{"id":14187,"date":"2024-11-29T14:55:52","date_gmt":"2024-11-29T19:25:52","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=14187"},"modified":"2024-11-29T14:58:20","modified_gmt":"2024-11-29T19:28:20","slug":"complejos-virginales-teresa-parra","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/complejos-virginales-teresa-parra\/","title":{"rendered":"Los complejos virginales en el mito de Teresa de la Parra"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Mar\u00eda Fernanda Palacios<\/h4>\n\n\n\n<p>El mito de Ifigenia es algo m\u00e1s que una alusi\u00f3n o un trasunto tem\u00e1tico en la primera novela de Teresa de la Parra. Esas im\u00e1genes est\u00e1n presentes a todo lo largo de su vida y de su obra, ellas orientan su vocaci\u00f3n, modelan su sensibilidad, configuran su escritura y aun impulsan las fantas\u00edas y leyendas a que ella y sus libros han dado pie.<\/p>\n\n\n\n<p>Siento que la imagen de Ifigenia puede llegar a contener y expresar aspectos especialmente oscuros y dominantes en nuestra historia ps\u00edquica. Me refiero espec\u00edficamente a los complejos virginales o a las complejidades de lo virginal en nuestra cultura. De all\u00ed mi inter\u00e9s por la presencia de este mito en Teresa de la Parra.<\/p>\n\n\n\n<p>En un borrador in\u00e9dito de sus conferencias, Teresa de la Parra habla del \u201cpapel desapacible\u201d que juega el autor cuando \u201cdespu\u00e9s de haber escrito\u201d se interpone entre sus lectores y las \u201cformas amigas\u201d que \u00e9stos crean al leer. Con su humor caracter\u00edstico, agrega, \u201ces el papel del intruso, de la cl\u00e1sica suegra que llega a interrumpir un manso acuerdo\u201d. Teresa sab\u00eda, pues, que quienes le le\u00edan tambi\u00e9n la imaginaban: sab\u00eda que sus lectores ir\u00edan construyendo inevitablemente una figura distinta a la de su propia persona, y que, como dec\u00eda Mar\u00eda Eugenia Alonso, la gloria la ir\u00eda desfigurando hasta convertirla en un ser de f\u00e1bula. Quisiera acercarme a esa ficci\u00f3n elaborada por sus lectores. Esa imagen, por inexacta que sea, es sin embargo m\u00e1s rica que cualquier biograf\u00eda porque all\u00ed van a dar las fantas\u00edas, los prejuicios y las obsesiones que ella ha estimulado en nosotros a trav\u00e9s del tiempo. \u00bfY no es as\u00ed como un autor vive en el coraz\u00f3n de sus lectores?, como mitos. All\u00ed hallaremos verdades de otro tipo, que nadie ha fabricado, que ning\u00fan causalismo explica, porque estaban all\u00ed, sumergidas en nosotros, desde siempre, a la espera de la ficci\u00f3n que pudiera mostrarlas.<\/p>\n\n\n\n<p>Sobre Teresa de la Parra existe un amplio repertorio de opiniones, testimonios, juicios cr\u00edticos, elogios, estudios, teor\u00edas e interpretaciones. No quiero rebatir o confirmar nada. No me interesa la verdad de lo que supuestamente dicen, sino la subjetividad que expresan; quisiera verlos como valoraciones afectivas, cargadas emocionalmente. Me interesa, en fin, el sentir con que se escribieron: los prejuicios, la exageraci\u00f3n, la reverencia, la fascinaci\u00f3n o la animosidad que demuestran o disimulan. Porque es all\u00ed donde se teje el mito. De modo que ning\u00fan trabajo, por equivocado que sea, es del todo deleznable. Adem\u00e1s, el error conduce al alma, a la emoci\u00f3n del que escribe. Y la cr\u00edtica, muy a su pesar, segrega tanta o m\u00e1s sustancia mitol\u00f3gica que los escritores (especialmente aquella que se empe\u00f1a en desmitificarlos).<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando en el pr\u00f3logo de la primera edici\u00f3n de Ifigenia el cr\u00edtico Francis de Miomandre dice \u201c\u2026esa bonita cabeza tan bien hecha por dentro como por fuera\u201d, ya estaba, sin darse cuenta quiz\u00e1, alimentando ese mito con que Teresa de la Parra entra simult\u00e1neamente en la historia de la literatura y en la de nuestras fantas\u00edas colectivas. Desde entonces ella ha sido la \u201cmaravillosa ni\u00f1a, maravilla pura\u201d (Gabriela Mistral), la \u201ccriolla florida\u201d (Arturo Uslar Pietri) o la \u201ccriolla bell\u00edsima\u201d (Arroyo Alvarez), \u201cla mujer de f\u00e1bula\u201d (Juan Liscano) y la \u201cmujer imperial\u201d (D\u00edaz S\u00e1nchez), \u201cla dulce, la bella, la inquietante mujer\u201d (Nieto Caballero), aun la \u201copulenta y perfumada magnolia\u201d (Gloria Stolk) y hasta el \u00e1spero