{"id":13920,"date":"2025-02-10T07:45:54","date_gmt":"2025-02-10T12:15:54","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=13920"},"modified":"2025-02-12T15:34:33","modified_gmt":"2025-02-12T20:04:33","slug":"cuentos-fabbiani-ruiz","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/cuentos-fabbiani-ruiz\/","title":{"rendered":"Dos cuentos de Jos\u00e9 Fabbiani Ruiz"},"content":{"rendered":"\n<h3 class=\"wp-block-heading has-text-align-left\">Ca\u00edn <\/h3>\n\n\n\n<p>Ma\u00f1ana fresca, h\u00fameda de roc\u00edo. <\/p>\n\n\n\n<p>Corre por el mundo grande h\u00e1lito de alegr\u00eda, inundando todas las cosas. Tiembla el viento en la cumbre de los montes y es clara, fresca, el agua entre las junturas de las pe\u00f1as. <\/p>\n\n\n\n<p>En el pecho de Ad\u00e1n hay, como en todas las cosas, mucha alegr\u00eda. Una alegr\u00eda inmensa, que se le desborda del pecho. Sus ojos alientan nueva vida. La estrella de la tarde, la que brilla siempre con una luz p\u00e1lidamente roja, cumpli\u00f3 la promesa: su mujer, la hermosa Eva, dio a luz un segundo hijo. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Otro hijo! \u00a1Otro! \u00a1El que quer\u00edamos! \u00a1El que quer\u00edamos! \u00a1Gracias, Se\u00f1or, Gracias! <\/p>\n\n\n\n<p>La voz poderosa del primer hombre resonaba en la selva como un trueno. Los p\u00e1jaros volaban, t\u00edmidos, y las fieras se acordaban de que hab\u00eda un rey en la Creaci\u00f3n. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Eva! \u00a1Ja! \u00a1Ja! \u00a1Ja! Lev\u00e1ntate de ese mont\u00f3n de hojas y ven conmigo. \u00a1Anda! \u00a1Ja! \u00a1Ja! \u00a1Ja! <\/p>\n\n\n\n<p>Corr\u00eda. Corr\u00eda como un desaforado. Y se daba con los pu\u00f1os en el ancho y velludo pecho, lastim\u00e1ndose. <\/p>\n\n\n\n<p>\u00a1Bun! \u00a1Bun! \u00a1Bun! \u00a1Bun! \u00a1Bun! \u00a1Bun! <\/p>\n\n\n\n<p>Rebotaban r\u00e1pidamente, como redoblantes de tambor. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Ahaaaa\u2026!<\/p>\n\n\n\n<p>Y se revolc\u00f3, tambi\u00e9n, en la hierba. Un calor intenso invadi\u00f3 su cuerpo. Le estremeci\u00f3 las carnes. Era deseo. <\/p>\n\n\n\n<p>No el deseo brutal de la satisfacci\u00f3n del sexo en la hembra, sino m\u00e1s bien un regodeo tranquilo en las purezas de la mujer y en la caricia tierna del hijo. <\/p>\n\n\n\n<p>Se le ampliaron las pupilas. Los ojos del primer hombre brillaron como ascuas. <\/p>\n\n\n\n<p>Hab\u00eda un gigantesco helecho en aquel bosque. Su tronco sosten\u00eda abundoso ramaje, ofreciendo, bajo \u00e9l, fresca y regalada sombra. <\/p>\n\n\n\n<p>Ad\u00e1n encaram\u00f3se en las ramas m\u00e1s altas. El viento, entonces, se entretuvo en jugar con su espesa cabellera. De nuevo sonaron los golpes en el pecho del primer hombre. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Ahaaaa\u2026! <\/p>\n\n\n\n<p>Brincaba de una rama a otra, haciendo estremecer todo el helecho. Desde all\u00ed ve\u00eda su morada, c\u00famulo informe de piedras, cubierto de ramas y hojas secas. <\/p>\n\n\n\n<p>Dentro estar\u00eda la mujer, con el ni\u00f1o en el regazo. El cuerpo extenuado por el dolor del alumbramiento, los ojos enfiebrados, quieta toda ella, seguramente lo esperaba. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Aqu\u00ed estoy! \u00a1Mira, aqu\u00ed estoy! Re\u00eda\u2026 re\u00eda \u2026 re\u00eda\u2026 <\/p>\n\n\n\n<p>Sacudi\u00f3 dos ramas. Una nube de hojas se deshizo en el aire. Ello era para \u00e9l una distracci\u00f3n, como cualquier otra. Infantil, pura, sencilla. Lo hizo varias veces. Le gustaba por eso, porque era sencilla. Como correr, como pescar. Parec\u00edan las hojas diminutas, cuando volaban quebradizas, animales peque\u00f1itos. <\/p>\n\n\n\n<p>Y las nubes, en su correr, tambi\u00e9n lo distra\u00edan. \u00bfPor qu\u00e9 corr\u00edan las nubes? \u00a1Ja! \u00a1Jal \u00a1Ja! \u00bfDe qui\u00e9n huir\u00edan? Seguramente que de Dios. No quer\u00edan importunarlo, acarici\u00e1ndole las pobladas barbas. La c\u00f3lera de Dios era temible, porque se manifestaba en tempestades y huracanes. Recordaba que una vez el Se\u00f1or hab\u00edale tumbado la cerca de su vivienda. \u00c9l no protest\u00f3. Tal vez por eso fue que hubo su mujer un segundo ni\u00f1o, grande, hermoso, como ellos lo desearon. El premio de su mansedumbre. Hab\u00eda satisfacci\u00f3n en \u00e9l cuando imaginaba a la hembra, all\u00e1, acostada, d\u00e9bil, deseando la compa\u00f1\u00eda del var\u00f3n fuerte. Y el var\u00f3n fuerte era \u00e9l. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Ahaaaa\u2026! <\/p>\n\n\n\n<p>Re\u00eda&#8230; re\u00eda\u2026 re\u00eda\u2026<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-right\">&#8211; o &#8211;<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfPor qu\u00e9 sus padres eran tan severos con Ca\u00edn? \u00bfPor qu\u00e9 no le prodigaban caricias como con \u00e9l hac\u00edan? Le dol\u00edan los mimos de Ad\u00e1n y de Eva; le dol\u00edan por el hermano. Porque sent\u00eda sobre s\u00ed, como un reproche, la soledad y el desamparo de Ca\u00edn, que nunca supo sino de la aridez de las rocas abruptas y del yermo cari\u00f1o de quienes lo trajeron al mundo. <\/p>\n\n\n\n<p>Y Ca\u00edn nunca le dirigi\u00f3 palabra. S\u00f3lo una vez, cuando contaba cinco a\u00f1os. Acarici\u00e1ndole las guedejas: <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Eres hermoso \u2014le dijo. <\/p>\n\n\n\n<p>No cre\u00eda que su hermano fuese malo. Si no lo buscaba era porque Ca\u00edn hu\u00eda. Ten\u00eda mucho tiempo en la monta\u00f1a. Desde que Ad\u00e1n le reprendi\u00f3, sin ning\u00fan motivo. <\/p>\n\n\n\n<p>O\u00eda, s\u00ed, los gritos del hermano, cazando fieras. Era herc\u00faleo Ca\u00edn. Por eso el padre no se meti\u00f3 m\u00e1s con \u00e9l. Tem\u00eda su fuerza poderosa. Con raz\u00f3n, pues que Ca\u00edn aplastaba como nueces las cabezas de las serpientes. <\/p>\n\n\n\n<p>Gigante, musculoso, lo recordaba, desde que le vio por \u00faltima vez, hac\u00eda ya alg\u00fan tiempo. Abel pensaba en su hermano esa tarde. Porque oy\u00f3 el grito, desde la monta\u00f1a. Busc\u00f3 en la memoria el rostro de Ca\u00edn. <\/p>\n\n\n\n<p>No lo encontr\u00f3. Y su alma se llen\u00f3 de congoja.