{"id":13643,"date":"2024-07-28T16:33:00","date_gmt":"2024-07-28T21:03:00","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=13643"},"modified":"2024-10-22T16:36:19","modified_gmt":"2024-10-22T21:06:19","slug":"ensayos-sobre-utrera","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/ensayos-sobre-utrera\/","title":{"rendered":"Dos ensayos sobre Miguel Ram\u00f3n Utrera"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Alberto Hern\u00e1ndez <\/h4>\n\n\n\n<p><strong>La otra claridad<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-right\"><em>Alguien volver\u00e1 sus pasos para recordar antiguos nombres<br>de la ciudad: entre ellos el que linda con la dura comarca de la sed.<br>Un r\u00edo fue su imagen: un peque\u00f1o r\u00edo de \u00abverde y apacible ribera\u00bb,<br>en cuyas clar\u00edsimas linfas hall\u00f3 sustento la vieja tribu contra el<br>hambre y la sed.<br><\/em> M.R.U.-<\/p>\n\n\n\n<p><strong>1.-<\/strong><br>Miguel Ram\u00f3n Utrera es un monje que escribe bajo un \u00e1rbol sagrado. A trav\u00e9s de sus hojas, se mete el mundo que sus ojos han visto en sue\u00f1os. Desde la techumbre de la casa, advierte el arco de la tierra, las curvas soleadas de las serran\u00edas y el ojo de Dios calculando la luz. Entonces, San Sebasti\u00e1n de los Reyes es una epifan\u00eda, la gran fiesta de una voz hecha sonoridad po\u00e9tica.<\/p>\n\n\n\n<p>El sitio para resguardar el silencio, el tan dicho y pronunciado en su po\u00e9tica, el que retorna en r\u00edo para destacar la presencia de la noche y sus asuntos:<\/p>\n\n\n\n<p><em>Alguien deb\u00eda volver de aquel pa\u00eds de sombra. Y por haber olvidado la clave<br>de sus pasos, caminaba a tientas, procurando recordar nombres olvidados en<br>la sombra.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p><strong>2.-<\/strong><br>El sonido de un yo exterior que resalta el cuerpo de adentro del paisaje. Un ojo permanente que desde el cuadro de la ventana imagina el acento de la soledad, de una sombra que jam\u00e1s se agota, de una claridad enceguecedora. Alguien deb\u00eda volver de aquel pa\u00eds de sombra. Alguien, s\u00ed. Desde ese lugar recurre a una voz que se desliza por el tiempo en que la poes\u00eda era oro y silencio.<\/p>\n\n\n\n<p><em>Quiz\u00e1 pens\u00f3 en el silencio nocturno de los \u00e1rboles. Y volvi\u00f3 a caer en la<br>sombra. Otra silenciosa sombra.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p><strong>3.-<br><\/strong> Con la poes\u00eda, con las sombras, con las claridades, ajustamos cuenta con el olvido. Desbrozando el \u00faltimo sue\u00f1o, nace la antolog\u00eda, el recado vigoroso venido de la noche, de los zumbidos terrenales de San Sebasti\u00e1n, para alegr\u00eda de lectores y duendes. Miguel ram\u00f3n Utrera se aleja as\u00ed del pa\u00eds inasible.<\/p>\n\n\n\n<p>No en vano el poeta Harry Almela, para la edici\u00f3n antol\u00f3gica de La liebre libre, La otra claridad, destaca lo siguiente: No es justo el criterio de quienes desean la presencia de Utrera en el terreno exclusivo del nativismo. Esta doctrina rezuma color local desde el paisaje, entendiendo a \u00e9ste como naturaleza tamizada por una voz po\u00e9tica.<\/p>\n\n\n\n<p>En efecto, la voz redonda, la que circunda el universo, no se queda en un solo sitio. El paisaje de Utrera emerge de la sombra, de la noche, de la luz del d\u00eda y se hace otros pa\u00edses, otros lugares, los mismos del esp\u00edritu, los mismos que encontramos en cualquier sue\u00f1o.