Pocaterra se suaviza para decir que Ifigenia es \u201cel guante\u201d que esa \u201clinda y diestra mano de mujer les arroja\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p>En la comedia <em>Los empe\u00f1os de la casa<\/em>, Sor Juana In\u00e9s de la Cruz pone en boca de do\u00f1a Leonor un retrato que muy bien podr\u00eda ajustarse al mito de Teresa de la Parra:<\/p>\n\n\n\n<p>Era de mi patria toda<br>el objeto venerado<br>de aquellas adoraciones<br>que forma el com\u00fan aplauso;<br>y como lo que dec\u00eda,<br>fuese bueno o fuese malo<br>ni el rostro lo desluc\u00eda<br>ni lo desairaba el garbo,<br>lleg\u00f3 la superstici\u00f3n<br>popular a empe\u00f1o tanto<br>que ya adoraban deidad<br>el \u00eddolo que formaron.<\/p>\n\n\n\n<p>Esos dos atributos: la belleza y el ingenio, podr\u00edan resumirse en una sola palabra: la gracia (incluyamos tambi\u00e9n las resonancias mitol\u00f3gicas del vocablo) y qui\u00e9n no reconocer\u00eda que Teresa de la Parra, ella, su obra, su estilo, llenos est\u00e1n de gracia.<\/p>\n\n\n\n<p>Esta figura de la bella, ingeniosa, graciosa y llena de gracia, no es extra\u00f1a a nuestra tradici\u00f3n, al contrario, ella puebla la imaginer\u00eda renacentista y barroca, y en la literatura espa\u00f1ola la mujer independiente, bella y discreta tiene ra\u00edces hondas y prestigiosas. La encontramos en Cervantes, en Lope y en Calder\u00f3n, y en Am\u00e9rica podemos decir que Sor Juana la personifica. La imaginaci\u00f3n de las comedias del Siglo de Oro est\u00e1 acaparada por esas flores del barroco: doncellas decididas, apasionadas y en cierto modo liberadas, aunque para ello tengan que estar enclaustradas o embozadas, que sin ocultar su feminidad, ni renunciar a sus talentos, ponen en marcha la verdadera acci\u00f3n dram\u00e1tica. No la acci\u00f3n externa de los lances de capa y espada sino la del ingenio, que como ellas es monstruosamente delicado y complejo, como una flor del barroco.<\/p>\n\n\n\n<p>El mito de Teresa de la Parra proporciona quiz\u00e1 la versi\u00f3n criolla de estas esquivas y equ\u00edvocas doncellas. En ese mito, elaborado por sus lectores, sus amigos y aun por ella misma, han quedado prendidos pedazos de nuestra historia, esa que act\u00faa como el hu\u00e9sped desconocido de Mar\u00eda Eugenia Alonso, sin que se entere la conciencia.<\/p>\n\n\n\n<p>Como todo mito, el de Teresa tiene varias versiones y, seg\u00fan quien lo recoja, adquiere tonalidades negativas o positivas. Para algunos, ella es la pionera de cierto feminismo, mientras para otros no pasa de ser una rebelde avergonzante; muchos creen que ella encarna la memoria de nuestros pasado colonial y es la depositaria de nuestros valores m\u00e1s firmes; pero, para ciertos radicales, ella es la representante de una sociedad decadente y una mentalidad reaccionaria. Es decir, hemos sustituido la complejidad del mito por juicios que colorean unilateralmente su realidad. Y esto ya nos indica la presencia de un fuerte componente virginal, por lo excluyente, en nuestro vivir.<\/p>\n\n\n\n<p>Los cr\u00edticos de Teresa le reprochan sobre todo sus \u201ccontradicciones\u201d: que hablara de la sumisi\u00f3n de la mujer sin dejar de ponderar su abnegaci\u00f3n y aun su sacrificio; que escribiera tan bien y no se sintiera escritora; que no tomara en serio ni las cr\u00edticas ni los elogios y aceptara el \u00e9xito con la vanidad con que una mujer bonita agradece un piropo.<\/p>\n\n\n\n<p>Todos los atributos que la singularizan, para bien o para mal, giran en torno a la gracia: belleza e ingenio, elegancia y sencillez, feminidad sin feminismo, naturalidad y refinamiento, ternura y frialdad, frivolidad y misterio, mundanidad y soledad. Estas im\u00e1genes, como en los mitos, tienen la cualidad de ser dobles. Pero nuestra conciencia yoica s\u00f3lo acepta la dualidad en t\u00e9rminos l\u00f3gicos y vemos contradicci\u00f3n donde la vida encarna diversidades irreductibles.<\/p>\n\n\n\n<p>As\u00ed, el mito de Teresa se ha venido tejiendo en dos tiempos y dos registros: el primero es elevado, nos habla de una Teresa ejemplar, con visos hagiogr\u00e1ficos y la sit\u00faa en un pedestal de exagerada gloria o absoluta bondad. De acuerdo con esta ficci\u00f3n, es la mujer sufrida y abnegada, la m\u00e1rtir que \u201cteni\u00e9ndolo\u201d todo renuncia heroicamente al destino que tiene reservado toda mujer y se aparta del camino trillado y sacrifica una existencia seguramente feliz (el amor, el hogar, la maternidad) para preservar la libertad. La tuberculosis, la vida de sanatorio y la muerte prematura coronan este mito de la mujer sacrificada. Esta versi\u00f3n coincide con ideales rom\u00e1nticos que la propia Teresa sostuvo y que orientaron en buena medida su vida y sirvieron de asunto a su obra. Es la versi\u00f3n que encontramos repetida en la larga galer\u00eda de mujeres que aparecen en sus escritos.