{"id":14932,"date":"2025-02-01T15:37:03","date_gmt":"2025-02-01T20:07:03","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=14932"},"modified":"2025-02-01T15:37:03","modified_gmt":"2025-02-01T20:07:03","slug":"la-puntada","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/la-puntada\/","title":{"rendered":"La puntada"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Joaqu\u00edn Gonz\u00e1lez Eiris<\/h4>\n\n\n\n<p><strong>1<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Urbana despert\u00f3 cuando la noche, todav\u00eda en plenitud, se volcaba sobre el empobrecido caser\u00edo de Caricual y la compacta oscuridad desdibujaba el tosco perfil de las humildes viviendas, amenguaba el tupido verdor de los \u00e1rboles y envolv\u00eda los anchos y pelados corrales campesinos donde enmudec\u00edan los gallos decapitados por el cerrado abanico del ala que arropaba sus curvados pescuezos.<\/p>\n\n\n\n<p>Apenas los ojos de la mujer flotaron en el denso lago sombr\u00edo del cuarto, advirti\u00f3 que Juvenal no dorm\u00eda. Un leve ruido intermitente, familiar a sus o\u00eddos, crec\u00eda en el aposento contiguo al suyo: el crujir del chinchorro en cuya profundidad el pesado cuerpo del hombre aminoraba el agobiante calor de las siestas y se hund\u00eda, al apagarse la tarde, en el abismo sin fondo del sue\u00f1o.<\/p>\n\n\n\n<p>A Urbana le pareci\u00f3 cada vez m\u00e1s acelerado el movimiento del chinchorro y el acento que levantaba lo compar\u00f3 con las violentas rasgaduras de un vestido almidonado. Le resultaba bastante extra\u00f1a la vigilia del hombre. \u00bfDesvelado a esas horas? \u00bfCu\u00e1ndo siempre despu\u00e9s de cenar ca\u00eda en el colgante lecho para no despertar m\u00e1s hasta el otro d\u00eda?<\/p>\n\n\n\n<p>Indag\u00f3 con voz ruda, aunque no exenta de cari\u00f1o:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfQu\u00e9 fu\u00e9, Juvenal?<\/p>\n\n\n\n<p>Por toda respuesta el hombre emiti\u00f3 un d\u00e9bil quejido acompa\u00f1ado de d\u00e9bil interjecci\u00f3n:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Ay!\u2026 \u00a1Car\u00e1\u2026!<\/p>\n\n\n\n<p>Entonces la mujer inquiri\u00f3 de nuevo, con entonaci\u00f3n casi maternal:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfTienes algo, mijo? \u00bfEs que no puedes dormir? Verda\u00edta que la calor es mucha. \u00bfO es que te molesta la plaga?<\/p>\n\n\n\n<p>Hizo la \u00faltima pregunta porque ella sent\u00eda en torno a su cabeza la afilada orquestaci\u00f3n de los zancudos y supon\u00eda que el compa\u00f1ero no lograba conciliar el reposo por la misma causa. Experiment\u00f3 molestia al ver que el hombre no atend\u00eda a sus palabras y ensart\u00f3 un duro reproche.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Contesta, malcriado! \u00bfSe te acab\u00f3 la lengua? \u00a1Di lo que tienes!<\/p>\n\n\n\n<p>En el apretado silencio la voz de Juvenal abri\u00f3 un surco de tenue claridad, como si rompiera las espesas sombras:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014No quer\u00eda decirte nada \u00bfsabes? Pero desde enantico tengo una cosa muy maluca. Siento una puntada, aqu\u00ed\u2026 aqu\u00ed\u2026 Hablaba con lentitud y la mujer reconstru\u00eda mentalmente si ve\u00eda un dedo nudoso y oscuro, como tronco de ra\u00edz, se\u00f1alando un lugar del cuerpo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfD\u00f3nde es aqu\u00ed, chico? \u00a1Anda! \u00a1Cuenta ligero! Para levantarme y prepararte cualquier cosa.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Aqu\u00ed\u2026 en todita la boca del est\u00f3mago.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfCerca del maruto, entonces?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Umj\u00fa. \u2014Ella o\u00eda como si \u00e9l pujara\u2014. Y es igualito a un mordisco. \u00a1C\u00f3nfiro!<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfQu\u00e9 ser\u00e1 eso?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Si yo supiera\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014A lo mejor es un viento atravesado. Te puedo cocinar un guarapo de ruda. \u00bfQuieres?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014En todav\u00eda no, mija. Yo creo que esto me pasa solo. Descansa tranquila.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014El que debes descansar eres t\u00fa \u2014dijo la mujer en tono de advertencia, mientras su mirada pretend\u00eda localizar la hora en la oscuridad del aposento. As\u00ed la adivinaba siempre: por las aristas de luz que ya en la madrugada comenzaban a filtrarse al trav\u00e9s de las hendijas del techo de palmas\u2014. Recuerda que tempranito te aguardan donde Justo Mari\u00f1o, el de Loma Amarilla y tambi\u00e9n Tob\u00edas Millo, el que arrend\u00f3 los conucos de Santoalegre.