{"id":14600,"date":"2024-12-26T16:55:10","date_gmt":"2024-12-26T21:25:10","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=14600"},"modified":"2024-12-26T16:56:53","modified_gmt":"2024-12-26T21:26:53","slug":"desamparo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/desamparo\/","title":{"rendered":"Desamparo"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Manuel Rodr\u00edguez C\u00e1rdenas<\/h4>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-right\"><em>\u00abPara que un hombre piense en matar a otro hombre, quiera matarlo y ejecute tal prop\u00f3sito, debe encontrarse en estado ps\u00edquico muy diferente al de la inmensa mayor\u00eda de los hombres adultos y civilizados&#8230;\u00bb <\/em>Enrique Ferri<\/p>\n\n\n\n<p>Fui aquella noche. S\u00ed. Lo recuerdo bastante bien. \u00cdbamos a un baile por El Guarataro Delante caminaba Jos\u00e9 del Carmen haciendo crujir sus zapatones, con las manos ca\u00eddas a los lados del pantal\u00f3n. El acostumbrado bamboleo de su cuerpo se adivinaba por los trazos del cigarro en la oscuridad. Yo lo ve\u00eda de espaldas, ancho, apresurado. Me daba la impresi\u00f3n de que lo contemplaba desde el ferrocarril, porque se alejaba de pronto, y de pronto aparec\u00eda entre los casuchines del barrio. Pon\u00eda sus pisadas de toro sobre el barro y la podredumbre que sal\u00eda de las casas y corr\u00eda por las laderas de la subida.<\/p>\n\n\n\n<p>Detr\u00e1s \u00edbamos el negro Rufino y yo. Camin\u00e1bamos alegremente, porque el negro Rufino era alegre. Se sab\u00eda vestir. Aquella noche se puso el traje blanco, el de los fondillos remendados, y sus zapatos amarillos, con medias azules. Rufino era \u00abmi hermano\u00bb. Por eso and\u00e1bamos siempre juntos. Toda la vida nos un\u00eda. Ni \u00e9l ni yo hab\u00edamos conocido familia, ni madre, ni padre, ni nada. Nos encontramos en la calle, un d\u00eda, hac\u00eda ya mucho tiempo, por el Cementerio de Los Hijos de Dios. Tendr\u00edamos doce a\u00f1os para entonces. Y nos fuimos juntos. A correrla. Limpi\u00e1bamos zapatos, vend\u00edamos billetes de loter\u00eda y rob\u00e1bamos de vez en cuando. Nos parec\u00eda grata la vida. Ped\u00edamos de comer en las casas de familia, y los domingos nos \u00edbamos al Metropolitano, o al juego de pelota.<\/p>\n\n\n\n<p>Dejamos la venta de billetes por la obligaci\u00f3n que ten\u00edamos de ir a la Escuela. All\u00ed aprendimos a leer y a escribir en letras de peri\u00f3dicos, pero la dejamos porque no nos gustaba. Ahora, \u00edbamos para un baile. Ya \u00e9ramos hombres y est\u00e1bamos enamorados. Mejor dicho, Rufino estaba enamorado, porque a m\u00ed no me gustaba Rafaela sino Mar\u00eda, la otra hermana, la de Rufino. Rafaela ten\u00eda los senos flojos y las caderas secas, parec\u00eda una mujer de pel\u00edcula. En cambio, Mar\u00eda, la de Rufino, ten\u00eda la cadera ancha y los senos apretados. Era sensual. Dec\u00eda que deseaba un marido y que se acostaba con una almohada entre las piernas. Yo deseaba ocupar el lugar de la almohada. Por eso me gustaba.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">* * *<\/p>\n\n\n\n<p>En el baile estaban Rafaela y Mar\u00eda. Entramos. Jos\u00e9 del Carmen se fue a \u00abempujarle el caballo\u00bb, como dec\u00eda, a una viuda con dientes de oro. Mar\u00eda se peg\u00f3 a Rufino. El negro se ve\u00eda glorioso, potente, con la hembra del brazo. Yo me fui hacia donde estaba el botiqu\u00edn. Ten\u00eda ganas de beber.<\/p>\n\n\n\n<p>En la sala se bailaba afanosamente. Trascend\u00eda un vaho caliente, mezcla de sudor, de polvos de arroz y brillantina. Una se\u00f1ora dormitaba, inclinada sobre el espaldar de la silla de cuero, sin darse cuenta del jadeo de la sala. El negro Rufino, sin corbata, tomaba la mano de su pareja con un pa\u00f1uelo. Y sonre\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>Sal\u00ed a la calle. La noche se hab\u00eda puesto clara, deliciosa, con una luna de almanaque. El viento, que ven\u00eda de lejos, desde el mar, silbaba entre los postes. La m\u00fasica desentonaba, se met\u00eda por el hueco de la ventana y llenaba el marco de la calle. De la sala, apretujada, ven\u00edan ruidos informes. Pero yo distingu\u00eda clara, la risa de Mar\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>Me fui al botiqu\u00edn otra vez. La risa de Mar\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>Sal\u00ed al patio. La luna bailoteaba entre el follaje del ancho mango. La risa de Mar\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>Volv\u00ed. La sala, el botiqu\u00edn. El ron escoc\u00eda la garganta. La risa de Mar\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>Me fui calle arriba, trastabillando por el maldito aguardiente. Me agarraba con las u\u00f1as de las paredes, de la tierra, de los pedazos de piedra que imped\u00edan la subida. Estuve largo rato de pie sobre una charca. Sent\u00eda oscilar el coraz\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>De pronto, cesaron los ruidos en la sala del baile. Deb\u00edan estar afuera, tomando el aire o bebiendo; las mujeres orinando detr\u00e1s de la casa. Regres\u00e9.