{"id":13524,"date":"2024-10-11T14:39:30","date_gmt":"2024-10-11T19:09:30","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=13524"},"modified":"2024-10-11T14:55:14","modified_gmt":"2024-10-11T19:25:14","slug":"cronicas-francisco-suniaga","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/cronicas-francisco-suniaga\/","title":{"rendered":"Dos cr\u00f3nicas de Francisco Suniaga"},"content":{"rendered":"\n<h3 class=\"wp-block-heading\">Agosto de 1967<\/h3>\n\n\n\n<p>Guardo con nost\u00e1lgica simpat\u00eda el recuerdo de mis agostos infantiles margarite\u00f1os, cuando a nuestra casa en La Asunci\u00f3n llegaba de visita el t\u00edo Jes\u00fas, un hermano de mi padre que trabajaba en la Creole. Su venida significaba realizar el sue\u00f1o de ir a la playa todos los d\u00edas, apretujados con los primos, en su Buick Oldsmobile autom\u00e1tico y con vidrios el\u00e9ctricos.<\/p>\n\n\n\n<p>Atesoro en mi memoria los agostos de mis a\u00f1os universitarios, compartidos con amigos que todav\u00eda me acompa\u00f1an. Por supuesto que tambi\u00e9n los de mis a\u00f1os adultos, en plan de padre de familia, fueron determinantes para las im\u00e1genes que archivo de mis muchachos cuando eran ni\u00f1os. En fin, agosto, el mes de las vacaciones, siempre ha sido un mes grato, pero, por muchas razones, nunca hubo uno mejor que el de 1967.<\/p>\n\n\n\n<p>Ese agosto fue especial porque recib\u00ed el regalo de visitar Caracas, ofrecido si pasaba todas las materias de segundo a\u00f1o de bachillerato. Promesa que no fue f\u00e1cil hacer cumplir a mis padres porque ese fue el a\u00f1o del terremoto y la gente, lejos de querer venir a Santiago de Le\u00f3n, buscaba la manera de salir de ella. Pero esta ciudad, desde que tengo memoria, ejerc\u00eda sobre m\u00ed una atracci\u00f3n inmensa; tal que a diferencia de otros ni\u00f1os no me refer\u00eda al futuro con el t\u00edpico \u201ccuando yo sea grande\u201d sino con una expresi\u00f3n que m\u00e1s que futuro signaba un destino: \u201ccuando yo est\u00e9 en Caracas\u201d. As\u00ed ser\u00edan las dimensiones de esa obsesi\u00f3n que mi madre, no obstante ejercer su cargo con particular celo, no encontr\u00f3 manera de oponerse al viaje.<\/p>\n\n\n\n<p>Llegu\u00e9 a Caracas al amanecer de un s\u00e1bado, debi\u00f3 ser a mediados de mes, en un carro por puesto; un Chevrolet Impala 1965 propiedad de un chofer amigo de la familia apodado \u201cTabacoverde\u201d, quien ten\u00eda el encargo de dejarme en el apartamento 1-A del edificio Residencias del Oeste, calle Circunvalaci\u00f3n, Catia. No era la primera vez que ven\u00eda a Caracas \u2013lo hab\u00eda hecho dos a\u00f1os antes en compa\u00f1\u00eda de mi padre\u2013; aun as\u00ed, volver a ella me despertaba las mismas emociones.<\/p>\n\n\n\n<p>Hab\u00edamos salido de Puerto la Cruz a eso de las once de la noche, despu\u00e9s de la traves\u00eda en ferry, y pudo haber sido un viaje tranquilo de no haberse presentado un par de inconvenientes. Un margarite\u00f1o, a quien \u201cTabacoverde\u201d hab\u00eda recogido en Boca de R\u00edo, enjuto y callado, como los hombres que han faenado en el mar, cargaba un gallo de pelea en una bolsa de tela. La colg\u00f3 del gancho para trajes sobre la ventanilla trasera opuesta al chofer, calculando la extensi\u00f3n del cordel de tal manera que el gallo reposara sobre su muslo derecho.