{"id":13844,"date":"2023-11-11T17:34:00","date_gmt":"2023-11-11T22:04:00","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=13844"},"modified":"2024-11-11T17:42:05","modified_gmt":"2024-11-11T22:12:05","slug":"dos-cuentos-de-leoncio-martinez","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/dos-cuentos-de-leoncio-martinez\/","title":{"rendered":"Dos cuentos de Leoncio Mart\u00ednez"},"content":{"rendered":"\n<h3 class=\"wp-block-heading\">Un sombrero de paja de Italia<\/h3>\n\n\n\n<p>Carlucho Sirg\u00fcela dio por terminada la limpieza de la moto y ech\u00f3 sobre los n\u00edkeles relucientes y engranajes lubricados una mirada amorosa. Era una bella m\u00e1quina \u00faltimo modelo, regalo de su padrino el d\u00eda de su santo. C\u00f3mo se la envidiaba Atilio Mort\u00f3 que apenas hab\u00eda podido comprar una moto de medio uso, salida de f\u00e1brica hace dos a\u00f1os; lo mismo que Pepe Calzada envidi\u00e1bale sus raquetas, Jacinto Febre sus zapatos de sport y el infeliz de Graciano Lugo sus guantes de boxeo.<\/p>\n\n\n\n<p>Sonr\u00edo satisfecho, solt\u00f3 el arranque y una epilepsia estrepitosa sacudi\u00f3 la m\u00e1quina; el latido del motor fue apag\u00e1ndose lentamente en un suave silencio; luego Carlucho trajo de la sala un coj\u00edn b\u00falgaro y lo tir\u00f3 al descuido, como una gran ave muerta, sobre el side-car.<\/p>\n\n\n\n<p>La llevaba hacia la calle con el cuidado de quien conduce una novia, pero al pasar por el corredor, no pudo dejar de detenerse ante el espejo de la sombrerera, a darse los toques finales.<\/p>\n\n\n\n<p>Estaba bien, casi bien.<\/p>\n\n\n\n<p>Retoc\u00f3 la ca\u00edda abandonada ex profeso de su cuello byron, corri\u00f3 la lengua por los labios finos y rojos, ech\u00f3 hacia atr\u00e1s, pis\u00e1ndolos con el sombrero cow-boys dos mechones que le sal\u00edan bajo el ala\u2026. Sin darse cuenta le vino a la memoria la frase con que la se\u00f1ora Sirg\u00fcela sol\u00eda agasajarlo en sus momentos de expansi\u00f3n maternal:<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00a1Tan lindo mijo!<\/p>\n\n\n\n<p>\u00a1Y sin embargo!<\/p>\n\n\n\n<p>Sin embargo, aquella arisca de Virginia Finlay se resist\u00eda a tales encantos; no lograba convencerla, a pesar de las frases enamoradas que deslizara a sus o\u00eddos durante un fox, a pesar de que lo vieran guiando un ocho cil\u00edndros de sesenta mil bol\u00edvares, a pesar de que una vez en presencia de ella, hab\u00eda dominado las argollas m\u00e1s de doce veces.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero, ahora s\u00ed. Ya Virginia hab\u00eda aceptado en principio y \u00e9l estaba dispuesto a todo. Hoy vencer\u00eda aquella fr\u00eda indiferencia, se jugar\u00eda la \u00faltima partida y su m\u00e1quina, limpia, deliciosa, d\u00f3cil, ayudar\u00edale en la jugada.<\/p>\n\n\n\n<p>En la calle, sentado ya en su motocicleta, hac\u00edase estas reflexiones; de pronto sacudi\u00f3 pensamientos y arranc\u00f3 como un rayo.<\/p>\n\n\n\n<p>Detonaciones. Polvo. Esc\u00e1ndalo. El pitazo estridente de un granuja. Ladridos de perro. El eco de una bocina distante\u2026<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">&#8211; o &#8211;<\/p>\n\n\n\n<p>Ahora Carlucho va devorando la carretera. Pero no va solo: ahora le acompa\u00f1a Virginia Finlay en el side-car.