{"id":14271,"date":"2023-12-05T16:35:00","date_gmt":"2023-12-05T21:05:00","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=14271"},"modified":"2024-12-06T14:48:28","modified_gmt":"2024-12-06T19:18:28","slug":"el-cabito-fragmentos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/el-cabito-fragmentos\/","title":{"rendered":"El Cabito (fragmentos)"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">P\u00edo Gil<\/h4>\n\n\n\n<p><strong>Cap\u00edtulo XIX<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>En una de las habitaciones interiores el reloj que tictaqueaba sobre la mesa, dio dos campanadas. Teresa se estremeci\u00f3 como si saliera de un sue\u00f1o. Coloc\u00f3 sobre una consola el tejido de crochet que, dominada por sus pensamientos hac\u00eda muy distra\u00eddamente, tan distra\u00eddamente, que muchas veces se hinc\u00f3 los dedos, o tuvo que deshacer lo hecho, para rectificar los puntos. Permaneci\u00f3 inm\u00f3vil un momento, con las miradas perdidas en el vac\u00edo. No llam\u00f3 su atenci\u00f3n el lujo cursi de la casa, la casa que fue de su abuelito, y de la cual hab\u00edan sido arrojados. D\u00edas antes, Gumersindo Rivas, precipitadamente, la hab\u00eda hecho amueblar, Valarino le puso el alumbrado el\u00e9ctrico, y como retoque final, Efra\u00edn Rendiles atest\u00f3 el seidboard de conservas suculentas y vinos generosos. Tambi\u00e9n el callej\u00f3n lo adoquinaron en poco tiempo una nube de trabajadores. Era pr\u00e1ctica de los cortesanos fraudulentos reparar las calles por donde sab\u00edan iba a pasar el Cabito, para hacerle creer a este rey que rabi\u00f3, tan adulado y tan enga\u00f1ado, que las calles estaban buenas.<\/p>\n\n\n\n<p>Teresa se asom\u00f3 a la ventana para mirar con cierta inquietud hacia la casita de arriba, de la cual se hab\u00eda escapado sigilosamente, despu\u00e9s que a fuerza de mimos convenci\u00f3 a do\u00f1a Manuela que deb\u00eda tratar de dormir un poco, y la acomod\u00f3 en el catre, como a un ni\u00f1o. \u00bfQu\u00e9 har\u00eda la anciana? \u00bfHabr\u00eda notado su ausencia?\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>Mir\u00f3 despu\u00e9s la calle. Se sorprendi\u00f3 de ver que dos l\u00e1mparas voltaicas, que no se encend\u00edan nunca, colocadas a alguna distancia una de otra, y funcionando mal, lanzaban sus destellos intermitentes. Con sus largos pesta\u00f1eos somet\u00edan el callej\u00f3n a alternativas de luz y de sombra, que ten\u00edan apariencia de travesura maligna, como si despu\u00e9s de emboscarse en las tinieblas, alumbrasen de improviso, para sorprender algo. Los focos de arco le parecieron a Teresa las pupilas fisgonas de dos polifemos desconocidos, que con su \u00fanico ojo se hac\u00edan a distancia gui\u00f1os burlones que se refer\u00edan a ella. Volvi\u00f3se a su asiento. Tom\u00f3 el tejido para continuar la interrumpida labor, pero qued\u00f3 en suspenso otra vez. A lo lejos se oy\u00f3 un silbato, que fue contestado por otro, y despu\u00e9s por otros cada vez m\u00e1s pr\u00f3ximos; el \u00faltimo son\u00f3 casi al pie de la ventana. Una fugaz oleada de rubor purpure\u00f3 el rostro de Teresa: en la calle esa noche no solo hab\u00edan encendido focos el\u00e9ctricos, sino que tambi\u00e9n hab\u00edan colocado mayor n\u00famero de polic\u00edas. Eran precauciones que el gobernador tomaba por la seguridad del Invicto en sus correr\u00edas nocturnas.<\/p>\n\n\n\n<p>Coincidiendo con los pitazos, un rumor confuso como el de los truenos lejanos, se escuch\u00f3 hacia el t\u00e9rmino del callej\u00f3n. Del rumor impreciso y brumoso, que se acercaba gradualmente, se destac\u00f3 con claridad el ruido de las ruedas de un coche, despu\u00e9s el golpe de los herrados cascos sobre el empedrado, m\u00e1s luego un aislado chasquido de fusta, y por \u00faltimo, la respiraci\u00f3n anhelosa de los caballos, que piafaban impacientes cerca de la puerta.