{"id":1480,"date":"2022-09-01T19:50:47","date_gmt":"2022-09-01T19:50:47","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=1480"},"modified":"2023-11-24T18:26:47","modified_gmt":"2023-11-24T18:26:47","slug":"difuntos-extranos-volatiles","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/difuntos-extranos-volatiles\/","title":{"rendered":"Difuntos, extra\u00f1os y vol\u00e1tiles (selecci\u00f3n)"},"content":{"rendered":"<article class=\"post-45074 texto type-texto status-publish hentry category-cuentos\">\n<header>\n<h4 style=\"text-align: right;\">Salvador Garmendia<\/h4>\n<p><strong>Difuntos y vol\u00e1tiles<\/strong><\/p>\n<p>No hay que tenerles miedo a los muertos -dec\u00eda mi t\u00eda Hildegardis, y me golpeaba el coco con su u\u00f1a larga, toda verde, que parec\u00eda ba\u00f1ada de esperma. (Como era encuadernadora ol\u00eda a tarro de cola y a simiricuiri y ten\u00eda las manos de cuero viejo, engrudadas; de lejos, con su giba, parec\u00eda un hombrecito agachado). Pero yo sab\u00eda que al entrar al cuarto empezar\u00eda a volverse humo; el humo negro y fuerte le sal\u00eda por debajo del camis\u00f3n, por las orejas y le llenaba el pelo.<\/p>\n<p>Ella sab\u00eda ocultarlo a los dem\u00e1s; aunque no s\u00e9 por qu\u00e9 conmigo se confiaba menos de lo prudente en estos casos, hasta el punto de hacerme creer que su aparente descuido era intencional: si andaba debajo del mes\u00f3n del taller reuniendo recortes de papel lustrillo, le miraba los pies colgando del travesa\u00f1o de la silla, tan peque\u00f1os en sus chancletas de cocuiza, abrigados por unas medias de lana mohosas; me acercaba hasta tocarlos con la respiraci\u00f3n y ve\u00eda desprenderse el humo de aquellas pelotas de trapo; un humito incipiente, descolorido, que flotaba sin fuerzas.<\/p>\n<p>Gateando, pasaba por debajo de las camas. Nunca podr\u00eda salir al otro extremo del t\u00fanel, aquel foso sin viento apretado de olores de gente, olores vivos y profundos como si entrara bajo los vestidos de los mayores y fuera hacia un lugar oscuro lleno de cosas descompuestas. Perd\u00eda fuerzas y un sue\u00f1o vaporoso me tend\u00eda boca abajo en los ladrillos, la mejilla en el polvo. Las voces de la gente sobresal\u00edan de un ruido muy lejano y perenne como el asiento o el ripio del mundo, que no ten\u00eda fin.<\/p>\n<p>Unas caras sin vida, sin calor, de toda una familia desconocida que ten\u00eda poder sobre la casa, ocupaban los barrotes de las ventanas o asomaban con tristeza el entrecejo por encima del borde de las mesas. La ni\u00f1a Carmelita, cuando no buscaba cosas en las gavetas o caminaba por el patio, se iba a encerrar con llave en su cuarto. Los techos eran altos, de caballete. Trepado a la ventana, la miraba por un agujero. Ella ya no estaba en tierra: parec\u00eda una vela con su batola blanca, colgada del copetito, a mucha distancia del suelo. As\u00ed iba llegando la noche. Se o\u00edan chocar los cascos en el zagu\u00e1n, y la esposa de mi t\u00edo, aquella mujer blanca y callada, sal\u00eda a abrir el anteport\u00f3n.<\/p>\n<p>El caballo cruzaba el corredor saboreando un gran bocado de espuma, la mujer caminando detr\u00e1s y mi t\u00edo encajado en la montura, un poco doblado para no tropezar en las viguetas. A veces volv\u00eda de la caballeriza con un grumo de telara\u00f1a en el pelo.<\/p>\n<p>Com\u00eda en silencio, sin m\u00e1s nadie en la mesa y ella lo observaba parada a su lado. Despu\u00e9s los segu\u00eda hasta su cuarto y o\u00eda, pegado arriba en la ventana: primero hablaban muy bajito, a veces los dos al mismo tiempo, con un sonido ronco que se interrump\u00eda. Sent\u00eda que se anudaban, no les o\u00eda la ropa, sus sonidos eran dobles y gruesos y el jerg\u00f3n de lona resonaba. Ella empezaba a quejarse suavecito, pero yo no pod\u00eda saber m\u00e1s nada, porque me hab\u00eda soltado de la ventana y andaba por ah\u00ed, volando.