<\/p>\n\n\n\n<p>Desde su aldea, el poeta Miguel Ram\u00f3n Utrera es el m\u00e1s universal de nuestros escritores, porque se funda en los sonidos que vienen de otros tiempos que hoy saboreamos con holgura. Desde la sombr\u00eda celda de Fray Luis. Desde las flagelaciones silenciosas de San Juan. All\u00ed est\u00e1 el oro de este hombre que ha permanecido toda la vida haciendo vida de creador.<\/p>\n\n\n\n<p><em>Quiz\u00e1s toc\u00f3 los labios dormidos del agua. Y descubri\u00f3 que la sed es otra<br>sombra. Otra dormida sombra.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p><em>Quiz\u00e1s llam\u00f3 a la puerta de alguna choza abandonada. Y s\u00f3lo hall\u00f3 la res-<br>puesta de la sombra. Otra abandonada sombra.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p><strong>4.-<\/strong><br>La sed recoge un rumor de voces frescas, pareciera ser el ars po\u00e9tica de Miguel Ram\u00f3n Utrera. Deshojando su propio \u00e1rbol gen\u00e9sico, vuelve de la ventana. Adora las estr\u00edas de la madera. Celebra el cuerpo a\u00f1oso de la silla. Vivaquea con el olor h\u00famedo de las paredes. Sorbe, en su m\u00e1s callada hora, el rel\u00e1mpago de la primera lluvia en la monta\u00f1a. Toda su sangre en el afuera, en el adentro que lo estimula y eleva.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfD\u00f3nde encaja ese pa\u00eds hondo, sumergido entre nubes? \u00bfDe d\u00f3nde proviene esa voz? \u00bfQui\u00e9n la pronuncia? Entonces, m\u00e1s all\u00e1 del dolor del cuerpo, de la avanzada muerte de las calles del pueblo, de aquella empinada desolaci\u00f3n frente a los \u00e1rboles, el poeta retorna y dice:<\/p>\n\n\n\n<p><em>Alguien deb\u00eda volver de aquel pa\u00eds de sue\u00f1o. Y por haber olvidado la clave<br>de sus pasos, trataba de alcanzar los caminos donde siempre descansa el \u00fal-<br>timo sue\u00f1o.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p><em>Quiz\u00e1s tom\u00f3 la senda de los fr\u00e1giles cocuyos. Y tropez\u00f3 una vez m\u00e1s con<br>las espinas del sue\u00f1o. Su desgarrado sue\u00f1o.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p><strong>5.-<br><\/strong> El silencio, los fantasmas, la mirada oscura de quien baja de una a otra casa. La voz inaudible de quien recorre los adoquines del pueblo y se traduce en p\u00e1jaro en un \u00e1rbol muerto, sometido a los rel\u00e1mpagos de la ma\u00f1ana. El poeta, de cuerpo enfermo, es el mismo \u00e1rbol, la misma noche, la ma\u00f1ana cerca del alero mientras el patio convierte en edad temprana la memoria.<\/p>\n\n\n\n<p>El silencio\/ fantasma: Guardemos ya nuestras mejores voces, canta y se inmortaliza. Y el misterio de aquel sonido peculiar, de la donosa Espa\u00f1a escondida, soportada, renegada, relegada, austera en la palabra y rica en la poes\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>Celebramos con vasos de junco las aguas de esta sonoridad, que refresca mucho m\u00e1s la otra claridad de los hombres. Celebramos con jugo de la tierra estas hojas de sue\u00f1os. El sendero invisible que el tiempo nos tiene reservado.<\/p>\n\n\n\n<p><em>Quiz\u00e1s trat\u00f3 de seguir el vuelo de las hojas. Y se encontr\u00f3, de sorpresa,<br>ante la fronda de otro sue\u00f1o. Su desgarrado sue\u00f1o.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p><em>Quiz\u00e1s palp\u00f3 las piedras que ocultan los secretos de la noche. Y junto a ellas<br>pudo escuchar los ecos de aquel sue\u00f1o. Aquel desvelado sue\u00f1o.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p><strong>6.