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">&#8211; o &#8211;<\/p>\n\n\n\n<p>Va hacia el hogar. <\/p>\n\n\n\n<p>Tranquilo, camina, el viento ech\u00e1ndole sobre el rostro los sedosos cabellos. Ignora \u00e9l mismo qu\u00e9 le va a decir a Ad\u00e1n. S\u00f3lo sabe del reclamo de un derecho para su hermano. Su padre est\u00e1 con la hembra, en el lecho. Por primera vez le enoja la presencia del hijo menor. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Quita! \u2014ruge. <\/p>\n\n\n\n<p>Abel permanece de pie, bajo el techado que cobija la puerta de la vivienda. <\/p>\n\n\n\n<p>La boca del primer hombre babea en espumarajos de rabia insana. Sus manos se crispan nerviosamente, sonando las articulaciones, como pedazos de madera astillada. Hubo un sordo silencio. Y las manos de Ad\u00e1n se mancharon con la sangre de Abel. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Eres injusto, padre. T\u00fa y tu mujer, mi madre, no saben nada de justicia. \u00c9l no es malo \u2014recrimin\u00f3 el hermano de Ca\u00edn, desde su aturdimiento.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">&#8211; o &#8211;<\/p>\n\n\n\n<p>Tarde estuosa. <\/p>\n\n\n\n<p>Ca\u00edn camina despacio, bamboleando el enorme cuerpo de un lado a otro. Dir\u00edgese hacia la fuente escondida, situada en lo m\u00e1s hondo de la monta\u00f1a que \u00e9l llama empinada. <\/p>\n\n\n\n<p>Alt\u00edsima, enhiesta, exuberante, recortada su nuca en el azul sereno del cielo. En ella cazaba y viv\u00eda el hermano de Abel. <\/p>\n\n\n\n<p>Habla consigo mismo. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Le peg\u00f3. \u00bfPor qu\u00e9 le habr\u00e1 pegado? Yo lo vi, desde lejos, darle un golpe en la cara. Recio, porque su mejilla izquierda se llen\u00f3 de sangre. Es su padre, pero hizo mal. No ha debido pegarle. Es violencia, mucha violencia\u2026 <\/p>\n\n\n\n<p>Camina y deshoja una rama que recogi\u00f3 en la vereda olorosa siempre a tierra reci\u00e9n mojada, cuando llueve. <\/p>\n\n\n\n<p>El bosque es frondoso y espeso. Por eso la vereda posee olor a tierra y hojarasca h\u00famedas. El sol llega all\u00ed muy raras veces. Siempre hay frescura dentro del bosque. <\/p>\n\n\n\n<p>El viento zumba entre los \u00e1rboles, articulando y desarticulando esa m\u00fasica rara, peculiar, que todos conocemos. Ca\u00edn corta su lento caminar. Es que encuentra el murmullo de la selva distinto a como siempre ha sido. M\u00e1s hondo, golpea sus o\u00eddos. Le dicen algo los \u00e1rboles en sus inclinaciones dolorosas, en su doblar y des-doblar de ramas. <\/p>\n\n\n\n<p>Ca\u00edn siente como una presi\u00f3n aguda en el pecho. Mesa los vellos recios y largos. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Aha\u2026 ahaaaa\u2026 \u00bfpara qu\u00e9 me quieres, Se\u00f1or? \u00bfEres T\u00fa el que hablas? \u00bfDeseas, acaso, censurarme el que haya huido de casa? No tienes derecho a hacerlo. Sembraste amor en el coraz\u00f3n de Ad\u00e1n y en el de Eva s\u00f3lo para un hijo. Para el otro, para mi, s\u00ed, oye bien, para m\u00ed, que nac\u00ed bueno y que quise seguirlo siendo, rencor profundo depositaste en mis padres\u2026 <\/p>\n\n\n\n<p>Una r\u00e1faga penetra dentro del bosque, brinca y salta dando pu\u00f1etazos aqu\u00ed y all\u00e1 y tira al suelo un \u00e1rbol, cerca del hijo de Ad\u00e1n. La punta de una de las ramas le ha fustigado la cara. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Pero no lo creas. Ca\u00edn no es malo, como su nombre. El coraz\u00f3n del hijo primero del hombre que T\u00fa formaste, es tan grande como el de \u00e9l o como el tuyo. Si hiciste al Hombre igual a Ti, a tu imagen y semejanza y yo soy malo, como ustedes creen, T\u00fa tambi\u00e9n eres malo, m\u00e1s malo, m\u00e1s malo que todos nosotros, porque has sido la causal, porque as\u00ed como sembraste amor, tambi\u00e9n sembraste odio y rencor. \u00bfQu\u00e9 quieres ahora? \u00bfMe recriminas? P\u00e9sate T\u00fa mismo en la balanza y tendr\u00e1s que despe\u00f1arte por los negros y profundos abismos a donde han ido a parar las fieras que se mueren y se pudren. <\/p>\n\n\n\n<p>Paulatinamente arde su cuerpo en ira. Ya es el hombre due\u00f1o de s\u00ed, que se rebela, que protesta. Inyectadas las pupilas, cuajan en carm\u00edn las mejillas. Es todo su cuerpo un raudal de venas inflamadas. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Y ya no hay remedio. Mis hijos ser\u00e1n como su padre o como su abuelo y toda la descendencia ser\u00e1 igual a su ascendencia. Sembraste odio, te lo repito. Ahora recoge frutos. \u00a1Ahaaa&#8230;! \u00bfY T\u00fa eras el Ser bueno y todopoderoso de quien me habla Ad\u00e1n? \u00a1Ja! \u00a1Ja! \u00a1Ja! Todopoderoso ser\u00e1s, pero bueno, \u00a1nunca, nunca! \u00a1Ja! \u00a1Ja! \u00a1Ja!