<\/p>\n\n\n\n<p>Este fue el tono de sus comentaristas y lectores hasta los a\u00f1os sesenta. A partir de entonces otro registro, menos amable, toma el relevo y, sin llegar a ser abiertamente detractor, porque se cubre con el prestigio y el aire de superioridad que proporcionan las teor\u00edas, se propone la tarea, sin duda m\u00e1s actual, de derribar el \u00eddolo que los otros formaron y sustituir aquella imagen de v\u00edctima admirable por la de una mujer resignada, culpable de frivolidades y de escapismos. Para decirlo en lenguaje arquet\u00edpico, Teresa pasa de santa a pecadora, de diosa a bruja.<\/p>\n\n\n\n<p>Los que santifican a Teresa est\u00e1n quiz\u00e1 como ella presos en el polo ideal del complejo virginal. Pero sus detractores expresan su rechazo no menos radical a todo cuanto perturba o atenta contra esa imagen unilateral de pureza. Si en los primeros predominaba la identificaci\u00f3n con Teresa, para los segundos ella se ha convertido en la pantalla que recibe todas las proyecciones<br>negativas de ese mismo ideal.<\/p>\n\n\n\n<p>Para resumir: en las versiones que glorifican a Teresa, el sentimiento se orienta hacia la idealizaci\u00f3n, mientras que en sus detractores \u00e9ste se reprime o se disfraza con teor\u00edas o razones<br>supuestamente objetivas. Los viejos cr\u00edticos esgrim\u00edan juicios de orden moral, y los modernos se encargan de rechazar inconsistencia l\u00f3gica (como contradicci\u00f3n) en aquellos rasgos de la figura de Teresa que atentan contra la virginidad de sus psiques.<\/p>\n\n\n\n<p>Y esto es lo que pasa con los mitos modernos: ya no sabemos c\u00f3mo relacionarnos con una imagen en toda su ambig\u00fcedad, no toleramos sus paradojas ni sus penumbras, y en lugar de reflexionarla, la interpretamos unilateralmente: o bien me identifico, idealiz\u00e1ndola, o bien proyecto en ella mi sombra y la cargo de culpa.<\/p>\n\n\n\n<p>Y es as\u00ed como Teresa ha oscilado en la fantas\u00eda de sus admiradores y detractores: fascina e irrita, atrae identificaciones y provoca resentimientos, porque todo cuanto ella estimula, independientemente del matiz afectivo con que se lo exprese, son puntos \u00e1lgidos en nuestra psique y en nuestra historia. Las palabras con que se alude a Teresa de la Parra est\u00e1n cargadas<br>no s\u00f3lo de juicios sino de emociones: belleza, inteligencia, solter\u00eda, independencia, abnegaci\u00f3n, afrancesamiento, riqueza, hacienda, herencia, fama, enfermedad, familia, sacrificio. Debajo de palabras como \u00e9sas yace la sombra de nuestra Venezuela heroica. All\u00ed est\u00e1 encerrada una carga ancestral de fantas\u00edas y temores hacia ciertos aspectos de lo femenino. Por lo general nuestra literatura tiende a repetir lo que han hecho los lectores de Teresa, polarizar la imagen en dos extremos. Teresa de la Parra no da la oportunidad de recuperarla como misterio, en toda su ambig\u00fcedad: all\u00ed donde aparecen mujeres abnegadas y virtuosas se afila, simult\u00e1neamente, el cuchillo de la sacrificadora: el abrazo de Abuelita es dulce y desgarrador, su calor maternal mutila; recordemos a Mar\u00eda Eugenia cuando dice: \u201c\u2026 volv\u00ed a sentir m\u00e1s intensamente todav\u00eda el calor maternal que era en mi vida la vida de Abuelita, cuyas manos piadosas iban a mutilarme cruelmente al podar celosas, con ternura y cuidado, las alas impacientes de mi independencia\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p>Esas alas cortadas, ese cuidado cruel, esa ternura despiadada, esa poda celosa, est\u00e1 en la historia de Teresa, pero tambi\u00e9n en la nuestra: son im\u00e1genes de la otra historia de Venezuela. Esas im\u00e1genes remiten a una realidad m\u00e1s honda que retrata la manera como han venido ocurriendo las cosas dentro de nosotros. Teresa le puso palabras al di\u00e1logo permanente entre esas dos figuras, y esos dos tiempos: la abuela y la muchacha, lo anacr\u00f3nico y lo moderno, lo caprichoso y lo enclaustrado, dos rostros, dos caras, dos tiempos de una misma naturaleza.