<\/p>\n\n\n\n<p>El viento, en la carretera, agita un chal color naranja y manojos de rizos rubios que se chocan, se levantan y caen como rozando. La muchacha mete la cabeza contra el viento y r\u00ede.<\/p>\n\n\n\n<p>Carlucho siente bajo sus piernas acelerarse el coraz\u00f3n de hierro de la motocicleta:<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00a1Pah!, \u00a1pah! \u00a1pah! \u00a1pah!&#8230;<\/p>\n\n\n\n<p>Una curva. Virginia da un grito de p\u00e1jaro asustado. La m\u00e1quina parece que vuelca por poco.<\/p>\n\n\n\n<p>La pulsaci\u00f3n de los nervios de acero se comunica por las manos de Carlucho, aferradas a la manivela:<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00a1Pah!, \u00a1pah! \u00a1pah! \u00a1pah!&#8230;<\/p>\n\n\n\n<p>El paisaje a las lindes de la carretera es una cinta borrosa que corre. Pasan vegas verdes, revolucionadas por la brisa; pasa la mancha sepia de los terrenos de sembrad\u00edo, en cuya lontananza un yugo de bueyes se resigna y marcha; desnudos y barrigones; paredes de cal sucia; un mendigo ulcerado; una negra con falda roja y con una lata de agua en la cabeza; pasa una hilera de chaguaramos, al sol la gloria de sus penachos marciales\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00a1Pah!, \u00a1pah! \u00a1pah!&#8230;<\/p>\n\n\n\n<p>Carlucho piensa en el consorcio de luz, de amor y de miseria que hay a su alrededor; no piensa en el paisaje, ni en Virginia, ni en nada. Est\u00e1 pose\u00eddo por la fuerza y la m\u00fasica de su m\u00e1quina y por el v\u00e9rtigo de la velocidad.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero Virginia s\u00ed piensa en \u00e9l, mejor dicho, lo mira; echada atr\u00e1s en el side-car, lo ve de espaldas, inclinado sobre las manillas; ve el paleto de seda que transparenta sobre el lomo robusto la curva de las el\u00e1sticas; ve el pelo reci\u00e9n cortado azuleado en el cogote; ve el l\u00f3bulo de las orejas, rosado de caracol, como un ni\u00f1o. Y masculla:<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00a1L\u00e1stima que sea tan necio\u2026!<\/p>\n\n\n\n<p>Ella quisiera para novio otra clase hombre; otra clase de esp\u00edritu; tal vez si Carlucho, cuando bailaban el fox y le hablaba de amor, la hubiera besado en los ojos o en el o\u00eddo, ella hubi\u00e9rase abandonado al deliquio; si cuando pasaba, solo en el autom\u00f3vil, le brindase un asiento a su lado\u2026 \u00a1Qui\u00e9n sabe! Ella era una mujer de carne, nervios y sangre, educada con cierta libertad y su ascendiente extranjero, mezclado a la savia bullante del tr\u00f3pico, despertaba en s\u00ed una ebullici\u00f3n de ideas violentas y absurdas. De haber nacido var\u00f3n, gustar\u00eda de aventuras, conquistar doncellas, ser soldado, trashumante, hamp\u00f3n, c\u00f3mico y poeta\u2026 Ay, pero Carlucho puede ser muy capaz, con esa fuerza suya, con tanta juventud\u2026 \u00a1Si ahora, en la misteriosa soledad de los campos, se le ocurriera detener la motocicleta y en un callej\u00f3n, camino del r\u00edo que gargarea all\u00e1 abajo, la agarrara por las mu\u00f1ecas, la estrujara contra s\u00ed, la batiera contra el suelo\u2026 y la besara bestialmente rompi\u00e9ndole los labios\u2026!<\/p>\n\n\n\n<p>Virginia se estremeci\u00f3 de manera visible; un calofr\u00edo corri\u00f3le, electrizante, por la m\u00e9dula espinal.