{"id":13925,"date":"2023-11-15T08:23:00","date_gmt":"2023-11-15T12:53:00","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=13925"},"modified":"2024-11-15T08:29:59","modified_gmt":"2024-11-15T12:59:59","slug":"desde-otro-planeta","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/desde-otro-planeta\/","title":{"rendered":"Desde otro planeta"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Rafael Os\u00edo C\u00e1brices<\/h4>\n\n\n\n<p>Me fui. Soy parte de esa categor\u00eda, la de los que se fueron. Tard\u00e9 en decirlo p\u00fablicamente. Es decir, en escribir sobre eso. Vine a hacerlo en ingl\u00e9s, en una cr\u00f3nica que ha tenido un eco sorprendente para m\u00ed, puesto que la revista electr\u00f3nica Z\u00f3calo Public Square, de Los \u00c1ngeles, que la compr\u00f3, sirvi\u00f3 a su vez de puente para otros medios; The Washington Post, The Huffington Post y The Business Insider est\u00e1n entre los que tambi\u00e9n la publicaron, y varios amigos me comentaron que les lleg\u00f3 adem\u00e1s por distintos canales, como el correo electr\u00f3nico o Facebook. Esa nota ha hecho pensar a algunos lectores que la m\u00eda es una historia m\u00e1s dram\u00e1tica de lo que a m\u00ed me parece, y me ha llevado a aclarar, ante interlocutores canadienses o estadounidenses, que yo no soy una v\u00edctima sino un tipo muy afortunado, alguien que se fue de Venezuela sin que le hubieran puesto una pistola en la cabeza o lo hubieran metido preso por hacer alguna oposici\u00f3n demasiado ruidosa al r\u00e9gimen de los herederos de Ch\u00e1vez.<\/p>\n\n\n\n<p>No hab\u00eda dicho que me hab\u00eda ido porque estaba sac\u00e1ndole el cuerpo a la llovizna de insultos que suele desencadenarse sobre quien decide emigrar de Venezuela. Me intriga esa tradici\u00f3n rencorosa del desprecio al que se va. Una tradici\u00f3n que el chavismo, como ha hecho con muchos otros defectos nacionales, incorpor\u00f3 a su bater\u00eda de armas verbales de destrucci\u00f3n masiva. Ese \u201csi no les gusta se pueden ir\u201d, que tanto ha repetido Diosdado Cabello para reforzar el tropo del opositor como \u201cno venezolano\u201d, o ese \u201csientan la patria o v\u00e1yanse de aqu\u00ed\u201d que le vi proferir a Jackeline Far\u00edas con una mueca de sincera repugnancia, son en cierto modo insultos importados, puesto que se trata de otra r\u00e9plica de la pol\u00edtica del odio del r\u00e9gimen castrista que este aprendi\u00f3 a su vez del sovi\u00e9tico: el \u201ccampo socialista\u201d elabor\u00f3 un l\u00e9xico de la represalia para quien \u201cdesertaba\u201d, para quien dejaba de existir como \u201crevolucionario\u201d o \u201cpatriota\u201d y se convert\u00eda en \u201cgusano\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero lo cierto es que esa nomenclatura sovi\u00e9tica de la \u201cdeserci\u00f3n\u201d ha sintonizado en la sensibilidad venezolana con una maledicencia de s\u00f3lido abolengo. Pasa tambi\u00e9n en el resto de Am\u00e9rica Latina, sospecho; a Julio Cort\u00e1zar no lo consideraban un escritor argentino porque viv\u00eda en Par\u00eds. Pero lo que me compete, porque me afecta, es la intensidad que tiene hoy en Venezuela, parte de la intensidad que all\u00ed ha ganado todo tipo de resentimiento. Como si Venezuela no fuera un pa\u00eds sino una organizaci\u00f3n criminal o una secta religiosa, para algunos de los que se quedan el que emigra, el que se sale, adquiere autom\u00e1ticamente la condici\u00f3n de traidor, de cobarde.<\/p>\n\n\n\n<p>No me he puesto a ver, al menos no de modo organizado, pero seguramente uno puede rastrear ese tema en la vasta estela de insultos que ha dejado lo que tenemos por pol\u00edtica desde 1830. Lo m\u00e1s curioso es que ni la historia ni la cultura venezolanas pueden contarse sin el exilio, tan relevante en la formaci\u00f3n o el destino de muchos de los venezolanos m\u00e1s influyentes, de Teresa de la Parra a Carlos Cruz-Diez, de Sim\u00f3n Bol\u00edvar a R\u00f3mulo Betancourt. El provincianismo de Ch\u00e1vez es excepcional en las biograf\u00edas de los l\u00edderes de la Venezuela \u201cmoderna\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p>Y no sabemos hablar de la emigraci\u00f3n porque vulnera hondamente nuestro orgullo de pa\u00eds-que-se-supon\u00eda-ser\u00eda-potencia, de pa\u00eds-que-recib\u00eda-inmigrantes. Nos recuerda que fracasamos. Nos averg\u00fcenza.<\/p>\n\n\n\n<p>Para m\u00ed, emigrar implica adem\u00e1s enfrentar una suerte de crisis de identidad personal. Soy alguien que escribe, y que lo hizo exclusivamente en espa\u00f1ol hasta hace muy poco; aqu\u00ed en Montreal debo abrirme paso en franc\u00e9s y en ingl\u00e9s, en ese orden. Eso me obliga a poner atenci\u00f3n y a responder las innumerables preguntas que tengo sobre este lugar, en la creencia de que a medida que vaya respondi\u00e9ndomelas estar\u00e9 m\u00e1s cerca de hallar la puerta que conduzca a la habitaci\u00f3n que este pa\u00eds debe tener para m\u00ed, a mi lugar en Canad\u00e1. Tal como ten\u00eda, creo, un lugar en Venezuela.<\/p>\n\n\n\n<p>Ese esfuerzo de aprender algo nuevo cada d\u00eda, esa direcci\u00f3n para la curiosidad, aligera los costos emocionales. Entre ellos, el de la culpa del sobreviviente: la asfixiante certeza de que los seres queridos que dejaste atr\u00e1s est\u00e1n viviendo cada d\u00eda peor. A lo doloroso que resulta tenerlos lejos \u2013cada vez m\u00e1s, a medida que se profundiza el conflicto con las aerol\u00edneas; Venezuela es como la balsa de piedra de Saramago que se aleja en el horizonte\u2013 hay que sumar la presi\u00f3n de conseguir ingresos no solo para mantenerse y prosperar, sino para ayudar a los tuyos a defenderse de la escasez y de la inflaci\u00f3n. De la inseguridad no puede uno defenderlos, lo cual alimenta mis frecuentes pesadillas.<\/p>\n\n\n\n<p>Emigrar de la Venezuela de hoy significa desprenderse de mucho. De quienes quieres, del paisaje en el que creciste, y hasta cierto punto del miedo y del odio que se apropiaron del pa\u00eds. La nostalgia, eso s\u00ed, no te deja nunca en paz. La nostalgia por el pa\u00eds que perdimos. La misma nostalgia que ya sent\u00eda, como una esquirla en el esp\u00edritu, a\u00f1os antes de tomar el avi\u00f3n que en marzo de 2014 nos sac\u00f3 de ah\u00ed.