{"id":14413,"date":"2024-12-15T16:08:35","date_gmt":"2024-12-15T20:38:35","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=14413"},"modified":"2024-12-15T16:34:33","modified_gmt":"2024-12-15T21:04:33","slug":"el-hombre-de-oro","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/el-hombre-de-oro\/","title":{"rendered":"El hombre de oro (fragmentos)"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Rufino Blanco Fombona<\/h4>\n\n\n\n<p><strong>1. DONDE APARECE CIRILO MATAMOROS<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Es domingo, un domingo de junio. El sol de las once cae, t\u00f3rrido y dorado, sobre loe techos rojos de 1a dudad; reluce en los muros de las casas, pintados ya de tenue ocre, ya de man\u00edan a, ya de siena indeciso, ya de azul desva\u00eddo, ya de anaranjado moriente, y reverbera en las calzadas arrancando al asfalto tonos de pav\u00f3n gris. La longa y recta avenida, radia alegr\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>Por entre el abigarrado p\u00fablico dominguero y endomingado de la chica y risue\u00f1a dudad discurren, a paso procesional, grupos de muchachas elegantes vestidas de colores claros, ledos. Charlan en voz alta las mujeres entre s\u00ed o bien con hombres que las acompa\u00f1an. Reci\u00e9n salidas de la \u00faltima misa, pasean antes de restituirse al hogar. Las madres, en ocasiones, siguen los grupos juveniles, bamboleando sus gruesas moles cincuentonas. Parejas enamoradas se a\u00edslan, adelantando el paso o retard\u00e1ndolo, bajo la amplia flor de oro o de p\u00farpura de la sombrilla abierta.<\/p>\n\n\n\n<p>Nutrida fila de coches ender\u00e9zase avenida abajo. Sube otra fila de coches hasta desgranarse y perderse en los barrios del centro. En algunas ventanas se enraciman mujeres, \u00e1vidas de ver y de ser vistas; en otras, pelan la pava novios imberbes con novias de quince a\u00f1os. De aqu\u00ed y all\u00e1 sale, por algunas de estas abiertas ventanas, una racha de vals criollo, o alg\u00fan l\u00edrico lamento germ\u00e1nico.<\/p>\n\n\n\n<p>Tal cual cocinera retardada apres\u00farase camino de su cocina, cimbr\u00e1ndose al peso de la cesta de compras, por cuyos bordes asoman la cabeza colorada loe r\u00e1banos, o verdes y refrescantes coles, repollos y lechugas. <\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">&#8211; o &#8211;<\/p>\n\n\n\n<p>En el t\u00e9rmino de la Avenida, donde concluye, puede decirse, la ciudad y empiezan arrabales que parecen una invasi\u00f3n a la campi\u00f1a por casucas audaces, desemboca un campesino endomingado, caballero en un cuartago de pocas crines y pocas carnes.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00c9rase aquel jinete Cirilo Matamoros, abacero y curandero de un caser\u00edo vecino, Chacao. \u00a1Qu\u00e9 celebridad la suya, entre los campistas, en varias leguas a la redonda!<\/p>\n\n\n\n<p>Peque\u00f1o, regordete, cuarent\u00f3n, su figura insignificante no denuncia el poso de ciencia campesina. Cirilo Matamoros, mestizo peliparado y casi lampi\u00f1o, pues s\u00f3lo un bigotillo, de cuatro pelos negrea en su labio superior, tiene por contraposici\u00f3n un bosque de cerdas en las cejas. Aquella hirsuta barra de cerdas que se eriza en su rostro, entolda los diminutos ojos de Cirilo, dando a todo el semblante un aire fosco.<\/p>\n\n\n\n<p>Su aspecto truculento\u2014enga\u00f1osa ciscara de un natural bon\u00edsimo\u2014 se agrava por un silencio cl\u00e1sico, al parecer hostil, siempre que no se trate de exponer virtudes de plantas y ra\u00edces o de ponderar las m\u00faltiples curaciones que aplicando tales y cuales ra\u00edces o tales y cuales plantas realiza el curandero. Entonces su ch\u00e1chara corre como abundante ca\u00f1o. \u00a1Cambio incre\u00edble!