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Umj\u00fa.<\/p>\n\n\n\n<p>Urbana lo incitaba a dormir record\u00e1ndole las obligaciones. Por eso avivaba la conversaci\u00f3n. Cre\u00eda que el sue\u00f1o, a modo de sedante, le har\u00eda desaparecer la puntada y amanecer\u00eda bien del todo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Oye\u2026 y Tob\u00edas debe estar malo. El muchacho que vino de su parte, te esper\u00f3 toda la tarde, hasta que se acab\u00f3 la solana. Se fu\u00e9 aimismito antes de tu llegar. Esa demora quiere decir mucho.<\/p>\n\n\n\n<p>Juvenal nada respondi\u00f3. Y el par\u00e9ntesis de silencio iniciado se fu\u00e9 ensanchando, para ella hasta los linderos de la meditaci\u00f3n sobre el extra\u00f1o dolor del marido y para \u00e9l m\u00e1s all\u00e1 de las orillas de una naciente preocupaci\u00f3n, porque la tenacidad de aquel mordisco no le dejaba respirar.<\/p>\n\n\n\n<p>La mujer continuaba recogiendo el eco del chinchorro en su inalterable vaiv\u00e9n. Escuchaba a lo largo del negro vac\u00edo que se interpon\u00eda entre el cuerpo del compa\u00f1ero y el suyo, el r\u00edtmico rezongo de las tensas cabulleras y, al mismo tiempo, el irritante roce de los nudos del mecate en las argollas empotradas en la pared y cuyos monocordes ris-ras afectaban el opaco ronquido de un asm\u00e1tico. A veces los confund\u00eda con el resuello del hombre, respiraci\u00f3n desigual, entrecortada, angustiosa, como la de un animal fatigado.<\/p>\n\n\n\n<p>Ya hab\u00edan transcurrido minutos sin canjearse palabras. Al fin ella not\u00f3 que el ruido se iba apagando lentamente, se desdibujaba en las sombras, se debilitaba a modo del is\u00f3crono latir del coraz\u00f3n de un moribundo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ya se est\u00e1 rindiendo. \u00a1Gracias a Dios! \u2014pens\u00f3 Urbana\u2014. Y se sinti\u00f3 envuelta en la misma ancha mudez que afuera ten\u00eda el campo en reposo.<\/p>\n\n\n\n<p>A esa hora todav\u00eda el silencio bostezaba hacia el horizonte. Caminaba m\u00e1s all\u00e1 de las c\u00e1lidas tinieblas que borraban las formas del campo, con sus veredas reptantes, con sus tierras sembrad\u00edas, con sus r\u00fasticas viviendas destartaladas, construidas sobre horcones que manten\u00edan firmes las paredes y los techos de livianas palmas amasadas con barro. S\u00f3lo a instantes leves signos de vida delataban el mundo exterior: el suave batir del viento contra las ramas de los \u00e1rboles o al peinar, en ligeros estremecimientos rumorosos, la ocre y desgre\u00f1ada cabellera de los maizales de apretadas mazorcas ya endurecidas; el concierto ininterrumpido de las ramas en las remotas lagunas o en los charcos dejados por el invierno; el acento crom\u00e1tico de los grillos remedando el apagado sonido de un reloj despertador.<\/p>\n\n\n\n<p>Urbana comenz\u00f3 a sentir una laxitud que le sub\u00eda desde los desnudos pies, buscando el refugio de los p\u00e1rpados, hasta que el sue\u00f1o la arrastr\u00f3 suavemente a la grata deriva de la inconsciencia.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>2<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Regres\u00f3 a la realidad cuando el aposento recog\u00eda, a\u00fan no madura, la claridad de la madrugada y el altanero di\u00e1logo de los gallos abr\u00eda agudos caminos en la distancia y las cosas recuperaban sus vivos contornos.<\/p>\n\n\n\n<p>Urbana se dirigi\u00f3 al cuarto de Juvenal. Encontr\u00f3 a \u00e9ste incorporado en el chinchorro. Estaba demacrado, jipato y sus pupilas vagaban por las paredes y rincones del aposento como en la persecuci\u00f3n de objetos perdidos. Sus pies, grandes y deformes, con abultados juanetes y chatos dedos que parec\u00edan batracios, balance\u00e1banse inquietos, sin tocar el suelo, piso de cuya tierra ascend\u00eda un fuerte vaho mohoso, un acre olor de humedad por la constante ausencia de sol.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfEn todav\u00eda te sientes mal? \u2014pregunt\u00f3 con disimulada inquietud la mujer, viendo el deplorable aspecto del compa\u00f1ero.<\/p>\n\n\n\n<p>Casi no pod\u00eda pronunciar palabra, pero haciendo un pesado movimiento para enderezar el busto y mirar mejor la cara de Urbana, habl\u00f3 como si se hallara distante. Su voz se quebraba en pausas de asfixia y era d\u00e9bil como un balbuceo de ni\u00f1o. Parec\u00eda hebra de hilo que fuera a romperse:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Peor. Antes era un apenitas y ahora la siento como\u2026 como\u2026 \u2014buscaba una comparaci\u00f3n capaz de dar una exacta idea de la intensidad del dolor\u2014 como\u2026 una pu\u00f1alada.