{"id":15103,"date":"2025-02-11T16:03:12","date_gmt":"2025-02-11T20:33:12","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=15103"},"modified":"2025-03-08T10:23:01","modified_gmt":"2025-03-08T14:53:01","slug":"dos-cuentos-de-arturo-croce","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/dos-cuentos-de-arturo-croce\/","title":{"rendered":"Dos cuentos de Arturo Croce"},"content":{"rendered":"\n<h3 class=\"wp-block-heading\">Extra\u00f1a compa\u00f1\u00eda<\/h3>\n\n\n\n<p>AIirio se dice, un poco aturdido, que \u00e9l no ha pensado, por primera ocasi\u00f3n, dos veces para enviar la carta apresurada, escrita en el terminal. No sabe qu\u00e9 le hizo pensar que llegar\u00eda a su destino despu\u00e9s de que ya Ang\u00e9lica no podr\u00eda recibirla, despu\u00e9s de que ya ella estar\u00eda en esa nueva traves\u00eda sobre el mar, donde el recuerdo de su padre ser\u00eda como ir, ella misma, desafiando la muerte, con su sensible cuerpo de \u00e1ngel. \u00bfLa muer\u00adte? \u00bfPor qu\u00e9 la muerte, &nbsp;en medio de una esperanza? Al pensar en esto salta nerviosamente en la silla ya extendida (c\u00f3modamente trata de leer el peri\u00f3dico de la ma\u00f1ana que ha comprado en el terminal), y mira a su vecino que, impasible, le importa poco lo que haga \u00e9l. Piensa que \u00e9l, romo otras veces, viaja desde la gran ciudad de los rascacielos, que \u00e9l es uno entre tantos de los miles de pasajeros que toman el expreso, con el intenso deseo de andar de un lado a otro, en cualquier parte, observando el panorama r\u00e1pido del ancho camino o mirando hacia el mar (o so\u00f1ando en \u00e9l, como ahora, para satisfacci\u00f3n \u00edntima y desalojo de las acumulaciones intranquilizadoras que intoxican y acobardan para la acci\u00f3n).<\/p>\n\n\n\n<p>All\u00ed ha quedado, como siempre, le ciudad gigantesca, monstruo agitado, mundo inmenso e intenso en un mundo peque\u00f1o, voces del mundo entero en las calles y en los pisos, como si los millones de peque\u00f1as historias hicieran de ella la plataforma del hombre para toda su historia. Alirio recuerda a Yadsga (\u00bfacaso a Betty?) y oye el rodar de la m\u00e1quina, como si buscara el sue\u00f1o para evitar todo contacto con ese mundo dejado, all\u00ed cerca, y tambi\u00e9n &nbsp;para &nbsp;seguir despreciando &nbsp;el mandato de la rutina.<\/p>\n\n\n\n<p>Lo mejor, se dice, es abrir el mont\u00f3n de p\u00e1ginas del peri\u00f3dico y dejar que el sue\u00f1o caiga insensiblemente sobre sus ojos. Levanta el peso de papel que lleva en sus manos. Recuerda que una vez hizo un peque\u00f1o peri\u00f3dico que enviaba, desde la provincia de su pa\u00eds, a la reina de la ciudad del \u00c1vila. Era esa hoja una hormiga laboriosa, ante este gigante rotativo de la gran ciudad. Puede ser, entonces, Sara o Susana (\u00bfo el recuerdo de Fanny?) la inmediata vivencia removedora de su sangre. Las columnas son ahora un laberinto de noticias de todo el mundo. Congestiona sus ojos el apelmazado conjunto de anuncios. Lee, por un momento, las noticias sobre las amenazas b\u00e9licas. (Yadsga escapar\u00e1 a la trampa que se tiende nuevamente sobre las indefensas ciudades, totalmente amenazadas). Atr\u00e1s, desde el movimiento de la bah\u00eda de Nueva York, los barcos est\u00e1n hablando por sus chimeneas para contar a la Estatua de la Libertad la angustia de la llegada de mucha gente al mundo salvador. Tambi\u00e9n, en la gran ciudad, muchos hombres les est\u00e1n diciendo a esos barcos que regresen y no conf\u00eden mucho en lo que aqu\u00ed dicen estos peri\u00f3dicos de la libertad condicionada a los caprichos de la bolsa. Pero todo esto no es lo que interesa a Alirio. Quiere ver algo que le emocione, en medio de esas p\u00e1ginas profusamente cargadas de anuncios comerciales. Voltea una y otra p\u00e1gina, y lee c\u00f3mo una muchacha ha entrado en una lujosa tienda y ha tomado un vestido semipesado, para equiparse, ante la cruda amenaza del fr\u00edo invernal que se avecina. La polic\u00eda la ha tomado por sorpresa y ella llora. La fotograf\u00eda dice lo \u00edntimo de esa peque\u00f1a historia que Alirio apenas puede soportar. Pero all\u00ed, al lado de esta informaci\u00f3n, hay una cara de hombre rudo. Se lee que es el jefe de una banda de gangsters. Alirio intenta descubrir en \u00e9l a alguien que ha sido una preocupaci\u00f3n suya, desde que ha querido entrar a descubrir un poco la vida de estas grandes ciudades industriales y mercantilistas. La ley, dice la noticia, est\u00e1 detr\u00e1s de estos hombres, pero los deja circular por las calles. \u00bfPara qu\u00e9 pensar en estas cosas sin importancia?, se pregunta Alirio. Tiene sue\u00f1o y lo que busca es poder dormir en la traves\u00eda de cuatro horas, hasta que alguien le diga que est\u00e1 de nuevo en la estaci\u00f3n de llegada a la ciudad de su trabajo diario, de su rutinaria vida de solitario estudiante y funcionario. Voltea la hoja, cuidadosamente, para no estorbar la tranquila apariencia de su vecino, y es ahora, sorpresivamente, un hombre volcado hacia las estaciones laber\u00ednticas del absurdo\u2026 <\/p>\n\n\n\n<p>(Hay aqu\u00ed una laguna que nadie se atrever\u00e1 a llenar, a menos que el propio Alirio pueda desentra\u00f1ar alg\u00fan d\u00eda c\u00f3mo es el momento en que al hombre le sorprende lo inimaginable, aquello que muchas veces esa la el potencial de resistencia en las fibras del coraz\u00f3n, que aun quiere aparecer como la ra\u00edz del sentimiento).<\/p>\n\n\n\n<p>Quisiera, se dice Alirio, despu\u00e9s de una hora de sopor, estar ahora en el bar del chino Chang, en compa\u00f1\u00eda de Juli\u00e1n o de Luis, para decirles, en palabras deshilvanadas. su entusiasmo ante la elecci\u00f3n de la reina de la ciudad. Pero mira al hombre que a\u00fan est\u00e1 all\u00ed impasible, al lado suyo, y siente de nuevo la intensa gana de pararse e ir al bar del coche de lujo para &nbsp;tomarse un trago. \u00bfPor qu\u00e9 no lo hace? Levanta el peri\u00f3dico, doblado todo por la p\u00e1gina donde \u00e9l ha estacionado su b\u00fasqueda de noticias y mira el retrato de Ang\u00e9lica. Es una fotograf\u00eda un poco borrosa, acaso tomada&nbsp;de su &nbsp;pasaporte &nbsp;de extranjera &nbsp;del sur.