{"id":14279,"date":"2024-12-05T17:05:41","date_gmt":"2024-12-05T21:35:41","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=14279"},"modified":"2024-12-05T17:05:41","modified_gmt":"2024-12-05T21:35:41","slug":"cuentos-de-mario-morenza","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/cuentos-de-mario-morenza\/","title":{"rendered":"Cuentos de Mario Morenza"},"content":{"rendered":"\n<h3 class=\"wp-block-heading\">Vitrum<\/h3>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-right\"><em>\u201cLo que te gusta te da nervios\u201d.<br><\/em>Juan Villoro,&nbsp;<em>Materia dispuesta.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-right\"><em>\u201cUno siempre se ve invisible en el recuerdo\u201d.<br><\/em>Ricardo Piglia,&nbsp;<em>Prisi\u00f3n perpetua.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>A Adela el primer hueso se le quebr\u00f3 a los siete a\u00f1os cuando corr\u00eda al colegio para no llegar tarde. El yeso le momific\u00f3 por dos meses el brazo derecho y se lo firmaron tantas veces que su indescubierta alergia a la tinta le produjo una gripe de cama. Aprovech\u00f3 el reposo para leerse&nbsp;<em>Las aventuras de<\/em>&nbsp;<em>Tom Sawyer<\/em>&nbsp;y aprender a ser zurda. Su tendencia a caerse desde ni\u00f1a se notaba m\u00e1s, ya que una ca\u00edda equival\u00eda a semanas de carreras a hospitales a hospitales a hospitales y farmacias tan surtidas como los colores de su uniforme de primaria: blusa marr\u00f3n y falda gris. Sus pap\u00e1s, Guillermo y Ximena, optaron por protegerla con rodilleras y casco de&nbsp;<em>skaters<\/em>. La primera vez que los us\u00f3 lleg\u00f3 con retraso y, al entrar al sal\u00f3n, sus compa\u00f1eritos pensaron que se hab\u00eda adelantado el Carnaval. Guillermo, al verla llegar a casa, dar un portazo, tomarse un vaso de jugo y reventarlo contra el piso con la cara descompuesta por el llanto, entendi\u00f3 que seguir visti\u00e9ndola as\u00ed le acarrear\u00eda trastornos psicol\u00f3gicos.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando Adela cumpli\u00f3 doce a\u00f1os una t\u00eda tuvo el desacierto de regalarle una<em>&nbsp;Barbie&nbsp;<\/em>enfermera. De la mu\u00f1eca solo qued\u00f3 el cabello, parec\u00eda una&nbsp;<em>Barbie&nbsp;<\/em>post-ataque-de-violaci\u00f3n, con toda la ropa deshilachada. No es un misterio que el diminuto uniforme, impecablemente blanco junto a esa maletita en cuyo centro resaltaba la emblem\u00e1tica cruz roja, le rememor\u00f3 los traum\u00e1ticos d\u00edas de terapia.<\/p>\n\n\n\n<p>A los trece, Adela ya usaba lentes que compet\u00edan en grosor con las lupas. \u201cUnas muletas para los ojos\u201d, razon\u00f3 con la lucidez de un p\u00e1rroco o el desvar\u00edo de un enfermo atosigado de morfina. En fin, razon\u00f3, si se puede llegar a razonar a 40 grados de fiebre. Resumiendo, Adela quer\u00eda sus lentes para releer&nbsp;<em>Tom Sawyer<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p>Adela ten\u00eda dos hermanas, o las dos hermanas, Aleida y A\u00edda, la ten\u00edan a ella. Aleida, la del medio, exhib\u00eda una personalidad que era el opuesto absoluto de Adela. La m\u00e1s peque\u00f1a era A\u00edda, cuatro a\u00f1os menor que Aleida y ocho menos que Adela. Los embarazos de Ximena se dispon\u00edan en perfecta progresi\u00f3n aritm\u00e9tica. A\u00edda no ten\u00eda personalidad, o, al menos, no se pod\u00eda hablar de personalidad a esas alturas de la vida, era un naufragar de comportamientos entre sus dos hermanas, un naufragar que estaba buscando un puerto donde encallar o estrellarse como los vasos de jugo y brebajes que de tarde en tarde lanzaba Adela contra piso o paredes.<\/p>\n\n\n\n<p>En la pubertad, Adela asumi\u00f3 prudencias rigurosas. Caminar por una acera o por una cuerda floja era b\u00e1sicamente lo mismo. Una acr\u00f3bata ten\u00eda tantas precauciones en el trapecio como Adela al subir o bajar escaleras. Ir al ba\u00f1o lo consideraba un deporte extremo. Tambi\u00e9n su vida anduvo por una cuerda floja: de los siete a los quince tuvo veintinueve fracturas, destacan doce en la pierna izquierda y una craneal que por cent\u00edmetros la deja en coma. A los diecis\u00e9is su cuerpo estaba rayado por cicatrices quir\u00fargicas.<\/p>\n\n\n\n<p>La playa era un territorio que nunca visitar\u00eda, al menos no en traje de ba\u00f1o.&nbsp;<em>Playa<\/em>&nbsp;era una palabra impronunciable ante ella. Claro, se pod\u00eda editar un diccionario de palabras-impronunciables-ante-Adela y uno ten\u00eda que concentrarse en lo que hablaba para no herirla. Un adverbio de tiempo pod\u00eda ser devastador. Cuando una amiga m\u00eda de Cuarto a\u00f1o la invit\u00f3 a pasar unos d\u00edas en Cima Mar, me provoc\u00f3 azuzarla ah\u00ed mismito, delante de Adela. Pero la cordialidad \u2014o la insidia\u2014 de Julia, as\u00ed se llamaba o le llaman a nuestra condisc\u00edpula, redujo la frecuencia de sus fracturas: en cinco meses Adela no supo de yesos ni de clavos y no porque su estructura \u00f3sea se fortaleciera. En esos cinco meses, Adela se clav\u00f3 a la cama toda l\u00e1grimas y ahhhhh. A partir del segundo mes comenz\u00f3 a leer y promedi\u00f3 cuatro libros por semana que yo mismo le tra\u00eda de la biblioteca de Centro Cultura. Tres psic\u00f3logos desfilaron durante ese tiempo por la habitaci\u00f3n de mi amiga. El de m\u00e1s \u00e9xito logr\u00f3 recibir una fr\u00e1gil bofetada. Hubo un cuarto que prob\u00f3 con la hipnosis, pero, en la fase media, Guillermo orden\u00f3 que parasen vaya a saber por qu\u00e9.<\/p>\n\n\n\n<p>Yo creo saber por qu\u00e9. Pero tambi\u00e9n creo que no es importante. O s\u00ed, pero ya no ahora, cuando no vale la pena hablar de lo que parec\u00eda insignificante e imposible, o de los muchos posibles que cre\u00eda importantes. A los d\u00edas de regresar con Julia de Cima Mar, volv\u00ed a reanudar mis visitas a Adela \u2014o a las hermanas triple A, como les llam\u00f3 Julia. Tambi\u00e9n reanud\u00e9 mis clases de guitarra. El mar estuvo verde por all\u00e1. Uno nadaba y cuando abr\u00eda los p\u00e1rpados no pod\u00eda verse nada. A la noche me ard\u00edan los ojos y sent\u00ed que unos bichitos me caminaban por dentro de ellos, unos bichitos con patas y manos arponeadas para abrirse paso. Apenas pude abrirlos para ver la nuca y el revoltijo de cabellos del cuerpo que apretaba, la espalda de Julia. \u201cDe yo abrazar a Adela cu\u00e1ntos huesos le partir\u00eda\u201d, pens\u00e9 eso y me odi\u00e9 por pensarlo. Los ojos rojos por una semana, por el odio a s\u00ed mismos y, claro, el salitre. Gast\u00e9 tres potes de colirios. Un d\u00eda la Policosta me detuvo caminando por el malec\u00f3n para hacerme preguntas necias sobre vicios. Le respond\u00ed que qu\u00e9 vicios puede tener Samuel. Al rato, me soltaron con una bolsita de manzanilla y otra de hielo.