-<\/strong><br>Temerario es el canto, la sombra que lo anuncia. La poes\u00eda de Miguel Ram\u00f3n Utrera, por mucho obligada a ser local, espacio reducido, escapa de quienes favorecen esa aventura. Se trata de una poes\u00eda traducida a todos los verbos de nuestro espa\u00f1ol. A todos los giros que nos nacen a diario, tanto en Espa\u00f1a como en Am\u00e9rica Latina. Y su traducci\u00f3n augurar\u00eda una sorpresa, una dispersi\u00f3n de opiniones. Utrera es una naci\u00f3n, un continente de ecos, el misterio de la gran poes\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p><em>Alguien deb\u00eda volver de aquel pa\u00eds de silencio. Y por haber olvidado la clave<br>de sus pasos, pretend\u00eda trepar a las grutas donde moran las ara\u00f1as del silencio.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p><em>Quiz\u00e1s busc\u00f3 el abrigo de alg\u00fan rec\u00f3ndito jard\u00edn. Y en \u00e9l contempl\u00f3, ya<br>Deshojada, la rosa del silencio. Aquel mustio silencio.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>Si ese \u00abalguien\u00bb es la duda, no nos extra\u00f1a que el pa\u00eds de la sombra, de la sed, del sue\u00f1o habite multiplicado en el silencio, el otro leit motiv del poeta de San Sebasti\u00e1n. Estos elementos, tan sensoriales como reveladores del esp\u00edritu, fraguan la invisibilidad de la eternidad, de la luz que invoca. El silencio contin\u00faa siendo el lugar donde limar los sentidos apagados.<\/p>\n\n\n\n<p><em>Quiz\u00e1s descubri\u00f3 los hilos de otro remoto manantial. Pero en ellos tambi\u00e9n<br>dorm\u00eda el silencio. El m\u00e1s callado silencio.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p><em>Quiz\u00e1s volvi\u00f3 a hollar los tenues espejos de la lluvia. Tambi\u00e9n en ellos ha-<br>b\u00eda huellas desva\u00eddas. Las huellas del m\u00e1s claro silencio.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>7.-<br>Claridad versus sombra. O ambos en el convulso sistema espiritual del hombre. El poeta navega en estas aguas. La poes\u00eda despeja el paisaje, lo hace visible a todos los ojos. A los ciegos y a los congregados por la luz. He all\u00ed la otra claridad, la soledad reencontrada.<\/p>\n\n\n\n<p><em>Alguien deb\u00eda volver de aquel pa\u00eds de soledad. Y por haber olvidado la clave<br>de sus pasos, descansa ahora a la vera de su cansada soledad.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p><em>Quiz\u00e1s vaci\u00f3 sus l\u00e1grimas en el c\u00e1lido surco de la sombra. Y all\u00ed creci\u00f3,<br>entonces, el \u00e1rbol de la soledad. La m\u00e1s armoniosa soledad.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p><em>Quiz\u00e1s at\u00f3 sus pasos a las c\u00e1lidas ra\u00edces del sue\u00f1o. All\u00ed se abri\u00f3, entonces,<br>la flor de la soledad. La m\u00e1s candorosa soledad.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p><em>Quiz\u00e1s dej\u00f3 caer sus voces en el c\u00e1lido r\u00edo del silencio. \u00bfRecuper\u00f3 all\u00ed la<br>clave de sus pasos? Desde entonces qued\u00f3 poblada de m\u00fasica la soledad de<br>las palabras.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>La pregunta del poeta descubre la posibilidad de que la soledad invada las palabras. Es decir, el sonido del mundo, el m\u00e1s hondo, el m\u00e1s humano, la poes\u00eda. La fuerza de este poema de Utrera nos lleva hacia el lugar donde desaparece el paisaje restringido. El poeta arag\u00fce\u00f1o universaliza la lectura, la imagen de un hombre solitario, quien desde los motivos de su af\u00e1n hace pa\u00eds global, redondo, mundial.<\/p>\n\n\n\n<p><em>La sombra temeraria<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>Hace uno tiempo, el a\u00f1o que Miguel Ram\u00f3n Utrera gan\u00f3 el Premio Nacional de Literatura, nos toc\u00f3 entablar con \u00e9l una conversaci\u00f3n. Habl\u00f3 de su vida, de la vida de otros, de un \u00abinmerecido\u00bb galard\u00f3n que sus amigos le dieron. Habl\u00f3 de poes\u00eda, del silencio y de los ruidos m\u00e1s all\u00e1 del pueblo donde ense\u00f1aba y sol\u00eda encontrarse con la sombra, con el silencio.