<\/p>\n\n\n\n<p>Al pasar por el patio, bajo la dulce claridad de la luna, lo vi. Mar\u00eda estaba all\u00ed sobre la tierra, con el negro Rufino. Y el negro Rufino ocupaba el lugar de la almohada.<\/p>\n\n\n\n<p>Esper\u00e9 con la sangre ardiendo. Hab\u00edamos partido todo: la cama, la comida, las distracciones y los sufrimientos. Deb\u00edamos partir tambi\u00e9n la mujer. La cabeza me daba vueltas. Pero deb\u00edamos partir la mujer. Y esper\u00e9. Cuando se alzaron de la tierra, me interpuse entre los dos:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 Ahora me toca a m\u00ed.<\/p>\n\n\n\n<p>As\u00ed dec\u00edamos siempre cuando, el uno despu\u00e9s del otro, mord\u00edamos el pedazo de pan, sub\u00edamos a la cola de los autobuses o consum\u00edamos el mugre cigarrillo. Era nuestra f\u00f3rmula. Pero esta vez Rufino pareci\u00f3 no comprender, y me cruz\u00f3 la cara con sus manos anchas. Una, dos, tres veces. Yo insist\u00eda y forcejeaba. La carne me atra\u00eda con furia incomprensible Y me abalanc\u00e9 en su b\u00fasqueda. La muchacha corri\u00f3, desesperada, con la cabellera resplandeciente bajo la luna.<\/p>\n\n\n\n<p>Nosotros quedamos all\u00ed, forcejeando brutalmente. Una mano se aferraba a mi carne, me hend\u00eda los huesos. La otra iba y ven\u00eda golpe\u00e1ndome.<\/p>\n\n\n\n<p>Record\u00e9 que ten\u00eda miedo a Rufino. Y un espanto fr\u00edo, largo, mezclado con sudor y sangre, se apoder\u00f3 de mis profundos resortes. \u00a1Si viniese alguien! Pero Rufino golpeaba, y la mano segu\u00eda clavada all\u00ed, mientras la otra sub\u00eda y bajaba sacudi\u00e9ndome como a una piltrafa.<\/p>\n\n\n\n<p>Fue entonces que tropec\u00e9 con el mango del cuchillo. Lo saqu\u00e9 lentamente, con fruici\u00f3n. El negro no se apercibi\u00f3. Lentamente, tambi\u00e9n, escog\u00ed el sitio. Un dedo por debajo del ombligo. Y lo hund\u00ed por entre la camisa abierta. Un golpe espeso de sangre y excrementos, me corri\u00f3 por los dedos hasta la manga&#8230;<\/p>\n\n\n\n<p>Sin embargo, la mano segu\u00eda all\u00ed, clavada. desgarr\u00e1ndome la carne. Por eso empuj\u00e9 la hoja dos, tres veces sin escoger el sitio, hasta que los dedos se abrieron con crujido &nbsp;de madera seca.<\/p>\n\n\n\n<p>Qued\u00f3 a mis pies. Hab\u00eda perdido un zapato y, a la luz de la luna, comprob\u00e9 que la media no era nueva. Estaba rota en la extremidad y por all\u00ed asomaba la punta de un dedo amarillento. En el ambiente flotaba un olor desconocido. Pero no sent\u00eda miedo. Ni remordimiento. S\u00f3lo un temblor en las piernas que aumentaba al alzar los talones.<\/p>\n\n\n\n<p>No recordaba al antiguo Rufino, nuestra infancia, ni nada. Para m\u00ed se hab\u00eda vuelto otro despu\u00e9s de muerto.<\/p>\n\n\n\n<p>Comenc\u00e9 a caminar tranquilamente. Me acost\u00e9 y dorm\u00ed con un sue\u00f1o profundo. En el ensue\u00f1o, planeaba mentiras absurdas. Me ve\u00eda corriendo por las m\u00e1rgenes de un arroyo tranquilo que recordaba haber visto antes, no s\u00e9 d\u00f3nde, cuando era peque\u00f1o.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">* * *<\/p>\n\n\n\n<p>No pod\u00eda esperar benevolencia por parte de aquel Juez. \u00a1Qu\u00e9 iba a esperar! Cuando me llevaron a su presencia, con las manos esposadas, me di cuenta de que aquel hombre era una cosa completamente distinta a un ser humano. Al menos era distinto a los seres humanos que yo entend\u00eda, porque era distinto a m\u00ed. Lo comprend\u00ed al entrar en la sala, al ver sus ojillos fijos clavados en m\u00ed con insistencia, con odio, con nerviosidad. \u00c9l era la justicia, la venganza social, el mandatario con que la colectividad amparaba su sue\u00f1o de bestia gorda. Yo era el reo, la piltrafa humana, el t\u00e1bano que incomod\u00f3 el sue\u00f1o de la bestia gorda. Por eso me odiaba. Por eso yo no lo entend\u00eda. Y lo odiaba porque no lo entend\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>El Secretario era un pobre diablo. Escrib\u00eda y escrib\u00eda, con los ojos hundidos. Me complac\u00ed en analizarlo. Le faltaba un mech\u00f3n de pelo, ten\u00eda las u\u00f1as sucias y se pasaba las manos por la bragueta cuando cre\u00eda que nadie le observaba. Era un pobre diablo. Dec\u00eda tener hijos, muchos hijos, y odiar espantosamente a su mujer.