<\/p>\n\n\n\n<p>El gallo estuvo tranquilo durante un rato, cacareando por lo bajo, hasta que dejamos atr\u00e1s Barcelona y tomamos la carretera. Entonces, cada vez que nos top\u00e1bamos con un carro de frente, confund\u00eda sus luces con el amanecer y comenzaba a cantar. Sin embargo, por m\u00e1s que el chofer y los pasajeros se lo pidieron, el adusto gallero se neg\u00f3 a cubrirlo con una chaqueta, o a ponerlo en el piso del carro, porque \u201cer gallo se me pue\u2019 ahog\u00e1\u201d, fueron sus \u00fanicas palabras.<\/p>\n\n\n\n<p>El otro inconveniente vino a ser una se\u00f1ora que ven\u00eda sentada tambi\u00e9n en el asiento trasero, en el lado opuesto al del gallero \u2013yo iba en el medio, y una pareja joven ocupaba el asiento delantero\u2013. Era una abuela margarite\u00f1a que llevaba en los hombros el consabido \u201cpa\u00f1o\u2019e mota\u201d de los viajeros de la isla en otros tiempos. Dec\u00eda marearse en las curvas y, aunque la rotaron de puesto \u2013ocup\u00f3 el de la mujer joven que antes iba en el asiento delantero\u2013, sus quejas no cesaron a lo largo del camino. Cada cierto tiempo, \u201cTabacoverde\u201d deb\u00eda bajar la velocidad de la marcha, mientras la se\u00f1ora hac\u00eda varias inhalaciones de un frasco de Alcoholado, y esperar a que dijera que estaba \u201cmejorcita\u201d para aumentarla de nuevo. En un par de oportunidades debi\u00f3 incluso parar por varios minutos, donde lo permit\u00eda la carretera, para que la se\u00f1ora se bajara del carro y asentara los pies sobre la tierra: \u00fanica manera de que \u201cse me pase el mareo, mijo\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p>Los tormentosos cantos del gallo, los quebrantos de la se\u00f1ora y las protestas resignadas de los otros dos pasajeros le provocaron al chofer un mal humor tan espeso que en la cabina del Chevrolet, a pesar del aire fresco que entraba por las ventanillas laterales, no se pod\u00eda respirar; fue como si \u201cTabacoverde\u201d, haci\u00e9ndole honor a su nombre, se hubiese puesto a echar humo.<\/p>\n\n\n\n<p>Ya el sol se insinuaba tenue en el horizonte, cuando entramos a la autopista del Este. Recorrido un trecho, sin que nadie se lo hubiese preguntado, tal vez para vengarse de los pasajeros, \u201cTabacoverde\u201d se\u00f1al\u00f3 un \u00e1rea indeterminada a su derecha y dijo: \u201cPor all\u00e1 fue que se cayeron los tres edificios hace dos semanas, eso todav\u00eda huele a muerto\u201d. Palabras que no dejaron de impactarme, pero que pasadas unas horas ni siquiera recordaba. En Catia no hab\u00eda vestigios del terremoto, o yo no los recuerdo, o tal vez, entonces como ahora, all\u00ed no se siente mucho lo que ocurre en Altamira.<\/p>\n\n\n\n<p>Estuve en Caracas durante unas tres semanas y mi aproximaci\u00f3n a ella fue como la del adolescente que debuta con una meretriz veterana. Llegu\u00e9 a casa de una prima de mi abuela, Carmen Dolores, que trabajaba como enfermera en el Hospital Vargas. El domingo siguiente a mi llegada, en la tarde, fuimos y regresamos, siempre en autob\u00fas, a El Junquito. El fr\u00edo que entonces hac\u00eda all\u00e1 arriba era la gran atracci\u00f3n y para sobrevivirlo me consigui\u00f3 prestada una chaqueta de su yerno que me quedaba inmensa. La verdad es que si algo no ha cambiado en Caracas es El Junquito. Ya entonces era ca\u00f3tico, con demasiada gente y demasiados carros, y con el mismo olor empalagoso de las fritangas de cochino estancado en su atm\u00f3sfera. Caminamos un rato, compartimos una cachapa con queso, nos entretuvimos mirando a unos muchachos volando unos papagallos, sent\u00ed el fr\u00edo nunca antes experimentado que hab\u00edamos subido a buscar \u2013raz\u00f3n \u00fanica por la que el viaje vali\u00f3 la pena\u2013 y nos regresamos.