{"id":14827,"date":"2024-01-23T17:13:00","date_gmt":"2024-01-23T21:43:00","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=14827"},"modified":"2025-01-23T17:26:25","modified_gmt":"2025-01-23T21:56:25","slug":"el-maleficio-de-la-duda-i","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/el-maleficio-de-la-duda-i\/","title":{"rendered":"El maleficio de la duda (I)"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Ignacio Barreto<\/h4>\n\n\n\n<p>Como si fuera un personaje de Garc\u00eda M\u00e1rquez \u2013su autor predilecto\u2013, Daniel Moreno pens\u00f3 en su ni\u00f1ez cuando, finalmente, decidi\u00f3 asumir su destino. Le caus\u00f3 gracia, en plena tragedia, que al subconsciente le diera por simular la reacci\u00f3n del coronel Aureliano Buend\u00eda estando frente al pelot\u00f3n de fusilamiento. De alguna manera, y una vez m\u00e1s, estaba viviendo una vida que no era la suya. Pretend\u00eda ser otro. Solt\u00f3 una carcajada nerviosa por el solo hecho de pensar que ni siquiera en su muerte se iba a salvar de no ser \u00e9l el difunto. Quien estaba muriendo all\u00ed, en plena selva, era tan solo el personaje de alguna novela. Algo en el entorno insist\u00eda en restregarle los fundamentos del realismo m\u00e1gico. A su lado, una columna de hormigas de un rojo radioactivo \u2013suelen llamarlas las veinticuatro debido al n\u00famero de horas que dura la fiebre causada por su picadura\u2013 empezaba a rodear lo que, a todas luces, parec\u00eda presentarse como una presa suculenta. El cielo mostraba un color que le resultaba novedoso, pero sab\u00eda muy bien que la \u00fanica novedad era el hecho de darse tiempo para contemplar la c\u00fapula celeste. La pierna hab\u00eda dejado de dolerle y eso lo llen\u00f3 de m\u00e1s preocupaciones, sin embargo, su mente insist\u00eda en trasladarlo a aquella calle de Artigas desde donde pod\u00eda ver, a diario, el paso del tren mientras jugaba a la ere, o a la candelita, o armaba la carrucha que pronto se convertir\u00eda en el cohete capaz de trasladar al Capit\u00e1n Escarlata en<br>busca de nuevas aventuras, despegando desde un riel parecido al del ferrocarril de sus evocaciones. El sudor empez\u00f3 a molestarle. Se deslizaba desde su frente atravesando nariz y bigote y mojando sus labios. El sabor salino no ayudaba en lo absoluto a disipar la jaqueca producida por el exceso de alcohol y probablemente fortificada por el veneno que empezaba a invadir su cuerpo. Un olor distinto al suyo manaba de sus poros. Record\u00f3 \u2013inevitablemente volv\u00eda a ser el otro, el personaje\u2013 la masa angustiada volcada a la calle durante el gran terremoto del sesenta y siete. La noche apenas empezaba pero en esa Caracas a\u00fan pueblerina, la gente sol\u00eda recogerse temprano, raz\u00f3n por la cual el estremecimiento hab\u00eda sorprendido a los vecinos en ropa de dormir. Fascinado por los olores de las piyamas y dormilonas que apenas unos segundos atr\u00e1s pertenec\u00edan al mundo \u00edntimo del vecindario y que, debido al inesperado estruendo tel\u00farico, s\u00fabitamente pasaban a formar parte de la opini\u00f3n p\u00fablica, sus sentidos se extasiaban con la presencia de su primer amor, la due\u00f1a del kiosco de revistas, su vecina, tan bien formada, con sus<br>tetas gigantes y ahora en dormilona y \u00e9l, con sus doce a\u00f1os a punto de manifestarse, casi pod\u00eda percibir el olor de las s\u00e1banas que, cada noche, rozaban el cuerpo exuberante de la que, para colmo, era la mejor amiga de su t\u00eda. Un olor capaz de remover alma y entra\u00f1as a la vez. Pens\u00f3, se dio el lujo de pensar, dir\u00eda cualquiera que leyera estas l\u00edneas, tomando en cuenta que el hombre se encontraba abandonado en la selva con todo el cuerpo paralizado y con la certeza de estar viviendo