<\/p>\n\n\n\n<p>El Juez tambi\u00e9n ser\u00eda casado, y habr\u00eda padecido por lo menos tres infecciones ven\u00e9reas. Pero era el Juez. Y ahora estaba all\u00ed, ante m\u00ed, en cumplimiento de su ministerio. Doblaba, distra\u00eddo, los bordes del pa\u00f1o que cubr\u00eda la mesa, mientras meditaba sus preguntas. Despu\u00e9s me las soltaba. Interiormente deb\u00eda sonre\u00edr, pero se pon\u00eda grave, serio, con los ojos llameantes, cuando yo respond\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 D\u00e9 lectura a lo actuado, Secretario&#8230; No&#8230; Salte eso&#8230; M\u00e1s adelante. Lea las deposiciones de los testigos.<\/p>\n\n\n\n<p>Yo pensaba:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 Deposiciones, deposiciones&#8230; As\u00ed dec\u00eda Rufino.<\/p>\n\n\n\n<p>Y el Secretario, terminando la lectura: \u00abEs todo lo que s\u00e9&#8230; Termin\u00f3, se ley\u00f3, y conforme, firma&#8230; etc\u00e9tera, etc\u00e9tera, etc\u00e9tera&#8230;\u00bb<\/p>\n\n\n\n<p>El Juez volv\u00eda de nuevo:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 \u00bfQu\u00e9 dice usted a eso?&#8230; Confiese la verdad&#8230; \u00a1Jure!&#8230; No, no jure. \u00a1Para qu\u00e9 va a jurar usted!<\/p>\n\n\n\n<p>Yo pensaba en c\u00f3mo ser\u00eda la mujer de aquel hombre. C\u00f3mo se acostar\u00eda. Tendr\u00eda senos, s\u00ed, de seguro, todas las mujeres tienen senos. Pero el hombrecito de ojos fr\u00edos me desconectaba los pensamientos a cada rato. No dejaba hilar un solo sue\u00f1o con tranquilidad.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 Reconstruya el delito.<\/p>\n\n\n\n<p>Yo no entend\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 Que diga c\u00f3mo fue el asunto&#8230; \u00bfNo sabe c\u00f3mo le mat\u00f3?<\/p>\n\n\n\n<p>Con naturalidad, cont\u00e9 todo. Expuse lo del baile, los tragos, la mujer. Dije de aquella mano fr\u00eda que no me soltaba, y c\u00f3mo saqu\u00e9 el cuchillo y lo hund\u00ed. Precis\u00e9 lentamente, con agrado, todos los detalles. Invent\u00e9 un poco, para pintar mejor la entrada de la hoja en el abdomen.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 Sent\u00ed que el cuchillo tropezaba adentro con algo. Deb\u00eda ser un hueso, porque era un obst\u00e1culo duro y blando al mismo tiempo. Como una almohada. No, como cuando se pone la mano debajo de una tabla y se golpea encima. \u00bfUsted nunca ha golpeado as\u00ed en la mesa?<\/p>\n\n\n\n<p>Pero el Juez no se mov\u00eda. De seguro que nunca hab\u00eda golpeado.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 Dobl\u00e9 el mango hacia abajo y empuj\u00e9. Entonces comprend\u00ed que la hoja iba entrando. Todo esto fu\u00e9 muy r\u00e1pido, pero yo sent\u00ed en la mano una vibraci\u00f3n como la que deja el papagayo en el hilo. \u00bfUsted no ha elevado papagayos?<\/p>\n\n\n\n<p>Hab\u00eda preguntado una tonter\u00eda, pero el Juez no se movi\u00f3. Termin\u00e9 exager\u00e1ndolo todo, hecho un l\u00edo:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 Yo no lo mat\u00e9\u2026 Fue \u00e9l. Pero yo deb\u00eda vengarme. Lo mat\u00e9 con gusto, porque yo soy un hombre muy macho. \u00bfA qui\u00e9n se le ocurre revolcarse en el suelo con una mujer, delante de otro hombre? Era muy pretencioso. Por eso ser\u00eda&#8230; Pero yo no iba a ser m\u00e1s pendejo. Yo soy un hombre de pelo en pecho. Mire, f\u00edjese, tengo pelos.<\/p>\n\n\n\n<p>El Juez no entend\u00eda nada de aquello. Est\u00e1bamos en dos mundos distintos. No sab\u00eda de la emoci\u00f3n que produce matar un hombre y saberse uno, a su vez, hombre completo. Las vidas son como las barajas: se agregan unas encima de otras y si se quita una carta, las de abajo quedan m\u00e1s solas, pero m\u00e1s poderosas porque aguantan menos peso. Aquel viejo no sab\u00eda de esas cosas. Por eso, tal vez, reprochaba mis acciones.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 Usted es un animal. \u00bfNo piensa en lo espantoso de su delito? \u00bfNo piensa en la verg\u00fcenza que ha ca\u00eddo sobre usted? \u00bfNo piensa en la mancha que ha arrojado en pleno coraz\u00f3n de la sociedad? \u00bfNo piensa, no piensa, no piensa?<\/p>\n\n\n\n<p>Pero yo no pensaba en nada. Nunca me ha gustado pensar delante de la gente que habla, pero entonces no pensaba porque no sent\u00eda ganas de pensar.<\/p>\n\n\n\n<p>El viejo segu\u00eda diciendo:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 Usted es un engendro de la naturaleza \u00a1Merece veinte a\u00f1os!