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00bfTiene fr\u00edo? -pregunt\u00f3 Carlucho, volviendo un poco la cara. Y tras una pausa: -Ya nos vamos a devolver, es tarde\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>Era la primera vez que \u00e9l hablaba en todo el trayecto; sus palabras en el h\u00e1lito vespertino ten\u00edan tambi\u00e9n la flojedad babosa de lo que se muere.<\/p>\n\n\n\n<p>Hab\u00edan pasado otros pueblos, con iguales fondas, casas sucias, hombres l\u00e1nguidos, mujeres turbias y muchachos barrigones, sin advertir que ya la noche violada desmay\u00e1base sobre la cresta dispareja de la ciudad fundida en el conf\u00edn de occidente.<\/p>\n\n\n\n<p>De pronto un estallido, como un disparo a quemarropa. La motocicleta desdibuj\u00f3 un zig-zag violento y fue a detenerse a orillas de una zanja, sobre la grama.<\/p>\n\n\n\n<p>Virginia crisp\u00f3 las manos en los bordes del side-car fijando los verdes ojos interrogantes en Carlucho, que echaba pie a tierra:<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00bfQu\u00e9 fue?<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00a1Buena broma!&#8230; Una piedra\u2026 tal vez un vidrio -murmuraba el joven d\u00e1ndole vuelta a una rueda. -Lo peor es que ya est\u00e1 oscuro\u2026 no veo bien\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>La brisa de la tarde le apagaba los f\u00f3sforos al encenderlos.<\/p>\n\n\n\n<p>-Indudablemente, esto no puedo componerlo sino donde haya luz o ma\u00f1ana, con el d\u00eda\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00a1Ja, ja, ja! \u00a1Qu\u00e9 chasco!&#8230;<\/p>\n\n\n\n<p>-No se r\u00eda, Virginia, yo estoy apenad\u00edsimo; avergonzado por mi motocicleta, yo que pensaba que esta m\u00e1quina no fallaba nunca\u2026 \u00a1Si hubiera por aqu\u00ed una casa!<\/p>\n\n\n\n<p>-Claro, exclam\u00f3 la muchacha en congesti\u00f3n de carcajadas, porque, si no se compone, no podemos pasar la noche al sereno. \u00a1Y yo tengo hambre! Lo que voy a divertirme cuando cuente en Caracas la aventura.<\/p>\n\n\n\n<p>-Ay\u00fademe usted, ay\u00fademe a sacar la moto.<\/p>\n\n\n\n<p>Y caminaron silenciosos. \u00c9l arrastrando la m\u00e1quina muerta; ella se quit\u00f3 el sombrero y lo llevaba con ambas manos, colgado por las bridas; los rizos rubios jugueteaban como angelitos traviesos en torno de la cabeza de la Virgen.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00a1Mire aquella estrellita! -exclam\u00f3 de pronto Virginia; Carlucho ni siquiera alz\u00f3 la cabeza; parec\u00eda querer hundir el gesto de contrariedad en el tizne del atardecer.<\/p>\n\n\n\n<p>Tocaron a una casa de corredor. Sali\u00f3 a abrirles una vieja de cabellos blancos con una l\u00e1mpara de petr\u00f3leo en la mano. Carlucho explic\u00f3 el accidente; la due\u00f1a de la casa hizo una advertencia; ellos no daban hospedaje; pero, en un caso as\u00ed, trat\u00e1ndose de gente decente y por una noche no m\u00e1s, ceder\u00edan lo \u00fanico que pod\u00edan disponer, su cuarto; ella y su marido -que estaba all\u00ed, en el corredor- se acomodar\u00edan en otro sitio; por una noche, \u00a1v\u00e1lgame Dios!, en cualquier parte se duerme.<\/p>\n\n\n\n<p>Carlucho, dentro, segu\u00eda revisando la motocicleta y chirriando los dientes. Virginia, entre tanto, convers\u00f3 como una perica; despu\u00e9s de comer pan isle\u00f1o con leche y un pedazo de jalea, la se\u00f1ora los condujo a la alcoba y los dej\u00f3 solos.