<\/p>\n\n\n\n<p>Adela no soportaba la m\u00fasica alta que pon\u00eda Aleida. Le atormentaba y empezaba a gemir, como temiendo a que se le rajasen los t\u00edmpanos. Un a\u00f1o despu\u00e9s del desfile de psic\u00f3logos, el 17 de junio, ahora lo recuerdo bien, fue a verme tocar. Yo tocaba guitarra con el grupo del Liceo. Yo, Samuel, aunque ayer no era ni soy el yo de hoy, que recuerda un ayer latente, no sabe c\u00f3mo desclavarse los recuerdos. Me llaman Samuel y a veces me llamo a m\u00ed mismo Samuel, cuando no me consigo. Y m\u00e1s que llamarme grito mi nombre, por otro, un nombre secreto que solo Adela conoc\u00eda. Adela siempre me hizo poner el demo en el&nbsp;<em>CD player<\/em>&nbsp;antes de irme. A veces cenaba con ella y Aleida, pero los d\u00edas que no ten\u00eda clases en Centro Cultura. Para ir a clases ten\u00eda que agarrar como tres autobuses. Quedaba al otro lado de Intraciudad. De regreso cog\u00eda un taxi, si no llegaba a media noche, sobre todo en aquella \u00e9poca de lluvias impredecibles, de atascamientos viales impredecibles, en fin, de impredecibles.<\/p>\n\n\n\n<p>La \u00faltima vez que vi a Aleida no me desped\u00ed y, si lo hice, ese gesto estuvo m\u00e1s cercano a vedar un&nbsp;<em>chao<\/em>&nbsp;o un&nbsp;<em>hasta ma\u00f1ana, me saludas a tu mam\u00e1<\/em>. Despu\u00e9s de la Pro que organizamos en su casa las cosas cambiaron. (Los recuerdos me llegan distorsionados y tengo que afinarlos, pensar con los o\u00eddos.) Mejor que ni le hable. Si por casualidad abre la puerta, cuando un futuro Samuel recuerde lo que recuerdo y pienso ahora, y, a la vez, prefiguro un Samuel inminente, revivo a otro que camina por la vereda y suele estirar sus pensamientos, adoptar poses po\u00e9ticas, leer a Huidobro para robarse las letras y las miradas de sus amigas en el Liceo, y qu\u00e9 pantallero con la silueta de su guitarra al hombro. Y si por casualidad me atiende ella, no caer en su poco desarrollado juego de iron\u00edas. Le faltan cinco neuronas para ser sarc\u00e1stica. Es insoportable. (El techo de mi habitaci\u00f3n se hace m\u00e1s peque\u00f1o, como una pantalla vac\u00eda, una foto velada.) El timbre hace creer en la temporada de chicharras. Ah, eres t\u00fa, dijo y el portazo casi me despeina. Not\u00e9 que ten\u00eda el pelo amarrado con una cola. Creo que la envolv\u00eda una toalla. Trat\u00e9 de mirar por la ventana pero el reflejo de un sol duplicado me hiri\u00f3 la vista. Me sent\u00e9 en los pelda\u00f1os previos a la puerta. Al rato sent\u00ed la cerradura agitarse. Me aporre\u00f3 la puerta con sa\u00f1a. Samuel, disculpa, ya puedes subir a ver a mi hermana, ya me estaba preguntando si no ven\u00edas, dijo, y en eso apareci\u00f3 un tipo como de metro noventa que la agarr\u00f3 por la cintura y empez\u00f3 a morderle el cuello como a un gatito. Casi tuve que pedirle permiso al monstruo de amapuches felinos para entrar. Este ten\u00eda el pelo mojado. Samuel ya lleg\u00f3, le dije a Adela y si estaba dormida o si solo simulaba estarlo, abri\u00f3 los ojos lo necesariamente r\u00e1pido para que no dudara que tom\u00f3 sus pastillas energizantes. Su piel vidriosa \u2014la de sus manos y rostro eran las \u00fanicas que no estaban enyesadas\u2014 delataba, al menos, la presencia de venas, \u201cparec\u00edan culebrillas azules, culebrillas azules y rosadas\u201d. Y una vez se lo dije con toda la ternura de la que me sent\u00ed capaz. Si quer\u00eda piropearle, ten\u00eda que triplicar mi prudencia. El comentario la hizo enmudecer. Y las ganas anacr\u00f3nicas de abofetear a ese Samuel regresan con tal sinceridad que siento mi h\u00edgado retorcerse. Ese Samuel, estoy seguro, sinceramente seguro, sinti\u00f3 c\u00f3mo esa idea se le fracturaba y lo rasgaba con filosas astillas en alg\u00fan lugar dentro de \u00e9l. Esos mismos trozos desperdigados de memorias, de peque\u00f1as ideas me llevan o me arrastran o me empujan hasta ese 17 de junio en que mand\u00e9 a quitar las sillas para que la gente brincase como loca cuando el concierto entr\u00f3 en calor. Mi decisi\u00f3n ignor\u00f3 las consecuencias y qu\u00e9 consecuencias si ni sab\u00eda que Adela estaba all\u00ed, entre la bruma de brazos y cuerpos espasm\u00f3dicos que se flagelaban con la m\u00fasica. Y qu\u00e9 consecuencias si a \u00faltima hora Guillermo, condescendiente, la hab\u00eda dejado ir, total, ten\u00eda como ocho meses que ni un rasgu\u00f1o y el concierto iba a ser en sillas de fiesta: algo inconcebible a fin de clases.<\/p>\n\n\n\n<p>En otra rumba que instal\u00f3 Aleida como delegada de curso, la Pro, Adela sufri\u00f3 un quiebre psicol\u00f3gico. Sus padres se hab\u00edan ido de vacaciones aprovechando un puente. Como a las dos de la ma\u00f1ana, Adela se levant\u00f3 a no s\u00e9 qu\u00e9 y me vio estruj\u00e1ndole los labios a Aleida \u2014por supuesto que con los m\u00edos. Casi todos con sus pupilas dilatadas cuando apareci\u00f3 en camis\u00f3n de dormir, al menos, los que \u00fanicamente hab\u00edan o\u00eddo hablar de Adela. Lo que hizo fue gritar que ella me llamaba por mi nombre secreto y que nadie m\u00e1s que ella lo sab\u00eda. Comprob\u00e9 el alto grado de insensibilidad de Aleida pero igual segu\u00ed estruj\u00e1ndole los labios. Le serv\u00ed otra bebida o creo que le di un poco o un mucho de la m\u00eda. Descubr\u00ed que su sensibilidad la ten\u00eda en la nuca.<\/p>\n\n\n\n<p>Me sent\u00ed un poco culpable por lo ocurrido, no en la Pro, sino en el concierto. Llega el momento de que yo sea \u00e9l, porque no soy el mismo de hace diez a\u00f1os ni 17 de junio y m\u00e1s cabello. No es f\u00e1cil. No es nada f\u00e1cil. Uno se ve invisible en los recuerdos. El Samuel inmaduro, con ganas de triunfar de aquellos a\u00f1os, convenci\u00f3 a los padres de Adela para que ella fuera a verme. Siempre le hab\u00eda contado lo de los ensayos y que iba todo en marcha. Sacamos como diez demos para repartirlos a las disqueras, pero no tuvimos suerte. Y si no hubiera sido por el toque del viernes pasado, no recordar\u00eda tantas cosas que cre\u00eda olvidadas. Cada uno de nosotros \u2014somos dos y fuimos cinco: teclado, voz, bajo, bater\u00eda y guitarra\u2014 se qued\u00f3 con un demo. Yo el m\u00edo se lo prest\u00e9 a Adela, ya por el tiempo pod\u00eda considerarlo un obsequio. Y hablo de y recuerdo el \u201899, tan lleno de todo, tan \u00faltima cifra, graduaci\u00f3n. Recuerdo veredas con n\u00fameros romanos y aires de simpleza cuadriculada.