{"id":13266,"date":"2023-09-16T08:14:00","date_gmt":"2023-09-16T12:44:00","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=13266"},"modified":"2024-09-16T08:30:01","modified_gmt":"2024-09-16T13:00:01","slug":"dos-cuentos-de-ednodio-quintero","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/dos-cuentos-de-ednodio-quintero\/","title":{"rendered":"Dos cuentos de Ednodio Quintero"},"content":{"rendered":"\n<h3 class=\"wp-block-heading\">El combate<\/h3>\n\n\n\n<p>El sol se hund\u00eda en las lejan\u00edsimas monta\u00f1as coronadas de nieve, veteadas en los flancos por l\u00edneas verdosas, rayadas de carb\u00f3n. Yo avanzaba a trav\u00e9s de un sendero pedregoso dejando a mis espaldas mi rastro de sangre. Me deten\u00eda el tiempo justo para respirar y luego reanudaba mi implacable marcha pues no quer\u00eda que la noche me sorprendiera a descampado. Abrigadas en las sombras, las fieras o las aves de rapi\u00f1a me acosar\u00edan sin piedad, y en aquel estado de indefensi\u00f3n, \u00bfqu\u00e9 resistencia les iba a ofrecer? Moverme me causaba da\u00f1o, ya que, pr\u00e1cticamente, ninguna regi\u00f3n de mi cuerpo hab\u00eda escapado al castigo. A decir verdad, mis heridas no eran de muerte, pero este hecho no me consolaba. \u00bfQu\u00e9 ventaja se derivaba de aquella circunstancia? Morir no era mi mayor preocupaci\u00f3n. Ya habr\u00eda tiempo para ocuparse del trance final.<\/p>\n\n\n\n<p>Mientras avanzaba apoy\u00e1ndome en alguna ra\u00edz enterrada en los salientes rocosos, me invad\u00eda una rara sensaci\u00f3n, semejante a la desilusi\u00f3n o la tristeza. No obstante, su verdadera naturaleza no era f\u00e1cil de definir. Yo me hab\u00eda habituado a la derrota, mi destino estaba entretejido por la traici\u00f3n. Entonces, por qu\u00e9 habr\u00eda de afligirme esta nueva ca\u00edda siendo que ella no era m\u00e1s que una reiteraci\u00f3n, otro eslab\u00f3n en la cadena. Acaso, por primera vez, tuve conciencia de que aquel sentimiento, el que fuera, rebasaba mis propios l\u00edmites y se precipitaba en el vac\u00edo.<\/p>\n\n\n\n<p>Hab\u00eda librado un combate desigual, y supe desde el primer momento que no ten\u00eda la m\u00e1s m\u00ednima posibilidad de resultar vencedor. Pude eludir el encuentro pues nada me obligaba a someter mi cuerpo a semejante escarmiento. Sin embargo, una fuerza para m\u00ed desconocida sostuvo mi decisi\u00f3n. \u00bfAcaso me solazaba en el dolor? No lo creo, no ha sido el dolor mi aspiraci\u00f3n esencial. Al menos, voluntariamente, no me expongo a la crueldad. Ahora, ante mi piel desollada, de nada serv\u00edan los pensamientos. Cualquier hip\u00f3tesis resultaba superflua. Pero no pod\u00eda dejar de pensar, al contrario, im\u00e1genes y voces flu\u00edan incontenibles, fustig\u00e1ndome y atorment\u00e1ndome, convirtiendo mi huida en un v\u00eda crucis mental.<\/p>\n\n\n\n<p>Escuchaba la risa burlona del enemigo, escudado detr\u00e1s de la m\u00e1scara de hierro, y aquella risa endemoniada era preferible al silencio, pues opacaba su irritante respiraci\u00f3n, silbante y persistente como el zumbido de un moscard\u00f3n. Y cuando al fin cesaban la risa y el silencio, en alg\u00fan lugar de mi memoria surg\u00eda n\u00edtida una figura familiar -cuyos rasgos habr\u00eda reconocido entre una multitud. Se incorporaba en su tumba y me increpaba con palabras terribles, que llegaban a m\u00ed desfiguradas por la lejan\u00eda, astilladas por el viento de la eternidad, y que hac\u00edan vibrar mis o\u00eddos como una maldici\u00f3n. \u00bfEstar\u00eda yo condenado a oscilar el resto de mis d\u00edas entre carcajadas