{"id":14738,"date":"2025-01-10T16:03:31","date_gmt":"2025-01-10T20:33:31","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=14738"},"modified":"2025-01-10T16:03:31","modified_gmt":"2025-01-10T20:33:31","slug":"el-vargueno-fragmentos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/el-vargueno-fragmentos\/","title":{"rendered":"El Vargue\u00f1o (fragmentos)"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Luisa Mart\u00ednez<\/h4>\n\n\n\n<p><strong>A<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Abren la puerta y a mi encuentro viene la penumbra a recibirme y envuelta en ella, la due\u00f1a de la casa, escritora como yo, entregada a obras de filantrop\u00eda abandonadas luego, cuando acept\u00f3 al que es hoy su marido, el escultor Guillermo Ribas.<\/p>\n\n\n\n<p>Del vest\u00edbulo pasamos al corredor, en donde me siento transportada a otros tiempos: las sillas g\u00f3ticas, en cuyo espaldar se ve pintado un escudo; el candelero alto, imitando en su decorado la atauj\u00eda de esmaltes y piedras preciosas ejecutadas por los art\u00edfices moros, una mesa de l\u00edneas sencillas, evocadora de una \u00e9poca medioeval y en el fondo de la estancia, un vargue\u00f1o con esta leyenda en letras g\u00f3ticas: Apura el vino de la vida mientras dure; la luz completamente velada por pergaminos cubiertos de motivos tambi\u00e9n g\u00f3ticos; las paredes decoradas y ante esto, tan perfectamente \u00edntimo y armonioso, me acuerdo de la frase malintencionada y rencorosa de la vecina: \u201cSon bohemios y no tienen muebles\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00a1Ah!, vecina criticona, si supieras que para un artista tiene mucho m\u00e1s valor el vargue\u00f1o con su leyenda, que te impulsa a coger la vida y a apurar su vino a grandes sorbos hasta embriagarte, que todos los muebles baratos, comprados por cuotas, que responden cada cual a un fin determinado: el colgador para los sombreros; el aparador para guardar la vajilla de gusto charro que solo usas los d\u00edas de santo; la l\u00e1mpara, con una bombilla muy potente encima de la mesa del comedor, para ver bien lo que comes.<\/p>\n\n\n\n<p>En la casa de los Ribas la comida no tiene esa importancia tr\u00e1gica; m\u00e1s importante es contemplar las sombras fugitivas creadas por la llama vacilante del cirio, y m\u00e1s lo es a\u00fan el consejo de la leyenda que te incita a olvidar un poco tu itinerario rutinero de todos los d\u00edas.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00a1Confieso que sent\u00ed desconcierto cuando vi la mesa servida para el t\u00e9! \u00a1Las seis y media, y la invitaci\u00f3n era para las cinco!<\/p>\n\n\n\n<p>De una habitaci\u00f3n vecina se oyen voces que al principio no reconozco, mas luego vienen Ribas y Vicenta Campos, escritora, que acaba de publicar una novela muy alabada por algunos cr\u00edticos y acerbamente criticada por otros; mas para Vicenta, ello es acicate; sus cabellos negros, rebeldes, y su mirar ind\u00f3mito dicen a las claras que no la arredra el comentario. Contest\u00f3 a la cr\u00edtica enconada con br\u00edos y altivez; no huy\u00f3 de la controversia; la ret\u00f3, m\u00e1s bien.<\/p>\n\n\n\n<p>Joven, esbelta, da la impresi\u00f3n de una savia fuerte dispuesta a entregarse, toda impaciencia, por vivir su vida. \u201cVivir su vida\u201d, frase habitual que asoma continuamente a sus labios. \u00bfQu\u00e9 llamar\u00e1 Vicenta \u201cvivir su vida\u201d en nuestra provinciana Caracas? \u00bfCasarse? \u00bfTener hijos? Para una mujer sincera, \u201cvivir su vida\u201d es entregarse a un gran amor.<\/p>\n\n\n\n<p>En Caracas, todo un ritual de Concejo Municipal, de iglesia, de traje de boda, de regalos, acompa\u00f1a el don que una mujer hace de s\u00ed misma; y ya roto el ensue\u00f1o de la virgen, su vida se desliza mon\u00f3tona en la diaria servidumbre, que ya no es amor sino deber.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfSo\u00f1ar y so\u00f1ar qu\u00e9?, a menos que cuando menos se espere una pasi\u00f3n avasalladora que acalle prejuicios y conveniencias; mas para eso est\u00e1 Caracas con sus rancias costumbres, que detiene el impulso y esparce las brasas, hasta convertirlas en cenizas.<\/p>\n\n\n\n<p><em>Apura el vino de la vida mientras dure.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>No, Vicenta, el vino solo puede tomarse en un vaso transparente de vidrio y si acaso, de cristal tallado. En el c\u00e1liz de piedras preciosas que guarda, si se escancia, la hez, en \u00e9l le est\u00e1 vedado tomar a las mujeres buenas\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>Y tras de ella, como si dij\u00e9ramos el eco de Vicenta, llega tambi\u00e9n la que es la hero\u00edna a medias de este ensayo de novela; la del andar vacilante y las crenchas rojizas. Toda la vida concentrada en los ojos exageradamente abiertos.