<\/p>\n<\/header>\n<\/article>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><strong>La diablesa de armi\u00f1o<\/strong><\/p>\n<p>Lo primero que llam\u00f3 mi atenci\u00f3n aquel mediod\u00eda, cuando una mirada seguramente involuntaria me mostr\u00f3 el cuadro desvalido de aquel vest\u00edbulo de cine, fue la inusual cantidad de chinos que all\u00ed se encontraban, resaltando de manera inequ\u00edvoca y particularmente llamativa, en medio de la ciudadan\u00eda corriente que nutre las funciones de los continuados.<\/p>\n<p>-Mira qu\u00e9 cantidad de chinos -le advert\u00ed a mi amigo.<\/p>\n<p>Y sin tener que ponernos de acuerdo, ociosos como and\u00e1bamos, nos dimos vuelta y regresamos al lugar.<\/p>\n<p>No nos detuvimos a contarlos; pero as\u00ed, al solo golpe de vista, era evidente que un considerable desprendimiento de la colonia asi\u00e1tica hab\u00eda venido a parar all\u00ed. Sin duda que el desgarramiento que presenci\u00e1bamos no se hab\u00eda producido propiamente en el ala m\u00e1s desvalida y magra de la colonia, donde se cobijan los deteriorados dependientes de lavander\u00edas y fonduchos; pues aquellos caballeros amarillos que nos rodeaban vest\u00edan con ponderada correcci\u00f3n, lo que evidentemente los hac\u00eda m\u00e1s notables en medio del desali\u00f1o general. Debo advertir, por \u00faltimo, que en cuanto a la funci\u00f3n, no se trataba de una tanda corriente de cine continuado, como hab\u00edamos cre\u00eddo al principio, sino de todo un espect\u00e1culo en vivo de strip-tease.<\/p>\n<p>Un di\u00e1logo de mudos nos puso de acuerdo en el acto; sacud\u00ed la cabeza provocando un recrudecimiento de cejas no desprovisto de malicia y mi amigo respondi\u00f3 resignado, elevando los hombros. En cuatro pasos estuvimos retrat\u00e1ndonos en la taquilla.<\/p>\n<p>Ni que decir que el aire estacionado en el vest\u00edbulo, tan t\u00edmidamente iluminado, creaba en el ambiente cierta pesadez de agua salobre, un gusto \u00e1cido de vieja transpiraci\u00f3n. Una mano pelada recogi\u00f3 los billetes y all\u00ed est\u00e1bamos rodeados de unos pobres estucos, unas lamparillas tomadas por el polvo, un cielorraso de madera f\u00fanebre, algo desorientados en el fondo y sin mucho que ver alrededor.<\/p>\n<p>(La taquillera -lo advert\u00ed un poco m\u00e1s tarde, cuando casualmente volv\u00ed a localizarla con la mirada-, la \u00fanica mujer en todo el contorno, ofrec\u00eda un tinte opaco de ama de casa pobre y no s\u00e9 qu\u00e9 imprecisa liviandad en toda ella -o en la secci\u00f3n del busto que se hac\u00eda visible-, como si detr\u00e1s de la cota deste\u00f1ida del uniforme todo lo s\u00f3lido fuera una escueta armaz\u00f3n, sin otro contenido que un poco de aire inm\u00f3vil. \u00a0 Dos surcos descendentes que part\u00edan de los lagrimales, pod\u00edan haber sido cavados por muchas y lentas efusiones de lagrimas, agotadas ya para siempre).<\/p>\n<p>Muy cerca de nosotros, un cartel en colores de Burt Lancaster y un panel de fotos satinadas de los n\u00fameros del burlesque que \u00edbamos a ver, recog\u00edan las miradas, acaso demasiado atentas, de dos criaturas muy diferentes entre s\u00ed: un ser peque\u00f1o, redondo, recortado, a medias calvo, con traje oscuro, que participaba del tono mate y lastimado de la piel; y el otro como puesto all\u00ed para hacer el contraste: metro y medio de arrugas en los pantalones, algo m\u00e1s de camisa sucia, de cuello nudoso, de pelos rizados y amarillos.<\/p>\n<p>Mi amigo me hal\u00f3 por la manga. Acababan de correr la cortina de raso viejo que cubr\u00eda la anchura de la puerta y se pod\u00eda escuchar, de lejos, el sonido emparedado de una peque\u00f1a orquesta atacando los compases de una marcha. La m\u00fasica creci\u00f3 de golpe y vimos iluminarse el escenario de un color rosa p\u00e1lido que se encend\u00eda gradualmente hasta tocar el rojo, retornar por el mismo camino y languidecer en el blanco. Tal juego de luces, a la tercera ronda, acab\u00f3 por hacerse aburrido.