<\/p>\n\n\n\n<p>Yo quer\u00eda decirle algo, pero tuve la conciencia de que si lo dec\u00eda nadie me iba a entender. Por eso no lo dije. Yo quer\u00eda decirle:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 No me pregunte m\u00e1s necedades. Qu\u00e9 sabe usted de nada. Usted tiene hijos, tiene una mujer con pechos y piernas, come bien, duerme bien. En su casa hay comodidad. Usted tuvo padre, y madre, y t\u00edos. Cuando era muchacho le regalaban juguetes de cuerda, lo pon\u00edan a recitar detr\u00e1s de una silla y se orinaba en los pantalones. Yo no he tenido nada. \u00bfEntiende bien? Nada. Ni siquiera pantalones que ensuciar.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero no dije una palabra. Sin embargo, me martilleaba en los o\u00eddos aquello de \u00abmerece veinte a\u00f1os\u00bb. Y me lo repet\u00eda insistentemente: merece veinte a\u00f1os, merece veinte a\u00f1os, \u00a1merezco veinte a\u00f1os!<\/p>\n\n\n\n<p>Lo llevaba escrito en lo m\u00e1s hondo cuando sal\u00ed del Juzgado? Cruc\u00e9 la acera entre dos polic\u00edas y, entre dos polic\u00edas, me sent\u00e9 en el celular. La v\u00eda pasaba r\u00e1pido a trav\u00e9s del enrejillado del carro. Los \u00e1rboles de la Plaza Bol\u00edvar comenzaban a florecer y se mec\u00edan cadenciosos al aire dulce de la ma\u00f1ana. Por all\u00e1 lejos, por El Guarataro, deb\u00edan andar Rafaela y Mar\u00eda, cogiendo agua en la pila. El viento que viene del mar en gruesas bocanadas silbar\u00eda en la posteadura y muchachos con grandes ombligos recoger\u00edan colillas de cigarros, como lo hici\u00e9ramos tantos a\u00f1os Rufino y yo. Un vaho de profunda melancol\u00eda comenz\u00f3 a invadirme. Una casa, un arroyo, un \u00e1rbol, una mujer con un libro. Siempre se piensa en eso cuando se est\u00e1 triste.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abLa primavera con sus colores llena de flores&#8230;\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>dec\u00eda la Cartilla de la Escuela. Y record\u00e9 la estampa, donde una ni\u00f1a dulce, de amplias bombachas, daba de comer a un corderito. Hu\u00ed de la prisi\u00f3n antes de la sentencia. Jos\u00e9 del Carmen, el de los zapatones y las manos ca\u00eddas, facilit\u00f3 mi fuga desde afuera. Adentro fue f\u00e1cil encontrar c\u00f3mplices. Mi retrato, de frente y de perfil, apareci\u00f3 en las esquinas. No me gustaban aquellas fotograf\u00edas. Me las hicieron cuando estaba reci\u00e9n entrado. Result\u00e9 un poco triste, y no me parec\u00eda. Yo hab\u00eda pensado en hacerme un buen retrato cuando saliera para mand\u00e1rselo a Mar\u00eda. Entonces puede que ella me hubiese querido, y nos habr\u00edamos ido a vivir juntos para El Callao, donde dicen que se consigue mucho oro. Pero ahora andaba aquella fotograf\u00eda por las paredes de todas las esquinas. Sal\u00ed.<\/p>\n\n\n\n<p>No ten\u00eda plata, ni deseos de huir. Ten\u00eda ganas, adem\u00e1s, de ver a Mar\u00eda. Aquella imagen, sus piernas desnudas y resbalosas, la cadera y el vientre oprimidos, la luz de la luna, el silbo del viento entre los \u00e1rboles, me deten\u00edan. Deseaba ver a Mar\u00eda. Y me qued\u00e9.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">* * *<\/p>\n\n\n\n<p>Fui a dar a una casa de vecindad. Era un edifico viejo, hediondo. Las paredes de los cuartos, cubiertas de mugre, rezumaban un agua pestilente que corr\u00eda por los pisos y encenagaba el ambiente. Las piezas se abr\u00edan todas al patio, ancho, espacioso cuadril\u00e1tero cruzado por cintas de alambre que serv\u00edan para secar ropa. De d\u00eda, cuando los hombres y las mujeres sal\u00edan a trabajar, quedaban dentro de la casa los chiquillos. Eran feos aquellos muchachos. Y sucios. Dec\u00edan palabrotas y pintaban obscenidades en las paredes.<\/p>\n\n\n\n<p>En la tarde comenzaban a llegar hombres y mujeres. Ven\u00edan cansados, sudorosos, jadeantes, despu\u00e9s de haberse revolcado como puercos entre las suciedades del taller. Por eso el viejo cascar\u00f3n no estaba nunca silencioso. De su vientre infernal sal\u00eda constantemente un ruido grueso, como de marejada, que chocaba afuera con el vocer\u00edo de la calle y ca\u00eda nuevamente sobre el patio, para meterse en las piezas y colarse hasta nuestros huesos. El reflujo excitaba los nervios de aquella pobre gente. Gritaban, gesticulaban para hacerse entender. El ruido sal\u00eda de nuevo aumentado, del vientre infernal. Chocaba con los ruidos de la calle y regresaba otra vez, m\u00e1s grueso, m\u00e1s ancho, para meterse nuevamente entre las piezas y colarse a los huesos. La gente gritaba m\u00e1s. El ruido volv\u00eda a salir, m\u00e1s grueso a\u00fan. Regresaba m\u00e1s denso. La gente gritaba mucho m\u00e1s&#8230; Y as\u00ed todo el d\u00eda. En la noche estaban enronquecidos, con los ojos saltones y las venas del cuello hinchadas. Entonces, para calmarse, hombres y mujeres se abofeteaban, se escup\u00edan, golpeaban a los chicos, y terminaban por echarse en los camastros.