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Landing<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Ese es el verbo que se usa incluso oficialmente en Canad\u00e1 para definir el momento en que un inmigrante entra al pa\u00eds por primera vez en calidad de tal, solo o con su familia. Nuestro landing fue incre\u00edblemente fluido, sobre todo para quien viene de Venezuela, el pa\u00eds del no-se-puede. La guardia de frontera que nos sell\u00f3 los pasaportes nos habl\u00f3 en un amable espa\u00f1ol; y luego, en una sala dentro del aeropuerto en la que otras familias hac\u00edan el mismo tr\u00e1mite, otra joven y gentil guardia de fronteras y aduana \u2013armada y uniformada, pero con cola de caballo y lentes de pasta\u2013 nos dijo, tras una media hora de tr\u00e1mites, \u201ccongratulations, ahora ustedes tienen los mismos derechos que un ciudadano canadiense, salvo votar y usar un pasaporte de Canad\u00e1\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p>Nos abrazamos: de parias en el pa\u00eds en que nacimos, a personas en el que apenas nos recib\u00eda. Era una tarde gris en el comienzo de una primavera retardada por el peor invierno en dos d\u00e9cadas. El follaje no hab\u00eda regresado todav\u00eda y las v\u00edas estaban muy maltratadas por la nieve y la sal que la alcald\u00eda vierte para derretirla (adem\u00e1s de por a\u00f1os de corrupci\u00f3n en las obras de infraestructura). La vieja y algo problem\u00e1tica Montreal no luc\u00eda bien ante nuestros ojos ya no de turistas, sino de residentes permanentes. Sent\u00edamos alivio, no j\u00fabilo. Y preocupaci\u00f3n: la que producen los sue\u00f1os cuando se convierten en demandantes realidades.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero el paisaje mejor\u00f3 en las semanas siguientes, cuando explot\u00f3 el verde en los arces innumerables y encontramos apartamento, en un edificio de los 50, relativamente reciente en una ciudad cuyo patrimonio construido se acerca en su mayor\u00eda al siglo. Es de madera, claro. Su piso oscilante y crujiente me hace pensar en barcos y me refuerza la sensaci\u00f3n de que estamos todav\u00eda a la deriva. Y eso pese a que ya hicimos el landing: el aterrizaje. <\/p>\n\n\n\n<p>Ante ese t\u00e9rmino, es imposible para m\u00ed no invocar im\u00e1genes de la ciencia ficci\u00f3n. No solo por mi sesgo generacional o mis gustos personales. En la ciencia ficci\u00f3n no se imaginan solo los riesgos del progreso t\u00e9cnico, sino tambi\u00e9n las consecuencias de sobrepasar las fronteras del mundo conocido, de explorar paisajes con otras leyes naturales y peligros que no se pueden calcular. All\u00ed el h\u00e9roe es un trasgresor, voluntaria o involuntariamente, y siempre es objeto de un castigo por haber violado los l\u00edmites del conocimiento, como Prometeo o Fausto, o los linderos de su patria, como Ulises, su heredero Nemo o la tripulaci\u00f3n del Enterprise.<\/p>\n\n\n\n<p>S\u00ed, sin duda, siento que nosotros no nos vinimos a vivir a otro pa\u00eds, sino a otro planeta. Aqu\u00ed todo es diferente. Lo es la sal, que sala menos. Lo es el agua, que se bebe del grifo y nunca falta; Canad\u00e1 tiene el litoral m\u00e1s extenso (202.000 km, casi 100 veces el de Venezuela, y en tres oc\u00e9anos) y m\u00e1s lagos que cualquier otro pa\u00eds. Lo es el aire, que huele diferente. Y el clima, claro: todo un personaje, un tema, una literatura, una cultura. Es distinto el champ\u00fa que uso, de la misma marca que el que compraba all\u00e1. Son distintos los cambures, el chocolate, el az\u00facar; los ascensores, las aceras, los autobuses, las llaves, los bombillos, los pomos de las puertas. Son distintas las medidas de las cosas, y el hecho mismo de que hay medidas, de que la realidad aqu\u00ed se cuantifica, se documenta y se comunica abundante y sistem\u00e1ticamente.<\/p>\n\n\n\n<p>C\u00f3mo cambia, tambi\u00e9n, la percepci\u00f3n del tiempo. Tres meses m\u00e1s tarde, ya sent\u00eda que llev\u00e1bamos mucho aqu\u00ed. Que ten\u00eda muchos meses sin ver a los m\u00edos, a los que dej\u00e9 atr\u00e1s. Sent\u00eda que se alejaban los horrendos febrero y marzo de 2014, con la violencia literalmente bajo nuestra ventana, cuando sentimos que el pa\u00eds nos terminaba de expulsar. Que incluso 2002 ocurri\u00f3 hace milenios. Ni hablar de 1997, cuando Ch\u00e1vez a\u00fan no estaba en el poder. O de 1988, el \u00faltimo a\u00f1o antes del hito definitorio del Caracazo\u2026 aquello luce tan remoto como el Neol\u00edtico, la sopa primigenia. Como si a ese landing lo hubieran precedido a\u00f1os y a\u00f1os de hibernaci\u00f3n en una nave hacia Neptuno.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>El equipaje demasiado ligero, el equipaje demasiado pesado<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>\u201cAl venirse aqu\u00ed, uno sabe que tiene que retroceder antes de poder avanzar\u201d, dice Gustavo Monsalvo, mi amigo barranquillero del curso de franc\u00e9s. \u201cLos primeros a\u00f1os son duros, sobre todo los primeros meses\u201d, me dicen los amigos venezolanos en Montreal, Toronto y Vancouver.<\/p>\n\n\n\n<p>Supongo que la mayor\u00eda de los inmigrantes, sobre todo los refugiados pol\u00edticos, arriban a Canad\u00e1 \u201ccon una mano adelante y otra atr\u00e1s\u201d, como dice el viejo clich\u00e9 de los relatos de la<br>emigraci\u00f3n a Venezuela. Nosotros llegamos con poco m\u00e1s de lo que el pa\u00eds nos exig\u00eda tener en una cuenta para permitirnos la entrada como trabajadores calificados, y cuatro maletas; un conjunto de circunstancias nos oblig\u00f3 a dejar en Caracas casi todo lo que tenemos y a comprar aqu\u00ed lo indispensable, lo que con una beb\u00e9 significa una lista de cierta extensi\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Lo que tenemos aqu\u00ed es m\u00e1s que lo que posee la mayor\u00eda de la gente en Venezuela. Pero no tenemos cama, TV, licuadora, horno de microondas ni algo con lo que escuchar m\u00fasica m\u00e1s all\u00e1 de la laptop de mi mujer o los celulares. As\u00ed que o\u00edmos m\u00fasica, actividad indispensable para nosotros, sin bajos. Y el piso de madera del viejo apartamento montreal\u00e9s con el que iniciamos la vida aqu\u00ed (antes de mudarnos a uno mejor) vibraba con los bajos de la radio del vecino. Nuestros agudos y sus bajos, dos mitades que no pueden complementarse, produc\u00edan una m\u00fasica imposible que no hac\u00eda sino recordarme cu\u00e1n incompleta es a\u00fan nuestra vida aqu\u00ed, cu\u00e1n desconectados estamos tanto del pa\u00eds del que salimos como del que nos recibi\u00f3.