<\/p>\n\n\n\n<p>Chiquilla que conoc\u00ed en otros tiempos, locuaz y vivaracha, y que ahora guarda, hecha a\u00f1icos, su enorme inquietud de vida. \u00a1Pura coincidencia en la ma\u00f1ana! <\/p>\n\n\n\n<p>Despu\u00e9s de varios a\u00f1os sin volvernos a ver, me hall\u00e9 con ella y charlamos largo rato, y este mismo d\u00eda, en la tarde, cuando menos me lo espero \u2014pues vive encerrada en su casa, obsesionada por el recuerdo\u2014, paso la tarde con ella y me siento el eslab\u00f3n que, un instante, retiene dos vidas separadas para siempre.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>B<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Ella se llama Berta Regina, pero la llaman Regina, un nombre muy dif\u00edcil de llevar, evocador de realeza y de mando y que contrasta con su doliente actitud. <\/p>\n\n\n\n<p>Trascurridos los primeros instantes, pasamos a otra habitaci\u00f3n. Ah\u00ed s\u00ed ten\u00eda raz\u00f3n la vecina: por \u00fanico lujo, las paredes tapizadas de p\u00farpura, y como perdido en la sombra, un solo y enorme div\u00e1n.<\/p>\n\n\n\n<p>La penumbra incita al amor, a un amor de esos que Caracas, inexorable, pisotea. <\/p>\n\n\n\n<p><em>\u00a1Ah!, los Ribas viven encerrados y no tienen muebles.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfPara qu\u00e9 m\u00e1s muebles si cuando vuelven a la casa les falta tiempo para amarse?<\/p>\n\n\n\n<p>Los muebles y enseres son la compensaci\u00f3n de los que no est\u00e1n saciados de amor. Para enga\u00f1arse los unos a los otros, compran objetos y cuadros, coleccionan antig\u00fcedades y as\u00ed defraudan la espera o se hacen perdonar el fracaso.<\/p>\n\n\n\n<p>Y Regina se recuesta en el div\u00e1n y su cabeza se apoya en el hombro de Vicenta. Parece que la fragilidad de aquella se pierde en la fuerza de esta.<\/p>\n\n\n\n<p>Hablamos de la contestaci\u00f3n de Vicenta a la cr\u00edtica enconada:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Deme su opini\u00f3n sincera \u2014me dice.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfCon qu\u00e9 derecho me pide sinceridad? La sinceridad en Venezuela es algo que raras veces se otorga.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Que antip\u00e1tica! \u2014me interrumpe juguetona\u2014. Todo el mundo tiene derecho a pedir sinceridad.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Pero todo el mundo tiene derecho a disfrazarla.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfPor qu\u00e9 no me la ha de dar?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Porque cuando se exige es porque una contestar\u00eda en igual forma.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Entonces, d\u00e9mela.<\/p>\n\n\n\n<p>S\u00e9 demasiado que ella en realidad no me la dar\u00eda, o instintivamente temo que, si le pido a mi turno sinceridad, aprovechar\u00eda para decirme verdades amargas que no quiero o\u00edr; sin embargo, se la doy atenuando la crudeza de mi opini\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Regina evoca la casona donde viv\u00ed tantos a\u00f1os.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Cuando era chiquilla \u2014cuenta\u2014, por el port\u00f3n siempre abierto (pues la casona y sus due\u00f1os, solo ten\u00edan el lujo de las arcadas y de las enredaderas que florec\u00edan, escondiendo as\u00ed los descalabros del tiempo), ella sol\u00eda penetrar y pasear por los corredores en donde nunca se o\u00eda el retozo de los chicos.<\/p>\n\n\n\n<p>El recuerdo de la casona me hace da\u00f1o. Sus paredes estaban impregnadas del silencioso sufrir de los m\u00edos, que tambi\u00e9n en un tiempo anhelaron, como Vicenta, vivir su propia vida, anhelo que ahog\u00f3, celosa, la austera casa solariega.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1No!, la casona me rob\u00f3 alegr\u00eda a cambio de su acogida; despojaba de consuelo a los que ven\u00edan a cobijarse bajo su amparo. En sus aposentos, a cierta hora de la tarde, se sent\u00eda palpitar, si se prestaba  atento el o\u00eddo, el dolor mudo de los que, por sostener la tradici\u00f3n, sacrificaron juventud y belleza.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2026 A\u00fan resuena en mis o\u00eddos la voz mon\u00f3tona con que se reza a los agonizantes, acompasando el estertor cada vez m\u00e1s lento, m\u00e1s tarde, de una que pas\u00f3 por la vida prisionera de la casona, dejando tras de s\u00ed una estela fugitiva y an\u00f3nima de deberes cumplidos.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Luisa Mart\u00ednez A Abren la puerta y a mi encuentro viene la penumbra a recibirme y envuelta en ella, la due\u00f1a de la casa, escritora como yo, entregada a obras de filantrop\u00eda abandonadas luego, cuando acept\u00f3 al que es hoy su marido, el escultor Guillermo Ribas. 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