<\/p>\n\n\n\n<p>Suena fuerte, cruzando los aires, estremeciendo los \u00e1mbitos del bosque, el grito de Ca\u00edn, que es como un clarinazo de alarma proclamando el reinado del Hombre sobre la Tierra. <\/p>\n\n\n\n<p>Y \u00e9l mira soberbio a las alturas\u2026 Ca\u00edn ya no quiere llegar hasta la fuente. Es tarde. Casi de noche. Ir\u00e1 ma\u00f1ana, cuando alboree el nuevo d\u00eda. Encima de la monta\u00f1a m\u00e1s alta, apunt\u00f3, temblorosa, la primera estrella\u2026<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">&#8211; o &#8211;<\/p>\n\n\n\n<p>Un hilo de viento fr\u00edo cruz\u00f3 por toda la Tierra. <\/p>\n\n\n\n<p>El coraz\u00f3n del primer hombre no palpita con regularidad. Es que el hilo bati\u00f3 tambi\u00e9n en su pecho. Temeroso, cree en algo grande que pueda sucederle. <\/p>\n\n\n\n<p>\u00a1Era tan grata la vida apacible que llevaban! <\/p>\n\n\n\n<p>Clava sus ojos en los de la mujer. Ella tambi\u00e9n siente miedo. Ambos se olvidan de s\u00ed mismos y oyen, paralizados, el largo ulular del viento que silba y bate en las puertas de la morada del primer hombre. <\/p>\n\n\n\n<p>Silba aguda, implacablemente\u2026<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">&#8211; o &#8211;<\/p>\n\n\n\n<p>Noche con mucha plata en el cielo. Plata pura, maciza, que desbarata las tinieblas de las primeras noches, iluminando al mundo, como si fuese de d\u00eda. <\/p>\n\n\n\n<p>La vereda se le qued\u00f3 atr\u00e1s y ahora est\u00e1 dentro de la morada de los padres. Busca el lecho de Abel. <\/p>\n\n\n\n<p>All\u00ed se encuentra, en un rinc\u00f3n, c\u00famulo de ramas y hojas secas, con pieles de cabra encima. <\/p>\n\n\n\n<p>Aparta con cuidado los mechones de cabello que su hermano tiene sobre la cara, y mira. El p\u00f3mulo derecho se le ofrece abultado, de un color de carne estropeada. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ca\u00edn\u2026 <\/p>\n\n\n\n<p>Murmura quedamente Abel. Y la voz delgada del lastimado llega hasta los o\u00eddos del hermano mayor. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Yo sab\u00eda que t\u00fa no eras malo, que vendr\u00edas a verme. Estaba seguro de ello, Ca\u00edn. Pero ten cuidado, Ad\u00e1n puede despertar. Es mejor evitar una nueva reyerta. El es violento, t\u00fa lo sabes. Vete y vuelve ma\u00f1ana; ellos saldr\u00e1n\u2026 <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014S\u00ed, Abel, volver\u00e9 cuando t\u00fa quieras. S\u00f3lo quer\u00eda saber de ti, verte. Por eso vine. <\/p>\n\n\n\n<p>El hermano menor deja colgar la cabeza hacia la izquierda. Una sombra se escurre y trepa hasta el techo de la vivienda. Una sombra que no es de Ca\u00edn ni es de Abel. Larga, qued\u00f3se inm\u00f3vil, de repente. <\/p>\n\n\n\n<p>Ca\u00edn gir\u00f3 todo el cuerpo.<\/p>\n\n\n\n<p>Y el padre y el hijo se amonestaron con la mirada. Ad\u00e1n avanza hacia el lecho de Abel. Ca\u00edn no se ha movido. <\/p>\n\n\n\n<p>Las sombras, en la morada del primer hombre, se espesaban cada vez m\u00e1s. La plata de la noche fue derriti\u00e9ndose lentamente.<\/p>\n\n\n\n<p>El lecho de Abel est\u00e1 vac\u00edo. <\/p>\n\n\n\n<p>Yace ahora sangriento, entre el padre y el hermano. Intervino cuando este lanzara a aquel una tremenda pedrada. <\/p>\n\n\n\n<p>Y Ad\u00e1n tambi\u00e9n cay\u00f3. No pudo resistir el empuje del hijo mayor.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">&#8211; o &#8211;<\/p>\n\n\n\n<p> Ca\u00edn tambi\u00e9n recogi\u00f3se en la soledad de su alma. <\/p>\n\n\n\n<p>El hilo del viento no ces\u00f3 nunca de batir en los dominios del hombre.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\">Una historia vulgar<\/h3>\n\n\n\n<p>Hoy ha vuelto la tristeza de otros d\u00edas. Se ha escurrido silenciosamente, como siempre, y ha llegado hasta m\u00ed, aguda como punta de alfiler.<\/p>\n\n\n\n<p>En este momento, huyendo de mi mujer, he ca\u00eddo de golpe en el cuarto que tengo asignado. Reposo la humanidad en la mecedora vieja, negra, ancha y muelle. El cuarto siempre est\u00e1 en penumbra, apenas iluminado por unas lamparitas que acostumbro a encender al Sagrado Coraz\u00f3n de Jes\u00fas y a la Virgen del Carmen. La luz del d\u00eda no cabe, no entra en \u00e9l. As\u00ed puedo recapacitar, con toda tranquilidad, sobre lo que ha sido mi vida.<\/p>\n\n\n\n<p>Estoy, pues, solo con las lamparitas. Josefina, que habita en la sala, duerme; y Jos\u00e9, tres a\u00f1os mayor que ella, juega en la calle.<\/p>\n\n\n\n<p>Son los \u00fanicos hijos que me quedan; los otros han muerto, unos al salir del vientre de la madre; otros, meses despu\u00e9s.<\/p>\n\n\n\n<p>Mi mujer, en la cocina, habla sola, disparatadamente. Gorda, inmensa, de carnes blancas y flojas, he comenzado a odiarla. S\u00ed, con un odio silencioso y \u00e1spero, como la tristeza que en este momento, siento dentro de m\u00ed. A veces me da l\u00e1stima, pero no puedo quererla como cuando joven.<\/p>\n\n\n\n<p>Yo creo en Dios; por eso siempre le prendo lamparitas a mis santos. Fuerzan esa creencia muchas cosas, entre ellas un miedo terrible que le tengo a la muerte.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00a1Qu\u00e9 inmensa soledad!<\/p>\n\n\n\n<p>Son las cinco y media de la tarde; hasta m\u00ed llegan el reposo y la tranquilidad de la hora. Ronroneando el gato, taciturno y ondulante, se escurre pegado a la pierna derecha. Es muy amigo m\u00edo y tiene ya cerca de cinco a\u00f1os. Quiere subirse hasta las rodillas, pero se lo impido, pues acostumbra soltar mucho pelo. Mira un rato las paredes del cuarto, curva el espinazo, ma\u00falla y luego se marcha, regresa a la cocina, donde mi mujer prepara los macarrones.