de burla y voces muertas? A trav\u00e9s de aquel odioso contrapunto se filtraba, d\u00e9bil -e inconfundible-, un sollozo. Yo hab\u00eda traspasado no s\u00e9 cu\u00e1ntos umbrales del sufrimiento, pero el sonido de mi propio llanto no lo iba a soportar. Arranqu\u00e9 un pu\u00f1ado de hierba seca mezclada con tierra y tapon\u00e9 mi boca para sofocar mi voz. Y reanud\u00e9 la marcha dispuesto a no dejarme arrebatar por ninguna imagen del pasado, pues sab\u00eda que en aquel territorio de cenizas, y no en mi cuerpo desvalido, se centraba mi debilidad.<\/p>\n\n\n\n<p>Llegu\u00e9 a un promontorio desde el cual, los d\u00edas claros, se alcanzaba a ver, en el fondo del valle, el techo de mi caba\u00f1a. Hoy, las nieblas ligeras que ascend\u00edan por el ca\u00f1\u00f3n como si huyeran de la noche cercana, lo ocultaban. Aceler\u00e9 el paso. La noche no me alcanz\u00f3, tampoco el puma monta\u00f1\u00e9s. Mi refugio de paredes encaladas ol\u00eda a tabaco y laurel. Yo pensaba que al entrar en mis dominios me derrumbar\u00eda a causa de la fatiga; m\u00e1s bien, gracias al cielo, sent\u00ed un alivio repentino como si me hubieran untado un b\u00e1lsamo rejuvenecedor. Pero no me hice ilusiones: sab\u00eda que el dolor no tardar\u00eda en volver, acrecentado por el relente del atardecer. Encend\u00ed el fog\u00f3n, y a toda prisa, aprovechando las \u00faltimas luces y mis escasas fuerzas, calent\u00e9 agua que fui vaciando en una tina y le agregu\u00e9 una libra de sal. Me hund\u00ed en aquel caldo salobre y pronto me qued\u00e9 dormido. So\u00f1\u00e9 que sobrevolaba un paisaje de alt\u00edsimos conos de ceniza, convertido en halc\u00f3n. Aquellos parajes me eran desconocidos; sin embargo, por alg\u00fan oscuro mecanismo de asociaci\u00f3n me recordaban el escenario del combate.<\/p>\n\n\n\n<p>Durante a\u00f1os hab\u00eda imaginado cada detalle del encuentro. Y me hab\u00eda entrenado minuciosamente, con esmero y dedicaci\u00f3n dignos de un arquero zen. Nervios y m\u00fasculos a punto, ni un gramo de grasa estorbaba mis movimientos. Yo saltaba y daba volteretas en el aire al igual que un trapecista consumado. Corr\u00eda dos leguas sin detenerme un solo instante, y durante largos trechos sent\u00eda que las plantas de mis pies se apoyaban en una capa neblinosa situada a un palmo del suelo. Cuando ya la fecha se aproximaba ayun\u00e9 tres d\u00edas para desentumecer mi esp\u00edritu. El d\u00eda fijado me levant\u00e9 con el sol. Me zambull\u00ed en un pozo helado, di gritos de j\u00fabilo que resquebrajaron el hielo de un lejano glaciar. Y luego me golpe\u00e9 la espalda, el vientre y los muslos con ramas de verbena. Desnudo e inerme acud\u00ed al escenario del combate. Una mancha de ceniza en el centro de mi frente me aseguraba un \u00fanico espacio invulnerable.<\/p>\n\n\n\n<p>La extensa planicie estaba vac\u00eda. El enemigo se har\u00eda esperar. Mientras lo aguardaba record\u00e9 que nada sab\u00eda de \u00e9l. Su naturaleza y sus intenciones, su poder y su fuerza me eran ajenos. Su aspecto, inimaginable. Si surgiera del aire o de una repentina polvareda, tendr\u00eda que aceptar su presencia sin ninguna objeci\u00f3n, pues yo mismo hab\u00eda elegido aquella forma singular de enfrentamiento.