{"id":1313,"date":"2021-09-15T13:10:45","date_gmt":"2021-09-15T13:10:45","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=1313"},"modified":"2023-11-24T18:38:39","modified_gmt":"2023-11-24T18:38:39","slug":"dos-cuentos-rufino-blanco-fombona","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/dos-cuentos-rufino-blanco-fombona\/","title":{"rendered":"Dos cuentos de Rufino Blanco Fombona"},"content":{"rendered":"<h3>El catire<\/h3>\n<div class=\"relato\">\n<div class=\"contenido-cuento margen-lateral-15\">\n<p>A partir del caser\u00edo de la Urbana, Orinoco arriba, hasta el caser\u00edo de Atures, toda la vasta regi\u00f3n que se extiende desde la margen derecha del gran r\u00edo hasta los confines del Brasil es zona de bosques y desiertos, donde erran tribus b\u00e1rbaras de guahibos y otros indios no reducidos a la vida cristiana.<\/p>\n<p>La civilizaci\u00f3n se ha quedado por all\u00ed a la margen izquierda del Orinoco. No se ha atrevido a pasar el r\u00edo. La misma naturaleza cambia de una orilla a otra del agua. A la siniestra riba, la tierra, plana y mon\u00f3tona, cubierta de gram\u00edneas y reba\u00f1os, hace horizonte con el mar; a la margen opuesta, el terreno forma gibosidades, se enmonta\u00f1a, las selvas extienden su imperio tupido e impenetrante.<\/p>\n<p>A cosa de siete leguas de la Urbana, aguas arriba, al pie de enormes moles de piedra, en un claro del bosque donde crec\u00eda paja silvestre y se produc\u00eda silvestre la sarrapia, cuatro o cinco ranchos no distantes los unos de los otros, un corral de vacas, gallinas, patos, pavos, cerdos, caballos, burros, perros, gatos, el conuco de ma\u00edz, la sementera de fr\u00edjoles y el pegujalito de yuca indicaban por aquellas soledades la presencia del hombre residente y agricultor, a m\u00e1s de las tribus trashumantes y depredadoras. Aquella colonia, dos hermanos con sus respectivas familias y seis u ocho indios mansos, que serv\u00edan de peones, recog\u00eda sarrapia en los bosques comarcanos, fabricaba queso en el hato y cultivaba sus conucos y sus hortalizas.<\/p>\n<p>Hortalizas y conucos, junto con los cercanos bosques, abundantes de caza, y el propio r\u00edo, abundante en pesca, les daban a todos comida. El queso iba a mercarlo a la Urbana o a Caicara o bien a los hatos ricos de la margen izquierda. Esto lo expend\u00edan para centros lejanos de la poblaci\u00f3n. Cuanto a la sarrapia, varias veces por a\u00f1o atracaban a la costa fluvial buques de Ciudad Bol\u00edvar, que la pagaban a precio de diamante, lo mismo que las plumas de garza.<\/p>\n<p>No bien recib\u00edan el dinero los campesinos, se mor\u00edan por ahucharlo y aprovechaban la primera noche clara para enterrar el oro, ya al pie de un guayabo longevo, ya cerca de alg\u00fan pe\u00f1\u00f3n, grande como una catedral e inamovible; ya en otros sitios m\u00e1s rec\u00f3nditos, de que jam\u00e1s informaban ni a su esposa ni a sus hijos.<\/p>\n<p>Entre las vigas del rancho, sobre la troja, escond\u00edan Winchesteres relucientes, usados de continuo, menos contra la acometida de alguna horda de abor\u00edgenes ebrios \u2014lo que s\u00f3lo hab\u00eda ocurrido un par de veces en cinco a\u00f1os de residencia\u2014 que contra las incursiones de los tigres o para tirar a los caimanes, carniceros y ladinos como el mismo cunaguaro.