{"id":1310,"date":"2021-09-15T13:01:11","date_gmt":"2021-09-15T13:01:11","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=1310"},"modified":"2023-11-24T18:38:39","modified_gmt":"2023-11-24T18:38:39","slug":"el-can-de-la-medianoche","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/el-can-de-la-medianoche\/","title":{"rendered":"Dos cuentos de Julio Rosales"},"content":{"rendered":"<h3>El can de la medianoche<\/h3>\n<div class=\"relato\">\n<div class=\"contenido-cuento margen-lateral-15\">\n<p>\u2014\u00a1Ayayayaaai\u2026!<\/p>\n<p>Un grito de espanto desgarr\u00f3 el negro silencio.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfHa o\u00eddo, mam\u00e1? \u2014pregunt\u00f3 la joven en la oscuridad del aposento. De la otra parte, sobre un camastro inseguro, se removi\u00f3 la anciana, despertando. Un rezongo cuasianimal fue la respuesta.<\/p>\n<p>La joven sinti\u00f3 alzarse afuera otros rumores. Vago son de voces, eco de pisadas. No estaba sola, pues, en medio al temor de la noche mediada y, sin aguardar a que la madre se incorporase, salt\u00f3 del lecho, cubri\u00f3se con la manta y acudi\u00f3 al postiguillo de la \u00fanica ventana. Mientras la bocanada de aire le agitaba los bucles desordenados, una cuchillada de claridad, p\u00e1lida como hoja acerada, que le reban\u00f3 el rostro moreno y adormilado, cay\u00f3 interna en el piso opaco y h\u00famedo del cuchitril sin luz.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Gu\u00e1rdate, muchacha! \u2014insinu\u00f3 la vieja que ya ven\u00eda dando traspi\u00e9s de sue\u00f1o hacia el ventanuco.<\/p>\n<p>\u2014Un hombre ca\u00eddo en el suelo, mam\u00e1. Lo est\u00e1n levantando. Son muchos los despertados.<\/p>\n<p>\u2014Gu\u00e1rdate que t\u00fa no sabes.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfQui\u00e9n ser\u00e1, mam\u00e1? \u00bfQu\u00e9 le habr\u00e1 pasado?<\/p>\n<p>\u2014D\u00e9jame ver, muchacha.<\/p>\n<p>Otros vecinos desfilaban imprecisos, en la semipenumbra de una noche s\u00f3lo alumbrada por las astrales mir\u00edadas, por los ojos chispeantes en la b\u00f3veda, por el polvo de diamantes de la V\u00eda L\u00e1ctea. El alarido misterioso hab\u00eda convocado a mucha gente que dorm\u00eda en sus tugurios. El sitio era un pedazo de caser\u00edo no muy compacto, una arteria fuera del n\u00facleo de la poblaci\u00f3n aldeana.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Gu\u00e1, misea Gudula! \u00bfusted tambi\u00e9n sinti\u00f3?<\/p>\n<p>\u2014\u00a1C\u00f3mo no, Isidora! \u00a1Con ese alarido tan feo! \u00bfSer\u00e1 que le han matado?<\/p>\n<p>\u2014Debe haberle sucedido algo muy malo, pues su grito me estremeci\u00f3 de espanto.<\/p>\n<p>\u2014A m\u00ed se me hel\u00f3 la sangre en las venas \u2014intercedi\u00f3 la joven, azorada.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfQu\u00e9 ha sido? \u00bfqu\u00e9 ha sido?<\/p>\n<p>En aquel momento una pareja pasaba apresurada: iban desalados por la curiosidad, la incertidumbre, el sobresalto. Corr\u00edan hacia el grupo que pocos pasos m\u00e1s adelante discut\u00eda, gesticulaba, en la noche silenciosa y profunda. El grupo que cargaba ahora en vilo el cuerpo dislocado de la v\u00edctima y echaba a andar, a andar como hormigas con su presa, arrastrando con desvelo y conmoci\u00f3n, entorpecidas las plantas por la emoci\u00f3n de la sorpresa.<\/p>\n<p>Entonces fue cuando se supo algo: la pareja de enantes regresaba m\u00e1s sosegada de su repullo, indolente, cuasidefraudada en su avidez del primer instante.<\/p>\n<p>\u2014No ha sido nada.