<\/p>\n\n\n\n<p>Dec\u00edamos:<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abCuando la muerte reposaba en la puerta, Miguel Ram\u00f3n Utrera no se neg\u00f3 a presentirla. Con los a\u00f1os la hizo sombra, sue\u00f1os y fantasmas en los lomos empedrados de su San Sebasti\u00e1n de los Reyes, donde el sur es memoria y distancia\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Entonces entendimos el poema, la belleza de su misterio:<\/p>\n\n\n\n<p><em>Esta sombra nos sigue, de puntillas;<br>se oculta en nuestras horas claras;<br>y as\u00ed mismo se infiltra en nuestras voces<br>con leves ademanes de fantasmas.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>La sombra, la persistencia de la sombra, esa, la temeraria que de puntillas lo sigue mientras baja a desayunar a la casa de su hermana. Acogido por un clima benigno, el poeta se amiga con su bast\u00f3n, siente los l\u00edmites del dolor en las coyunturas, en los ligamentos del alma. Por eso, sabe que la sombra es plural, mirada de quienes se sienten seguidos por ella:<\/p>\n\n\n\n<p><em>La entrevemos, siguiendo nuestros pasos,<br>y trepando por todas las palabras;<br>inasible, fugaz, sin rumbo fijo,<br>pero presente siempre y siempre extra\u00f1a.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>El soneto se hace muchas voces. Un poeta es capaz de multiplicarse, de reflejarse en la misma sombra, en esa aventurera incursi\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p><em>Guardemos ya nuestras mejores voces.<br>Deshilando la hebras de este sue\u00f1o,<br>esperemos la luz de la ma\u00f1ana.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>Un viejo recuerdo de oro: Calder\u00f3n de la Barca, la vida es sue\u00f1o, la muerte es sombra, la ma\u00f1ana es la \u00fanica posibilidad de salir del r\u00edo infinito.<\/p>\n\n\n\n<p><em>Cuando el d\u00eda retorne con sus sones,<br>en el di\u00e1logo puro -lumbre y sue\u00f1o-<br>se rasgar\u00e1 la sombra temeraria.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>La otra claridad es la sombra que nos sigue. La que habr\u00e1 de desaparecer con la muerte. La que habr\u00e1 de regresarnos a la luz.<\/p>\n\n\n\n<p>Ese d\u00eda de visita al poeta, dejamos escrito:<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abEn san Sebasti\u00e1n de los Reyes nadie duda de la sombra de Miguel Ram\u00f3n Utrera, nadie calumnia los pasos que se siguen oyendo frente a la iglesia, en el coraz\u00f3n del cedro o en la hojarasca retra\u00edda de Semana Santa.<\/p>\n\n\n\n<p>Otra cosa es el silencio. Porque \u00abhay ahora un silencio hondo que destila soledad sobre las voces a\u00fan dormidas\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Su voz, silencio que no lo agota, suena a pared de casona. Es una poes\u00eda llena de regresos. Y el jard\u00edn donde a\u00fan encuentra la soledad es el mismo silencio de otros patios. Una cronolog\u00eda de palabras que encajaron en la fuente de los cerros, en la mirada sobre la \u00abhuella impaciente\u00bb del tiempo.<\/p>\n\n\n\n<p>Se extrav\u00eda en sus propias huellas, las que preguntan. Tomar\u00e1 \u00abel cauce de estas voces\/ que nos llegan de lejos\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Alguien acaba de ver al poeta Miguel Ram\u00f3n Utrera metido en unos libros, cubierto de polvo nocturno, recogiendo los pasos, recobrando su sombra\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Los que regresamos desde esa sombra, de la que el mismo poeta fund\u00f3, a\u00fan lo vemos trajinar por las calles, la \u00fanica que bajaba y sub\u00eda, a recoger los restos del silencio.