<\/p>\n<p>Este felino rapaz, lo mismo que el caim\u00e1n, sorprend\u00eda a los cerdos y, aunque cobarde, se aventuraba de noche hasta los mismos corrales para robar los becerritos. Burros, caballos, fueron a menudo v\u00edctimas, sorprendidas pastando no lejos de la rancher\u00eda.<\/p>\n<p>Mas \u00a1cu\u00e1ntos ojos certeros de los tiradores en las batidas nocturnas! Manchadas pieles jaguarescas y atigradas tapizaban el suelo y las paredes de aquellos ranchos. Sol\u00eda encontrarse, estirado en el patio a secar, prendido con estacas, el cuero fresco de alg\u00fan felino reci\u00e9n cazado; vacas, potros, perros, acerc\u00e1banse, ignorantes, y luego de olfatearlo se alejaban con presura de aquel despojo de exhalaciones enemigas, mugiendo las vacas, relinchando los potros, aullando los perros.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">* * *<\/p>\n<p>En viaje a la margen izquierda para mercar sus quesos, uno de los hermanos de retorno, meses atr\u00e1s, trajo consigo del Arauca a un zagalet\u00f3n de diecisiete a\u00f1os, entregado por los mismos padres del mozo, que no pod\u00edan soportarlo, tan maleante era y tan perturbador.<\/p>\n<p>En la colonia lo apodaron el Catire, por su cabeza pelirroja, sus ojos zarcos y su rostro de blancura desva\u00edda, amarillenta y pecosa. Alto, anguloso, flacucho, exuberante, todo nervios, el Catire era de una actividad inextinguible; \u00e9l orde\u00f1aba las vacas en la madrugada, pastoreaba en la ma\u00f1ana, tra\u00eda le\u00f1a al mediod\u00eda, cargaba agua mientras los dem\u00e1s dorm\u00edan siesta, hac\u00eda queso en la tarde o recog\u00eda sarrapia o iba al conuco por fr\u00edjoles, tra\u00eda el ganado al crep\u00fasculo y todav\u00eda encontraba tiempo para ir a echar anzuelos antes de oscurecer, y alegrar, despu\u00e9s de la comida, la prima noche del desierto orinocense, entonando, al son de la guitarra, corr\u00edos y galerones.<\/p>\n<p>Era el diablo, eso s\u00ed; desplumaba vivos los p\u00e1jaros, quebraba el rabo a las vacas, robaba los huevos de las gallinas, untaba de bosta, y aun de zulla, los cuchitriles de los peones; improvisaba un galer\u00f3n contra el lucero del alba. Los amos lo toleraban porque lo explotaban.<\/p>\n<p>El Catire, una tarde, hizo caer en una zanja y quebrarse un cuerno a la vaca m\u00e1s lechera y rozagante, y present\u00f3se al hato con la res mogona o, como dec\u00eda \u00e9l, tocona. La esposa de uno de los hermanos, propietario del animal, oronda con su vaca, puso el grito en el cielo. El Catire fue despedido, s\u00f3lo que al d\u00eda siguiente de la expulsi\u00f3n el Catire, consider\u00e1ndose ya desligado de sus patronos, se neg\u00f3 a orde\u00f1ar, a conducir el reba\u00f1o al pastoreo, a cargar agua, a recoger hierba, etc.<\/p>\n<p>Pas\u00f3se el d\u00eda las manos en los bolsillos, el cigarro en la boca, y en la noche pidi\u00f3 que le arreglasen su cuenta. Ambos hermanos tuvieron un oportuno enternecimiento, la due\u00f1a de la vaca perdon\u00f3 al Catire y el Catire continu\u00f3 en la colonia.<\/p>\n<p>Pero aquel diablo de chico iba a ser corroboraci\u00f3n de \u00abgenio y figura hasta la sepultura\u00bb.<\/p>\n<p>* * *<\/p>\n<p>Bajaba del monte el zagal, semanas adelante, caballero en su burro, y quer\u00eda bajar con m\u00e1s rapidez de lo que permit\u00eda la pendiente. El burro era un asnazo rubio, cariblanco, de ancho pecho, cabos finos, ancas gordas y pescuezo robusto. El Catire le cosquilleaba las ancas con buida v\u00edrgula de guayabo.