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfNo ser\u00e1 que ayer cuando fuiste al pueblo comiste algo y te hizo da\u00f1o? Pon memoria. \u00bfBebiste?<\/p>\n\n\n\n<p>Juvenal movi\u00f3 la cabeza, con indecisa pesantez, en se\u00f1al de asentimiento.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Hum! Ya lo sab\u00eda \u2014coment\u00f3 con desagrado la mujer\u2014 y cualquiera averigua con qui\u00e9n bebiste y lo que beber\u00edas. Seguro que tomaste uno de esos amargos preparados con pepas y yerbas. \u00a1Las porquer\u00edas de siempre! \u00a1Ah hombre \u00e9ste! No se convence de que le hace da\u00f1o y de que no todos son sus amigos. Nunca me olvido de aquella arrojadera que se te peg\u00f3 por eso mismo, al d\u00eda siguiente de andar emparrandado con el Tadeo Mujica. A m\u00ed nadie me quita una idea\u2026 \u00a1y t\u00fa sabes cu\u00e1l es! Eso de que t\u00fa seas el pa\u00f1o de l\u00e1grimas, la salvaci\u00f3n de casi todas las gentes de este lugar, muchos no te lo perdonan.<\/p>\n\n\n\n<p>El tono de agria reconvenci\u00f3n exasperaba los nervios del hombre, pero no se atrev\u00eda a protestar temeroso de que le arreciara el dolor. Ella siempre era as\u00ed, le censuraba sus compa\u00f1\u00edas en la calle y siempre, tambi\u00e9n, le hab\u00eda reservado a Mujica un odio inextinguible. Hab\u00eda algo que no le perdonaba y para justificar la tirria que le ten\u00eda, cierta vez su aguda suspicacia de campesina concibi\u00f3 una tremenda infamia. Juvenal no le hac\u00eda caso. Conoc\u00eda bien a Urbana. S\u00f3lo le hab\u00eda molestado ahora durante la inoportuna rel\u00e1fica el uso de la palabra \u00abyerbas\u00bb. Al escucharla experiment\u00f3 ligera desaz\u00f3n, como si se le enrostrara un delito de complicidad. \u00c9l viv\u00eda de las yerbas, las buscaba en el monte, las recetaba, las utilizaba en la preparaci\u00f3n de bebedizos, pretend\u00eda hacer curaciones con ellas. Y si era por las personas con quienes el d\u00eda anterior estuvo toda la tarde en la pulper\u00eda del tu\u00f1eco Guti\u00e9rrez, ning\u00fan Tadeo capaz de malograrle se hab\u00eda acercado al mostrador del negocio.<\/p>\n\n\n\n<p>Juvenal hubiera podido explicarle todo esto a la mujer, pero carec\u00eda de \u00e1nimo suficiente para engranar relatos.<\/p>\n\n\n\n<p>Ante el mutismo del hombre, reconoci\u00e9ndose dura en aquellos instantes, cuando el sufrimiento la aniquilaba, Urbana insinu\u00f3 con frase cari\u00f1osa:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Bueno, mijito, estamos perdiendo el tiempo. \u00bfTe preparo algo? Un guarapito de manzanilla no te caer\u00eda mal. Tambi\u00e9n podr\u00edas ponerte ah\u00ed varios empl\u00e1sticos de linaza. O rec\u00e9tate t\u00fa mismo. El que puede caminar no necesita que lo lleven arrebiatado. \u00bfEntonces para qu\u00e9 sabes de remedios?<\/p>\n\n\n\n<p>\u00c9l la mir\u00f3 con acentuada tristeza, como si en el rostro de ella se retratara su propia conciencia. Y respondi\u00f3 vencido por el asedio de la mujer:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Nada de eso me arranca esta puntada. Cuando me arrecia es un dolor del otro mundo. Estoy seguro que me va a matar. Lo siento como si adentro me apretaran un nudo y ya fuera a romperse. Mejor ser\u00eda que me hicieras un favor. \u00a1Ay, mi madre! \u00bfNo ves? Ya me volvi\u00f3.<\/p>\n\n\n\n<p>Ella trataba de insuflarle \u00e1nimo, mientras \u00e9l reprim\u00eda gritos de desahogos y llev\u00e1base ambas manos al abdomen:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Chico, no seas tan zoquete! \u00a1Qu\u00e9 matar ni matar! Todos los dolores en la barriga son as\u00ed, muy lidiosos. \u00a1Deja ese matar de mis tormentos! Parece mentira que un hombre como t\u00fa, tan completo y tan acostumbrado a ver enfermos y gente boqueando, te pongas chiquitico por una pazguatada. \u00a1D\u00edme el favor! \u00bfQu\u00e9 es lo que quieres?<\/p>\n\n\n\n<p>Acezaba como un perro agonizante y repuso:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014El favor es\u2026 ponte en un saltico donde el compadre\u2026 Hilario Redondo y\u2026 cu\u00e9ntale esto\u2026 todo lo que me est\u00e1 pasando\u2026 D\u00edle que venga\u2026 \u00e9l me puede ayudar en este trance\u2026 \u00a1Ay, Dios m\u00edo!<\/p>\n\n\n\n<p>Emiti\u00f3 estas frases y torn\u00f3 a doblar el busto hundiendo el ment\u00f3n en el pecho.