<\/p>\n\n\n\n<p>Desde la ventana, a donde llena de angustia se asom\u00f3 por segunda vez Teresa, vio que dos hombres descendieron del coche y se pararon un momento en la acera. Uno, el m\u00e1s peque\u00f1o, se despoj\u00f3 de un  abrigo y se lo entreg\u00f3 al otro, un hombre alto y obeso, dici\u00e9ndole:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Esp\u00e9rame, Leici.<\/p>\n\n\n\n<p>El llamado Leici recibi\u00f3 el abrigo, se envolvi\u00f3 en su macferland, meti\u00f3 nuevamente su voluminosa personalidad en el coche, que oscil\u00f3 con el peso, y se repantig\u00f3 en los cojines lo mejor que pudo para la larga espera. Resonaron en el zagu\u00e1n unos pasos cojos y a poco apareci\u00f3 en la puerta de la sala el general Castro.<\/p>\n\n\n\n<p>Llevaba un sombrero de jipijapa de baja copa y anchas alas. Del bolsillo de la blusa militar, colgaba una riqu\u00edsima leopoldina, verdadero muestrario de piedras preciosas, que descompon\u00edan en una org\u00eda de destellos los colores de la luz. Obligado, no se sabe si por la urgencia libidinosa o por la afecci\u00f3n, ve\u00edanse por entre la blusa abierta los pantalones desabotonados, solamente sostenidos por las el\u00e1sticas. Dio las buenas noches, y coloc\u00f3 sobre la mesa dos peque\u00f1os rev\u00f3lveres, que sac\u00f3 de los bolsillos de los pantalones.<\/p>\n\n\n\n<p>Teresa, l\u00edvida, se puso en pie al verlo, y se qued\u00f3 petrificada por un sentimiento de invencible horror. Torn\u00f3 a sentarse; record\u00f3 que no pod\u00eda huir y que su sacrificio hab\u00eda sido ya voluntariamente aceptado por ella. Con el pretexto de colocar su labor sobre la mesa, se volvi\u00f3 cuando el Cabito se acerc\u00f3 a saludarla.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfLa orden de libertad? \u2014pregunt\u00f3 con voz seca y breve, sin mirar al H\u00e9roe.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Promet\u00ed traerla; hela aqu\u00ed.<\/p>\n\n\n\n<p>Despu\u00e9s agreg\u00f3 el H\u00e9roe con su fatuidad habitual:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Pero juzgo por esa pregunta, que la orden era tan esperada como yo, si no lo era m\u00e1s.<\/p>\n\n\n\n<p>Teresa tom\u00f3 el pliego, y ley\u00f3: \u00abEl jefe del castillo de San Carlos pondr\u00e1 en libertad al detenido Juan Bustos. Cipriano Castro\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014No solo he tra\u00eddo la orden tan esperada por usted \u2014agreg\u00f3 el Cabito sacando del bolsillo otro pliego que alarg\u00f3 a Teresa\u2014; usted puede escribir lo que a bien tenga.<\/p>\n\n\n\n<p>Era un cheque en blanco.<\/p>\n\n\n\n<p>Ante aquel ofrecimiento Teresa no sinti\u00f3 desd\u00e9n ni sinti\u00f3 ira. \u00bfSe puede experimentar acaso ira ni desd\u00e9n hacia la deyecci\u00f3n que aparece de improviso en nuestro camino? Ante el cheque que el Cabito segu\u00eda ofreciendo a Teresa, esta apenas hizo un movimiento hacia atr\u00e1s, recogi\u00e9ndose los vestidos. Y sin responder nada al amoroso reproche ni a la grosera generosidad, cerr\u00f3 la ventana y se dirigi\u00f3 resueltamente al dormitorio.<\/p>\n\n\n\n<p>Teresa al encaminarse a la alcoba mir\u00f3 al Cabito como invit\u00e1ndolo a que la siguiera en el acto, sin perder un momento. Estaba agitada por una impaciencia dolorosa y col\u00e9rica. No era que, como los dichosos en presencia de su dicha, deseaba empezar; era que como los condenados en presencia de sus torturas, deseaba terminar. La copa que el destino le alargaba era acerba, y quer\u00eda apurarla pronto, de un solo trago.<\/p>\n\n\n\n<p>Traspuso la puerta, y cuando casi se desdibujaba en la apacible semioscuridad de la estancia, volvi\u00f3se otra vez para mirar al Cabito, y le hizo con la mano y con la cabeza un imperceptible movimiento como dici\u00e9ndole: \u00a1Pronto! \u00a1Adelante! <\/p>\n\n\n\n<p>Sin embargo, la invitaci\u00f3n no quer\u00eda decir: \u00a1Vamos!; quer\u00eda decir: \u00a1Terminemos!