{"id":14113,"date":"2024-11-25T17:17:08","date_gmt":"2024-11-25T21:47:08","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=14113"},"modified":"2024-11-25T17:17:08","modified_gmt":"2024-11-25T21:47:08","slug":"los-platos-del-diablo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/los-platos-del-diablo\/","title":{"rendered":"Los platos del diablo"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Eduardo Liendo<\/h4>\n\n\n\n<p>EN EL ROSTRO de Ricardo Azolar se notaba el hast\u00edo, pero no parec\u00eda un hombre atemorizado cuando mir\u00f3 a la multitud que ocupaba la calle cercana al tribunal. Ten\u00eda una barba de pocos d\u00edas y usaba anteojos de gruesa montura de carey.<\/p>\n\n\n\n<p>Los curiosos trataban de descubrir bajo aquella figura apacible la presencia de \u201cEl buitre\u201d, como hab\u00eda mencionado innumerables veces en los medios de comunicaci\u00f3n. Sus manos estaban esposadas hacia adelante y a su lado se encontraban dos polic\u00edas de civil, rodeados por un grupo de guardias uniformados que portaban peinillas desenfundadas.<\/p>\n\n\n\n<p>Al descender la escalera hacia la calle, comenzaron los gritos de la multitud:<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; \u00a1Asesino! \u00a1Impostor!<\/p>\n\n\n\n<p>Ricardo Azolar se atrevi\u00f3 a verlos y reconoci\u00f3 entre ellos al cr\u00edtico literario Gregorio Palma (burlado autor del ensayo <em>En el d\u00e9dalo m\u00e1gico de Ricardo Azolar<\/em>). El cr\u00edtico le grit\u00f3 enfurecido la palabra \u00abrata\u00bb. Un individuo desconocido, quiz\u00e1s exhibicionista, se abalanz\u00f3 para agredirlo: !Tartufo! !Tartufo!, vociferaba, mientras uno de los guardias lo apartaba a un lado amenaz\u00e1ndolo con la peinilla.<\/p>\n\n\n\n<p>Tampoco los periodistas pudieron acercarse para interrogarlo, debiendo permanecer a distancia, con los peque\u00f1os grabadores port\u00e1tiles en el aire como cabezas de serpientes a punto de morder, pero impotentes para registrar alg\u00fan testimonio directo del homicida. Sin embargo, estallaban los flashes, y las c\u00e1maras de televisi\u00f3n apuntaban en direcci\u00f3n al hombre desgarbado. <\/p>\n\n\n\n<p>En esa situaci\u00f3n, acosado por los gritos insultantes, Ricardo Azolar tuvo el desparpajo de realizar un inesperado gesto teatral. Levant\u00f3 sobre su cabeza las manos esposadas y puso sus dedos en \u00abV\u00bb, como una doble se\u00f1al de victoria. Este descaro encoleriz\u00f3 todav\u00eda m\u00e1s a la gente que se encim\u00f3 tratando de cerrarle el paso al grupo de custodia. Los guardias los obligaron a dispersarse arremetiendo con las peinillas, y el inspector Rojas hizo un disparo al aire. <\/p>\n\n\n\n<p>Cuando lo empujaban hacia la camioneta blindada, Azolar mir\u00f3 a Lisbeth, la \u00fanica persona que, para \u00e9l, le daba a esa escena de violencia su dimensi\u00f3n real. Desvi\u00f3 la mirada avergonzado y lament\u00f3 el adem\u00e1n provocador. Nunca lo hubiese hecho sabi\u00e9ndola presente. \u00bfPara qu\u00e9 hab\u00eda ido? <\/p>\n\n\n\n<p>El inspector Rojas lo derrib\u00f3 sobre el asiento posterior del veh\u00edculo y luego se sent\u00f3 a su lado. Los exaltados continuaban gritando y escuch\u00f3 repetirse el nombre de Tartufo. Trat\u00f3 de establecer su semejanza con el abyecto personaje de Moli\u00e9re. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014La maldita literatura \u2014pens\u00f3\u2014 me persigue hasta el fin. Tartufo\u2026 \u00bfPor qu\u00e9 no Ca\u00edn? <\/p>\n\n\n\n<p>Durante el trayecto de regreso a la prisi\u00f3n trat\u00f3 de encontrar el verdadero punto de partida, porque en su imaginaci\u00f3n la realidad adquir\u00eda, por momentos, contornos ficticios. La \u00faltima visi\u00f3n de Lisbeth se hizo lacerante: vestida de negro, silenciosa en el tumulto, con el pelo recogido hacia atr\u00e1s, mir\u00e1ndolo con una intenci\u00f3n impenetrable donde ni siquiera hab\u00eda odio. Se notaba envejecida y fue penoso reconocer en ella la atractiva mujer que hab\u00eda conocido pocos a\u00f1os antes. <\/p>\n\n\n\n<p>Ricardo Azolar se sab\u00eda destruido y sin desde ninguna vitalidad para continuar soportando una existencia negada para la alegr\u00eda; pero desde su entrada a la prisi\u00f3n tuvo el prop\u00f3sito de escribir un testimonio revelador. Ser\u00eda el definitivo enfrentamiento con la palabra, esa gran culpa que lo condujo a la ignominia, al mismo centro del abismo. El ulular de la sirena interrump\u00eda sus cavilaciones y desorganizaba su pensamiento. Atr\u00e1s los segu\u00eda otro veh\u00edculo con el