{"id":13849,"date":"2024-11-11T19:27:35","date_gmt":"2024-11-11T23:57:35","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=13849"},"modified":"2024-11-11T19:27:35","modified_gmt":"2024-11-11T23:57:35","slug":"deshabitados-fragmentos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/deshabitados-fragmentos\/","title":{"rendered":"Deshabitados (fragmentos)"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"> Arnaldo Jim\u00e9nez<\/h4>\n\n\n\n<p><strong>Primer libro<\/strong>. <em>Ataduras de carnaval<\/em>. I<\/p>\n\n\n\n<p>Con sus cantos iban limpiando el eco humo del aire; bramando iban, regando un llanto fingido que los siglos han sedimentado sobre las calles: \u00ab\u00a1ya se muri\u00f3!, \u00a1ya se muri\u00f3!\u00bb El cuerpo empalado bailaba al son de su muerte. En cada extremo del barrio una m\u00e1scara plena de poder\u00edo, un gesto trazado con el \u00f3leo de las sombras. En las casas los rincones estaban adornados con cruces de palmas y en las puertas de la calle, por dentro, colgaban maracas bendecidas y enlazadas con cintas tricolores. \u00a1Hay que enterrarlo!, \u00a1hay que enterrarlo! Los santos se han bebido todas las llamas de los altares. La lluvia menuda empezaba a acostarse sobre sus acostumbrados recorridos. La noche era la masa de gente que se mov\u00eda como co\u00e1gulos de penas en el coraz\u00f3n. La luna cruz\u00f3 vidriosa las pieles, se hundi\u00f3 arg\u00e9ntea en las pupilas y sigui\u00f3 menguando en el sudor. Hay que mecerlo en su hamaca de resucitar. Entrechocaban los palos y el tambor chozpaba sobre su propio enojo. Las manos convulsionadas ca\u00edan sobre el cuero, el aliento de los cuerpos se abr\u00eda y los pulmones asum\u00edan sus condenas. \u00ab\u00a1Ya se muri\u00f3!\u00bb \u00a1Vete, alma, resquebr\u00e1jate el tiempo! La hamaca descansaba en el suelo y el cuerpo se quemaba en el hueco de trapo: estremec\u00eda su volver y mostraba la membrana deshecha de los celos. Las negras lloraban y emit\u00edan largos gritos de lamento antes de que el embiste del tambor llamara a la alegr\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>Si se hubiese tratado de una procesi\u00f3n del Santo Cristo, seguramente Gildo Ram\u00edrez hubiese pedido unas piernas, la culminaci\u00f3n de su par\u00e1lisis, hubiese pedido otra r\u00f3tula sin deformaciones, llena de sobresaltos y apuestas, pero era el martes de carnaval, cuando todos los nombres se borran, los espejos se desenvuelven y los rostros se desfiguran. Crecido y amado en silla de ruedas, Gildo Ram\u00edrez contemplaba, pasivo, el mover de las personas que le atropellaban. Algunas mujeres le acariciaban el cabello lacio, opacado por el salitre, sacud\u00edan sus nalgas de carne ritual y afanaban frente a \u00e9l sus senos alucinados. Dany Sanveniste re\u00eda a su lado y tamborileaba aquella espalda casi encorvada y embozada en una franelilla roja. Mientras Dany empujaba la silla, Gildo intentaba en vano enderezar hacia la izquierda la torcedura de cuello, que contrastaba con el rictus de la boca con la que entonaba un gorgoreo incomprensible y mostraba su curva halada en sentido contrario y elevada hasta casi alcanzar la sien. \u00abYa se muri\u00f3, ya se muri\u00f3\u00bb, balbuceaba. Esquivaban brocales y traspasaban peque\u00f1os mont\u00edculos de basuras. En un costado de la silla la botella de ron reduc\u00eda su marea y la desplazaba por las venas de Gildo Ram\u00edrez y Dany Sanveniste. Sus risas eran torpes disfraces que pulularon en el aire hasta desvanecerse en la humedad tra\u00edda por la llovizna.