<\/p>\n\n\n\n<p>En la sala suena, clara como un cristal que se rompe, la voz de Josefina, llam\u00e1ndome. Ella es delgadita y a menudo enferma. La madre, muy raras veces la deja salir de las habitaciones, pues teme adquiera un resfriado. En ocasiones le combato semejante idea, pero siempre salgo perdiendo, y, adem\u00e1s, temo que mi indignaci\u00f3n llegue al extremo de abrirle el cr\u00e1neo de un garrotazo.<\/p>\n\n\n\n<p>Josefina ha entreabierto la puerta de la sala y me mira con sus ojos claros e inteligentes.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Pap\u00e1, ven \u2014dice, e inclina graciosamente la cabecita.<\/p>\n\n\n\n<p>Despu\u00e9s llega hasta donde estoy y me toma la mano. Yo me dejo conducir.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Si\u00e9ntate y cu\u00e9ntame el cuento del Gallo Pel\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>La miro largamente, me siento en el borde de la cama y comienzo: \u00bfQuieres que te cuente el cuento del Gallo Pel\u00f3n?<\/p>\n\n\n\n<p>Pero mi mujer rompe el silencio de la sala con un agudo chillido:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1V\u00e9nganse a comer!<\/p>\n\n\n\n<p>Y, m\u00e1s bajo, le oigo: marranos\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>A duras penas tengo que ir a la cocina; le digo a Josefina que despu\u00e9s volver\u00e9. Ella no articula m\u00e1s que estas tres palabras:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014S\u00ed, pap\u00e1, ve\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>Es una mesa m\u00e1s grande que peque\u00f1a, restos de mi antiguo esplendor econ\u00f3mico. Es una verg\u00fcenza para un hombre confesar estas cosas, que implican una derrota, pero me he propuesto ser sincero.<\/p>\n\n\n\n<p>Ingiero los macarrones inc\u00f3modamente, pues siento sobre las espaldas el peso de la mirada de mi mujer. Entiendo que me odia, como yo a ella. Antes nos quer\u00edamos, no puedo negarlo, cuando pose\u00edamos dinero, mas ahora sucede todo lo contrario. Un eterno mal humor se cierne sobre nuestras cabezas.<\/p>\n\n\n\n<p>Josefina no est\u00e1 en su puesto de costumbre; la madre le ha prohibido venir. Quisiera tenerla siempre a mi lado, es la \u00fanica dulzura que para m\u00ed hay en la casa. Jos\u00e9 lleg\u00f3 hace un momento y se ha sentado frente a m\u00ed. Este muchacho es bizco, medio idiota. A menudo forma unos alborotos terribles, y Leopoldina dice que cualquier d\u00eda de \u00e9stos lo va a matar.<\/p>\n\n\n\n<p>Nadie habla; s\u00f3lo se oye el ruido de las mand\u00edbulas. Afuera, en el peque\u00f1o corral, se aplasta el ruido de una guayaba que cae.<\/p>\n\n\n\n<p>La tarde se empapa lentamente de triste melancol\u00eda. Un gris plomizo ti\u00f1e el cielo, antes azul.<\/p>\n\n\n\n<p>Ma\u00f1ana debo salir temprano a ver si me pagan la comisi\u00f3n de una venta que hice la semana pasada. Da flojera pensarlo, con estos calambres que han comenzado a atacarme las piernas.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfQu\u00e9 me ves? \u2014pregunto b\u00e1rbaramente a mi hijo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Nada, pap\u00e1, nada. Pero no me grites \u00bfo\u00edste?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Calla, grosero!<\/p>\n\n\n\n<p>Jos\u00e9 inclina la cabeza, mas en esa aparente sumisi\u00f3n descubro una gran rabia interior.<\/p>\n\n\n\n<p>Leopoldina, a medida que quita los platos, los va lavando. Ella come despu\u00e9s; yo no podr\u00eda resistirla.<\/p>\n\n\n\n<p>Repentinamente, descargo un pu\u00f1etazo sobre la mesa.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Carajo!<\/p>\n\n\n\n<p>Jos\u00e9 abre desmesuradamente los ojos.<\/p>\n\n\n\n<p>Leopoldina dej\u00f3 caer unas cuantas gotas de caf\u00e9 caliente en el cuello y se me chorrearon a lo largo de la columna vertebral.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Cuidado, pap\u00e1, que te va a doler la cabeza \u2014apenas puede articular Jos\u00e9.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Eres un animal, mujer del demonio!<\/p>\n\n\n\n<p>Al momento tuve que dejar la cocina; ya en la puerta de mi cuarto, o\u00ed el llanto entrecortado de Leopoldina\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>La noche, clara, sin los grises de la tarde, la entreveo a trav\u00e9s de los barrotes de los dos ojos de la puerta; la siento en el absoluto silencio de la hora.<\/p>\n\n\n\n<p>Todos duermen; dos gatos acuchillan este silencio acogedor con sus maullidos desagradables. El \u00fanico momento en que puedo mirarme a m\u00ed mismo. En la sala tambi\u00e9n duerme mi mujer; hasta aqu\u00ed llegan sus prolongados resoplidos. Rezo un Padre Nuestro, porque olvid\u00e9 hacerlo al principio, antes de acostarme.<\/p>\n\n\n\n<p>Las llamas de las lamparitas tambalean, crepitan, casi se extinguen.<\/p>\n\n\n\n<p>Quiero levantarme, y no puedo; una gran pesadez lo impide. Quiero levantarme para ver la noche espl\u00e9ndida, para llenarme con su frescura, y as\u00ed descansar un poco de esta fatiga interior que me agobia.<\/p>\n\n\n\n<p>Y, lentamente, siento como un hervor en todo el cuerpo. Algo que fuese quemando hasta la \u00faltima c\u00e9lula de mi cuerpo; un desgarramiento total. Pienso en mi mujer, pero hace tiempo que sus carnes se han reblandecido, que sus pechos cuelgan, inertes.<\/p>\n\n\n\n<p>Inconsciente, venzo la pesadez que me agobia, y arrastro mi cuerpo hasta la sala. Leopoldina duerme pesadamente. Un aire caliente, denso, comprime este cuarto sin luces y sin ventanas. Recuerdo los ojos de la puerta del m\u00edo y la fuerza sensual del pedazo de cielo que a trav\u00e9s de ellos se ve.