&nbsp;Lo que all\u00ed dice pudiera leerlo muchas veces, pero esas tantas veces acaso tendr\u00eda que hacer de nue\u00advo un recorrido por las nebulosidades del absurdo. En su cabeza ronda&nbsp;un mundo &nbsp;de &nbsp;interrogaciones, que &nbsp;acaso Yadsga &nbsp;podr\u00eda desentra\u00f1ar con su bondad de mujer admirada de lo que la ciudad le muestra, sin demasiado asombro. Pero Alirio comprende que un expreso es un expreso, que marcha a muchos kil\u00f3metros por hora sobre la v\u00eda para servir la acelerada vida de las gentes que trabajan o viajan para &nbsp;divertirse. No podr\u00eda hacer&nbsp;parar la m\u00e1quina para regresar a la inmensa ciudad de las peque\u00f1as historias desapercibidas, aun cuando ese fue su primer intento en el momento en que ley\u00f3 de nuevo las l\u00edneas debajo de la fotograf\u00eda y pudo darse cuenta de lo in\u00fatil de su intenci\u00f3n. Piensa entonces que la hermosa cabeza de Ang\u00e9\u00adlica debi\u00f3 guardar, toda ella, la angustiosa hora de su resoluci\u00f3n. &nbsp;Desde un&nbsp;d\u00e9cimo cuarto piso,&nbsp;en uno de los rascacielos de &nbsp;la ciudad, &nbsp;la &nbsp;reina habla saltado hacia su fin. La hab\u00edan recogido, averiguaron su nombre y su procedencia, prepararon su cuerpo para el viaje r\u00edgido del regreso a su pa\u00eds, lo llevaron al siguiente d\u00eda a uno de esos mismos barcos que alguna vez la trajeran a la ciudad de Nueva &nbsp;York,&nbsp; y ahora ir\u00e1 (porque eso fue hace dos d\u00edas, el mismo en que \u00e9l, Alirio, lleg\u00f3 a la ciudad para pesar uno de tantos fines de semana) acompa\u00f1ada de su pensamiento y all\u00e1, a donde \u00e9l regresar\u00e1 pronto para ponerle unas flores (sin color)&nbsp;en &nbsp;su tumba, le har\u00e1n a ella un acompa\u00f1ado funeral.<\/p>\n\n\n\n<p>Alirio, por necesidad, toma un cuaderno de su malet\u00edn de viaje y hace all\u00ed lo que ser\u00e1, a su regreso al sur, una viva vuelta a su deseo de escribir, como en aquellas horas de compa\u00f1\u00eda en la casona en que Fanny le oy\u00f3 recitar algunos de sus primeros poemas y los de otros de sus compa\u00f1eros.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abHay en &nbsp;los contornos\u00bb, escribe &nbsp;Alirio, \u00abuna &nbsp;nost\u00e1lgica &nbsp;disposici\u00f3n del tiempo&nbsp;para&nbsp;maniatar los movimientos. &nbsp;El oto\u00f1o me carga de melancol\u00eda. Ahora&nbsp;recuerdo, de nuevo, los versos de alguno de mis compa\u00f1eros, esos que all\u00e1 en el jard\u00edn, frente al viejo balc\u00f3n del hospedaje&nbsp;en la ciudad del \u00c1vila, eran los&nbsp;dulcificadores del &nbsp;encuentro sexual&nbsp;con&nbsp;Fanny. (Es verdad, las gotas viven -viven por seguir muriendo). Pero all\u00e1 hab\u00eda luz, alternada con la sombra, y aqu\u00ed, ahora, en el oto\u00f1o, la sombra persiste hasta en mi sangre. (No s\u00e9 por qu\u00e9 lo hizo). Ruedo en esta m\u00e1quina que me aleja de su muerte, del sitio de su fin y es imposible que pueda definir su actitud. El momento en que lo supe hace apenas unos minutos, ser\u00e1, para siempre, el exacto tr\u00e1nsito entre la vida y la muerte, ya que en mi estar\u00e1 su imagen traspasando el tiempo. No toqu\u00e9 sus manos sus finos dedos de reina, ni puse mis labios en los suyos, que habr\u00eda sido mi triunfo vital. Acaso, de haberlo podido hacer, no me habr\u00eda atrevido a inclinarme sobre su cuerpo para hacerlo en su ausencia definitiva, en el momento en que ya ella no pod\u00eda decirme que era el suyo un contacto que me devolv\u00eda aquello que yo le hab\u00eda dado por mucho tiempo. Pero, entonces, frente a su silencio, quiz\u00e1s hubiera ardido mi fe para descubrir qu\u00e9 fondo de amargura precipit\u00f3 el instante del tormento. Yo hubiera (y lo podr\u00eda intentar a\u00fan) llegado con el \u00e1nimo dispuesto a descubrir secretos, a situarme dentro de su \u00edntimo torbellino, a saturarme de esa intensidad dram\u00e1tica de su joven vida. \u00bfCu\u00e1ntas veces fue ella v\u00edctima de sus propias inquietudes? \u00bfCu\u00e1ntas en su mundo externo, de aquello que acaso no era el mundo que anhelaba? Estoy seguro de que sus grandes ojos buscaban un horizonte detr\u00e1s de cuya l\u00ednea de sue\u00f1o estuviera la isla de su tranquilidad buscada y no hallada. Intuyo que la muerte de su padre sacudi\u00f3 sus cordajes humanos, hechos a la intensidad de los acentos de un mar bonancible, repentinamente sacudido por tormentas asesinas. \u00bfO negaron a su sensibilidad el libre juego de sus m\u00e1s intransferibles deseos? Pensar en todo esto es necesario para m\u00ed, en el instante en que debo someterme a una m\u00e1quina que se traga el espacio y no me permite echar a correr por mis propios movimientos hacia su sombra que all\u00e1, en el sur, me esperar\u00e1 bajo mi ardiente sol. Esto aqu\u00ed me ata y el escribirlo me libera. Ahora voy un poco de regreso, con mi sangre en el pu\u00f1o, a pulso de vivencias. La carta que escrib\u00ed en el terminal de las l\u00edneas f\u00e9rreas que sacuden subterr\u00e1neamente a Nueva York, puedo reconstruirla ahora mismo, o cuando quiera, porque la llevo a\u00fan en lo vivo de mis fibras. \u00bfQui\u00e9n osar\u00e1 abrirla? Podr\u00e1n leerla, pero no entenderla, porque mi atrevimiento era s\u00f3lo para el gran silencio de una emoci\u00f3n liberada. Mi posesi\u00f3n de Ang\u00e9lica se transforma ahora en una posesi\u00f3n de m\u00ed por ella, y la futura liberaci\u00f3n no podr\u00e1 ser porque yo lo quiera sino por el querer de ambos, en una perpetua fuga de la realidad. Si lo pudiera hacer, si alcanzara el tiempo para estar presente en todas partes, har\u00eda que