<\/p>\n\n\n\n<p>Se miraron las caras. Carlucho, atontado; Virginia reventando de risa.<\/p>\n\n\n\n<p>En el centro de la pieza hab\u00eda una cama antigua, solemne, matrimonial, de caoba. En la pared, un San Jos\u00e9 al \u00f3leo, con cara de comendador. Dispersos, un velador, aguamanil, dos sillas, un ropero y m\u00e1s nada. La puerta para el otro cuarto, condenada con un list\u00f3n de pino.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00a1Qu\u00e9dese usted aqu\u00ed, Virginia, yo me voy a dormir al corredor\u2026 -dijo Carlucho.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00a1Jes\u00fas, va a coger un resfriado! A ustedes no se les ocurre nada bueno. En compa\u00f1a como en campa\u00f1a; f\u00edjese bien; la cama tiene dos colchones: paramos uno de los dos, a los largo de la cama como un tabique, lo sujetamos del copete y usted, muy fundamentoso, de lado de all\u00e1, se desviste y se acuesta y yo, muy seriecita, de lado ac\u00e1 hago lo mismo y santas Pascuas\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>Poco despu\u00e9s, separados por aquel muro de paja improvisado, se despiden:<\/p>\n\n\n\n<p>-Hasta ma\u00f1ana, Carlucho.<\/p>\n\n\n\n<p>-Buenas noches, Virginia, hasta ma\u00f1ana.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00a1Qu\u00e9 simp\u00e1tico todo esto!, \u00bfverdad, Carlucho?<\/p>\n\n\n\n<p>-S\u00ed, bastante, pero \u00bfqu\u00e9 pensar\u00e1n en su casa?<\/p>\n\n\n\n<p>-Nada. Esta noche llamar\u00e1n a la casa de usted, a preguntar si ha regresado; mam\u00e1 le dir\u00e1 a pap\u00e1 que soy loca y ma\u00f1ana, cuando yo les cuente, se tranquilizan.<\/p>\n\n\n\n<p>Al joven se le iban cerrando los ojos; a Virginia le cost\u00f3 trabajo pescar el sue\u00f1o.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando ella se levant\u00f3 por la ma\u00f1ana, encontr\u00f3 al mozo en el corredor armado con una llave inglesa:<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00a1Ya estamos listos! En su casa deben estar angustiad\u00edsimos.<\/p>\n\n\n\n<p>Ella le mir\u00f3 con una piedad poco despreciativa:<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00a1No se preocupe de eso!<\/p>\n\n\n\n<p>-Regresaremos volando.<\/p>\n\n\n\n<p>La motocicleta corr\u00eda de nuevo, carretera abajo, como un diablo perseguido por una legi\u00f3n de diablas; corr\u00eda, corr\u00eda, estrepitosa en la ma\u00f1ana azul. Brisa madrugadora de marzo doblaba sauces y maizales, agitaba el chal de seda naranja, los rizos de oro contorsionaban e impel\u00edan el ala del sombrero de la muchacha.<\/p>\n\n\n\n<p>La motocicleta corr\u00eda, corr\u00eda, corr\u00eda carretera abajo.<\/p>\n\n\n\n<p>El aire enfilado en el vac\u00edo que dejaba la m\u00e1quina, le arranc\u00f3 el sombrero a Virginia y lo elev\u00f3 como una mongolfiera.<\/p>\n\n\n\n<p>Carlucho detuvo y baj\u00f3. El sombrero, burlescamente, a comp\u00e1s, pavone\u00e1base en el aire, dej\u00e1ndose llevar por la brisa. Carlucho segu\u00eda el viaje del sombrero, viendo hacia arriba, con los brazos abiertos y las manos engurru\u00f1adas, en actitud bastante c\u00f3mica. Una bocanada de viento le dio al sombrero un brusco giro y lo empuj\u00f3 a caer detr\u00e1s de la tapia de una posesi\u00f3n; una tapia alta, gris, larga, muy larga, por encima de la cual surg\u00edan guamos y araguaneyes.