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<p><strong>La voz recobrada<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>1<\/p>\n\n\n\n<p>A esta altura de todos los milagros. A este l\u00edmite de tantos agobios y olvidos, se hace necesario recobrar la cordura frente a quien se ha dejado llevar por el silencio: por el propio de la muerte y por el anidado en el territorio de la banalidad, tan de moda en estas horas de sobresaltos, provocadas por quienes han inventado noches sin d\u00edas.<\/p>\n\n\n\n<p>Y afirmo esta impostura, toda vez que Miguel Ram\u00f3n Utrera, responsable personal\u00edsimo de su eternidad, forma parte de ese descuido que a cada instante nos muerde los reclamos.<\/p>\n\n\n\n<p>Hace a\u00f1os \u2014dos d\u00edas despu\u00e9s del anuncio de que al poeta de San Sebasti\u00e1n de los Reyes lo hab\u00edan acreditado con el Premio Nacional de Literatura, supimos de su casa y de sus altercados con amigos y fantasmas a quienes se les ocurri\u00f3 acercarlo a ese <em>inmerecimiento,<\/em> como \u00e9l mismo afirm\u00f3 en muchas entrevistas y conversaciones en su viejo aposento frente a la Iglesia del hermoso pueblo arag\u00fce\u00f1o.<\/p>\n\n\n\n<p>En efecto, Miguel Ram\u00f3n Utrera, aquejado por males del cuerpo y del alma, m\u00e1s del primero que del segundo, porque puede m\u00e1s el esp\u00edritu a la hora de encarar la poes\u00eda, baj\u00f3 lentamente los escalones que lo distanciaban de su casa-dormitorio y nos convid\u00f3 a desayunar en la de su hermana, quien lo esperaba en el zagu\u00e1n. La casa, a unos doscientos metros de donde se aferraba a sus demonios, nos recibi\u00f3 en la voz queda y amable de la mujer que sali\u00f3 a recibirnos. \u201cAqu\u00ed est\u00e1n unos periodistas de Maracay\u201d, y entonces, sin terminar de entender la ca\u00edda de una nube sobre el patio de la familia, Utrera dijo algo parecido a una maldici\u00f3n: \u201cEse Garc\u00eda M\u00e1rquez no sabe escribir\u201d, y entonces entendimos que la jornada ser\u00eda un tanto resbalosa, pero llena de sonoridades.<\/p>\n\n\n\n<p>2<\/p>\n\n\n\n<p>La cr\u00f3nica sigue intacta en la memoria. Los detalles de aquella conversaci\u00f3n, ayudada por la admiraci\u00f3n y el temor de que en alg\u00fan momento el maestro profiriera alguna inflexi\u00f3n inc\u00f3moda (que a la larga ser\u00eda el t\u00edtulo del trabajo period\u00edstico), se han quedado colgados del tiempo, el que alimenta la atm\u00f3sfera de sus palabras, el color local de aquellas pocas horas de pausas y larga intervenci\u00f3n de quien lanzaba <em>amables improperios <\/em>a sus amigos Luis Pastori y Jos\u00e9 Ram\u00f3n Medina, responsables de que un poeta \u2014escondido en las estribaciones de un pueblo olvidado\u2014 haya sido testigo de un anuncio que se convirti\u00f3 en rechazo. \u201cYo no tengo libros publicados. No me merezco eso, porque yo no lo he pedido\u201d, nos dijo con su vocecita de anciano venerable, seguro de que ser\u00eda o\u00edda por los p\u00e1jaros que se dejaban caer en una batea bajo una mata, probablemente de granada. Entonces apareci\u00f3 Garc\u00eda Lorca en medio de tanto silabeo y el poeta mir\u00f3 hacia el patio que tantas veces lo regres\u00f3 a la ni\u00f1ez y lo hizo t\u00edtulo en una entrevista de Harry Almela. Sus ojos peque\u00f1os se quedaron instalados en un remolino de nubes que se acomodaba sobre la falda de la monta\u00f1a. O lo imaginaba, porque ese d\u00eda todo fue posible, tanto para disipar temores como para sortear el humor duro, \u00e1cido y revelador del poeta de <em>Calendario de la ausencia.