sus \u00faltimas horas y, sin embargo, \u00bfqui\u00e9n ser\u00eda capaz de rebatir la potencialidad evocadora del moribundo? Viviendo, como se dice de la manera cl\u00e1sica, su hora menguada, no deber\u00eda extra\u00f1ar a nadie que cualquier ser humano se d\u00e9 el lujo de pasear por las m\u00e1s surtidas reflexiones, sin tomar en cuenta cu\u00e1n trascendentales pudieran terminar siendo. No iba a ser Daniel la excepci\u00f3n de la regla que acabamos de implantar y por eso no solo pens\u00f3 en cada minuto de su vida sino que adem\u00e1s pudo hacer ejercicios de analog\u00edas y compar\u00f3 aquellos edificios ca\u00eddos como cartas de p\u00f3quer en Los Palos Grandes y Altamira, zonas urbanizadas justo encima de la gran falla de Caracas, con el club s\u00e1ndwich tan de moda en esa \u00e9poca, y compar\u00f3 su casa y su vecindario con el centro hist\u00f3rico de Viena, dada la originalidad de la que presum\u00edan ambas localidades y, a\u00fan m\u00e1s radical, compar\u00f3 los bloques del 23 de Enero, Sarr\u00eda y Sim\u00f3n Rodr\u00edguez \u2013populosas barriadas, como suelen denominarse\u2013 con todo ese complejo urban\u00edstico levantado a la periferia del primer distrito de la capital austriaca, es decir, del casco hist\u00f3rico dentro del cual caben, sin incomodarse, los templos del medioevo, los retorcijones barrocos, inspiraciones grecorromanas, el imperialismo arquitect\u00f3nico de los Habsburgos y el concepto \u201cneo\u201d de principios del siglo XX, atropell\u00e1ndose sin agresiones altisonantes. Pero hablamos de comparar y es justamente con la periferia, porque lo que se levanta fuera del centro hist\u00f3rico de la romana Vindobona \u2013y nadie duda de la buena voluntad de los gobernantes\u2013 naci\u00f3 en la postguerra, con la necesidad, la urgencia y la practicidad como emblemas. Estructuras grises y faltas de gracia en cuyo interior dif\u00edcilmente puede adivinarse la existencia de seres vivos. Algo que cualquiera que hubiera crecido durante los a\u00f1os de la bonanza petrolera en Venezuela \u2013y no era el caso de Daniel Moreno\u2013 habr\u00eda definido, sin dedicar mucho tiempo al asunto, con el \u00e1rido nombre de soluci\u00f3n habitacional. Y, sin embargo, tanto concepto com\u00fan se desdibujaba en la pr\u00e1ctica cuando aparec\u00eda ante su mente afiebrada la imagen del superbloque capitalino, con tanta identidad casi gritada, con tanta actividad microc\u00f3smica, como la que se viv\u00eda en el conjunto de casas en la Artigas libre de edificios y ascensores de sus recuerdos infantiles. Como si vivir en vertical no importara, porque lo que se impone es el car\u00e1cter \u2013la idiosincrasia\u2013 y por eso las tetas de la vecina pueden aparecer con esa familiaridad de vecindad tanto en el kiosco de peri\u00f3dicos de la esquina como en el pasillo del piso siete del bloque cuarenta y cinco. Lo que constitu\u00eda un enorme contraste con el interior de los edificios vieneses donde la soledad y la desconfianza marcaban el ritmo de vida de sus habitantes. Se pregunt\u00f3 la raz\u00f3n por la cual su mente se enfocaba en semejante comparaci\u00f3n en un momento tan inadecuado y tomando en cuenta que su vida hab\u00eda transcurrido alejada de toda evocaci\u00f3n romanticoide y localista, siendo eso lo que justamente detonaba en su mente cual proyectil hostil. Esa fue la imagen \u2013la del proyectil hostil\u2013 que escogi\u00f3 siguiendo con las extra\u00f1as ilaciones de su pensamiento y no le pareci\u00f3 gratuita tomando en cuenta que hab\u00eda sido una interminable ca\u00edda de proyectiles hostiles la que hab\u00eda acabado, durante la segunda guerra mundial, con parte de la historia arquitect\u00f3nica de Viena obligando a levantar, durante ese tortuoso per\u00edodo de reconstrucci\u00f3n