<\/p>\n\n\n\n<p>En una esquina cualquiera del barrio San Mill\u00e1n, Nolasco Ruiz, despu\u00e9s de haber regresado de un ataque de epilepsia, fij\u00f3 su mirada en el destello met\u00e1lico de la silla que ya estaba estacionada y rodeada por un s\u00f3rdido apelotonamiento de seres hediondos a salitre oscuro y a hervidero de tambor, que retumbaba la gravedad de sus colores. Entonces ocult\u00f3 sus ojos con unos lentes negros que hab\u00eda encontrado en el piso, se acuclill\u00f3 para divisar a trav\u00e9s del enredijo de piernas veloces y precisas las escenas de ascuas que la ventana de la realidad le ofrec\u00eda. Estir\u00f3 su cabello hacia atr\u00e1s, fum\u00f3 el cigarro que le hab\u00edan obsequiado y fue asaltado por el corrillo de los negros: \u00ab\u00a1Ya se muri\u00f3, ya se muri\u00f3!\u00bb Usurp\u00f3 ese canto y sus ojos zigzaguearon por entre las figuras que dibujaban los danzantes. Casi agachado desplaz\u00f3 su perspectiva de modo que pudiera observar sin ser detectado. Irgui\u00f3 su lamento, el peso enorme de las costras que llevaba en el alma. Ya su canto era un r\u00edo af\u00f3nico, una emanaci\u00f3n de cristales rotos. Sus pupilas quedaron aseguradas con arandelas de curiosidad en el ritmo de la nuca de Dany Sanveniste y segu\u00eda los trazos de sus movimientos: la nuca bailaba sus cambiantes signos, \u00ab\u00a1Hay que enterrarlo, hay que enterrarlo!\u00bb, giraba sobre su propio eje de tun, tun, compases desesperados, amurcos firmes en las fibras del aire, tan, tan; \u00ab\u00a1Hay que enterrarlo!\u00bb, y Dany Sanveniste empinaba vocablos de alegr\u00eda como llevando su corriente hacia la vasija de los recuerdos; bajaba hasta el rostro de Gildo y continuaba: \u00ab\u00a1Ya se muri\u00f3!\u00bb; revelaba sus risas: \u00ab\u00a1Ya se muri\u00f3!\u00bb, murmuraba complicidades, ciertas promesas de una vida mejor para \u00e9l y para su madre. Nolasco miraba su propia ofuscaci\u00f3n, una elecci\u00f3n desgarrada, el ropaje de sus manos all\u00ed desasido y pisoteado como el vendaje de un rechazo. La rabia sonaba fuerte al salir por sus aur\u00edculas y \u00e9l chasqueaba una deuda,masticaba una maldici\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Dany Sanveniste penetr\u00f3 el corro de negros que bailaban tambor y mov\u00edan sus alegr\u00edas, sus misterios. Giraba buscando el silencio din\u00e1mico de las caderas, de pronto sinti\u00f3 que el agua arrojada por los vecinos desde las puertas y ventanas, corr\u00eda por su cara en chorros que espesaban m\u00e1s el tono de su piel; la camisa pegada al pecho fue arrancada de un tajo. El negro humo fabul\u00f3 el rostro de Dany Sanveniste: estaba dejando de ser, se perd\u00edan sus gestos, los cauces de su mirada\u2026 Gildo Ram\u00edrez movi\u00f3 las ruedas de la silla con sus manos. La corriente de personas lo violent\u00f3 hacia otra aventura y el escenario de sus piernas est\u00e1ticas naufrag\u00f3 sin querer por una calle que pareci\u00f3 surgir en ese instante para que \u00e9l recorriera con sus ojos los puntos cardinales de la incertidumbre. El metal de su silla son\u00f3 seco como una trampa en la oscuridad. La hamaca volv\u00eda a remecerse en el aire, \u00ab\u00a1Ya se muri\u00f3, ya se muri\u00f3, hay que enterrarlo!