{"id":14195,"date":"2024-11-29T16:03:04","date_gmt":"2024-11-29T20:33:04","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=14195"},"modified":"2024-11-29T16:04:42","modified_gmt":"2024-11-29T20:34:42","slug":"los-cielos-de-curumo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/los-cielos-de-curumo\/","title":{"rendered":"Los cielos de Curumo (fragmentos)"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Juan Carlos Chirinos<\/h4>\n\n\n\n<p><strong>I<\/strong> <strong>LOS M\u00c9DANOS VORACES<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\"><strong>1<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Huele a avellana \u2014dijo Osiris.<\/p>\n\n\n\n<p>El coronel, que conduc\u00eda la Hummer negra, no te hizo caso, o quiz\u00e1 no te oy\u00f3 por el ruido del motor o por el calor que luchaba por inutilizar el aire acondicionado. Era tu primera vez en Venezuela pero no tu primera vez con el calor, as\u00ed que no tuviste verg\u00fcenza al preguntar:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfPodemos bajar las ventanillas?<\/p>\n\n\n\n<p>El coronel te mir\u00f3 con una media sonrisa que no te dej\u00f3 saber si se burlaba o le hab\u00edas ca\u00eddo en gracia. La camioneta corcove\u00f3 y de inmediato sigui\u00f3 su veloz carrera por la carretera plana y solitaria, solo rodeada por \u00e1speros cuj\u00edes y arena, brillante arena que amenazaba todo el tiempo con devorar el asfalto. El sol se alz\u00f3 en lo alto avisando que, acabado el mediod\u00eda, se preparaba para iniciar su loco descenso hacia la noche. Tambi\u00e9n te hubiera gustado pedirle al coronel que fuera m\u00e1s despacio para contemplar con lentitud las cosas que pasaban frente a ti. Esa sensaci\u00f3n siempre te hab\u00eda gustado, desde la \u00e9poca de las vacaciones familiares all\u00e1 en Curitiba: cuando vas en un carro, las cosas m\u00e1s alejadas (los \u00e1rboles, las monta\u00f1as, los animales que pacen sin percatarse de que engordan peligrosamente) van m\u00e1s despacio que las cercanas (los arbustos, las rayas blancas de la carretera, los vendedores de mandioca). \u00bfPor qu\u00e9 ocurr\u00eda esto? Los mayores te explicaban que cuando el mundo est\u00e1 m\u00e1s cerca se acaba m\u00e1s r\u00e1pido; por eso deb\u00edas aprovecharlo al m\u00e1ximo. Te hubiera gustado, por eso, pedirle al coronel que disminuyera la velocidad para no perder detalle de lo cercano, pero su media sonrisa, de burla o de cari\u00f1o, te puso en guardia.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Claro, \u00bfpor qu\u00e9 no? \u2014respondi\u00f3, afable; y presionando un bot\u00f3n baj\u00f3 tu ventanilla y la suya.<\/p>\n\n\n\n<p>El aire caliente de la pen\u00ednsula de Paraguan\u00e1 entr\u00f3 en la Hummer con todo su esc\u00e1ndalo y tu delicado rostro acus\u00f3 de inmediato el efecto secante del viento y los golpes, sin embargo dulces, de la arena ardiente. Te dieron ganas de que pararan. Los dos hombres que iban detr\u00e1s, gordos como si estuvieran prepar\u00e1ndose para una gran hambruna, no parec\u00edan contentos de que el efecto relajante del aire acondicionado hubiera sido anulado por tus caprichos de turista. Eran los guardaespaldas del coronel. \u00ab\u00bfPero a qui\u00e9n se le ocurre abrir las ventanillas en una carretera as\u00ed, con este enorme calor?\u00bb, pensar\u00edan los gordos, \u00abcon lo sabroso que es dejarse arrullar por el fri\u00edto artificial de esta camionetota, para eso la hab\u00edamos comprado, para no pasar calor como unos chivos, no joda\u00bb. No te gustaron sus caras, Osiris, pero m\u00e1s que sus caras, te repugnaron sus gestos grasosos, sus miradas insolentes. \u00bfNo ten\u00eda ella derecho a un capricho? Al fin y al cabo, la necesitaban con desesperaci\u00f3n y el precio, le parec\u00eda, no era tan alto. Y no sabes si porque la fisiolog\u00eda de tu cuerpo es as\u00ed de caprichosa o porque tuviste ganas de darles una lecci\u00f3n a esos dos gordos, te entraron unas repentinas ganas de orinar, urgentes como casi todo en ti.