{"id":13530,"date":"2024-10-11T15:02:13","date_gmt":"2024-10-11T19:32:13","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=13530"},"modified":"2024-10-11T15:03:13","modified_gmt":"2024-10-11T19:33:13","slug":"adios-miss-venezuela","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/adios-miss-venezuela\/","title":{"rendered":"Adi\u00f3s Miss Venezuela"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Francisco Suniaga<\/h4>\n\n\n\n<p><strong>I<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>En Margarita hay un camino antiguo y casi abandonado que lleva a la pen\u00ednsula de Macanao; una lengua blanca de arena y sal tendida a lo largo de una restinga que emergi\u00f3 de las aguas en tiempos remotos y convirti\u00f3 en una sola lo que hab\u00edan sido dos islas. La de barlovento, bendecida por la lluvia, y la de sotavento, castigada por la sequ\u00eda, \u00e1rida y menos habitada. Fue la \u00fanica v\u00eda terrestre entre ambas porciones insulares desde la colonia hasta los a\u00f1os sesenta del siglo pasado, cuando, m\u00e1s al sur, se construy\u00f3 un puente que las uni\u00f3. Es una ruta desolada, infestada de baches y trampas de fango, que el mar inunda y rompe en tiempos de tormenta y el sol reseca y cuartea en verano. Pocos se atreven a recorrerla, quienes se arriesgan lo hacen para disfrutar de un paisaje de espacios \u00fanicos, poderosos. Del lado derecho, seg\u00fan se va al poniente, est\u00e1 la bah\u00eda; un arco interminable labrado por las olas y vientos de un Caribe que all\u00ed aparece indomable. Del otro, en un raro contraste, hay una laguna de aguas apacibles, bordeada de manglares en cuyos follajes densos y primitivos se queda atrapada la luz del sol. Un paraje por el que Mar\u00eda Genoveva Herrera Becher sinti\u00f3 una irrevocable fascinaci\u00f3n desde el d\u00eda en que lo vio por primera vez y al que sol\u00eda acudir, pr\u00f3xima la hora del ocaso; quer\u00eda creer que alg\u00fan d\u00eda all\u00ed se encontrar\u00eda a Dios admirado de su propia obra.<\/p>\n\n\n\n<p>Esa tarde, hasta donde alcanzaba su vista, no hab\u00eda otros veh\u00edculos ni presencia humana alguna, solo unos pocos p\u00e1jaros marinos la acompa\u00f1aban en aquella vac\u00eda inmensidad que nunca antes sinti\u00f3 m\u00e1s suya. Cuando lleg\u00f3 a lo que ser\u00eda la mitad del camino, aparc\u00f3 su veh\u00edculo debajo de un mangle solitario que se hab\u00eda atrevido a crecer en el lado equivocado de la restinga, frente al mar, en abierto desaf\u00edo a la furia de los alisios. Extrajo del auto su bolso y una toalla y deambul\u00f3 un minuto buscando un sitio seco, lejos del alcance de las olas de mayor aliento, desde donde abarcar con su vista la concavidad plena de la costa.<\/p>\n\n\n\n<p>Se decidi\u00f3 por una peque\u00f1a duna de conchas marinas y guijarros blancos, la que le pareci\u00f3 m\u00e1s alta de las muchas aglomeradas a lo largo de la playa sin otro orden que el dictado por la arbitrariedad de las marejadas. Extendi\u00f3 la toalla y se tumb\u00f3 sobre ella con las piernas estiradas, una sobre la otra, apoy\u00e1ndose en los codos a cada lado del cuerpo. As\u00ed permaneci\u00f3 por un rato, inm\u00f3vil, de cara al cielo y con los ojos cerrados, sin pensar en nada, limit\u00e1ndose a sentir en su rostro la tibieza suave del sol de la tarde y el aire salino que el mar le soplaba en bocanadas poderosas.<\/p>\n\n\n\n<p>Aquel era su santuario personal, el sitio donde ven\u00eda a mirar el crep\u00fasculo y, como era su deseo en esa oportunidad, estaba desierto, sin turistas. Solo la figura de un pescador, que faenaba con su atarraya, a su izquierda, no muy lejos, se recortaba contra el fondo del cielo, que dejaba de ser azul y se te\u00f1\u00eda de dorado. El recolector, con movimientos llenos de plasticidad, lanzaba la red, que se desenrollaba en el aire en una circunferencia perfecta y permanec\u00eda suspendida sobre el agua unos segundos antes de caer, para recogerla y lanzarla de nuevo, en una rutina inalterable. La fluidez de su accionar se interrump\u00eda solo para retirar alg\u00fan pez atrapado, caminar hasta la orilla y colocarlo en una cesta. Volv\u00eda al mar, hasta que el agua llegaba casi a su cintura, y continuaba con la pesca, sin prisa alguna, en armon\u00eda con el ritmo pausado que el tiempo tiene en la isla.