<\/p>\n<p>Advert\u00ed en ese momento, mientras mi compa\u00f1ero encend\u00eda un cigarrillo, que la presencia antes dominante de los chinos se hab\u00eda disuelto por completo en la penumbra de la sala. Era que ya no pod\u00eda asegurar que fuesen tantos como hab\u00eda cre\u00eddo al principio, a plena luz; podr\u00edan no pasar de cinco o seis ejemplares -todos minuciosamente pulcros, encharolados y vestidos de azul-, pues acaso hab\u00eda sido v\u00edctima de la extra\u00f1a propiedad que parece pertenecer por todos los siglos a estos sigilosos asi\u00e1ticos que andan regados por el mundo, y la cual consiste en el truco de reproducirse o duplicarse un n\u00famero indefinido de veces, de manera que en medio de una multitud heterog\u00e9nea, uno no puede asegurar que el chino que aparece a su derecha no sea el mismo que acaba de ver a su izquierda, guardando id\u00e9ntica postura; y el otro que nos pasa por delante venga a ser el reflejo, la r\u00e9plica instant\u00e1nea y veraz de otro que en el mismo momento caminar\u00eda, quiz\u00e1s, a nuestra espalda, etc.<\/p>\n<p>-Me parece que hemos botado la plata -se lament\u00f3 mi amigo apenas ocupamos nuestros asientos en la fila central. Y, en efecto, era evidente, a juzgar por las apariencias, que nada extraordinario pod\u00edamos esperar de todo aquello. La desma\u00f1ada concurrencia, dispersa por todo el sal\u00f3n, tampoco demostraba el menor optimismo al respecto. Mal sentados en las butacas, piernas encaramadas mostrando el polvo de las suelas, bustos sumergidos hasta los pasamanos en la actitud de echar un sue\u00f1o, otros charlando en el pasillo de espaldas al escenario o sentados en los espaldares. Nos daba la impresi\u00f3n de haber acudido demasiado temprano a un espect\u00e1culo que no llevaba trazas de empezar.<\/p>\n<p>Sin embargo, la orquesta hab\u00eda acabado la obertura y son\u00f3 el redoblante. Alguien que deb\u00eda ser el anunciador, un negrito de chocolate con pechera blanca, sali\u00f3 al proscenio, vino con pasos impetuosos hasta las candilejas, y all\u00ed se paraliz\u00f3 unos momentos, una O congelada en el aro de tiza de la boca, observando sin expresi\u00f3n la escena desalentadora que represent\u00e1bamos para \u00e9l. (Con respecto a nosotros, desde la ubicaci\u00f3n del negrito, era f\u00e1cil pensar en ese punto muerto que precede a la hora formal del ensayo de una obra en las ma\u00f1anas, cuando los actores en mangas de camisa se mueven por all\u00ed ensimismados, susurrantes, vagando en una helada incoherencia, como si supiesen que todo intento por encontrar un punto de partida, alg\u00fan pie que de pronto restableciera la memoria extraviada y desatara de una vez la acci\u00f3n, ten\u00eda que resultar fatigoso e in\u00fatil).<\/p>\n<p>-Ese es el negrito Happy -observ\u00f3 mi amigo refiri\u00e9ndose al anunciador, y con la misma lo vimos desaparecer casi en carrera. Una voz potente grit\u00f3 en la oscuridad: \u201c\u00a1negro maric\u00f3n!\u201d, y el negrito retruc\u00f3 en el tablado, nos hizo la pu\u00f1eta y se escurri\u00f3 de nuevo por la cortina.<\/p>\n<p>Un buhonero se sent\u00f3 a nuestro lado. Sobre las rodillas coloc\u00f3 el cajoncito cargado de tijeras, peines y hojillas de afeitar.<\/p>\n<p>Empez\u00f3 la tanda y fue como si nada. Cierto que algunos asistentes precavidos se escurrieron sin prisa a las primeras filas de asientos; pero la mayor\u00eda del p\u00fablico prefiri\u00f3 esperar mejor ocasi\u00f3n.<\/p>\n<p>Los primeros alaridos del negrito cayeron por completo en el vac\u00edo. Sandra, La Colombianita de Fuego, no ten\u00eda en verdad gran cosa que mostrar o tal vez mostraba demasiado para su edad, a todas luces respetable. Como la acompa\u00f1aba uno de esos valses flatulentos que los m\u00fasicos de teatro parecen inventar a medida que tocan, mezclando las rumias de cientos de viejos valses sin nombre conocido, ella limitaba sus evoluciones a un ir y venir de banda a banda del escenario; sus visajes eran de cupletista a quien s\u00f3lo le falta el abanico.