<\/p>\n\n\n\n<p>El H\u00e9roe, lleno de vanidad, se sent\u00f3 en la sala para obligar a aquella beldad a que lo llamara al placer, como obligaba a los pueblos con sus renuncias c\u00f3micas, a que lo llamaran al poder.<\/p>\n\n\n\n<p>La joven lleg\u00f3 al tocador. Se quit\u00f3 de la cabeza las horquillas y peinetas; sus rubios cabellos, cayeron como un nublado de tristeza sobre el alabastro de sus hombros y de su cuello; luego se hizo el rodete hel\u00e9nico, que dio a su cabeza los perfiles de una Diana severa, y se lo at\u00f3 con una cinta roja, que brill\u00f3 como una centella de fuego sobre un celaje de oro. Sus dedos se enredaron en una fina cadena que sosten\u00eda en su garganta una virgencita de esmalte: era un obsequio de Juan. Llevada de un honrado sentimiento de lealtad hacia su novio se quit\u00f3 la medalla, le dio un beso de despedida eterna y la coloc\u00f3 en un cofrecito.<\/p>\n\n\n\n<p>El corpi\u00f1o rod\u00f3 por el suelo como una bandera de castidad arriada de su asta; despu\u00e9s el cors\u00e9 tambi\u00e9n rod\u00f3 por el suelo, como la armadura de una virginidad vencida.<\/p>\n\n\n\n<p>El Cabito, que viendo que no se le llamaba, se resolvi\u00f3 a venir, daba vueltas, cojeando, alrededor de Teresa y quiso ayudarla a desnudarse; y ese auxilio inh\u00e1bil de los hombres, cuyas manos en esos momentos aprietan los lazos en vez de soltarlos, ese auxilio cuya torpeza tanto hace re\u00edr a las mujeres enamoradas, fue un suplicio para Teresa, quien se estremeci\u00f3 cuando sinti\u00f3 el contacto de un dedo que le ray\u00f3 la piel.<\/p>\n\n\n\n<p>Se apart\u00f3 del tocador y dio unos pasos en direcci\u00f3n al lecho. De pie cerca de \u00e9l, serena y triste, desat\u00f3 con sus propias manos las cintas que ataban las enaguas: no las dej\u00f3 caer. Sus alternativas inestables de resoluci\u00f3n y de vacilaci\u00f3n, se presentaron de nuevo. Con un movimiento repentino de aplazamiento, cogi\u00f3 las ropas cuando empezaban a rodar y las levant\u00f3 hasta el pecho, donde las retuvo con los codos pegados al cuerpo fuertemente, con cierta energ\u00eda de defensa. Nuevamente record\u00f3 que no hab\u00eda salvaci\u00f3n para ella, y nuevamente se resolvi\u00f3. Solt\u00f3 los vestidos, los cuales descendieron lentamente por el busto abajo, con una lentitud acariciadora y ego\u00edsta, como si les doliera abandonar aquel cuerpo de durezas y blancuras marm\u00f3reas; al llegar a la cintura esbelta cesaron de rodar, detenidos por el contorno amplio de las caderas; merced a un esfuerzo de Teresa cayeron al fin a los pies de la virgen, en una apariencia de dolorosa derrota. Y aquel conjunto de las blanqu\u00edsimas ropas esparcidas por el suelo y Teresa erguida en el centro, parec\u00eda los p\u00e9talos y el pistilo coronado de dorado polen, de una inmensa flor dolorosa, una flor de holocausto, una flor destinada a los ritos crueles que se celebran ante esa divinidad tan implacable y sorda: el destino. Al fin dio un paso, el paso decisivo, el paso \u00faltimo, fuera del cerco de las ropas, en direcci\u00f3n al lecho. El cuerpo de la virgen esboz\u00f3 bajo la t\u00fanica toda la esplendidez de su euritmia. Surgieron los pechos temblorosos y rebeldes, volados hacia adelante, no esf\u00e9ricos, sino c\u00f3nicos, terminados en el pez\u00f3n que se destacaba en\u00e9rgicamente bajo la tela, y semejantes a dos palomas que alzaran el pico ansiosamente hostigadas por el velo que los cubr\u00eda. Apareci\u00f3 el perfil de la lira pagana en las caderas victoriosas y formidables, hechas para la maternidad y para el placer, para tener<br>hijos y para vencer hombres, incubadoras de vidas y agotadoras de vida, mortales y fecundas, como todos los laboratorios de la naturaleza. Y cuando abandonados definitivamente los vestidos, dio hacia el lecho el paso definitivo, de aquella dolorosa flor de belleza se escap\u00f3 un leve y desvanecido olor de mandr\u00e1gora, el aroma turbador de las v\u00edrgenes, las orobias \u00edntimas