<br>Las suaves palabras de Abuelita son las tijeras de una poda cruel; Mercedes Galindo, la mujer de mundo habla como una rom\u00e1ntica quincea\u00f1era y Mam\u00e1 Blanca pasa por la vida como las flores y muere tan boquiabierta como cuando era Blancanieves.<\/p>\n\n\n\n<p>Ahora bien, la leyenda de Teresa podr\u00eda decirnos mucho si logramos desentendernos de las explicaciones causalistas. Tomemos, por ejemplo, uno de sus misterios: la solter\u00eda que es una de las muchas formas como se muestra en ella la se\u00f1orita m\u00edtica. Esta manera de ver las cosas no nos dir\u00e1 por qu\u00e9 Teresa no se cas\u00f3, ni por qu\u00e9 escribi\u00f3, pero s\u00ed podr\u00eda decirnos mucho acerca de c\u00f3mo lo hizo. Podr\u00eda ser que en esa solter\u00eda est\u00e9 el patr\u00f3n invisible que la mueve interiormente y la lleva a escribir, d\u00e1ndole consistencia a su mundo: all\u00ed est\u00e1 la imagen de la enclaustrada inmemorial propiciando el encierro dichoso de la escritura, o bien el de la arisca y altiva independencia de la mujer. Sor Juana o Manuelita: dos polos en una misma imagen. En una reconocemos la criolla piadosa y encendida, algo anacr\u00f3nico, detr\u00e1s de su cancela; en la otra, la traviesa e indomable muchacha de los a\u00f1os veinte, petulante y salvaje a la vez \u00bfNo est\u00e1 all\u00ed perfilada la imagen de aquel monstruo delicado que mencionara Uslar Pietri, la se\u00f1orita y flor de barroco? En su estudio sobre el arquetipo de la Kore (la doncella), Jung subraya la importancia y la dificultad que tiene esta imagen en el alma humana: \u201cA la doncella se la describe como no enteramente humana en el sentido usual: puede ser que su origen sea desconocido y peculiar; que luzca extra\u00f1a, o bien que sobrelleve extra\u00f1as experiencias, de all\u00ed que nos veamos forzados a inferir la naturaleza extraordinariamente m\u00edtica de la doncella\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p>La frase que emplea Jung: \u201cno del todo humana\u201d fue la que me hizo recordar la de Arturo Uslar Pietri sobre Teresa de la Parra: \u201cera una se\u00f1orita: ese ser monstruosamente delicado y complejo. Esa flor del barroco\u201d. Pienso que para explorar a fondo en el mito de Teresa tendr\u00edamos que sumergirnos en ese monstruo, en la monstruosidad de la se\u00f1orita. Como si all\u00ed estuviera oculta nuestra \u201cflor del barroco\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p>No quiero ver la palabra barroco como una categor\u00eda est\u00e9tica, sino como una alusi\u00f3n al aparecer de ese algo torcido de la doncella, esa rareza o extra\u00f1eza, extraordinariamente m\u00edtica como dice Jung de la \u201cse\u00f1orita\u201d. Entiendo aqu\u00ed por barroco la referencia a una imaginaci\u00f3n que nos conecta emocionalmente con una delicadeza y una complejidad monstruosas. Y celebro doblemente que Uslar haya juntado lo delicado y lo monstruoso en la se\u00f1orita permiti\u00e9ndome intuir lo monstruoso de su delicadeza.<\/p>\n\n\n\n<p>S\u00e9 que estoy abusando del sentido que dio Uslar a sus palabras. Pero ellas est\u00e1n ah\u00ed, y repican de manera imprevisible para su autor. Adem\u00e1s el t\u00e9rmino \u201cmonstruoso\u201d contiene resonancias m\u00edticas, no lo uso como algo malo sino como algo extra\u00f1o, portentoso, ajeno a la unilateralidad de la conciencia. Y la imagen m\u00edtica, se sabe, gracias a su dualidad, es siempre algo monstruosa, \u201cno enteramente humana\u201d, de all\u00ed que sea una v\u00eda apropiada para situarnos en una perspectiva m\u00e1s amplia donde podamos pasar de lo idealizado de las identificaciones y lo ciego de las proyecciones a esos niveles parad\u00f3jicos de los que participa lo monstruoso. Y as\u00ed, viendo lo monstruoso de la imagen, quiz\u00e1 logramos salirnos moment\u00e1neamente de la unilateralidad de nuestro complejo virginal.<\/p>\n\n\n\n<p>Monstruosidad y delicadeza resumen entonces dos caras de cierta virginalidad, esa que arquetipalmente nos conduce a Artemisa: \u00bfNo es Ifigenia \u2013hija y v\u00edctima de esa diosa\u2013 la se\u00f1orita por excelencia, en esa doble condici\u00f3n, la delicada v\u00edctima de Aulis y la monstruosa sacrificadora de T\u00e1uride?