<\/p>\n\n\n\n<p>No solo nos falta el paisaje en el que nos criamos, desaparecido hace tiempo, y el queso guayan\u00e9s y la lechosa roja y las guacamayas y el \u00c1vila, y por supuesto nuestra gente; tambi\u00e9n nos faltan las cosas que acumulamos durante a\u00f1os. En particular, el no tener a nuestro alrededor la biblioteca que dice qui\u00e9nes hemos sido y qui\u00e9nes somos, qu\u00e9 hemos le\u00eddo y qu\u00e9 nos falta por leer, nos hace sentirnos mutilados de nuestra memoria, y por tanto de nuestra historia como seres humanos, de nuestra identidad.<\/p>\n\n\n\n<p>Una ilusi\u00f3n, probablemente, parte de las muchas intoxicaciones que sufre el esp\u00edritu en este proceso. Porque tal vez estamos viendo como demasiado ligero el equipaje tangible, cuantificable, por culpa del otro equipaje, el intangible, el de los prejuicios y las interpretaciones, que por su parte puede que sea demasiado pesado. En la cabeza cargamos toneladas de maletas repletas de expectativas frustradas, quimeras que no cesan de rugir, resistencias del ego, categor\u00edas heredadas\u2026 todo lo que contamina nuestra percepci\u00f3n de lo que estamos viviendo. El tiempo, espero, ir\u00e1 despejando ese bagaje; de nosotros depende que nos procuremos maletas nuevas.<\/p>\n\n\n\n<p>Al fin y al cabo somos hijos de una clase media venezolana muy orgullosa de s\u00ed que cuando viaj\u00f3 lo hizo sin ver, sin hacerse preguntas, sin imaginarse probablemente que alg\u00fan d\u00eda tendr\u00eda que hacerlo para no volver. Entre las muchas cosas que nuestros padres no nos ense\u00f1aron est\u00e1 el c\u00f3mo emigrar. No se les puede culpar por eso. El pa\u00eds en el que nos procrearon no les hac\u00eda pensar a ellos que en el futuro podr\u00edan querer dejarlo.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>La encrucijada de los tres idiomas<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>F\u00edsica, geogr\u00e1ficamente, Montreal es una isla. El r\u00edo San Lorenzo se abre en su camino al oc\u00e9ano Atl\u00e1ntico y abraza una porci\u00f3n de tierra con forma de bumer\u00e1n y medio millar de kil\u00f3metros cuadrados, la mitad de la superficie de Margarita. Aqu\u00ed las gaviotas se pelean las migajas de bagel con las ardillas y las palomas, y la gente que vive en los americanizados suburbios del sur debe cruzar cada d\u00eda el ventarr\u00f3n fluvial sobre viejos puentes que ya casi no aguantan tantos autom\u00f3viles.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero Montreal (Montr\u00e9al en franc\u00e9s, con la t hundida delante del rasgado de la r) es tambi\u00e9n una isla cultural. Solo hay una ciudad franc\u00f3fona en el mundo m\u00e1s grande que esta: Par\u00eds. Montreal es la segunda ciudad de Canad\u00e1 y la metr\u00f3poli de Quebec: una provincia con 1,5 veces el tama\u00f1o de Venezuela y casi ocho millones de habitantes, la mayor\u00eda hablantes exclusivos de franc\u00e9s.<\/p>\n\n\n\n<p>Canad\u00e1 naci\u00f3 en Quebec. Los franceses establecieron aqu\u00ed la primera sociedad colonial y organizaron el negocio de las pieles que dio vida a este pa\u00eds. Pero luego llegaron los ingleses y ganaron la guerra, en la segunda mitad del siglo XVIII. Desde entonces, los descendientes de esos parisinos y borgo\u00f1ones que se enfrentaron al invierno y a la hostilidad nativa se las han arreglado para mantener viva su lengua, rodeados, durante tres siglos, de un oc\u00e9ano de ingl\u00e9s, el del resto de Canad\u00e1 y el de Estados Unidos. La \u201crevoluci\u00f3n tranquila\u201d de los 60 y 70 apart\u00f3 a los angl\u00f3fonos de los negocios y a la iglesia cat\u00f3lica del control social. Quebec emprendi\u00f3 en pocos a\u00f1os y sin apenas derramamiento de sangre las reformas que en Am\u00e9rica Latina costaron muchas d\u00e9cadas y guerras civiles. Pero la modernizaci\u00f3n resucit\u00f3 al secesionismo y cre\u00f3 una pol\u00edtica de centroizquierda que tiene a la defensa del franc\u00e9s como un rasgo central.<\/p>\n\n\n\n<p>Aqu\u00ed, los restaurantes no pueden decir que tienen pasta en el men\u00fa, sino p\u00e2te. El franc\u00e9s es lengua oficial y predominante (no \u00fanica), por ley. Lo cual significa que los inmigrantes que aceptan Quebec deben saber franc\u00e9s para pasar la entrevista de selecci\u00f3n y para insertarse en el mercado laboral. Sus hijos solo pueden obtener educaci\u00f3n en franc\u00e9s en las escuelas p\u00fablicas. Si ese inmigrante es un escritor venezolano cuya segunda lengua es el ingl\u00e9s, debe luchar con el peculiar franc\u00e9s de aqu\u00ed, no con el que aprendi\u00f3 en la Alianza Francesa de Caracas. Debe tratar de entender el joual, el franc\u00e9s de la calle. Y debe por ejemplo enfrentar situaciones como salir de la clase de franc\u00e9s para hablar con una radio en ingl\u00e9s sobre Venezuela. O leerle a su hija cuentos en los tres idiomas.<\/p>\n\n\n\n<p>Las tres lenguas aparecen en los sue\u00f1os y en las angustias. En los e-mails y en la conversaci\u00f3n diaria. Las tres se pelean por su atenci\u00f3n y adelgazan su sensaci\u00f3n de identidad individual. Y le hacen ver que est\u00e1 en una encrucijada, con caminos que llevan a horizontes diferentes.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cada vez m\u00e1s lejos<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>No me he desconectado de Venezuela. Ni creo que pueda. Todas las ma\u00f1anas leo los titulares de las noticias de all\u00e1. Con mucha frecuencia, lamento no estar en Caracas para la presentaci\u00f3n de un libro en el que colabor\u00e9 o para una funci\u00f3n de teatro, la inauguraci\u00f3n de una exposici\u00f3n o una tertulia en una de mis a\u00f1oradas librer\u00edas. No creo que deje alguna vez de extra\u00f1ar el circuito cultural al que asist\u00eda, al que incluso pertenec\u00eda. E intento mantener el contacto frecuente con mis afectos, pregunt\u00e1ndome c\u00f3mo est\u00e1n haciendo para vivir con cierta comodidad. Porque estoy permanentemente angustiado por ellos.<\/p>\n\n\n\n<p>Un emigrante venezolano del presente est\u00e1 obligado a manejar las tensiones de su propia condici\u00f3n de reci\u00e9n llegado en un pa\u00eds extra\u00f1o \u2013apurarse por aprender el idioma (en Montreal, los idiomas), conseguir trabajo, entenderse con el clima, etc.