<\/p>\n\n\n\n<p>Est\u00e1bamos ya dentro del autob\u00fas \u2013Carmen Dolores me hab\u00eda cedido el lado de la ventana\u2013 cuando una pareja veintia\u00f1era lleg\u00f3 hasta sus puertas, pero no subieron, se quedaron all\u00ed mientras hablaban. Era una conversaci\u00f3n tirante; \u00e9l parec\u00eda tratar de convencerla de algo \u2013que subiera, tal vez\u2013 y ella negaba con la cabeza, mientras manten\u00eda la mirada fija en el suelo. \u00c9l no paraba de hablar; argumentaba, pero no con ira sino m\u00e1s bien como si le estuviese pidiendo algo. Ella hablaba poco, muy poco, y segu\u00eda negando con la cabeza. El joven trat\u00f3 entonces de asirla por el antebrazo, un gesto desesperado, un \u00faltimo intento por ser escuchado, y ella se zaf\u00f3 con un tir\u00f3n, no violento pero s\u00ed firme, volvi\u00f3 a negar con la cabeza, le dio la espalda y lo dej\u00f3 parado al lado del autob\u00fas.<\/p>\n\n\n\n<p>El joven tard\u00f3 unos minutos en subirse, tantos que pens\u00e9 que tampoco lo iba a hacer. Otros pasajeros, que hab\u00edan entrado mientras \u00e9l hablaba con la muchacha, ocupaban los asientos y debi\u00f3 quedarse de pie, justo al lado del banco donde est\u00e1bamos sentados Carmen Dolores y yo. Entonces me di cuenta de que lloraba, que jipiaba como un ni\u00f1o, y las l\u00e1grimas le corr\u00edan por las mejillas sin que \u00e9l hiciera algo por contenerlas o esconderlas de las miradas de los dem\u00e1s pasajeros. Se mantuvo llorando todo el trayecto desde El Junquito hasta Catia, y tal vez m\u00e1s all\u00e1 porque nosotros nos bajamos y \u00e9l se qued\u00f3 en el autob\u00fas llorando.<\/p>\n\n\n\n<p>Fue la primera vez que vi a un hombre llorar por una mujer y durante varios a\u00f1os no le encontr\u00e9 explicaci\u00f3n \u2013lo atribu\u00eda a alguna debilidad de car\u00e1cter del gal\u00e1n de marras\u2013, hasta que a m\u00ed me toc\u00f3 hacer su papel, con la edad que \u00e9l tendr\u00eda aquella tarde en El Junquito, a\u00f1o m\u00e1s a\u00f1o menos. Me recuerdo tambi\u00e9n con el coraz\u00f3n roto, en un autob\u00fas que hac\u00eda la ruta Chaguaramos-Veredas de Coche, llorando por la novia que me hab\u00eda dejado, sin que me importara en absoluto que otros pasajeros miraran mis l\u00e1grimas. En esos instantes uno est\u00e1 a solas con su dolor, los dem\u00e1s no existen.<\/p>\n\n\n\n<p>En aquel agosto, a pesar del poco tiempo transcurrido desde el terremoto, Caracas se me presentaba amable y gentil. Paseaba por sus calles y plazas, en compa\u00f1\u00eda de un amigo margarite\u00f1o, William Fern\u00e1ndez, y no recuerdo haber sentido temor alguna vez. Ni siquiera cuando atravesamos el t\u00fanel peatonal, relativamente oscuro, que hab\u00eda entre Puente Hierro y El Cementerio \u2013despu\u00e9s de haber disfrutado la pel\u00edcula Herbie (Cupido motorizado) en el teatro Actualidades, a donde iba la gente de San Agust\u00edn a ver cine.