<\/p>\n\n\n\n<p>No era Cirilo Matamoros uno de esos negros brujos, de pa\u00f1uelo colorado sobre las gre\u00f1as blancuzcas, que recetan oraciones y potingues inveros\u00edmiles; ni charlat\u00e1n por vil inter\u00e9s de pecunia, sino abnegado<br>y voluntario servidor de la humanidad doliente, emp\u00edrico de ciencia casi infusa, convencido de la farmacopea criolla, cuyas virtudes eficaces conoce y pregona.<\/p>\n\n\n\n<p>Due\u00f1o de una pulper\u00eda sobre el camino carretero, posesor de parcelas de tierra de labrar, vive de abacer\u00eda y pegujalito. La \u00abmedicina\u201d la practica por placer. La medicina es su aguardiente, su \u00fanico vicio.<\/p>\n\n\n\n<p>A veces abandona bueyes y mostrador, rodal y tienda, por correr leguas y leguas sobre su caballejo desmedrado, a propinar brebajes a alg\u00fan pe\u00f3n pal\u00fadico o aplicar emolientes al tumor de alg\u00fan cachic\u00e1n. Y todo con el mayor desinter\u00e9s. Regala casi siempre a sus clientes las plantas y los medicamentos que prescribe, y muy a menudo, cuando son menesterosos, les deja tambi\u00e9n algunas monedas.<\/p>\n\n\n\n<p>Hasta de Caracas sol\u00edan llamarlo. Matamoros lo pregona con orgullo: \u201cDe Caracas me solicitan con frecuencia.\u201d Y all\u00ed la enumeraci\u00f3n de sus \u00e9xitos en la capital: el cochero de don Fulano, un zapatero del barrio de San Juan, dos italianos parag\u00fceros y econ\u00f3micos de El paraguas genov\u00e9s, etc.<\/p>\n\n\n\n<p>Aquel propio domingo iba a Caracas, de donde lo requirieran por tel\u00e9fono el s\u00e1bado en la noche.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">&#8211; o &#8211;<\/p>\n\n\n\n<p>Recurre a la eficacia del curandero nada menos que don Camilo Irurtia, ricacho caraque\u00f1o, conocido por taca\u00f1o, viejo Harpag\u00f3n de hucha repleta.<\/p>\n\n\n\n<p>La pulper\u00eda rebosaba de bebedores de amargo\u2014aguardiente perfumado con hierbabuena y c\u00e1scaras de toronja\u2014, cuando Cirilo particip\u00f3 con orgullo mal encubierto, o m\u00e1s bien con expuesto orgullo, que se ve\u00eda precisado a cesar el despacho y a poner a todo el mundo de patitas en la calle. Iba a Caracas. De Caracas lo llamaban para medicar a un enfermo. Al decirlo, Matamoros no ignoraba que pronto volar\u00eda la noticia de cafetal en cafetal, de hacienda en hacienda, de peonada en peonada.<\/p>\n\n\n\n<p>El prestigio casi supersticioso de que goza Cirilo Matamoros en cuanto curandero, se acrecer\u00eda por aquel nuevo homenaje de la ciudad. Cuando Cirilo dio a conocer el motivo que le obligaba al cierre de sus puertas pulperiles m\u00e1s temprano que de costumbre y con detrimento de su bolsillo, uno de los  bebedores de amargo le pregunt\u00f3:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfY qui\u00e9n te llama de Caracas, Cirilo?<\/p>\n\n\n\n<p>Matamoros repuso con jactancia:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Don Camilo Irurtia, un capitalista\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfDon Camilo Irurtia? Ninguno de los peones ni mayorales all\u00ed presentes hab\u00eda o\u00eddo jam\u00e1s aquel nombre.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ese s\u00ed te pagar\u00e1\u2014aventur\u00f3 otro campesino; dirigi\u00e9ndose a Cirilo.<\/p>\n\n\n\n<p>Matamoros no se resign\u00f3 a confesar: la reputaci\u00f3n de avaro de don Camilo era tan merecida, tan s\u00f3lida, que no daba resquicio a dudas. Pagarle, ni un solo c\u00e9ntimo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Yo no quiero paga ni de \u00e9l ni de nadie\u2014responde con vivacidad \u00e9l curandero\u2014. La medicina debe ejercerse de balde, por amor de la humanidad y de la misma medicina. Los empleos lucrativos son otros. Si yo fuera gobierno prohibir\u00eda que los m\u00e9dicos cobraran. As\u00ed habr\u00eda menos doctores, y nos dejar\u00edan el oficio de curar a los que tenemos vocaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Pero algo te abonar\u00e1, si lo curas, ese se\u00f1or Irurtia\u2014insisti\u00f3 el pe\u00f3n\u2014, siendo rico y acostumbr\u00e1ndose en las ciudades a pagar a los m\u00e9dicos.