<\/p>\n<p>Sinti\u00e9ndose inc\u00f3modo, molestado por la p\u00faa, el asno apresur\u00e1base cuanto pod\u00eda; pero como la puya era inclemente, se enfureci\u00f3 y, de un corcovo, ech\u00f3 a rodar a su caballero barranco abajo.<\/p>\n<p>El Catire sali\u00f3 del embarrancamiento carirrojo y confuso. Desde entonces cobr\u00f3 un odio carnicero al cuadr\u00fapedo.<\/p>\n<p>Sac\u00e1balo a menudo del rancho con un pretexto u otro y, amarr\u00e1ndolo en el campo, le atizaba paliza tras paliza. D\u00edas enteros lo dejaba sin beber y noches y noches sin el pasto de la cena. El asno comenz\u00f3 a enflaquecerse, a perder la brillantez de su pelaje claro y hasta su cara peluda y blanca de asno joven pareci\u00f3 entenebrecerse con el dolor de aquella persecuci\u00f3n, ignorada e inmerecida.<\/p>\n<p>La sa\u00f1a del Catire no se desarmaba. Una ma\u00f1ana sac\u00f3 el borrico al campo, lo mane\u00f3, asegur\u00f3 las patas traseras con un retorcido bramante y, ya por tierra el jumento, empez\u00f3 a embadurnarlo con la grasa de un pote que tra\u00eda en el bolsillo. Unt\u00f3le meticulosamente y con m\u00e9todo: primero las patas, luego el pecho, despu\u00e9s la cara y por \u00faltimo el cuello. El animal se debat\u00eda desesperado, pero impotente; abr\u00eda p\u00e1vido los ojos y resoplaba y tend\u00eda sobre la hierba la cabeza para erguirla de nuevo en inquietud y desespero.<\/p>\n<p>Aquella manteca de la unci\u00f3n era grasa de tigre; materia oleosa, de olor peculiar e intenso, que no pueden soportar las bestias sin creerse vecinas de la fiera.<\/p>\n<p>Terminada la unci\u00f3n, el Catire deslig\u00f3 las cuatro patas del rucio. \u00c9ste p\u00fasose en pie, sacudi\u00e9ndose y moviendo la cabeza de derecha a izquierda con vehemencia; tiraba del tenso cabestro, pugnando por libertarse, por romper aquel ramal, que lo manten\u00eda atado a una ceiba corpulenta.<\/p>\n<p>La pobre bestia quej\u00e1base como una persona.<\/p>\n<p>Los ojos se le sal\u00edan de las \u00f3rbitas, ya restregaba el hocico contra el suelo, ya lo levantaba a las nubes. En torno del sinventura se hab\u00eda alzado, debajo de la hierba chafada, una amarillenta nube de polvo, que lo envolv\u00eda. A corta distancia, el Catire contemplaba la escena, pierniabierto, las manos en los bolsillos y la sonrisa en los labios.<\/p>\n<p>El sol del mediod\u00eda llenaba el espacio y ca\u00eda sobre los campos en olas de fuego. El jumento no cesaba un instante de agitarse, presa de desesperaci\u00f3n. Su piel se mojaba de sudor; cuando parec\u00eda que iba a caerse ex\u00e1nime, sacaba nuevas fuerzas de su angustia, lanzaba quejidos m\u00e1s lastimeros y, tarascando el cordel, hac\u00eda esfuerzos cada vez m\u00e1s desesperados.<\/p>\n<p>Por fin rompi\u00f3se el cabestro. El rucio, ya libre, ech\u00f3 a correr. Tambi\u00e9n ech\u00f3 a correr el Catire con intenci\u00f3n de atraparlo. El asno corr\u00eda, corr\u00eda, y tras el asno se desalaba el Catire. Crey\u00f3 el muchacho, al principio, que el asno se enderezar\u00eda al rancho y corri\u00f3 de trav\u00e9s para cerrarle el paso; pero bien pronto se desilusion\u00f3. Prosegu\u00eda el rucio su carrera campo adelante sin torcer rumbo; pas\u00f3 el prado, pas\u00f3 un morichal, pas\u00f3 otro prado y se embosc\u00f3 en la monta\u00f1a. El Catire ya no pod\u00eda m\u00e1s.