{"id":14151,"date":"2024-11-27T17:12:46","date_gmt":"2024-11-27T21:42:46","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=14151"},"modified":"2024-11-27T17:13:14","modified_gmt":"2024-11-27T21:43:14","slug":"la-diosa-del-agua","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/la-diosa-del-agua\/","title":{"rendered":"La diosa del agua (selecci\u00f3n)"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Juan Carlos M\u00e9ndez Gu\u00e9dez<\/h4>\n\n\n\n<p><strong>LA MUJER Y EL TIGRE<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Cuando cumpli\u00f3 quince a\u00f1os los padres de Karibay la encerraron en su casa; esa casa amarilla que se ve despu\u00e9s de Villanueva, como quien va a Sicarigua y se desv\u00eda; mucho antes de La Vig\u00eda y Sanarito, justo en medio de los dos araguaneyes y el curar\u00ed.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abNo vay\u00e1s al r\u00edo, no salg\u00e1s cuando aparezca el sol, no salg\u00e1s cuando sea de noche\u00bb, le dijeron con fuertes voces.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abAfuera el mundo es malo; no hay nada interesante para mirar. Te quedar\u00e1s con nosotros y as\u00ed te preparar\u00e1s para cuidarnos cuando estemos viejos\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Karibay qued\u00f3 silenciosa. Por las ventanas mir\u00f3 las lomas con los cafetales florecidos y pens\u00f3 que una mirada no bastaba para despedirse. Extendi\u00f3 sus brazos, extendi\u00f3 sus dedos como quien quiere tocar la textura de las piedras, pero su padre la golpe\u00f3 con una vara de bamb\u00fa y le dijo que preparase las arepas, que sirviese el suero, que ordenase la ropa en los armarios, que colocase las trampas para espantar los osos, que prendiese las candelas del fog\u00f3n en\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>Pas\u00f3 el tiempo. Karibay no sali\u00f3 jam\u00e1s de su casa. En la \u00e9poca de sequ\u00eda pasaba horas quitando las garrapatas de la piel de sus padres; en la \u00e9poca de lluvia limpiaba con esmero sus ropas llenas de fango.<\/p>\n\n\n\n<p>Y as\u00ed.<\/p>\n\n\n\n<p>A\u00f1o tras a\u00f1o.<\/p>\n\n\n\n<p>En los amaneceres, su pap\u00e1 buscaba agua en el r\u00edo y llenaba la pipa hasta el borde.<\/p>\n\n\n\n<p>Karibay se miraba en el agua.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abN\u00e1 guar\u00e1, soy bella\u00bb descubri\u00f3 un d\u00eda al asomarse a la pipa. Toc\u00f3 el l\u00edquido para refrescarse el rostro y record\u00f3 que cuando todav\u00eda pod\u00eda salir al camino muchas personas le hablaron de Mar\u00eda Lionza, la diosa de la monta\u00f1a, una mujer poderosa, de pechos grandes y m\u00fasculos firmes que viv\u00eda en lo m\u00e1s alto de Sorte, nadando entre cascadas y pozos.<\/p>\n\n\n\n<p>Karibay mir\u00f3 el agua de la pipa y le habl\u00f3 con palabras muy lentas: \u00abDecile a Mar\u00eda Lionza que le mando un beso, decile que estoy encerrada, decile que quiero irme de aqu\u00ed\u00bb. Y esa misma tarde, Karibay puso la pipa de agua en el punto exacto donde entraba un rayo de luz. El sol peg\u00f3 muy fuerte ese d\u00eda, el agua se evapor\u00f3 y se fue al cielo y cuando lleg\u00f3 y se volvi\u00f3 nube viaj\u00f3 hasta Sorte, y al llegar a la parte m\u00e1s alta de la monta\u00f1a llovi\u00f3 sobre el pozo m\u00e1s alto de los pozos m\u00e1s altos y al empapar a Mar\u00eda Lionza le llev\u00f3 las palabras de Karibay.<\/p>\n\n\n\n<p>Mar\u00eda Lionza oy\u00f3 la historia. Luego llam\u00f3 al Negro Felipe y a Guaicaipuro, sus dos hermanos, los dos esp\u00edritus m\u00e1s pr\u00f3ximos a su reinado y les orden\u00f3 que bajasen a casa de la muchacha y averiguasen qu\u00e9 suced\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>Una ma\u00f1ana, mientras los padres de Karibay hab\u00edan salido, Guaicaipuro y el Negro Felipe se asomaron a la casa amarilla. No pudieron entrar; la puerta estaba cerrada con candados, las ventanas no pod\u00edan abrirse porque el pap\u00e1 las hab\u00eda fijado con clavos y en la entrada, el hombre hab\u00eda pintado con sangre de chivo una cruz al rev\u00e9s que tra\u00eda malas fuerzas a todo esp\u00edritu luminoso que intentase acercarse.