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfTe estabas haciendo la dormida, Adela?, le pregunt\u00e9. Hoy habl\u00e9 con Juli\u00e1n y est\u00e1 desesperado \u2014dijo\u2014. Sabes c\u00f3mo es \u00e9l. Nunca est\u00e1 de acuerdo y espera a que yo diga algo para irse por lo contrario. Y le digo que no le conviene. \u00bfT\u00fa crees que se divorcie?, pregunt\u00f3 y yo le pregunt\u00e9 que cu\u00e1l canci\u00f3n quer\u00eda que le tocase Samuel. \u2014<em>Menos yo&#8230;<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>En el coro se me revent\u00f3 una cuerda. Adela empez\u00f3 a gemir como si a ella se le hubiera reventado un cart\u00edlago. Se debi\u00f3 escuchar en toda la casa. A\u00edda surgi\u00f3 de debajo de la cama y se qued\u00f3 en el umbral. Tendr\u00eda como ocho a\u00f1os. Asustada. No intent\u00f3 entrar despu\u00e9s. Supl\u00ed la cuerda y Adela, en un arranque de vanidad, dijo que ya hab\u00eda suficiente m\u00fasica por hoy y que mejor leyera un cuento de Felisberto Hern\u00e1ndez que me atrap\u00f3. El libro me lo llevar\u00eda ese d\u00eda para que no le cobraran mora. El cuento trataba de unas mu\u00f1ecas que aparec\u00edan o desaparec\u00edan. Le\u00ed concentr\u00e1ndome para pronunciar bien cada palabra. Solo quebr\u00e9 la voz cuando sent\u00ed la puerta de la calle abrirse y cerrarse y la del cuarto abrirse y la se\u00f1ora Ximena que pareci\u00f3 atrapada por el cuento tambi\u00e9n. Eran como cuarenta p\u00e1ginas y a raz\u00f3n de dos minutos por cada una, en menos de hora y media terminar\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>Samuel tiene sed, me acuerdo que dije para ahuyentar el pudor y las fluctuaciones por dos hojas. Ximena trajo limonada y le dije que era al\u00e9rgico a los c\u00edtricos. \u00bfY eso?, pregunt\u00f3 y le contest\u00e9 que mi garganta se irritaba con tan solo unas gotas de naranja. Fue por agua y all\u00ed segu\u00ed leyendo. Antes de irme, habl\u00e9 con Ximena. Habl\u00e9 mucho rato. Hubo un momento en que la conversaci\u00f3n se volvi\u00f3 inaguantable (para m\u00ed y posiblemente para ella). Un di\u00e1logo construido con puras palabras de protocolo. Siempre apliqu\u00e9 con los pap\u00e1s de ellas ese c\u00f3digo oral, el diplom\u00e1tico, el que acostumbran en las embajadas o en los actos pol\u00edticos. Entre tantas hijas hembras quiz\u00e1 ya habr\u00eda perdido, aparte de la posibilidad de un hijo var\u00f3n, el roce con uno. Tal vez me ve\u00eda como a un hijo o me trataba como ella quiz\u00e1 hubiera tratado a un hijo. Yo miraba intermitentemente hacia la puerta, a ver si llegaba Aleida mientras conversaba, o creo que me limitaba a escucharla y agregar, tambi\u00e9n, intermitentemente, algunos&nbsp;<em>aj\u00e1<\/em>. Pero esa puerta carec\u00eda de propiedades adivinatorias. Ximena pareci\u00f3 advertir que la escuchaba desde una nube y se despidi\u00f3 de m\u00ed con un beso maternal, un beso en la frente, para afianzar sus sentimientos filiales y dijo que aprovechara las clases, que no todo el mundo pod\u00eda tomar clases de guitarra, o no todos los que consideraban a la guitarra el mundo. La frase son\u00f3 a&nbsp;<em>haik\u00fa<\/em>&nbsp;cursi, solo le falt\u00f3 la palabra&nbsp;<em>oto\u00f1o<\/em>.&nbsp;<em>No te olvides de tu sobre, Samuel.<\/em>&nbsp;<em>Nos vemos el jueves y ap\u00farate, pap\u00e1, que llegar\u00e1s tarde<\/em>. Y m\u00e1s extra\u00f1o le son\u00f3 ese&nbsp;<em>pap\u00e1<\/em>, invirti\u00f3 el escalaf\u00f3n filo-artificial que yo infer\u00eda, coloc\u00e1ndome en un pelda\u00f1o superior al de ella. Despu\u00e9s se puso a llamar a A\u00edda a quien no encontraba. Recog\u00ed mi sobre que estaba visible en la mesa. Recuerdo que lo abr\u00ed antes de llegar a la parada de autobuses para completar el pasaje. Al marcharme, o no s\u00e9 si fue el lunes o ese mismo d\u00eda, corr\u00ed al ba\u00f1o y vi, mientras orinaba, unas pantaletas de Aleida, diminutas y h\u00famedas de sudor o de agua de ducha.&nbsp;<em>Ten\u00eda el pelo amarrado con una cola. Y creo que la envolv\u00eda una toalla<\/em>. A\u00fan las conservo. Quiz\u00e1s las mismas que alguna vez le arranqu\u00e9 en ese mismo ba\u00f1o al que me arrastr\u00f3 o me empuj\u00f3 un fin de fin de semana, como si fuera una c\u00e1psula desconectada de toda la casa, donde nadie pod\u00eda acceder ni sospechar. Ella hac\u00eda ejercicio y creo que esperaba a que alguno de los psic\u00f3logos terminase su sesi\u00f3n en la para ese entonces concurrida alcoba de Adela. Aleida se coloc\u00f3 frente a m\u00ed, en la sala. A mitad de una serie de abdominales me pidi\u00f3 ayuda: \u201cAp\u00f3yate sobre mis pies, Samuelito, para que me hagas peso\u201d. Arriba y abajo, arriba y abajo. No pasaron muchos minutos cuando ya paraba y&nbsp;<em>estoy muy mamada, me duele la ingle y tengo un morado que ni s\u00e9 c\u00f3mo<\/em>. Se subi\u00f3 el&nbsp;<em>body<\/em>&nbsp;para que advirtiera un hematoma. A esa acumulaci\u00f3n de sangre extravasada le sospech\u00e9 su origen en un pellizco de su amante de turno. Estaba sudadita, en la alfombra. Mansa y que&nbsp;<em>aqu\u00ed no, que en el ba\u00f1o<\/em>. (El ba\u00f1o donde baj\u00e9 la palanca del inodoro). Le ofrec\u00ed la toalla para secarle el sudor. La rechaz\u00f3. (Abr\u00ed el grifo. Me lav\u00e9 las manos) Termin\u00e9 agarrando las pantaletas. (La toalla para secarme las manos y los gritos de Ximena llamando a A\u00edda, tocando la puerta. No, no, se\u00f1ora, es Samuel, se\u00f1ora Ximena). Y tuve que salir al rato y ella se qued\u00f3.<\/p>\n\n\n\n<p>Todo tuvo el espasmo de lo que est\u00e1 a punto de no ocurrir. Pas\u00f3 mes y medio despu\u00e9s del 17 de junio y los pap\u00e1s de Adela se fueron de viaje para Houston, con las muchachas. Y lo que son las cosas. A la semana, la Intraciudad estaba ba\u00f1ada en sangre, como si la hubieran pasado por un&nbsp;<em>spremipomodoro<\/em>. Vidrios quebrados por todos lados. Se respiraba. No se respiraba. Se respiraba. La gente evitaba respirar, como si entre la incertidumbre y el aire hubiera un muro que las hac\u00edan dos actividades disociadas. Mi familia y yo tuvimos que partir a casa de mis abuelos, una casa grande y hermosa, llena de terrenos para el cultivo y, sobre todo, llena de hipotecas. La pantaleta de Aleida me trajo problemas con mi madre cuando desempacamos. No volv\u00ed a ver a ninguna de las hermanas triple A hasta el instante previo a recordar lo que pensaba olvidado.<\/p>\n\n\n\n<p>No supe nada de m\u00e1s nadie. Recuerdo que trat\u00e9 de llamar a algunos compa\u00f1eros de Liceo y del grupo. Nunca las l\u00edneas agarraban, o sonaban cinco, seis, diez veces y ca\u00edan. Luego me enter\u00e9 de que fueron cambiados todos los n\u00fameros de Intraciudad. Pero ya hemos vuelto. Tenemos dos meses aqu\u00ed. Nos vinimos con los abuelos: la deserci\u00f3n territorial se revert\u00eda. La casa en Intraciudad estaba intacta, algo inusitado y aterrador, como si el tiempo no hubiese pasado. Fuera, conclu\u00ed mis estudios de guitarra. Al llegar aqu\u00ed no me cost\u00f3 encontrar al bajista, viv\u00eda a pocas cuadras de casa. Era al \u00fanico, de hecho, a quien pod\u00eda encontrar. Los dem\u00e1s estaban muertos o desaparecidos.&nbsp;<em>Desaparecidos:<\/em>&nbsp;un eufemismo que en vez de aplacar a Samuel lo que hizo fue revolverle el est\u00f3mago y por la mente sinti\u00f3 una sacudida de recuerdos, ser un desaparecido es estar doblemente muerto. Samuel dijo que qu\u00e9 mierda y se sinti\u00f3 un poco culpable. El bajista no le reproch\u00f3 nada, que \u00e9l tambi\u00e9n se hab\u00eda ido. Tarde, pero que hab\u00eda podido irse, que regres\u00f3 hace tres, cuando la situaci\u00f3n mejor\u00f3 y ten\u00eda un grupo y necesitaban un guitarrista, que quer\u00eda verme tocar, que c\u00f3mo estaba, que sent\u00eda lo que hab\u00eda pasado, que en dos semanas pod\u00edan tocar, que las cosas le iban de mal en peor y necesitaba dinero para pagarle la escuela a un hijo que tuvo con una compa\u00f1era de Liceo de la que yo nunca me acord\u00e9. A una semana del concierto, ten\u00edamos cartelones pegados por toda Intraciudad y anuncios en la prensa.