<\/p>\n<p>Perdida la esperanza de alcanzar el desatentado borrico, m\u00e1s por curiosidad que por otra cosa, ascendi\u00f3 a un pico del cerro, de donde se divisaba buen espacio de monte y llanura. All\u00ed estuvo un rato. No columbr\u00f3 al rucio.<\/p>\n<p>Ser\u00edan las dos de la tarde. Sinti\u00f3 hambre y, queriendo regresar a la rancher\u00eda, empez\u00f3 a combinar una mentira que explicara su tardanza y la ausencia del animal. De pronto vislumbr\u00f3 en campo raso, y en direcci\u00f3n al Orinoco, al asno, que, salido del bosque al llano, segu\u00eda corriendo, corriendo.<\/p>\n<p>Llegado al r\u00edo, err\u00f3 el burro un instante y, despu\u00e9s de un momento de titubeo, lanz\u00f3se, denodado, al agua. El Catire no percibi\u00f3 ya sino la cabeza blanquecina del rucio emergiendo del turbi\u00f3n. Unos momentos despu\u00e9s, sin embargo, apareci\u00f3 de nuevo toda la figura del asno, arribado a una islita de arena, no distante de la costa, playa o borde del r\u00edo. El desasosiego del infeliz deb\u00eda de ser grande, porque se ech\u00f3 de nuevo al agua, en direcci\u00f3n a la orilla, de donde parti\u00f3 un momento antes; la corriente lo arrastraba y gan\u00f3 margen muy abajo. El Catire lo divisaba entonces, a causa de la distancia, mucho m\u00e1s peque\u00f1o, de no m\u00e1s alzada que un pollino.<\/p>\n<p>\u00abAhora se ir\u00e1 a casa\u00bb, discurri\u00f3 el mozo, Pero se equivocaba. El animal ech\u00f3se de nuevo al r\u00edo. Ya sin fuerzas, dej\u00f3se arrastrar por la corriente, que lo llevaba a la deriva, aguas abajo.<\/p>\n<p>\u00abEs \u2014imagin\u00f3 de nuevo el Catire\u2014 que no puede m\u00e1s y no quiere salir del agua, porque, estando cubierto por el agua, no le huele a tigre\u00bb.<\/p>\n<p>La cabeza clara del burro segu\u00eda flotando. Ya no era sino un punto en el centro del Orinoco.<\/p>\n<p>El r\u00edo lanzaba reflejos de diamante herido por el sol.<\/p>\n<p>El muchacho ve\u00eda alejarse y empeque\u00f1ecerse aquel punto navegante. As\u00ed vio lo que menos esperaba. El punto se sumergi\u00f3 de s\u00fabito en las ondas. El Catire, cabizbajo, qued\u00f3se durante cinco minutos mirando el r\u00edo. El puntito viajero no volvi\u00f3 a subir a flor de agua.<\/p>\n<p>\u00abAlg\u00fan caim\u00e1n\u00bb, pens\u00f3 el Catire. Y comenz\u00f3 a bajar lentamente.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<\/div>\n<\/div>\n<h3>El canalla San Antonio<\/h3>\n<p>Se llamaba Casimiro Requena, y naci\u00f3 en una aldehuela de los Valles de Aragua. Su profesi\u00f3n consist\u00eda en vender agua a domicilio. Muy de ma\u00f1anita se le encontraba a horcajadas en el anca de su burra pelicana: <em>Gracia de Dios<\/em>, como \u00e9l la llamaba. <em>Gracia de Dios<\/em>, cargada, adem\u00e1s, con dos barriles, tomaba el camino de un manantial vecino, donde el agua pura, cristalina, semejaba el agua de un filtro.<\/p>\n<p>De regreso de la fuente, <em>Gracia de Dios<\/em>, cimbr\u00e1ndose con sus dos barriles llenos de agua, y con Requena caballero en el anca, atravesaba las mismas calles de siempre, se deten\u00edan ante las mismas casas y emprend\u00eda nuevamente, cada hora m\u00e1s o menos, el camino de la fontana.