<\/p>\n\n\n\n<p>Por un peque\u00f1o agujero en la pared el Negro Felipe y Guaicaipuro le dijeron a la muchacha que al d\u00eda siguiente har\u00edan algo para alejar a sus padres y le explicaron lo que ella deb\u00eda decirles en ese instante.<\/p>\n\n\n\n<p>Ya era de ma\u00f1ana; la muchacha preparaba las arepas del desayuno cuando el negro Felipe se asom\u00f3 por la ventana de la izquierda y su piel era tan oscura tan oscura que por ese lado de la casa parec\u00eda noche, y por la otra ventana se asom\u00f3 Guaicaipuro y en su piel llevaba pintadas tantas figuras de arcilla azul que pareci\u00f3 que por ese lado de la casa estaba amaneciendo.<\/p>\n\n\n\n<p>-Va si\u00e9 car\u00e1. \u00bfQu\u00e9 est\u00e1 pasando? -dijo la mam\u00e1 de Karibay-. Por la izquierda parece que es de noche, por la derecha parece que es de d\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>El pap\u00e1 mir\u00f3 las dos ventanas y se puso p\u00e1lido.<\/p>\n\n\n\n<p>Sin dejar de tostar las arepas en el budare, Karibay habl\u00f3.<\/p>\n\n\n\n<p>-Eso pasa cuando el mundo se quiere acabar. Ma\u00f1ana llover\u00e1 candela y no quedar\u00e1 nadie vivo ni de aqu\u00ed a Guait\u00f3, ni de aqu\u00ed a Siquisique.<\/p>\n\n\n\n<p>La mam\u00e1 empez\u00f3 a llorar. Karibay sirvi\u00f3 las arepas en la mesa y derram\u00f3 el suero sobre los platos de peltre.<\/p>\n\n\n\n<p>-Pero hay una manera de evitarlo. Salgan de la casa, borren la cruz que est\u00e1 en la puerta y busquen una ceiba, coman siete hojitas y pidan perd\u00f3n por el mal que han hecho estos a\u00f1os. As\u00ed no llover\u00e1 fuego sobre nosotros.<\/p>\n\n\n\n<p>Temblorosos, los padres la obedecieron. Con una esponja limpiaron la cruz invertida que hab\u00edan pintado y a toda prisa marcharon hacia la ceiba inmensa que se encontraba en una encrucijada. Comieron las siete hojas, de rodillas pidieron perd\u00f3n, y poco a poco se fueron quedando dormidos.<\/p>\n\n\n\n<p>El Negro Felipe y Guaicaipuro aprovecharon para atravesar las paredes de la casa y presentarse a Karibay, que alborozada los recibi\u00f3 y como pudo les cont\u00f3 la historia de su encierro.<\/p>\n\n\n\n<p>Conversaron un rato hasta que el Negro Felipe advirti\u00f3 que el efecto de las hojas de la ceiba estar\u00eda finalizando y pronto volver\u00edan los padres de Karibay. Se despidieron; al marcharse la casa qued\u00f3 impregnada de un olor a tabaco y guasinca que la muchacha intent\u00f3 alejar con manotazos.<\/p>\n\n\n\n<p>-A lo mejor nunca vuelvo a saber de ellos -pens\u00f3.<\/p>\n\n\n\n<p>Mar\u00eda Lionza qued\u00f3 un rato debajo de la cascada. El agua hac\u00eda brillar su piel como si fuese cristal. Pensaba en c\u00f3mo ayudar a Karibay. No era sencillo. Solo las personas sumergidas en el miedo y la esperanza piensan que el poder de los dioses es ilimitado. Supo que Guaicaipuro y el Negro Felipe no pod\u00edan entrar otra vez a la casa porque el padre hab\u00eda pintado de nuevo la cruz invertida que alejaba a los buenos esp\u00edritus. Deb\u00eda solucionarlo de otro modo.<\/p>\n\n\n\n<p>Oy\u00f3 a lo lejos el rugido del tigre. Un rugido lento, ronco, que parec\u00eda brillar como tizones en la oscuridad.<\/p>\n\n\n\n<p>Esa misma noche envi\u00f3 en forma de vapor un sue\u00f1o que viaj\u00f3 hasta Karibay y viaj\u00f3 hasta el tigre. Karibay so\u00f1\u00f3 con el tigre. El tigre so\u00f1\u00f3 con Karibay.<\/p>\n\n\n\n<p>Karibay imagin\u00f3 el calor rudo del tigre entrando a su cama.<\/p>\n\n\n\n<p>El tigre imagin\u00f3 la tersura de la piel de Karibay frot\u00e1ndose contra su pelambre.<\/p>\n\n\n\n<p>Desde esa noche, Karibay descubri\u00f3 que cada ma\u00f1ana se erizaba, como si una electricidad llegase desde los tupidos \u00e1rboles que se contemplaban por la ventana. Un d\u00eda se desnud\u00f3 y entr\u00f3 entera en la pipa de agua. Estuvo mucho rato sumergida en ella. La coloc\u00f3 en el lugar donde el sol hac\u00eda caer sus rayos y pudo ver c\u00f3mo el agua se iba evaporando y se marchaba hasta el cielo para volverse nube. Despu\u00e9s la nube llovi\u00f3 sobre la monta\u00f1a y empap\u00f3 al tigre. El tigre se coloc\u00f3 sobre una piedra para sentir esa agua que lo embriagaba. Era una lluvia distinta a todas las lluvias que hab\u00eda conocido.