<\/p>\n\n\n\n<p>A Samuel se le revent\u00f3 la cuerda&nbsp;<em>La<\/em>&nbsp;y las dos \u00faltimas canciones las toc\u00f3 con la escala musical mutilada. El p\u00fablico estaba tan embriagado que no se percat\u00f3, siquiera, de la trifulca a la orilla de la barra.<\/p>\n\n\n\n<p>Desmontaron los instrumentos. Met\u00ed la guitarra en la camioneta del bajista y regres\u00e9 al local. En la barra ped\u00ed una cerveza. Una chica se me acerc\u00f3 tanto que, presum\u00ed, anhelaba tejerse a mi cazadora. La sostuve y sorte\u00e9 sus pasos entre la alfombra decorada con esquirlas de botella y un manch\u00f3n rojo, casi sim\u00e9trico, que imitaba al&nbsp;<em>test<\/em>&nbsp;de Rorschach. Ella all\u00ed sigui\u00f3 roz\u00e1ndome, como queriendo esbozar una nueva coreograf\u00eda. Su maquillaje y dem\u00e1s emperifollamientos hac\u00edan pensar que hab\u00eda asaltado los vestuarios de un circo&nbsp;<em>dark punk<\/em>. Por las prendas y accesorios no era dif\u00edcil pronosticarle una tort\u00edcolis.<\/p>\n\n\n\n<p>Deber\u00eda preguntarme c\u00f3mo te llaman, dije y ella contest\u00f3 que me conoc\u00eda, que sab\u00eda qui\u00e9n era pero que quiz\u00e1 yo no me acordase. Los ojos de la muchacha m\u00e1s que hablar, parec\u00edan gritarme, como si en lugar de retinas hubiera cuerdas vocales detr\u00e1s de ellos. La mirada le confiri\u00f3 un aire de desamparo que me sedujo. Ya en la camioneta le pregunt\u00e9 que cu\u00e1l era el enigma. Una respuesta fue sustituida por un gesto que parodiaba a una mujer fatal de&nbsp;<em>film<\/em>&nbsp;de mafiosos: el mecanizado encendido del cigarrillo. \u00bfQu\u00e9 edad tienes?, le pregunt\u00e9. Como 19, contest\u00f3. El inquietante \u201cde verdad no sabes qui\u00e9n soy\u201d que sigui\u00f3 le sum\u00f3 diez a\u00f1os. Y yo como 37, le ment\u00eda, le ment\u00ed ir\u00f3nicamente. Interesado en el c\u00f3mputo de su edad, ahora me interesaba en deslizarme al fondo del enigma. En los minutos que tard\u00e9 en llegar a una posada solo me deslic\u00e9 por calles. No supe qu\u00e9 decir. Le suger\u00ed que jug\u00e1ramos a adivinar y ella me advirti\u00f3 que caer\u00eda de espaldas si acertaba, o si ella misma me revelaba el enigma. \u201cIgual, el resultado va a ser el mismo\u201d, dijo, repiti\u00f3, como tres veces. Luego atac\u00f3 con una frase prefabricada:&nbsp;<em>La cama amortiguar\u00e1 la ca\u00edda<\/em>. Su propuesta estuvo acompa\u00f1ada por un carrusel de volutas de humo y por mi breve descontrol del volante. Ella rio con un desparpajo que irrespetaba decibeles.<\/p>\n\n\n\n<p>En efecto, el vaticinio newtoniano se cumpli\u00f3. Ca\u00ed. Cayeron mis recuerdos uno a uno hasta hoy que me estoy contando todo esto tirado en mi cama. Y hoy, este Samuel, desplomado, mirando al techo, desclava de su mente alg\u00fan otro indicio de aquellos a\u00f1os. Y solo se topa con una superficie blanca y plana, sin l\u00edneas que delimiten un norte o sur, sin se\u00f1ales que indiquen los pasillos de esta memoria m\u00eda y tan ajena.<\/p>\n\n\n\n<p>Ibas a mi casa, dijo, dos o tres veces por semana a visitar a Adela. Te sent\u00ed una vez entrar al cuarto de ba\u00f1o con Aleida. Yo sol\u00eda jugar al escondite conmigo misma y as\u00ed pasaba horas, hasta que se daban cuenta de mi ausencia y vueltas por aqu\u00ed y por all\u00e1 y al fin me encontraban. Yo estaba en la ba\u00f1era una vez que entraste con mi hermana. Las puertas corredizas me ocultaban. Ya hab\u00eda visto a Aleida que entraba al ba\u00f1o con otros muchachos, pero nunca desde dentro. A ella le faltan dos semestres en Arquitectura y qued\u00f3 seleccionada para el proyecto de la reconstrucci\u00f3n de Intraciudad. Le van a pagar bien, dijo. \u00bfY Adela?, pregunt\u00e9. Ella se fue hace dos a\u00f1os, unas semanas antes de la desocupaci\u00f3n de Intraciudad. El ochenta por ciento de su cuerpo era de pr\u00f3tesis. Estaba convertida en un monstruo, candidata segura para una posible nueva versi\u00f3n de&nbsp;<em>Freaks<\/em>. Le hab\u00edan quitado los brazos. Yo no s\u00e9 c\u00f3mo pap\u00e1 la dej\u00f3 sufrir tanto. Cuando nos fuimos a Houston, a ver si pod\u00edamos operarla, yo estaba muy chiquita y esto lo supe por mi hermana. Quedamos mal econ\u00f3micamente. Los m\u00e9dicos dijeron que s\u00ed, que todo saldr\u00eda bien. Todo indicaba que val\u00eda la pena. Lo \u00fanico que hicieron los hijoeputas fue facturar y fracturarla. De la operaci\u00f3n Adela sali\u00f3 en coma. Ella, d\u00edas antes de la Vitrum<em>,<\/em>&nbsp;la segunda operaci\u00f3n, ten\u00eda c\u00e1maras por dentro que monitoreaban c\u00f3mo se le mov\u00eda todo, lo que faltaba era que proyectasen lo que ella pensaba. La agarraron de conejito de indias. Cuando sali\u00f3 del coma, lo primero que hizo o lo \u00fanico que hac\u00eda, era repetir el nombre de un chamo. Mario, Mario, Mario, el nombre. No s\u00e9 si ser\u00eda de las historias que se contaba y nos contaba a todos. Los medicamentos eran fuertes. A veces dec\u00eda el tuyo, Samuel, Samuel, Samuel, que pusieran el demo, que la fueras a ver, dec\u00eda, gritaba.<\/p>\n\n\n\n<p>A\u00edda se ech\u00f3 a un lado y adopt\u00f3 una figura fetal, se qued\u00f3 inm\u00f3vil y callada, como si sus pensamientos estuvieran jugando al escondite. Luego agreg\u00f3: \u201cHazme lo que le hac\u00edas a mi hermana\u201d. Tengo la guitarra en el carro, le dije. Y ella dijo: \u201cNo, tontito. A Aleida. Gustabas a mis hermanas. No paraban de hablar de ti. Aleida no fue al concierto, porque no estaba segura de que eras t\u00fa y pensaba que eras un \u201cdesaparecido\u201d\u201c.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando le pregunt\u00e9 si estaba bajo el efecto de algo, opt\u00f3 por quedarse callada.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando me pregunt\u00f3 boca abajo, con la voz desentonada y soportando mi peso, si me acordaba de ella, redobl\u00e9 mis embistes. En la ma\u00f1ana la acompa\u00f1\u00e9 hasta una estaci\u00f3n de autobuses. Me dio su direcci\u00f3n. Su nueva direcci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Fui a su nueva casa hoy en la tarde. Me atendi\u00f3 una mucama. Me hizo pasar y que, por favor, tomara asiento y esperase a que A\u00edda se arreglara para recibirme. La mucama me ofreci\u00f3 jugo de naranja o parchita, que cu\u00e1l gustaba. Le dije que nada m\u00e1s tomaba agua, gracias. Al rato lleg\u00f3 A\u00edda. Hablamos. Me sigui\u00f3 contando todo. Me dijo que sus pap\u00e1s estaban de viaje y que en Houston estuvieron a punto de separarse. Me dijo que quer\u00eda estudiar dise\u00f1o y montar una compa\u00f1\u00eda con su hermana. Me dijo que era una mierda, no Aleida, sino ella. Me dijo que necesitaba ayuda y que si yo la pod\u00eda ayudar. Me dijo que estaba sola. Me dijo que el mundo estaba dentro de ella, que le dol\u00eda como debe doler un tumor. Me dijo que no me fuera a las seis, sino a las siete. Que le hiciera compa\u00f1\u00eda. Nos pusimos a escuchar m\u00fasica. Entre los discos encontramos el demo que le prest\u00e9 a Adela diez a\u00f1os atr\u00e1s y daba por perdido. Me lo devolvi\u00f3.