<\/p>\n\n\n\n<p>La mujer se perdi\u00f3 hacia la calle, entre un haz de luz reci\u00e9n nacida. Al caminar sus pies levantaban el polvo de un ruido chocante y \u00e1spero, un rumor de alpargatas deterioradas, cuyas suelas daban la impresi\u00f3n de sostener una charla incoherente o de aplaudir a d\u00fao con la superficie del suelo. El eco de sus apresurados pasos remedaba el fastidioso cloquear de las gallinas en los corrales cercanos.<\/p>\n\n\n\n<p>Juvenal volvi\u00f3 a echarse en el chinchorro. Ten\u00eda una resignaci\u00f3n de bestia domesticada.<\/p>\n\n\n\n<p>Era un mulato de madura edad. Casi indefinida. Pod\u00eda frisar en los cincuenta o sesenta a\u00f1os. Sin embargo, estaba entero. Mostraba fortaleza y robustez. Su cuerpo sosten\u00eda el peso de una cabeza grande, estramb\u00f3tica, en cuyo conjunto resaltaban groseros rasgos: los ojos, completamente redondos, eran verduscos y peque\u00f1os, cetrinos, como las paraparas cuando a\u00fan est\u00e1n medio jojotas; la nariz, pobre de perfil, recordaba el borroso relieve de las monedas gastadas; los labios, gruesos y abultados, velaban a instantes dos ringleras de sim\u00e9tricos dientes, normales en tama\u00f1o, pero ennegrecidos por el tabaco de mascar.<\/p>\n\n\n\n<p>Juvenal Guanape estaba familiarizado con todos los habitantes de Caricual y sus alrededores y era la persona m\u00e1s importante de aquellas apartadas regiones donde a\u00fan se desconoc\u00edan los servicios de un m\u00e9dico.<\/p>\n\n\n\n<p>A esta circunstancia deb\u00edase su fama, la aureola que envolv\u00eda su nombre desde hac\u00eda much\u00edsimos a\u00f1os, cuando comenz\u00f3 a ejercer el oficio de curandero y en cuyas pr\u00e1cticas tambi\u00e9n hab\u00eda logrado cosechar ping\u00fces beneficios materiales. Para entonces \u00e9l no era sino un pobre agricultor m\u00e1s, uno de los tantos hombres enraizados a las duras faenas labriegas. Sembraba sus miserables conucos y recog\u00eda los precarios frutos que en ocasiones apenas si llegaban a cubrir las necesidades del propio consumo. Pero la casualidad le demarc\u00f3 otros rumbos propicios a la ajena especulaci\u00f3n. Fu\u00e9 a ra\u00edz de hacerle desaparecer a la hija de otro campesino, agricultor en \u00ednfima escala, una culebrilla ya a punto de unir sus extremos.<\/p>\n\n\n\n<p>La curaci\u00f3n caus\u00f3 estupor en un ambiente donde prosperaban como plantas parasitarias el secular fanatismo y las absurdas creencias nutridas por la ignorancia. Desde ese d\u00eda s\u00f3lo se oy\u00f3, durante mucho tiempo, hablar del milagro de Guanape y se le catalog\u00f3 entre las personas mitad brujos, mitad curiosos, que conocen de yerbas, tienen pacto con los esp\u00edritus y al conjuro de oraciones y ensalmos, devuelven la salud a los pacientes.<\/p>\n\n\n\n<p>Y empez\u00f3 a ser solicitado. A cada instante llegaban a la puerta de su vivienda hombres y mujeres en busca de la limosna de sus conocimientos. Le adulaban. Le respetaban. Juzgaban infalibles sus diagn\u00f3sticos. Nadie pon\u00eda en duda sus vastos recursos ni nadie se atrev\u00eda a desmentir la eficacia de las medicinas que \u00e9l mismo preparaba y administraba a los enfermos. A diario se le ve\u00eda por el monte, recogiendo y seleccionando hojas y cogollos, ramas y troncos que luego maceraba y cobraba a buen precio.<\/p>\n\n\n\n<p>Se pod\u00edan recorrer largas distancias y no se encontraba otra persona tan faculta ni tan entendida en dolencias del cuerpo y del esp\u00edritu como Juvenal Guanape. El \u00fanico que le iba a la zaga en experiencia y casi se le equiparaba en prestigio era Tadeo Mujica. Pero \u00e9ste ejerc\u00eda en lejanas zonas, trabajaba en jurisdicciones remotas y de este modo no se establec\u00eda ninguna competencia en sus especulaciones.<\/p>\n\n\n\n<p>Este deslinde en sus campos de actividad era la causa de que se trataran como amigos. En ocasiones, cuando la casualidad los reun\u00eda, beb\u00edan juntos y hasta se contaban sus secretos, muchas de las cosas relacionadas con el oficio. Al mismo tiempo se profesaban un mutuo respeto. Cada uno al reconocerse ignorante, sin nociones de bot\u00e1nica, despojado de la verdad de sus explotaciones, cre\u00eda advertir en el otro los fundamentos esenciales en cuanto al adecuado tratamiento a los enfermos y l\u00f3gico suministro de los medicamentos. Quiz\u00e1s de ah\u00ed nac\u00eda el odio que Urbana le reservaba a Mujica, como era probable tambi\u00e9n que la mujer de \u00e9ste lo cultivaba en relaci\u00f3n con Guanape. Era el odio oscuro de un secreto adivinado por el ego\u00edsmo de los nexos maritales.