<\/p>\n\n\n\n<p>La espera se prolong\u00f3 hasta el mediod\u00eda. Cuando el sol alcanz\u00f3 el cenit, lo vi venir. Remontaba la \u00faltima cuesta que conduc\u00eda a la planicie. Mi coraz\u00f3n retumb\u00f3 como un tambor, y contra mi voluntad mis piernas se pusieron a temblar. Aquel ser que se acercaba caminando con dificultad no pod\u00eda ser mi rival. De lejos parec\u00eda un adolescente, incluso un ni\u00f1o. A menos que se tratara de una confusi\u00f3n, alguien se estaba burlando de m\u00ed. El feroz combatiente que yo aguardaba se demoraba en llegar o quiz\u00e1 no llegar\u00eda nunca, y aquel otro no era m\u00e1s que un excursionista extraviado en la monta\u00f1a, un solitario explorador en busca de un lugar para acampar. Ah, s\u00ed, ya no me quedaban dudas, a sus espaldas tra\u00eda un morral. Tendr\u00eda que esconderme detr\u00e1s de una roca para ocultar mi desnudez. Un presentimiento me cort\u00f3 la respiraci\u00f3n: \u00bfno estar\u00eda yo inventando excusas para eludir el combate, pues qui\u00e9n sino mi enemigo iba a conocer la ruta hasta este desolado lugar? Har\u00eda ya siglos que por estos rumbos no se aventuraba ning\u00fan ser humano. \u00bfEra aqu\u00e9l un ser humano? Aun si\u00e9ndolo, su aspecto fr\u00e1gil pod\u00eda resultar enga\u00f1oso. El hecho de que se doblara bajo el peso del morral no era en modo alguno signo de debilidad, pues muy bien podr\u00eda traer acuestas una ametralladora con suficientes municiones como para aniquilar a un batall\u00f3n, o quiz\u00e1s se trataba de una carga m\u00e1s contundente: un misil port\u00e1til, de aquellos que se gu\u00edan por el calor. Mi cuerpo ard\u00eda como un diminuto sol.<\/p>\n\n\n\n<p>El enemigo desapareci\u00f3 detr\u00e1s de un matorral. Afin\u00e9 la mirada y me puse en guardia, pues en cualquier momento te surgir\u00eda armado con su arsenal. Pasaba el tiempo y yo me impacientaba. Llegu\u00e9 a pensar en la posibilidad de un espejismo. La idea me desilusion\u00f3: s\u00ed todos mis preparativos hab\u00edan resultado in\u00fatiles, \u00bfa qui\u00e9n ir\u00eda ahora a ofrendar mi cuerpo pleno de energ\u00eda, rebosante de vida e ilusi\u00f3n? Me alistaba para emprender el camino de regreso cuando lo vi avanzar en direcci\u00f3n al centro de la planicie, y se me hac\u00eda dif\u00edcil creer que fuera el mismo adolescente que trepaba la cuesta con dificultad. Ven\u00eda envuelto en luces que parec\u00edan brotar de su cuerpo, como si en la piel le crecieran espejos. Corr\u00ed a su encuentro y a medida que me acercaba el resplandor me enceguec\u00eda. Despojado de todo pensamiento, olvidado de m\u00ed mismo, iba yo lanzado como una mariposa nocturna hacia una fuente de luz. El primer golpe lo recib\u00ed en las rodillas, un golpe bajo, inesperado. Tuve la sensaci\u00f3n de haber chocado contra una muralla tejida con alambre de p\u00faas. Sent\u00ed el desgarr\u00f3n y record\u00e9 que a los caballos, en las batallas, les cortan los tendones. \u00bfEra yo un caballo? Trastabill\u00e9 y ca\u00ed, y antes de que intentara siquiera levantarme, un chorro de arena me encegueci\u00f3 por completo. Permanec\u00ed tendido sobre la hierba seca restreg\u00e1ndome los ojos y aguardando la siguiente embestida. Implor\u00e9 al cielo que el pr\u00f3ximo golpe me partiera el coraz\u00f3n. Escuch\u00e9 entonces la risa, nerviosa e inquietante, y vislumbr\u00e9 con horror que la fiesta apenas comenzaba. Sobrevino un extenso silencio. Algo se dibujaba en el aire, una forma invisible, la sombra de un hacha tal vez. Una fuerza poderosa me hal\u00f3 hacia arriba, como si me tironearan de los pelos, y supe que estaba de pie. Di un par de pasos, lentos e inseguros. \u00bfQu\u00e9 estaba sucediendo? No lo sab\u00eda. Mov\u00ed los brazos buscando un asidero, al principio tanteando el aire con precauci\u00f3n, luego con furia. Tropec\u00e9 otra vez con la alambrada. \u00bfEstar\u00eda acaso luchando contra un erizo o un puerco esp\u00edn? Retir\u00e9 mis