<\/p>\n<p>Lo cierto es que, mientras ella se iba sacando sus prendas de flequitos de plata y lentejuelas, las que por unos segundos manten\u00eda a distancia colgando de sus dedos como se sostiene y se larga una piltrafa, la orquesta hac\u00eda lo propio: aquel vals esquel\u00e9tico iba perdiendo gradualmente sus trapos, soltaba unas telas gastadas de saxof\u00f3n y de trompeta hasta quedarse en la pura osamenta que era el tres por cuatro de la bater\u00eda.<\/p>\n<p>Unos pocos silbidos premiaron el \u00faltimo gesto de la do\u00f1a, cuando, con dos estrellitas de plata en los pezones, se quit\u00f3 la piecita de abajo y ense\u00f1\u00f3 un casto montoncito de escarcha plateada en el lugar del pubis. Happy sali\u00f3 aplaudiendo y dando gritos y ella nos dio el trasero de una manera que result\u00f3 insultante, pues aquello que tan penosamente se mov\u00eda en su mitad, era algo demasiado funcional, demasiado hogare\u00f1o, un traste grande y bien sajado de se\u00f1ora de casa que va al ba\u00f1o. La impresi\u00f3n no fue m\u00eda \u00fanicamente: de alguna fila delantera parti\u00f3 una trompetilla larga y acuosa, lo que result\u00f3 un comentario, aunque veraz, en exceso prolijo para secundar mis discretas deducciones mentales.<\/p>\n<p>Mi amigo bostez\u00f3 a todo diente, y en cuanto empezamos a hablar de cualquier cosa por pasar el rato, nos dimos cuenta de que un grueso murmullo se hab\u00eda apoderado del aire, y que, de querer hacerlo, deb\u00edamos entendernos a gritos. Por all\u00e1 sal\u00eda la voz aflautada del negrito (el perfil de un chino sali\u00f3 del dibujo de rostros y se ilumin\u00f3 fugazmente. Estuvimos conectados por unos instantes, cuando \u00e9l volvi\u00f3 la cara y todas sus facciones en relieve me enrostraron con una rutilante complicidad) diciendo no s\u00e9 qu\u00e9 de \u201cla empresa en su deseo de complacer al distinguido p\u00fablico\u2026 y \u00a1esto se compone, caballeros, despreoc\u00fapense, esto se compone!\u201d<\/p>\n<p>El tiempo vino a darle la raz\u00f3n, por suerte. Como a mitad del espect\u00e1culo, la concurrencia se hab\u00eda triplicado y gran parte de la misma se hallaba aglomerada en las primeras filas. Aquel desplazamiento hab\u00eda originado un peque\u00f1o tumulto cuya \u00fanica v\u00edctima result\u00f3 ser un viejo a quien hab\u00edan derribado en mitad del pasillo y all\u00ed permanec\u00eda lleno de polvo, manoteando y berreando sin hacerse o\u00edr, como un fan\u00e1tico predicador. Volaban colillas encendidas. Una danza de tambores, bailada por una morena flexible de largos cabellos, recalent\u00f3 los \u00e1nimos. Creo que hubo un conato de bronca del lado de la orquesta. Vi al flaco del saxof\u00f3n tambalearse en medio de un nudo de cuerpos; pero mi amigo me halaba de la manga: al golpe de las tumbadoras, que hab\u00eda cobrado verdadera violencia, la negrita vibraba electrizada de pies a cabeza. El calor de los focos la hab\u00eda humedecido y brillaba un poco por el lado del vientre como un bistec jugoso. Yo ten\u00eda entre las cejas la visi\u00f3n de pavor en la cara amarilla del saxofonista; entonces volv\u00ed la mirada a ese lugar y s\u00f3lo encontr\u00e9 las cabezas en orden.<\/p>\n<p>Happy deliraba corriendo y dando saltos y, finalmente, apareci\u00f3 Trina, La Diablesa de Armi\u00f1o, sorprendente con su pelo plateado y la capa de piel que la envolv\u00eda. La orquesta silabeaba un jazz lento, apenas una melod\u00eda desangrada que flotaba por ah\u00ed sin objeto. Entonces Trina se desprendi\u00f3 de su tapado, alz\u00f3 los brazos, sonri\u00f3 de una manera deslumbrante y mostr\u00f3 de una vez toda la blancura de su cuerpo duro y armonioso.<\/p>\n<p>-\u00a1Esto s\u00ed es una hembra! -grit\u00f3 mi compa\u00f1ero levant\u00e1ndose. S\u00f3lo nuestro vecino buhonero permanec\u00eda mudo y como humillado en su asiento.