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00a1Ay!<\/p>\n\n\n\n<p>Un alarido desolador se escap\u00f3 de la garganta de Virginia:<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00a1Mi sombrero! \u00a1Tan lindo mi sombrero! \u00a1Era de paja de Italia y me lo estaba estrenando!<\/p>\n\n\n\n<p>Carlucho la mir\u00f3, mingona; mir\u00f3 hacia el este, hacia el oeste, siguiendo la l\u00ednea de la tapia terrosa: no se hallaba una puerta a todo lo largo. El joven, sin desalentarse, grit\u00f3 de lejos:<\/p>\n\n\n\n<p>-No importa: ya se lo cojo.<\/p>\n\n\n\n<p>Agarr\u00e1ndose en los agujeros con un tronco de palo, metiendo los pies en las descalabraduras, ara\u00f1ando, resbalando para luego subir con m\u00e1s fuerza, Carlucho gan\u00f3 la altura de la pared y desapareci\u00f3 tras ella. Despu\u00e9s, un salto y regresaba con el sombrero. Sonriente, triunfador, se acerc\u00f3 a la muchacha, a entregar su trofeo:<\/p>\n\n\n\n<p>-Tome\u2026 \u00bfQu\u00e9 le parece?&#8230; \u00a1Usted desconfiaba de mis m\u00fasculos!<\/p>\n\n\n\n<p>Ella le mir\u00f3 de reojo y mascando el borde su sombrero repuso entre ruborosa y socarrona:<\/p>\n\n\n\n<p>-Dispense: yo cre\u00eda que un hombre que no brinca un colch\u00f3n era incapaz de saltar una tapia&#8230;<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\">Marcucho, el modelo<\/h3>\n\n\n\n<p>Cuadrado de espaldas, liso y apelmazado el cabello, que se part\u00eda en una raya recta, casi sobre la sien izquierda, teniendo en el color un vago reflejo ambarino del indio ancestral, Marcucho, el modelo de la Escuela de Pintura, a primera vista confund\u00edase con un mandadero cualquiera, con un individuo sin relieve ni importancia, acostumbrado a cargar carretilla, o a encorvarse bajo la mole de los fardos.<\/p>\n\n\n\n<p>Su estatura baja, sus blusas de dril descoloridas entre los estrujones de batea y la caliente opresi\u00f3n de la plancha, sus manos entretejidas de gruesas venas y siempre colgantes, congestionadas al peso de la sangre, no revelaban la menor particularidad que pudiera destacarlo junto a los dem\u00e1s hombres de su clase.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero, Marcucho era un elemento primordial de belleza para el grupo de aquella incipiente Academia. Cuando, despojado de la ropa, sub\u00edase a la tarima del modelo, asum\u00eda a los ojos de los estudiantes proporciones inconmensurables. Desnudo crec\u00eda. Adquir\u00eda una alteza espectacular de il\u00edmites proporciones para los alumnos, que lo miraban, con los p\u00e1rpados entrejuntos, lamiendo con la vista los variables secretos de su armoniosa contextura. Al saltar a la tarima, en \u00e1gil pirueta que hac\u00eda sonar la tabla al golpe de los talones, y al erguirse en una pose preparatoria impensada, dij\u00e9rase que con un impulso muscular se estiraba como si un rec\u00f3ndito sentido de la pl\u00e1stica lo magnificara, lo elevase de su condici\u00f3n vulgar de hombre del pueblo a una simb\u00f3lica serenidad de sacerdocio y de mando.<\/p>\n\n\n\n<p>El caj\u00f3n destartalado prest\u00e1bale trono. Dominando su cabeza por sobre todos los que le rodeaban, cualquiera que entrase al sal\u00f3n en horas de estudio lo primero que ve\u00eda al abrir la puerta era a Marcucho, imponente e inm\u00f3vil como un dios pensativo y ce\u00f1udo como un personaje de tragedia griega o a veces en una contorsi\u00f3n resignada de m\u00e1rtir cristiano.