que sucede a todo conflicto b\u00e9lico serio, aquellos bloques anodinos mencionados anteriormente. Curiosamente se vio invadido por un ataque de orgullo herido y no supo entenderlo ya que, hasta donde pod\u00eda recordar esa no hab\u00eda sido su guerra, pero todos sabemos las vueltas que puede llegar a dar una vida y m\u00e1s una como esta tan inclinada a las transformaciones, asunto del que podr\u00e1 dar constancia el lector si la paciencia y algo de benevolencia le permiten continuar con la lectura de este relato. En cuanto a sus reminiscencias de vecindad, a las cuales nos vemos forzados a regresar, algo hab\u00eda de id\u00edlico, y por lo tanto de anhelante, en todo aquello y lo m\u00e1s seguro, porque la mente es as\u00ed de caprichosa, es que en el fondo poco tuviera que ver con criterios urban\u00edsticos de lado y lado. De pronto, interrumpi\u00f3 sus evocaciones porque curiosamente aquella vecina de grandes pechos empez\u00f3 a parecerse demasiado a la mam\u00e1 de todas las tetonas, aquella de Amarcord, la pel\u00edcula de Federico Fellini que, a\u00f1os m\u00e1s tarde, despert\u00f3 en \u00e9l la fascinaci\u00f3n por Europa. Se descubri\u00f3, en sus recuerdos, con las facciones del chico de la pel\u00edcula y ya no supo reconocer su propia vivencia. Adem\u00e1s, no pod\u00eda tener doce a\u00f1os cuando ocurri\u00f3 el terremoto. Ten\u00eda que haber sido m\u00e1s adulto, al menos diecis\u00e9is a\u00f1os, pero algo en su subconsciente relacionaba su deseo infantil con el sismo. Ambos hab\u00edan sido los estremecimientos m\u00e1s perturbadores de su primera vida ya que, por un lado, el temblor en s\u00ed no hab\u00eda causado tanta inquietud en su alma como la atm\u00f3sfera de indefensi\u00f3n colectiva que invadi\u00f3 su calle una vez culminado el evento geol\u00f3gico y era ese privilegio de percibir el miedo a trav\u00e9s de los otros, como si se tratara de un ejercicio cat\u00e1rtico, el que hab\u00eda abierto en \u00e9l un impulso vital hacia la observaci\u00f3n de la otredad y el anhelo de imitarla. Y por otro lado la imagen de su rostro hundido entre las enormes tetas de la vecina provocaba en \u00e9l un efecto de sagrada unci\u00f3n que lo inmunizaba contra todo mal permiti\u00e9ndole actuar bajo el m\u00e1s libre de los albedr\u00edos. Aunque su situaci\u00f3n actual contradijera sus convicciones. Los ojos le dol\u00edan. Se los imaginaba sangrantes debido a la fiebre. Trat\u00f3 de cerrarlos<br>para descansar de tanta claridad libre de humo. Entonces empez\u00f3 a tiritar y le result\u00f3 absurda esa reacci\u00f3n del cuerpo que, ni en el invierno m\u00e1s crudo, hab\u00eda llegado a experimentar. Ten\u00eda que ser en este paraje prehist\u00f3rico que se presentara por primera vez el acto involuntario del casta\u00f1etear de sus dientes. Algo similar, sigui\u00f3 recordando, fue lo que sinti\u00f3 cuando se vio amenazado por primera vez \u2013fueron escasas pero determinantes las situaciones de peligro que experiment\u00f3 a lo largo de su vida\u2013 enfrentado a un contingente policial casi de manera involuntaria. Para evitar el golpe del rolo sobre su espalda, se propuso como informante de la Direcci\u00f3n de Seguridad Pol\u00edtica para desarticular las acciones subversivas que estuvieran gest\u00e1ndose en el liceo con el apoyo de qui\u00e9n sabe qu\u00e9 grupo guerrillero y desestabilizador. Ese d\u00eda conoci\u00f3 al comisario M\u00e1rmol. Una especie de tutor en el arte del contraespionaje. Ese ser ambiguo de las novelas de intriga cuya noci\u00f3n del bien y del mal se flexibiliza en procura de alcanzar los fines. El jefe que entrena, informa y a la vez le oculta los datos m\u00e1s esenciales al nuevo esp\u00eda. La columna vertebral de la intriga, tan necesaria en la lucha contra la expansi\u00f3n