<\/p>\n<p>Claro que Trina no sab\u00eda bailar, m\u00e1s lo importante en ella era su manera arrogante, sobrada y vigorosa de desprenderse de unos breves tapadizos plateados, que al desaparecer agregaban nuevos territorios luminosos a aquel cuerpo torneado y movedizo que parec\u00eda interminable. Happy le iba detr\u00e1s arrodillado, poniendo una cara fam\u00e9lica de suplicante, como arrastrado por aquellas nalgas rodeadas de luz, que a intervalos se sacud\u00edan de adelante atr\u00e1s en una demorada convulsi\u00f3n que remataba en un chicotazo vibrante. Parec\u00eda que las nalgas, casi liberadas del remache de las caderas, al retrucar, escupieran la cara del negrito. La algarab\u00eda era descomunal. Muchos se hab\u00edan parado sobre los asientos, mientras que una masa impenetrable se condensaba bajo el escenario. Los m\u00e1s afortunados hab\u00edan conseguido copar la escalerilla y la turba se deten\u00eda al borde mismo de las candilejas, revolvi\u00e9ndose contra s\u00ed misma, como rechazada por una valla invisible. Si alguno romp\u00eda de pronto la barrera, ca\u00eda turulato, trastabillado en el tablado.<\/p>\n<p>Desnuda del todo, Trina qued\u00f3 de espaldas al p\u00fablico bajo un cono de luz; de pronto gir\u00f3 sobre sus pies y se mostr\u00f3 de frente con la mano debajo y luego escap\u00f3 en puntas de pies, los brazos atr\u00e1s, inclinados y tensos, y era como si el viento que parec\u00eda cortar con su cuerpo elevara tras ella un velo prodigioso.<\/p>\n<p>El negrito, que se conoc\u00eda el juego, nos instaba a traerla de nuevo con los aplausos: \u201c\u00a1ahora van a verlo, caballeros -sus dedos figuraban un tri\u00e1ngulo en el lugar debido-; aplausos, caballeros, y van a verlo!\u201d, y algunos, encaramados en los brazos de los asientos, manoteaban con ira sobre la an\u00f3nima negrura de las cabezas, arengando como oradores de barricada, y ella apareci\u00f3 de nuevo por el cortinaje, dio una vuelta entera sobre las puntas de los pies, brazos al aire y vimos todos, de un fogonazo, el montoncito negro en su lugar.<\/p>\n<p>Unos pocos hab\u00edan conseguido trepar al tablado desde el foso; Happy los enfrentaba haci\u00e9ndoles fintas de payaso, y escapaba despatarrado. La Diablesa de Armi\u00f1o hab\u00eda saltado sobre el piano y la ve\u00edamos crecer en un foso de brazos alzados.<\/p>\n<p>-Van a linchar al negro -dijo mi amigo.<\/p>\n<p>Pero ese tipo conoc\u00eda su negocio. Se dej\u00f3 corretear por el tablado, se dej\u00f3 levantar en vilo, se arrastr\u00f3 como un gato apaleado pidiendo auxilio y, recuperado de repente, volvi\u00f3 a las candilejas a reclamar silencio.<\/p>\n<p>-Est\u00e1 bien, caballeros, ella va a bajar, caballeros, no se molesten. Ella va a bajar.<\/p>\n<p>-\u00bfDice que va a bajar aqu\u00ed, desnuda?<\/p>\n<p>Sent\u00ed miedo de veras.<\/p>\n<p>-La van a matar -dije-. Grit\u00e9, m\u00e1s bien, en medio del estr\u00e9pito reinante que asfixiaba la voz del negrito. Pero \u00e9l no cesaba de clamar su ofrecimiento parado en posici\u00f3n de coach, su traje negro de faena majado y cubierto de polvo, las tapas del chaleco abiertas y guindando, a medida que la desconcertada comparsa, que erraba todav\u00eda por el escenario, iba escurriendo hacia la sala, poco a poco.<\/p>\n<p>Vi de pronto en los ojos de mi amigo un chispazo de sangre. Y fue cuando nos dimos cuenta del silencio. El escenario qued\u00f3 solo. Las sombras sumisas regresaban a posarse en los asientos como aguas aplacadas. En el proscenio abandonado reapareci\u00f3 Trina. Lo cruz\u00f3 en diagonal; baj\u00f3 la escalerilla, monda, desnuda, limpia como una pieza de vajilla reci\u00e9n lavada. El negrito se sent\u00f3 a la turca en mitad de la escena, junto al resplandor de las candilejas, y parec\u00eda que su fr\u00e1gil materia empezara poco a poco a derretirse, los codos en las rodillas, el ment\u00f3n en los pu\u00f1os, mir\u00e1ndonos con un solo ojo blanco como un agujero en la pasta negra y carcomida.<\/p>\n<p>Se o\u00eda el zumbido de los ventiladores y a lo lejos el bord\u00f3n uniforme de la ciudad. Trina, La Diablesa del Armi\u00f1o, llevando una sonrisa de pasta nacarada, se paseaba, esquivando las rodillas, por las largas filas de butacas, \u00fanico objeto m\u00f3vil frente a las figuras congeladas.