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>3<\/p>\n\n\n\n<p><em>Ha pasado una sombra a nuestro lado<br>sin voz ni aliento; como flor ca\u00edda.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>Como una sombra, ya tarde la hora de retornar al bullicio, el poeta Utrera nos despidi\u00f3 en la puerta de la casona de San Sebasti\u00e1n. Ese d\u00eda sentimos que ese <em>merecimiento<\/em> lo marcar\u00eda para siempre, lo dejar\u00eda al lado del camino que pocos a\u00f1os despu\u00e9s dejar\u00eda de recorrer.<\/p>\n\n\n\n<p>Por eso, cuando leo la entrevista \u2014in\u00e9dita porque se qued\u00f3 fuera de un fallido n\u00famero de la bien recordada revista <em>En Ancas\u2014,<\/em> que el poeta Ram\u00f3n Ordaz sostuviera con ese \u201ccomarcano\u201d de nuestra poes\u00eda, siento lo mismo que sent\u00ed ese d\u00eda en el pueblo serrano de Aragua, primog\u00e9nito de esas calurosas alturas.<\/p>\n\n\n\n<p>Me instal\u00e9 con la intenci\u00f3n de revolver recuerdos. Y as\u00ed fue, regresaron \u00edntegros. La voz pol\u00e9mica del poeta, antiguo calco de la dignidad, descubri\u00f3 nuestra edad, nuestros pasos inseguros sobre la tierra. Insisti\u00f3 el hombre acerca de los m\u00e9ritos, acerca de su <em>apor\u00eda <\/em>frente al Universo, lo que obliga a leer \u201cLa sombra temeraria\u201d:<\/p>\n\n\n\n<p><em>Esta sombra nos sigue, de puntillas;<br>se oculta en todas nuestras horas claras;<br>y as\u00ed mismo se infiltra en nuestras voces<br>con leves ademanes de fantasmas.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p><em>La entrevemos, siguiendo nuestros pasos,<br>y trepando por todas las palabras;<br>inasible, fugaz, sin rumbo fijo,<br>pero presente siempre y siempre extra\u00f1a.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p><em>Guardemos ya nuestras mejores voces.<br>Deshilando las hebras de este sue\u00f1o,<br>esperemos la luz de la ma\u00f1ana.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p><em>Cuando el d\u00eda retorne con sus sones,<br>en el di\u00e1logo puro \u2014lumbre y sue\u00f1o-<br>se rasgar\u00e1 la sombra temeraria.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>He all\u00ed la sombra del poeta, la eternidad de quien rasg\u00f3 \u201clas hebras de este sue\u00f1o\u201d e hizo de sus m\u00e9ritos negaci\u00f3n y humildad, porque m\u00e1s all\u00e1 de cada impostura est\u00e1 la fuerza de su silencio, que era la lejan\u00eda de su vida del mundanal ruido.<\/p>\n\n\n\n<p>He all\u00ed la muerte, la sombra que regresa. Este texto que trepa y se aferra de las palabras, es la po\u00e9tica de su reafirmaci\u00f3n: el poeta es pura eternidad. Nada vale m\u00e1s que su silencio, que su sombra hecha fantasma, derrotada por la luz reciente del d\u00eda. Algo as\u00ed quiso decirnos, y as\u00ed lo dej\u00f3 marcado en la conversaci\u00f3n con Ordaz.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfCu\u00e1ntas veces se es Premio Nacional de Literatura en la eternidad? \u00bfCu\u00e1ntas veces en vida se puede rechazar un galard\u00f3n que muchas veces ha servido para inflar la vanidad de escritores que inmerecidamente lo llevan colgado de sus ambiciones? Utrera lo rechaz\u00f3 porque a su juicio no lo merec\u00eda. Llegamos a pensar y ahora a afirmar p\u00fablicamente, que el poeta no lo quer\u00eda, no lo deseaba. O ya sab\u00eda que su <em>sombra temeraria<\/em> regresar\u00eda a diario a borrarse contra la cara del olvido.