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Repito que yo no exijo dinero de nadie; mis servicios son de quien los necesita y conf\u00eda en ellos.<\/p>\n\n\n\n<p>Aunque el curandero sab\u00eda de memoria que Irurtia no iba a darle ni las gracias, a\u00f1adi\u00f3, por el buen parecer:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014No digo que no me haga alg\u00fan regalito, como ocurre a veces son las personas a quienes sano; pero yo nada pido.<\/p>\n\n\n\n<p>En ese instante entr\u00f3 un nuevo parroquiano, un mozalbete caraque\u00f1o reci\u00e9n arribado a Chacao, sirviente en alguna de las haciendas vecinas.<\/p>\n\n\n\n<p>En un periquete lo pusieron al corriente. Matamoros iba a Caracas, solicitado por don Camilo Irurtia. Conoc\u00eda el dom\u00e9stico a Irurtia, de fama y aun de vista.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfDon Camilo Irurtia? \u00a1Buena p\u00e9cora! Un viejo huesudo, larguirucho. Es un avaro que vive de la usura. No escupe para que la tierra no chupe.<\/p>\n\n\n\n<p>Despu\u00e9s la emprendi\u00f3 el f\u00e1mulo de buen humor con Matamoros:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfY esa es la gente que te llama de Caracas, Cirilo? Buena clientela. Tienes raz\u00f3n de estar contento. Irurtia es un viejo sinverg\u00fcenza que te hace ir porque te conoce el flaco y para no pagar m\u00e9dico.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Yo no solicito dinero.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014No, aunque lo solicites, no lo obtendr\u00e1s de Irurtia. Ese no le da un grano de mala ni al gallo de la Pasi\u00f3n. Lo mejor que puedes hacer es despacharlo con tus hierbas. Alg\u00fan heredero te pagar\u00e1 el servicio.<\/p>\n\n\n\n<p>Matamoros iba a decirle que no volviese a poner los pies en la pulper\u00eda; pero se impuso el natural genio del curandero y se limit\u00f3 a encogerse de hombros, callado, desde\u00f1oso, filos\u00f3fico. El sirviente, minutos despu\u00e9s, parti\u00f3, ri\u00e9ndose de la clientela de Cirilo y asegurando que si a Irurtia le golpeaban el codo, no abr\u00eda ni los dedos del pie. Los peones, creyentes a fe ciega en la sabidur\u00eda infusa de Cirilo, no aceptaban como oro de ley las rechiflas de aquel esc\u00e9ptico burl\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">&#8211; o &#8211;<\/p>\n\n\n\n<p>Iba contento en su caballuco zaino Cirilo Matamoros, a pesar de las burlas del hortera, a pesar del sol de las once, a pesar de la carretera y sus remolinos de c\u00e1lido polvo asfixiante. \u00bfC\u00f3mo no? La ciudad lo llama. Caracas, la gloria.<\/p>\n\n\n\n<p>Desemboc\u00f3 en la Avenida, embebido en sus pensamientos de grandeza, y embebido en sus pensamientos de grandeza espole\u00f3 la cabalgadura calle arriba, sin detenerse en los paradores y posadas que habr\u00edan por all\u00ed sus amplios y hospitalarios saguanotes a los viajeros populares, de bolsa modesta.<\/p>\n\n\n\n<p>Viste Cirilo aquel domingo pantalones y chaleco de palio negro y americana o chupa de dril blanco, sin abotonar. T\u00f3case con un fieltro al\u00f3n, caf\u00e9 con leche, ca\u00edda la delantera sobre los ojos para evitar el sol del mediod\u00eda. Calza burdos y resistentes brodequines de becerro. Una pesada y resonante cadena de plata hamaquea sobre el pa\u00f1o negro del chaleco en el vientre de Cirilo.