mi carta fuera enterrada junto con su cuerpo, ya que as\u00ed nadie, ni yo mismo, violentar\u00eda su memoria pasa hacer de ella un escape hacia el conocimiento de eso que debe permanecer oculto. Pero esa carta dir\u00e1 a otros lo intenso y secreto de un ideal humano. Por ello habr\u00e9 de reconstruirla y hacer de ella la viva flor de su memoria. Ang\u00e9lica (me lo dice este quedarme aqu\u00ed sin movimiento propio) ser\u00e1 siempre el tiempo de esta m\u00e1quina que no me deja escapar. S\u00f3lo el tiempo, no la materia que rechina y devora el espacio. \u00bfA quien escribir\u00e9 ahora, a qui\u00e9n dir\u00e9 que estoy en una soledad interminable, donde la \u00fanica puerta ser\u00e1, acaso, el olvido? No, hablar de olvido ahora parece una irreverencia. No ser\u00e1 olvido, ser\u00e1 una salida hacia el encuentro final. Entretanto escribir\u00e9 a mis padres. Dir\u00e9 a mi madre que espero volver a ella para que me diga qu\u00e9 debo hacer de nuevo, y que al arrullo de sus tiernas palabras una mujer buena y honesta disfrutar\u00e1 de mi apacible amor. Entretanto quisiera no pensar en nada m\u00e1s. Mi tierra ardiente volver\u00e1 a verme, ir\u00e9 con mi flor a reverenciar el recuerdo. El mundo me rodea, lo humano es alrededor y amar con toda la sangre del coraz\u00f3n. \u00bfHabr\u00e1 sufrido alguien este mismo intenso sentir del cuerpo atado a una m\u00e1quina veloz, alguien el deseo se somete a sus cadenas? Porque no es la liberaci\u00f3n seguir las huellas del drama y abrir las ventanillas para dejar el. cuerpo entre las piedras de la v\u00eda. Esto niega el valor y la altura del sufrimiento. Lo cierto y eterno est\u00e1 en la posible palabra que guarda la memoria. Y es esto lo que hago por ti, Ang\u00e9lica\u00bb. <\/p>\n\n\n\n<p>Ahora s\u00ed quisiera hablar, piensa Alirio, y mira hacia el vecino, pero \u00e9ste duerme como cualquier pasajero que se despreocupa de lo que oye y ve, en espera del preciso momento en que la m\u00e1quina rechina m\u00e1s fuerte y avisa el t\u00e9rmino del viaje. Para Alirio un nuevo viaje comienza. Le es imposible permanecer ahora, despu\u00e9s de lo escrito, clavado en la butaca de viaje. Se levanta, un poco tambaleante, y va hacia el bar del coche, y all\u00ed dice que le den whisky. Siente que ello es una de esas imb\u00e9ciles ocultaciones necesarias a quienes han de cubrirse con lo m\u00e1s f\u00e1cil cualquier apremio espiritual. Lo hace casi sin pensarlo, porque all\u00ed, entre los pasajeros que circulan en el tren, no le ser\u00e1 posible desviarse de su imperiosa soledad dolorosa. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Uno m\u00e1s \u2014le dice al barman, luego de apurar el primer vaso en unos intranquilizadores segundos. <\/p>\n\n\n\n<p>Con el vaso en sus manos mira hacia aquello que, pasajeramente, le deja contemplar la velocidad de la m\u00e1quina. El mundo rueda cerca y lejos de su presencia. Es un panorama de oto\u00f1o que circunda su encadenada emoci\u00f3n dolorosa. Sabe que ahora, despu\u00e9s de un tiempo inmediato, desconcertante, la m\u00e1quina rodea la cintura de la ciudad donde Poe intuy\u00f3 vidas fant\u00e1sticas, bajo la sombra de un signo fat\u00eddico, y donde grab\u00f3 la memoria sentimental de Annabel Lee en versos que iluminaron el os-curo signo de \u00abEl Cuervo\u00bb. Dentro de pocos momentos estar\u00e1 en su residencia y no sabr\u00e1 c\u00f3mo evitar el estallido de su sangre. \u00bfTendr\u00e1 que solicitar la grata compa\u00f1\u00eda de Brenda o ir\u00e1 a pedirle a Elsa que desea salir con ella, a pesar de su temor de hacer algo indebido? \u00bfO quiz\u00e1s pida un permiso a sus superiores inmediatos y regrese a decirle a Yadsga que le acompa\u00f1e al lugar donde podr\u00eda besar el suelo para recoger acaso una gota de la sangre que no sinti\u00f3 vibrar bajo su propio cuerpo? Pero no, estos nombres no son m\u00e1s que gratas sombras en un momento de asidero imaginario. Acaso ni eso. Ahora es un prisionero de la m\u00e1quina que se traga el espacio y alarga s\u00e1dicamente el tiempo. Alrededor suyo hay apenas un mundo de gentes que ignoran impasiblemente el interno inundo de un hombre. El oto\u00f1o \u2014dice\u2014 se\u00f1ala que el mundo es triste. Terrible ser\u00e1 el fr\u00edo del cercano invierno. \u00bfVale la pena so\u00f1ar en que despu\u00e9s, entre verdes que florecen, existe una primavera?<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\">Los ojos salvajes<\/h3>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-right\"><em>\u00ab\u00bfQui\u00e9n tiraba el dado, decid\u00eda la vida de un hombre antes de nacer? Les daba narices a todos, les pon\u00eda ojos, est\u00f3magos y sexo, sin mayores diferencias. Pero los apartaba ya en el vientre de sus madres. Algunos no deb\u00edan sonre\u00edr nunca, ni recibir sonrisas; los otros eran arrastrados a la luz del d\u00eda, y para ellos brillaba el sol. Y hab\u00edan salido, siniestra multitud, hab\u00edan roto las paredes de los s\u00f3tanos y las cadenas de hierro para calentar su piel al sol. Ahora as\u00ed pensaban y gui\u00f1aban los ojos, ahora todo estar\u00eda bien; el rancio olor se evaporar\u00e1 en nuestros cuerpos, no lo exudaremos m\u00e1s. Pero el mundo iluminado sin murallas no era para que ellos lo gozaran, estaban muy poco acostumbrados a la estridente luz. Pateaban y forcejeaban como ciegos; lo que agarraban part\u00edan en pedazos. Uno ten\u00eda que vigilarlos; como a bestias salvajes, uno ten\u00eda que guiarlos\u00bb. Arthur Koestler \u2014\u00abLos Gladiadores\u00bb.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>Es apenas la tarde.<\/p>\n\n\n\n<p>Un aire de lluvia atraviesa al r\u00edo desde la llanura.