<\/p>\n\n\n\n<p>Pasaba todo mi tiempo dentro del cuartucho, echado sobre papeles del peri\u00f3dico. No sal\u00eda nunca, ni ve\u00eda a nadie. S\u00f3lo de noche en noche me iba a visitar Jos\u00e9 del Carmen. Llevaba algo de dinero, provisiones para tres o cuatro d\u00edas: queso, pan de trigo, pedazos de papel\u00f3n. Yo le preguntaba por Mar\u00eda. Estaba acorralado.<\/p>\n\n\n\n<p>El cuarto apestaba a todas las suciedades que recog\u00eda en latas viejas para botadas por las noches. Cuando la casa parec\u00eda dormir, sal\u00eda afuera, iba a la cocina com\u00fan, al excusado com\u00fan, miraba las estrellas. Pensaba en Mar\u00eda, que a esas horas estar\u00eda acurrucada en la canta con su almohada entre las piernas.<\/p>\n\n\n\n<p>Algunas veces sal\u00eda hasta la calle. Quer\u00eda buscar trabajo, y encontrar alguien con quien conversar. Recordaba que Alfonso Romero trabajaba de noche en una panader\u00eda&#8230; Pero no pod\u00eda ser. Al menor ruido, un autom\u00f3vil con trasnochadores, una carreta, cualquier cosa, corr\u00eda a esconderme en lo m\u00e1s profundo de mi ratonera con el coraz\u00f3n acelerado. No pod\u00eda ser.<\/p>\n\n\n\n<p>As\u00ed me lo dec\u00eda Jos\u00e9 del Carmen cada vez que iba a llevarme la comida o los treinta bol\u00edvares del alquiler. Hab\u00eda que esperar. Los hombres olvidan, las mujeres olvidan, los Jueces olvidan. La polic\u00eda tambi\u00e9n debe olvidar. Entonces, me ir\u00eda sobre un cami\u00f3n. Hacia el Territorio del Amazonas, hacia Guayana, hacia cualquier parte de \u00e9sas, misteriosas, sombr\u00edas, llenas de bosques y culebras donde hay oro y caucho, con indias que muelen yuca.<\/p>\n\n\n\n<p>Por eso esperaba. Y por Mar\u00eda. Me agradaba so\u00f1ar con ella en la soledad de la pieza, detr\u00e1s de la puerta atrancada. El ruido, entonces, se embotaba lentamente y, sin saber cu\u00e1ndo, me encontraba transitando con el pensamiento:<\/p>\n\n\n\n<p>Me pondr\u00eda mis zapatos de dos tonos. Ah, s\u00ed es verdad, se quedaron en el calabozo. Entonces las alpargatas nuevas&#8230; Pasaba por el Mercado y le compraba una papeleta de polvos \u00abSonrisa\u00bb, de esas que tienen pintada una mujer bonita, con los cachetes colorados. Era domingo. Deb\u00eda ser domingo, o d\u00eda de Fiesta Nacional. Con lo que me gustaba ir al Capitolio para ver la Batalla de Carabobo&#8230; Sal\u00edamos. En la Plaza tocaba la Banda Marcial. Yo le compraba un paquete de cotufas, que com\u00eda a dos carrillos aunque le hac\u00edan doler la barriga. Entonces entr\u00e1bamos al cine para ver una pel\u00edcula de vaqueros. En la oscuridad de la sala comenzaba a manosearla.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero no se pod\u00eda so\u00f1ar tranquilo, sin que interviniese la carne. La carne aullaba, la sangre corr\u00eda, en la extremidad de los dedos la sent\u00eda batirse rabiosamente.<\/p>\n\n\n\n<p>Silbaba. Daba vueltas por el cuarto. Me echaba de nuevo. El pensamiento regresaba, sin dejarse amputar&#8230;<\/p>\n\n\n\n<p>Le acariciaba los pechos&#8230; Andaba nuevamente: los pechos. Me acostaba otra vez: los pechos, pechos de mujer. Cantaba: los pechos. Los pechos son redondos, duros, dejan en las manos una sensaci\u00f3n suave, como de terciopelo, la punta vibra.<\/p>\n\n\n\n<p>Aquella mancha del techo se parece al General G\u00f3mez. Ese hombre s\u00ed que ten\u00eda vacas&#8230; Las vacas son hembras. Tienen pechos. Los pechos de Mar\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>Y el pensamiento me ganaba la partida. Una, y otra, y otra vez. No hab\u00eda manera de arrojarlo de all\u00ed. Siempre girando alrededor de un mismo punto, como el carrousel, iba y volv\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">* * *<\/p>\n\n\n\n<p>Aquella vez deb\u00eda estar profundamente dormido. No supe cu\u00e1ndo comenc\u00e9 a descender hacia la vigilia, pero en ese lugar a\u00fan penumbroso que media entre el sue\u00f1o y la conciencia, me di cuenta de que algo raro, inesperado, contrario a la costumbre, hab\u00eda sucedido.<\/p>\n\n\n\n<p>Tard\u00e9 bastante tiempo en convencerme de lo que fuese. Por fin afront\u00e9 la brutal realidad: la puerta estaba abierta. El lindero que me separaba del mundo, de la jaur\u00eda que me buscaba, estaba all\u00ed, de par en par.<\/p>\n\n\n\n<p>Deb\u00edan de ser las diez o las once. El sol se encontraba alto ya, en su camino. Se filtraba por entre los agujeros del techo y decoraba con arabescos los ladrillos. La noche anterior estuve dando vueltas alrededor del cuarto sin poderme dormir. Al fin me hab\u00eda echado sobre los peri\u00f3dicos, rendido de cansancio. Por eso olvid\u00e9 atrancar la puerta.