<\/p>\n\n\n\n<p>La s\u00e1bana no le cubre todo el cuerpo; el seno derecho me ofrece su blancura.<\/p>\n\n\n\n<p>Pienso que algunas veces he querido golpearla. Pero el deseo es fuerte, agobia como la pesadez de hace un momento.<\/p>\n\n\n\n<p>Creo sudar. Las sienes golpean con fuerza.<\/p>\n\n\n\n<p>Muy cerca tengo ya el aliento de mi mujer.<\/p>\n\n\n\n<p>Mas ella ha entreabierto los ojos y hubiese gritado si no le tapo la boca con la mano derecha; en la izquierda sostengo el seno blando, fl\u00e1ccido.<\/p>\n\n\n\n<p>Poco a poco escurro la mano hasta ce\u00f1ir con ella la cintura.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014No, Pancho, por Dios, que estoy enferma\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>Yo no le respondo nada. Cada vez me acerco m\u00e1s y m\u00e1s al cuerpo de mi mujer.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Que me dejes, que me est\u00e1s haciendo da\u00f1o\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>Suspiro fuertemente, igual que un fuelle.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Vas a despertar a Josefina, vete para tu cuarto\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>Con pausa, en medio de la atm\u00f3sfera tensa de la sala, fu\u00ed sintiendo que me invad\u00eda una dulce tranquilidad\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>Amaneci\u00f3 la ma\u00f1ana muy friolenta. Hab\u00eda olvidado decir que cruz\u00e1bamos el mes de diciembre. Bostec\u00e9 ampliamente y mir\u00e9 largo rato el ojo de la puerta.<\/p>\n\n\n\n<p>Un aire fresco penetra por \u00e9l. Palpo un recuerdo lejano; creo que mi mujer ha sido s\u00f3lo una pesadilla; pero el ruido de los platos en la cocina me trae a la realidad de las cosas. Soy casado y tengo dos hijos; me considero un hombre irremediablemente perdido.<\/p>\n\n\n\n<p>Pocos momentos despu\u00e9s la voz de Leopoldina se escurre por las rendijas de la puerta:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfNo vas a tomar caf\u00e9, Pancho?<\/p>\n\n\n\n<p>Ella espera; yo no le contesto.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfEst\u00e1s sordo, Pancho?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014S\u00ed, tr\u00e1emelo con leche.<\/p>\n\n\n\n<p>Tuve que hacerlo. No la puedo ver; sin embargo \u2014ya lo dije\u2014 me da l\u00e1stima a veces.<\/p>\n\n\n\n<p>Instintivamente, busco mi reloj, un reloj grande, de plata, con dos rub\u00edes y creo que un peque\u00f1o brillante. Es un reloj de bodas y lo quiero como si fuese un hijo.<\/p>\n\n\n\n<p>Las ocho, debo levantarme. Con este fr\u00edo, se entumece todo el cuerpo. Todav\u00eda se regala un suave calor de cobija, pero afuera me espera el agua fr\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>De nuevo se acercan los zapatones de mi mujer.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Pasa \u2014le adelanto.<\/p>\n\n\n\n<p>Ella sit\u00faa la tacita en una silla que siempre coloco a la cabecera de la cama. Nos miramos de reojo. Quise hablarle; un fuerte portazo cort\u00f3 mis intenciones.<\/p>\n\n\n\n<p>El caf\u00e9 me defender\u00e1 contra el fr\u00edo, no hay duda. Y lentamente me voy calzando los zapatos, poniendo los pantalones. \u00a1Qu\u00e9 agradable es este aire de ma\u00f1ana! El agua del chorro al caer en el viejo barril suena como una m\u00fasica ni\u00f1a, que tambi\u00e9n quiere el amanecer.<\/p>\n\n\n\n<p>Jos\u00e9 y su hermanita no se han levantado. Mejor, no puedo dilatarme. Desde la puerta de la cocina pregunto a mi mujer si hay desayuno.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfCu\u00e1l desayuno? \u00bfMe diste dinero acaso para que lo comprara? El poquito de leche que tengo ah\u00ed es para Josefina.<\/p>\n\n\n\n<p>En verdad, ayer yo no entregu\u00e9 diario. \u00a1Qu\u00e9 diablos! \u00bfDe d\u00f3nde lo iba a sacar?<\/p>\n\n\n\n<p>A pesar de todo, siento como un gran vac\u00edo; imagino que puedo ser un perfecto sinverg\u00fcenza. Pienso para lavarme la cara. La neblina ma\u00f1anera ha ido desapareciendo; ya el sol calienta la tierra.<\/p>\n\n\n\n<p>Entro al cuarto y salgo de \u00e9l calladamente, pues no quiero que Josefina se despierte. Entreabro la puerta de la sala. En la boca de mi hija descubro una dulce sonrisa. Arriba, sobre una repisa, Satan\u00e1s y el Arc\u00e1ngel Gabriel luchan desaforadamente.<\/p>\n\n\n\n<p>Clavo las rodillas en el reclinatorio; miro la imagen del Coraz\u00f3n de Jes\u00fas, para luego comenzar:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Creo en Dios Padre, Todopoderoso\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>Momentos despu\u00e9s y ya en el anteport\u00f3n, espeto a mi mujer:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfHoy no te vas a ba\u00f1ar tampoco?<\/p>\n\n\n\n<p>Molesta el movimiento del autob\u00fas; el hedor a gasolina quemada se mete hasta por los poros. Debo estar a las nueve en punto en la Plaza Central, as\u00ed lo promet\u00ed a Garc\u00eda. Pienso con fruici\u00f3n en el dinero que me debe. Hace d\u00edas vendimos una casa entre los dos y convinimos en que partir\u00edamos la comisi\u00f3n. Comprar\u00e9 camisas y zapatos, unos pantalones y pagar\u00e9 los meses atracados de casa que tengo pendientes. \u00bfMi mujer? \u00a1Bah! que se conforme con unas medias. Pero no debo olvidar a Josefina; a ella le llevar\u00e9 unos juguetes y los caramelos que me pidi\u00f3 el domingo pasado.