<\/p>\n\n\n\n<p>Esa misma noche empez\u00f3 a seguir el rastro del olor. Atraves\u00f3 quebradas, caminos, aldeas silenciosas, sembrad\u00edos de ca\u00f1a. Al fin lleg\u00f3 a la casa. La vio: peque\u00f1a, cerrada. Supo que all\u00ed estaba la mujer con la que no dejaba de so\u00f1ar.<\/p>\n\n\n\n<p>El Negro Felipe y Guaicaipuro se colocaron a su lado. Desde la casa, brotaba el olor a ma\u00edz de las arepas y el olor de la mujer.<\/p>\n\n\n\n<p>-Cuando el hombre venga en la ma\u00f1ana a buscar agua; te hac\u00e9s parte del agua -le dijeron los dos esp\u00edritus al tigre.<\/p>\n\n\n\n<p>As\u00ed lo hizo. Al ver al hombre que caminaba con la inmensa pipa vac\u00eda, el tigre se hundi\u00f3 en el r\u00edo; cuando el padre de Karibay llen\u00f3 de agua aquel envase, el animal se escondi\u00f3 en el fondo, acurrucado, encogido en s\u00ed mismo.<\/p>\n\n\n\n<p>El padre de Karibay lleg\u00f3 exhausto a su casa.<\/p>\n\n\n\n<p>-El agua viene hoy m\u00e1s pesada que nunca -le dijo a su mujer, y los dos se marcharon para trabajar en los cafetales.<\/p>\n\n\n\n<p>Una de las ventanas se volvi\u00f3 noche cerrada, la otra, refulg\u00eda como el amanecer. Karibay comprendi\u00f3 que los esp\u00edritus hab\u00edan regresado, que le enviaban una se\u00f1al y comenz\u00f3 a buscar por toda la casa hasta que mir\u00f3 al fondo de la pipa y vio al tigre, que ya estaba casi muerto de tanto aguantar la respiraci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Lo sac\u00f3 de golpe. Parec\u00eda un peque\u00f1o gato apaleado. Lo puso junto al fog\u00f3n donde cocinaba; se quit\u00f3 el vestido y sec\u00f3 al animal con gestos en\u00e9rgicos. El tigre poco a poco fue recuperando las fuerzas. Abri\u00f3 los ojos, vio a la mujer desnuda.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando ella lo llev\u00f3 a su cuarto estuvo a punto de rugir dos veces pero ella le indic\u00f3 silencio.<\/p>\n\n\n\n<p>El Negro Felipe y Guaicaipuro los vieron retozar la ma\u00f1ana entera. El tigre, por instantes ten\u00eda la piel canela de una mujer desnuda; Karibay por instantes era la fiereza de rayas negras en un fondo de oro.<\/p>\n\n\n\n<p>Ambos esp\u00edritus pensaron con melancol\u00eda que era hermosa la batalla que la mujer y el tigre estaban viviendo en esa cama. Y as\u00ed, mientras aquellos dos seres se revolcaban, cay\u00f3 sobre la tierra un aguacero, una lluvia feroz con rel\u00e1mpagos y truenos, porque cuando suceden jadeos felices, se desata sobre el mundo una lluvia interminable que es la tristeza de los esp\u00edritus que ya no tienen un cuerpo para gozar y ser gozados.<\/p>\n\n\n\n<p>El tigre se qued\u00f3 a vivir debajo de la cama de Karibay.<\/p>\n\n\n\n<p>Cada ma\u00f1ana, cuando los padres se marchaban, el tigre asomaba sus patas y ella lo halaba y se montaba sobre \u00e9l.<\/p>\n\n\n\n<p>Karibay qued\u00f3 embarazada. Una, dos, tres veces. Par\u00eda a sus hijos en la noche y los ocultaba dentro de su vestido. El padre, que algunos amaneceres la azotaba con una ca\u00f1a si las arepas estaban crudas, le repet\u00eda con voz recia:<\/p>\n\n\n\n<p>-No par\u00e1s de engordar, com\u00e9s demasiado.<\/p>\n\n\n\n<p>Y ella asent\u00eda y miraba por la ventana mientras con las manos intentaba que sus hijos no se moviesen dentro de su ropa.<\/p>\n\n\n\n<p>En las ma\u00f1anas miraba al tigre; miraba como sus rayas oscuras iban perdiendo brillo y parec\u00edan p\u00f3lvora quemada.<\/p>\n\n\n\n<p>Un d\u00eda despu\u00e9s de que su padre la golpeara con la ca\u00f1a en la cabeza le dijo al tigre.<\/p>\n\n\n\n<p>-Nos vamos. No quiero seguir aqu\u00ed.<\/p>\n\n\n\n<p>El tigre bostez\u00f3; parec\u00eda c\u00f3modo debajo de la cama de Karibay, pero ella le clav\u00f3 las u\u00f1as en el lomo y lo alz\u00f3 sobre sus cuatro patas.<\/p>\n\n\n\n<p>-Oye lo que te digo. Pap\u00e1 tiene una escopeta. No podemos dudar. En cuanto te diga que escapemos, tenemos que salir a toda prisa.<\/p>\n\n\n\n<p>Karibay esper\u00f3 el segundo m\u00e1s oscuro de la madrugada. Apret\u00f3 a sus hijos dentro de su ropa y de nuevo clav\u00f3 sus u\u00f1as en la piel del tigre. Le advirti\u00f3 en la oreja que era el instante exacto y se mont\u00f3 sobre su lomo.