<\/p>\n<p><em>Gracia de Dios<\/em> parec\u00eda una persona, y en opini\u00f3n de todo el mundo era m\u00e1s inteligente que su amo y se\u00f1or, Casimiro Requena. Casimiro, de car\u00e1cter taciturno y mal genio, era asimismo torpe como un cerdo. Peque\u00f1o, barrig\u00f3n, asanchado, semej\u00e1base a un tonel. Era bizco, y se afeitaba todo el rostro; pero no se afeitaba a menudo, por donde siempre parec\u00eda, a pesar de su lustrosa persona, con aspecto demacrado o aire de enfermo. Lo apodaban el<em> Sacrist\u00e1n<\/em>, tanto por su cara rasa como por su fervorismo religioso, y porque en sus primeras mocedades fue monago. La fe del <em>Sacrist\u00e1n<\/em> no era mojigater\u00eda. Nunca sentimiento m\u00e1s sincero anid\u00f3 en el pecho de un hombre. La fe de Casimiro era proverbial. Hasta las mujeres le daban bromas.<\/p>\n<p>A la puerta de la iglesia, y al salir de misa la ma\u00f1ana de un domingo, cierto chusco de un corro, dirigi\u00e9ndose a Requena:<\/p>\n<p>\u2014 Casimiro \u2014le dijo\u2014, \u00bfquieres comprarme un hueso aut\u00e9ntico del Esp\u00edritu Santo?<\/p>\n<p>Todo el mundo se ech\u00f3 a reir; pero Requena iba descuartizando al deslenguado.<\/p>\n<p>\u2014 No haga usted caso de ese vagabundo, Casimiro; no se incomode \u2014aventur\u00f3 algui\u00e9n con iron\u00eda.<\/p>\n<p>\u2014 C\u00f3mo no hacerle caso \u2014murmuraba Requena\u2014, si viene a burlarse en mis barbas de las cosas divinas. \u00a1Un hueso del Esp\u00edritu Santo! \u00a1Ignorante! \u00a1Los huesos del Esp\u00edritu Santo los tiene el Papa!<\/p>\n<p>Casimiro era quien vest\u00eda las im\u00e1genes la v\u00edspera de la fiesta patronal, por Semana Santa y por Pascua. Era el primero que tomaba su cirio en las procesiones; era \u00e9l, adem\u00e1s, quien regalaba al cura los pollos m\u00e1s gordos, los marranitos mejor cebados, los n\u00edsperos m\u00e1s ricos y olorosos.<\/p>\n<p>Casimiro prestaba todo g\u00e9nero de servicios al cura, creyendo servir a la iglesia y, lo que es m\u00e1s, a Dios. Cierta ocasi\u00f3n el cura se vali\u00f3 de los buenos oficios del Sacrist\u00e1n contra \u00abun enemigo de la iglesia\u00bb.<\/p>\n<p>Un jovenzuelo del lugar, reci\u00e9n llegado de Caracas, donde se empap\u00f3 del volterianismo callejero, fund\u00f3 un periodicucho jacobino, <em>El Rayo<\/em>, no mayor que un pa\u00f1uelo. All\u00ed insult\u00f3 al Gobierno, en la persona del jefe civil, y al Clero, en la persona del cura.<\/p>\n<p>El magistrado era inamovible. Por enfermedad viv\u00eda de largo tiempo atr\u00e1s en aquel pueblo, y como era inteligente, honrado y bueno, todo el mundo lo quer\u00eda, y el Gobierno no pensaba en sustituirlo. El magistrado, pues, sonre\u00eda a los ataques de<em> El Rayo<\/em>. No as\u00ed el cura. El cura contest\u00f3 los ataques al Clero y a la Iglesia en<em> El Mensaje Cat\u00f3lico<\/em>, diario provincial tambi\u00e9n. Pero sus argumentos no contund\u00edan al adversario. El cura se comprend\u00eda menos fuerte que su enemigo.<\/p>\n<p>Las opiniones se dividieron en el poblacho \u00ablos progresistas\u00bb, es decir, los adeptos de El Rayo, contaron la mayor\u00eda. El periodista ateo triunfaba del cura. Entonces fue cuando el cura, como \u00faltimo argumento pol\u00e9mico, envi\u00f3 una medianoche a Casimiro Requena para que apalease al periodista.<\/p>\n<p>\u2014 Lo matar\u00e9, se\u00f1or cura; cuente usted con que lo mato.<\/p>\n<p>\u2014 Matarlo, no, hijo \u2014argumentaba el cura. La muerte es un crimen. \u00bfY crees t\u00fa que Dios perdonar\u00eda ese crimen? Una buena paliza. Con eso basta. As\u00ed abandonar\u00e1 el pueblo.<\/p>\n<p>Casimiro Requena volv\u00eda a su idea.