<\/p>\n\n\n\n<p>La ciudad alza su pe\u00f1\u00f3n de antiguo dominio sobre las aguas. All\u00ed, en lo m\u00e1s angosto del cauce, la ciudad apoya los pies en la roca de la orilla para no resbalar en el agua de su gran r\u00edo. La ciudad arde en el calor sofocante de la llanura. All\u00ed, con ella, est\u00e1 Guayare. Est\u00e1 solo, con la mirada en el agua terrosa. Con los otros pescadores y solo, frente a las nubes que amenazan echarse encima del r\u00edo, de las sabanas, de los caminos por donde \u00e9l, hombre, lleg\u00f3 a la tierra en la tiniebla del tiempo. Por donde m\u00e1s tarde ven\u00eda el toro ciego que ahora le muestra, all\u00e1, entre la nube, los cuernos luminosos. Hab\u00eda seguido \u00e9l, hombre oscuro, aquella manada de ganado para regresar a la orilla fluvial de donde sali\u00f3 temeroso, como ensogado. Y aqu\u00ed est\u00e1 otra vez, con la espalda hacia la selva.<\/p>\n\n\n\n<p>Es roca de siglos la piedra desde donde el hombre mira a otros hombres en los momentos de tirar \u00e9stos los coladores para atrapar algunas sardinas. Las zapoaras y los morocotos apenas comienzan a rebalsar las corrientes del r\u00edo. Los peces huyen de ellas para caer en los remansos orilleros y morder los anzuelos o quedar cogidos entre las peque\u00f1as redes redondas. Es roca de mucho tiempo, sedimentaci\u00f3n de las aguas, de la tierra arenosa. Desde all\u00e1 el hombre mira hacia la otra orilla. No buscar\u00e1 irse de nuevo por la tierra llana hasta los lugares que atraen con ofrecimientos de otra vida diferente a la suya. \u00c9l es hombre, Guayare solo, restos de indio. \u00c9l all\u00ed oye decir a Cani, la muchacha de traje roto que ha vuelto para buscarlo y vive con \u00e9l, unas palabras dislocadas. Se las dice al m\u00e1s joven:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Turepa, dame unas sardinitas, de las que no muerden, porque si muerden entonces son como yo y no son sardinitas.<\/p>\n\n\n\n<p>Es Guayare el que oye, el que a veces silba, el que no piensa con detenimiento pero ya siente con tristeza de vida desorientada. Es Guayare el que oye lo que Turepa responde, mientras otro hombre viejo que vino hasta la piedra tambi\u00e9n, el pescador Curiapo, escucha las palabras para defenderse a su turno.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014No hay sardinitas, Cani. Comer\u00e1s c\u00e9sped del r\u00edo, sabe a zapoara.<\/p>\n\n\n\n<p>Turepa mira a los otros hombres y agrega:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Hoy te libraste, Curiapo. Yo consegu\u00ed no m\u00e1s que una zapoarita.<\/p>\n\n\n\n<p>El viejo escupe y se defiende:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Porque la tarraya me hal\u00f3 y supe sostenerme, y no me fu\u00ed con los peces hasta los remolinos pedregosos, y pude agarrarme sin miedo, y t\u00fa llegaste s\u00f3lo con el anzuelo y con el colador, y sin br\u00edo no se consigue la moscada, porque esto es de hombres, como este Guayare, que ahora descuida la pesca y no hace sino mirar y mirar la otra orilla, all\u00e1 donde sudan los hombres de las minas negras, donde se queman las almas de todos sin que se salve una, una solita, para andar como el \u00e1nima sola.<\/p>\n\n\n\n<p>Cani tararea y canta su canci\u00f3n preferida, que tambi\u00e9n es la de todos:<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;Tarara rar\u00e1 rar\u00e1\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>que si com\u00eda la zapoara<\/p>\n\n\n\n<p>le botara la cabeza.<\/p>\n\n\n\n<p>El viejo Curiapo la sondea por debajo de su sombrero de palma, que encaja en su chata frente de caim\u00e1n como alero de choza, bajo cuya sombra las ventanas de sus ojos asoman su malicia de a\u00f1os.<\/p>\n\n\n\n<p>Guayare ya no espera nada de nadie en este lado del r\u00edo, al pie de la ciudad caliente, debajo de los \u00e1rboles que refrescan las horas de col alto, sobre la piedra donde los hombres dicen que \u00abse libran\u00bb cuando consiguen los peces y los llevan a vender colgados en ganchos y en anzuelos. Solamente Cani le acaricia a veces la cabeza tostada, si ella est\u00e1 all\u00ed con m\u00e1s calma y no ha llegado para pedirle unas sardinitas a Turepa. Cuando Turepa se las da la quiere llevar a su rancho. Le dice que \u00e9l pesca por distracci\u00f3n, que all\u00e1 tiene hortalizas y legumbres y un buen pedazo de tierra para trabajar. Pero ella dice que Guayare es todav\u00eda su hombre y que por nadie se ir\u00e1 al otro lado, de donde Guayare y ella vinieron con el traje despedazado y la cabeza atolondrada, como hueca. Ni a ninguna otra parte.<\/p>\n\n\n\n<p>Turepa sabe mirar a la mujer con ardor que le llega en el aire del clima. Sabe que su cuerpo est\u00e1 entero, que tiene en sus brazos el poder de los a\u00f1os. Pone su cara alegre en cada momento en que Cani se arrima a Guayare y \u00e9ste qu\u00e9dase mirando el agua. Turepa lleva en su cabeza una gorra de lino blanco, ladeada como ala de garza que cruza el vuelo. En sus palabras locuaces hay siempre despreocupaci\u00f3n, sonrisa de tiempo sin nubes. Le dice al viejo:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Te doy mi colador por tu tarraya, Curiapo. Ya no puedes con ella.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Te vas a enredar en ella, fachoso.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Guayare no la quiere por dos sardinas, porque el plomo que tiene est\u00e1 hueco.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Hueco tienes el rabo, mono sin rama.<\/p>\n\n\n\n<p>Los otros r\u00eden y la corriente cercana del r\u00edo tambi\u00e9n r\u00ede con sus dientes de espuma brillante. Guayare oye al viejo, mientras apenas trata de sonre\u00edr. Le gusta que hablen. Las palabras le saben mejor que los pescados fritos, que ya no come con gana. Lo que dice Turepa es para \u00e9l un pedazo de vida nueva, pero le entristece la suya propia. Si Cani supiera o\u00edr esa voz con su sangre de hembra rechazada, no estar\u00eda a su lado toc\u00e1ndole la cabeza y mir\u00e1ndole como perrita faldera. Cani es todav\u00eda una sardinita pescada que puede revivir a la orilla del r\u00edo, entre corrientes de sangre. Sabrosa sardinita de aletas cari\u00f1osas y de pecho abridor para romper el agua corriente. Pero le pusieron unos adornos de mujer y en su vestido lleva la muestra del descuido que pone en las palabras. Apenas tiene ya ojos para mirar a los hombres. Se le cierran frente al brillo del r\u00edo, en los d\u00edas abiertos. Ya la mirada se le esconde entre su pelo que siempre le cae sobre la frente con insistencia de ramas espantamoscas.