comunista. Pero ahora no era \u00e9l un simple lice\u00edsta temeroso sino un experto en el arte de la infiltraci\u00f3n, ni M\u00e1rmol era ese mediocre corrupto con una pistola como \u00fanica cualidad, sino el cerebro de una organizaci\u00f3n internacional capaz de manipular presidentes y monarcas, porque John Le Carr\u00e9 y Frederick Forsyth tambi\u00e9n formaban parte de esa mara\u00f1a de ilusiones confundidas con recuerdos en una noche amaz\u00f3nica y ag\u00f3nica. Se hizo hombre el carajito, sentenci\u00f3 M\u00e1rmol al recibir el primer informe sobre unas pintas que pensaban plasmar en las paredes de la avenida Libertador exigiendo la restituci\u00f3n de la autonom\u00eda universitaria. All\u00ed se bebi\u00f3 su primer cubalibre, rodeado de detectives e informantes pertenecientes a otros centros educativos. B\u00e9bete otra que en lo que se descuide le dejamos el pelero a Mujica para que pague \u00e9l solito la cuenta. Dos cosas aprendi\u00f3 ese d\u00eda, la primera que no duele la traici\u00f3n si no te sientes involucrado, la segunda, que siempre sale un pendejo a la calle dispuesto a dejarse abusar. Mosca carajito, que no seas alguna vez t\u00fa el pendejo.<\/p>\n\n\n\n<p>Al caer la noche crey\u00f3 comprender c\u00f3mo el extra\u00f1o olor que desprend\u00eda su sudor, y que probablemente era consecuencia del veneno, pod\u00eda ser la raz\u00f3n por la cual la gigantesca alfombra de hormigas que crec\u00eda a su alrededor no se decid\u00eda a atacarlo. Pas\u00f3 la noche entre el delirio y la vigilia, entre el sue\u00f1o y el recuerdo, confundiendo hechos y deseos de un modo que resultaba despiadadamente coherente al tratarse del balance final de su paso por el mundo. Cuando empez\u00f3 a amanecer ya le era casi imposible tomar aire. Resignado, se imagin\u00f3 a las puertas de alg\u00fan cielo d\u00f3nde el rostro de la que hab\u00eda sido su ni\u00f1a simbolizaba quiz\u00e1s su \u00fanico arrepentimiento. Un portero inflexible pregunt\u00f3 en alem\u00e1n por su nombre y \u00e9l, haciendo una venia al delicioso camale\u00f3n escapado de la mente de Woody Allen respondi\u00f3 al vac\u00edo: Zelig. Inmediatamente despu\u00e9s intent\u00f3 pronunciar su verdadero nombre. Baraj\u00f3 dos posibilidades aunque una tercera insist\u00eda en ganar un puesto en la cola. Daniel y Camilo disfrutaban de privilegios en su subconsciente mientras que Manfred se replegaba a uno de los tantos oscuros rincones reservados a los enga\u00f1osos juegos de la psique, donde conviven las alucinaciones, los espejismos, los vapores et\u00edlicos y alg\u00fan distra\u00eddo d\u00e9j\u00e0 vu, como el que experimentaba mientras mor\u00eda. En una \u00faltima introspecci\u00f3n busc\u00f3 el rinc\u00f3n del subconsciente donde se hallaba resguardado su yo aut\u00e9ntico pero encontr\u00f3 la puerta cerrada. Dej\u00f3 de sentir dolor con la interrupci\u00f3n del proceso respiratorio. Convertido<br>ahora en el protagonista de un cuento de Horacio Quiroga y sin fuerzas para luchar dej\u00f3 que la vida lo abandonara sintiendo todo el peso del universo sobre su pecho, justo en el momento en que las primeras<br>hormigas empezaban a cubrir su cuerpo vac\u00edo. A\u00fan despu\u00e9s de muerto aquel cad\u00e1ver pretend\u00eda ser el p\u00e1rrafo final de una novela de Garc\u00eda M\u00e1rquez.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Ignacio Barreto Como si fuera un personaje de Garc\u00eda M\u00e1rquez \u2013su autor predilecto\u2013, Daniel Moreno pens\u00f3 en su ni\u00f1ez cuando, finalmente, decidi\u00f3 asumir su destino. Le caus\u00f3 gracia, en plena tragedia, que al subconsciente le diera por simular la reacci\u00f3n del coronel Aureliano Buend\u00eda estando frente al pelot\u00f3n de fusilamiento. 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