brazos sangrantes y me qued\u00e9 quieto. Imagin\u00e9 por un instante que, me hab\u00eda convertido en estatua. Intent\u00e9 abrir los ojos, pero mis p\u00e1rpados se negaban a obedecerme. Levant\u00e9 el izquierdo con mi \u00edndice y vi una cortina rojo oscuro. Desist\u00ed y volv\u00ed a las tinieblas. Muy cerca de mi hombro se dej\u00f3 o\u00edr semejante a un fuelle, la respiraci\u00f3n del enemigo. Resollaba. Ten\u00eda pulmones o branquias, \u00bfy coraz\u00f3n? Se me hel\u00f3 la sangre. \u00bfQu\u00e9 estar\u00eda tramando aquel ser despiadado? Sent\u00ed en la frente un toque fr\u00edo y di un paso atr\u00e1s, brusco y violento, como si en la oscuridad me hubiera topado con una v\u00edbora. \u00bfEra una mano? Supongo que s\u00ed. La mano persisti\u00f3 en su prop\u00f3sito, y apart\u00f3 con delicadeza un mech\u00f3n de mi frente. Luego me acarici\u00f3 suavemente, de la misma manera que una madre acaricia el rostro de su hijo que delira por la fiebre. \u00bfQu\u00e9 demonios estaba sucediendo all\u00e1 afuera? \u00bfSer\u00eda aquel el esp\u00edritu rencoroso de mi madre que acud\u00eda a consolarme? \u00bfCon qu\u00e9 prop\u00f3sito? S\u00f3lo faltaba que se pusiera a cantar para confirmar mi sospecha. No, no era posible. Me negu\u00e9 a admitir aquella idea demencial, pues un esp\u00edritu muerto no se manifiesta a pleno sol, era yo el que deliraba. De repente una ola de alivio recorri\u00f3 mi cuerpo, y aunque mi cerebro rechazaba tal sensaci\u00f3n, no pod\u00eda resistirme a la evidencia me dej\u00e9 arrastrar al igual que un ser fatigado hasta el l\u00edmite de sus fuerzas se entrega al sue\u00f1o. De cualquier manera, yo estaba a merced del enemigo, y aquella tregua no pasar\u00eda de ser m\u00e1s que una nueva estratagema, un ardid tramado s\u00f3lo para confundirme. El gato caza al rat\u00f3n y juega con \u00e9l, no tiene prisa, lo zarandea y luego lo suelta cre\u00e1ndole la falsa ilusi\u00f3n de que puede escapar, lo atrapa de nuevo y el juego contin\u00faa. El rat\u00f3n, como cualquier ser en peligro, forcejea, no se da por vencido, pero en el vaiv\u00e9n entre la fuga y las garras del cazador -seguro \u00e9ste de haber cobrado su presa- segrega la enzima del terror que ablanda y endulza su sangre, sellando as\u00ed, sin saberlo, su condena. \u00bfSer\u00eda yo un rat\u00f3n? Ah, entonces me entregar\u00eda sin resistencia para envenenar a mi depredador. Llegado a este punto hice otro intento por abrir los ojos y, contra mis aprensiones, lo logr\u00e9. Y vi el rostro del enemigo. Cre\u00ed verlo.<\/p>\n\n\n\n<p>No, no se trataba de un rostro. Hasta donde alcanzaba mi discernimiento, aquella forma que flotaba cerca de m\u00ed era una m\u00e1scara de hierro. Dos estrechas ranuras horizontales a la altura de los ojos y una rejilla met\u00e1lica en el lugar de la boca: un primer plano que cubr\u00eda por completo mi \u00e1ngulo de visi\u00f3n. A\u00f1or\u00e9 mi ojo de pez. Quise saber qui\u00e9n se ocultaba tras la m\u00e1scara, levant\u00e9 los brazos y me prepar\u00e9 para el asalto. Cre\u00eda que me bastar\u00eda un esfuerzo mediano para despojar a mi rival de aquella cerraz\u00f3n. Mis manos, que buscaban alg\u00fan broche o una escotilla, tropezaron contra una superficie sembrada de diminutos cuchillos. El dolor compiti\u00f3 con la rabia, y ambos avivaron el ardor de las otras heridas. Como si hubiera aguardado mi despertar, el enemigo interrumpi\u00f3 sus caricias y se alej\u00f3 unos pasos. Y as\u00ed lo pude ver en todo su esplendor, cubierto de la cabeza a los pies por una f\u00e9rrea caparaz\u00f3n. La armadura brillaba al