\u2013 y con el pavor de saber que sus seres queridos transitan una situaci\u00f3n de cat\u00e1strofe cotidiana. Uno no puede dejar de pensar en c\u00f3mo est\u00e1n cada d\u00eda m\u00e1s en peligro. En c\u00f3mo pueden conseguir acetaminof\u00e9n si se enferman o en c\u00f3mo pueden hacer mercado. <\/p>\n\n\n\n<p>A eso hay que sumar la vertiginosa sensaci\u00f3n de ver c\u00f3mo ellos, los que se quedaron, y nosotros, los que nos fuimos, estamos cada vez m\u00e1s lejos. Es como pensar en el infinito o como asomarte al borde del trampol\u00edn de una piscina ol\u00edmpica. Algo de lo que quieres apartar tus ojos. Te vas enterando de c\u00f3mo el aislamiento a\u00e9reo se acent\u00faa cada mes, de c\u00f3mo alg\u00fan conocido organiza un viaje que implica volar a Colombia para entrar a Venezuela por C\u00facuta, como Cipriano Castro en 1899, y sientes que Venezuela ya no est\u00e1 al norte de Am\u00e9rica del Sur, sino en la Ant\u00e1rtida.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero el alejamiento no es solo geogr\u00e1fico. Se van ensanchando tambi\u00e9n las brechas en la conversaci\u00f3n. Los emigrados empezamos a censurarnos cuando hablamos con nuestras familias o amigos. Tratamos de mencionar m\u00e1s los defectos del sitio al que llegamos \u2013los adictos en los parques, la edad de los edificios\u2013 que sus virtudes. Porque, \u00bfc\u00f3mo publico en Instagram la colorida imagen de las monta\u00f1as de verduras en los mercados p\u00fablicos de Montreal, sin amargarle el d\u00eda a quien la vea en Venezuela? O \u00bfc\u00f3mo les cuento a los amigos con beb\u00e9s, que deben presentar una partida de nacimiento para comprar pa\u00f1ales, que el Gobierno canadiense acaba de ofrecernos 500 d\u00f3lares para iniciar la cuenta de ahorro de nuestra hija de un a\u00f1o, que ni siquiera es ciudadana de Canad\u00e1, para su futura educaci\u00f3n universitaria? Hace poco coment\u00e9 en Twitter que hab\u00eda conseguido el Ron Santa Teresa 1796 en las licorer\u00edas de la provincia a 55 d\u00f3lares, y me arrepent\u00ed de haberlo hecho al ver multiplicarse las reacciones de desconocidos que me ofrec\u00edan enviarme dos botellas de mi ron favorito a cambio de champ\u00fa o desodorante.<\/p>\n\n\n\n<p>El aislamiento de Venezuela crece en el espacio, pero tambi\u00e9n en el tiempo. El chavismo y sus c\u00f3mplices han ido logrando su prop\u00f3sito de devolverla al sangriento erial del XIX. Incluso en la algo provinciana Canad\u00e1 y en la muy retro Quebec uno nota c\u00f3mo Venezuela se qued\u00f3 atrapada en una internet pavorosamente lenta y una conversaci\u00f3n p\u00fablica endog\u00e1mica y varios a\u00f1os rezagada. Sus emigrados tratamos de dejar ese doloroso horizonte a nuestras espaldas y de mirar adelante, pero con l\u00e1grimas en los ojos. Observando c\u00f3mo nuestros hijos tratan de tocar a sus abuelos a trav\u00e9s de una pantalla.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Los mitos y los sue\u00f1os<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>He hablado de Venezuela como Alderaan: el pac\u00edfico planeta donde creci\u00f3 la Princesa Leia y que al principio de Star Wars: A New Hope ella ve estallar desde una ventana a la que la conduce, con elegante crueldad, su padre, Darth Vader. He pensado en la compra hostil de medios de comunicaci\u00f3n en Venezuela como una parodia de The Invasion of Body Snatchers, una vieja pel\u00edcula en la que los invasores extraterrestres ocupan los cuerpos de los terr\u00edcolas y los despojan de toda capacidad de pensar y de sentir. He recordado a mis amigos escritores y artistas a diario, imagin\u00e1ndolos sobrevivir en ese paisaje de barbarie desatada como islas vivas de civilizaci\u00f3n, que resguardan en sus memorias el patrimonio cultural para cuando pueda reverdecer, como en Fahrenheit 451.<\/p>\n\n\n\n<p>Insisto en usar im\u00e1genes de la ciencia ficci\u00f3n para explicar y explicarme lo que le pasa a Venezuela. Pero tambi\u00e9n suelo recurrir a antiguos mitos para manejar el drama de mi pa\u00eds perdido. Me digo que a partir de la emigraci\u00f3n reemplac\u00e9 con mi complejo de No\u00e9 \u2013el deseo de construir un arca para salvar del cataclismo a los seres m\u00e1s valiosos\u2013 lo que tuve durante mis \u00faltimos a\u00f1os viviendo y escribiendo all\u00e1: mi s\u00edndrome de Casandra, la terrible sensaci\u00f3n de ver venir las desgracias sin la capacidad de prevenir a los dem\u00e1s. Y m\u00e1s recientemente me he visto incurriendo en el error de la mujer de Lot: el quedarme petrificado por voltear a mirar la ciudad en llamas de la que escap\u00e9.<\/p>\n\n\n\n<p>No es casualidad que mi memoria haya convocado precisamente esas referencias: todas ellas tienen en com\u00fan el tema del fin del mundo. De la ciudad, de lo conocido. Sin que se pueda evitar, adem\u00e1s. Leia y Casandra contemplan impotentes la aniquilaci\u00f3n de la urbe en la que se criaron; No\u00e9, Lot y los memoriosos poetas de Fahrenheit 451 pagaron con soledad y con tristeza la carga de sobrevivir a un cataclismo social y pol\u00edtico producido por una mayor\u00eda corrompida. Todos ellos rumian el dolor de ver c\u00f3mo las advertencias fueron deso\u00eddas, c\u00f3mo la muchedumbre avanz\u00f3 jubilosa hacia el precipicio bajo los clarines de la soberbia y de la irracionalidad.<\/p>\n\n\n\n<p>Esos mitos, viejos y recientes, conviven en mi revuelto esp\u00edritu con los sue\u00f1os. Tengo tres clases de pesadillas, dormido y despierto. Las que cuentan cosas que pudieron habernos pasado y no nos pasaron. Las que cuentan cosas que pudieran pasarnos si volvemos. Las que cuentan cosas que pudieran pasarles a quienes dejamos atr\u00e1s.<\/p>\n\n\n\n<p>De todas me cuesta escribir. De muchas de ellas me niego a hablarle a mi esposa: ya ella tiene bastante con las suyas. En todas se envanece una violencia que r\u00ede y ocurren en el mismo escenario: un pa\u00eds que me ha dado tanto las mayores alegr\u00edas como los mayores espantos. Y que es hoy una irrealidad. Una nube de recuerdos en los que abunda tanto la idealizaci\u00f3n como el trauma. Una presencia intangible pero permanente que se me atraviesa ante el paisaje canadiense como una lesi\u00f3n de la vista.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Las palabras que faltan<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Soy un emigrado. O m\u00e1s bien un emigrante, m\u00e1s en gerundio: la emigraci\u00f3n es un proceso que no termina una vez se ha pisado el pa\u00eds de destino, y tal vez no acaba nunca. Lo que yo hice, junto con mi esposa y mi hija, fue, simplemente, emigrar. Es parte esencial de la historia humana, de la del pa\u00eds del que venimos y de la del pa\u00eds que escogimos, Canad\u00e1.