<\/p>\n\n\n\n<p>En Caracas, en aquellas vacaciones, com\u00ed por primera vez una hamburguesa, una pizza napolitana, un dulce de hojaldre, descubr\u00ed los refrescos Green Spot y me fume el cigarrillo inici\u00e1tico. Tambi\u00e9n en esa estancia cay\u00f3 en mis manos una revista gringa hasta entonces desconocida, Playboy, y por poco me muero de la impresi\u00f3n y sus solitarias secuelas. Caminaba por la ciudad y sent\u00eda la transparencia de su aire verdiazul y en \u00e9l, oh maravilla, flotaban las notas de la m\u00fasica de Los Beatles (habl\u00e9 de esto con Enrique Lazo y me dijo que probablemente eran las canciones de Sergeant Pepper, que hab\u00eda sido lanzado internacionalmente en mayo de ese a\u00f1o y que ya se escuchaba mucho aqu\u00ed).<\/p>\n\n\n\n<p>Pero nada de lo anterior iguala el hecho de que fue en Caracas, en ese agosto de 1967, que pude estar solo, alejado de la apretada convivencia familiar margarite\u00f1a, que aunque c\u00e1lida es invasiva (un profesor de Filosof\u00eda amigo sol\u00eda decir que los margarite\u00f1os emigraban m\u00e1s por el peso de la madre que por la falta de trabajo). Fue esa la primera vez que sent\u00ed y degust\u00e9 la realidad maravillosa de ser un individuo de la especie humana, libre, y por esa misma raz\u00f3n, condenado a serlo \u2013como ense\u00f1aba entonces Sartre a los j\u00f3venes que al a\u00f1o siguiente, desde Par\u00eds, cambiar\u00edan el mundo\u2013. Por supuesto que en aquellos a\u00f1os no entend\u00eda nada de filosof\u00eda existencialista, pero, y tengo de eso una memoria n\u00edtida, me sent\u00eda del carajo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\">J\u00f3vito Villalba, el hombre que no quiso ser presidente*<\/h3>\n\n\n\n<p>Mucho antes de que la pol\u00edtica fuese algo m\u00e1s que una palabra y tuviera alg\u00fan sentido para m\u00ed, ya J\u00f3vito Villalba era su representaci\u00f3n. Como he escrito en otras notas, en nuestra casa J\u00f3vito fue desde el comienzo de los tiempos una aut\u00e9ntica deidad que formaba con Dios y la Virgen del Valle una sant\u00edsima trilog\u00eda, algo hereje y, tal vez por eso, muy margarite\u00f1a. En la modesta sastrer\u00eda de mi progenitor, su nombre era pronunciado con gran respeto y su imagen presid\u00eda las sesiones diarias de sus feligreses en aquella convulsionada d\u00e9cada de los sesenta.<\/p>\n\n\n\n<p>Al revisar su biograf\u00eda, es obvio que J\u00f3vito Villalba encaja en la categor\u00eda del personaje heroico de la tragedia griega: el semidi\u00f3s capaz de realizar grandes proezas, de soportar indescriptibles sufrimientos, de ser perseverante en sus actos y tener fe en la verdad de su evangelio. Desde muy ni\u00f1o, cuando se me catequiz\u00f3 en su culto, supe de su resistencia a Juan Vicente G\u00f3mez y al autoritarismo militar, de su encarcelamiento, durante siete largos a\u00f1os en el castillo de Puerto Cabello, de los grilletes en sus tobillos y de las llagas que le produjeron, de sus exilios y persecuciones.<br>Como cualquier semidi\u00f3s griego, J\u00f3vito ten\u00eda un gran poder que pon\u00eda al servicio de su causa: el verbo. Era capaz de torcer el curso mismo de la historia en tan solo cinco minutos de discurso. Era tan magn\u00edfico en ese arte que nunca se preocup\u00f3 por escribirlos, los dec\u00eda y sus seguidores, cual ap\u00f3steles, se encargaban de propagarlos a los cuatro vientos. De esa manera su evangelio lleg\u00f3 a todos los rincones del pa\u00eds y alcanz\u00f3 a una legi\u00f3n de seguidores, los urredistas, cuya militancia era tan bizarra como pudo ser la de los primeros cristianos.