sol, lanzaba destellos plateados, pu\u00f1aladas de luz. El resplandor me fascinaba y me hac\u00eda olvidar mi precaria y miserable condici\u00f3n. Camin\u00e9 otra vez en direcci\u00f3n a la luz y me abalanc\u00e9 sobre mi contrincante. Lo abrac\u00e9 como si hubiera reconocido en \u00e9l a un hermano perdido hace tiempo en un naufragio. Las salientes de la armadura se adentraron en mi carne. Me retir\u00e9 adolorido. De mi pecho, agujerado y tasajeado, manaba la sangre como de un surtidor. Observ\u00e9 que tambi\u00e9n mi adversario se hac\u00eda a un lado. Me esquivaba, tal vez se compadec\u00eda de m\u00ed, no lo s\u00e9. Tuve un raro pensamiento que, mientras persisti\u00f3, convirti\u00f3 mi mente en un infierno. El adolescente o quien fuere que se ocultaba en el traje de hierro no era mi enemigo, no luchaba ni quer\u00eda luchar. Estaba all\u00ed, en la planicie, cumpliendo alg\u00fan designio, para m\u00ed e incluso para \u00e9l mismo, desconocido. La vestimenta pesada y sofocante que se ha visto obligado a usar le debe causar un indecible tormento, y con gusto, si pudiera, se librar\u00eda de ella. Imagino que no le est\u00e1 permitido exhibir su aut\u00e9ntica naturaleza, menos a\u00fan su desnudez, quiz\u00e1 teme que yo pueda da\u00f1ar su delicada piel. Es \u00e9l quien se protege de m\u00ed. Soy yo el agresor. A trav\u00e9s de la estrecha ranura de la m\u00e1scara su visi\u00f3n es limitada. S\u00f3lo ver\u00e1 los objetos m\u00e1s cercanos, el horizonte se le escapa. Quiz\u00e1 a causa de esa limitaci\u00f3n fue que no pudo esquivar mi primera embestida. La \u00faltima, creo que lo tom\u00f3 por sorpresa. El razonamiento no carec\u00eda de l\u00f3gica, pero la l\u00f3gica no iba a aliviar mis heridas. Yo estaba ya suficientemente destrozado, y me daba igual que el da\u00f1o me lo hubiera causado yo mismo o un siniestro vengador. No obstante, me preguntaba: \u00bfpor qu\u00e9 se me castiga? \u00bfAcaso en un momento de distracci\u00f3n le hab\u00eda negado un vaso de agua a un peregrino que se detuvo a reposar en mi caba\u00f1a? \u00bfO quiz\u00e1 en sue\u00f1os asesin\u00e9 a un ruise\u00f1or? Herido como estaba quer\u00eda conocer uno solo de los motivos, el m\u00e1s insignificante, que me hab\u00eda hecho merecedor de semejante castigo. \u00bfY si todo no fuera m\u00e1s que un equ\u00edvoco? \u00bfQu\u00e9 clase de torneo era aquel en el cual s\u00f3lo yo recib\u00eda los golpes? Para averiguarlo tendr\u00eda que intentar alguna forma de comunicaci\u00f3n con mi rival. Camin\u00e9 hacia \u00e9l y de nuevo el reflejo de la armadura me encandil\u00f3. Pens\u00e9 que si esperaba la llegada de la noche, la oscuridad apagar\u00eda el brillo cegador, la superficie se enfriar\u00eda, y de no ser por las aristas puntiagudas ser\u00eda aquel un sitio agradable donde apoyar mi mejilla y dormir. Utilic\u00e9 mi mano a manera de pantalla para amortiguar el torrente de luz, y de paso borr\u00e9 de mi memoria la silueta de una quimera que amenazaba convertirse en una imagen real. El enemigo se hab\u00eda sentado en una piedra, e inclinado sobre el suelo dibujaba en un espacio arenoso unos signos extra\u00f1os. Utilizaba una varita como si se tratara de una plumilla. Me le acerqu\u00e9 de frente y mi sombra se proyect\u00f3 sobre la inscripci\u00f3n. Me aproxim\u00e9 a\u00fan m\u00e1s, hasta casi rozarlo, quer\u00eda ver. Observ\u00e9 que una de sus manos, la que dibujaba, sobresal\u00eda de la armadura, libre, sin protecci\u00f3n, y me pareci\u00f3 fina y delicada, fr\u00e1gil en exceso. Seguro que esa mano fue la que apart\u00f3 un mech\u00f3n de mi