<\/p>\n\n\n\n<p>Es un hecho masivo en nuestro continente, que los venezolanos insistimos en ver como<br>extraordinario, solo porque para nosotros lo es. S\u00e9 todo esto, pero tiendo a sentirme como un exiliado y como un desterrado. Aunque tengo muy claro que son t\u00e9rminos que no me corresponden.<\/p>\n\n\n\n<p><em>Destierro<\/em> tiene antiguas connotaciones literarias; era un castigo que usaban las sociedades antiguas y que consist\u00eda en prohibir a un rebelde regresar a su tierra, so pena de muerte. No es mi caso. Pero s\u00e9 que mis posibilidades de morir violentamente son radicalmente distintas si estoy en Canad\u00e1 \u2013con 34 millones de habitantes y menos de 500 homicidios en 2013\u2013 o si visito Venezuela. Y aunque nadie me oblig\u00f3 a irme, aunque irme fue una elecci\u00f3n que yo me sent\u00ed obligado a hacer, es un hecho que el chavismo presion\u00f3 sistem\u00e1ticamente para que muchos lo hici\u00e9ramos. No me montaron los militares en un avi\u00f3n y me mandaron a alg\u00fan pa\u00eds vecino, como le hicieron a Gallegos. No sal\u00ed corriendo porque creyera que estaban a punto de meterme preso. Fue voluntario.<\/p>\n\n\n\n<p><em>Exilio<\/em> es otra palabra que viene a m\u00ed. Un exiliado, como un desterrado, tambi\u00e9n es objeto de una persecuci\u00f3n. Estaban exiliados los pol\u00edticos venezolanos que hu\u00edan de la dictadura en los 50 o los argentinos, chilenos o uruguayos que lo hicieron, en pa\u00edses como Venezuela, en los 70. No soy un republicano espa\u00f1ol en M\u00e9xico tras la victoria de Franco o un liberal checo en Par\u00eds tras la \u201cprimavera\u201d del 68. Pero de todos modos yo me siento parte de los perdedores, los que perdieron su guerra y los que perdieron su pa\u00eds. Los perdedores que siempre hay en un cambio hist\u00f3rico, como tambi\u00e9n hay ganadores. Hubo un cambio hist\u00f3rico en mi pa\u00eds y yo sal\u00ed perdiendo. No perd\u00ed ninguna posici\u00f3n de poder o de riqueza, que no ten\u00eda, pero s\u00ed el entorno profesional para el que me form\u00e9, reducido hoy a cenizas, y tambi\u00e9n el entorno pol\u00edtico, porque no se puede hacer periodismo en una dictadura. Al menos yo no s\u00e9 c\u00f3mo hacerlo.<\/p>\n\n\n\n<p>Lo cierto es que el t\u00e9rmino administrativo de emigraci\u00f3n no me basta. Probablemente les pase lo mismo a muchos otros emigrados venezolanos. Algunos entre nosotros han dicho con sagacidad que llamarse exiliado en vez de emigrado es echarse encima un drama y un aire de heroicidad que no nos toca. Tienen raz\u00f3n. Nada hay en m\u00ed de heroico, por ejemplo.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero aun as\u00ed, siento que emigraci\u00f3n no termina de explicar nuestra situaci\u00f3n. Hay algo m\u00e1s. Me faltan las palabras que definan lo que soy ahora. Las palabras, como mis pasos, parecen estar encima de lava en movimiento. Se desplazan, amenazan con sumergirse, con naufragar. No terminan de ocupar su sitio. O yo no termino de moverlas.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Venezuela<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfC\u00f3mo hablar de esto? \u00bfC\u00f3mo escribir de esto? No olvido. Me esfuerzo por no olvidar. Recuerdo. Recuerdo cuando Harrys Salswach me advirti\u00f3 que tambi\u00e9n pod\u00eda pasar que ellos ganaran. Cuando Ricardo Sucre me dijo que esa Venezuela amable en la que nos criamos no volver\u00e1. Cuando Harry Czechowicz me explic\u00f3 que reemplazaron la Rep\u00fablica de Venezuela por otro pa\u00eds, la Rep\u00fablica Bolivariana de Venezuela, con nosotros dentro.<\/p>\n\n\n\n<p>Mientras recuerdo, me hago preguntas. Entre ellas, \u00bfagradeceremos alguna vez al chavismo el habernos dado el pretexto para decidirnos a emigrar? \u00bfLo hubi\u00e9ramos hecho sin Ch\u00e1vez?<\/p>\n\n\n\n<p>\u201cCanadiense de origen venezolano\u201d. Es el ep\u00edteto pol\u00edticamente correcto que adquirir\u00e9 para m\u00ed, junto con mi esposa y mi hija, si nos establecemos aqu\u00ed. Entre tanto, \u00bfhasta qu\u00e9 punto podremos romper con Venezuela? \u00bfHasta qu\u00e9 punto querremos hacerlo? No romperemos con personas, sabores, recuerdos, trozos de la cultura que nos crio. Puede que s\u00ed lo hagamos con lo colectivo, que es m\u00e1s abstracto. Lo cual pone en cuesti\u00f3n tambi\u00e9n la naturaleza del v\u00ednculo con un pa\u00eds, de la pertenencia. O la sensaci\u00f3n, la ilusi\u00f3n de pertenencia.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfUno realmente pertenece a un pa\u00eds, o solo a los nexos inmediatos, individuales, que uno<br>adquiere en \u00e9l? Por otro lado, \u00bfcu\u00e1n nacional puede ser el v\u00ednculo con un pa\u00eds en el que justamente cuesta tanto sentirse parte de un colectivo y respetar la existencia y los derechos de los otros?<\/p>\n\n\n\n<p>Cada vez que me preguntan de d\u00f3nde soy, uso el pronombre posesivo, \u201cde Venezuela\u201d. Y pienso cu\u00e1n unilateral ha terminado siendo ese v\u00ednculo. Uno es de un pa\u00eds; el pa\u00eds no es de uno. Definitivamente, Venezuela no es nuestra. Nunca lo fue, quiz\u00e1s. Nosotros somos de ella. O \u00e9ramos.<\/p>\n\n\n\n<p>Hace unos a\u00f1os nos fueron cercando otras preguntas. Una de ellas: \u00bfsomos parte de esto? El que se hiciera reincidente la respuesta negativa a esa pregunta nos hizo emigrar. No somos parte de lo que termin\u00f3 siendo Venezuela. De esa enfermedad mental de proporciones epid\u00e9micas. De ese criminal desperdicio de recursos, talentos y vidas enteras. De esa cat\u00e1strofe consensuada.<\/p>\n\n\n\n<p>Queda por resolver el enigma de si en realidad fuimos parte de la Venezuela anterior. Si es que esa \u201cVenezuela anterior\u201d era en verdad otra Venezuela, y no simplemente una imagen light del pasado. Lo que el chavismo despert\u00f3 ya estaba en ella; la Historia lo dice. Y es f\u00e1cil idealizar al pa\u00eds en el que tuviste una buena infancia. Es f\u00e1cil, es reconfortante, decidir creer que ese pa\u00eds que quer\u00edas era otro, y no el mismo que el que lo reemplaz\u00f3, el pa\u00eds de Iris Valera demandando a un aerol\u00ednea \u201cporque para eso somos gobierno\u201d, de Mario Silva insult\u00e1ndome en prime time, de las guarimbas al lado de una escuela de ni\u00f1os especiales, de la fama de Diosa Canales, de los colectivos y los invasores, de las Hummer, las motos chinas, las tumbas profanadas, los narcos uniformados y los militares que eructan en vivo y luego son electos gobernadores de tu estado.