<\/p>\n\n\n\n<p>La voz de J\u00f3vito, a pesar de la distancia y el aislamiento de Margarita en aquellos a\u00f1os, me resultaba tan familiar como su imagen. Mi padre, que era adem\u00e1s m\u00fasico y ten\u00eda cierta capacidad histri\u00f3nica, era capaz de repetir de memoria, imitando el timbre de voz met\u00e1lico y ligeramente nasal del l\u00edder, segmentos enteros de sus discursos m\u00e1s famosos. Actuaciones que aumentaban su frecuencia en la medida en que las cervecitas y palitos de ron Florida, con los que se honraba al dios Villalba en aquel modesto templo de La Asunci\u00f3n, liberaban el esp\u00edritu y facilitaban la tarea. En sesiones m\u00e1s sacramentales, en tiempos de campa\u00f1a electoral, ten\u00eda una colecci\u00f3n de sus discursos en discos de 78 rpm que eran escuchados por los compa\u00f1eros de partido como quien escucha m\u00fasica cl\u00e1sica: en silencio, con mucha atenci\u00f3n y con aplausos al final.<\/p>\n\n\n\n<p>A J\u00f3vito no solo se le pod\u00eda caracterizar como un semidi\u00f3s que hab\u00eda sido gestado por el Esp\u00edritu Santo en una virgen margarite\u00f1a. Su condici\u00f3n iba m\u00e1s all\u00e1 de ser el h\u00e9roe mitol\u00f3gico realizador de grandes haza\u00f1as que estaba condenado por un destino perverso. J\u00f3vito fue tambi\u00e9n, envuelto en el mayor romanticismo al que un dirigente pol\u00edtico pueda aspirar, una emanaci\u00f3n de la novel\u00edstica latinoamericana, incluyendo sus formatos cinematogr\u00e1ficos, radiales y televisivos. Era un compendio que conten\u00eda toda la nobleza, bondad y solidaridad que pueda tener \u201cel muchacho\u201d del cuento. En lo personal siempre lo vincul\u00e9 a Aureliano Buend\u00eda. \u00bfEn qu\u00e9 otro personaje pol\u00edtico pod\u00eda pensar ante una de las m\u00e1s recordadas l\u00edneas de Garc\u00eda M\u00e1rquez? Aquella de: \u201cEl coronel Aureliano Buend\u00eda promovi\u00f3 treinta y dos levantamientos armados y los perdi\u00f3 todos\u201d. Los \u201clevantamientos\u201d de J\u00f3vito fueron democr\u00e1ticos y pac\u00edficos, pero igual los perdi\u00f3 todos.<\/p>\n\n\n\n<p>Como a cualquier h\u00e9roe m\u00edtico de estas tierras, a J\u00f3vito tambi\u00e9n lo castig\u00f3 una infamia. Gan\u00f3 las elecciones de 1952 a la dictadura de P\u00e9rez Jim\u00e9nez (realizadas para elegir una Asamblea Constituyente que elegir\u00eda al Presidente de la Rep\u00fablica), quien desconoci\u00f3 el resultado, apres\u00f3 al l\u00edder urredista y lo envi\u00f3 al exilio. Un cuadro muy parecido al de la Venezuela actual: el dem\u00f3crata que se enfrenta con muy pocos recursos a un aparataje dictatorial extraordinariamente poderoso y resulta atropellado. Y entonces vino la mentira que, a fuerza de repetirse, si bien no lleg\u00f3 a convertirse en verdad, logr\u00f3 hacerle mucho da\u00f1o: J\u00f3vito \u201cvendi\u00f3\u201d las elecciones. El escarnio de los h\u00e9roes fallidos no es novedad en esta Venezuela que de siempre se ha pasado de caribe (por lo can\u00edbal).