<\/p>\n\n\n\n<p>En este momento el colector interrumpe mis divagaciones. El movimiento del autob\u00fas aturde, con nostalgia pienso en mi muelle colch\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Olvidaba que nos encontr\u00e1bamos en plena efervescencia pol\u00edtica, o mejor, al borde de ella. El Presidente de la Rep\u00fablica amaneci\u00f3 hoy muy grave, dicen que no dura hasta ma\u00f1ana. Las calles cercanas a la Plaza, y ella misma, muestran una faz silenciosa y taciturna, ante la inc\u00f3gnita de la hora.<\/p>\n\n\n\n<p>La gente tiene miedo de hablar, de comunicarse. El pasajero que llevo al lado y yo nos miramos, sonre\u00edmos y no decimos nada. Al fin, el inc\u00f3modo aparato me suelta en la esquina de la Plaza Central. El reloj de la vetusta iglesia marca las nueve y cinco minutos.<\/p>\n\n\n\n<p>Desciendo la escalinata y momentos despu\u00e9s me encuentro situado debajo de los \u00e1rboles de la Plaza. Pasa una mujer, pasa un hombre, un ni\u00f1o, y todos van apurados y silenciosos; Garc\u00eda no llega. Comienzo a intranquilizarme y a maldecir la familia de mi socio.<\/p>\n\n\n\n<p>Encima de mi cabeza las ramas se mueven tranquilamente; algunas hojas caen, produciendo con ello una m\u00fasica agradable. Prendo un cigarrillo, y, contemplando el humo que asciende, cierta melancol\u00eda se me introduce dentro del cuerpo. Es el momento, el silencio de los que pasan, la m\u00fasica de las hojas, el recuerdo de mi casa sin diario.<\/p>\n\n\n\n<p>Garc\u00eda viene. Desde aqu\u00ed le diviso la pajilla, ya manchada por el uso implacable. \u00c9l comprende que se ha hecho esperar.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Perdona, Maimone, pero mi mujer se levanta muy tarde.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfY tengo yo la culpa, viejo? Necesito ese dinero, comprende\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014A pensar en dinero ahora, hombre. \u00bfY el viejo?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfQu\u00e9 viejo?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1No vas a saber t\u00fa qui\u00e9n es el viejo! \u00a1El Presidente, Maimone, el Presidente!<\/p>\n\n\n\n<p>Y con aire confidencial;<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Se est\u00e1 muriendo\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Se muere el Presidente! Pero \u00bfqu\u00e9 gano yo con que se muera ese se\u00f1or?<\/p>\n\n\n\n<p>Lentamente Garc\u00eda me conduce hasta el otro \u00e1ngulo de la Plaza. Ya fastidia su conversaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Oye, d\u00e9jate de palabras in\u00fatiles y p\u00e1game mi comisi\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Garc\u00eda abre los ojos m\u00e1s de lo com\u00fan, mete la diestra en el bolsillo del pantal\u00f3n y saca unos billetes de banco.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Toma esto y ma\u00f1ana te dar\u00e9 lo dem\u00e1s \u2014me dice.<\/p>\n\n\n\n<p>No le respondo, aprieto terriblemente los billetes. Garc\u00eda se fu\u00e9, de seguro. No siento, no veo nada; los hombres, las mujeres, los ni\u00f1os, pasan con m\u00e1s silencio que antes.<\/p>\n\n\n\n<p>Mi presencia all\u00ed es innecesaria; adem\u00e1s, estos billetes me pesan demasiado.<\/p>\n\n\n\n<p>Empiezo a caminar, sin direcci\u00f3n fija. Parece que los ojos de los que a mi lado pasan se clavasen en los billetes. Aumento la rapidez de mis pasos, casi corro, un sudor fr\u00edo humedece la frente\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>Pero he metido el pie derecho dentro de un hueco, y las manos, al chocar contra el suelo, sonaron como dos nalgadas.<\/p>\n\n\n\n<p>S\u00f3lo levant\u00e9 la cabeza para gritar:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Mis billetes! \u00a1Mis billetes!<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando llegu\u00e9 a casa, todav\u00eda mi frente estaba h\u00fameda, con un sudor fr\u00edo y pegajoso.<\/p>\n\n\n\n<p>Jadeando, penetr\u00e9 en el cuarto. Nadie se percat\u00f3 de mi presencia. Una y media. Siento a\u00fan el escozor del sol sobre las espaldas. Me he restregado los ojos y resuello fuertemente. La rodilla derecha me duele, la siento inflamada. Cierro la puerta, para desnudarme; quiero refrescar el cuerpo un momento, antes de almorzar.<\/p>\n\n\n\n<p>Hay una brisa infantil que penetra por los ojos de la puerta; afuera, en la calle, silba el viento; desde aqu\u00ed se oye. En el patio tiemblan las matas de palma, produciendo un susurro leve, que agrada.<\/p>\n\n\n\n<p>Ha resultado realidad mi sospecha. Tengo la rodilla mal parada. Me duele; he tenido que lavarla con agua yodada.<\/p>\n\n\n\n<p>Siento ruido de platos en el comedor; ya esta gente ni me espera. Pero lo que me extra\u00f1a es que almuercen sin dinero, porque yo no le di nada a Leopoldina esta ma\u00f1ana. Quiz\u00e1 pidi\u00f3 fiado en la pulper\u00eda de la esquina.<\/p>\n\n\n\n<p>Una gran fatiga se apodera de m\u00ed; es hambre, pero me da pena, o rabia, o verg\u00fcenza, ir a la cocina.<\/p>\n\n\n\n<p>En el patio contin\u00faa el susurro de las palmas.<\/p>\n\n\n\n<p>Bostezo.<\/p>\n\n\n\n<p>Los ojos casi se me cierran. El sudor se ha evaporado por completo, no tengo otra distracci\u00f3n que el susurro de las palmas. \u00c9l me trajo alivio. Y en este silencio de mi cuarto he recordado cuando mi madre le\u00eda en las tardes tranquilas del mes de mayo la \u00abOraci\u00f3n por Todos\u00bb, de no recuerdo qu\u00e9 poeta.<\/p>\n\n\n\n<p>He olvidado la letra, pero la m\u00fasica todav\u00eda perdura.