<\/p>\n<p>\u2014 \u00bfY si me ataca, se\u00f1or cura? Si me ataca, lo mato. Lo mato por Dios, y Dios me lo perdonar\u00e1.<\/p>\n<p>El cura se daba cuenta de la situaci\u00f3n. Si aquel animal asesinaba al periodista, \u00e9l, el p\u00e1rroco, a pesar de sus talares y santas vestiduras, se ver\u00eda complicado en el crimen. Por eso le pronunci\u00f3 a Requena un discurso espeluzmante y decisivo. Sin embargo, cuando Requena parti\u00f3 iba murmurando entre dientes:<\/p>\n<p>\u2014 Esta bien, no lo matar\u00e9. Pero lo sangrar\u00e9.<\/p>\n<p>El servicio de agua termin\u00e1base a mediod\u00eda. Requena aprovechaba la tarde \u2014despu\u00e9s de la siesta y antes de la indeclinable partida de bolos\u2014 en el corte de hierbas por los campos comarcanos. Esa hierba constitu\u00eda la cena de Gracia de Dios.<\/p>\n<p>A veces Casimiro se iba al pesebre a ver comer a su burra, su compa\u00f1era, su amiga, su confidente, su \u00fanico amor humano, el amor de sus amores terrenales. Se complac\u00eda en ver c\u00f3mo luc\u00eda la piel de <em>Gracia de Dios<\/em> y le pasaba la rasqueta, pein\u00e1ndola como si peinase a una gentil novia. El ma\u00edz se lo remojaba en una tina de agua salada. La borrica miaraba aquellos preparativos con miradas golosas, y cuando el <em>Sacrist\u00e1n<\/em> no se daba prisa a servirla, junntaba las orejas sobre la frente romp\u00eda a rebuznar: \u00ab\u00a1Vouugh! \u00a1Vouugh!\u00bb.<\/p>\n<p>\u2014 Ya voy, golosa; ya voy \u2014respond\u00edale Requena, como si la burra fuese una persona, y mir\u00e1ndola con ojos enamorados.<\/p>\n<p>Un d\u00eda el <em>Sacrist\u00e1n<\/em>, seg\u00fan su vieja costumbre, se levant\u00f3 a la madrugadita; calent\u00f3 su caf\u00e9, masc\u00f3 su biscocho y se dirigi\u00f3 al pesebre para enjalmar su burra. Pero su sorpresa fue grande. <em>Gracia de Dios<\/em> no estaba all\u00ed. Requena corri\u00f3 afuera, a la calle. La puerta estaba abierta. Desde la acera, Casimiro escudri\u00f1\u00f3 la calle profunda, apenas clareante por un presentimiento de aurora. Luego anduvo, anduvo cien, doscientos, trescientos metros m\u00e1s oteando, escudri\u00f1ando, interrogando las sombras. De pronto se llev\u00f3 la mano a la cabeza y advirti\u00f3 que estaba sin sombrero; pens\u00f3 tambi\u00e9n que hab\u00eda dejado su port\u00f3n abierto y regres\u00f3. De camino encontr\u00e1ndose con otro madrugador.<\/p>\n<p>\u2014 Fulano, \u00bfsabes? \u2014le dijo\u2014, se me ha extraviado <em>Gracia de Dios<\/em>.<\/p>\n<p>\u2014 Te la habr\u00e1n robado m\u00e1s bien.<\/p>\n<p>\u2014 No creo; el cabestro parec\u00eda mascado; adem\u00e1s, no era muy nuevo, y ya sabes, la burra es fuerte.<\/p>\n<p>\u2014 Pero tu burra no tiene alas; \u00bfc\u00f3mo pudo salirse?.<\/p>\n<p>Y explic\u00e1ndole Requena c\u00f3mo por endiablada casualidad el port\u00f3n qued\u00f3 esa noche abierto, continuaron los dos hombres, a las primeras luces del alba, caminado y hablando a trav\u00e9s del pueblucho dormil\u00f3n.<\/p>\n<p>casimiro tuvo que alquilar una borrica para el servicio de agua. Comprar no quer\u00eda comprar otra bestia. \u00c9l no desesperaba de encontrar un d\u00eda u otro aquella ingrata pero querida <em>Gracia de Dios<\/em>. Contaba para ello con San Antonio. \u00c9l siempre fue devoto de San Antonio, y no duddaba que el buen Santo le devolver\u00eda la burra.