<\/p>\n\n\n\n<p>Para muchos artistas la experiencia de la vocaci\u00f3n se expresa en im\u00e1genes a veces duras y dolorosas de zozobra, luchas ag\u00f3nicas y descensos infernales. Pero sabemos que Teresa no baja a esas profundidades del alma. Sus escritos revelan fehacientemente su rechazo a la oscuridad, a la suciedad o a la impureza de ciertos trabajos y afirman su reiterada necesidad de frescura<br>y tranquilidad. <\/p>\n\n\n\n<p>Una dicha, un frescor, como un ba\u00f1o de r\u00edo o una siesta entre los helechos son las im\u00e1genes que podemos asociar con esa felicidad de la escritura que tanto a\u00f1or\u00f3 ella durante los a\u00f1os del sanatorio. La vocaci\u00f3n, la posibilidad de escribir, como algo que irrumpe, sin esfuerzo, como un manantial. Una entrega espont\u00e1nea y f\u00e1cil, no tanto a la naturaleza, como a su propia naturaleza. Un cuerpo que se sumerge en ese impulso que corre como el r\u00edo entre las piedras, tropezando, maltrat\u00e1ndose, pero sin salirse nunca de cauce. Tambi\u00e9n aparece la imagen de la siesta en los patios de las casas criollas, la somnolencia o la torpeza del cuerpo que se mece en un ensue\u00f1o penumbroso de cocotero, en esa hora en que el cuerpo se descuida y las fantas\u00edas se avivan. En la primera de las im\u00e1genes, Teresa es la doncella \u201ccoral\u201d, la ninfa que el fauno quiere perpetuar; en la otra, Teresa es la criolla enclaustrada, \u201cuna voz detr\u00e1s de una celos\u00eda\u201d. Son dos tempos, dos im\u00e1genes femeninas que est\u00e1n en el centro de su vivir e impulsan por igual su imaginaci\u00f3n. En la primera reconocemos a la Teresa moderna, la chica de los a\u00f1os veinte, la Teresa de su generaci\u00f3n. Esa ninfa artemisal puebla la imaginaci\u00f3n de la modernidad; desde aquellas primeras ninfas mallarmeanas hasta las mujeres fe\u00e9ricas de los surrealistas. La iconograf\u00eda de Teresa est\u00e1 llena de ellas. La otra es la imagen barroca, la estampa memoriosa de las mujeres de otro tiempo que pueblan su historia familiar; es la Teresa colonial y es tan artemisal como la primera; pero \u00e9sta se mueve con lentitud, conoce los secretos de la espera, lleva los hilos de la casa, guarda las llaves, abre y cierra las ventanas y quiz\u00e1 es diestra en el arte de amolar los cuchillos. Porque no se trata de contradicciones; son los extremos de una misma figura en sus dos espacios m\u00edticos: Aulis y T\u00e1uride, dos momentos de lo femenino en el alma heroica de una Venezuela rom\u00e1ntica.<\/p>\n\n\n\n<p>Estas figuras configuran un conflicto en el alma de Teresa y su vocaci\u00f3n surge de all\u00ed. Cuando la ninfa domina la escena sentimos una Teresa traviesa y petulante, parecida a Mar\u00eda Eugenia, a Violeta, a Manuelita. Cuando ella domina el signo es siempre arisco, inatrapable y altanero, la sentimos a gusto cuando se vuelve picapleitos y respondona, cuando el ingenio la salva de dejarse atrapar por las argumentaciones y la hace inmune a las cr\u00edticas y los elogios. Cuando la otra parte aparece, Teresa es mam\u00e1 Panchita, aquella que caminaba con la gravedad de un colibr\u00ed, cerrando las puertas al presente y abriendo generosamente las ventanas al ensue\u00f1o. Cuando \u00e9sta impone sus lentitudes, comienza el reino de la memoria y Teresa rompe a narrar; desde el fastidio y la flojera, desde la indolencia de esa ninfa presa, entona su solo la flor del barroco. Ese patr\u00f3n arquet\u00edpico, as\u00ed como orienta el vivir, establece tambi\u00e9n los l\u00edmites del opus y aun configura su estilo. Teresa no es de esos escritores que pueden atrapar exteriormente un<br>tema y escribir sobre una variedad de asuntos. Por el contrario, su materia es siempre una sola, materia prima, que s\u00f3lo puede surgir de s\u00ed misma. No piensa que para escapar de la sumisi\u00f3n sea necesario traicionar cierta pasividad, propia de la feminidad; al contrario, insin\u00faa que cuanto la mujer realiza deber\u00eda hacerlo en conexi\u00f3n con su naturaleza m\u00e1s \u00edntima. Esto la llev\u00f3 a entablar un cierto antagonismo silencioso con su yo razonador, puesto que all\u00ed se localizaba lo que hab\u00eda de m\u00e1s extra\u00f1o a su naturaleza: las opiniones, las argumentaciones, los juicios. Teresa sab\u00eda que de all\u00ed, del intelecto, era de donde pod\u00eda llegarle una locura en forma de cordura, la raz\u00f3n de su sinraz\u00f3n. Mar\u00eda Eugenia Alonso fue una manera de conjurarlo: qu\u00e9 mejor retrato de ese yo invasor que la petulancia de Mar\u00eda Eugenia, con su cabeza llena de cucarachas, con sus simp\u00e1ticos e infantiles discursos. Ella nos seduce como la imagen viva de esa <em>puella<\/em> inici\u00e1ndose en el mundo extra\u00f1o y ajeno del esp\u00edritu.