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00a1Recuerdo cu\u00e1ntas cosas ahora! Yo quise a mi mujer, lo prueba el hecho de que desobedec\u00ed la orden del m\u00e9dico. \u00c9l me dijo que no me casara porque estaba enfermo Nunca dijo el nombre de la enfermedad. Olvid\u00e9 la orden del m\u00e9dico, dej\u00e9 pasar el tiempo, y a los tres meses de sucedido aquello, un\u00ed mi destino al de Leopoldina.<\/p>\n\n\n\n<p>Ahora me duelen ambas piernas. Oigo la voz aguda de Jos\u00e9 y la vacilante de Josefina. El gato ma\u00falla en la puerta, se ha dado cuenta de mi presencia.<\/p>\n\n\n\n<p>El susurro de la brisa entre las palmas ondula, sube, baja, penetra por los ojos de la puerta del cuarto. Se ha hecho mi mejor amigo esta brisa \u00edntima y cordial. Los ojos se me cierran, poco a poco voy perdiendo la noci\u00f3n de la realidad exterior. Todo se borra, todo calla. \u00a1Qu\u00e9 tranquilidad!<\/p>\n\n\n\n<p>Iba camino del Cielo. Primero, en ferrocarril, contemplando paisajes tranquilos, llenos de sol. La ventanilla era amplia y pod\u00eda sacar la cabeza pl\u00e1cidamente, sin temor al peligro de un poste o de la rama de un \u00e1rbol. Brisa fresca hac\u00eda entrecerrar los ojos de cuando en cuando. Hab\u00eda olvidado a todo el mundo, inclusive a mi mujer y a mis hijos. S\u00f3lo sent\u00eda a Francisco Maimone.<\/p>\n\n\n\n<p>Una flor amarilla, diminuta, vista en medio al verde de los montes, me llev\u00f3 hacia la infancia, hacia la novia de los doce a\u00f1os, cuando escribimos papelitos, hurt\u00e1ndonos a la vigilancia de los padres. Yo creo que la tuve; si mal no recuerdo ella una vez me di\u00f3 una bofetada porque le romp\u00ed un huevo de tortolita, y tambi\u00e9n torc\u00eda los ojos cada vez que le ped\u00eda un beso.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero el recuerdo de la peque\u00f1a novia se va escapando a la memoria, como a los ojos la florecilla amarilla.<\/p>\n\n\n\n<p>Observ\u00e9 que todos los que me acompa\u00f1aban iban en silencio. Creo que se encontraban en situaci\u00f3n an\u00e1loga a la m\u00eda, hablando consigo misma; mirando, por encima de todo, el paisaje interior.<\/p>\n\n\n\n<p>Pasan montes, r\u00edos, valles, sembrados.<\/p>\n\n\n\n<p>La brisa sigue golpe\u00e1ndome la cara. Un cerro pelado, amarillo, se irgui\u00f3; nubes blancas pasaban por encima de \u00e9l.<\/p>\n\n\n\n<p>Ignoro c\u00f3mo sucedi\u00f3, pero sal\u00ed del tren; me vi de repente caminando por encima de aquellas nubes blancas. Estir\u00e9 los brazos, mir\u00e9 hacia arriba y sent\u00ed como si fuese a despe\u00f1arme, a zambullirme entre aquel mar blanco y azul.<\/p>\n\n\n\n<p>Lentamente una honda tristeza se fu\u00e9 apoderando de m\u00ed. Present\u00ed vago dolor. Las nubes, el azul, la atm\u00f3sfera pura, desaparecieron uno a uno.<\/p>\n\n\n\n<p>Creo, en verdad, que he so\u00f1ado\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>En la calle, en toda la ciudad, se siente un silencio desacostumbrado. Un vendedor de peri\u00f3dicos echa al aire la noticia: \u00a1ha muerto el Presidente!<\/p>\n\n\n\n<p>Garc\u00eda no se equivoc\u00f3; el viejo estaba mal.<\/p>\n\n\n\n<p>Leopoldina se ha acercado a la puerta del cuarto, y pregunta:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfEscuchaste, Pancho?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfQu\u00e9, mujer de Dios?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Muri\u00f3 el viejo; no dejes que Jos\u00e9 salga a la calle.<\/p>\n\n\n\n<p>Mi mujer me asusta; toda la ciudad calla, como si estuviese pendiente de su propio hundimiento.<\/p>\n\n\n\n<p>Por fin se fu\u00e9 el viejo; ten\u00eda ya treinta a\u00f1os mandando. \u00a1Qu\u00e9 carajo! Volver\u00e1 otro, como cuando desapareci\u00f3 el anterior a \u00e9ste, su compadre. Nuevos Ministros, nuevos Gobernadores, nuevos Presidentes de Estado. Pero \u00bfy Garc\u00eda, y yo, y los dem\u00e1s, c\u00f3mo quedamos? \u00a1Lo mismo, hombre, lo mismo! Sufren Francisco Maimone y sus hijos, sufre el vendedor de peri\u00f3dicos que va regando la noticia, sufren los peones que en la esquina limpian las aceras, sufrimos todos los hombres que trabajamos; en cambio, ellos, los eternos holgazanes, los que viven pendientes del cambio de gobierno para adherirse al presupuesto nacional, no sufren. \u00a1Qu\u00e9 van a sufrir si tienen su habilidad para meterse hasta las narices del que venga a mandar!<\/p>\n\n\n\n<p>Hoy no le he puesto su velita a la Virgen del Carmen; debo hacerlo ahora mismo.<\/p>\n\n\n\n<p>Pocos momentos despu\u00e9s, la velita ard\u00eda. El tiempo ha deste\u00f1ido a la Virgen; ya casi no tiene nariz; lo \u00fanico que ha conservado en todo su esplendor son los ojos. \u00a1Oh, los ojos de la Virgen! \u00a1Si ella fuera de carne y hueso, c\u00f3mo la adorar\u00eda! Me echar\u00eda a sus pies, besar\u00eda esos ojos maravillosos, la abrazar\u00eda, la abrazar\u00eda\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Pancho, por Dios, Jos\u00e9 quiere irse a la calle! \u00bfNo oyes unos gritos?<\/p>\n\n\n\n<p>Me acerco a la puerta y veo que Jos\u00e9 trata de abrir el anteport\u00f3n. Leopoldina se lo impide. Grito:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Vete para la cocina, muchacho!<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Papa, pero si yo quiero ver lo que est\u00e1 pasando\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Qu\u00e9 te quites de ah\u00ed!