<\/p>\n\n\n\n<p>Acabo de terminar de escuchar el demo. La guitarra estaba algo desafinada.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\"><strong>Demonios del backyard<\/strong><\/h3>\n\n\n\n<p>Desde la ventana de la habitaci\u00f3n de los ni\u00f1os se ve el backyard, a diferencia de hace once a\u00f1os. Estuve amontonando las diferencias entre el backyard de ahora con el de aquella \u00e9poca y encontr\u00e9 tantas como minutos llevo en el pueblo: unas treinta. Casualmente, o sin el casual, hoy es D\u00eda de Llamas. Tambi\u00e9n he telefoneado dos veces y apagado el aire acondicionado para que Julia lo encienda y cierre las ventanas. Mi camisa est\u00e1 desabotonada. Ahora, espero tranquilo a Julia tras dos meses de simulacros sin riesgos.<\/p>\n\n\n\n<p>A las cinco de la tarde dej\u00e1bamos la playa para venir a <em>conmersar<\/em>. Hoy me quedo en lo de siempre \u2014por \u00faltima vez\u2014 o en lo que antes nunca pens\u00e9 en quedarme. Y sepultado por trapos sucios habilit\u00e9 una ranura entre las telas para ver pasar las moscas. Las veo rayar el aire. Veo mi reloj que anda cada vez m\u00e1s lento. La pared re\u00f1ida con la pintura, saturada de dicti\u00f3pteros. Un faro amarillo. Un tubo de escape que imita una escopeta paleol\u00edtica. Las ventanillas que cerrar\u00e9. Muy cerca, en el suelo, veo un dado que se\u00f1ala dos.<\/p>\n\n\n\n<p>Acabo de llegar de la ciudad y he mirado las fotos de Julia en la sala, me cercioro de que siguen ah\u00ed, menos las m\u00edas. Vi a Julia con personas que ya no son y formaron parte de su vida con un apego tan delgado como la capa de polvo del aparador, una parranda de recuerdos sobre cada anaquel. Julia, no nacida o solo vecina en aquellos tiempos fotografiados, hered\u00f3 la Casa de un t\u00edo y este de otro, un militar sin medallas ni rangos, cuyo \u00fanico testimonio es un daguerrotipo que delata su torpeza en ropajes y que la est\u00e9tica de los Contreras es un defecto gen\u00e9tico.<\/p>\n\n\n\n<p>La mayor\u00eda de las veces \u00edbamos T\u00eda Bertha, Julia y yo. Hoy es como volver a los setenta. Los muebles, cerraduras y cuadros siguen siendo los mismos. Lo primero es el comedor decimon\u00f3nico por el que anduve como si me pesara el aire. El aparador de la sala exhibe objetos dignos del British Museum. Hay un ba\u00f1o en el piso superior. El arquitecto seguro intu\u00eda que el uso de la escalera previo a necesidades biol\u00f3gicas ablanda intestinos y endurece pantorrillas. Cuando ha de requerirse, se ve una topograf\u00eda de tapices en la pared que corrobora la evoluci\u00f3n de los <em>antigustos<\/em> de la familia, actividad que ablanda la retina. Arriba, tres de las cinco puertas son alcobas. A dos de ellas entr\u00e9. La restante parece sellada y no me anim\u00e9 a forzar picaportes. Termin\u00e9 por desabotonarme por completo la camisa. La habitaci\u00f3n grande tiene una ventana que da a la Calle Principal. (Es posible que durante los \u00faltimos tiempos yo hubiese pasado por esa misma calle y mirado, atento, hacia donde hace minutos mir\u00e9 y vuelvo a comparar diferencias. La urbanizaci\u00f3n en la que Julia habita no se encuentra muy lejos de Casa, a unos quince minutos automotor. Tambi\u00e9n he pasado por all\u00e1. He visto el Jeep. El mismo del tubo de escape que veo a medias y que he fotografiado al lado del r\u00fastico de Julia. Ella pudo estar o no en esos momentos. Pero nadie presagia nada que ya es pasado como si tentara al futuro.) Entre el departamento de Julia y Casa se ha tendido una l\u00ednea invisible por la que ella peregrina con absoluta naturalidad. Desde la habitaci\u00f3n de los ni\u00f1os se deja ver el backyard: una llanura agarrotada de sombras densas, densas y cebradas, una intriga de palmeras datilera y m\u00e1s all\u00e1 algunos Zygoptera \u2014o caballitos del diablo, como insensiblemente se les llama. Caminar en l\u00ednea recta es imposible. Se ve puro monte empecinado en crecer y en no dejarse cortar con la sumisi\u00f3n de antes, como si sus ra\u00edces surcaran la Tierra para ir a otro cielo, a otro backyard.<\/p>\n\n\n\n<p>Despu\u00e9s del caso del demonio del backyard nunca supe de otro tan historia pueblerina. Yo vi cuando muchacho un demonio. Vomit\u00e9 la noche y toda la noche. La babaza hasta por la nariz. El demonio cen\u00f3 mi apetito. Despu\u00e9s yo raqu\u00edtico, sueros y \u00a1ay!, c\u00e1llate que ah\u00ed viene el doctor. Hoy que llego vomitado por la ciudad, he revisado las alcobas. La de los ni\u00f1os vac\u00eda, sin ning\u00fan rastro de desarreglos de s\u00e1banas. Y el ba\u00f1o. Hab\u00eda dos toallas h\u00famedas que colgaban en dos de tres garfios. Orin\u00e9. Pens\u00e9 que el estertor del inodoro no iba a parar. Se bot\u00f3 el tanque. Se encharc\u00f3 el piso. Resbal\u00e9. Ca\u00ed de culo. Sequ\u00e9 el piso con las toallas. Las exprim\u00ed en la regadera. En el cuarto de Julia \u2014antiguamente de sus t\u00edos, luego de ella y m\u00edo\u2014 se sospechaba la tr\u00e9mula mano de quien padece Parkinson. Todo era un caos espeso. Ordenarlo era un desatino mental. Pod\u00eda mover cualquier objeto con la seguridad de que Julia lo pasar\u00eda por alto: escond\u00ed el <em>remote control<\/em>. Mov\u00ed un elefantito de cristal. Enderec\u00e9 el retrato de Bertha al \u00f3leo. Las alacenas tienen comida para abastecer a un centro de acopio en Burundi. El bar har\u00eda lo mismo con las cantimploras de una excursi\u00f3n irlandesa al Sahara. En la nevera el agua yo la he alterado con un veneno para ratas. Beb\u00ed una de dos cervezas. Eruct\u00e9. De all\u00ed, pas\u00e9 a donde estoy, en el garaje, agazapado y con la imagen de las llaves del Jeep que busqu\u00e9 y hall\u00e9 en el comedor de pisa-papeles. Ahora me encuentro entre la pared y la lavadora ubicada en el garaje. No me ver\u00e1n. Un monolito de trapos sucios. Los hend\u00ed para ver moscas suicidas partirse las antenas. Las veo c\u00f3mo rayan el aire. Veo mi reloj que anda como renco. La pared re\u00f1ida con la pintura. Veo dicti\u00f3pteros que hacen de la pared una superficie nerviosa, inestable. Veo un faro amarillo. Veo las ventanillas que cerrar\u00e9. Veo el dado que ahora se\u00f1ala uno.<\/p>\n\n\n\n<p>Son las cinco menos cuarto.<\/p>\n\n\n\n<p>Ya estoy harto de esperar y D\u00eda de Llamas.