<br>No obstante la naturaleza de esas dudas, c\u00f3mo duele, esto.<\/p>\n\n\n\n<p>Yo pensaba antes de irme que emigrar era como divorciarse. \u201cTe amo, de alg\u00fan modo siempre te amar\u00e9, pero no puedo seguir viviendo contigo y s\u00e9 que lo que quer\u00edamos hacer juntos no ocurrir\u00e1 jam\u00e1s\u201d. Pero es peor. He contado ya que una frase que no olvido nunca es la que le dijo a otra amiga caraque\u00f1a su esposo norirland\u00e9s, \u00e9l tambi\u00e9n un inmigrante; \u00e9l lleg\u00f3 a Estados Unidos 30 a\u00f1os atr\u00e1s, ella el a\u00f1o pasado. \u00c9l le dijo: \u201cYou are not only missing your country; you are also grieving for it\u201d. \u201cNo solo a\u00f1oras tu pa\u00eds, est\u00e1s viviendo un duelo por \u00e9l\u201d. Y es as\u00ed. Los pa\u00edses no se mueren. Pero pueden cambiar hasta el punto en que percibas que el nuevo mat\u00f3 al viejo. Que el viejo pa\u00eds que a\u00f1oras no volver\u00e1 a existir.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>La historia por contar<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Durante estos primeros meses en Canad\u00e1 he tenido que confrontarme con el problema conceptual de ponderar mi estr\u00e9s, o mejor dicho mi sufrimiento como emigrado reciente. Es algo dif\u00edcil de explicar a otros inmigrantes latinoamericanos, que en unos cuantos casos est\u00e1n aqu\u00ed como ilegales o como verdaderos refugiados, huyendo del narco o de la miseria total. O a los propios venezolanos que siguen en Venezuela, abrumados por problemas much\u00edsimo m\u00e1s acuciantes. O a los canadienses, cuando manifiestan alg\u00fan inter\u00e9s por el tema, que no tienen nada claro c\u00f3mo un pa\u00eds que se supon\u00eda condenado a la prosperidad est\u00e9 ahora siendo vaciado de su clase profesional, sector social donde la emigraci\u00f3n parece m\u00e1s bien una evacuaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Veo en la prensa lo que pasa en Gaza o Siria, o me entero por mi amigo Francisco Toro de esos campamentos de refugiados africanos donde las agencias internacionales de ayuda tuvieron que reducir las raciones a 850 calor\u00edas por persona y por d\u00eda. Leo historias de emigrantes subsaharianos en los libros de Joe Sacco, lo que tienen que pasar para salir de su pa\u00eds, para atravesar el desierto, para superar el mar, para quedarse en Europa. Junto a eso, lo que ocurre en Venezuela puede parecer a los dem\u00e1s una tonter\u00eda. Con frecuencia siento que a los venezolanos nos miran como est\u00fapidos que desperdiciamos todo lo que ten\u00edamos. Tal vez es cierto.<\/p>\n\n\n\n<p>Soy un privilegiado al lado de esos desesperados que emigraron sin nada salvo heridas y pesadillas. Y sin embargo, hay en nosotros los emigrados un dolor real, digno de reconocerse. Hay verg\u00fcenza. Frustraci\u00f3n. Rencor. <\/p>\n\n\n\n<p>Pero deber\u00edamos ir m\u00e1s all\u00e1 de eso. El hecho de habernos evadido de la c\u00e1rcel conceptual que es la arena p\u00fablica en Venezuela no nos libra de la necesidad de seguir tratando de comprender ese pa\u00eds. A los que estamos afuera nos toca tambi\u00e9n entender mejor, desde aqu\u00ed, lo que pas\u00f3. Entenderlo bien, se entiende. No repetir las mismas simplezas que dec\u00edamos all\u00e1 ni apropiarnos de las que escuchamos decir a los cubanos sobre Cuba o a los colombianos sobre Colombia. Entender Venezuela y explic\u00e1rnosla a nosotros mismos antes que a los dem\u00e1s.<\/p>\n\n\n\n<p>Creo que, en particular, los que escribimos tenemos que ayudar (tanto dentro de Venezuela como fuera de ella) a contar una historia: la de c\u00f3mo se redujo un pa\u00eds de casi 30 millones de personas a este estado de precariedad, sin un terremoto catastr\u00f3fico, sin una epidemia, sin una guerra civil y con una bonanza petrolera. Tom\u00e1s Straka cont\u00f3 recientemente en El Nacional c\u00f3mo sus colegas historiadores en un congreso lo acosaban para preguntarle por qu\u00e9 a Venezuela le ocurri\u00f3 esto. Y propuso un brillante resumen. Por ah\u00ed hay que seguir.<\/p>\n\n\n\n<p>Porque ya no es \u201cel caso Venezuela: la ilusi\u00f3n de armon\u00eda\u201d, como de modo inolvidable titularon Mois\u00e9s Na\u00edm y Ram\u00f3n Pi\u00f1ango el libro colectivo que editaron en los 80, uno de los m\u00e1s s\u00f3lidos conjuntos de presagios informados sobre lo que se nos ven\u00eda encima. El nuevo caso Venezuela es tal vez el comienzo de una nueva mitolog\u00eda para el hemisferio, una nueva f\u00e1bula de lo que no se debe hacer en un continente fecundo en ellas: la de ese pa\u00eds que promet\u00eda muchas cosas pero se fue a la mierda.<\/p>\n\n\n\n<p>Pasaremos a un nuevo tomo en nuestra bipolar autobiograf\u00eda, que ha oscilado por cinco siglos entre el entusiasmo utopista y el m\u00e1s aplastante desconsuelo. Del para\u00edso terrenal de los cronistas de Indias al cuero seco de Guzm\u00e1n Blanco y los bailes de la Billo\u2019s en el C\u00edrculo Militar, y de ah\u00ed a una breve y fr\u00edvola democracia petrolera, para terminar como un tenebroso cautionary tale.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Canad\u00e1<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Quiero seguir pensando, leyendo y escribiendo sobre Venezuela, el pa\u00eds en el que nac\u00ed y crec\u00ed, el pa\u00eds en el que pensaba cuando me form\u00e9. Pero tambi\u00e9n quiero pensar, leer y escribir sobre el pa\u00eds que luego escog\u00ed y me escogi\u00f3, Canad\u00e1.<\/p>\n\n\n\n<p>Quiero entenderlo, porque me desconcierta este pa\u00eds que a primera vista se parece tanto a Estados Unidos pero que desde una segunda mirada comienza a revelar cu\u00e1n distinto es de su vecino, con el que comparte lagos, cordilleras, praderas, econom\u00edas, indicativo telef\u00f3nico, rutas y cultura de masas, pero poco m\u00e1s. Las vastas provincias canadienses son m\u00e1s aut\u00f3nomas y distintas entre s\u00ed que los 50 estados de la Uni\u00f3n, y tienen cada una su primer ministro y su gabinete. En varios sentidos, Canad\u00e1 es m\u00e1s democr\u00e1tico (y much\u00edsimo m\u00e1s pac\u00edfico) que Estados Unidos, pero no es una rep\u00fablica, sino una monarqu\u00eda parlamentaria, y la jefatura del Estado recae todav\u00eda, nominalmente, en la reina Elizabeth II.