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>3<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Hilario Redondo fu\u00e9 el encargado de difundir la noticia. A la media hora de haber visitado al compadre ya lo sab\u00eda todo Caricual y comenzaba a alongarse con direcci\u00f3n a los pueblos vecinos. Corr\u00eda con la rapidez de las brisas sabaneras que no encuentran obst\u00e1culos. Apenas si se deten\u00eda un instante a las puertas de los ranchos o en el interior de las viviendas m\u00e1s amplias para sembrar el asombro y el desconcierto.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Se est\u00e1 muriendo Juvenal Guanape\u2026 se est\u00e1 muriendo\u2026 se est\u00e1 muriendo\u2026 se est\u00e1 muriendo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Est\u00e1 agonizando Juvenal Guanape\u2026 est\u00e1 agonizando\u2026 est\u00e1 agonizando\u2026 est\u00e1 agonizando.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ya perdi\u00f3 el habla\u2026 perdi\u00f3 el habla\u2026 perdi\u00f3 el habla.<\/p>\n\n\n\n<p>El viento continuaba devorando distancias, no tan s\u00f3lo en la voz de Hilario Redondo, sino tambi\u00e9n en el eco de las personas ya informadas.<\/p>\n\n\n\n<p>Las gentes sorprendidas, consternadas, abandonaban sus quehaceres y se introduc\u00edan en los vecinos ranchos para comentar el tr\u00e1gico suceso. Entonces las mujeres llevadas por su f\u00e9rtil imaginaci\u00f3n, al abordar el relato, abundaban en detalles conmovedores, lo ilustraban con la pintura de pat\u00e9ticas escenas.<\/p>\n\n\n\n<p>Los oyentes tej\u00edan supersticiosas deducciones. Quiz\u00e1s alguno de los esp\u00edritus invocados por Guanape se le hab\u00eda metido en el cuerpo y trataba de llev\u00e1rselo. Las almas en pena se cansaban del constante requerimiento de los vivos. No faltaba quien dijera que la desgracia no le cog\u00eda de sorpresa. Nunca como en esas \u00faltimas noches hab\u00eda cantado la pavita con m\u00e1s empe\u00f1o ni de modo tan triste. Otras personas opinaban que por adelantado se sab\u00eda que una cosa muy seria iba a suceder en Caricual. M\u00e1s de una vez advirtieron en el silencio nocturno el cacarear de las gallinas dormidas, y cuando ellas so\u00f1aban as\u00ed era porque se avecinaba algo muy malo.<\/p>\n\n\n\n<p>Ante estas narraciones cargadas de misterio y de c\u00e1balas, santigu\u00e1banse las viejas y un rumor de voces, como el sombr\u00edo aletear de pesados murci\u00e9lagos, estremec\u00eda el ambiente.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Virgen del Socorro, ten piedad de nosotros!<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Aplaca tu c\u00f3lera, Se\u00f1or.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Virgen de los Desamparados, prot\u00e9genos!<\/p>\n\n\n\n<p><strong>4<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Sin embargo, no todos cre\u00edan en la gravedad del curandero. Su poder de sugesti\u00f3n hab\u00eda llegado a los l\u00edmites de que se le considerara inmortal. Y la gente, para con sus propios ojos cerciorarse de la verdad, comenz\u00f3 a invadir la casa del enfermo.<\/p>\n\n\n\n<p>Ante el chinchorro, ahora paralizado como un p\u00e9ndulo, donde Juvenal yac\u00eda inm\u00f3vil, pero a\u00fan con vida, desfilaba la masa ignorante e incr\u00e9dula, se deten\u00eda la curiosidad. Lo ve\u00edan de pies a cabeza, observaban la inactividad de sus miembros o las horribles gesticulaciones que eran como los ecos de aquella puntada, tenaz, asesina, lacerante. Deb\u00eda ser el suyo un dolor que le ro\u00eda las entra\u00f1as, porque, a instantes, se mord\u00eda los labios por cuyas comisuras formaban d\u00e9biles cruces sanguinolentas salivaciones.<\/p>\n\n\n\n<p>Impresionados por el espect\u00e1culo, los visitantes part\u00edan tristes. Meditabundos los hombres, llorosas las mujeres. Defraudados todos por un oscuro y adverso destino que les arrebataba en la persona de aquel hombre y en aquellos remotos lugares sin recursos para defensa de la vida, la seguridad de sus fr\u00e1giles existencias. Porque Juvenal llenaba con sus ma\u00f1as, con su empirismo, en un mundo despojado de claros raciocinios, los huecos del temor y la angustia, todos los huecos en donde las personas ve\u00edan andar, con perennidad de castigo, el dolor siempre enlazado al miedo a morir. Esos huecos de espanto los cubr\u00eda \u00e9l con una sola palabra cuyo optimismo nutre los sue\u00f1os y los contados d\u00edas del hombre: la esperanza.