frente y luego me acarici\u00f3. La otra, en cambio, estaba recubierta por una manopla tachonada de clavos de acero con las puntas vueltas hacia afuera. Reconoc\u00ed en la arena el ideograma chino de caos. Quise susurrar al o\u00eddo del enemigo alguna frase grata, ofrecerle mis disculpas, pedirle tal vez que me revelara el enigma de nuestro encuentro. Que no se preocupara por mis heridas, ya cicatrizar\u00e1n: el tiempo es un b\u00e1lsamo, el mejor. Fue entonces cuando se volte\u00f3 en mi direcci\u00f3n y pude ver durante una fracci\u00f3n de segundo, a trav\u00e9s de la rendija de la m\u00e1scara, el relampaguear de sus ojos. Pero no alcanc\u00e9 a vislumbrar siquiera el movimiento de la manopla lanzada como una coz contra mi rostro.<\/p>\n\n\n\n<p>Ca\u00ed boca arriba y vi un cielo rojo surcado por rel\u00e1mpagos, y antes de hundirme en la confusi\u00f3n a\u00fan tuve tiempo para pensar que mi proximidad al enmascarado hab\u00eda desencadenado un mecanismo involuntario: el resorte de una alarma se desat\u00f3, de manera que el golpe me fue asestado sin intenci\u00f3n. O, tal vez, a causa de su visi\u00f3n imperfecta, el an\u00f3nimo guerrero confundi\u00f3 la mancha de ceniza en mi frente con una mosca y quiso librarme de ella aplast\u00e1ndola de un manotazo.<\/p>\n\n\n\n<p>Lo que aconteci\u00f3 despu\u00e9s pertenece al campo del olvido. Al recordarlo corro el riesgo de envenenar mi sangre con el rencor, pues ni siquiera las plantas de mis pies escaparon a la furia del vengador. \u00bfPara aquel miserable combate me hab\u00eda preparado durante tanto tiempo? M\u00e1s me hubiera valido abrirme el vientre con un pu\u00f1al mellado y arrojar mis entra\u00f1as a los perros. Basta. A fin de cuentas, si a\u00fan permanec\u00eda con vida, \u00bfqu\u00e9 hab\u00eda perdido? A lo sumo, la ilusi\u00f3n. Y \u00e9sta, al igual que el musgo que crece entre las piedras, se reproduce con el sol. Latencia, creo que as\u00ed llaman al per\u00edodo durante el cual las fisuras que surcan las piedras ennegrecen. Late el coraz\u00f3n. Tendr\u00eda ahora que enfrentarme al lento proceso de sobrevivir: en aquellos menesteres era yo un experto, un salvaje jabal\u00ed de las praderas huyendo del incendio que arras\u00f3 el bosque, la casa entre los \u00e1rboles y el jard\u00edn.<\/p>\n\n\n\n<p>Me levant\u00e9. Asunto terminado. Ya era tiempo de regresar. Me adentr\u00e9 en la planicie llevando el sol rojo como morral. Y mientras me alejaba escuch\u00e9 a mis espaldas un ruido met\u00e1lico seguido de un sonido claro que confund\u00ed con una voz. Quiz\u00e1 el enemigo se hab\u00eda despojado de la m\u00e1scara, ya no soportaba el calor, y en un extra\u00f1o gesto de amabilidad se desped\u00eda de m\u00ed. Hasta luego, pues. Pero no me volv\u00ed para verlo. No quise guardar para mis sue\u00f1os futuros la imagen del rostro de aquel desconocido que, por la raz\u00f3n que fuese, me hab\u00eda causado tanto dolor.<\/p>\n\n\n\n<p>Despert\u00e9 bien entrada la ma\u00f1ana y chapote\u00e9 en la tina de agua salobre. Por la rendija de la puerta se filtraba un rayo de sol.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\"><strong>Un caballo amarillo<\/strong><\/h3>\n\n\n\n<p>Si yo so\u00f1ara que soy algo m\u00e1s que un caballo amarillo: despojado de resabios y relinchos, reducido a la infeliz condici\u00f3n de b\u00edpedo pensante, enfilar\u00eda mis pasos rumbo a la ciudad m\u00e1s cercana, aquella que se vislumbra all\u00e1 en el extremo sur de la llanura, y en la cual afloran altas chimeneas oscuras manchando de holl\u00edn el cielo sin nubes de esta ma\u00f1ana de septiembre.