de la hembra intocada, que llenaron la alcoba de efluvios de tentaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Teresa se sent\u00f3 en la orilla del lecho. De sus pies primorosos desprendi\u00e9ronse las zapatillas, que hicieron al caer el toque de llamada que dice \u00a1ven! en las alcobas nupciales. Y se qued\u00f3 all\u00ed, encorvada, inm\u00f3vil, meditabunda, las manos entre las rodillas, el cuerpo sacudido con nerviosos escalofr\u00edos, luchando entre el deseo de huir y la imposibilidad de huir, mirando el suelo con ojos asombrados, llenos de interrogaciones y de l\u00e1grimas contenidas.<\/p>\n\n\n\n<p>Y permanec\u00eda as\u00ed, dudando si estaba despierta o sumida en una horrible pesadilla, cuando vio que, en ropa interior, avanzaba hacia ella el Cabito, como un rid\u00edculo mensajero de la realidad odiosa. La hirsuta barba esponjada como las p\u00faas de un erizo, los ojos cabrilleadores de lascivia, la barriga prominente y descendida balance\u00e1ndose sobre las piernecitas atrofiadas y cortas, la palidez intensa, daban a aquel Genio a palos un aspecto risible, y lo pon\u00edan a una distancia inmensa de la dignidad de la gloria. Parec\u00eda un macaco con paludismo. Se comprend\u00eda que si aquel Grande Hombre se hubiera entrado al templo de la Fama, la diosa le habr\u00eda roto su trompeta en las costillas, para obligarlo a salir.<\/p>\n\n\n\n<p>El H\u00e9roe lleg\u00f3 y puso las manos sobre los hombros de la virgen para doblarla sobre el lecho; pero ella sin poderse dominar se puso en pie y lo hizo retroceder con un empell\u00f3n violento e inveros\u00edmil, dado con todas sus fuerzas y al mismo tiempo contra toda su voluntad, con el asco contradictorio con que empujamos un costal de inmundicias que se nos viene encima, al cual a la vez no quisi\u00e9ramos tentar.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando Teresa lo vio que trastabillaba lejos, entonces s\u00ed, toda encorvada sobre s\u00ed misma, se ech\u00f3 sobre las s\u00e1banas, por su propia voluntad, estaba tendida en aquel lecho no llevada por la mano de ning\u00fan hombre, sino porque hab\u00eda querido someterse a su destino.<\/p>\n\n\n\n<p>El Piteco volvi\u00f3 como macho troglodita, exasperado por la resistencia de la hembra. No tuvo que vencer ya ninguna oposici\u00f3n. Teresa lo dej\u00f3 hacer, se abandon\u00f3, se dej\u00f3 acomodar boca arriba, y se entreg\u00f3 con frialdad de estatua, con insensibilidad de momia. Ocult\u00f3 el rostro entre sus manos cuando \u00e9l quiso besarla; cruz\u00f3 los brazos sobre los pechos cuando \u00e9l quiso resobarlos. En aquel naufragio de su virginidad salv\u00f3 la pureza de su boca, que no fue besada, la pureza de sus ojos que no vieron nada y la pureza de sus manos que se escondieron mudas de caricias entre las faldas de la t\u00fanica que el sacrificador le remang\u00f3 hacia arriba, con violenta avidez faunesca.<\/p>\n\n\n\n<p>La virgen gimi\u00f3 bajo las pezu\u00f1as del s\u00e1tiro. Sinti\u00f3 ella sobre s\u00ed una monta\u00f1a que le imped\u00eda respirar; alrededor de sus hombros percibi\u00f3 unos brazos estranguladores; en su cuello la proximidad de un rostro y las p\u00faas de unas cerdas que atravesaban la tela protectora que cubr\u00eda su faz. Oy\u00f3 despu\u00e9s una respiraci\u00f3n horriblemente bestial, unos resoplidos de hipop\u00f3tamo enamorado, que iban haci\u00e9ndose por momentos m\u00e1s y m\u00e1s estertorosos. Y en un instante dado, con un movimiento irresistible, que no fue pensado ni instintivo, sino un acto reflejo y org\u00e1nico, que sorprendi\u00f3 a la misma Teresa; con un movimiento en que no intervino su voluntad y que se inici\u00f3 en las partes m\u00e1s profundas y rec\u00f3nditas de sus entra\u00f1as, como si ellas, con todas las fuerzas de la vida, con toda la repulsi\u00f3n del odio se negara a recibir algo en su seno, Teresa de una sacudida, derrib\u00f3 al Cabito de encima, se sent\u00f3 en el