<\/p>\n\n\n\n<p>El tigre tens\u00f3 sus m\u00fasculos. Tom\u00f3 impulso, salt\u00f3 hasta la puerta y logr\u00f3 derribarla. El pap\u00e1 de Karibay se despert\u00f3. Hab\u00eda percibido un resplandor dorado y negro que pasaba cerca de \u00e9l y sinti\u00f3 un inmenso fr\u00edo y despu\u00e9s un inmenso calor.<\/p>\n\n\n\n<p>Karibay hab\u00eda so\u00f1ado tantos a\u00f1os con esa huida que supo indicar al tigre por d\u00f3nde avanzar. Primero a la derecha, despu\u00e9s cruzar el puente de Las lloronas, subir seis piedras con formas de dedo, y atravesar la quebrada de Las Limas para llegar hasta Guarico y all\u00ed escapar para siempre de la casa de sus padres.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero a los pocos metros comenz\u00f3 a sentir la escopeta de su pap\u00e1. El hombre los persegu\u00eda y no dejaba de disparar. Sus fogonazos parec\u00edan rayos. La primera vez que dispar\u00f3, el pap\u00e1 de Karibay mat\u00f3 un zorro; la segunda un puerco esp\u00edn; la tercera una ardilla, la cuarta una lapa, la quinta un cachicamo, la sexta un mono, la octava un gavil\u00e1n, la novena una gallineta y la d\u00e9cima una guacharaca.<\/p>\n\n\n\n<p>El camino iba quedando lleno de los animales que mataba el pap\u00e1 de Karibay.<\/p>\n\n\n\n<p>El tigre se iba cansando. Los a\u00f1os oculto debajo de una cama lo hab\u00edan engordado; hab\u00edan entumecido sus m\u00fasculos. \u00abY los pr\u00f3ximos dos disparos ser\u00e1n para nosotros. Y nos dar\u00e1 justo en mitad del coraz\u00f3n\u00bb, pens\u00f3 Karibay y asustada por lo que le pudiese pasar a sus hijos, los sac\u00f3 de su vestido y los lanz\u00f3 con todas sus fuerzas hacia las nubes para que se salvasen, y as\u00ed los hijos del tigre y de Karibay se convirtieron en esas luces amarillas o rojas que aparecen en el cielo cuando va a amanecer o cuando la tarde se va a convertir en noche.<\/p>\n\n\n\n<p>Al fin llegaron a la quebrada. Hab\u00eda llovido; la quebrada era casi tan grande como el r\u00edo Tocuyo. Era inmensa, apenas pod\u00eda verse la otra orilla. El tigre se detuvo en seco. Supo que la corriente los arrastrar\u00eda, que morir\u00edan ahogados. Hundi\u00f3 sus pezu\u00f1as en la tierra.<\/p>\n\n\n\n<p>Karibay tembl\u00f3. Mir\u00f3 a los lados; a la derecha estaba el Negro Felipe escondido en un pino, hacia la izquierda estaba Guaicaipuro escondido en un cedro. Los dos elevaron sus brazos hacia el cielo y le indicaron a Karibay que rezara.<\/p>\n\n\n\n<p>As\u00ed lo hizo. Alz\u00f3 sus dos brazos. Con voz fuerte, poderosa, le pidi\u00f3 a Mar\u00eda Lionza que la ayudase. Era una oraci\u00f3n, un ruego que parec\u00eda salir de la mujer como el canto desesperado de una chicharra. La voz de Karibay salt\u00f3 el aire como una centella que fue rebotando hasta llegar hasta Carora; pas\u00f3 volando sobre Urucure, salt\u00f3 sobre Cabudare y lleg\u00f3 a Sorte donde al fin Mar\u00eda Lionza pudo escucharla.<\/p>\n\n\n\n<p>Las aguas parecieron calmarse, segundos despu\u00e9s burbujearon y en medio de la furiosa quebrada se abri\u00f3 un camino, un camino estrecho donde cab\u00edan Karibay y el tigre.<\/p>\n\n\n\n<p>El animal segu\u00eda con miedo; no se atrev\u00eda a atravesar ese sendero inesperado; pero Karibay le clav\u00f3 las u\u00f1as y le orden\u00f3 que cruzase. \u00abNos van a matar. Corre. Corre\u00bb, grit\u00f3 en la oreja del tigre que al final dio unas r\u00e1pidas zancadas.<\/p>\n\n\n\n<p>Atravesaron el camino mientras soplaba un viento recio.<\/p>\n\n\n\n<p>La quebrada sigui\u00f3 haciendo un ruido de barro, plumas, troncos, espuma, ra\u00edces.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando llegaron al otro lado, descubrieron que el pap\u00e1 de Karibay continuaba persigui\u00e9ndolos. De hecho, lo vieron alzar la escopeta y apuntarlos mientras atravesaba la quebrada. Pero en ese instante el camino se cerr\u00f3 abruptamente; las aguas volvieron a su cauce y envolvieron al hombre. Solo se escuch\u00f3 el primero de sus gritos.<\/p>\n\n\n\n<p>Pesado como piedra, el pap\u00e1 de Karibay qued\u00f3 en el fondo y la fuerza de la corriente lo ahog\u00f3 y lo llev\u00f3 muy lejos, hasta Tocuyo de la costa, donde envuelto en manglares y conchas de coco fue a dar a la mar.<\/p>\n\n\n\n<p>Karibay y el tigre quedaron exhaustos mirando la fuerza de esa corriente que arrastraba piedras pulidas y redondas como huevos.