<\/p>\n\n\n\n<p>Me confundo entre la multitud sudorosa que sale del estadio. A empujones y codazos logro abordar un destartalado autob\u00fas repleto de escolares macilentos y ancianas desdentadas. A trav\u00e9s de la ventanilla contemplo el desfile de \u00e1rboles raqu\u00edticos que bordean la avenida. Un desconocido de rostro patibulario se me acerca sonriendo y me da una feroz patada en la espinilla. En silencio lo maldigo mientras me retuerzo como un gusano fulminado por un rayo de sol.<\/p>\n\n\n\n<p>Desciendo en la esquina del mercado y me envuelve el olor a pescado podrido mezclado al vaho que asciende del fondo de las alcantarillas. Las moscas oscurecen el aire, y una rata asoma el hocico desde el bolsillo del saco de un mendigo ciego. M\u00e1s all\u00e1, sentada en el umbral de una puerta rosada, una anciana prostituta se asolea las rodillas. Siento hambre, escarbo in\u00fatilmente en mi faltriquera, y me alejo poco a poco sin darme cuenta del sosegado ritmo de mis pasos.<\/p>\n\n\n\n<p>Por un rato ando extraviado entre el humo de las f\u00e1bricas, el ruido de los autos, el bullicio de los chicos que juegan al f\u00fatbol, las piernas rollizas de una mujer alta y rubia que arrastra un perro de pelaje oscuro. Y un viejo amigo que me saluda llorando. Otra vez escapo y creo refugiarme en la silenciosa intimidad de una iglesia. Me aturde la voz afeminada e irritante de un joven sacerdote, ojos azules y mejillas reci\u00e9n rasuradas, que agita un cristo con cara de perro rega\u00f1ado y vocifera en un idioma extra\u00f1o, mezcla de lat\u00edn; s\u00e1nscrito y arekuna. Me escurro sigilosamente y vomito en la acera.<\/p>\n\n\n\n<p>Casi sin interrupci\u00f3n me veo ahora sentado en un sof\u00e1, en la sala de unos parientes idiotas. Celebran mi visita con cuchicheos y sonrisas sesgadas. Me ofrecen caf\u00e9 o t\u00e9 o limonada. Revolotean a mi alrededor como p\u00e1jaros bobos. Recuerdan a la abuela asesinada durante una fiesta de carnaval de los a\u00f1os cincuenta y a la t\u00eda Margarita atacada de sarna perruna. Asqueado me despido, y con el golpe de la puerta comienzan, por tumo, torpemente, a enterrarme en la espalda los pu\u00f1ales que ocultaban entre sus vestiduras.<\/p>\n\n\n\n<p>Afuera la tarde es una flor anaranjada desgaj\u00e1ndose lentamente. Las puntas de mis zapatos mellados se\u00f1alan el camino de regreso. Me resisto a pensar. Mi cerebro es una cueva blanquecina, limpia y desolada, en la que, a intervalos muy breves, se desliza una sombra. Apenas una sombra y el obstinado revolcarse del viento entre los \u00e1rboles. Tarareo una melod\u00eda triste y desafinada, y desciendo por el callej\u00f3n pateando una lata de cerveza.<br>Al llegar a mi casa me aguardan los gritos de mi mujer y el llanto de nuestros hijos. Mi mujer ha enflaquecido y los senos le cuelgan como una piltrafa. Los chicos tienen hambre. Patalean y me saltan encima y se me suben por todas partes como hormigas. Me derriban, a\u00fallan y pisotean mi cuerpo fatigado. Entonces me despierto y libre ya de pesadillas me afinco en mis patas traseras, de un salto me levanto, relincho de contento, galopo y el viento sacude mis crines amarillas.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/ednodio-quintero\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El combate El sol se hund\u00eda en las lejan\u00edsimas monta\u00f1as coronadas de nieve, veteadas en los flancos por l\u00edneas verdosas, rayadas de carb\u00f3n. Yo avanzaba a trav\u00e9s de un sendero pedregoso dejando a mis espaldas mi rastro de sangre. 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