<\/p>\n\n\n\n<p>Con el franc\u00e9s como segunda idioma y car\u00e1cter oficial, Canad\u00e1 recuerda tambi\u00e9n a Europa en la amplitud de su Estado del bienestar, con sus altos impuestos y su salud gratuita. Pero supera al Viejo Continente con la relativa generosidad ante el inmigrante; su sistema migratorio es cada vez m\u00e1s exigente, pero la actitud de las mayor\u00edas ante la migraci\u00f3n \u2013incluso la musulmana, que genera tantas choques culturales y est\u00e1 relacionada con conflictos armados en los que participan las fuerzas canadienses\u2013 est\u00e1 por fortuna muy lejos de la xenofobia de ultraderecha que avanza en Europa.<\/p>\n\n\n\n<p>Tampoco est\u00e1 Canad\u00e1 atestada, como lo est\u00e1 Europa, de gente y de historia. Aqu\u00ed hay mucho por hacer y mucho espacio. El espacio por poblar es una constante hist\u00f3rica y hasta cierto punto un aliciente para aceptar a\u00fan hoy decenas de miles de inmigrantes cada a\u00f1o. Ese espacio rebosa de recursos cuya explotaci\u00f3n es fuente de numerosas disputas entre pol\u00edticos, empresarios, comunidades ind\u00edgenas y organizaciones ambientalistas. Y lo que queda por hacer es el origen de muchas interrogantes sobre el futuro de un pa\u00eds que a\u00fan discute sobre su identidad. Los canadienses son por lo general gente que aprecia m\u00e1s la estabilidad y la sensatez que la ambici\u00f3n y la desmesura; que defiende la libertad pero tambi\u00e9n la igualdad, y trata a sus minor\u00edas mejor que muchos de sus pares en el mundo industrializado; y que mira con creciente atenci\u00f3n a la Cuenca del Pac\u00edfico, sobre la cual tiene una buena cornisa, y su dinero fresco. Tiene agua, tierra y miner\u00eda como para no preocuparse por el siglo XXI; pero tambi\u00e9n institucionalidad con la que manejar bien esa riqueza, a diferencia de Venezuela.<\/p>\n\n\n\n<p>A seis meses de haber llegado, y sin habernos integrado todav\u00eda del todo, estamos seguros de que Canad\u00e1 es un muy buen lugar para vivir, sobre todo cuando vemos a nuestra hija caminar segura por un parque o cuando la proveemos de todo lo que necesita sin enfrentarnos a las consecuencias de la escasez.<\/p>\n\n\n\n<p>El invierno toca la puerta. Nuestra gente en Venezuela la pasa cada vez peor y no sabemos c\u00f3mo ayudar. Nos queda mucho, mucho por aprender y por lograr aqu\u00ed. Pero tenemos muy buenos amigos. Y aqu\u00ed hay gobierno. Hay Estado de derecho. Hay una libertad que desconoc\u00edamos. Aqu\u00ed no estamos en peligro. Aqu\u00ed se nos permite vivir.<\/p>\n\n\n\n<p>Lo menos que podemos hacer por un pa\u00eds as\u00ed que nos haya aceptado es corresponderle con nuestro progreso. Entender a Canad\u00e1\u2026 y adentrarnos en \u00e9l. Avanzar en el ancho y ventoso paisaje de este otro planeta.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Ep\u00edlogo<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Poco antes de cumplir un a\u00f1o en Montreal, hago un viaje de dos semanas a Venezuela, para ver a los m\u00edos, para llevarles cosas (champ\u00fa, jab\u00f3n, medicamentos, ropa, mucho m\u00e1s de lo que llev\u00e9 en mis viajes a Cuba) y para traerme libros, chocolate y ron. <\/p>\n\n\n\n<p>Iba con dolor de cuello por la tensi\u00f3n, sintiendo que visitar el pa\u00eds en el que hab\u00eda vivido por 40 a\u00f1os era el reto de adaptaci\u00f3n m\u00e1s fuerte de los \u00faltimos tiempos. Me fui pensando incluso, como no lo hab\u00eda hecho con ninguno de mis viajes, que tal vez no regresaba vivo, que quiz\u00e1 me ganaba una bala de las muchas que a diario agujerean el aire y las personas entre el Cabo San Rom\u00e1n y Roraima. Pensar eso me cubr\u00eda de verg\u00fcenza de m\u00ed mismo; me pregunt\u00e9 si me estaba convirtiendo en un patiqu\u00edn temeroso del Primer Mundo que perdi\u00f3 los reflejos y el curtimiento con que casi cualquier habitante de ese pa\u00eds debe levantarse cada ma\u00f1ana.<\/p>\n\n\n\n<p>Tem\u00eda tambi\u00e9n por el costo emocional, as\u00ed que me llev\u00e9 una libreta y un plan de cr\u00f3nica para protegerme el coraz\u00f3n, para atravesar m\u00e9todo y oficio entre la realidad venezolana y mi esp\u00edritu confundido entre la culpa y la angustia.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero no hice ninguna entrevista y apenas abr\u00ed la libreta, para tomar solo unos apuntes del Diccionario de Historia de Venezuela de la Fundaci\u00f3n Empresas Polar. Me concentr\u00e9 en lo \u00edntimo. En comer queso guayan\u00e9s y lechosas de Aragua. En estar con mi familia haciendo poco o nada. Escuch\u00e9 sus relatos del absurdo cotidiano y asimil\u00e9 como pude las malas noticias acumuladas que no hab\u00edan querido contarme por Skype. Hice algunas preguntas, compar\u00e9 testimonios, trat\u00e9 de entender sin concluir. A los pocos amigos que alcanc\u00e9 a ver les ped\u00ed que me explicaran qu\u00e9 estaba pasando, qu\u00e9 hab\u00eda cambiado desde marzo de 2014, cuando me fui. Y fui armando las piezas que encontr\u00e9.<\/p>\n\n\n\n<p>Esto fue lo que vi. Vi, desde el taxi que me sub\u00eda desde Maiquet\u00eda, un pa\u00eds que se empobrece de manera visible, evidente. Un paisaje en ca\u00edda libre, pese a los edificios que se est\u00e1n levantando. Desde la ma\u00f1ana siguiente, cuando logr\u00e9 salir triunfante de una ma\u00f1ana de te\u00f3ricamente sencillas diligencias bancarias, me di cuenta de que Venezuela se hab\u00eda convertido en una maquinaria hace a\u00f1os obsoleta en la que si una pieza se da\u00f1a no hay c\u00f3mo reemplazarla, porque no se consigue o cuesta demasiado, as\u00ed que todo se remienda o se entrega al  abandono. Por segunda vez en la traves\u00eda, record\u00e9 el \u00fanico lugar que conozco donde ese estado general de decadencia catastr\u00f3fica es la normalidad: Cuba.<\/p>\n\n\n\n<p>Ese empobrecimiento est\u00e1, me pareci\u00f3, en todas partes. En la calidad de la cerveza y de la comida; en el sombr\u00edo \u00e1nimo de la gente; hasta en el paisaje cuereado por los latigazos de la invasi\u00f3n y de la sequ\u00eda. Si hubiera estado visitando Venezuela por primera vez me hubiera rebelado contra la dulce leyenda de que es un pa\u00eds hedonista donde se come bien, la gente tiene un gran sentido del humor y la naturaleza rebosa de exuberante esplendor. La verdad, hoy me cuesta mucho sostener esos tropos reconfortantes sobre nosotros mismos.