<\/p>\n\n\n\n<p>Jung se\u00f1al\u00f3 que la v\u00eda de la mujer, como la de la naturaleza, es la de trabajar indirectamente sin nombrar su meta. No porque su acci\u00f3n carezca de un sentido preciso, sino porque se trata de un obrar donde quien formula y fija las metas no es el yo consciente. Teresa intuye que as\u00ed trabaja lo femenino: por incubaciones; intuye que toda realizaci\u00f3n est\u00e1 dentro de s\u00ed misma, y toda su obra parece ser un progresivo ahondar en ese hallazgo. Sin embargo, quiz\u00e1 lo que Teresa no pod\u00eda percibir es que ese obrar sin mencionar la meta no es exclusivo de la mujer. Y cu\u00e1ntas veces las mujeres tambi\u00e9n falsean o menosprecian eso que dentro de ellas es destino, empe\u00f1\u00e1ndose en conductas voluntariosas.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuatro a\u00f1os despu\u00e9s de escribir <em>Ifigenia<\/em>, Teresa la relee y deplora no haber \u201ctorcido el cuello\u201d a unas cuantas \u201caves chillonas de la elocuencia\u201d. M\u00e1s adelante, en una carta a Garc\u00eda Prada de 1932, insiste en esto y reconoce que en <em>Ifigenia<\/em> hay mucho \u201clirismo innecesario\u201d y una \u201cmusicalidad forzada\u201d que ahora le desagrada \u201cpor falsa y por literaria\u201d. Todo esto es propio<br>de un escritor que ha sabido poner en pasado su obra. Pero es a\u00fan m\u00e1s significativo que, diez a\u00f1os despu\u00e9s, Teresa se reconozca en eso que ahora rechaza porque en esa misma carta ella agrega: \u201cPero es all\u00ed (en el lirismo innecesario, en lo falso y literario) donde est\u00e1 el verdadero reflejo de m\u00ed misma, es decir de mi yo de entonces, es ese exceso de romanticismo en que caemos tan a menudo en el tr\u00f3pico\u2026 La verdadera autobiograf\u00eda est\u00e1 en eso, no en la narraci\u00f3n como cree casi todo el mundo\u2026\u201d. As\u00ed que lo autobiogr\u00e1fico estaba en el estilo, y de eso Teresa no pudo enterarse sino diez a\u00f1os despu\u00e9s.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero, diez a\u00f1os despu\u00e9s de escribirlo, el lirismo de su protagonista le sigue desagradando; s\u00f3lo que ya no piensa que se trata de un mero defecto que \u201cse le escap\u00f3\u201d, como dec\u00eda en 1926, sino como ese trasfondo autobiogr\u00e1fico que su estilo hizo visible en esos golpes de tim\u00f3n que la mano que escribe impuso a lo que trazaba. Tal como ella misma lo dice, Mar\u00eda Eugenia Alonso no se conoce, y sabemos que en eso descansa la iron\u00eda de Teresa; pero diez a\u00f1os m\u00e1s tarde es Mar\u00eda Eugenia quien le descubre que ella, Teresa, no se conoc\u00eda:<\/p>\n\n\n\n<p><em>Para hacer hablar en tono sincero y desenfadado a Mar\u00eda Eugenia Alonso la hice la ant\u00edtesis de m\u00ed misma, le puse los defectos y cualidades que no ten\u00eda, a fin, cre\u00eda yo, de evitar que nadie pudiera confundirme con ella. Pero no calcul\u00e9 que el disfraz s\u00f3lo servir\u00eda para los que me conoc\u00edan muy de cerca y que para los dem\u00e1s la autobiograf\u00eda (confirmada adem\u00e1s por circunstancia exteriores de mi propia vida) iba a ser evidente.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>As\u00ed, lo que la trama establece como oposici\u00f3n y equ\u00edvoco, su ret\u00f3rica lo muestra como ambivalencia. Lo que a Teresa le desagrada de su estilo, lo que ella cree que le \u201csobra\u201d, no era cosa que ella hubiera podido resolver, como si se tratara de un problema est\u00e9tico, porque resulta que no \u201csobraba\u201d. Al contrario, forma parte de ese complejo en el que ella est\u00e1 presa y que es, adem\u00e1s, la materia prima de su obra. Un complejo que luego la vida se encargar\u00e1 de literalizar, como ella misma dice, en esas circunstancia exteriores.<\/p>\n\n\n\n<p>Un escritor puede quitar o agregar palabras atendiendo a inclinaciones est\u00e9ticas; pero no puede \u201ccorregir\u201d la imagen que est\u00e1 en \u00e9l, ni evitar la autonom\u00eda con que esa imagen se le impone como estilo. Presa en medio de las polaridades de la imagen de Ifigenia, ella no pudo dejar de colocarse en un extremo: la l\u00edrica del sacrificio termin\u00f3 por imponerse por encima del tratamiento par\u00f3dico con que comienza la novela.