<\/p>\n\n\n\n<p>No era mentira cuanto hab\u00eda pregonado el viento en la voz de las gentes: Juvenal ya no hablaba. La intensidad del dolor le hab\u00eda precipitado una total afasia. Ya ten\u00eda los p\u00f3mulos salientes, a modo de romos pedruscos, cuarteados los viol\u00e1ceos labios inh\u00e1biles, las pupilas cargadas de telara\u00f1as inexpresivas, verdusca la piel, profundizadas las mejillas, anhelante el pecho, con aspiraciones de fuelle cansado. S\u00f3lo conservaba igual, inalterable, el conocimiento, el candil que todav\u00eda pon\u00eda luces receptoras en sus oscuras y precarias ideas. Diferenciaba las personas. Reconstru\u00eda sus nombres, sus bienes de fortuna, las tierras que cultivaban, sus defectos y sus virtudes, las veces que enfermaron, los medicamentos suministrados a cada uno y el dinero recibido por \u00e9l en pago de los servicios prestados.<\/p>\n\n\n\n<p>Su cerebro, ahora m\u00e1s activo por un fen\u00f3meno de compensaci\u00f3n ante la p\u00e9rdida de otras facultades, hilvanaba recuerdos con asombrosa exactitud.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abAh\u00ed est\u00e1 Gregorio Matos \u2014se dec\u00eda clav\u00e1ndole los ojos cargados de vaguedad\u2014. Una vez le mand\u00e9 unas p\u00f3cimas de gu\u00e1simo con ruibarbo. Y tuve suerte. Se le cortaron las calenturas. Llevaba cuatro meses tumbado en el catre. Me pag\u00f3 diez pesos\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abLleg\u00f3 Nicandro Cuello. Una ma\u00f1anita limpiando un rastrojo lo mordi\u00f3 una coral. Le di un cocimiento de ra\u00edces de mato y yuquilla y a los dos d\u00edas sali\u00f3 a trabajar sus conucos. Como no ten\u00eda plata, me regal\u00f3 tres cochinitos bien maiciados\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abEse que acaba de entrar es Nicol\u00e1s Soto, el de La Cumbre. \u00c9l todav\u00eda me debe un menudito de cuando lo pate\u00f3 una mula en Jueves Santo. Dicen que fu\u00e9 castigo del cielo por trabajar ese d\u00eda. Ya como que no voy a tener tiempo de cobrarle. A lo mejor me paga en velas\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abHace tiempo que no ag\u00fceitaba a Gervasio Rostro. Desde que le cur\u00e9 el pasmo de una cortada en el pie. \u00a1Buen muchacho! Me di\u00f3 doce pesos en monedas de a cuatro. Y le mand\u00f3 de regalo a Urbana nueve gallinas, gordas y ponedoras. En el corral como que quedan tres\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abS\u00ed, la que conversa con Urbana es Dominga Maita. En un velorio de cruz le dieron a su marido un machetazo en la mano zurda. Botaba mucha sangre y como no ten\u00eda algod\u00f3n del recogido en las matas, le puse sobre la carne vivita mi pa\u00f1uelo y un pedazo de su cobija. Al otro d\u00eda era difunto\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abLleg\u00f3 el tu\u00f1eco Guti\u00e9rrez. Parece amanecido y anoche como que bebi\u00f3. S\u00ed. Y bastante. Camina de un modo raro. A lo mejor estuvo en un joropo. Entonces ayer fu\u00e9 s\u00e1bado. S\u00e1bado. S\u00ed. Ya tengo cinco d\u00edas con esta puntada. Ahoritica no la siento tan fuerte o es que me estoy acostumbrando al dolor. Antes me parec\u00eda m\u00e1s duro. S\u00ed. Ayer fu\u00e9 s\u00e1bado y hoy es domingo. Ojal\u00e1 que ma\u00f1ana lunes, ya no tenga nada. S\u00e9 que es domingo porque el tu\u00f1eco no abre la pulper\u00eda los domingos. Y tambi\u00e9n por lo que tiene en la mano. Es un saco. Un saco con un gallo adentro. Va para los gallos. Yo tambi\u00e9n fuera. Pero nadie puede ir a los gallos con una puntada as\u00ed. Y sin poder gritar, menos. Nadie sabr\u00eda si estaba dando de a diez al gallo pinto del tu\u00f1eco o al otro\u2026 Yo creo que nunca m\u00e1s voy a ir a los gallos. \u00a1Ay, mi madre! Me volvi\u00f3 la bicha\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>5<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>En plena lucidez mental, no ignoraba que aquella puntada en el est\u00f3mago, aquel dolor semejante a un constante mordisco de perro rabioso, lo matar\u00eda. Despu\u00e9s de haber gozado casi toda su vida fama de curandero infalible, estaba condenado a morir de un simple dolor rid\u00edculo. \u00a1C\u00f3mo se reir\u00edan de \u00e9l a ra\u00edz de su muerte! Quiz\u00e1s ya comenzaban a re\u00edrse. Pero se reir\u00edan m\u00e1s sabrosos cuando vieran meter su cuerpo en la urna fabricada con pedazos de cajones comprados en la pulper\u00eda del tu\u00f1eco Guti\u00e9rrez. Se reir\u00edan cuando lo tiraran \u00a1pum!, como un bojote cualquiera, en el profundo hueco de aquellas peladas tierras de Caricual, junto a los cerros donde nadie sembraba. S\u00ed, era seguro que se burlar\u00edan de \u00e9l y hasta le parec\u00eda escuchar algunos comentarios: \u00abY si sab\u00eda tanto, \u00bfpor qu\u00e9 no se cur\u00f3 \u00e9l mismo?\u00bb. \u00ab\u00a1Qu\u00e9 iba a saber!