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfFalta mucho, coronel?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Un buen trecho para llegar a Santa Ana. \u00bfVes ese cerro puntiagudo y azul a lo lejos? All\u00e1 es a donde vamos.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfY no hay nada hasta all\u00e1 donde podamos parar un momento? \u00bfUna gasolinera, un pueblito, algo? \u2014preguntaste exagerando el tono de angustia.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Que sepamos, nada de nada \u2014intervino uno de los gordos, casi feliz de dar la mala noticia\u2014. Puro m\u00e9dano y carretera. Calor hasta que lleguemos, mi amor.<\/p>\n\n\n\n<p>Te rascaste la breve protuberancia con que el pez\u00f3n remataba la teta izquierda; seg\u00fan tu madre y tus hermanas, ese era el gesto que preced\u00eda a tus ataques de c\u00f3lera.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfY no hab\u00eda una manera menos inc\u00f3moda de llevarme a Santa Ana? \u00bfUn helic\u00f3ptero de la Fuerza A\u00e9rea, por ejemplo? A su presidente no le va a gustar la manera como me est\u00e1n tratando. Y al m\u00edo tampoco.<\/p>\n\n\n\n<p>La menci\u00f3n de los presidentes inquiet\u00f3 a los tres hombres, pero sobre todo a los gordos que desde hac\u00eda rato sudaban por efecto del aire caliente y el polvo que los confund\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Esas son las \u00f3rdenes, se\u00f1orita, el m\u00e1s bajo perfil \u2014se defendi\u00f3 el coronel, distante ahora aunque no hab\u00eda perdido la sonrisa afable\u2014. No debemos bajar la guardia porque todav\u00eda hay muchos enemigos del proceso que no quieren esta reuni\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Entiendo \u2014lo tranquilizaste\u2014. Entonces p\u00e1rese un momento, por favor. \u2014Tu voz siempre endulzaba el ambiente porque sab\u00edas que eras una campanita de alegr\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Pero nos est\u00e1n esperando en Santa Ana desde hace horas, es mejor que\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Que se pare, co\u00f1o! \u2014Y tu cambio de tono llen\u00f3 a los tres hombres de estupor.<\/p>\n\n\n\n<p>Sin rechistar, la Hummer se detuvo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">2<\/p>\n\n\n\n<p>A las cinco y media de la ma\u00f1ana ya era de d\u00eda en C\u00faa; t\u00fa te hab\u00edas levantado muy temprano, Manrique, porque tu jornada comenzaba antes de que hubiera luz; as\u00ed que, ese d\u00eda, Paula \u2014Pau, como la llam\u00e1bamos todos, incluso yo\u2014 aprovech\u00f3 la cama vac\u00eda, como sol\u00eda hacer, para dormir un par de horas m\u00e1s: era el \u00fanico momento en que de verdad estaba con ella misma, cuando por fin te levantabas y dejabas desocupado tu lado de la cama, \u00abel celoso lecho del esposo\u00bb, como lo llamaba burlonamente Pau. Ella hab\u00eda escogido a prop\u00f3sito un colch\u00f3n duro y a la vez suave pensando en esos minutos de diaria soledad de que disfrutaba mientras t\u00fa, Manrique, te ibas a escribir y a darle de comer a la \u00fanica gallina ponedora del corral:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Cocorita, Cocorita\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>Como en un rito que invocara a la ma\u00f1ana, esas eran tus palabras cada vez que te acercabas a echarle pienso. Luego sol\u00edas