<\/p>\n\n\n\n<p>Los dem\u00e1s, en torno suyo, doblegados sobre los caballetes o sobre las tablas de dibujo, parec\u00edan venerarle sumidos en devoto silencio.<\/p>\n\n\n\n<p>Al chischibeo del carboncillo o los pinceles sobre el grano del papel y de la tela, buscaban fijar el contorno estatuario, apresar en l\u00edneas firmes la amplitud del t\u00f3rax, abombado al ritmo de la respiraci\u00f3n potente; el torso lleno y duro como una monta\u00f1a; la red de sus m\u00fasculos pujantes sin alardes, eslabonados en suaves declives, la cadera saliente y brava, las piernas s\u00f3lidas&#8230;<\/p>\n\n\n\n<p>O en af\u00e1n ferviente persegu\u00edan -ya logrado el trazo- en la reciedumbre de la masa los secretos del claroscuro que torturan y enfebrecen al artista y que en el cuerpo moldeado de Marcucho ascend\u00edan hasta los tonos c\u00e1lidos del cobre, envolvi\u00e9ndose en grises mortecinos, en dulces ocres, con reflejos azuluscos y verdores inasibles, valores que mezclaban, se desvanec\u00edan, se profundizaban en la gama e iban a ahogarse en las frescas oquedades del rojo de Venecia y del sepia. La cabeza retostada, asoleada, se cortaba la base del cuello en una l\u00ednea precisa como el plumaje tornasol en el cuello de las palomas monta\u00f1eras; luego los hombros, el pecho, el vientre, lividec\u00edan en tenues luminosidades que resbalaban a flor de piel, iban a dividirse en las piernas, como la orquesta de un r\u00edo de aguas opalescentes bifurcadas por un islote f\u00e9rtil y sombr\u00edo, desvanescencias relamidas que se arremolinaban en el nudo ros\u00e1-ceo de las rodillas.<\/p>\n\n\n\n<p>Abajo, m\u00e1s abajo, los calca\u00f1ares donde enga\u00f1osos bermellones fundidos entre sombras, con las vetas protuberantes de arterias y de nervios, le daban la fortaleza y el apoyo de un z\u00f3calo rotundo. Y los pies, pesados como cimientos.<\/p>\n\n\n\n<p>Para los presuntos artistas, el cuerpo de Marcucho era un universo de cotidianos hallazgos.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfEn qu\u00e9 pensaba Marcucho, mientras encaramado en la tarima aguantaba inconmovible las horas de pose de la Escuela? En ese largo ocio mental, donde las ideas se adormecen como bajo la influencia de un exceso de cigarrillos, \u00bfqu\u00e9 visiones, qu\u00e9 recuerdos, qu\u00e9 prop\u00f3sitos pasar\u00edan en lenta tornavolta por la mente del modelo?<\/p>\n\n\n\n<p>En los descansos, sentado al extremo del caj\u00f3n, con las manos entrecruzadas sobre las rodillas, \u00bfera cansancio, resignaci\u00f3n o menosprecio de toda voluntad lo que doblegaba su espalda y hund\u00eda su barba entre los pulgares, dilatando sus pupilas en abstracto espionaje del vac\u00edo?<\/p>\n\n\n\n<p>Silencioso, aliviando su forzada inmovilidad en otra inmovilidad nueva, Marcucho parec\u00eda reflexionar o idiotizarse en la monoton\u00eda de su trabajo al igual que un burro de noria.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero no: Marcucho hab\u00eda nacido para aquello. Amaba instintivamente su oficio, se sent\u00eda part\u00edcipe de la obra de arte como el tip\u00f3grafo incluye algo de su ser en las ideas que compone. Amaba a su tarima como aqu\u00e9l se apega al chibalete, como el marino al barco; y, como el marino, al erguirse en su caj\u00f3n, pens\u00e1rase de pie en una proa escrutando, fijo, lejan\u00edas de horizontes de donde hubieran de surgir fantasmag\u00f3ricas corporizaciones de antiguas leyendas.