\u00bb. \u00abLo que sab\u00eda era sacarle los reales a uno\u00bb. Y ya enterrado, abandonado, llegar\u00eda otro curandero a ocupar su puesto. Lo suceder\u00eda otro yerbatero. Ya adivinaba qui\u00e9n era. Cre\u00eda estarlo viendo. Tadeo Mujica. Entonces, \u00e9ste que s\u00ed sab\u00eda de curaciones, le dir\u00eda a las personas todo cuanto \u00e9l hab\u00eda sido: un vividor, un embustero, un especulador de las pobres gentes de Caricual. Ahora se daba cuenta de una cosa: si hubiesen llamado a Mujica para que lo viera, tal vez se hubiera salvado. Pero su mujer no lo quer\u00eda, lo odiaba y este odio contribuir\u00eda a su muerte.<\/p>\n\n\n\n<p>Rodeado de visitantes, en cada rostro advert\u00eda como una part\u00edcula de su propia historia y comprend\u00eda que hab\u00eda sonado la hora de hacer el balance de su actuaci\u00f3n. Hab\u00eda llegado el momento de rendir las cuentas contra\u00eddas con aquellas ingenuas gentes que por el miedo a morir se confiaban a su voluntad, como \u00e9l ahora se entregar\u00eda en manos de Tadeo Mujica. Viendo el largo desfile de personas, Juvenal pens\u00f3 algo que, como un eco de su conciencia, no estaba exento de l\u00f3gica: tal vez no iban para acompa\u00f1arle un instante ni enterarse de su salud, ni empujados por preocupaciones amistosas, sino a verle agonizar para tranquilidad de sus vidas amenazadas por \u00e9l y seguridad de sus cuerpos a la disposici\u00f3n de su ignorancia y de sus mentiras.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00a1Ah! Si pudiera hablar obligar\u00eda a Urbana a ir en busca de Tadeo Mujica para que le arrancara de una vez aquella puntada o pusiera fin al tormento con el veneno o la brujer\u00eda que su mujer supuso le hab\u00eda echado en el aguardiente, hace tiempo, cuando se emparrandara en su compa\u00f1\u00eda. Ahora quien le daba el veneno era ella, porque odiaba al otro. \u00a1Si le buscaran a Mujica! \u00a1Si le trajeran a Mujica! Quiz\u00e1s lograr\u00eda burlar los asedios de la muerte. \u00c9l pod\u00eda pagar todo cuanto cobrara Mujica. Era capaz de dar por la asistencia de Mujica todo cuanto hab\u00eda ahorrado y acumulado durante su actuaci\u00f3n de curandero: los conucos de Santoalegre, las tierras de Yagrumito, la haciendita de La Cumbre y hasta los reales que Urbana le guardaba en el fondo del desvencijado ba\u00fal que estaba en uno de los rincones del cuarto de ella.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero no pod\u00eda expresar sus deseos. Porque no pod\u00eda hablar y tampoco sab\u00eda escribir.<\/p>\n\n\n\n<p>Debati\u00e9ndose en esta angustia vi\u00f3 llegar un hombre. Lo reconoci\u00f3 en el acto. Era Nicasio \u00c1lvarez. Su presencia le caus\u00f3 violenta impresi\u00f3n agradable. En aquel campesino estaba el origen de su mentira. All\u00ed, en aquel cuerpo casi anciano, hab\u00eda nacido y prosperado toda su fama. A \u00e9l le deb\u00eda toda la aureola de milagrero que le envolv\u00eda, la leyenda forjada por la imaginaci\u00f3n colectiva, desde aquella lejana fecha cuando una culebrilla apareci\u00f3 en el cuerpo de su hija y \u00e9l con un vulgar emplasto de yerbamoras detuvo el proceso de la infecci\u00f3n cut\u00e1nea y devolvi\u00f3 la salud de la paciente. Lo dem\u00e1s fu\u00e9 obra de la imaginaci\u00f3n popular y producto de las necesidades del medio. En Caricual no hab\u00eda m\u00e9dico y como todo el mundo tiene el derecho de tejer los encajes de su esperanza, en el anhelo de permanecer enraizado a la vida como el \u00e1rbol a la tierra, crearon de la mentira de Juvenal Guanape una verdad casi perdurable.<\/p>\n\n\n\n<p>Por primera vez durante su enfermedad, Juvenal sonri\u00f3. Le sonre\u00eda al visitante. Ante el amable gesto del paciente que miraba a Nicasio \u00c1lvarez con ojos trasl\u00facidos de agradecimiento, \u00e9ste se acerc\u00f3 al chinchorro y coloc\u00f3 cari\u00f1osamente una de sus manos en la frente calenturienta del hombre. Luego movi\u00f3 la cabeza en se\u00f1al de desconsuelo y se alej\u00f3 encorvado, bajo el peso de los a\u00f1os y de una gran tristeza.<\/p>\n\n\n\n<p>Al contacto de la mano amiga, Juvenal hab\u00eda unido los p\u00e1rpados y desde ese momento casi entr\u00f3 en estado comatoso. Ya no sent\u00eda la puntada y hasta cre\u00eda respirar con menos dificultad. Empezaba a sentir liviano el cuerpo. Algo le arrastraba hacia una reconfortante languidez, a la deriva de un profundo bienestar. Como si estuviese cansado y sus miembros se abandonaran a la laxitud del sue\u00f1o. Como si so\u00f1ara.