<\/p>\n\n\n\n<p>Guayare ve que el r\u00edo es lento, poderoso, que lleva en sus aguas las sombras de la selva, que se acuesta en \u00e9l la pereza de las nubes cargadas y el sol pleno de las llanuras durante los d\u00edas en que las lluvias no se han descuajado todav\u00eda desde los truenos por las ramazones de los rel\u00e1mpagos. Ve que el r\u00edo se revuelve con el impulso motorizado de algunas lanchas pescadoras o de pasajeros, mientras las curiaras y los bongos chapalean bajo la fuerza de los hombres que recogen las tarrayas pesadas de plomos, con incautos peces enredados en su seno. El r\u00edo es lento y as\u00ed es el hombre Guayare en todas sus horas, en sus movimientos de animal, pegado a su chinchorro y a la playa donde consume ra\u00edces y peces frescos. As\u00ed oye lo que dicen los hombres extra\u00f1os, en palabras conocidas. Voces que ya le han circulado en la sangre, en la vida que se le ha ido en el viento. Los otros hombres han dicho: \u00abEstar\u00e1s all\u00ed todo el tiempo como un puerco en el barro, sin saber nada m\u00e1s que aquello de que formas parte, eso que en la tierra te precipita para lograr de ti un alarido alegre o cargado de miradas tristes\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Los otros hombres, los mineros extra\u00f1os, dicen todas sus palabras raras cuando lo invitan a seguirlos por entre los \u00e1rboles, los pastos y los r\u00edos. Los mineros le dan confianza. Comen de los pescados y de las ra\u00edces de que se alimenta \u00e9l, Guayare solo. Es el hombre de mirar receloso y boca para callar siempre, con el peso de la indiferencia y la atracci\u00f3n de la vida simple. \u00c9l, Guayare solo, dice que no. Alza la mano y se\u00f1ala las nubes cargadas. Luego tiende el \u00edndice hacia el r\u00edo. Dice que su rancho de paja espera verse cubierto hasta el mismo techo, cuando lleguen las lluvias pesadas. \u00c9l, entonces, ir\u00e1 m\u00e1s arriba, hacia las colinas verdes donde animales cimarrones se ocultan entre las matas. Esperar\u00e1 all\u00ed hasta que el r\u00edo baje y en el cauce vea otra vez las piedras donde la planta humana no se moja en los d\u00edas de sequ\u00eda y las manos h\u00e1biles se preparan de nuevo para la pesca en la pr\u00f3xima subida de las aguas.<\/p>\n\n\n\n<p>Guayare es como un buey cansado que se para debajo de un \u00e1rbol. Sin ser viejo lleva en su espalda un invisible bulto de a\u00f1os. Su rostro suda ahora con la facilidad de un espejo arrimado al calor del agua hirviente. \u00c9l mismo no comprende por qu\u00e9 en su rostro y en sus manos se estira la piel oscura, y en ella hace surcos el sol del verano. Vive, sin duda, atormentado por el escozor que le produce su pasada vida bamboleada, sin propon\u00e9rselo. Cani lo mira y \u00e9l reh\u00faye la insistencia de ese querer andar ajeno sobre las preocupaciones de su vida. No lleva en su cabeza sino un trozo de tela pintada, que se amarra a la nuca como cualquier lavandera de las entrantes del r\u00edo. Es \u00e9se su plumaje de hombre tribal, maduro ya de los golpes y ahora anclado en un rinc\u00f3n casi miserable de su vida. All\u00ed est\u00e1n todos para verle su figura de mono mejorado por el cruce de la sangre entre los ardores h\u00famedos de la selva. Es lo \u00fanico que le queda para mostrar: su torso de brillante piel cobriza y su pelo liso recogido por la tela de pintas, chorreado en las sienes como peque\u00f1as hiedras sobre cualquier palo de caoba.<\/p>\n\n\n\n<p>No ir\u00eda con los otros hombres a lugares distantes. El cielo, la tierra, el agua, los animales, la hierba, su mundo de peque\u00f1as cosas y de emociones por actos sin complicaciones, vinieron desde muy lejos hasta \u00e9l. O acaso \u00e9l, Guayare s\u00f3lo, hombre de s\u00ed mismo, fu\u00e9 hasta esas cosas, hacia sus cosas, para ver el tiempo a su manera, para pedir al viento sus orientaciones y sus deseos de peque\u00f1a bestia.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00c9l sabe por qu\u00e9 est\u00e1 all\u00ed y por qu\u00e9 no se ir\u00e1 de ese lugar suyo. Si lo hace, ser\u00e1 hacia la espalda, por entre los \u00e1rboles gigantes. No es por Cani, que ya debe ser de Turepa, si ella quiere. A \u00e9l no le importa. Los mineros querr\u00e1n llev\u00e1rsela tambi\u00e9n, otra vez, si pueden, junto a los hombres j\u00f3venes que los siguen, que son sangre de la tierra. \u00c9l no, no se ir\u00e1 por las sabanas ardidas, por los claros selv\u00e1ticos, por los caminos del ganado, hasta donde se achicharran las almas en aceite negro hirviente.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00c9l sabe por qu\u00e9. Hab\u00eda mucho trabajo sobre la tierra distinta. \u00c9l trabaj\u00f3 duro, con esfuerzo de su sangre que enlazaba lentas serpientes en su cuerpo y enredaba las horas en los \u00e1rboles frondosos. Pero all\u00ed encontr\u00f3 a Cani. Sus horas se aclararon para despertar las serpientes de su sangre y seguir el agitado movimiento de los hombres que le mandaron a trabajar. \u00abTienes el color de cobre de mi piel y ninguno de esos hombres te har\u00e1 la vida como la quieres, porque son compradores y vendedores de riquezas\u00bb. La mujer oy\u00f3 las palabras y las entendi\u00f3, lo mismo que entend\u00eda las que le dec\u00eda el viento entre los \u00e1rboles. Ella vino tambi\u00e9n de las ra\u00edces de la selva. Aqu\u00ed los hombres deseaban sus senos de merey pint\u00f3n, sus formas de colina parda, moldeada por el agua y el viento.