<\/p>\n\n\n\n<p>En el verano del \u201875 comenz\u00f3 lo raro. T\u00eda Bertha, la t\u00eda de Julia, con su ba\u00f1ador de pel\u00edcula de los cincuenta, nos videaba la vida. Yo ten\u00eda catorce y Julia diecis\u00e9is a\u00f1os y cre\u00edamos contaminarnos de la moda de su t\u00eda: escuch\u00e1bamos tangos y ve\u00edamos pel\u00edculas mudas. Por esa \u00e9poca, le dio un ataque de argentinidad que le dur\u00f3 como tres a\u00f1os. Julia, no por ese <em>anticuaire<\/em>, influenciado y cortes\u00eda Bertha Contreras C.A., carec\u00eda de atributos que homenajeaban al D\u00eda de la Alimentaci\u00f3n: sus pecas frijoles risue\u00f1os, labios jugosidad sand\u00eda, pechos vocalmente abarcables, adobaban una piel caramelo descansado. Los frecuentes mareos y v\u00f3mitos que aguant\u00e9 en el Ford de T\u00eda, camino a la playa o de la ciudad a Casa o de regreso a la ciudad, creo que se debieron a la admiraci\u00f3n de org\u00e1nicos bimundos que a las <em>angucurvas<\/em> de la carretera. Recuerdo un d\u00eda en que reci\u00e9n termin\u00e1bamos Primaria que de recompensa T\u00eda nos llev\u00f3 a mirar el oc\u00e9ano desde la panor\u00e1mica m\u00e1s alta de kil\u00f3metros a la redonda de Cima Mar. Solo se pod\u00eda en carro e irse por serpenteadas v\u00edas. En la cumbre, la resolana del Caribe nos taladr\u00f3 las sienes, nos vel\u00f3 un horizonte de un azul multimatizado. Julia se hac\u00eda la ni\u00f1a valiente y repet\u00eda a cada rato que a ella el sol nada. Yo, haci\u00e9ndome el imperturbable, aguant\u00e9 sin \u00e9xito un v\u00f3mito. Despu\u00e9s del comentario, no pude m\u00e1s y ech\u00e9 al acantilado toda la babaza acumulada. Vaci\u00e9 lo necesario para llenar tres potes de mermelada. T\u00eda Bertha nos hab\u00eda dicho que no nos acerc\u00e1ramos a ella porque har\u00eda cosas y necesitaba silencio y soledad, que nos qued\u00e1ramos jugando a unir palabras. De all\u00ed sali\u00f3 <em>solencio<\/em>. Cuando me lanc\u00e9 al borde de la monta\u00f1a, vi a Bertha agachada en una pendiente de angulaci\u00f3n retadora para cualquier alpinista. Cantaba en lengua in\u00e9dita, rebosada de amuletos que por su entintada avisaban a\u00f1os de lluvias y oxidaciones. Despu\u00e9s de ella todo era un v\u00e9rtigo de n\u00e1useas. En uno de esos viajes me fui doblemente enjuliando.<\/p>\n\n\n\n<p>A Julia la ve\u00eda a diario en la ciudad, ya en el Bloque 4 o ya en el liceo y hola, qu\u00e9 tal, la cantina, biolog\u00eda, empanada y tamarindo, <em>es bueno desayunarse,<\/em> siempre dec\u00eda. Ella iba y ven\u00eda con sus compinches hablando de Leonardo Favio. Si yo me acercaba, entonces el encimoso. Un chisme sobre el profesor Mar\u00edn me conced\u00eda minutos de ella (y sus amigas). Nunca <em>conmers\u00e1bamos<\/em> en esas geograf\u00edas metropolitanas. La atm\u00f3sfera coste\u00f1a la revest\u00eda con una invisible pomada magn\u00e9tica. O solo ideas m\u00edas y era porque no ten\u00eda con qui\u00e9n m\u00e1s hablar. Me mareaba desde el desayuno hasta la noche cuando nos dorm\u00edamos en chinchorros cercanos. Cuando nos tocaba arriba, dorm\u00edamos en alcobas separadas. En una de esas noches fue que, al despertarnos y no poder dormir, aprovechamos y salimos al backyard. Esto nos estaba vedado a partir de las seis. Salimos varias veces y protegernos de los mosquitos se convert\u00eda en prioridad. A la ma\u00f1ana siguiente, las ronchas sanguinolentas y ara\u00f1adas evidenciaban la andanza nocturna, la criminal impavidez de Los Guardianes del Aire, como les bautizamos. Ninguno le dec\u00eda nada a Bertha. Pero la lealtad solo llegaba hasta su interrogatorio gluc\u00f3sido: \u00abLa verdad o no pastel\u00bb. M\u00e9todo infalible que hac\u00eda contradecirnos. Me contradije muchas veces. Todo debido a que por esos d\u00edas escuch\u00e9 en una emisora que alguien dec\u00eda <em>hombre est\u00fapido era el que no se contradec\u00eda por lo menos tres veces diarias<\/em>. Tal fue mi temor a ser un hombre est\u00fapido que el contradecirme se convirti\u00f3 en h\u00e1bito. En una ma\u00f1ana tripliqu\u00e9 esa escala anti-estupidez en mi contra, precisamente en el test psico-pastelero de la T\u00eda. Contrariado, me avoqu\u00e9 a blasfemar mentalmente sobre la extra\u00f1a hip\u00f3tesis y sobre la imagen de Julia merend\u00e1ndose el pastel con un apetito af\u00edn al de los mosquitos merend\u00e1ndose nuestros brazos y espaldas. Una sacudida de impotencia que se hizo sentir en el est\u00f3mago. Dud\u00e9. Me atosigaba que el fallo se deb\u00eda a lazos sangu\u00edneos, si es que quedaba algo de sangre en Julia despu\u00e9s de su donaci\u00f3n forzada a esas alima\u00f1as draculinas. De todas maneras, Julia y yo, con perfiles an\u00e9micos, nos volv\u00edamos a <em>concialiar<\/em> para backyard de noche. Solo la imagen del demonio que vi, mas Julia no, aplac\u00f3 el vicio de explorar el terreno que de d\u00eda era lo m\u00e1s vulgar del mundo. Me cans\u00e9 de bombardearlo con mi china-caza-lepid\u00f3pteros. La noche que vi al demonio del backyard me cans\u00e9 de vomitarla (a la noche, claro).<\/p>\n\n\n\n<p>Tres o cuatro a\u00f1os despu\u00e9s, llegar\u00eda una interminable tarde de verano y c\u00edtricos en que T\u00eda Bertha sali\u00f3 al pueblo a comprar no s\u00e9 qu\u00e9 cosas e iba a tardar (y tard\u00f3) como dos horas en regresar, eso nos dijo, que iba al pueblo a comprar cosas. Antes de marcharse nos dej\u00f3 encargados de Casa. Para que nos qued\u00e1ramos tranquilos no escatim\u00f3 el pulso cl\u00ednico en sostener una jarra frambuesa \u2014que me recordaba al vestido empepitado de Julia para los Fin de A\u00f1o\u2014 llena hasta el tope de jugo de naranja y con sendas rodajas de lim\u00f3n encajadas en los bordes. La bebimos entera antes de que T\u00eda Bertha encendiera su Ford y lo sacara del garaje<em>. <\/em>\u00abNada de dislates aqu\u00ed\u00bb, dijo con su tono de profesora de gram\u00e1tica jubilada<em>. <\/em>Esa tardeno bombarde\u00e9 el backyard. En menos de cinco minutos me comenz\u00f3 una garraspera en la garganta<em>. <\/em>En cinco minutos est\u00e1bamos haciendo ejercicios en los cuatro-metros-escaleras-arriba y quien-llega-primero-al-ba\u00f1o. Recuerdo que yo ten\u00eda como quince casi diecis\u00e9is y, que, para esa \u00e9poca, a Julia dos-a\u00f1os-m\u00e1s le hab\u00eda salido una espinilla en la frente que provocaba incluirla en la dieta de frutas de la T\u00eda. Agotados, invadimos la habitaci\u00f3n de Bertha, territorio tan prohibido como el backyard seis p.m. Nos zarandeamos en la cama con un acoplamiento s\u00edsmico. Quedamos bocarriba, frente a una pintura que mostraba a T\u00eda veinte a\u00f1os m\u00e1s joven y viendo la constelaci\u00f3n de animalitos a\u00e9reos que se situaba en un techo que hac\u00eda de helipuerto invertido y que Julia aprendi\u00f3 a leer como si se tratase de un or\u00e1culo. Lo cierto es que a las pecas, al vestido empepitado, se le sumaba otro elemento que confesaba su extra\u00f1a atracci\u00f3n por las superficies punteadas. Mi t\u00edmido acn\u00e9 no la desanim\u00f3. Julia me quit\u00f3 la tembladera y la ropa con mimos maternales y olfateos de quien descubre una fragancia. Puede que los animalitos profetizaran fuego en su cielo inferior. El cromosoma de la delicadeza en Julia se descostr\u00f3. Ella me enterneci\u00f3 por fr\u00e1gil, por volverse tosca y vehemente al responder o al no encontrar palabras. Me enjuli\u00f3 su mano que nada ten\u00eda de inflexible y s\u00ed mucho de nariz y rizos secos. Seg\u00fan Julia gozosa puse rostro de intoxicado con calamares. Le extirp\u00e9 su espinilla m\u00eda favorita en venganza.