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><strong>Personaje II<\/strong><\/p>\n<p>Hac\u00eda tiempo que hab\u00eda perdido todo inter\u00e9s en escuchar las notas embrolladas del organito. Empezaban a sonar por la tarde, a eso de las cinco, hora en que la Madama le entraba de frente a su primer frasco de ca\u00f1a blanca. Dos horas despu\u00e9s, en los d\u00edas de semana, bajaba yo a la calle para ir a la imprenta a ocuparme de mis galeradas y a la mitad del foso, en lo m\u00e1s agudo de aquella fetidez mohosa desprendida de las paredes, la ve\u00eda aparecer en el codo de la escalera. (Mis sonrisas anticipadas de los primeros d\u00edas, el adem\u00e1n de saludo que iba a quedarse amedrentado a mitad de camino, privando de destino a aquella mano levantada que servir\u00eda acaso para estrujarme tontamente la nariz o sacudir un polvo imaginario en la solapa, dejaron de tener lugar en cuanto me convenc\u00ed de que la Madama no iba a reconocerme y que ni siquiera me dedicar\u00eda una mirada). Era ya un gran mont\u00f3n de trapos inflados de fatiga y vapores de alcohol. El pelo rizado, de un tono rubio desva\u00eddo (una cabellera y una boca menuda, encapullada, y unos ojos vidriados y redondos que la aproximaban a un doloroso parecido con las beldades del cupl\u00e9), se le ven\u00eda a la cara formando crespos r\u00edgidos, que sub\u00edan y bajaban a los impulsos de una ascensi\u00f3n deliberadamente agotadora. Tal vez hubiera podido ahorrarse la mitad de aquel esfuerzo, pero ella se obstinaba en demostrar una especie de furor penitente, trepando con celeridad fren\u00e9tica, m\u00e1s aparente que efectiva dado el escaso n\u00famero de pelda\u00f1os ganados entre bufidos y palabras truncas e incomprensibles, aunque llenas de furia.<\/p>\n<p>(Yo hab\u00eda tomado posesi\u00f3n de aquella escalera, en la que me divert\u00eda practicar el juego del ciego, una de mis man\u00edas gratuitas. Era una manera de confiarme a las delicias del tacto y establecer por esa v\u00eda una relaci\u00f3n personal con los objetos. Durante la acci\u00f3n, mis ojos continuaban abiertos, aunque en cierta forma paralizados; entre tanto, el poder de absorci\u00f3n de mi mente era alimentado a trav\u00e9s de la mano y por all\u00ed se propagaba a todos los conductos de la percepci\u00f3n y el conocimiento; era un juego liviano -aunque a veces pod\u00eda volverse terriblemente enmara\u00f1ado-, que pon\u00eda en actividad mis m\u00e1s secretas reservas de memoria. Un roce cualquiera era capaz de despertar, s\u00f3lo por una vez, sensaciones insospechadas, regresiones ins\u00f3litas en el olfato o en los genitales. Golpes de miedo o de tristeza eran sentimientos diluidos que escapaban de sus celdas y repet\u00edan, por unos instantes, sus viejos cometidos.<\/p>\n<p>En la escalera, el juego ten\u00eda la ventaja de extenderse a un territorio inmenso, cuyos relieves y lastimaduras eran recorridos por las puntas de mis dedos. A la altura de los primeros pelda\u00f1os, una peque\u00f1a zona virulenta y h\u00fameda, escamosa un poco m\u00e1s abajo, el paso de una grieta, trozos fr\u00edos y resbaladizos, un hoyuelo tierno donde cab\u00eda la yema del dedo\u2026 mientras la memoria devolv\u00eda el tacto de otras superficies, que a su vez tra\u00edan adheridos lugares y gentes, voces y emanaciones diferentes).<\/p>\n<p>Con una mano se agarraba del muslo para impulsarse, la otra apretaba el frasco de relevo envuelto en un papel de estraza. A mi regreso, poco despu\u00e9s de media noche, al pasar cerca de su puerta, la sent\u00eda moverse y tropezar entre los muebles como una ciega atarantada. La o\u00eda toda, de manera que los sonidos llegaban a formar en mi cabeza una imagen perfectamente delineada: el roce de los trapos, la voz quebrada que tos\u00eda o cantaba o ensartaba mitades de palabras, interjecciones salidas de la mara\u00f1a del cerebro que no volver\u00eda a escucharse otra vez\u2026 y el frote de sus sandalias sobre el trozo de alfombra y el sonido doble y aspirado de sus narices en forma de una e\u00f1e acatarrada.