<\/p>\n\n\n\n<p>La gente debi\u00f3 pasar y haberme visto. Ya alguno dar\u00eda el pitazo. La vieja de al lado, a quien o\u00eda escupir toda la noche y a la cual profesaba un odio sordo porque pensaba que me espiaba por la cerradura. O el hombre de enfrente, que conoc\u00eda a Jos\u00e9 del Carmen.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero \u00a1qui\u00e9n sabe!, tal vez no se hab\u00edan fijado. El polic\u00eda del \u00abN\u00famero Diez\u00bb me hubiera detenido. Record\u00e9 un incidente lejano y tonto que alivi\u00f3 m\u00ed angustia. Fue la vez que Rufino y yo nos emborrachamos dentro de la pulper\u00eda de musi\u00fa Abelardo, despu\u00e9s de robarle. El italiano roncaba como un animal mientras nosotros beb\u00edamos brandy con galletas de soda. De pronto se levant\u00f3 y encendi\u00f3 la luz, mir\u00f3 cuidadosamente por todas partes, detuvo los ojillos en el lugar donde nos encontr\u00e1bamos y sali\u00f3. Est\u00e1bamos descubiertos. Seguramente hab\u00eda ido a avisar a la polic\u00eda. Nos detendr\u00edan irremisiblemente. Sin embargo, al poco tiempo, le o\u00edmos roncar de nuevo. Nosotros pudimos saltar fuera, a la vida, llenos de una rabiosa alegr\u00eda. Abelardo era miope.<\/p>\n\n\n\n<p>El recuerdo me hizo incorporar de un salto, sonriendo, hasta esconderme en el vac\u00edo que dejaban la hoja de la puerta y la pared. Por convencerme, mir\u00e9 hacia los papeles, donde antes estuviera tendido, y una melancol\u00eda infinita me invadi\u00f3. Era imposible que no me hubiesen visto. Aquella vez estaba perdido. Deb\u00eda huir inmediatamente, irme de cualquier modo.<\/p>\n\n\n\n<p>Saldr\u00eda a la calle, me escurrir\u00eda por las paredes. Puede que no hubiera polic\u00eda de punto en la esquina y que lograse tomar el autob\u00fas. Entonces podr\u00eda salir a la carretera, montarme en un cami\u00f3n, irme a Guayana. \u00bfPor qu\u00e9 lado estaba la carretera de Guayana? \u00bfY si me vieran, si fuera mejor no hacer nada, si no se hab\u00edan fijado? La duda me envolv\u00eda&#8230; \u00a1Si estuviera all\u00ed Jos\u00e9 del Carmen! Record\u00e9 que no regresar\u00eda hasta el domingo. Deb\u00eda irme, hacer algo, pues. La puerta estaba abierta. Vendr\u00edan y entrar\u00edan por all\u00ed. Hab\u00eda que hacer algo. Pero, \u00bfqu\u00e9?<\/p>\n\n\n\n<p>Comenc\u00e9 por empujar la hoja de la puerta. Me detuve, sin embargo, en mitad de camino. Se dar\u00edan cuenta. La vieja de al lado refunfu\u00f1aba. Ven\u00eda del lavadero un parloteo de mujeres y o\u00eda correr el chorro de agua en el patio.<\/p>\n\n\n\n<p>Sent\u00ed hel\u00e1rseme la sangre cuando comprend\u00ed que unos pasos se acercaban cautelosamente.<\/p>\n\n\n\n<p>Dos ojos anchos, bordeados de inmensas ojeras, arremansados y serenos, se asomaron dentro. Recorrieron lentamente las paredes. De all\u00ed saltaron al piso, se detuvieron, luego subieren al techo, parec\u00edan contar los rayos de sol. Sent\u00ed miedo, miedo de aquellos ojos, miedo ego\u00edsta por una vida que s\u00f3lo era un bagazo estrujado, pisoteado y f\u00e9tido dentro de los engranajes del mundo. Pero sent\u00ed miedo, y deseos de vivir ese bagazo en paz, a la orilla de un r\u00edo.<\/p>\n\n\n\n<p>Los ojos parec\u00edan buscar algo perdido. De pronto se fijaron en m\u00ed. Se quedaron mir\u00e1ndome. Hab\u00eda zozobra, pena, dolor, amargura, qu\u00e9 s\u00e9 yo, en aquellos ojos. La verdad fue que se quedaron mir\u00e1ndome y sonrieron. Yo los vi iluminarse de una gracia que nunca hab\u00eda visto ni sentido.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 Buenos d\u00edas.<\/p>\n\n\n\n<p>No contest\u00e9.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 \u00bfUsted de nuevo aqu\u00ed?<\/p>\n\n\n\n<p>Tampoco dije nada, porque no encontraba nada que decir. La verdad era que nunca le hab\u00eda dado los buenos d\u00edas a nadie.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 \u00a1Ah, pues!<\/p>\n\n\n\n<p>Hab\u00eda sonado tan bonito aquello, all\u00ed, en el mismo sitio donde yo temblaba de miedo, que me sent\u00ed mejor. Creo que tambi\u00e9n sonre\u00ed. Era una ni\u00f1a, de siete a\u00f1os apenas. Andaba descalza, ten\u00eda los pies sucios y cuarteados, las manos llenas de ampolladuras, el cuerpecito flaco, la cara d\u00e9bil, y dos ojos inmensos que giraban sin cesar. Deb\u00ed sonre\u00edr.<\/p>\n\n\n\n<p>La muchacha avanz\u00f3 y se plant\u00f3 frente a m\u00ed. Llevaba una mu\u00f1eca sucia en la mano, con la cabeza despegada. Me pidi\u00f3 que la compusiera. Yo sent\u00ed de pronto un odio violento. No podr\u00eda irme mientras aquella mocosa estuviese all\u00ed.