\u00bb La sangre de las nubes nimbaba a los bailadores: dos negros peleaban por el amor de una mujer, danzaban, daban vueltas, chocaban sus veras con violencia, atrasaban y adelantaban, brillantes, confusos. Entre las jaur\u00edas de sombras el plateado de la silla prosegu\u00eda su rumbo sin control. El coraz\u00f3n de Gildo golpeaba el cuero del pecho, entrechocaba los palitos de sus costillares y los ojos buscaban desesperados d\u00f3nde asirse, buscaban con ansiedad la revelaci\u00f3n de un rostro. Dany casi purificado por el aguardiente, sent\u00eda que se soltaba de su ayer, que acced\u00eda a su sangre por un costado desconocido y yac\u00eda en el suelo con cien manos tatu\u00e1ndolo, mezcl\u00e1ndolo al siempre del barrio, con cien labios que redim\u00edan los hechizos, con cien senos que le abat\u00edan sus hambres y constru\u00edan las telara\u00f1as del reh\u00e9n.<\/p>\n\n\n\n<p>El cad\u00e1ver rondaba su soledad en la semejanza de la Colonia, cuando el polvo de las imposibles huidas intentaba blanquear el cuerpo de los negros. \u00ab\u00a1Hay que enterrarlo!\u00bb Vu\u00e9lvete reloj adherido a los pies purulentos: reloj blanco, reloj negro; vu\u00e9lvete cuerpo de martirio, exilio de esclavos. Gildo daba tumbos de silla: lo sacud\u00edan, lo atormentaban; Gildo giraba sus v\u00e9rtigos aguazados. Nolasco como un emisario sombr\u00edo asedi\u00f3 su carro de miedo y con un aliento invencible lo alej\u00f3 a\u00fan m\u00e1s de la multitud y lo arroj\u00f3 contra una pared pintada de desolaci\u00f3n. Gildo vociferaba su asombro, adivinaba el rostro, quer\u00eda descubrir la voz. Los resortes de la mudez se desarticularon y Nolasco Ruiz los cubri\u00f3 con la grasa de la muerte. A lo lejos se escuchaba el canto a la piel mitol\u00f3gica. Como dos gallos rellenos de fuego los negros intercambiaban sus lugares en la batalla; los golpes de las varas sonaron el anverso y el reverso y marcaron sus disputas.<\/p>\n\n\n\n<p>Nolasco tumb\u00f3 a Gildo, quien con su cuello torcido y sus brazos de ra\u00edces nudosas, logr\u00f3 verse en la superficie de los lentes oscuros y de alguna manera comprendi\u00f3 que se estaba hundiendo en el charco de la noche. Gildo abri\u00f3 los brazos para que lo levantara y no tuvo tiempo de sonre\u00edr: sobre \u00e9l cay\u00f3 un bloque enardecido y la maquinaria de sus horas se detuvo en la clavija del adi\u00f3s. La sangre derram\u00f3 su lumbre que fue vencida por las aguas que el carnaval del cielo dejaba caer sobre el barrio San Mill\u00e1n. En el suelo, su rostro de no volver; encima, el carruaje con su malaventuranza, aliado a sus torceduras. Nolasco comprendi\u00f3 que su amor hab\u00eda errado el porvenir. Baj\u00f3 el torso hasta el pavimento y prob\u00f3 la sangre que manaba la cabeza; en su lengua los sue\u00f1os de Gildo desvanecieron sus \u00faltimas claridades. Nolasco carg\u00f3 consigo el bloque del final: cada vez que ve\u00eda un pozo de agua, restregaba el bloque y el cemento desprend\u00eda sus huellas fragmentadas en las piedritas. La lluvia continu\u00f3 su complicidad y entr\u00f3 por la herida de la v\u00edctima y una vez dentro, al igual que en las nubes, le dej\u00f3 en el coraz\u00f3n la promesa del cielo.