<\/p>\n\n\n\n<p>Estaba preparado para la escasez, porque ya hab\u00eda vivido algo de ella cuando a principios de 2014 los dramas que llevaban a\u00f1os azotando la provincia rebasaron las murallas invisibles de Taz\u00f3n y La Urbina. Creo que no lo estaba tanto para la menos tangible escasez de ideas, de temas. Sent\u00ed en las calles c\u00f3mo todos hablaban de lo mismo la ma\u00f1ana en que decretaron el \u201ccadivazo\u201d. C\u00f3mo segu\u00eda prevaleciendo una suerte de s\u00edndrome del cardumen, particularmente notorio en la hiperemocionalizada twit\u00f3sfera, seg\u00fan el cual demasiada gente repite lo mismo. Pasa en Norteam\u00e9rica tambi\u00e9n, y mucho, pero en Venezuela percib\u00ed que los discursos autom\u00e1ticos segu\u00edan impidiendo a la gente ver las cosas tal cual eran. Cuando escuchaba voces opositoras diciendo \u201cno hemos aprendido nada\u201d o \u201cno hemos tocado fondo\u201d recordaba aquella tarde del \u00faltimo mitin de Ch\u00e1vez en la que decenas de personas declaraban a VTV, usando las mismas exactas palabras, \u201c\u00e9l nos ense\u00f1\u00f3 a pensar por nuestra cuenta\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p>Esa c\u00e1rcel mental que es vivir en Venezuela es algo sobre lo que ya hab\u00eda pensado y escrito, pero que ahora veo con m\u00e1s nitidez, porque ya no estoy dentro de ella. Como tampoco estoy en la c\u00e1rcel econ\u00f3mica. Ganar en d\u00f3lares, por muy poco que es, me hac\u00eda sentir pr\u00f3spero en Venezuela.<\/p>\n\n\n\n<p>Claro, la peor prisi\u00f3n de las muchas que hoy constituyen ese pa\u00eds \u2013un territorio al que Cabrujas ya no podr\u00eda seguir definiendo como un campamento sino como un campo de concentraci\u00f3n mal administrado\u2013 es la prisi\u00f3n f\u00edsica. La certeza de que en cualquier momento y lugar te pueden atracar, secuestrar o matar. Una vez m\u00e1s, tuve suerte, nada me pas\u00f3. Ahora me doy cuenta de que mi hermano y mis amigos siempre me estuvieron protegiendo, llev\u00e1ndome de un sitio a otro como si pensaran que ya no era capaz de andar por ah\u00ed sin hacerme demasiado vulnerable.<\/p>\n\n\n\n<p>A estas alturas ya es una obviedad, ya lluevo sobre mojado cuando escribo esto, pero se hizo muy claro para m\u00ed que en Venezuela casi todo el mundo est\u00e1 preso. Preso de la moneda en que le pagan cuando le pagan, que recuerda el dinero falso de las plantaciones con que los peones estaban obligados a comprar car\u00edsimo en la tienda del patr\u00f3n. Preso de los caprichos de la escasez y de la econom\u00eda impredecible del mercado negro. Preso de la casi imposibilidad de viajar, fuera pero tambi\u00e9n dentro del pa\u00eds. Preso de la p\u00e9sima internet, del racionamiento de agua, de los apagones punitivos. Preso del toque de queda no declarado pero respetado, y de la espantosa certidumbre de que no hay nadie que te proteja, porque el uniformado que deber\u00eda salvarte del malandro es o v\u00edctima constante de ese mismo malandro o su principal competidor en el mercado del terror y de la parasitaria apropiaci\u00f3n del esfuerzo ajeno.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero como pasa tambi\u00e9n en las c\u00e1rceles, los reos se adaptan. Y eso fue lo que sent\u00ed, que la venezolana es una sociedad que se est\u00e1 adaptando a sobrevivir en un pa\u00eds en el que en vez de gobierno hay una organizaci\u00f3n criminal, y en vez de pol\u00edtica un r\u00e9gimen de terror. Los grados de esa adaptaci\u00f3n van desde la heroica resiliencia a la complicidad, pasando por la resignaci\u00f3n y la astucia pr\u00e1ctica. C\u00f3mo determinar qui\u00e9n ejerce cu\u00e1l rol en ese espectro de la supervivencia implica juzgar, y por tanto asumir una posici\u00f3n de asepsia moral que no creo que le corresponda a nadie. Todos hemos negociado con la sombra que cubri\u00f3 Venezuela, en una u otra medida. De esa culpa solo se salvan los ni\u00f1os.<\/p>\n\n\n\n<p>Es un pa\u00eds donde ahora se llama trabajo al contrabando y negocio a la usura y sindicatos a las mafias y periodismo a la propaganda. Los ojos de Ch\u00e1vez contemplan desde vallas que va royendo el solazo el pa\u00eds que le leg\u00f3 a un imb\u00e9cil profesional y en el que unos aut\u00e9nticos genios del saqueo se enriquecen en medio de la miseria general. Es un pa\u00eds donde hay h\u00e9roes, los que se las arreglan para hacer su trabajo sin perjudicar a nadie. Fuera de esas personas que son islas de integridad, vi una sociedad en la que ya casi nada importa.<\/p>\n\n\n\n<p>Nada demasiado diferente de la Venezuela pal\u00fadica de mediados del siglo XIX, donde casi no se produc\u00eda nada y la gente ve\u00eda la vida pasar entre las ruinas de un terremoto que hab\u00eda ocurrido d\u00e9cadas antes.<\/p>\n\n\n\n<p>Me di cuenta de que no tengo ning\u00fan consejo que dar a esta Venezuela. Que ni me siento con el derecho de hacerlo, ni siento que a alguien le interese. Los exiliados solo valemos por las cosas y el dinero que podemos mandar; lo que hemos aprendido rebota contra la densa nube de lugares comunes y de provincianismo psic\u00f3tico con que los venezolanos de adentro (as\u00ed como unos cuantos venezolanos de afuera) insisten todav\u00eda en tener como instrumental para entender, o no entender, lo que les pasa. <\/p>\n\n\n\n<p>Ahora que escribo estas l\u00edneas sobre ese viaje, caigo en cuenta tambi\u00e9n de que no me conmovieron los araguaneyes ni la silueta del \u00c1vila. Ya soy otro que se relaciona con Venezuela desde la memoria y la distancia, y s\u00ed me conmueven las ilustraciones de la costa oriental que M\u00f3nica Doppert hizo hace a\u00f1os para la Margarita de Rub\u00e9n Dar\u00edo que edit\u00f3 Ekar\u00e9, y que mi hija nos hace leerle cada d\u00eda desde que me la traje de Caracas. Esa Venezuela imaginada en ese libro me saca las l\u00e1grimas. La que existe hoy, la que se puede tocar, es un lugar ruidoso e hist\u00e9rico con el que mi cord\u00f3n de pertenencia ya se rompi\u00f3.<\/p>\n\n\n\n<h6 class=\"wp-block-heading\">*Publicada originalmente en The New York Time (agosto 2014\/abril 2015). Texto e imagen fueron tomados del libro: 70 a\u00f1os de cr\u00f3nicas en Venezuela.<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Rafael Os\u00edo C\u00e1brices Me fui. Soy parte de esa categor\u00eda, la de los que se fueron. Tard\u00e9 en decirlo p\u00fablicamente. Es decir, en escribir sobre eso. 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