<\/p>\n\n\n\n<p>Las salidas al pueblo de Bertha aumentaron. Los retoces se volvieron habituales. Solo te\u00f1idos bajo la mirada giocondiana de la T\u00eda al \u00f3leo, que renac\u00eda de s\u00ed misma y recordaba su regreso toda emperifollada de amuletos y guirnaldas.<\/p>\n\n\n\n<p>Tiempo despu\u00e9s la de los v\u00f3mitos fue Julia. Cuando culmin\u00f3 el Liceo, Julia adolescente ten\u00eda un hijo. Hoy tengo con ella dos o uno. No. No. Tengo dos: Silvia, y Silvestre. Al culminar yo el Liceo, los Contreras, en contra de sus voluntades, nos obligaron a contraer matrimonio. T\u00eda falleci\u00f3 cuatro a\u00f1os despu\u00e9s en la misma mecedora donde colocar\u00e9 su retrato. Hace una semana fue su decimoprimer cumplemuertes. No supimos que T\u00eda hab\u00eda muerto hasta que su inmovilidad se alarg\u00f3 m\u00e1s all\u00e1 del un cuarto para las seis, hora de las hallaquitas con queso y de agregar m\u00e1s dict\u00e1menes a su obsesiva vocaci\u00f3n de prohibiciones. El backyard nunca de noche era la que m\u00e1s repudi\u00e1bamos. (\u00abLa repudio\u00bb dijo Julia alguna vez. Se trocaron sus ojos almendrados por otros de perra rabiosa. Tard\u00f3 en palabrearla).<\/p>\n\n\n\n<p>Despu\u00e9s de su muerte los viajes a Casa se espaciaron. Bertha se sentaba, miraba la pintura como pregunt\u00e1ndole qu\u00e9 s\u00e9 yo a las olas que amenazaban con rebasar los marcos y derramarse a sus pies. Solo Bertha sintonizaba, se la com\u00eda con la misma mirada de su retrato, aquella mirada que nos segu\u00eda mientras retoz\u00e1bamos en su cama como los an\u00e9lidos nematelmintos. Pon\u00edamos en pr\u00e1ctica lo aprendido en las novelas de Juan Garc\u00eda Ponce que descubrimos en el rinc\u00f3n m\u00e1s oculto de la biblioteca de T\u00eda, como si se trataran de manuscritos herederos del Kama Sutra. Las oje\u00e1bamos guillados en la <em>lectuhora<\/em>. El retrato me hace recordar de c\u00f3mo te daba la loca con la palabra <em>oleaje<\/em> con su mucho de paisaje y \u00f3leo.<\/p>\n\n\n\n<p>Julia ahora acompa\u00f1ada, siempre sobrina, la vecina, por un tiempo la amante, visita a Casa. Hace rato telefone\u00e9 a <em>la<\/em> mujer. Le repet\u00ed la direcci\u00f3n. No es complicado. \u201cCasa hace esquina en la Calle Principal hacia el Sur 6 y en el terreno 5 hect\u00e1reas, el m\u00e1s ancho de la calle. <em>\u00bfEs f\u00e1cil llegar?<\/em> Es f\u00e1cil llegar. (Seguro llega ma\u00f1ana f\u00e1cilmente. A primera hora cuando yo aqu\u00ed ya no est\u00e9 (comprobando diferencias)). Ahora espero el sonido de un carro aparc\u00e1ndose. Lo espero a que atraviese paredes, disminuido, disminuido y delator de Julia y de lo que hace. A Julia previsible la escuchar\u00e9 <em>decir<\/em> o seguir una conversaci\u00f3n tan oxidada como las rejas que le dan a Casa un fingido amparo. Y Julia previsible vendr\u00e1 con ropas sucias de la costa y a lanzarlas sobre las que me cubren. Vendr\u00e1 fatigada de las erosiones que le hizo el sol cenital a su piel constelada de pecas que casi me llevan a estudiar astronom\u00eda y ahora imitan una obra de Jackson Pollock. (Veo mi reloj. Veo la pared. Veo a los dicti\u00f3pteros. Veo el dado que sigue se\u00f1alando seis. Seis. Me quedo como pasan las moscas y los relojes, hacia s\u00ed mismos. Las moscas. Las moscas, a las que siempre he llamado por su nombre com\u00fan, algunas veces, en su incierto vuelo, se desprenden de un punto, corrompen el espacio imponi\u00e9ndole su asquerosa presencia, giran de un lado a otro, se detienen en la pared, vuelven a girar y por una inexplicable casualidad, regresan al mismo punto. Este tipo de observaciones pertenecen al campo del ocio y de la inutilidad, pero de vez en cuando la humanidad realiza un movimiento semejante, un movimiento&nbsp;perpetuo.) Veo el languidecer de la luz a trav\u00e9s de las ranuras del port\u00f3n que la ingenier\u00eda le ha instalado adrede y el tiempo le ha acicalado con su extra\u00f1a man\u00eda con la que modela los objetos.<\/p>\n\n\n\n<p>Y Julia acompa\u00f1ada llega. Julia discurre libremente por la casa, pero mi capacidad de horror no disminuye. Deja huellas invisibles, como hilos de migalas y se espera. Se espera. Se espera a que caigan las horas que hacen hacer todo m\u00e1s previsible. El verano y la espera son angustiosos para quien ya lo est\u00e1. Antes de salir alinear\u00e9 ambas pinturas. Escucho c\u00f3mo Julia discurre y r\u00ede. Sus pasos escriben en la espalda de mi cielo raso un presente jeroglificado que he aprendido a descifrar. El reloj me responde las 5:45 p.m. o doce cuartos desde que llegu\u00e9 y camin\u00e9 como dos, tres veces por frente de Casa y por qu\u00e9 no mejor ma\u00f1ana, me dije en un atisbo de duda y sensatez, escanciado por el calor que humillaba cualquiera de mis fibras a flaquezas y debilidades de temple.<\/p>\n\n\n\n<p>Las cerraduras son las mismas. Julia que taconea. Julia a lavar la ropa de d\u00edas, llena de arena y algas. \u00abMejor dejo todo esto pa\u2019 ma\u00f1ana\u00bb, la escucho que amalgama las palabras con un acento que se le ha pegado como el salitre a su piel. La siento acercarse, pero cada vez falta m\u00e1s poco tiempo. Lanza el amasijo de ropas, con arenilla incluida, encima de m\u00ed (o de la ropa sucia sobre m\u00ed). Hab\u00eda dos cervezas. Luego la noche. Juegan Ludo o creo pensar que juegan cinco, uno, qu\u00e9 tal, la ficha, me toca, dados y sed. Silencio. El aire acondicionado me hace compa\u00f1\u00eda y alivio.<\/p>\n\n\n\n<p>Ahora el ritual que llevo en un bolsillo de espera desde que termin\u00e9 de dar clases. La Facultad de Ciencias reposa en el verano. Regresar\u00e9 y volver\u00e9 a enfrentarme con una paca de ex\u00e1menes cuyo denominador com\u00fan es la no diferenciaci\u00f3n entre Mendel y Darwin. Cierro la puerta del garaje. Compruebo al sondear la nevera que la mitad de la garrafa de H<sub>2<\/sub>O est\u00e1 en sus est\u00f3magos (o lo que pueda quedar), hirvi\u00e9ndoles los intestinos. Pese a la poca iluminaci\u00f3n, coloco el retrato de Bertha en la mecedora, aventada por esa brisa orilla de mar que sale de no s\u00e9 d\u00f3nde y mece su mirada \u00f3leo: epitafio de l\u00edneas, parranda de recuerdos. Alineo las dos pinturas: el retrato y una de paisaje de playa que ir\u00f3nicamente me recuerda a una naturaleza muerta concebida por un desnutrido de feria circense que confunde farallones con rosquillas, corales de Cima Mar con cotufas de colores. Aparto las cortinas que ocultan el backyard. Las palmeras ondean por la brisa r\u00e1pida. Una centella arruga el horizonte. Igual vi a Julia dormida, con el entrecejo arrugado como absorbiendo una descarga de espera. Se espera. Se espera a que caigan las horas que hacen hacer todo m\u00e1s previsible. El verano y la espera son angustiosos para quien ya lo est\u00e1. Dos bultos le confieren a la alcoba un cariz lapidario.