sacar dos o tres huevos que, m\u00e1s tarde, formar\u00edan parte del desayuno. Entonces te asomabas al patio: el sonido de los animales era un concierto indeterminado; el cielo azul dudoso y era evidente que la c\u00e1lida humedad pronto empezar\u00eda a adherirse a tu cuerpo y har\u00eda in\u00fatiles las duchas r\u00e1pidas porque iba a ser otro d\u00eda de extenuante calor. Nada fuera de lo com\u00fan, por otra parte. Sin embargo, a\u00fan una brisa fresca te confirmaba que la decisi\u00f3n de mudarse a la peque\u00f1a poblaci\u00f3n de C\u00faa, abandonando la superpoblada Caracas, hab\u00eda sido la correcta: respirabas aire puro y no hab\u00eda can\u00edcula que no valiera la pena por eso. Cuando el sol se asomaba tus ojos presenciaban un prodigio: entre las ramas y los frutos podridos cre\u00edas vislumbrar un lenguaje cuyos signos eran un le\u00f3n tumbado, una ca\u00f1a florida, una boca solitaria; pero casi siempre solo ve\u00edas indescifrable monte.<\/p>\n\n\n\n<p>Tu ritmo de vida, Pau, aparentaba acoplarse al de Manrique. Podr\u00eda parecer que se trataba de la habitual situaci\u00f3n en la que el hombre decide sin tomar en consideraci\u00f3n las ilusiones y planes de su compa\u00f1era, pero lo cierto es que entre ustedes ha habido siempre una especie de contrato en el que la acci\u00f3n est\u00e1 en sus manos y la reflexi\u00f3n en las tuyas. Para un testigo externo se tratar\u00eda de la continua relaci\u00f3n de los caprichos de Manrique: ecologista, arquitecto, inform\u00e1tico y granjero a la vez. El que no conociera la estrategia de dominaci\u00f3n que desde hace tiempo te has inventado podr\u00eda creer eso, cierto; lo pensar\u00eda sin duda el que no sepa del truco que descubriste cuando ten\u00edas nueve a\u00f1os: el \u00abenvenenamiento mental\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Antes de saber descifrar palabras y frases, palpabas los libros como objetos de otro universo, cofres llenos de se\u00f1ales dif\u00edciles de concebir. Viv\u00edas dentro de las hojas escritas como un ciego en un ramo de rosas. Muchos a\u00f1os despu\u00e9s, leyendo a Jung, comprendiste lo que te hab\u00eda ocurrido en la infancia: supiste por qu\u00e9 hasta entonces el mundo te hab\u00eda parecido plano, sin volumen, como si una especie nueva de estrabismo se hubiera apoderado de tus pensamientos, evolucionados como para crearse su propia profundidad, su propio campo posterior, \u00fatiles para las tareas cotidianas, pero inservibles para las operaciones complicadas del esp\u00edritu, como volar o entrar en la cabeza de los dem\u00e1s:<\/p>\n\n\n\n<p>No era tan solo un lugar en el mapa, sino el mundo de Dios, ordenado y lleno de misterioso sentido. Esto parec\u00eda que los hombres lo ignoraban y ya los animales hab\u00edan perdido en cierto modo este sentido. Esto se ve\u00eda en la mirada de las vacas, triste y perdida en la lejan\u00eda, en los resignados ojos de los caballos, en la sumisi\u00f3n del perro que se apegaba al hombre y en el mismo comportamiento del gato que hab\u00eda convertido la casa y el granero en su vivienda y lugar de caza. Del mismo modo que los animales, los hombres me parec\u00edan inconscientes; miraban al suelo o hacia los \u00e1rboles para ver en qu\u00e9 se pod\u00edan utilizar; como los animales, formaban grupos, se emparejaban y se combat\u00edan sin ver que habitaban en el cosmos, en el mundo de Dios, en la eternidad, donde todo nace y todo ya est\u00e1 muerto.