<\/p>\n\n\n\n<p>Pasados unos minutos, no supo cu\u00e1ntos, cambi\u00f3 de postura, se enderez\u00f3 y cruz\u00f3 las piernas delante de ella, como los indios, pens\u00f3, y por unos segundos se fue detr\u00e1s de una nostalgia infantil, la de los juegos de vaqueros y pieles rojas en Caracas, con los primos en los jardines de la casa grande de la abuela Herrera, en Los Chorros. Mas abandon\u00f3 esa enso\u00f1aci\u00f3n con rapidez ante el hecho cierto de que sus nostalgias de ni\u00f1a carec\u00edan desde hac\u00eda mucho de los espacios donde recrearse. Su vieja ciudad era ahora para ella un mazacote urbano irreconocible y distante. La casona de la abuela hab\u00eda sido demolida para dar lugar a un condominio caro con un muro muy alto coronado con un cerco el\u00e9ctrico, y sus primos, aquel apretado conglomerado de afectos l\u00fadicos de su ni\u00f1ez, hab\u00edan tomado los caminos divergentes que impone la mayoridad.<\/p>\n\n\n\n<p>Abri\u00f3 el bolso y busc\u00f3 en su interior hasta dar con el paquete de cigarrillos y el encendedor, extrajo uno y lo apret\u00f3 entre los labios para que la brisa no se lo arrancara. Us\u00f3 la mano izquierda como pantalla y, tras varios intentos, logr\u00f3 encenderlo. Aspir\u00f3 el humo con intensidad, luego lo exhal\u00f3 con fuerza para poder vencer la oposici\u00f3n del viento; no hab\u00eda en el Caribe, pens\u00f3, otro lugar donde su presencia fuese m\u00e1s avasallante. La tarde era clara, el cielo nunca le hab\u00eda parecido tan profundo ni tan anchuroso el mar que ten\u00eda enfrente, aun cuando la calina que ven\u00eda con el oleaje difuminaba la nitidez de la orilla a uno y otro lado de la bah\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>En su mano izquierda ten\u00eda el encendedor, uno de sus objetos m\u00e1s preciados, un regalo de su padre, un Zippo cl\u00e1sico; levantaba y dejaba caer la tapa para escuchar su sonido met\u00e1lico y romper de esa manera el monopolio del fragor del mar. Sent\u00eda que no hab\u00eda razones para echar de menos lo que fuera que no estuviera all\u00ed con ella en ese momento y nada extra\u00f1aba. Quiso, por un impulso, saber con exactitud la hora, pero hab\u00eda dejado su reloj sobre la c\u00f3moda en su cuarto. Justo antes de salir hab\u00eda pensado que no ten\u00eda sentido llevarlo consigo. En el bolso ten\u00eda su tel\u00e9fono celular, pero estaba apagado y no quiso encenderlo; aunque era muy poco probable que alguien fuese a llamarla, evit\u00f3 correr el riesgo de que lo hiciera justo cuando quer\u00eda y pod\u00eda creer que en su universo no quedaba sino ella. Ni siquiera lo compart\u00eda con aquel pescador de atarraya; \u00e9l estaba en el suyo, paralelo en el espacio y en otra era atr\u00e1s en el tiempo.<\/p>\n\n\n\n<p>Se resign\u00f3 a no saber con exactitud la hora, faltaba poco para que el sol se ocultara y las olas le parecieron m\u00e1s calmadas, como si esperaran ya rendidas la llegada de las sombras. De pronto, asaltada por una prisa absurda, ajena a la belleza del lugar, a los colores de la tarde y al lento latir del coraz\u00f3n de la isla, decidi\u00f3 que no hab\u00eda motivos para aguardar que el astro desapareciera del todo en el horizonte. Tom\u00f3 una \u00faltima bocanada de su cigarrillo, aplast\u00f3 la colilla en la concha de almeja casi trasl\u00facida que hab\u00eda escogido como cenicero y, con movimientos serenos, determinados, cual si estuviese gobernada por una voluntad extra\u00f1a y superior a la suya, extrajo del bolso un rev\u00f3lver que parec\u00eda muy grande para su mano femenina y apoy\u00f3 la boca del ca\u00f1\u00f3n en su sien derecha. Transcurridos unos segundos cambi\u00f3 de parecer, retir\u00f3 el rev\u00f3lver de su cabeza para apuntarlo contra su pecho y apret\u00f3 el gatillo. Acababa de cumplir cincuenta y cinco a\u00f1os y si hubiese llevado consigo el reloj, o encendido el celular antes de dispararse, habr\u00eda sabido que faltaban diez minutos para las seis de la tarde.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/francisco-suniaga\/\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Francisco Suniaga I En Margarita hay un camino antiguo y casi abandonado que lleva a la pen\u00ednsula de Macanao; una lengua blanca de arena y sal tendida a lo largo de una restinga que emergi\u00f3 de las aguas en tiempos remotos y convirti\u00f3 en una sola lo que hab\u00edan sido dos islas. 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