<\/p>\n\n\n\n<p>De <em>Ifigenia<\/em> se hicieron dos ediciones en vida de Teresa. Para la segunda, ella introdujo algunas correcciones. Aun as\u00ed el estilo no vari\u00f3 de manera significativa y los \u201cdefectos\u201d de la primera edici\u00f3n no desaparecieron. Como dijimos antes, no eran del tipo que pod\u00edan eliminarse con s\u00f3lo pulir o recortar. De manera que aquel \u201clirismo innecesario\u201d no sobra. \u00c9l es parte de lo que se cuenta en <em>Ifigenia<\/em>, porque Ifigenia (la del mito) cuenta, sobre todo, lo que Teresa no sab\u00eda que estaba contando.<\/p>\n\n\n\n<p>De alg\u00fan modo ella despu\u00e9s se dio cuenta y en la carta a Garc\u00eda Prada lo insin\u00faa:<\/p>\n\n\n\n<p><em>El p\u00fablico adora las confesiones. Si al principio me di cuenta de esto y me sent\u00ed muy \u00abgen\u00e9e\u00bb y empec\u00e9 a tomarle antipat\u00eda a Ifigenia, ahora el enga\u00f1o me hace gracia. Me parece todo ingenuidad y andanzas de primera juventud, y creo que hasta yo misma he acabado por identifi car un poco mi personalidad de entonces con Mar\u00eda Eugenia Alonso. Cu\u00e1nto me habr\u00eda indignado saber esto mientras escrib\u00eda.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>Mar\u00eda Eugenia no retrata la vida de su autora; sin embargo, su estilo delata esa \u201cingenuidad de primera juventud\u201d. A trav\u00e9s de ella habla y act\u00faa la ingenua juventud de la Ifigenia de Aulis.<br>Y si vista est\u00e9ticamente esta novela es ir\u00f3nica, porque ironiza la ingenua juventud de su protagonista, ahora, vi\u00e9ndola desde una perspectiva m\u00e1s ps\u00edquica, nos revela cu\u00e1nta ingenuidad juvenil hay en toda iron\u00eda novelesca. El autor parodi\u00f3 a su protagonista, pero \u00e9sta a su vez se venga, parodiando al autor.<\/p>\n\n\n\n<p>De modo que si queremos enfocar la imagen m\u00edtica en <em>Ifigenia<\/em> debemos hacerlo a trav\u00e9s del estilo. En los excesos ret\u00f3ricos de Mar\u00eda Eugenia descubrimos la presencia invisible de la virgen de Aulis. Teresa d\u00e9 la Parra so\u00f1aba, al final de su vida, con un estilo aparentemente muy distinto, un estilo \u201cnatural\u201d (dice ella), en el que \u201cuno no se d\u00e9 cuenta de que hay estilo ni literatura, ni nada\u201d. En <em>Ifigenia<\/em>, Mar\u00eda Eugenia despliega su inclinaci\u00f3n a lo literario, el alto concepto en que tiene y practica un estilo que s\u00ed es estilo. Ella est\u00e1 consciente de que escribe pero no de c\u00f3mo lo hace, y la oscilaci\u00f3n entre lo natural y lo impostado de su escritura es parte del conflicto de <em>Ifigenia<\/em>. El estilo de Mar\u00eda Eugenia no es ni rebuscado ni artificioso pero<br>s\u00ed hay en \u00e9l much\u00edsima literatura. Seguramente porque el alma de una hero\u00edna, como la Ifigenia m\u00edtica, tambi\u00e9n est\u00e1 llena de elocuencia y literatura.<\/p>\n\n\n\n<p>Lezama Lima dec\u00eda que al escribir hab\u00eda que \u201chacer visible y secreta la ejecuci\u00f3n para mostrar la plenitud del acabado\u201d. En <em>Ifigenia<\/em> la ejecuci\u00f3n, el estilo, parece estar en un primer plano, como lo est\u00e1n las puntadas en un encaje, no como una mera costura, ni un adorno, sino configurando la tela, regal\u00e1ndose en esa \u201cplenitud del acabado\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p>Al final de Ifigenia, el vestido de novia sobre la silla simboliza el cuerpo sacrificado de Mar\u00eda Eugenia. Es un cuerpo de encaje blanco, fr\u00e1gil e inmaculado; en la blonda del chantilly est\u00e1 la encarnaci\u00f3n de su estilo: la met\u00e1fora palpable de una escritura que crece y se expande y se repite como el dibujo de un encaje apretado, bien tramado, sobre el vac\u00edo de las horas de fastidio, saturando los baches con una puntada fina, a\u00e9rea y reiterativa, que acumula y ensancha sus motivos, pero sin salirse nunca del mismo patr\u00f3n: puntadas exaltadas que figuran toda clase de escapadas en arabesco, pero cerr\u00e1ndose sobre s\u00ed mismas con la humildad de los grandes orgullosos. Ese encaje resume el mundo de toda Ifigenia: inmaculado y virginal, vertiginoso y agobiado como la trama fin\u00edsima de sentimientos con que un alma se adorna y cubre su vac\u00edo. La plenitud del acabado est\u00e1 en las palabras, en su incontinencia verbal, en sus galas ret\u00f3ricas, en su afici\u00f3n al lenguaje figurado y a la hip\u00e9rbole, y es all\u00ed donde podemos leer el mito de esta<br>Ifigenia criolla.