<\/p>\n\n\n\n<p>La bidimensionalidad de lo que te rodeaba y su sustituci\u00f3n por el mundo del sue\u00f1o te esperaban muchos a\u00f1os despu\u00e9s en las tremebundas palabras del m\u00e9dico suizo. Pero en la infancia apenas pudiste valerte de un burdo suced\u00e1neo para no enloquecer de aburrimiento: para constatar que exist\u00edas, te pellizcabas los brazos para que la realidad te transmitiera alguna sensaci\u00f3n; y como los pellizcos fueran insuficientes, te dejabas caer contra el suelo, te dabas intencionados porrazos en la cabeza, restregabas la espalda contra las paredes: quer\u00edas saber que estabas all\u00ed, que tu cuerpo te lo dijera. All\u00ed y en ning\u00fan otro lugar. A partir de la adolescencia fueron las hormonas las que se encargaron de distraerte, pero de ninguna manera disiparon tu angustia ante la simplicidad del cosmos.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfPor qu\u00e9 es plano el mundo sin la intermediaci\u00f3n de los sue\u00f1os?<\/p>\n\n\n\n<p>Eso quisiera saber yo.<\/p>\n\n\n\n<p>El universo era un lugar imposible de asir sin ejercer la dominaci\u00f3n plena. Por suerte, te topaste con un libro verde cuyo t\u00edtulo te turb\u00f3: <em>Envenenamiento mental<\/em>, de H. Spencer Lewis, Gran Maestro Rosacruz. Desde ese d\u00eda no tuviste otra preocupaci\u00f3n: quisiste aprender a adulterar la voluntad de la gente. La tarde en que lo encontraste, pensaste que si lo le\u00edas podr\u00edas morir, que tu cerebro se pondr\u00eda verde de ponzo\u00f1a y reventar\u00eda como en los dibujos animados. No obstante, cada vez que regresabas a la biblioteca para buscar un libro nuevo \u2014<em>Marianela, Ana Isabel, una ni\u00f1a decente, Caballito loco, Las aventuras de t\u00edo Tigre y t\u00edo Conejo<\/em>\u2014 dabas vueltas alrededor del libro verde y lo escrutabas por si pudieras detectar el polvillo mortal que destru\u00eda el cerebro.<\/p>\n\n\n\n<p>Entonces te preguntabas: si tu padre ten\u00eda el ant\u00eddoto para semejante peligro, \u00bfpor qu\u00e9 no lo hab\u00eda repartido a la familia antes de que ocurriera una desgracia? Buscaste entre las medicinas a ver si all\u00ed se escond\u00edan las pastillas contra el envenenamiento mental y, como no las encontraste, te propusiste exigirlas, porque la curiosidad te palpitaba en las venas, ansiosa por saber qu\u00e9 dec\u00eda ese libro verde. Con un palo giraste con dificultad el ejemplar venenoso y, en un acto de temeridad, le\u00edste de lejos la contraportada que, como supon\u00edas, no dec\u00eda nada sobre el grado de peligrosidad de sus p\u00e1ginas; tuviste que usar unas pinzas de la cocina para colocar el maligno libro en un rinc\u00f3n que solo t\u00fa conoc\u00edas: la familia estaba a salvo. Cuando tu pap\u00e1 regres\u00f3, te falt\u00f3 tiempo para abalanzarte sobre \u00e9l, pedir la bendici\u00f3n y exigir una respuesta inmediata; una sola frase habr\u00eda sido suficiente para que te tranquilizaras.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfEs venenoso el libro, pap\u00e1, es venenoso?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014No te entiendo, \u00bfqu\u00e9 quieres decir?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ahora se le meti\u00f3 en la cabeza la idea de que tienes en la biblioteca un libro que mata a la gente con solo leerlo \u2014le explic\u00f3 tu mam\u00e1.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00c9l pidi\u00f3 que le mostraras ese libro y sonri\u00f3: asegur\u00f3 que te iba a ense\u00f1ar c\u00f3mo se puede salvar a la gente que lee libros emponzo\u00f1ados. Enfurecida, fuiste hasta el rinc\u00f3n donde lo ten\u00edas escondido y sin mirarlo mucho lo arrojaste sobre el escritorio.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Este.<\/p>\n\n\n\n<p>Esperabas una explicaci\u00f3n; pero tu padre, en cambio, te alz\u00f3 y te bes\u00f3 muchas veces prometi\u00e9ndote que, si te com\u00edas ese caramelo que te ofrec\u00eda, podr\u00edas hurgar el resto de su biblioteca sin volver a sentir temor a que un libro te destruyera. Y diciendo esto, te dej\u00f3 en el suelo \u2014consternada.