<\/p>\n\n\n\n<p>Esperaron que el sol se elevase.<\/p>\n\n\n\n<p>El tigre se lami\u00f3 las patas.<\/p>\n\n\n\n<p>Karibay mir\u00f3 al cielo y escuch\u00f3 las voces felices de sus hijos saltando entre las nubes.<\/p>\n\n\n\n<p>La mujer respir\u00f3 hondo. Comenz\u00f3 a caminar.<\/p>\n\n\n\n<p>El tigre la sigui\u00f3 con pasos lentos; pasos tan lentos que cada vez se fue quedando m\u00e1s y m\u00e1s rezagado.<\/p>\n\n\n\n<p>Karibay no se detuvo. Sigui\u00f3 caminando y caminando. Hacia un barranco le pareci\u00f3 distinguir al Negro Felipe y a Guaicaipuro saltando entre los cafetales. Los salud\u00f3 con la mano.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando se detuvo a descansar en una piedra, el tigre ya era una mancha entre los \u00e1rboles. Karibay se acarici\u00f3 los pies y bebi\u00f3 el agua de la lluvia que abrillantaba las hojas de los robles. Volvi\u00f3 a emprender su camino. Al llegar la noche, Karibay se detuvo a dormir en unas cuevas cerca de Barquisimeto. Del tigre ya no quedaba ni rastro. La mujer se acost\u00f3 sobre la tierra, estir\u00f3 sus brazos, estir\u00f3 sus piernas.<\/p>\n\n\n\n<p>Cerr\u00f3 los ojos. Despertar\u00eda temprano para mirar las luces coloridas de sus hijos sobre las nubes y as\u00ed seguir caminando sin descanso.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<p>LAS FRUTAS DEL \u00c1RBOL<\/p>\n\n\n\n<p>El sol se comprimi\u00f3 unos segundos, pareci\u00f3 convertirse en la punta de un tiz\u00f3n encendido. Luego estall\u00f3 en mil pedazos. Akn\u00e1n qued\u00f3 paralizado; sobre su rostro llovieron granos de ma\u00edz. Sinti\u00f3 el sabor dulce en sus labios, en su frente, en sus p\u00e1rpados. Sonri\u00f3, pero su piel comenz\u00f3 a arder.<\/p>\n\n\n\n<p>Dio un grito y corri\u00f3 hacia el r\u00edo pero al llegar a su orilla el agua se elev\u00f3 como una nube de tierra que rugi\u00f3 tres veces antes de desaparecer.<\/p>\n\n\n\n<p>Despert\u00f3. Ebbay lo miraba con ojos asombrados, fulgurantes.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfOtro sue\u00f1o?<\/p>\n\n\n\n<p>S\u00ed. Otro sue\u00f1o.<\/p>\n\n\n\n<p>Cu\u00e9ntamelo todo.<\/p>\n\n\n\n<p>Ahora no.<\/p>\n\n\n\n<p>El brazo de la mujer reposaba en su pecho. El roce de aquella piel lo acaloraba, le quitaba la respiraci\u00f3n. Pens\u00f3 en pedirle que se apartara un poco: la noche entraba en la cueva como un aire vaporoso. No dijo una palabra. Quer\u00eda dormirse de nuevo. Dio vueltas, intent\u00f3 buscar una postura en la que su cuerpo se hiciese leve. El brazo de Ebbay continu\u00f3 apoyado sobre su espalda.<\/p>\n\n\n\n<p>A lo lejos, escuch\u00f3 el rumor del r\u00edo y el movimiento sigiloso de la serpiente que a esas horas beb\u00eda de sus aguas.<\/p>\n\n\n\n<p>Supo que la mujer contemplaba su nuca, que miraba sus cabellos, sus orejas, sus hombros. Sinti\u00f3 c\u00f3mo utilizaba las u\u00f1as para quitarle una costra de lodo adherida a su espalda.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfNo puedes dormir?<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfAh?<\/p>\n\n\n\n<p>No puedes dormir.<\/p>\n\n\n\n<p>Tengo sue\u00f1o, estoy exhausto.<\/p>\n\n\n\n<p>Siempre est\u00e1s cansado, Akn\u00e1n.<\/p>\n\n\n\n<p>Siempre estoy cansado, repiti\u00f3 \u00e9l y apret\u00f3 los ojos deseando que el sue\u00f1o lo derrumbase como si fuese un \u00e1rbol golpeado por una centella.<\/p>\n\n\n\n<p>Mir\u00f3 las verduras barnizadas por una miel \u00e1cida. Las mordi\u00f3 con hast\u00edo y trag\u00f3 aquella masa pulposa. Se puso de pie; camin\u00f3 alrededor de \u00e1rboles que parec\u00edan arder bajo el sol de la tarde. Mir\u00f3 a Ebbay. Sinti\u00f3 un pinchazo en la ingle al contemplar el resplandor de esa piel que recordaba la arena del r\u00edo. Se acerc\u00f3 a ella. Luego se detuvo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfA ti no te molesta? susurr\u00f3.<\/p>\n\n\n\n<p>La mujer le pidi\u00f3 que hablase m\u00e1s alto. Akn\u00e1n se acerc\u00f3 a su oreja y volvi\u00f3 a susurrarle.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfA ti no hay tardes en que te parece horrible?<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfDe qu\u00e9 hablas?