<\/p>\n\n\n\n<p>Pero si el dios urredista era heroico, sus seguidores no lo eran menos. Como los muchos hijos del coronel Aureliano Buend\u00eda cargaban una cruz de cenizas marcada en la frente que los identificaba y si alguna ense\u00f1a pudiera haberlos distinguido habr\u00eda sido, en lat\u00edn, claro est\u00e1: fidelis per saecula. Al llamado del Maestro, marcharon detr\u00e1s de Wolfgang Larrazabal en 1958, detr\u00e1s suyo en 1963, detr\u00e1s de Miguel Angel Burelli en 1968, detr\u00e1s de J\u00f3vito otra vez en 1973 (como candidato residual despu\u00e9s del fracaso de un intento de pacto con el MEP y el PCV), detr\u00e1s de Luis Herrera en 1978 y detr\u00e1s de Lusinchi en 1983. Al final, creo, la disminuci\u00f3n de su caudal electoral tuvo m\u00e1s que ver con la muerte natural de sus seguidores que con la deserci\u00f3n.<br>Visto retrospectivamente, siempre hubo una raz\u00f3n pol\u00edtica, buena, dicho sea de paso, para cada una de esas decisiones. El consenso, el pacto pol\u00edtico que incluyera a m\u00e1s sectores del pa\u00eds fue una de ellas. Cuando apoy\u00f3 a Lusinchi contra Caldera, por ejemplo, lo hizo convencido de las perversiones de la reelecci\u00f3n presidencial (y miren si ten\u00eda raz\u00f3n). Creo, sin embargo, que detr\u00e1s de toda esa racionalidad pol\u00edtica hab\u00eda un factor personal: J\u00f3vito en realidad nunca quiso ser presidente. Le faltaba la megaloman\u00eda y la vanidad adicionales para serlo.<\/p>\n\n\n\n<p>Esa capacidad de J\u00f3vito para buscar y materializar el consenso, fue su gran aporte a la pol\u00edtica y la democracia venezolana. Vista su actuaci\u00f3n a partir de 1958 (y la de Betancourt y Caldera), es claro que fue \u00e9l, y no alguno de los dos expresidentes, el gran art\u00edfice del Pacto de Punto Fijo. Acuerdo pol\u00edtico que le dio estabilidad al nuevo sistema pol\u00edtico y que fue imprescindible para crear el per\u00edodo m\u00e1s fecundo de nuestra historia republicana. No es la idea hacer de esta nota un debate sobre Punto Fijo, baste por ahora decir que las decisiones pol\u00edticas deben ser vistas en el contexto de su momento hist\u00f3rico y que hay que ubicarse en aquella Venezuela que no sab\u00eda a\u00fan c\u00f3mo ser democr\u00e1tica.<\/p>\n\n\n\n<p>Este 23 de marzo es el cumplea\u00f1os de J\u00f3vito Villalba \u2013naci\u00f3 en 1908, en Pampatar\u2013 y este escrito es para celebrar su efem\u00e9rides, un regalo de coraz\u00f3n para \u201cel tribuno de Am\u00e9rica\u201d, como gustaban llamarlo sus seguidores. J\u00f3vito fue uno de los padres fundadores de la Venezuela del siglo XX, un pa\u00eds nuevo que se negaba a seguir hundido en el pantano de la dictadura y el militarismo. Fue por eso uno de los padres de nuestra democracia, gestor de esos cuarenta a\u00f1os cuya estabilidad y paz se a\u00f1oran. Coautor de un sistema que foment\u00f3 el surgimiento y consolidaci\u00f3n de un concepto \u2013la tolerancia pol\u00edtica\u2013 que antes de su tiempo no exist\u00eda y que ahora tanto se echa de menos.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/francisco-suniaga\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n\n\n\n<h6 class=\"wp-block-heading\">*Publicada en: https:\/\/revista.eneltapete.com<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Agosto de 1967 Guardo con nost\u00e1lgica simpat\u00eda el recuerdo de mis agostos infantiles margarite\u00f1os, cuando a nuestra casa en La Asunci\u00f3n llegaba de visita el t\u00edo Jes\u00fas, un hermano de mi padre que trabajaba en la Creole. 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