<\/p>\n\n\n\n<p>Dej\u00e9 Casa y trat\u00e9 de caminar zigzagueante, como me lo ense\u00f1aron las leyes naturales del backyard. Para los mosquitos me procur\u00e9 un impermeable que hall\u00e9 bajando las escaleras. Cuando mis manos rozaban la esquina exterior de Casa, record\u00e9 que hab\u00eda olvidado encender la camioneta. Maldije las dinast\u00edas de caciques ind\u00edgenas que siglos atr\u00e1s dominaron estos terrenos. Entr\u00e9. Las llaves no estaban de pisa-papeles. Busqu\u00e9. Registr\u00e9 el aparador. Quebr\u00e9 un elefante de cristal lechoso. Nadie despert\u00f3 ni encendi\u00f3 l\u00e1mparas. Media hora despu\u00e9s las llaves del Jeep ocultas por un peri\u00f3dico. Cuando activ\u00e9 el <em>switch<\/em>, el tubo de escape ech\u00f3 un humo paleol\u00edtico, de lentitud primitiva, como si aprendiera a andar en el aire, como si anunciara una nueva era geol\u00f3gica.<\/p>\n\n\n\n<p>Yo aprend\u00ed a andar de noche por el pueblo despu\u00e9s de cinco a\u00f1os. Dej\u00e9 huellas tan invisibles como los hilos de las migalas, por calles de nombres esdr\u00fajulos que nunca aprend\u00ed a pronunciar. Los terrenos por estos lugares son costosos (por las costas). La vender\u00e9 antes que aparezca alg\u00fan Contreras de la nada. Ya he dejado la puerta principal abierta tal como le indiqu\u00e9 a la mujer del <em>otro<\/em>, a quien he hecho la llamada importante. Espero que la mujer arribe a tiempo. Supe su tel\u00e9fono por la agenda de Julia. La dej\u00f3 en la escuela de Silvestre, hace casi un a\u00f1o. Me la entreg\u00f3 uno de los profesores que habl\u00f3 con Julia sobre las bajas notas. Nunca le notifiqu\u00e9 nada a Julia, lo cual fue muy bajo de mi parte. Casa debe estar ya impregnada de CO, mon\u00f3xido de carbono, un gas invisible, venenoso para los animales de sangre caliente y muchas otras formas de vida. Yo segu\u00ed por las calles que resent\u00edan en su tierra, en sus proclives alcantarillas, en sus aceras y clamorosos paramentos, ese calor agobiante de D\u00eda de Llamas.<\/p>\n\n\n\n<p>Llegu\u00e9 a la posada Lluvia de Peces. Su nombre se lo debe a la tormenta del \u201878 que arremeti\u00f3 contra la bah\u00eda y contra el pueblo y contra todo con una terquedad b\u00edblica. Yo solo recuerdo a Julia asustada cuando me despert\u00f3 <em>amiguito, hay un terremoto en el cielo y el backyard con peces<\/em>. Yo arremet\u00ed contra la recepci\u00f3n cuando me dijeron que \u00abninguna habitaci\u00f3n disponible, caballero\u00bb. Mi terquedad fue tan apocal\u00edptica que me dejaron dormir en una silla del <em>lobby<\/em> pagando a mitad de precio de una habitaci\u00f3n. Al principio, me sent\u00ed como pez en el agua. Cinco a\u00f1os. Largo tiempo acost\u00e1ndome temprano y se me cerraban los ojos. \u00abYa me duermo\u00bb, me dije. La incomodidad de la poltrona se volvi\u00f3 m\u00e1quina de tortura malaya. Me granjear\u00e1 un mes con el quiropr\u00e1ctico. Amanec\u00ed con la columna angulada como la v\u00eda a Cima Mar. Antes de huir del suplicio, escuch\u00e9 una radio que ven\u00eda desde la alberca y compet\u00eda en ruido con el traqueteo de mis huesos. El locutor dec\u00eda que uno, al recordar las calles por donde se le han ido los a\u00f1os, terminaba por descubrir su rostro. Renqueando, pagu\u00e9 una injustificada cuenta. Sal\u00ed. A mitad de dibujar un buen trozo de mi cara, pens\u00e9 que llegar\u00eda m\u00e1s f\u00e1cil de seguir mis huellas invertidas. Contra todo <em>cron\u00f3stico<\/em> en veinte minutos estaba a una manzana de Casa.<\/p>\n\n\n\n<p>Junto al Ford de Julia hab\u00eda una patrulla de la Policosta. El d\u00eda y medio de ser mordido por moscas y la prematura barba me fraguaban un perfil de adicto al crack. Pas\u00e9 por medio indigente. Y medio entr\u00e9 a Casa: un pie dentro y el otro fuera. Una mujer lloraba en los primeros pelda\u00f1os de la escalera, casi en el suelo, vigiada por dos polic\u00edas. Sup(us)e que era la mujer del <em>otro<\/em>, qui\u00e9n m\u00e1s pod\u00eda ser<em>. <\/em>Una voz que escuch\u00e9 durante dos meses en llamadas tan ef\u00edmeras como delatoras y nunca le sabr\u00e9 su rostro. Su rostro lo cubr\u00eda una toalla que sosten\u00eda con sus manos. Pronto se sedimenta en el aire veraniego la sirena de una ambulancia. Bajaron una camilla. Antes de arrimar mi mitad hacia la calle, vi sobre el comedor el tablero de ludo. En un ataque de lucidez atisb\u00e9 las fichas apelotonadas en sus casillas y el dado que se\u00f1alaba seis. Uno rememora nimiedades en los momentos que menos tienen cabida. Parezco un reportero meticuloso que recolecta detalles. Me apart\u00e9 de la puerta para que entrara una pareja de enfermeros que arrastraban una camilla. Siguieron hacia el nivel superior. Tuvieron problemas con el primer pelda\u00f1o. En el ascenso, rasgaron un pedazo de tapiz con un \u00e1ngulo filoso de la camilla. \u00bfPor qu\u00e9 tan solo una? \u00abTengo sed. Tengo demasiada sed, voy a la nevera a buscar agua\u00bb, alcanc\u00e9 a escuchar a uno de los polic\u00edas de los cuales el que callaba pareci\u00f3 ignorarme.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/mario-morenza\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Vitrum \u201cLo que te gusta te da nervios\u201d.Juan Villoro,&nbsp;Materia dispuesta. \u201cUno siempre se ve invisible en el recuerdo\u201d.Ricardo Piglia,&nbsp;Prisi\u00f3n perpetua. A Adela el primer hueso se le quebr\u00f3 a los siete a\u00f1os cuando corr\u00eda al colegio para no llegar tarde. El yeso le momific\u00f3 por dos meses el brazo derecho y se lo firmaron tantas [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":6,"featured_media":13897,"comment_status":"open","ping_status":"","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_monsterinsights_skip_tracking":false,"_monsterinsights_sitenote_active":false,"_monsterinsights_sitenote_note":"","_monsterinsights_sitenote_category":0,"footnotes":""},"categories":[16],"tags":[],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/14279"}],"collection":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/users\/6"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=14279"}],"version-history":[{"count":1,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/14279\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":14280,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/14279\/revisions\/14280"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media\/13897"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=14279"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=14279"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=14279"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}