<\/p>\n\n\n\n<p>Pas\u00f3 como un rel\u00e1mpago: si la atrajera al rinc\u00f3n donde me encontraba y la estrangulase, si le cortara la respiraci\u00f3n de un tajo, entonces podr\u00eda huir. Y estir\u00e9 la mano con violencia.<\/p>\n\n\n\n<p>Fue un movimiento r\u00e1pido, seco, inconsciente; realizado sin seguridad, mientras espiaba por la rendija. La sent\u00ed saltar asustadamente, retirarse con un horror indefinible y angustioso. La vi correr hasta el rinc\u00f3n opuesto, temblando, miserable, rendida a m\u00ed en un gesto de renuncia total. En mi mano de hierro estaba la mu\u00f1eca con la cabeza desgonzada.<\/p>\n\n\n\n<p>Se hizo un silencio largo y espantoso. Los ojos de la ni\u00f1a me imploraban desde su angustia, vuelta un montoncito de carne estremecida; me imploraban con la ternura de los mil ni\u00f1os del mundo; me dec\u00edan algo que yo no entend\u00eda bien. El silencio crec\u00eda, se estiraba, corr\u00eda por el patio, me zumbaba en los o\u00eddos. La mirada se me iba de la mano, donde la mu\u00f1eca temblaba descuadrada, al rinc\u00f3n donde la ni\u00f1a sufr\u00eda. De all\u00ed volv\u00eda otra vez a la mu\u00f1eca, para regresar de nuevo.<\/p>\n\n\n\n<p>Era absurdo todo aquello. Pero en el hondo silencio, comenc\u00e9 a pegar cuidadosamente, hilo tras hilo, la desvencijada cara de la mu\u00f1eca. Cuando termin\u00e9, la ni\u00f1a sonre\u00eda en el rinc\u00f3n, llena otra vez de dulce, infinita, tranquila, mansa bondad.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">* * *<\/p>\n\n\n\n<p>Ahora estoy aqu\u00ed, en la C\u00e1rcel, condenado a quince a\u00f1os. Nunca m\u00e1s he vuelto a saber de Jos\u00e9 del Carmen, ni de Mar\u00eda, ni de Rafaela. Se fueron borrando lentamente de mi vida, as\u00ed como se borran los mu\u00f1ecos que uno pinta sobre las paredes. A veces me acuerdo de Rufino. \u00a1Qu\u00e9 grande era ese negro! A veces, tambi\u00e9n, me acuerdo de El Guarataro, de los vientos que pasaban desde el mar, silbando entre los postes. Pero nada m\u00e1s.<\/p>\n\n\n\n<p>Hoy tengo a Carmen Aurora, la muchachita con nombre de goleta y ojos azorados. Viene a verme todas las semanas con su manta. Est\u00e1 muy delgada todav\u00eda y me preocupa verla as\u00ed. Pero tiene una mu\u00f1eca nueva. Yo se la regal\u00e9 con lo primero que gan\u00e9 aqu\u00ed tejiendo capelladas. Le estoy haciendo una repisa para su cuarto y un Ni\u00f1o Jes\u00fas con espina de bucare que encargu\u00e9 al interior. El m\u00e9dico dijo que padec\u00eda de la garganta. Pero no quiero que la operen en el hospital. All\u00ed va a pasar las noches muy solita, y puede que sienta miedo otra vez.<\/p>\n\n\n\n<p>Me lo paso pensando en que cuando salga de aqu\u00ed, si me porto bien, ya ella ser\u00e1 una se\u00f1orita. Yo estar\u00e9 viejo y qui\u00e9n sabe si ser\u00e9 un hombre triste. A veces me la figuro casada y con hijos que me esperen por las tardes. Me conmueve pensar en estas cosas, y sin embargo es todo cuanto hago durante el d\u00eda en los ratos libres.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando llegu\u00e9, los presos cre\u00edan que yo no ten\u00eda a nadie. Yo tambi\u00e9n lo cre\u00eda. Qu\u00e9 felicidad, la tarde que se apareci\u00f3 Carmen Aurora con su mam\u00e1 y yo les dije que era hija m\u00eda. Y cuando el alcaide dijo que se parec\u00eda mucho a m\u00ed de f\u00edsico, \u00a1pero que ojal\u00e1 no se me pareciese de alma! Desde entonces empec\u00e9 a llamarla \u00abhija\u00bb de vez en cuando, entre la conversaci\u00f3n. Ten\u00eda miedo de decirle lo que deseaba, pero ella un d\u00eda me pidi\u00f3 la bendici\u00f3n al despedirse. Ahora lo hace siempre, y cuenta los d\u00edas de la semana para saber cu\u00e1ndo le corresponde volver. Adem\u00e1s, me trae las planas que escribe en la escuela con su letrota y me regal\u00f3 un retrato.<\/p>\n\n\n\n<p>Ma\u00f1ana es d\u00eda de visita. Carmen Aurora vendr\u00e1. Ya la veo con su carita triste pegada a las rejas, con su sonrisa tan bonita y tan dulce. La \u00faltima vez dijo que me traer\u00eda pasteles. Yo le guardo los veinte bol\u00edvares que economic\u00e9 esta semana con las capelladas. No gast\u00e9 sino en una caja de cigarrillos. Pude lograr que me comprasen una manzana en la calle. Era para m\u00ed, porque el maestro de escuela nos dijo que conten\u00edan vitaminas. Pero me dio pena comerla, cuando mi ni\u00f1a la pod\u00eda necesitar. Ahora la guardo debajo de la almohada en espera del d\u00eda de ma\u00f1ana. Siempre que me voy a acostar la miro, tan bonita, tan roja, con sus millones de vitaminas, y pienso en la cara de Carmen Aurora cuando se la entregue. Seguramente que no ha comido nunca manzanas. Pero esta vez tendr\u00e1 una porque yo se la he comprado.