<\/p>\n\n\n\n<p>Ya sola, volviste sobre el libro. Lo acariciaste, pidi\u00e9ndole perd\u00f3n por haber pensado que se trataba de un enemigo. \u00bfQu\u00e9 pod\u00eda hacer una ni\u00f1a de nueve a\u00f1os contra un libro tan poderoso? \u00bfDar una patada o rogar clemencia? Notaste que ahora el libro no parec\u00eda tan amenazador. Ser\u00eda tal vez por efecto del caramelo que te inmunizaba contra su poder. Calmada, dijiste en voz alta \u00ab<em>Envenenamiento mental<\/em>, por H. Spencer Lewis\u00bb, y le\u00edste con ansia la contraportada:<\/p>\n\n\n\n<p>A diario transitan por los caminos de la vida almas torturadas, seres humanos que han perdido la fe en s\u00ed mismos y cuyos pensamientos han sido contaminados por miasmas invisibles: las supersticiones y los prejuicios adquiridos. \u00bfPueden la envidia, el odio y los celos proyectarse a trav\u00e9s del espacio y ser transmitidos de una persona a otra? \u00bfPueden los pensamientos mal\u00e9volos atravesar el \u00e9ter como rayos de muerte misteriosos para herir a una v\u00edctima inocente? \u00bfPueden los malos deseos y las maldiciones formuladas en un momento de exaltaci\u00f3n formar una tromba arrolladora para arrasar con seres indefensos? \u00bfPuede la humanidad estar a merced de los pensamientos viles que surjan en seres degenerados y viciosos? \u00bfQu\u00e9 har\u00e1n los b\u00fahos reales cuando se acaben los conejos? Cada a\u00f1o, millones de individuos son v\u00edctimas de todas estas malas influencias. \u00bfEst\u00e1 usted a salvo de esta calamidad? Este libro expone este interesante problema psicol\u00f3gico, constituyendo una revelaci\u00f3n sensacional. L\u00e9alo y se dar\u00e1 cuenta de ello.<\/p>\n\n\n\n<p>Precio: 14 $<\/p>\n\n\n\n<p>Esa misma tarde hiciste la primera lectura. H. Spencer Lewis explicaba algo que consideraste asombroso y era tan f\u00e1cil que tuviste dudas de que fuera un truco de los que se hacen en el circo:<\/p>\n\n\n\n<p><em>El cerebro de la gente se puede contaminar con palabras.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>Un cosmos sin usar se abri\u00f3 ante ti. Un universo con las sinuosidades que da la profundidad. Gracias a un truco que los egipcios conoc\u00edan desde hac\u00eda cinco mil a\u00f1os. A partir de ese d\u00eda, tu familia not\u00f3 que te volv\u00edas m\u00e1s tranquila, m\u00e1s serena, algo m\u00e1s delicada. Tu mam\u00e1 supuso que estaba cerca el momento de tu primera menstruaci\u00f3n y sinti\u00f3 una honda pena que desahog\u00f3 en los hombros de su marido; este la consol\u00f3 diciendo que era natural, la ni\u00f1a se hac\u00eda mayor, la menarquia era signo de que ten\u00edan una hija sana, que segu\u00eda un ritmo normal de vida, que no ten\u00eda por qu\u00e9 preocuparse; a tu madre, en sus bober\u00edas, le parec\u00eda que esos constitu\u00edan los primeros signos de su envejecimiento; entonces le quedaban muy pocas reglas de vida, sollozaba.<\/p>\n\n\n\n<p>En cierta manera ten\u00eda raz\u00f3n; pero tambi\u00e9n se equivocaba. La tranquilidad de tu cuerpo solo era un subterfugio para que nadie notara el fant\u00e1stico descubrimiento; tu serenidad escond\u00eda a una ni\u00f1a euf\u00f3rica, meditando sobre las posibilidades de envenenar el cerebro de la gente. Procuraste tener el libro a la vista, pero sin darle demasiada importancia, por si acaso. Te pareci\u00f3 graciosa la preocupaci\u00f3n del principio: un malentendido casi te hab\u00eda alejado de este deslumbramiento. Cuando memorizaste cada p\u00e1gina del libro, tu madre fue la primera persona a quien decidiste envenenar con palabras, al fin y al cabo con ella manten\u00edas la conexi\u00f3n m\u00e1s \u00edntima. Durante varias semanas meditaste en la elecci\u00f3n de la frase que utilizar\u00edas para contaminar su cabeza; y estudiando con dificultad diccionarios y enciclopedias, llegaste a la conclusi\u00f3n de cu\u00e1l ser\u00eda la frase m\u00e1s apropiada para atontarla:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1El que crea, pierde, mam\u00e1!