<\/p>\n\n\n\n<p>Nolasco apenas pod\u00eda con el peso de su culpa: corr\u00eda con la boca abierta y continuos hilos de saliva brotaban con las arcadas y ca\u00edan sobre el pecho con sus lastimaduras, ca\u00edan dentro de los huecos de cemento del bloque que, como fosas diminutas, tambi\u00e9n albergaban sus quejas, los tajos amargos de su garganta. Zarandeaba, tos\u00eda. Desmoron\u00f3 el arma homicida hasta en sus m\u00e1s \u00edntimas part\u00edculas de pesadilla y casi desangr\u00f3 las palmas de sus manos queriendo borrar el \u00faltimo p\u00e1lpito de las sienes de Gildo. Un oleaje de bascas se agolpaba en su boca, el \u00e1cido raspaba el tubo de la tr\u00e1quea y llegaba a las ventanas nasales; desde all\u00ed, \u00e9l las espetaba con fuerza hacia el piso donde la lluvia repiqueteaba sus picos de plata, su bautismo violento. \u00ab\u00a1Ya se muri\u00f3!\u00bb, escuchaba a lo lejos, \u00ab\u00a1Hay que enterrarlo!\u00bb, pero no lo hizo. Quiz\u00e1s hubiese sido mejor empapar el cad\u00e1ver con la temperatura de lo profundo. Gildo recib\u00eda la bondad de la lluvia, miraba lo oscuro con sus ojos en vuelo y respiraba la nada con su nariz apegada a<br>las emanaciones del asfalto.<\/p>\n\n\n\n<p>A diferencia de Gildo, el muerto que zangoloteaba en la hamaca resucitar\u00e1 el pr\u00f3ximo martes de carnaval. El bet\u00fan de petr\u00f3leo y el licor del placer hab\u00edan maniatado a Dany Sanveniste, quien bajo los efectos adormecedores del alcohol y la lluvia, regres\u00f3 por su aliento anterior. La imagen s\u00fabita de Gildo le asalt\u00f3 los latidos y le elev\u00f3 los ojos hasta las premoniciones del miedo. Corri\u00f3 en sentido contrario a la corriente bailarina de personas, cuyos rostros de albayalde y gestos de humo intentaban alcanzar al caballo del tambor, indetenible, ataviado de prodigios. El cuerpo flaqu\u00edsimo de Dany dibujaba un zigzag cosido por el hilo del presentimiento. La mirada iba adelante, expulsaba su propia intemperie. As\u00ed lleg\u00f3 a la esquina que curvaba hacia el m\u00e1s all\u00e1. Mir\u00f3 en todas las direcciones y camin\u00f3 pleno de apremios, con pasos que interrogaban al aire: \u00abGildo, \u00bfqu\u00e9 te has hecho? \u00bfPor qu\u00e9 te dej\u00e9 solo?, \u00bfpor qu\u00e9?\u00bb. Y camin\u00f3 como en una pesadilla, recorr\u00eda un laberinto de agua, predestinando tristezas. Vocifer\u00f3 rompientes de llamados, grito en cuello, voz en lamento. Al fin inhal\u00f3 la bruma de un umbral: casi contra la pared, sin la silla de ruedas y enmara\u00f1ado en su adi\u00f3s, yac\u00eda Gildo Ram\u00edrez, con su piel de aut\u00e9ntica ternura deshaci\u00e9ndose de su ser. La mirada ya solo luc\u00eda el aire de desierto que los rostros soplan en las miserables despedidas.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/arnaldo-jimenez\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Arnaldo Jim\u00e9nez Primer libro. Ataduras de carnaval. I Con sus cantos iban limpiando el eco humo del aire; bramando iban, regando un llanto fingido que los siglos han sedimentado sobre las calles: \u00ab\u00a1ya se muri\u00f3!, \u00a1ya se muri\u00f3!\u00bb El cuerpo empalado bailaba al son de su muerte. 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