<\/p>\n<p>El organito ya hab\u00eda parado de sonar. Lo escuch\u00e9 por primera vez cuando vine a alquilar el cuarto hace unos meses. Las notas rodaban por el aire acidulado del callej\u00f3n que ya empezaba a ensombrecerse y pens\u00e9 en unas bolitas livianas que se persegu\u00edan sin llegar a alinearse, tropezaban y se amontonaban, corr\u00edan de nuevo dando tumbos y apenas consegu\u00edan mantener el hilo de la melod\u00eda, que era, al parecer, un pasodoble viejo y desmadejado. \u00a0 Promet\u00ed perfeccionar esta imagen, podarla de la mitad de las palabras y utilizarla a la primera oportunidad. Todo el callej\u00f3n era en verdad un buen escenario de novela; ten\u00eda lo que me agradaba poner en palabras; palabras con sabor, con tacto, con emanaciones y asperezas.<\/p>\n<p>Era un gran trozo del decorado viejo de la ciudad salvado del desbande general. (S\u00e9 que un d\u00eda acabar\u00e1n por derribar, moler y arrojar bien lejos, convertido en polvo y cascajos, lo poco que todav\u00eda permanece en pie de una alba\u00f1iler\u00eda marchita. Una ciudad habr\u00e1 muerto y otra ocupar\u00e1 su lugar. Sus habitantes ir\u00e1n de un sitio a otro como en una trampa descomunal sin sosiego posible. El recuerdo, despojado de ese elemento, ser\u00e1 humo de memoria). Los grandes edificios de la avenida, cuyo jadeo se volv\u00eda imperceptible a la mitad del estrecho canal, mostraban s\u00f3lo sus espaldas lisas y blancas, detr\u00e1s de un amontonamiento impenetrable de chatarra urbana: ladrillos desnudos, yacijas de madera y platabandas sin frisar con tendederos y despojos de muebles.<\/p>\n<p>Mi caser\u00f3n de cuatro pisos parec\u00eda estar all\u00ed para demostrar, por medio de una caligraf\u00eda minuciosa, lo que muchos a\u00f1os de intemperie son capaces de producir en una capa de pintura al \u00f3leo. Ten\u00eda hileras de balcones, con las barriguitas salientes como palcos de teatro, y destacaba de las otras edificaciones, todas de una sola planta, casas de tejado y cuerpo \u00e1tico, de una misma edad. Mi cuarto, en el tercer piso, era de verdad inmenso, aunque nada sombr\u00edo. En las paredes no hubiera podido poner nada de mi parte: me entregaban una escritura heterog\u00e9nea, llena de borrones y tachaduras, como si hubiesen vuelto muchas veces sobre ella hasta hacerla ilegible. Fue un desencanto encontrarme la puerta que daba al balc\u00f3n condenada a punta de listones y clavos.<\/p>\n<p>La Madama era otra persona en las ma\u00f1anas. Se recorr\u00eda el edificio entero, regando su olor a tintura de \u00e1rnica, cacareando, riendo sin parar. Me llamaba \u00abmijit\u00bb por mijito, y me hablaba de su hijo, un muchacho gordo y grosero que con frecuencia me adelantaba en la escalera, hediondo a sol y expeliendo un canto horrible a base de trompetillas. No puedo asegurar que le entendiera, pero su charla no era en modo alguno fastidiosa: por el contrario, me divert\u00eda escucharla, me hac\u00eda re\u00edr, me comunicaba un \u00e1nimo ligero y festivo. Pero si es que algo entend\u00eda en el momento, lo olvidaba todo apenas ella desaparec\u00eda de mi vista. Lo que mi memoria era capaz de reproducir despu\u00e9s se reduc\u00eda a un sonido confuso, indescifrable, pues ella deb\u00eda expresarse en una lengua \u00fanica, comunicable s\u00f3lo en el momento de producirse, irrepetible, imposible de memorizar; era una sola pasta de gestos y sonidos, mezclada con sus ojitos rojos y parpadeantes, su cara hinchada de donde casi desaparec\u00edan los rasgos, sus trapos y su olor a \u00e1rnica.<\/p>\n<p>Su cuarto parec\u00eda mucho m\u00e1s peque\u00f1o que el m\u00edo, a causa de la multitud de objetos que lo cubr\u00edan: el moblaje completo de una casa comprimido entre aquellas cuatro paredes; completo, digo, si se le miraba en conjunto; pero en detalles descalabrado y maltrecho. El aire era denso, dif\u00edcil de respirar al principio.