<\/p>\n\n\n\n<p>S\u00ed, iba contento, calle arriba. Al arribar a una plaza, abandon\u00f3 la Avenida y torci\u00f3 rumbo a la derecha. No anduvo trescientos metros, y ya pudo creerse en otra ciudad: las casas, m\u00e1s bajas que en la Avenida; las ventanas, m\u00e1s estrechas; las paredes, menos relucientes; los portones, menos severos. Por las calles no discurre p\u00fablico elegante, sino alguno que otro artesano\u2026 <\/p>\n\n\n\n<p>A puertas y postigos as\u00f3manse trigue\u00f1as mujeres del pueblo, bien por curiosidad, bien en espera de hermanos, padres, maridos, a quienes temen acaso ver llegar de las pulper\u00edas con dos o tres tragos m\u00e1s<br>que de costumbre. En suma: en barrio popular.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">&#8211; o &#8211;<\/p>\n\n\n\n<p>El jinete se detuvo frente a gris y descascarado casucho de una sola ventana, techo bajo, puerta cerrada, aspecto s\u00f3rdido. La ventanuca, con barrotes de madera, tiene entornados loe postigos como dos p\u00e1rpados. Aquellos entornados postigos parecen ojos de disimulo mirando de soslayo.<\/p>\n\n\n\n<p>En la portezuela, deste\u00f1ida, pende una aldabilla de hierro. Contrasta la casuca, por su aire de desconfianza, sus postigos como en atisbo y su puerta bien cerrada, con las vecinas viviendas, cuyos portones, abiertos de par en par, invitan al transe\u00fante.<\/p>\n\n\n\n<p>Toc\u00f3 a la puerta, sin desmontarse, el que llegaba. Como nadie repuso, toc\u00f3, pasado un momento, otra vez. El silencio apenas responde. Por tercera ves golpe\u00f3 con los nudos de los dedos en aquella muda puerta. Flacucha cara de viejo asom\u00f3se a la postre por uno de los postigos, preguntando:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfQui\u00e9n es?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Gente de paz\u2014repuso el de a caballo.<\/p>\n\n\n\n<p>El viejo debi\u00f3 de reconocerlo, porque le dijo:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfAh, es usted, Cirilo? Un minuto; voy a abrirle.<\/p>\n\n\n\n<p>El campesino, ya a pie, empezaba a amarrar su caballejo en los barrotes de la ventana cuando la puerta se abri\u00f3. El vejete\u2014hombre zancudo, magro, aquijotado\u2014, pregunt\u00f3, como en alarma, a Matamoros:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfVa usted a dejar su bestia ah\u00ed, en la calle? \u00bfNo teme que se la roben?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Qu\u00e9 van a robarse!\u2014repuso Matamoros, disponi\u00e9ndose a entrar.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero el otro se encalamuc\u00f3:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Es un disparate. Pueden robarse el animal, o la silla, o alg\u00fan estribo. Lo mejor es que deje su caballo aqu\u00ed, en el zagu\u00e1n.<\/p>\n\n\n\n<p>Como el palurdo accediera, el viejo tagarote pareci\u00f3 m\u00e1s tranquilo. Y entraron al corredor, conversando.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Pero usted no tiene cara de enfermo, don Camilo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Es verdad, por fortuna. El enfermo no soy yo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<p><strong>2. CAMILO Y TOMASA<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>El enfermo, en realidad, no era don Camilo Irurtia, sino Tomasa, vieja amarillenta y reum\u00e1tica que le serv\u00eda. Irurtia no conoci\u00f3 jam\u00e1s otra servidumbre dom\u00e9stica sino la de aquella bruja de cabellos blancos y desgre\u00f1ados. La pobre anciana cre\u00eda que Dios la puso en el mundo con el exclusivo objeto de servir a Camilo, para servirle de balde; y de balde lo servia. Irurtia la hab\u00eda heredado de la madre, de la que fue sirvienta. \u00danica herencia.<\/p>\n\n\n\n<p>Al afecto por Camilo, a quien conoci\u00f3 desde la infancia, se juntaban en la apocada vieja la costumbre y la admiraci\u00f3n. Lo admiraba. \u00bfNo hab\u00eda llegado Camilo desde la m\u00e1s desnuda inopia a la importancia de capitalista? Porque, aunque viviese como un mendigo, era un capitalista.