grupo de custodia. La sirena reclamaba imperiosamente el paso aun con los sem\u00e1foros en rojo. Los pasantes miraban curiosos hacia la camioneta y seguramente alg\u00fan lector de diarios lo reconoc\u00eda. La sirena era el grito irracional que alertaba a la ciudadan\u00eda. La intromisi\u00f3n del miedo en la vida cotidiana. Un hombre reducido, aniquilado para s\u00ed mismo, era llevado de modo vertiginoso hasta el lugar donde deb\u00eda padecer una larga condena. <\/p>\n\n\n\n<p>Se cumpl\u00eda as\u00ed la predicci\u00f3n del extra\u00f1o quirom\u00e1ntico de Zurich: \u00abTendr\u00e1s un d\u00eda luminoso y un repentino eclipse\u00bb. Los diarios vespertinos registrar\u00edan la noticia en primera plana: Condenado \u00abEl buitre\u00bb a la pena m\u00e1xima. No faltar\u00edan los pronunciamientos exigiendo una legislaci\u00f3n m\u00e1s severa que dictaminara la sentencia de muerte para esos casos de extrema perversidad criminal. Durante la noche, los noticieros de televisi\u00f3n reproducir\u00edan los sucesos ocurridos frente al tribunal y el ins\u00f3lito momento en que levant\u00f3 sus manos esposadas y mostr\u00f3 en cada una de ellas la se\u00f1al de la victoria. En la peque\u00f1a pantalla se ver\u00eda su gravedad sat\u00e1nica desafiando hasta la misma c\u00f3lera de Dios. Y junto a \u00e9l la inevitable del otro. Daniel valencia, el ala del canto asesinada. <\/p>\n\n\n\n<p>Tampoco olvidar\u00edan la imagen de Lisbeth: vestida de negro, silenciosa en el tumulto, con el pelo recogido hacia a\u00edras. Una figura fr\u00e1gil donde los espectadores podr\u00edan apostar indistintamente a santa o a puta. Para Ricardo Azotar hab\u00eda llegado el d\u00eda de la antigloria. <\/p>\n\n\n\n<p>La historia estaba fatalmente malograda por la realidad. Debla ser narrada \u2014pens\u00f3\u2014 de manera sobria, directa, como un reportaje, evitando los acentos pat\u00e9ticos que deforman la naturalidad. Porque, a pesar de todo, el crimen sigue siendo humano. Quiz\u00e1s Lisbeth podr\u00eda encontrar en ese relato la explicaci\u00f3n que tanto necesitaba para reconstruir su existencia. <\/p>\n\n\n\n<p>Como falsa paradoja, la literatura se negaba a abandonarlo cuando todo estaba perdido; cuando nada, ni la obra maestra, podr\u00eda redimirlo. Ser\u00eda, no obstante, la m\u00e1xima contradicci\u00f3n del autor, que la misma impotencia se convierta en fuente creativa; como si alguien que mata por dinero heredara inesperadamente una cuantiosa fortuna hasta entonces desconocida.<\/p>\n\n\n\n<p>Daniel Valencia lo hubiese comprendido. Sab\u00eda muy bien el valor potencial de la desesperaci\u00f3n en la creaci\u00f3n literaria. De las dos \u00abV\u00bb de la victoria, la verdadera era aqu\u00e9lla que simbolizaba la transformaci\u00f3n de Valencia, del autor sobresaliente, en mito.<\/p>\n\n\n\n<p>La reflexi\u00f3n se escap\u00f3 de su mente. La sirena apag\u00f3 su rabia estruendosa en la puerta de la prisi\u00f3n, y Ricardo Azolar no tuvo la flaqueza de compadecerse.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/eduardo-liendo\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Eduardo Liendo EN EL ROSTRO de Ricardo Azolar se notaba el hast\u00edo, pero no parec\u00eda un hombre atemorizado cuando mir\u00f3 a la multitud que ocupaba la calle cercana al tribunal. Ten\u00eda una barba de pocos d\u00edas y usaba anteojos de gruesa montura de carey. Los curiosos trataban de descubrir bajo aquella figura apacible la presencia [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":6,"featured_media":14114,"comment_status":"open","ping_status":"","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_monsterinsights_skip_tracking":false,"_monsterinsights_sitenote_active":false,"_monsterinsights_sitenote_note":"","_monsterinsights_sitenote_category":0,"footnotes":""},"categories":[15],"tags":[],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/14113"}],"collection":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/users\/6"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=14113"}],"version-history":[{"count":2,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/14113\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":14116,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/14113\/revisions\/14116"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media\/14114"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=14113"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=14113"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=14113"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}