<\/p>\n\n\n\n<p>Desarrollaste un sistema de manipulaci\u00f3n a partir de un m\u00e9todo que a\u00fan no hab\u00eda demostrado su eficacia pero que estabas segura de perfeccionar. \u00abEl que crea, pierde\u00bb era la primera frase de una larga serie para hacer que ella confiara solo en ti, no en la maestra que vendr\u00eda con quejas injustas, o en la vecina enfadada por alguna travesura, o en la voz estridente de alguna amiguita llorona. Nunca se sab\u00eda cu\u00e1ndo ibas a necesitar mentir; era bueno que tu madre conservara enterrada en el lugar m\u00e1s rec\u00f3ndito de su cabeza la venenosa sentencia que la obligar\u00eda a tomar por falsas las quejas de los dem\u00e1s. Aprendiste a sacar de los libros frases que utilizabas cada vez con mayor destreza, como la gimnasta ol\u00edmpica que se sube a las barras paralelas con la confianza que dan los a\u00f1os de entrenamiento. <em>Envenenamiento mental<\/em> te abri\u00f3 las puertas a una libertad de la que muchos carecieron en la infancia. No hab\u00eda nada que no resolvieras con la intuici\u00f3n. Cuando a esta cultura libresca y al maquiav\u00e9lico procedimiento de manipulaci\u00f3n se le combinaron los efluvios de las hormonas, te transformaste en una mujer callada, alejada del mundo f\u00e1cil de dominar; por tu apariencia se hubiera podido decir que no hab\u00eda nadie tan t\u00edmido como t\u00fa. No era cierto. Pose\u00edas la serenidad que da el vasto territorio de la soberbia.<\/p>\n\n\n\n<p>Lo que te atrajo de Manrique fue la inocencia con que se entreg\u00f3 a tu verbo atractivo y venenoso. Recalaron en C\u00faa, un pueblecito alejado de la contaminaci\u00f3n y el ruido pero cerca de Caracas para poder visitarla con frecuencia. Y t\u00fa, Manrique, envenenado, estabas entusiasmado con la idea de dejar Caracas y lanzarte a la aventura campesina. Adem\u00e1s, otros amigos tuyos, ecologistas y hartos de los gobiernos que pervierten la ciudad, hab\u00edan tomado la misma decisi\u00f3n dejando el bullicio de la capital para mudarse a El Pauj\u00ed, entre la selva amaz\u00f3nica y la Gran Sabana, all\u00ed donde no llega gobierno alguno como no sea la asamblea de muchachos que empiezan a conquistar un nuevo ed\u00e9n. T\u00fa, Manrique, quer\u00edas un lugar m\u00e1s cercano a Caracas. Por eso escogiste C\u00faa. O Pau te hizo creer que hab\u00edas sido t\u00fa el que se hab\u00eda decidido por ese pueblo. A m\u00ed me encantaba, porque de la casita emanaba un tufillo a putrefacto que drogaba mis sentidos.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">3<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ya vengo. Voy a mear \u2014dijiste, Osiris, y te fuiste sin esperar respuesta.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando te alejabas, uno de los gordos te grit\u00f3:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Cuidado con las culebras venenosas!<\/p>\n\n\n\n<p>Te giraste hacia ellos llena de odio y viste que los gordos sonre\u00edan y levantaban sus casi inexistentes cuellos a ver si pod\u00edan verte el culo desnudo mientras regabas la tierra con los l\u00edquidos de tu cuerpo. El coronel, en cambio, de inmediato se puso a hablar por tel\u00e9fono. Seguramente avisaba a sus jefes del retraso. Caminaste entre los cuj\u00edes y descubriste que tambi\u00e9n hab\u00eda espinosos cactus. Y arena, mucha arena. Y ni una serpiente.