sonaron varios campanazos, esta vez, llamando a misa de difuntos.<\/p>\n\n\n\n<p>La gente empez\u00f3 a asociar los campanazos de media noche, que se hicieron recurrentes, con los enfermos que llegaron del sur y con los nuevos difuntos que reinauguraron el olvidado cementerio, en un pueblo donde hac\u00eda mucho tiempo que no se mor\u00eda nadie. Todos se acordaron del fot\u00f3grafo espa\u00f1ol que lleg\u00f3 un d\u00eda al pueblo, nadie sabe c\u00f3mo, y se fue, sin que nadie supiera cu\u00e1ndo. Lleg\u00f3 con su c\u00e1mara minutera y su tr\u00edpode de madera pintado de rojo retratando a todo el que se dejara y pagara. El espa\u00f1ol era un hombre mal humorado que deambulaba por el pueblo con sus aparatos procurando su clientela. Ten\u00eda el \u00edndice y el pulgar de la mano derecha amarillentos a causa de los qu\u00edmicos fotogr\u00e1ficos y los de la izquierda, por el cigarrillo que nunca apagaba y que adem\u00e1s le serv\u00eda para marcar el tiempo del revelado. Los ni\u00f1os lo persegu\u00edan por todo el pueblo para averiguar por qu\u00e9 aquel hombre que ol\u00eda a vinagre, met\u00eda su brazo hasta el codo en una manga negra y miraba constantemente su cigarrillo, hasta sacar de su caja m\u00e1gica un peque\u00f1o papel con la cara del fotografiado. Viv\u00eda solo en un cuartucho alquilado muy cerca de la playa, por el rumbo donde algunas noches se escuchaba un espanto que en el pueblo llamaban \u00abEl Hachero\u00bb. Por la noche se le escuchaba cantar en un extra\u00f1o idioma que un viajero reconoci\u00f3 como catal\u00e1n. Cuando se supo de la gripe espa\u00f1ola ya se hab\u00eda ido y la mayor\u00eda de los que se retrataron quemaron sus retratos por miedo a contagiarse a trav\u00e9s de ellos de la mortal enfermedad.<\/p>\n\n\n\n<p>El cuartucho donde vivi\u00f3, el poco tiempo que permaneci\u00f3 en el pueblo, fue derrumbado y quemado y empezaron a escucharse nuevamente los golpes de \u00abEl Hachero\u00bb tumbando \u00e1rboles imaginarios. Entre campanazos, golpes de hacha, gripe espa\u00f1ola y un jefe civil autoritario, viv\u00edan atemorizados los habitantes de San Jos\u00e9 de Potreritos. Algunos preparaban embarcaciones para marcharse a las prometedoras tierras de Concha, Santa B\u00e1rbara y Encontrados, donde fundar\u00edan haciendas productoras de ca\u00f1a de az\u00facar y conucos plataneros.<\/p>\n\n\n\n<p>Una ma\u00f1ana, despu\u00e9s de una noche de desvelo, Emiliano le dijo a su mujer:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Esta noche voy a matar o a espantar al campanero, carajo\u2026 sea quien sea y despu\u00e9s nos iremos de este pueblo para no verle nunca m\u00e1s la cara a ese gocho de mierda.<\/p>\n\n\n\n<p>A media noche, despu\u00e9s del campanazo, son\u00f3 un estampido magnificado por el silencio del pueblo y la resonancia de la iglesia. El jefe civil huy\u00f3 hacia la playa pensando que era la revoluci\u00f3n anunciada desde siempre y la gente sali\u00f3 a la calle espantada. Frente a la iglesia, el cojo Emiliano, con un crucifijo en el pecho, gritaba blandiendo su escopeta de cacer\u00eda:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Se jodi\u00f3 el campanero! \u00a1Ah\u00ed lo tienen, pues!<\/p>\n\n\n\n<p>Y tir\u00f3 sobre la calle polvorienta un b\u00faho de tres kilos de peso y casi una vara de alto.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La Di\u00e1fana So\u00f1aba con el rumor de la playa y con una piragua que part\u00eda hacia el sur. So\u00f1aba con hileras de cocoteros que se perd\u00edan de vista y con la voz de su madre que gritaba: \u00ab\u00a1Epaaa\u2026 esos muchachos que est\u00e1n a medio freo!\u00bb. 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