<\/p>\n\n\n\n<p>Intuyo que Teresa escribi\u00f3 Ifigenia en medio de ese fastidio en que la sum\u00eda su existencia de joven casadera; desde esa espera tediosa que ocultaba una violencia secreta, tal como la que nos transmite la imagen m\u00edtica de una Ifigenia en T\u00e1uride; el tedio vivido como una crisis latente, como un vivir ag\u00f3nico, una crisis incubada y prolongada, casi infinita, a la espera de<br>un movimiento interior: el reconocimiento del hermano. Un vivir esperando completarse y cumplirse dentro de su propia naturaleza, sin salir de s\u00ed misma (puesto que del hermano se trata). As\u00ed tambi\u00e9n en la escritura de Teresa ocurren cambios, pero esos cambios son modulaciones dentro de un mismo registro. Quiz\u00e1 porque en una naturaleza virginal, dentro de los confines arquetipales que proporciona Artemisa, es decir, dentro del modelo virginal de esa figura, los cambios s\u00f3lo ocurren as\u00ed, y ya no s\u00e9 si podr\u00edamos llamarlos cambios. No son saltos \u2013raptos\u2013 a otros tipos de conciencia. Todo proviene de dentro: el otro es el hermano, nunca el extra\u00f1o o el intruso. Y as\u00ed, su obra queda circunscrita dentro de esos l\u00edmites. Teresa podr\u00e1 cambiar de tema, de ideas, de opiniones, de g\u00e9nero, de t\u00e9cnica, aun de estilo, pero la fuente que la nutre es siempre la misma, su prima materia, y la sustancia de su opus estar\u00e1 siempre enmarcada por esa figura tutelar. La colonia, con su impronta de rebeld\u00edas ilustradas, es la imagen b\u00e1sica que re\u00fane las dos caras de Teresa: all\u00ed est\u00e1 esa vida sencilla, id\u00edlica pero arisca y montuna, el semillero de nuestros h\u00e9roes y el invernadero de nuestras Santas Mujeres. <em>Las memorias de Mam\u00e1 Blanca<\/em> nos pasa esa estampa esencial en la imagen de Piedra Azul, una hacienda, semejante a Venezuela, aislada en un mundo virginal, donde el mal no tiene cabida y la revoluci\u00f3n siempre est\u00e1 pasando por fuera, a mediod\u00eda; es el mundo inocente y travieso de pap\u00e1, mama\u00edta y las ni\u00f1itas, donde Vicente Cochocho, el jardinero, para lo que tiene verdadero \u201cgenio\u201d es para alzarse y cada tanto se marcha de all\u00ed, sin dejar de decirle al patr\u00f3n: \u201cVengo a advertirlo, don Juan Manuel; ma\u00f1ana al mediod\u00eda pasa la revoluci\u00f3n por el cerro. Ya me dieron palabra de que no bajar\u00edan a perjudicarle la hacienda, pero por s\u00ed, o por no, mejor ser\u00e1 que mande a esconder el ganado\u201d.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/maria-fernanda-palacios\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre la autora<\/a><\/h4>\n\n\n\n<h6 class=\"wp-block-heading\">*Forma parte del volumen: Varios (1993). Diosas, musas y mujeres. Caracas: Monte \u00c1vila.<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Mar\u00eda Fernanda Palacios El mito de Ifigenia es algo m\u00e1s que una alusi\u00f3n o un trasunto tem\u00e1tico en la primera novela de Teresa de la Parra. Esas im\u00e1genes est\u00e1n presentes a todo lo largo de su vida y de su obra, ellas orientan su vocaci\u00f3n, modelan su sensibilidad, configuran su escritura y aun impulsan las [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":6,"featured_media":14189,"comment_status":"open","ping_status":"","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_monsterinsights_skip_tracking":false,"_monsterinsights_sitenote_active":false,"_monsterinsights_sitenote_note":"","_monsterinsights_sitenote_category":0,"footnotes":""},"categories":[14],"tags":[],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/14187"}],"collection":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/users\/6"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=14187"}],"version-history":[{"count":1,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/14187\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":14190,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/14187\/revisions\/14190"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media\/14189"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=14187"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=14187"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=14187"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}