<\/p>\n<p>Al San Antonio en su cabecera le encendi\u00f3 velas durante varios d\u00edas; pero este santito de la casa no le parec\u00eda suficiente a Casimiro para tama\u00f1a empresa. \u00abEl San Antonio de la iglesia es m\u00e1s milagroso\u00bb, pens\u00f3 Requena. El San Antonio de la parroquia, grande como un hombre y dulce como una mujer, era una preciosa imagen tallada en madera. A \u00e9l fue Casimiro. Le pidi\u00f3, le rog\u00f3 y puso un paquete de velas a arder en el altar. Las oraciones y las velas menudearon; pero la burra no aparec\u00eda. Casimiro no desconfiaba. \u00abSan Antonio no puede sino o\u00edrme\u00bb, pens\u00f3, y creyendo que las ofrendas obligar\u00edan al Santo, Requena dio al cura cuantos ahorrillos guardaba en el forro de su catre para que comprase a San Antonio un traje nuevo.<\/p>\n<p>\u2014 Con ese dinero puedes comprar otra borrica \u2014 le dijo el cura.<\/p>\n<p>\u2014 \u00a1No importa, se\u00f1or cura! Yo no quiero otra burra; yo quiero mi <em>Gracia de Dios.<\/em><\/p>\n<p>A la postre lleg\u00f3 el traje nuevo de San Antonio. La ma\u00f1ana que el Santo estrenaba el vestido, Casimiro, al despertarse, vol\u00f3 al corral. Algo le dec\u00eda en el coraz\u00f3n que <em>Gracia de Dios<\/em> estar\u00eda all\u00ed pastando en su pesebre como si nunca se hubiese ausentado. La desiluci\u00f3n de Requena fue grande: <em>Gracia de Dios<\/em> no estaba all\u00ed. Y este milagro fallido le hac\u00eda imaginar que esa ma\u00f1ana volv\u00eda a perder su burra. Requena empez\u00f3 a resentirse con el Santo.<\/p>\n<p>\u00ab\u00a1C\u00f3mo \u2014pensaba\u2014 este Santo le hace milagros a todo el mundo y a m\u00ed no quiere hacerme! \u00bfQu\u00e9 le dan los otros? Una vela, nada. \u00bfQu\u00e9 le rezan? Una oraci\u00f3n, y se van. Yo, en cambio\u2026<\/p>\n<p>Y por la frente de Casimiro pasaba el recuerdo de los sinn\u00famero paquetes de velas quemados, del lindo traje nuevo y de las oraciones interminables, de las noches de ruego que \u00e9l hab\u00eda consagrado al San Antonio aquel, tan olvidadizo, tan ingrato.<\/p>\n<p>Casimiro empezaba a desesperar. San Antonio no quer\u00eda cumplir el milagro de volver la burra a Requena. El el alma del <em>Sacrist\u00e1n<\/em> aquella injusticia de San Antonio hizo nacer un sentimiento invencible de repugnancia al Santo; la repugnacia fuese cambiado en rencor con la persistencia de la injusticia, hasta convertirse a la postre en la llama de un odio. Requena odiaba a San Antonio: no al beato del santoral, sino al santo de la parroquia, la imagen de la iglesia, aquel sordo, injusto, despiadado San Antonio del lugar.<\/p>\n<p>En la obtusa cabeza de Requena empez\u00f3 a germinar la idea de sustituir aquella imagen por otra del mismo santo. \u00a1Si \u00e9l pudiera regalar otro San Antonio a la iglesia! Un d\u00eda, sin m\u00e1s ni m\u00e1s le pregunt\u00f3 al p\u00e1rroco:<\/p>\n<p>\u2014 Se\u00f1or cura, \u00bfCu\u00e1nto vale un San Antonio?<\/p>\n<p>El cura le inform\u00f3. Un San Antonio costaba muy caro. El <em>Sacrist\u00e1n<\/em> no pod\u00eda pagarse el lujo de hacer una revoluci\u00f3n en el iglesia y destituir al San Antonio de injusticia recalcitrante.<\/p>\n<p>Una tarde, libre ya de su despacho de agua, tendido sobre la hamaca, se puso a pensar. \u00abIr\u00e9 al templo, a la puerta, lanzar\u00e9 un pu\u00f1o de tierra al aire, y en la direcci\u00f3n en que la tierra eche a volar partir\u00e9 en busca de <em>Gracia de Dios<\/em>. San Antonio, movido al fin de mi piedad, me env\u00eda esta idea. \u00bfNo es verdad, Dios m\u00edo?