<\/p>\n\n\n\n<p>Jos\u00e9 baja la cabeza cada vez que lo rega\u00f1o; comprendo que si lo sigo haciendo terminar\u00e1 por odiarme. Descubro que una l\u00e1grima madura en sus ojos. Con las manos metidas dentro de los bolsillos, me mira un momento, y luego se va hacia donde lo he mandado.<\/p>\n\n\n\n<p>Proced\u00ed mal, es verdad. Perd\u00f3name, muchacho, pero esta situaci\u00f3n es una cosa terrible, cada vez me siento m\u00e1s d\u00e9bil, m\u00e1s viejo. Me horroriza pensar que pueda desaparecer de un momento a otro, y ustedes se queden en la miseria, aunque mayor miseria que \u00e9sta no puede haber.<\/p>\n\n\n\n<p>El dinero que me pag\u00f3 Garc\u00eda se fu\u00e9 casi todo en cubrir parte de nuestras deudas; volvemos a las mismas. \u00a1Presidente de la Rep\u00fablica, Presidentes de Estado, Gobernadores, Secretarios, que se vayan a la mierda! \u00a1Son unos holgazanes! \u00a1Necesito trabajo! \u00a1Tengo hambre!<\/p>\n\n\n\n<p>Me duele la cabeza, me duele todo el cuerpo. Grit\u00e9 a Leopoldina que no ten\u00eda ganas de comer, que me iba a acostar. Y as\u00ed lo hice. De nuevo me encuentro en la cama, frente a una lamentable realidad.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Perd\u00f3name, Jos\u00e9, \u00bfo\u00edste?<\/p>\n\n\n\n<p>La velita crepita, como siempre. La Virgen me mira con sus ojos hermosamente tristes, con una tristeza de siglos.<\/p>\n\n\n\n<p>No tengo ganas de hacer nada; s\u00f3lo dormir. Huir de m\u00ed mismo, olvidar en un momento de sue\u00f1o los sinsabores de toda una vida.<\/p>\n\n\n\n<p>Casi no veo los ojos que me obsesionan\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>He estirado largamente el cuerpo. Pienso que no le he dado el dinero a Leopoldina. Sin embargo, tengo pena de decirle: toma. Pena de m\u00ed mismo, del hecho vulgar que se repite todos los d\u00edas. All\u00ed est\u00e1n las monedas, en el bolsillo del palt\u00f3. \u00c9ste me resulta una cosa tan familiar como una oreja, como una pierna. La vida se hace amarga. Dan ganas de suicidarse. Muchas veces lo he gritado y la vecina le ha preguntado a mi mujer que si estoy loco. Ignoro la respuesta de Leopoldina.<\/p>\n\n\n\n<p>Todo ahora me parece un sue\u00f1o. Pero ya no existen los elefantes ni los soldados de la infancia. S\u00f3lo la miseria y el dolor han dado vueltas alrededor de mi casa; penetran, a\u00fallan, salen y entran por los ojos de la puerta del cuarto.<\/p>\n\n\n\n<p>Inconscientemente lanc\u00e9 un zapato a la velita de la Virgen. Sus ojos brillaron y se sumieron luego en la obscuridad. Yo quiero a esta mujer. Muchas veces he so\u00f1ado con ella, hasta que la he pose\u00eddo, en la m\u00e1s dulce de las posesiones. Recuerdo su cuerpo, sus carnes blancas, tiernas y duras a la vez.<\/p>\n\n\n\n<p>La puerta del cuarto se entreabre y aparece Josefina.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfQu\u00e9 te pasa, papa\u00edto? \u00bfNo vas a comer?<\/p>\n\n\n\n<p>La respuesta es una insinuaci\u00f3n a que se acerque a m\u00ed; ella lo hace dulcemente. Siento en la frente la ternura de sus manos peque\u00f1itas, delgadas y graciosas.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Papa\u00edto, anda, vamos a comer.<\/p>\n\n\n\n<p>Yo no le contesto, con el prop\u00f3sito deliberado de que contin\u00fae acarici\u00e1ndome. \u00bfPara qu\u00e9 moverme, si en este momento vivo una paz que jam\u00e1s hab\u00eda sentido?<\/p>\n\n\n\n<p>Hay luna en el cielo. Los ojos de la puerta se iluminan. La cara de Josefina es p\u00e1lida, como esa luz que penetra en el cuarto. No encuentro las palabras que definan mis sentimientos. Varias veces le acaricio los cabellos. Ella sonr\u00ede.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Papa\u00edto, \u00bfsabes una cosa?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfQu\u00e9 cosa?<\/p>\n\n\n\n<p>Josefina vacila, inclina la cabeza. Pero yo hago que la levante otra vez.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Anoche so\u00f1\u00e9 que ten\u00eda un novio, papa\u00edto. Ya hab\u00eda crecido bastante y viv\u00edamos todos en una casa bien grande, con un corral lleno de gallinas y pavos. T\u00fa y mam\u00e1 estaban hechos unos viejecitos, como aquellos que salen en el cuento que me contaste el otro d\u00eda. \u00c9ramos felices\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>Josefina ha callado un momento. No se oye ning\u00fan ruido en la casa.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014S\u00ed, papa\u00edto \u2014contin\u00faa\u2014 y mi placer favorito era verte en el corral, contemplando las gallinas. Yo s\u00e9 que a ti te gustan mucho esos animales, y por eso fu\u00e9 que so\u00f1\u00e9 con ellos\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>Mas Josefina ha vuelto a callar. Se ha quedado mir\u00e1ndome fijamente a los ojos; y pregunta: \u2014\u00bfLloras, papa\u00edto?<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/jose-fabbiani-ruiz\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n\n\n\n<h6 class=\"wp-block-heading\">*Imagen: Escultura de Ad\u00e1n (autor desconocido). Museo Trapiche de los Clavo (Bocon\u00f3). Foto: Marinela Araque (https:\/\/iamvenezuela.com).<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Ca\u00edn Ma\u00f1ana fresca, h\u00fameda de roc\u00edo. Corre por el mundo grande h\u00e1lito de alegr\u00eda, inundando todas las cosas. Tiembla el viento en la cumbre de los montes y es clara, fresca, el agua entre las junturas de las pe\u00f1as. En el pecho de Ad\u00e1n hay, como en todas las cosas, mucha alegr\u00eda. 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