<\/p>\n\n\n\n<p>A\u00fan se acordaba Tomasa cuando viv\u00edan Camilo y ella en un cuartejo \u00fanico, separados por una cortina colorada. All\u00ed lavaba la vieja la ropa de los dos; all\u00ed guisaba en un infiernillo el somero alimento. Tomasa volv\u00eda la cara contra la pared, de noche, al acostarse,  para no alarmar su pudor viendo a trav\u00e9s de la cortina, gracias a la vela, a Camilo en pa\u00f1os menores. El casto Irurtia, al caer en la cuenta, obvi\u00f3 la dificultad con una reflexi\u00f3n oportuna:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfQui\u00e9n ha dicho que se necesita de luz para desvestirse?<\/p>\n\n\n\n<p>Por fortuna, el dinero, fecundo, sabe multiplicarse en manos de un hombre de orden y de genio como Camilo. De simple tenedor de libros en modesto almac\u00e9n, Irurtia fue subiendo, subiendo. Primero prestaba a los compa\u00f1eros de trabajo, \u00a1oh!, poca cosa y a un inter\u00e9s muy m\u00f3dico: nada m\u00e1s que al cincuenta por ciento. Yo te doy un duro, t\u00fa me das dos. Muy sencillo. \u00a1Y tan generoso el pobre Camilo: nunca que pudo se neg\u00f3 a prestar estos servicios! <\/p>\n\n\n\n<p>Tambi\u00e9n sol\u00eda empe\u00f1ar algunos objetos; al que no era empleado en el almac\u00e9n, al que no conoc\u00eda, \u00bfc\u00f3mo iba a prestarle su dinero sin ciertas precauciones, pocas, sencillas: alg\u00fan relojjto de oro, alguna sortija con piedras? A veces no daban sino un simple papel, un pagar\u00e9. En suma: nada, casi nada. Pero el pobre<br>Camilo era tan ahorrativo que fue guard\u00e1ndolo todo sin gastar apenas ni un c\u00e9ntimo, sin distracciones, ni siquiera un cigarrito los domingos; con mucho sentido del orden, hasta permanecer descalzo cuando estaba en la habitaci\u00f3n. <\/p>\n\n\n\n<p>\u00a1Y qu\u00e9 sobriedad! Un huevito, un panecillo. Nada de vinos, de licores. \u00a1C\u00f3mo no iba a tener acumulado<br>lo que otros malgastan en lujos, en vicios! Por fortuna ya viv\u00edan mejor, y Camilo se consagraba de preferencia a prestar dinero a gente m\u00e1s seria que empleaditos de almac\u00e9n: a los empleados del Estado y a otro negocio mejor: a la retroventa de casas. \u00a1Lo que sabe de casas Camilo y cu\u00e1ntas posee ya en todos los barrios de la villa! Dios es justo. Dios protege a los buenos.<\/p>\n\n\n\n<p>Apenas supo Cirilo que el enfermo no era Irurtia, sino Tomasa, tuvo una ligera desilusi\u00f3n. No supon\u00eda lo mismo para la fama curanderil de Matamoros el medicar a un ricacho, aunque avaro y usurero, como Camilo Irurtia, que a una vieja sirviente. Pero la vocaci\u00f3n, el anhelo de propinar sus hierbas triunf\u00f3 en Cirilo Matamoros, y aquel hombre excelente, de cara de pocos amigos, empez\u00f3 a informarse con sincero inter\u00e9s de los males que aquejaban a la criada.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Dolores en el cuerpo\u2014le inform\u00f3 Irurtia vagamente.<\/p>\n\n\n\n<p>Y agreg\u00f3:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Vamos a su cuarto. Usted juzgar\u00e1.<\/p>\n\n\n\n<p>El prestamista fue guiando a Cirilo hada la habitaci\u00f3n de Tomasa, que, echada en su catre, lanzaba sordos berridos. Atravesaron otra habitac\u00f3n. \u00a1Qu\u00e9 espect\u00e1culo para Cirilo! Apil\u00e1banse en los rincones clavos, cerraduras, balanzas, acordeones descompuestos, flautas, guitarras, \u00fatiles, de jardiner\u00eda, pinzas de sacar<br>dientes, m\u00e1quinas de coser, una dentadura postiza. \u00a1Los objetos m\u00e1s heter\u00f3clitos! Junto a sillas de montar, aqu\u00ed y all\u00e1, jaulas de p\u00e1jaros; code\u00e1ndose con camas de hierro, vajillas de porcelana, libres, maletas, y sobre una mesa un arsenal de lo m\u00e1s completo: rev\u00f3lveres, escopetas, pu\u00f1ales, espadas y una aut\u00e9ntica cimitarra turca. Todo aquello aspiraba un aliento pestilencial de moho, de