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando estuviste segura de que no hab\u00eda la m\u00e1s m\u00ednima posibilidad de que los gordos se solazaran con la forma de tus nalgas, te pusiste a la sombra de un cuj\u00ed y, baj\u00e1ndote los bluyines rojos, te agachaste y dejaste que saliera generoso el chorro amarillo que hab\u00edas venido aguantando desde que despegaras de la base a\u00e9rea de R\u00edo de Janeiro. Fue un chorro grueso, espumoso como cerveza y con el olor que te persegu\u00eda desde que llegaras a Venezuela: avellana. Para entretenerte, miraste al suelo y descubriste una fila de hormigas que ya se dirig\u00eda, con serio alborozo, hacia el laguito que tu or\u00edn hab\u00eda formado: en el desierto no hay que despreciar ning\u00fan l\u00edquido, aunque huela a avellana putrefacta y parezca cerveza. Hoy un hormiguero tendr\u00eda una raz\u00f3n m\u00e1s para celebrar los dones de la vida.<\/p>\n\n\n\n<p>Al terminar, todav\u00eda te quedaste unos instantes alelada con la infalible organizaci\u00f3n de los animalitos. \u00abAs\u00ed de ordenados deber\u00edamos ser nosotros\u00bb, pensaste. Y tambi\u00e9n: \u00ab\u00bfQu\u00e9 anuncio se esconde detr\u00e1s de estos meados y detr\u00e1s de estas hormigas? \u00bfQu\u00e9 puedo vender aqu\u00ed?\u00bb. Una sombra te sac\u00f3 de esas cavilaciones y miraste al cielo: un buitre, un zopilote, un curumo daba vueltas sobre ti, comprobando si ya te hab\u00edas muerto.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Maldito zamuro \u2014murmuraste, usando el nombre que aprendiste apenas llegaste al cabo San Rom\u00e1n. Un marino pelirrojo e inmune a la sal te hab\u00eda se\u00f1alado al bicho que reposaba, cosa rara, en lo alto del faro, y te hab\u00eda dicho: \u00abTenga cuidado con los zamuros, se\u00f1orita. A esos p\u00e1jaros les gusta comer carne extranjera\u00bb. As\u00ed que, Osiris, levantaste un pu\u00f1ito amenazador hacia el ave que te rondaba y gritaste sin voz:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1A m\u00ed no me vas a comer, desgraciado zamuro, yo sigo viva, hijo de puta!<\/p>\n\n\n\n<p>Antes de levantarte barriste con la mirada el terreno y no detectaste ning\u00fan movimiento. Tan solo te pareci\u00f3 ver la silueta de un chivo reverberando a lo lejos. Si hab\u00eda serpientes, ni se hab\u00edan asomado ni les hab\u00edas llamado la atenci\u00f3n. Una r\u00e1faga de aire caliente pas\u00f3 por debajo de tus nalgas y sentiste el frescor en tu vulva h\u00fameda por el or\u00edn. Apretaste el esf\u00ednter a ver si sal\u00eda alguna gota m\u00e1s, pero como no ocurri\u00f3 nada te levantaste y te ajustaste el bluy\u00edn rojo. Cerca de la Hummer, los gordos esperaban sentados, derretidos, y el coronel segu\u00eda hablando por tel\u00e9fono, fuera, apoyando un pie en una de las ruedas.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014El canciller tambi\u00e9n lleva rato esper\u00e1ndonos en Santa Ana \u2014dijo el coronel, y agreg\u00f3 con un tono semejante a la s\u00faplica\u2014: Tenemos que llegar cuanto antes.<\/p>\n\n\n\n<p>Volviste a tu asiento, Osiris, y sin que nadie te lo pidiera subiste tu ventanilla, una manera de aprobar el regreso al salvador aire acondicionado. Los gordos te lo agradecieron cambiando el gesto l\u00fabrico por el filial.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014El canciller quiere saber si ha tra\u00eddo una propuesta concreta.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfDe la campa\u00f1a?