<\/p>\n\n\n\n<p>Ella tambi\u00e9n pod\u00eda decir: \u00abMe hacen gozar como una cierva suelta en el claro del bosque, cerca del r\u00edo, entre la hierba\u00bb. Guayare escuch\u00f3 el rumor de la garganta de Cani, que sal\u00eda con aliento de su propio mundo, que saltaba en la boca de gruesos labios h\u00famedos, como un arroyo despe\u00f1ado. La llev\u00f3 a su rancho, en el campo de trabajo. All\u00ed la puso a lavar ropas grasientas y a cocinar para los dos. Por las noches cuidaba sus miradas de gata que re\u00eda entre las complacencias del sexo. Para distinguirse entre las exigencias de la tierra extra\u00f1a no llevaban sino los perfiles de sus rostros, el color que el sol iba oscureciendo m\u00e1s en los d\u00edas de trabajo. En la choza de techo pajizo cruz\u00e1banse sus ojos y anud\u00e1banse sus manos, para vestir la vida con los adornos que su sangre encontrada reviv\u00eda en las mejores horas de goce elemental.<\/p>\n\n\n\n<p>Aquellos hombres eran de esos que rondan detr\u00e1s de los trabajadores por la orilla del r\u00edo. Le hab\u00edan dicho esas palabras, que ahora le llegan en las hojas ca\u00eddas, bajo el viento de la lluvia que se acerca: \u00abEstar\u00e1s all\u00ed todo el tiempo, como un puerco en el barro, sin saber nada m\u00e1s que aquello de que formas parte, eso que en la tierra te precipita para lograr de ti un alarido alegre o cargado de miradas tristes\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00c9l era un hombre para algo m\u00e1s. Le descubrieron la fuerza para la pelea bruta con otros hombres. Le hicieron fiera, entre los hombres.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Eso era as\u00ed, Curiapo.<\/p>\n\n\n\n<p>El viejo oye y echa sus palabras en el r\u00edo:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014As\u00ed es, Guayare.<\/p>\n\n\n\n<p>Ahora se lo dicen entre s\u00ed, como en secreto. Eso es la fuerza de los pu\u00f1os, el brillo de los metales convertidos en monedas. La fuerza suya, la de \u00e9l, domesticada por los hombres, salt\u00f3 en la lona con br\u00edos instintivos y alcanz\u00f3 la habilidad de las bestias civilizadas. En las peleas agitaba su cabeza con lentitud, sin arrogancia, porque a \u00e9l no le agradaba el nombre deportivo que le sobrepusieron a su nombre. Le llamaron El Terror de la Selva. Los hombres gritaban, en algarada feroz, cada vez que sus manos aporreaban la cabeza, el pecho, el rostro, los costados de los otros peleadores que como \u00e9l sub\u00edan a las lonas en cuadril\u00e1tero para despertar el \u00e1nimo adormecido en los campamentos de trabajo. Sus pu\u00f1os dejaron hondas huellas en los rostros de sus contendores. \u00c9l, Guayar\u00e9 a secas, el terror de la selva para los espectadores, cay\u00f3 tambi\u00e9n un d\u00eda entre la furia de los gritos. En ese momento su mundo se hizo m\u00e1s oscuro, volvi\u00f3 a las tinieblas de su origen. Su cabeza le qued\u00f3 despu\u00e9s como hueca, mareada. Ya no volvi\u00f3 a ser el gu\u00eda de sus pasos, su vida simple.<\/p>\n\n\n\n<p>Mira a Cani, ahora, y no comprende por qu\u00e9 ella ha vuelto hasta \u00e9l. All\u00e1 se qued\u00f3, como ciega, hueca como \u00e9l, entre la fuerza de los pu\u00f1os y el brillo de los metales. Seguramente la golpearon como a \u00e9l, despu\u00e9s, cuando ya sus formas frescas fueron tomando la escualidez de los jardines sin abono. \u00c9l la mira y sus ojos se pierden, como all\u00e1, entre los remolinos de la corriente del r\u00edo. Busca en el agua el t\u00e9rmino de la luz, el comienzo de la sombra, eso que para s\u00ed mismo est\u00e1 oculto en la sangre que lo mueve sobre la tierra. No respetaron su condici\u00f3n de hombre. Le miraron la piel, el rostro triste, la voz t\u00edmida. Cani era alegre, con esa risa que busca salirse por las ventanas para correr por todas partes y ofrecer la felicidad. Por ella lo miraban a \u00e9l con la codicia del dinero. \u00c9l no lo ten\u00eda en abundancia, como los otros. Las miradas de los otros eran para \u00e9l como un brillo de monedas robadas. Entre su niebla de fracaso pidi\u00f3 a Cani lo que pod\u00eda pedir: la tierra suya, bajo los \u00e1rboles, entre los peces, era la delicia del mundo, el bien de la caricia sin metales. Pero ella era alegre, juguetona, como las novillas de la sabana. La enlazaron para llevarla a corralejas de lujo. En cada oreja luc\u00eda pendientes en que brillan las culpas. Cada brazo se at\u00f3 con metales que llevan a rincones infestos, prisiones de la luz. Eso era natural. El cuerpo de Cani mostraba las formas de la belleza desnuda. La ve\u00edan desde el mundo que no se acostumbra sino entre adornos donde la fealdad cubre lo hermoso, lo creado para el libre andar entre los deseos. Cani no oy\u00f3 las palabras que \u00e9l, Guayare, hombre golpeado, dijo como respuesta a los dem\u00e1s hombres que lo hab\u00edan invitado a irse por los caminos de la tierra.<\/p>\n\n\n\n<p>El tiempo torn\u00f3se fatigante. \u00c9l, hombre simple, qued\u00f3 en la soledad que lo puso en camino hacia la vida suya, de nuevo, con los ojos tristes para mirar el agua, para seguir el c\u00e9sped que viaja suavemente, para se\u00f1alar las peque\u00f1as naves dirigidas por las manos del viento.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Aquello era as\u00ed, Curiapo \u2014torna decir, como entre furiosa multitud que grita.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Es as\u00ed, Guayare \u2014sigue el viejo, como haciendo eco a las palabras sueltas.<\/p>\n\n\n\n<p>Todo eso lo sabe el viejo de chata frente de caim\u00e1n. Antes que Guayare fu\u00e9 \u00e9l, antes que \u00e9l otros hombres supieron de la tierra perforada, de la vegetaci\u00f3n enmudecida, de la furia humana desbocada.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014No s\u00e9 por qu\u00e9 me duele el cuerpo cuando el viento se cuela por mi camisa.<\/p>\n\n\n\n<p>El viejo sabe responder para calmar el \u00e1nimo despe\u00f1ado:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Eso no es dolor, son presentimientos, Guayare.