<\/p>\n\n\n\n<p>Akn\u00e1n tom\u00f3 una bocanada de aire. Rasc\u00f3 sus piernas y tosi\u00f3.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfNo te parece un espanto que \u00c9l siempre est\u00e9 all\u00ed, que siempre pueda vernos?<\/p>\n\n\n\n<p>Las chispas saltaban de la fogata. Akn\u00e1n pens\u00f3 en luci\u00e9rnagas: algunas madrugadas las ve\u00eda moverse por el cielo como si estuviesen trazando un tembloroso camino de luz. Le gustaba contemplarlas a solas, en cuclillas, oculto entre los \u00e1rboles.<\/p>\n\n\n\n<p>Un golpe de viento movi\u00f3 las llamas del fuego.<\/p>\n\n\n\n<p>A veces me parece que la brisa trae palabras, murmur\u00f3, y Ebbay lo observ\u00f3 con detenimiento.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfCu\u00e1les?<\/p>\n\n\n\n<p>Palabras. Palabras que no comprendo: Guarico; Qu\u00edbor; Duaca; Barquisimeto; Sorte.<\/p>\n\n\n\n<p>Suenan bien, dijo la mujer; apart\u00f3 el cabello de sus ojos y mir\u00f3 hacia esa l\u00ednea donde el sol volv\u00eda tembloroso el paisaje.<\/p>\n\n\n\n<p>Quiz\u00e1s al otro lado del r\u00edo hay lugares como este, murmur\u00f3 Akn\u00e1n.<\/p>\n\n\n\n<p>Un sonido silbante se desliz\u00f3 entre los matorrales. La mujer mir\u00f3 unos segundos hacia el lugar desde donde brotaba ese rumor agudo, casi cortante y luego le pas\u00f3 a Akn\u00e1n un cuenco lleno de ma\u00edz. Los granos parecieron crecer al contacto con la luz. Akn\u00e1n tom\u00f3 una piedra, comenz\u00f3 a triturarlos, los coloc\u00f3 unos instantes en el fuego y luego los derram\u00f3 sobre unas hojas de palma.<\/p>\n\n\n\n<p>Comieron en silencio.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfQu\u00e9 piensas? dijo Ebbay.<\/p>\n\n\n\n<p>Nada, respondi\u00f3 Akn\u00e1n.<\/p>\n\n\n\n<p>Y volvi\u00f3 a pensar: \u00abla \u00fanica felicidad viaja en las palabras que vienen de lejos\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Camin\u00f3 un buen rato entre el huerto y despu\u00e9s se dirigi\u00f3 hacia el r\u00edo. Le gust\u00f3 la oscuridad de la tierra bajo sus pies: mullida, esponjosa. Ascendi\u00f3 por las piedras grises que rodeaban el pozo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abAlguna vez \u00c9l dormir\u00e1; alguna vez estar\u00e1 descansando y no podr\u00e1 mirarnos\u00bb, pens\u00f3 al sentir que se mov\u00eda con inusual ligereza y que las nubes flotaban con indolencia. Respir\u00f3 hondo. Agit\u00f3 los brazos. Se coloc\u00f3 junto al pozo de aguas plateadas y se distrajo lanzando guijarros sobre la superficie.<\/p>\n\n\n\n<p>Se detuvo cuando contempl\u00f3 un remolino que se formaba en el centro de las aguas. Retrocedi\u00f3 asustado. Desde all\u00ed surgi\u00f3 un ser peque\u00f1o; una silueta que recordaba el colmillo de un elefante y que despu\u00e9s de mirar a ambos lados, camin\u00f3 sobre las aguas dando breves saltos.<\/p>\n\n\n\n<p>Al llegar a una roca, aquel peque\u00f1o ser dibuj\u00f3 con la punta de sus dedos la imagen de una mujer que se cubr\u00eda el rostro con las manos.<\/p>\n\n\n\n<p>Estuvo largo rato dibujando hasta que sin aviso previo desapareci\u00f3 entre las aguas.<\/p>\n\n\n\n<p>El dibujo de la mujer pod\u00eda parecerse a Ebbay, pero ten\u00eda el cabello oscuro, su piel era m\u00e1s p\u00e1lida, los ojos refulg\u00edan como esmeraldas, y sus pechos y su cintura pose\u00edan una deliciosa violencia, una manera de curvearse que Akn\u00e1n desconoc\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>Al principio quiso correr pero las piernas no le respondieron. Luego se detuvo. Hechizado.<\/p>\n\n\n\n<p>El d\u00eda se desliz\u00f3 sobre el inmenso jard\u00edn. Llegaron las primeras sombras azuladas de la noche.<\/p>\n\n\n\n<p>El dibujo de la mujer pareci\u00f3 moverse de sitio, expandirse hasta llenar la mirada de Akn\u00e1n y luego caminar sobre la tierra h\u00fameda.<\/p>\n\n\n\n<p>Akn\u00e1n nunca supo c\u00f3mo regres\u00f3 a la cueva. No pudo ver los caminos, los arbustos de hojas crujientes, el gran \u00e1rbol central que dominaba el jard\u00edn, la l\u00ednea temblorosa del r\u00edo. El lugar se comprimi\u00f3 hasta desaparecer. En las pupilas de Akn\u00e1n solo suced\u00eda cada poro, cada invisible vena, cada peque\u00f1a marca del cuerpo rotundo de la mujer.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfNunca piensas en el \u00e1rbol?