lecho, y con los pies, a patadas, animada de una c\u00f3lera repentinamente desbordada, lo mancorn\u00f3 contra el copete de la cama, y le contuvo all\u00ed. <\/p>\n\n\n\n<p>Entonces vio asombrada que aquel Invicto ante el cual temblaban dos millones de hombres, como si de repente lo hubieran abandonado las fuerzas, no se rebelaba, y apenas se agarraba, y se restregaba contra las piernas de ella, lanzando en el acceso de la peque\u00f1a epilepsia, sonidos roncos e inarticulados, por entre los babeados labios, rid\u00edculamente contra\u00eddos por aquella defraudada eyaculaci\u00f3n on\u00e1nica.<\/p>\n\n\n\n<p>El Cabito no se cree amado de las mujeres, escepticismo raro en aquel d\u00e9spota que se cree admirado por los hombres. Por su parte, \u00e9l no las ama tampoco. Ese ser de contradicci\u00f3n, profundamente mujeriego, tiene sin embargo hacia ellas un odio secreto. Su salacidad es s\u00e1dica. Posee a las mujeres con ira. Va hacia ellas no con amor, sino con rencor. Por eso se ha hecho de preferencia estuprador, porque en el estupro hay dos cosas que \u00e9l ama: la sangre y los gemidos. Las caricias que le prodigaban algunas de sus queridas, las recib\u00eda como una muestra de infinito arte que las mujeres tienen para fingir. Tras de esas caricias \u00e9l descubr\u00eda el desamor de ellas; y por eso los puntapi\u00e9s humillantes que le dio Teresa despu\u00e9s que se lo quit\u00f3 de encima, ten\u00edan para \u00e9l el mismo valor moral que los besos de otras: toler\u00f3 estos golpes, como toleraba aquellos besos. El amor de ella, el coraz\u00f3n de ella, las caricias de ella, las ternuras rom\u00e1nticas de ella eran del otro, del llamado Juan, el preso ese cuya libertad y cuya vida compr\u00f3 con su propio sacrificio. \u00abBueno pues, \u00bfy qu\u00e9?\u00bb, se dec\u00eda el H\u00e9roe lascivo y no enamorado; \u00abel cuerpo para m\u00ed y el alma para el otro, no es malo el cambio\u00bb. Y se levant\u00f3 del lecho con una mueca de burla en la faz y se fue sin ofrecer ni exigir una palabra de amor.<\/p>\n\n\n\n<p>En las impresiones dolorosas se verifica la ley de la vida y de los seres: la m\u00e1s fuerte devora a la m\u00e1s d\u00e9bil: el dolor de la estocada apaga el dolor del alfilerazo. La verg\u00fcenza que la produjo a Teresa su inmolaci\u00f3n, que equival\u00eda a echar sobre s\u00ed, y para siempre, el desprecio de Juan, le anestesi\u00f3 los nervios y la impidi\u00f3 sentir el desgarramiento f\u00edsico de su castidad. Su inocencia se despidi\u00f3 sin dolor, y se fue sin avisar su partida. La sensaci\u00f3n no le hizo a aquella virgen ninguna advertencia. Aquella doncella ya sin virginidad no hab\u00eda conocido la verg\u00fcenza de la desfloraci\u00f3n. La sangre del estupro incontaminada de huella masculina, fluy\u00f3 material y moralmente pura como la sangre de una pu\u00f1alada.<\/p>\n\n\n\n<p>No supo ella el momento en que \u00abLas rosas blancas se tornaron rojas\u00bb y fue horas despu\u00e9s, cuando, a la luz del alba, alcanz\u00f3 a ver esparcidos en las s\u00e1banas algunos reveladores p\u00e9talos purp\u00fareos, que se dio cuenta de todo. Los p\u00e9talos purp\u00fareos ti\u00f1eron su rostro de viv\u00edsimo carm\u00edn, y le hicieron soltar en tropel, libres al fin e incontenidos, los sollozos que desde hac\u00eda tantas horas pugnaban por salir de su garganta; y cuando as\u00ed lloraba, un halo de castidad, extraterreno destello de su alma dolorida, circu\u00eda su frente y se le escapaba por los ojos, como luz di\u00e1fana y pura que sigue brillando a trav\u00e9s de un bombillo de alabastro roto.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/pio-gil\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>P\u00edo Gil Cap\u00edtulo XIX En una de las habitaciones interiores el reloj que tictaqueaba sobre la mesa, dio dos campanadas. Teresa se estremeci\u00f3 como si saliera de un sue\u00f1o. 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