<\/p>\n\n\n\n<p>Aquello es as\u00ed. \u00c9l lo sabe y piensa que Turepa podr\u00eda ver cualquier d\u00eda esa vida y echar a rodar la sangre por la tierra chamuscada. Pero \u00e9ste no lo har\u00e1, seguro. Turepa se quedar\u00e1 en su mancha de plantas comestibles, junto a su rancho. Tendr\u00e1 hijos. Esto le da envidia, pero podr\u00e1 ser as\u00ed, con Cani. Ellos ver\u00e1n venir la nube cargada y rezar\u00e1n con palabras sencillas. Cani es buena mujer. Ya \u00e9l, Guayare solo, no estar\u00e1 aqu\u00ed, junto al r\u00edo. Ir\u00e1 tras su mirada, como vino, hacia s\u00ed mismo. En el agua deslizase el color de la tierra, que ya no es sino el trapo enjuagado de la suerte. Aquello es as\u00ed, como una nueva selva donde los hombres saben mirar monstruos tra\u00eddos de la tierra distante. All\u00ed, para verse vencedor, el hombre se acostumbra a pasar entre gansos negros, de cuello que sube y baja, de cola de candela que infesta de humos gaseosos el aire, gansos para extraer interminables lombrices negras, todo el tiempo. Eso es el ancho campo del otro lado del r\u00edo, donde la tierra suda un denso sudor oscuro. Guayare solo, hombre, est\u00e1 ahora con la mirada sumergida en la entra\u00f1a del r\u00edo. El agua es un reflejo de innumerables mechuzos humeantes, infestos. Curiapo la mira y teme, porque sabe de eso. Los mechuzos ya son para \u00e9l incendio de cosas olvidadas. Para Guayare hay una sola humareda que viene desde su sangre y encuentra la sabana reseca, el campo de gansos con la cola de candela. Y despu\u00e9s, con pasi\u00f3n palpitante, el toro que rompi\u00f3 la corriente del r\u00edo para seguir el rumbo de sus ojos ciegos hasta la cimarronera donde ahora muge con libertad de bestia sagrada.<\/p>\n\n\n\n<p>Guayare busc\u00f3 el camino para volver. La manada de ganado vino, tras la madrina, y \u00e9l detr\u00e1s, como piedra que rueda. La punta de ganado lo arrastr\u00f3 hacia la ciudad caliente, desde el otro lado del r\u00edo ancho y turbio que lleva c\u00e9spedes como bongos y se engruesa con la tierra buena de las monta\u00f1as. Sigui\u00f3 detr\u00e1s de las pintas, de las bo\u00f1igas, sobre el barro revuelto por las pezu\u00f1as despeadas. \u00c9l sab\u00eda por qu\u00e9. Segu\u00eda al ganado, como pe\u00f3n. Sus pies mov\u00edan pasos de regreso a su gusto, sin comodidad, pero tambi\u00e9n segu\u00edan un rumbo destinado. \u00c9l era, se lo dijeron all\u00e1, un hombre de la selva, donde se da el oro como el pasto y los hombres llevan cobre en la piel. El camino de regreso era distancia para meterse en s\u00ed mismo, con andar despacioso sobre su propia vida. Las ra\u00edces de su sangre hab\u00edan levantado la frente de muchas ramas para adorar soles y lunas. Fueron tambi\u00e9n brazos para cazar, para buscar la pesca en los r\u00edos gigantes. Sali\u00f3, as\u00ed, del misterio, entre danzas que incendiaban de lujuria la selva, en guerras que desconoc\u00edan la extensi\u00f3n de los caminos. Era un mundo suyo, aquel mundo de sus ra\u00edces humanas.<\/p>\n\n\n\n<p>La punta de ganado vino hacia el r\u00edo, por el camino embarrado. \u00c9l se puso a la zaga, con el canto en los labios nost\u00e1lgicos.<\/p>\n\n\n\n<p>Novillito, novilliiiiiiiito.<\/p>\n\n\n\n<p>Otro hombre silbaba en la manada delantera. En la segunda, en la punta siguiente, Curiapo caminaba cansado, con los a\u00f1os sobre los hombros. En la \u00faltima, la suya, se distingu\u00eda el andar instintivo del toro ciego que levantaba el hocico para oler el rumbo en el viento. \u00c9l puso sus sentidos y su cari\u00f1o en el animal. Su cari\u00f1o estaba hu\u00e9rfano. Aquel animal ciego iba delante de su vida, entre las sombras, hacia el matadero, por la muerte.<\/p>\n\n\n\n<p>La chalana qued\u00f3 repleta con el primer lote de animales. Luego vino la segunda. Atr\u00e1s esper\u00f3 la tercera, donde \u00e9l cuid\u00f3 de hacer entrar en el embarque al toro ciego que segu\u00eda a la madrina. Sub\u00edan el r\u00edo contra la corriente poderosa, hacia la mata que gu\u00eda las embarcaciones. Sub\u00edan, pesadamente. El peso dobleg\u00f3 la chalana y los animales se deslizaron en el agua del gran r\u00edo, despu\u00e9s de cruzar la corriente donde las embarcaciones cambian el rumbo hacia la ciudad. Un bote lo recogi\u00f3 a \u00e9l, otro a los conductores de la m\u00e1quina. Desde el bote \u00e9l miraba el testuz del toro ciego, como a un tronco a la deriva. El toro pon\u00eda sus ojos sin mirada en direcci\u00f3n opuesta a la de sus compa\u00f1eros. Desde el bote, afanoso, \u00e9l cant\u00f3 sus palabras que eran como nuevo cari\u00f1o:<\/p>\n\n\n\n<p>Novillito, novilliiiiiiiito.<\/p>\n\n\n\n<p>El toro parec\u00eda sordo, adem\u00e1s. La corriente lo fu\u00e9 empujando como a un trozo de c\u00e9sped con cornamenta, pintado de puntos blancos. Sus grandes ojos sin luz gui\u00e1banse otra vez por el olfato, por el hocico levantado en proa hacia la orilla de donde hab\u00eda partido. La corriente dominaba sus esfuerzos que buscaban la orilla. Llevaba el empe\u00f1o de volver por sus caminos, hacia su querencia. Las huellas lejanas le ol\u00edan a la cimarronera de sus a\u00f1os de ternero arisco, donde en pelea brava con otro ternero perdi\u00f3 los ojos que sab\u00edan ver el color brillante de las novillas para saltar sobre ellas y hacerlas suyas bajo el viento c\u00e1lido de la llanura, entre las lluvias pesadas y los soles que desti\u00f1en la piel pintada de las cr\u00edas correlonas. Alcanz\u00f3 la orilla y por all\u00ed se fu\u00e9, escondi\u00e9ndose de las miradas que buscaban enlazarlo. Le descuartizar\u00edan y le vender\u00edan en cecina. Cruz\u00f3 las matas, una tras otra, hasta hacerse otra vez se\u00f1or de la cimarronera donde sabr\u00eda querer a las novillas y a las terneras v\u00edrgenes.