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014No; de <em>lo otro<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p>Eras joven, Osiris, y quiz\u00e1 por eso el coronel hab\u00eda intentado esa jugada. Eras joven, es cierto; uno que no hubiera puesto suficiente atenci\u00f3n te habr\u00eda calculado veintid\u00f3s o veintitr\u00e9s a\u00f1os, y no habr\u00eda estado muy lejos de la verdad. Pero los a\u00f1os tienen muchas otras maneras de medirse. Y en esas otras maneras, Osiris, la tuya era una edad inconmensurable, la edad de un buda que hubiera meditado desde el inicio de los tiempos. As\u00ed que, si el coronel cre\u00eda que te iba a sacar informaci\u00f3n con su sonrisa afable y, lo reconoces, seductora, estaba equivocado.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Eso solo es para conversarlo con el canciller o con el presidente. No es asunto suyo.<\/p>\n\n\n\n<p>Transcurrieron varias decenas de kil\u00f3metros antes de que esta humillaci\u00f3n se hubiera disipado en el semblante del coronel. El cerro Santa Ana hab\u00eda aumentado su tama\u00f1o y no era ya azul. El viento de la pen\u00ednsula de Paraguan\u00e1 no amainaba pero al contacto con la monta\u00f1a se hac\u00eda m\u00e1s fresco. Cuando la Hummer se detuvo detr\u00e1s de la humilde casa, no pudiste evitar darle el puyazo final al coronel.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Quiz\u00e1 ellos dejen que usted est\u00e9 presente cuando se hable de <em>lo otro<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p>El coronel sonri\u00f3, y t\u00fa te bajaste porque uno de los gordos, qui\u00e9n iba a imaginarlo, con sol\u00edcita velocidad se hab\u00eda apresurado a abrirte la puerta, mientras el segundo gordo bajaba tu equipaje. Quiz\u00e1 la presencia de los jefes los hac\u00eda m\u00e1s \u00e1giles, m\u00e1s atl\u00e9ticos, m\u00e1s serviles. Los guardaespaldas perfectos. Como esos perros de caza que solo se mueven si el amo lo ordena.<\/p>\n\n\n\n<p>Sentado en el porche los esperaban el canciller y su comitiva.<\/p>\n\n\n\n<p>Santa Ana era fr\u00eda y ventosa, Osiris. Era hermosa. Pero tambi\u00e9n all\u00ed ol\u00eda a avellana. Y en lo alto hab\u00eda zamuros dando vueltas. Te buscaban.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/juan-carlos-chirinos\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Juan Carlos Chirinos I LOS M\u00c9DANOS VORACES 1 \u2014Huele a avellana \u2014dijo Osiris. El coronel, que conduc\u00eda la Hummer negra, no te hizo caso, o quiz\u00e1 no te oy\u00f3 por el ruido del motor o por el calor que luchaba por inutilizar el aire acondicionado. Era tu primera vez en Venezuela pero no tu primera [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":6,"featured_media":14196,"comment_status":"open","ping_status":"","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_monsterinsights_skip_tracking":false,"_monsterinsights_sitenote_active":false,"_monsterinsights_sitenote_note":"","_monsterinsights_sitenote_category":0,"footnotes":""},"categories":[15],"tags":[],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/14195"}],"collection":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/users\/6"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=14195"}],"version-history":[{"count":2,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/14195\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":14199,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/14195\/revisions\/14199"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media\/14196"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=14195"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=14195"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=14195"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}