<\/p>\n\n\n\n<p>4<\/p>\n\n\n\n<p>\u201cYo entiendo que el m\u00e9rito no se premia, el m\u00e9rito se premia a s\u00ed mismo, mantiene su propio valer, no se le puede poner precio, ni jurado, ni persona, porque ponerle precio al m\u00e9rito de alguien es una ofensa\u201d, le confes\u00f3 Miguel Ram\u00f3n Utrera a Ram\u00f3n Ordaz. Es decir, el poeta \u2014sensible a cualquier manifestaci\u00f3n de regal\u00eda\u2014 se sinti\u00f3 ofendido, porque le estaban cortando las alas, porque \u201cde aqu\u00ed en adelante no te vamos a reconocer lo que hagas. Es hasta un atrevimiento, pues los m\u00e9ritos llegan hasta el d\u00eda que lo entierran a uno, y hasta despu\u00e9s de muerto\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p>He all\u00ed entonces que la <em>sombra temeraria,<\/em> la del antiguo poema, se ajusta al momento del rechazo. Para Utrera, ning\u00fan premio recobra la voz del poeta: se aferra m\u00e1s bien en el trabajo de los que fueron sus alumnos y hoy le traen libros como ofrenda. Es decir, el poeta se celebra en los otros, en los que fueron sus pupilos. Se acomoda a esa manera de respirar \u201cLa voz ausente\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p><em>Sobre el menguado tiempo \u2014lumbre herida-<br>est\u00e1 la voz lejana que sustenta<br>color de lozan\u00eda.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p><em>Mirad la pobre senda:<br>perpetua soledad en ella afinca<br>su cadena infamante. Fronda seca.<br>Est\u00e9ril brillo. Trunca melod\u00eda.<br>Todo lleva los ecos de otra ausencia.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfQu\u00e9 ha querido decir el poeta en su porf\u00eda vivencial, en su porf\u00eda po\u00e9tica? \u00bfSimple met\u00e1fora o forma de ser? Digamos sin af\u00e1n de filosofar que Utrera enfrent\u00f3 la vanidad, la derrot\u00f3, pese a los \u201cviejos rumores\u201d, pese a las palabras olvidadas, las pausas alargadas, dejadas a un lado del \u201cmenguado tiempo\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p>Miguel Ram\u00f3n Utrera recupera su voz cada vez que abrimos un libro donde encontramos sus latidos. Cada vez que nos asoma a su propia sombra y a la de los lectores. Cada vez que nos recuerda la muerte y la aligera de equipaje, sin premios en los huesos, en las voces perdidas, en el reclamo eterno del silencio.<\/p>\n\n\n\n<p>Recobrado el poeta de San Sebasti\u00e1n, a un siglo de su llegada, vuelve a su voz y la hace m\u00e9rito en quienes andan por su <em>Senda pueril,<\/em> por la ni\u00f1ez renovada, por la <em>Voz peregrina,<\/em> por las tantas <em>Soledades<\/em> de su escritura, por ese <em>Oficio de verano<\/em> encajado en el patio de sus ojos, por los tantos <em>Testigos del alba,<\/em> por <em>La huella invisible<\/em> que vemos en las calles del Universo, por <em>Aquella aldea,<\/em> ardent\u00eda de nuestros sue\u00f1os, por los <em>Aires de la vida,<\/em> tan aporreada; por <em>La memoria de la espiga<\/em> y las <em>Edades de la flor.<\/em><\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Sobre el autor<\/h4>\n\n\n\n<h6 class=\"wp-block-heading\">*Aparecieron originalmente en: https:\/\/circulodescritoresvenezuela.org y https:\/\/letralia.com, respectivamente; y cedidos por el autor para su republicaci\u00f3n.<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Alberto Hern\u00e1ndez La otra claridad Alguien volver\u00e1 sus pasos para recordar antiguos nombresde la ciudad: entre ellos el que linda con la dura comarca de la sed.Un r\u00edo fue su imagen: un peque\u00f1o r\u00edo de \u00abverde y apacible ribera\u00bb,en cuyas clar\u00edsimas linfas hall\u00f3 sustento la vieja tribu contra elhambre y la sed. 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