viejo, de encierro, de desinfectante. <\/p>\n\n\n\n<p>Cirilo convert\u00eda los ojos a diestra y a siniestra, asombrado, y pensaba: este hombre es rico, negocia en casas y especula con valoresde importancia; no necesita de empe\u00f1os miserables que apenas pueden dejarle sino beneficios m\u00ednimos, c\u00e9ntimos, y le llenan y ensucian la casa. Debiera prescindir de ellos y, sin embargo, no prescinde, no puede prescindir. Es esclavo del c\u00e9ntimo. Aquello era la democracia de los empe\u00f1os. Cirilo no pod\u00eda descubrir la buena ropa de cama y de vestir, envuelta en papel de peri\u00f3dicos pestilentes a bolitas de naftalina y ocultas en tablas adosadas a la pared, hasta la altura del techo. Ni menos los zarcillos con piedras preciosas, las sortijas de diamantes, los collares de perlas, los diminutos relojes femeninos con iniciales en s\u00e1tiros y rub\u00edes, los aderezos margaritados, los brochas, los medallones, los brinqui\u00f1os. Todo ello se escond\u00eda con su papelito blanco, una fecha, un nombre y unos signos enigm\u00e1ticos, en tinta de carm\u00edn, en la maciza caja de hierro, disimulada tras posada cortina, en otra habitaci\u00f3n, cerca del casto lecho de Irurtia.<\/p>\n\n\n\n<p>Como don Camilo advirtiese la curiosidad de Cirilo, empez\u00f3 a hablarle apresuradamente de la enfermedad de Tomasa, y apresuradamente le oblig\u00f3 a atravesar aquel curioso habit\u00e1culo de los empe\u00f1os, situado entre el cuarto de \u00e9l y el cuarto de Tomasa. Don Camilo conoc\u00eda bastante a Cirilo y su hombr\u00eda de bien a carta cabal. \u00a1Pero qu\u00e9 miedo tenia de que la curiosidad ajena metiese los ojos en su interior y en sus intimidades!<\/p>\n\n\n\n<p>A\u00fan recordaba la vea en que se introdujeran en su casa unos ladrones. No Io robaron, porque supo dar tantos y tan tremendos gritos, que la gente acudi\u00f3 y los ladrones huyeron. Pero, \u00a1ay!, la polic\u00eda meti\u00f3 baza. Le impusieron una multa por prestamista a espaldas de la ley. Le impidieron prestar al veinticinco por ciento. Don Camilo crey\u00f3 morir. \u00a1Qu\u00e9 abuso de la fuerza! Comprendi\u00f3 que la organizaci\u00f3n social era defectuosa y Venezuela un pa\u00eds perdido. Hasta pens\u00f3 en abandonar la Rep\u00fablica; pero como sus intereses y aun su ambici\u00f3n lo retuvieron, imagin\u00f3 vengarse del Gobierno, de la multa, entrando en alguna revoluci\u00f3n. S\u00f3lo que los revolucionarios le amedrentaron con exigencias de dinero. Irurtia renunci\u00f3 a las rebeliones colectivas.<\/p>\n\n\n\n<p>Tantas emociones le produjeron una fiebre cerebral. Le llevaron, sin \u00e9l solicitarlo, naturalmente, un m\u00e9dico. Apenas convaleciente Irurtia, el m\u00e9dico le pas\u00f3 la cuenta, a raz\u00f3n de cinco pesetas por visita. Don Camilo estuvo a punto de recaer. Consult\u00f3 un abogado respecto a la cuenta del doctor, era menester pagar al m\u00e9dico y, adem\u00e1s, al abogado, que cobr\u00f3 la consulta. La existencia perdi\u00f3 para don Camilo todos sus atractivos. \u00bfA qu\u00e9 vivir en un mundo abominable en que todos se confabulaban para saquear al honrado trabajador?<\/p>\n\n\n\n<p>Desde la fiebre cerebral trab\u00f3 conocimiento con Cirilo Matamoros, en previsi\u00f3n de lo que pudiera ocurrir. Y ya hab\u00eda llegado el caso: Cirilo Matamoros estaba en su casa. Se trataba de un hombre altruista, desinteresado, que sab\u00eda dar, por amor del pr\u00f3jimo, no s\u00f3lo las recetas, sino tambi\u00e9n los medicamentos, y, a veces, a los enfermos menesterosos, hasta alg\u00fan dinerito. \u00a1Qui\u00e9n sabe c\u00f3mo se conducir\u00eda con Tomasa! \u00a1Era tan pobre, tan pobre! No pose\u00eda nada. Nada era suyo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">&#8211; o &#8211;<\/p>\n\n\n\n<p>M\u00e1s amarilla que nunca, echada sobre un catre sin s\u00e1banas, arrop\u00e1ndose con una manta del tiempo de Maricasta\u00f1a.