<\/p>\n\n\n\n<p>El \u00fanico movimiento de su cuerpo se reflejaba en un leve y tardo adem\u00e1n: suspend\u00eda pesadamente una de las manos y espantaba esa mosca imaginaria que ven o sienten revolotear sobre su cara todos los moribundos.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>6<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Expir\u00f3 al atardecer, ya entre dos luces, cuando los \u00faltimos pericos en vuelo triangular regresaban ah\u00edtos de los maizales y pon\u00edan una movediza mancha verde en el espacio sin tildes de nubes y llenaban de loca algarab\u00eda la triste paz campesina.<\/p>\n\n\n\n<p>Supieron que hab\u00eda muerto porque el chinchorro, inm\u00f3vil, cruji\u00f3 de modo inusitado, como si se quejara.<\/p>\n\n\n\n<p>Hombres r\u00fasticos de La Cumbre, Santoalegre y Yagrumito, hicieron romer\u00eda desde sus apartadas regiones para ver de cerca la cara de la muerte en la cara de un hombre a quien ellos cre\u00edan adeudarle la vida.<\/p>\n\n\n\n<p>Ya a tempranas horas del anochecer el cuarto del difunto se llen\u00f3 de pausadas voces y de antag\u00f3nicos olores. Ol\u00eda a caf\u00e9, a humo de tabacos, a sudor y a tierra labrant\u00eda, a sebo derretido. Cuatro chorreantes velas regalaban nuevas livideces cambiantes a la lividez r\u00edgida de la faz del cad\u00e1ver. La noche ca\u00eda con el silencio de siempre. Apenas si se escuchaba a ratos el somnoliento acento de alg\u00fan gallo o el \u00faltimo fatigado cloquear de las gallinas buscando acomodo en el tinglado del corral, y, afuera, el desolado ladrar de los perros ante la proximidad de las apretadas tinieblas, junto con el estremecimiento de los maizales al soplo de las primeras brisas c\u00e1lidas arrastradas por el nacimiento del verano. Mujeres de voz gangosa desgranaban interminables rosarios.<\/p>\n\n\n\n<p>Al amanecer, en hombros de amigos, los hombres que le deb\u00edan gratitud, fu\u00e9 conducida la tosca urna donde reposaba el cuerpo de Juvenal Guanape y cuya pesada carga disput\u00e1banse los campesinos que formaban el f\u00fanebre cortejo. Entre palabras opacas, deste\u00f1idas por la penosa emoci\u00f3n, trataban de revivir al difunto. Retrotra\u00edan sus conocimientos, sus curaciones, los secretos que pose\u00eda, los milagros de su ciencia. Y al hablar lo hac\u00edan como temerosos de algo o de alguien, como si en torno de ellos rondara la muerte y les acechara con m\u00e1s empe\u00f1o para arrebatarles sus vidas.<\/p>\n\n\n\n<p>Tras el f\u00e9retro, casi presidiendo el acompa\u00f1amiento, marchaba silencioso, cabizbajo, tratando de no levantar ruido con sus alpargatas listadas, Tadeo Mujica. Pero la gente lo advirti\u00f3 por el sombrero de anchas alas, por el afilado machete bajo el brazo y la gruesa cobija de invierno terciada al hombro, compa\u00f1eros indispensables del hombre cuando se aventura a transitar desolados caminos.<\/p>\n\n\n\n<p>En el brazo izquierdo, sobre la manga del arrugado palt\u00f3 de dril, luc\u00eda, en se\u00f1al de luto, una anchurosa cinta negra. Las personas le sonre\u00edan con amabilidad y le miraban con respeto: era el sucesor de Juvenal Guanape. Era la esperanza. \u00c9l parec\u00eda muy compungido.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Joaqu\u00edn Gonz\u00e1lez Eiris 1 Urbana despert\u00f3 cuando la noche, todav\u00eda en plenitud, se volcaba sobre el empobrecido caser\u00edo de Caricual y la compacta oscuridad desdibujaba el tosco perfil de las humildes viviendas, amenguaba el tupido verdor de los \u00e1rboles y envolv\u00eda los anchos y pelados corrales campesinos donde enmudec\u00edan los gallos decapitados por el cerrado [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":6,"featured_media":14933,"comment_status":"open","ping_status":"","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_monsterinsights_skip_tracking":false,"_monsterinsights_sitenote_active":false,"_monsterinsights_sitenote_note":"","_monsterinsights_sitenote_category":0,"footnotes":""},"categories":[16],"tags":[],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/14932"}],"collection":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/users\/6"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=14932"}],"version-history":[{"count":1,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/14932\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":14934,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/14932\/revisions\/14934"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media\/14933"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=14932"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=14932"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=14932"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}