<\/p>\n\n\n\n<p>La voz del hombre, ahora, se alza y dice:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Curiapo, all\u00e1 est\u00e1 el toro, lo veo all\u00e1 en la nube. Aqu\u00ed el agua me dice que est\u00e1 contento.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Deje ese bicho endemoniado, Guayare, le va a embestir en un descuido.<\/p>\n\n\n\n<p>Las palabras del viejo no le sirven para sacarlo de la nube en que vive, del agua que lo adormece. All\u00e1, para \u00e9l, est\u00e1 el toro ciego. All\u00e1 lo ve ahora, lo distingue en sus pintas blancas, lo mira desde la piedra, que es roca de siglos. Desde aqu\u00ed, donde alguna vez le conquistaron, en el comienzo, en los primeros d\u00edas cuando la vestimenta de los hombres apenas cubr\u00eda las partes pudibundas del cuerpo cobrizo, lo ve y le silba. Los conquistadores se dieron el gusto de ponerle encima el yugo del dinero. Ahora no. Aqu\u00ed, con Cani, que ha venido por el r\u00edo, que se ha pegado a sus manos y ya no le importa que sea suya, vive su vida. Cani es un poco tonta y dice que lo quiere. Con ella ve correr el r\u00edo y pesca para comer. \u00c9l ya no sabe pensar, sino mirar. En la mirada lleva la luz de su destino. Escoger el camino del regreso para ser el due\u00f1o de su manada de horas, de las que le quedan para vivir en tranquila compa\u00f1\u00eda de la tierra suya, es su canto de amanecer. No quiere que le dominen las cosas que le rodean. Le arrastrar\u00edan como el viento a las nubes, hacia el v\u00e9rtigo que le atormenta. All\u00e1 est\u00e1 la nube negra, donde el toro ciego muge en el trueno y levanta sus cuernos en los rel\u00e1mpagos.<\/p>\n\n\n\n<p>Los otros hombres, Turepa entre ellos, se han ido ya a los ranchos. Curiapo no. Este es viejo y est\u00e1 intranquilo por la mirada encendida de Guayare, que es una laguna de misterios. Cani espera que Guayare recoja su tarraya y su colador y vaya al rancho a echarse junto a ella. Guayare la mira y le dice que vaya al rancho y haga la comida. Cani se aleja y otra vez tararea y canta:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2026 que si com\u00eda la zapoara le botara la cabeza\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>A Guayare, hombre solo, no le importa ya que ella llegue primero al rancho de Turepa, si quiere. Turepa es hombre para trabajar en la tierra. Cani podr\u00eda quedarse all\u00e1. A \u00e9l, ahora, le gusta mirar la nube oscura montada en el viento de la otra orilla. Sale la nube desde la tierra llana y se eleva para cruzar el r\u00edo. Cruzar\u00e1 los caminos, caer\u00e1 en brava embestida sobre la vegetaci\u00f3n sedienta y sobre los animales insolados. All\u00e1 aparece, en ella, el toro de cuernos iluminados. Los alza hasta el cielo en breves salidas de su mata cimarronera. Se asoman los cuernos una y otra vez. El toro muge enfurecido desde la nube que ha de regar la tierra.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Es \u00e9l, Curiapo, m\u00edrele los cachos y oiga como brama para llamar a sus novillas desgaritadas.<\/p>\n\n\n\n<p>El viejo no comprende. Guayare lo dice y mira el agua de la corriente con insistencia endemoniada. Cree que todav\u00eda es posible enredar algo, alg\u00fan pez retrasado, en la peque\u00f1a red redonda. La tira con furia y dice a Curiapo que as\u00ed, como \u00e9l, no lo hace nadie, ni Turepa. Turepa estar\u00e1 acaso con Cani. No sabe bien si le importa ya. Pero la furia le enlaza con las aguas del r\u00edo. El viejo Curiapo mira la habilidad de Guayare. El viejo est\u00e1 intranquilo, como si el r\u00edo comenzara a tirarle de los pies. Guayare mira el agua con ojos perdidos entre la nube donde los cuernos luminosos, ramazones de los rel\u00e1mpagos, se entrecruzan veloces. Muge de nuevo el lejano trueno de la llanura. El hombre aqu\u00ed, junto al r\u00edo, s\u00f3lo ve ahora, en su oscura tarde lluviosa, un trozo de c\u00e9sped rojo desmembrado entre la corriente que rebulle en la orilla pedregosa. All\u00ed hay peces y corrientes que le electrizan el cuerpo, que le invitan a ver la piedra sumergida en el fondo del agua terrosa. Nadie m\u00e1s, \u00e9l s\u00f3lo, sabe que sus ra\u00edces tienen contacto con las ra\u00edces de la roca dormida, echada all\u00ed desde la edad misteriosa de su sangre.<\/p>\n\n\n\n<p>Resbalar hacia la muerte ser\u00eda mostrar el brillo de un rel\u00e1mpago en los ojos que saltan desde un rostro hacia una nube cargada de lluvia generosa. Pero la muerte, para Guayare, ser\u00eda otra vez el principio, la invitaci\u00f3n del r\u00edo a buscar las cosas ignoradas. \u00c9l ahora quiere irse por las huellas h\u00famedas donde las ramas hablan con el viento de las tormentas. Extiende la red sobre la roca y no dice palabras innecesarias. Se aleja sin hablar. Son pasos hacia la ausencia total, lejos del r\u00edo y de la roca, hacia la sombr\u00eda existencia elemental. Son casi saltos. Lleva una mirada en la que renace el mundo suyo. El mundo iluminado de sus impulsos casi bestiales. Silbar\u00e1 y vendr\u00e1n las aves a comer en su pa\u00f1uelo. Por all\u00e1, a la vuelta de un \u00e1rbol gigantesco, encontrar\u00e1 el rastro perdido. Dominar\u00e1 al jaguar con sus manos, hasta rendirlo. No mira atr\u00e1s. El viejo Curiapo le ver\u00eda los ojos encendidos, como de sol detenido en la lluvia que refresca las hojas del \u00e1rbol de su rancho. Sus ojos de amargura brillan con la luz at\u00e1vica del misterio.<\/p>\n\n\n\n<p>El tambor pardo del r\u00edo resuena ahora bajo innumerables golpes que se confunden en el ondeaje primitivo de un sonido grave y lento: Ton. Ton. Ton. Ton. Ton.<\/p>\n\n\n\n<p>Llueve.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/arturo-croce\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Extra\u00f1a compa\u00f1\u00eda AIirio se dice, un poco aturdido, que \u00e9l no ha pensado, por primera ocasi\u00f3n, dos veces para enviar la carta apresurada, escrita en el terminal. 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