<\/p>\n\n\n\n<p>Hab\u00eda nacido predestinado. La mano modeladora de la greda humana le hizo una caricia antes de echarlo al mundo y ennobleci\u00f3 su barro tosco. Ya consustanciado con la belleza esencial, al hacer un movimiento el\u00e1stico, al caer como involuntariamente en una actitud eur\u00edtmica, sonre\u00eda satisfecho y orgulloso si alg\u00fan estudiante entusiasmado exclamaba:<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00a1Qu\u00e9 bien est\u00e1 as\u00ed!&#8230; \u00a1Qu\u00e9date as\u00ed!<\/p>\n\n\n\n<p>Y sonre\u00eda tambi\u00e9n, sin perder la posici\u00f3n, a las bromas habituales de los pintorcetes:<\/p>\n\n\n\n<p>-Marcucho, no muevas la oreja izquierda.<\/p>\n\n\n\n<p>-No engurru\u00f1es el dedo gordo, Marcucho.<\/p>\n\n\n\n<p>-Caray, Marcucho s\u00ed que tiene la piedra del zamuro para las mujeres. \u00a1Dios como que le ech\u00f3 la bendici\u00f3n con la zurda!<\/p>\n\n\n\n<p>Y reprim\u00eda la carcajada, moviendo s\u00f3lo el vientre, cuando un dicharachero obsceno estremec\u00eda la parvada estudiantil alborot\u00e1ndola en cacareo de gallinero.<\/p>\n\n\n\n<p>Cumpl\u00eda su trabajo con severidad de ritual. En ocasiones iba de caballete en caballete observando las \u00abacademias\u00bb. Miraba los dibujos y luego se miraba sus propios brazos y sus piernas, en comparativo conocimiento de su cuerpo como si se lo supiera de memoria y lograra verse entero a s\u00ed mismo. Su espejo multifaz, durante a\u00f1os de a\u00f1os, lo tuvo en las tablas de dibujo y parec\u00eda exponer un gesto desaprobatorio cuando alguno lo reflejaba deforme o sin semejanza. Y, con humildad, preguntando: \u00ab\u00bflo necesita?\u00bb, sol\u00eda pedir un estudio que le gustara entre las innumerables im\u00e1genes suyas que poblaban la Escuela, clavadas por aqu\u00ed y por all\u00e1 o tiradas por el suelo, para llev\u00e1rselo a \u00absu pieza\u00bb cuyas paredes eran un museo unipersonal de s\u00ed mismo.<\/p>\n\n\n\n<p>Ya para los \u00faltimos tiempos, Marcucho se entreg\u00f3 al alcohol. Beb\u00eda demasiado. Las facciones se le fueron abotagando, enflaqueci\u00f3 algo y los tonos rojos de su encarnadura se iban tornando m\u00e1s calientes. A veces, al tomar la posici\u00f3n, lo sacud\u00eda un latigazo nervioso, pero, luego, en pie, apoyado en la vara, se manten\u00eda r\u00edgido, sereno, delat\u00e1ndolo s\u00f3lo un casi imperceptible movimiento giratorio, como el de una peonza.<\/p>\n\n\n\n<p>Por fin un d\u00eda, despu\u00e9s de tantos a\u00f1os de haber sido el modelo predilecto, el \u00fanico, Marcucho falt\u00f3 a las sesiones y al cabo de una semana lleg\u00f3 a la Escuela la noticia deplorable para todos: hab\u00eda muerto en el Hospital.<\/p>\n\n\n\n<p>Pulpa de anonimia, coraz\u00f3n sin amores inmediatos, balsa a la deriva, su cuerpo sepulcral no dio con el puerto y encall\u00f3 sin reclamo sobre la mesa del anfiteatro; \u00e9l, que hab\u00eda servido para que lo estudiaran por fuera, se ofrec\u00eda \u00edntegro en el momento de abandonar la vida para que lo estudiaran por dentro, como esos mu\u00f1ecos sin m\u00e1s voluntad que su destino, a los cuales los ni\u00f1os curiosos, hastiados de jugar con ellos, les sacan el aserr\u00edn.