\u2014manta ra\u00edda, suda, incolora, que fu\u00e9 un tiempo sudadero de burro y que le empe\u00f1aron<br>a don Camilo por dos o tres reales\u2014, la pobre vieja, con la desgre\u00f1ada tumusa blanca sobre la mugrienta almohada, quej\u00e1base de err\u00e1ticos dolores en los huesos, principalmente en la pierna derecha.<\/p>\n\n\n\n<p>Matamoros, fosco y reconcentrado, se hizo dar explicaciones. Tante\u00f3 la fl\u00e1cida pierna, desde el muslo hasta \u00e9l calca\u00f1ar, movi\u00f3 las coyunturas, examin\u00f3 las r\u00f3tulas; despu\u00e9s examin\u00f3 los codos, las mu\u00f1ecas, las articulaciones de las manos, y concluy\u00f3 can una seguridad absoluta, verdaderamente doctoral:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Reumatismo!<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfY qu\u00e9 le hacemos, Cirilo?\u2014pregunt\u00f3 Irurtia.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Lo primero\u2014repuse Matamoros\u2014aplicaremos la chuta.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfY qu\u00e9 es eso?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Una medicina que los extranjeros\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>No pudo concluir. Irurtia se hab\u00eda puesto las manos en la cabeza. \u00bfRemedios de botica? \u00bfRemedios que cuestan un sentido y no curan? Cirilo se hab\u00eda vuelto loco o estaba contagiado por el ejemplo de los m\u00e9dicos caraque\u00f1os, que todo creen arreglarlo con frascos de doce reales. \u00bfQu\u00e9 era de aquellas salut\u00edferas hierbas que Cirilo llevaba siempre consigo, que jam\u00e1s neg\u00f3 a los enfermos, y con las que, hecha la infusi\u00f3n y absorbida, desaparec\u00edan los m\u00e1s renuentes males?<\/p>\n\n\n\n<p>Cirilo o\u00eda en silencio. Cuando Irurtia concluy\u00f3 sus aspavientos, el curandero repiti\u00f3, solemne:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Lo primero, duna, como la llaman los extranjeros; o, seg\u00fan decimos en criollo, <em>copey<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ah, \u00bfuna planta ind\u00edgena? \u00a1Enhorabuena!<\/p>\n\n\n\n<p>Irurtia se puso radiante. La vieja empez\u00f3 a quejarse de no poder estirar la pierna.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/rufino-blanco-fombona\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Rufino Blanco Fombona 1. DONDE APARECE CIRILO MATAMOROS Es domingo, un domingo de junio. El sol de las once cae, t\u00f3rrido y dorado, sobre loe techos rojos de 1a dudad; reluce en los muros de las casas, pintados ya de tenue ocre, ya de man\u00edan a, ya de siena indeciso, ya de azul desva\u00eddo, ya [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":6,"featured_media":14414,"comment_status":"open","ping_status":"","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_monsterinsights_skip_tracking":false,"_monsterinsights_sitenote_active":false,"_monsterinsights_sitenote_note":"","_monsterinsights_sitenote_category":0,"footnotes":""},"categories":[15],"tags":[],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/14413"}],"collection":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/users\/6"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=14413"}],"version-history":[{"count":5,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/14413\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":14422,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/14413\/revisions\/14422"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media\/14414"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=14413"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=14413"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=14413"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}