<\/p>\n\n\n\n<p>Le guardo otras cositas: un cepillo de dientes, una piedra de centella, dos espejitos y una oraci\u00f3n que es muy buena para las enfermedades del pecho. Tambi\u00e9n le estoy haciendo un par de zuecos floreados para su maestra, que la quiere mucho y me manda saludos.<\/p>\n\n\n\n<p>Estoy alegre y sin embargo, como siempre que la espero, me pongo triste, muy triste, de vez en cuando. Es cuando pienso que pudiera no venir, que estuviera enfermita, o que la madre no quisiera traerla m\u00e1s. Despu\u00e9s de todo, no soy sino un preso, un criminal a quien todos odian por haber matado a su mejor amigo, un pedazo de cardo que le naci\u00f3 al camino. Me encuentro, ahora, con que no tengo derecho a que me quiera un ni\u00f1o.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero las ideas, los pensamientos, batallan en m\u00ed. No quiero admitir eso, no lo comprendo bien, puesto que yo siento un cari\u00f1o que nunca hab\u00eda sentido. Tengo derecho, pues. Ella vendr\u00e1. Y una y otra vez recuerdo lo que pas\u00f3 aquella ma\u00f1ana.<\/p>\n\n\n\n<p>Est\u00e1bamos en el cuarto solos. Hab\u00eda querido matarla y huir lejos, muy lejos, hacia un lugar remoto donde las indias muelen yuca. Ella me miraba con sus grandes ojos azorados. Y cuando termin\u00e9 de coser los hilos de la mu\u00f1eca, me sonre\u00eda llena de mansa bondad.<\/p>\n\n\n\n<p>Le entregu\u00e9 el juguete, sin decir palabra. Ella se sent\u00f3 en un rinc\u00f3n, sobre el l\u00edo de mis ropas, casualmente, y comenz\u00f3 cantarle en voz queda a su vieja mu\u00f1equita. Se fue quedando dormida, sin sobresalto, con hambre tal vez. Se durmi\u00f3 profundamente.<\/p>\n\n\n\n<p>No pod\u00eda cerrar la puerta y dejar la ni\u00f1a adentro. No pod\u00eda estarme all\u00ed tampoco, enjaulado, mientras los otros corr\u00edan denunci\u00e1ndome de polic\u00eda en polic\u00eda. Deb\u00eda despertarla, sacudirla, para tomar mi ropa y huir. Ten\u00eda tiempo de salir a la calle, tomar el autob\u00fas, ganar la carretera, meterme en el cami\u00f3n que tanto hab\u00eda so\u00f1ado.<\/p>\n\n\n\n<p>Necesitaba sacudirla, despertarla, huir. Los momentos pasaban con una celeridad angustiosa. Vendr\u00edan por m\u00ed.<\/p>\n\n\n\n<p>Me acerqu\u00e9 cautelosamente. No pod\u00eda tomarla con mano firme ni llamarla en voz alta. Tal vez se asustar\u00eda de nuevo. Me mirar\u00eda entonces con sus ojos inmensamente abiertos. Volver\u00eda a ser el montoncito de carne estrujada sobre el rinc\u00f3n. Correr\u00eda otra vez por el cuarto presa de sorda angustia. No, no era posible. Era mejor esperar a que despertase con la misma dulzura con que se hab\u00eda dormido.<\/p>\n\n\n\n<p>Y esper\u00e9, contando los minutos, seguro de mi gran sacrificio, temeroso de un ruido cualquiera que viniese de los mundos de Dios.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero ellos llegaron antes. Los condujo hasta mi cuarto el hombre de enfrente. Tra\u00edan los rev\u00f3lveres desenfundados. Al jefe le colgaba del cinto una peinilla con banda verde. La ni\u00f1a despert\u00f3 sobresaltada.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 No te asustes, esto es nada, \u2014le dije, sin saber por qu\u00e9 lo hac\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>Y me llevaron, a empellones brutales. Despu\u00e9s me trajeron aqu\u00ed. Los ojos de la ni\u00f1a me segu\u00edan. Comenc\u00e9 a trabajar y a reunir. Pensaba en la ni\u00f1a d\u00eda y noche, como si la hubiera asesinado. Me mortificaba aquel pensamiento tan horrible, y sent\u00eda el goce de no haber tenido fuerzas para llevarlo a cabo. Rufino, en cambio, no significaba nada. La ni\u00f1a me segu\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>Y comenc\u00e9 a mandarle mis ahorros. Vino un d\u00eda, y otro, y otro. Ha venido siempre. Ma\u00f1ana vendr\u00e1 tambi\u00e9n. Yo la quiero. Le guardo una manzana llena de vitaminas y dos espejitos. Le estoy fabricando un Ni\u00f1o Jes\u00fas con espina de bucare y un par de zuecos floreados para su Maestra. Tambi\u00e9n le tengo una oraci\u00f3n para el pecho.<\/p>\n\n\n\n<p>Tiene que venir. S\u00ed, Carmen Aurora vendr\u00e1 ma\u00f1ana. \u00a1Tiene que venir!<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/manuel-rodriguez-cardenas\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Manuel Rodr\u00edguez C\u00e1rdenas \u00abPara que un hombre piense en matar a otro hombre, quiera matarlo y ejecute tal prop\u00f3sito, debe encontrarse en estado ps\u00edquico muy diferente al de la inmensa mayor\u00eda de los hombres adultos y civilizados&#8230;\u00bb Enrique Ferri Fui aquella noche. S\u00ed. 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