\u00bb<\/p>\n<p>Era ya muy entrada la noche cuando Requena regresaba a su casita silencioso, cabizbajo, ce\u00f1udo, triste. <em>Gracia de Dios<\/em> no aparec\u00eda. Aquello era una burla de San Antonio. A tal idea, Casimiro espumaba de ira.<\/p>\n<p>A la ma\u00f1ana siguiente, cuando el monaguillo abri\u00f3 la iglesia para la <em>misa de cinco<\/em>, Requena espiaba tras los \u00e1rboles de la vecina plaza. Apenas abrieron entr\u00f3. Los pasos del monaguillo se perd\u00edan en el fondo, bajo la b\u00f3veda del templo, cuando Requena se lleg\u00f3 al altar de San Antonio. No se arrodill\u00f3 ni se sign\u00f3 ante la imagen, sino que dijo, como si hablase con el Santo:<\/p>\n<p>\u2014T\u00fa no eres San Antonio, sino San Diablo.<\/p>\n<p>Dos viejas entraron en ese instante. El chancleteo de los seniles pasos repercut\u00eda en el fondo, hacia el altar mayor. La beatas se arrodillaron frente al Sagrario, mascullando sus preces. A poco se sentaron. Requena las mir\u00f3 y luego mir\u00f3 a la calle. La calle se calaraba por segundos. La aurora precipitaba su carrera. Entonces Requena, apresur\u00e1ndose, sac\u00f3 la vidriera y ya abierta la hornacina, donde triunfa la bonhom\u00eda de San Antonio, sacudi\u00f3 al Santo, que rod\u00f3 por tierra con fracaso.<\/p>\n<p>Y mientras las dos beatas, pavoridas, chillaban, y el monago acud\u00eda, blandi\u00f3 a Requena el machete y descapit\u00f3 al santo.<\/p>\n<p>Y la cabeza del santo rodaba por las baldosas cuando Requena sal\u00eda del templo diciendo:<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Bien sabe Dios que te lo merec\u00edas, por canalla!<\/p>\n<div class=\"barLateral\">\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/rufino-blanco-fombona\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n<h6>Cr\u00e9dito de la fotograf\u00eda: Geczain Tovar Andueza<\/h6>\n<\/div>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El catire A partir del caser\u00edo de la Urbana, Orinoco arriba, hasta el caser\u00edo de Atures, toda la vasta regi\u00f3n que se extiende desde la margen derecha del gran r\u00edo hasta los confines del Brasil es zona de bosques y desiertos, donde erran tribus b\u00e1rbaras de guahibos y otros indios no reducidos a la vida [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":6,"featured_media":1314,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_monsterinsights_skip_tracking":false,"_monsterinsights_sitenote_active":false,"_monsterinsights_sitenote_note":"","_monsterinsights_sitenote_category":0,"footnotes":""},"categories":[16],"tags":[33,3,43],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/1313"}],"collection":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/users\/6"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=1313"}],"version-history":[{"count":3,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/1313\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":3428,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/1313\/revisions\/3428"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media\/1314"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=1313"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=1313"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=1313"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}