<\/p>\n\n\n\n<p>Lleg\u00f3 el profesor seguido de los estudiantes a la clase de anatom\u00eda pr\u00e1ctica. Rodearon el cad\u00e1ver y comenz\u00f3 la postrera lecci\u00f3n de dibujo para Marcucho, que, inm\u00f3vil m\u00e1s que nunca, resist\u00eda la pose definitiva. Comenz\u00f3 la lecci\u00f3n y los bistur\u00edes afilados como carboncillos iniciaron el trazado, ya no sobre el papel y el lienzo, sino sobre aquellos mismos m\u00fasculos moliciosos, siguiendo la red de los nervios, perforando la carne empalidecida, abriendo como las p\u00e1ginas de un libro secreto el pecho magn\u00edfico&#8230; En medio de su perorata did\u00e1ctica y de sus minuciosas explicaciones, el profesor se empin\u00f3 en un s\u00fabito \u00a1oh!&#8230; Y despu\u00e9s de una pausa, alarg\u00f3 la exclamaci\u00f3n, acomod\u00e1ndose las gafas: -\u00a1Oh, qu\u00e9 anatom\u00eda tan estupenda la de este hombre! \u00a1Vean ustedes qu\u00e9 admirable! \u00a1Debe tener un esqueleto precioso, precioso!<\/p>\n\n\n\n<p>Los disc\u00edpulos se inclinaron sobre el muerto siguiendo la lecci\u00f3n del maestro, como sobre un mapa. El profesor se entusiasmaba con los m\u00fasculos, con las arterias, con las v\u00edsceras. Lo iluminaba un gozo risue\u00f1o y sapiente. E interrog\u00f3:<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00bfEste cad\u00e1ver no tiene reclamantes?<\/p>\n\n\n\n<p>-No tiene ni familia -respondi\u00f3 un estudiante burl\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>-Pues, vamos a aprovecharlo; en la sala de anatom\u00eda de la Universidad, prosigui\u00f3 el maestro, nos hace falta un buen esqueleto: este es un bello esqueleto, \u00a1perfecto!<\/p>\n\n\n\n<p>Era la consagraci\u00f3n total de Marcucho. Los estudiantes se dieron de nuevo a la tarea; pronto desbarataban articulaciones, desprend\u00edan miembros completos, limpiaban huesos hasta dejarlos mondos, encumbraban mont\u00edculos de carne sanguinolenta en sugestiones de matadero.<\/p>\n\n\n\n<p>Ya de Marcucho no queda sino una masa fragmentaria. Pero, luego apartaron con cuidado su osamenta, la calavera de ojos estupefactos y sin luz, los f\u00e9mures gruesos como piernas de buey&#8230;<\/p>\n\n\n\n<p>Y, m\u00e1s tarde, en procedimiento macabro que legaliza la augusta ciencia, lo cocinaron, lo hirvieron, pulieron sus huesos como valiosos marfiles, armaron de nuevo el esqueleto, soldando y embisagrando las piezas y all\u00ed, en el anfiteatro de la Universidad, dentro de una larga caja, colgado por el centro del cr\u00e1neo con un alambre de acero, est\u00e1 Marcucho, sin carne, sin nervios, sin vida, en su \u00faltima pose, predestinado a servir hasta m\u00e1s all\u00e1 de la muerte para el estudio de la belleza y del dolor, porque antes de echarlo al mundo la mano modeladora de la greda humana le hizo una caricia y enalteci\u00f3 su barro tosco.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/leoncio-martinez\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Un sombrero de paja de Italia Carlucho Sirg\u00fcela dio por terminada la limpieza de la moto y ech\u00f3 sobre los n\u00edkeles relucientes y engranajes lubricados una mirada amorosa. Era una bella m\u00e1quina \u00faltimo modelo, regalo de su padrino el d\u00eda de su santo. 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