<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfAh?<\/p>\n\n\n\n<p>El \u00e1rbol, Akn\u00e1n, el \u00e1rbol con los frutos que \u00c9l nos dijo jam\u00e1s deb\u00edamos probar.<\/p>\n\n\n\n<p>No. Nunca pienso en \u00e9l, minti\u00f3 Akn\u00e1n y para calentarse la piel acerc\u00f3 sus manos a las llamas de la fogata.<\/p>\n\n\n\n<p>Apret\u00f3 los p\u00e1rpados. Le pareci\u00f3 que mariposas y p\u00e1jaros de tonalidades gaseosas volaban dentro de \u00e9l. Despu\u00e9s vio el \u00e1rbol. El Drago m\u00e1s alto del inmenso jard\u00edn. Una l\u00ednea de madera fragante que sobrepasaba el cielo y que se hund\u00eda hasta el centro de la tierra.<\/p>\n\n\n\n<p>Tiempo atr\u00e1s, durante una de las noches m\u00e1s calurosas, Akn\u00e1n se acerc\u00f3 a su tronco y con violencia arranc\u00f3 dos o tres de sus frutos. Los devor\u00f3 con desesperaci\u00f3n, realizando un feroz ruido con sus dientes, con su garganta. Trag\u00f3 insaciable, escupi\u00f3 trozos de pulpa sobre los hierbajos que circundaban esa parte del jard\u00edn.<\/p>\n\n\n\n<p>Supo que \u00c9l lo miraba. Sinti\u00f3 esa respiraci\u00f3n suya: lenta, tibia, cargada de un olor a\u00f1ejo. Akn\u00e1n regres\u00f3 a la cueva. Le temblaban las piernas, las manos, la mand\u00edbula. Abraz\u00f3 a Ebbay; casi la despert\u00f3 para advertirle lo que hab\u00eda sucedido y as\u00ed esperar juntos el momento cuando \u00c9l apareciese frente a ellos.<\/p>\n\n\n\n<p>El cielo se llen\u00f3 de rel\u00e1mpagos violetas. Hubo dos o tres truenos. Akn\u00e1n esper\u00f3 la llegada de terribles \u00e1ngeles con espadas; la tormenta de fuego de un volc\u00e1n; la invasi\u00f3n de cocodrilos con cuernos de azufre; el crujido de la tierra abri\u00e9ndose bajo sus cuerpos. Nada sucedi\u00f3. Nada. Un minuto. Otro. Otro. La noche. Como siempre. La noche y luego la ma\u00f1ana en la que Ebbay encendi\u00f3 el fuego y le dijo que el r\u00edo hab\u00eda crecido durante la madrugada.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00ab\u00c9l tambi\u00e9n est\u00e1 cansado. Tambi\u00e9n est\u00e1 harto de mirarnos\u00bb, pens\u00f3 y con el filo de una piedra se abri\u00f3 un peque\u00f1o agujero en la mano solo para ver manar la sangre, solo para escuchar los gritos de Ebbay.<\/p>\n\n\n\n<p>Volvi\u00f3 al pozo.<\/p>\n\n\n\n<p>Una. Dos. Tres veces.<\/p>\n\n\n\n<p>Nunca m\u00e1s vio aparecer el dibujo de la mujer.<\/p>\n\n\n\n<p>Subi\u00f3 a la parte alta de la monta\u00f1a para intentar descubrir alg\u00fan rastro. Vio jirafas y garzas hacia la izquierda; adormilados tigres, venados, dantas, conejos y \u00e1guilas hacia la derecha. Cerca de la cueva contempl\u00f3 a la serpiente durmiendo enrollada en el tronco de un arbusto.<\/p>\n\n\n\n<p>El sol parec\u00eda aplanar el paisaje; convertirlo en uno de esos dibujos de arcilla con los que Ebbay se distra\u00eda cuando las horas se hac\u00edan largas y \u00c9l los observaba con especial agudeza.<\/p>\n\n\n\n<p>Akn\u00e1n mir\u00f3 el r\u00edo. Desolado. Hueco.<\/p>\n\n\n\n<p>El agua le pareci\u00f3 una l\u00ednea de humo.<\/p>\n\n\n\n<p>Una noche, Akn\u00e1n despert\u00f3 con otro de sus sue\u00f1os. El sol se quebraba como una vasija de barro y se hund\u00eda en la parte m\u00e1s honda y lejana del r\u00edo.<\/p>\n\n\n\n<p>Esper\u00f3 en silencio. Al ver que la mujer no realizaba ninguna pregunta extendi\u00f3 el brazo y solo consigui\u00f3 el agujero que su cuerpo hab\u00eda ido abriendo en la tierra. Sali\u00f3 sigiloso. Pens\u00f3 en tomar un tiz\u00f3n y encender una rama para avanzar, pero luego prefiri\u00f3 adivinar el camino a trav\u00e9s de sus manos.<\/p>\n\n\n\n<p>Cerca del \u00e1rbol vio a Ebbay acostada sobre unas rocas, iluminada por el resplandor de las hojas del \u00e1rbol. Jadeaba tap\u00e1ndose la boca con su mano. Alrededor de ella, la serpiente la envolv\u00eda y se deslizaba sigilosa, \u00e1gil, incansable. Akn\u00e1n regres\u00f3 a la cueva. Supo que aquellas dos figuras retozar\u00edan toda la noche, hasta que sintieran la amenaza del sol como una advertencia.<\/p>\n\n\n\n<p>Se cubri\u00f3 el rostro con las manos.<\/p>\n\n\n\n<p>Quiz\u00e1 ella tenga raz\u00f3n, pens\u00f3 Akn\u00e1n, el cuerpo es la verdad que poseemos.