<\/p>\n<p>Toqu\u00e9 la manija del organito, aunque no me atrev\u00ed a moverla. La Madama estaba de espaldas a m\u00ed, colocando la loza en el aparador. Tocaba cada pieza con primor entre las yemas de los dedos, la hac\u00eda dar vueltas, soplaba en las molduras para quitar un polvo inexistente y la devolv\u00eda a su lugar. El artefacto, aquel molinillo de m\u00fasica, no ten\u00eda gran cosa que ver: era un caj\u00f3n oscuro, sin mayores resaltes, sostenido por una paticas labradas. Unos dibujos dorados luchaban por sobrevivir ahogados en la niebla que se hund\u00eda en la madera. La Madama no se daba punto de reposo cambiando de sitio floreros y figuras de pasta.<\/p>\n<p>Hoy, como dije, la m\u00fasica del organito ha dejado de enternecerme. Estoy tratando de escribir un cuento con la Madama de personaje principal. Siento moverse en mi cabeza todo el asunto, percibo la textura de la pasta, el calor de esa masa con vida que palpita all\u00e1 adentro y presiona con deseos de salir y, sin embargo, me resisto al intento. \u00bfC\u00f3mo empezar?\u2026 Diez a\u00f1os antes, su entrada a la casona seguida por una troupe fant\u00e1stica como los personajes desterrados de una comedia de \u00e9poca: aquel mobiliario anacr\u00f3nico que a duras penas pudo encontrar alojo en la habitaci\u00f3n. La Madama en plena florescencia, madura y perfumada, posible todav\u00eda de reconstruir a partir de sus manos, que se conservaban rosadas y frescas. O salir de dentro de ella misma, aqu\u00ed, ahora, en el momento en que abre los ojos en medio de sus ruinas; la fiebre de las ma\u00f1anas que la lanza a una vertiginosa correr\u00eda por todos los habit\u00e1culos del caser\u00f3n, sin parar de hablar y de re\u00edr.<\/p>\n<p>El paso de las horas, que al t\u00e9rmino del d\u00eda deben traerle alg\u00fan momento de tregua antes de la ca\u00edda: quiz\u00e1s el tr\u00e1nsito por alguna comarca apacible que la hace languidecer en medio de recuerdos t\u00edmidos, cosas vagas e ins\u00edpidas, escenas que apenas sobrepasan el blanco como el color de las vi\u00f1etas viejas. La m\u00fasica de organito. Ha empezado a sonar ahora. Abandono el papel donde a\u00fan no he acabado una l\u00ednea. Quiz\u00e1s me venga bien un peque\u00f1o paseo. Salgo, paso frente a su puerta, me detengo un trecho m\u00e1s all\u00e1, regreso y llamo, llamo por dos veces sis recibir respuesta. \u00a0 Abro, s\u00f3lo lo suficiente para asomar la cara y al instante las bolitas de m\u00fasica me rebasan y salen trotando hacia el pasillo. La Madama aparece sentada en uno de sus sillones floreados, hundida en \u00e9l m\u00e1s bien, las piernas extendidas y abiertas, el vestido sobre las rodillas, la barba encajada en la hinchaz\u00f3n del pecho. Un brazo que cuelga indolente la pone en contacto con el organito. Sin moverse, alza los ojos hacia m\u00ed y hace una contracci\u00f3n rabiosa como si quisiera escupirme.<\/p>\n<p>-\u00a1Sucio, vete de aqu\u00ed, puegco!<\/p>\n<p>Me siento descubierto y humillado, perseguido por una sensaci\u00f3n de torpe verg\u00fcenza, como si una mano en la nuca me empujara escaleras abajo. Jam\u00e1s he debido asomarme. Casi a saltos, vengo a dar a la acera. Salgo al aire fresco del atardecer y apenas he caminado una cuadra, siento que a mi alrededor todo es armonioso y distante. La casa, el callej\u00f3n se hallan lejos, inmovilizados en un aire inviolable para ojos extra\u00f1os. En este momento, la Madama es una figura de paja, un trasto relegado a un rinc\u00f3n entre otros muchos que puedo mover, colocar, disponer a mi antojo. Creo que ma\u00f1ana me decida finalmente a escribir.<\/p>\n<article class=\"post-45074 texto type-texto status-publish hentry category-cuentos\">\n<div class=\"text-justify\">\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/salvador-garmendia\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n<\/div>\n<\/article>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Salvador Garmendia Difuntos y vol\u00e1tiles No hay que tenerles miedo a los muertos -dec\u00eda mi t\u00eda Hildegardis, y me golpeaba el coco con su u\u00f1a larga, toda verde, que parec\u00eda ba\u00f1ada de esperma. 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