<\/p>\n\n\n\n<p>Luego pens\u00f3 en el \u00e1rbol.<\/p>\n\n\n\n<p>Pens\u00f3 en el pozo.<\/p>\n\n\n\n<p>Pens\u00f3 en \u00c9l.<\/p>\n\n\n\n<p>Pens\u00f3 en las palabras que tra\u00eda el viento.<\/p>\n\n\n\n<p>Se durmi\u00f3 con las manos colocadas sobre su cara, como una de esas m\u00e1scaras de arcilla que Ebbay invent\u00f3 para divertirse en las tardes de lluvia.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfNo has vuelto a tener sue\u00f1os? pregunt\u00f3 Ebbay una ma\u00f1ana en la que el jard\u00edn amaneci\u00f3 envuelto en una niebla c\u00e1lida.<\/p>\n\n\n\n<p>No, respondi\u00f3 Akn\u00e1n. Luego record\u00f3 que la noche anterior hab\u00eda so\u00f1ado que los \u00e1rboles dejaban de dar frutos, y que el huerto entero se secaba, calcinado por un sol rojo. Despu\u00e9s Akn\u00e1n corr\u00eda desesperado hacia el r\u00edo y al llegar a sus orillas se mord\u00eda su mano y se la tragaba con feroces dentelladas.<\/p>\n\n\n\n<p>No sabe mal, susurraba. Tiene sabor a ma\u00edz. A ma\u00edz un poco crudo.<\/p>\n\n\n\n<p>Avanz\u00f3 en la noche: silencioso, impasible. Supo que Ebbay estar\u00eda demasiado ocupada para echarlo en falta. Se acerc\u00f3 al r\u00edo, busc\u00f3 la parte m\u00e1s delgada de su cauce. Calcul\u00f3 cu\u00e1ntos pasos deber\u00eda dar para atravesarlo. Imagin\u00f3 que pod\u00eda imitar a los peces y deslizarse por el fondo y salir a la otra orilla. Mir\u00f3 la luna. Le pareci\u00f3 un ojo blanco, un ojo que fing\u00eda mirar el jard\u00edn con atenta nitidez pero que solo pod\u00eda contemplar un mundo de nieblas.<\/p>\n\n\n\n<p>Hundi\u00f3 sus manos y sus pies en el agua. Sinti\u00f3 escalofr\u00edos. Se imagin\u00f3 siguiendo hasta el final de esos brazos en los que el r\u00edo se disgregaba. Se imagin\u00f3 corriendo lejos, sin voltear el rostro ni detenerse. Avanz\u00f3 otro poco. Las rodillas le crujieron al contacto con la espuma que se formaba cerca de las piedras. \u00abTanta noche en la noche\u00bb, pens\u00f3, y aterrado regres\u00f3 a la orilla.<\/p>\n\n\n\n<p>Al despertar, le pareci\u00f3 que la cueva guardaba un olor \u00e1cido. Se lo coment\u00f3 a Ebbay. Ella le respondi\u00f3 con un murmullo. Continuaron acostados.<\/p>\n\n\n\n<p>Uno de estos d\u00edas incendiar\u00e9 el \u00e1rbol, susurr\u00f3, pero Ebbay dorm\u00eda de nuevo y no respondi\u00f3. Uno de estos d\u00edas incendiar\u00e9 el \u00e1rbol y el fuego subir\u00e1 hasta el cielo y se hundir\u00e1 hasta el centro de la tierra, murmur\u00f3.<\/p>\n\n\n\n<p>Ebbay le coloc\u00f3 el brazo sobre el pecho.<\/p>\n\n\n\n<p>Akn\u00e1n se qued\u00f3 callado, mucho tiempo, hasta que supo que \u00e9l tambi\u00e9n se quedar\u00eda otra vez dormido.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/juan-carlos-mendez-guedez\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Juan Carlos M\u00e9ndez Gu\u00e9dez LA MUJER Y EL TIGRE Cuando cumpli\u00f3 quince a\u00f1os los padres de Karibay la encerraron en su casa; esa casa amarilla que se ve despu\u00e9s de Villanueva, como quien va a Sicarigua y se desv\u00eda; mucho antes de La Vig\u00eda y Sanarito, justo en medio de los dos araguaneyes y el [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":6,"featured_media":14152,"comment_status":"open","ping_status":"","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_monsterinsights_skip_tracking":false,"_monsterinsights_sitenote_active":false,"_monsterinsights_sitenote_note":"","_monsterinsights_sitenote_category":0,"footnotes":""},"categories":[16],"tags":[],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/14151"}],"collection":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/users\/6"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=14151"}],"version-history":[{"count":2,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/14151\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":14154,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/14151\/revisions\/14154"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media\/14152"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=14151"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=14151"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=14151"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}