<\/p>\n<p>\u2014Pero \u00bfa d\u00f3nde le llevan? \u2014inquiri\u00f3 Isidora.<\/p>\n<p>\u2014A la farmacia. Va desmayado.<\/p>\n<p>\u2014Acaso un s\u00edncope \u2014sugiri\u00f3 misea Gudula.<\/p>\n<p>\u2014S\u00ed; del susto.<\/p>\n<p>\u2014Pero \u00bfqu\u00e9 le ha asustado? \u2014demand\u00f3 con voz ingenua, todav\u00eda temerosa, la muchacha.<\/p>\n<p>\u2014Dicen que un perro.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1C\u00f3mo ha de ser! \u00a1Un perro!<\/p>\n<p>\u2014S\u00ed, un perro negro.<\/p>\n<p>\u2014Pero no hemos escuchado ladrar.<\/p>\n<p>\u2014No ha ladrado. Dicen que echaba chispas por los ojos. No le ha mordido, le ha chamuscado. \u00c9l ven\u00eda solo y es tarde. Es una aparici\u00f3n infernal, un genio malo.<\/p>\n<p>\u2014Libera nos domine \u2014murmur\u00f3 la vieja Gudula santigu\u00e1ndose.<\/p>\n<p>\u2014Am\u00e9n \u2014respondi\u00f3 la joven imit\u00e1ndola.<\/p>\n<p>* * *<\/p>\n<p>Al siguiente d\u00eda se habl\u00f3 en todo el pueblo del accidente. El barbero coment\u00f3 con sus parroquianos el extra\u00f1o caso de Cr\u00edspulo. Ya se sab\u00eda que fue Cr\u00edspulo el sujeto del caso.<\/p>\n<p>\u2014Refiere que estuvo hasta media noche jugando una partida y al retirarse a su casa tuvo el peregrino encuentro, un ser tan feo que \u00e9l no acierta a explicarse: cay\u00f3 sin sentido arrojando espuma por la boca.<\/p>\n<p>\u2014Cr\u00edspulo no es cobarde.<\/p>\n<p>\u2014Tampoco hab\u00eda bebido anoche.<\/p>\n<p>Los que condujeron a Cr\u00edspulo a la farmacia comentaban, en otros sitios, el mismo acontecimiento. El farmac\u00e9utico hab\u00eda sido consultado por muchos clientes asustadizos que se acercaban a \u00e9l intrigados. Cr\u00edspulo mismo, solicitado, hab\u00eda tenido que referir cien veces, mal de su grado, las peripecias de aquel encuentro espeluznante.<\/p>\n<p>A la otra noche, tres vecinos despreocupados y sin sue\u00f1o platicaban en un \u00e1ngulo de la plaza. La noche estaba fresca, sent\u00edase tan agradable como la proximidad de una vasca de agua clara en un mediod\u00eda de verano. Invitaba a la charla. El pueblo dorm\u00eda, en tanto, sumido en silencio. Del v\u00e9rtice de la torre erguida en lo negro, como un \u00edndice de piedra, inerte, muda, ca\u00eda el letargo, descendiendo como funda de quietud, como manto de reposo que envolv\u00eda desde el desierto altozano todo el villar. Los \u00e1rboles callaban.<\/p>\n<p>El rumor de la pl\u00e1tica adquir\u00eda un dejo amable. En la calma y frescura ambientes parec\u00eda menos difunto, solo dormido, el pasado que evocaban los dialogantes, exhumando reminiscencias, extrayendo an\u00e9cdotas del fondo de su memoria, reviviendo personajes ayer no m\u00e1s desaparecidos de su lado.<\/p>\n<p>Mas, de improviso, callaron. Parejo escalofr\u00edo agudo, cortante, estremeci\u00f3 a los tres, desde la ra\u00edz de los cabellos hasta las plantas. Hacia ellos ve\u00edan venir, a la dubitosa vislumbre de los candiles de esencia escalonados a lo largo de una calle, m\u00e1s bien al vago resplandor de los astros, un bulto oscuro, por el medio del arroyo. Al principio fue un peque\u00f1o bulto opaco como pelota de sombra que rodara en la sombra nocturna, agitando el polvo de la noche. Avanzaba, avanzaba hacia ellos. Lo miraron llegar muy cerca, inmutados por el pavor que sellaba sus labios y los electrizaba como intensa corriente de fluido. El silencio circunstante pareci\u00f3les m\u00e1s pesado, m\u00e1s absoluto. Y sin articular palabra, ni esbozar un gesto, los compadres vieron pasar a su lado un perro, un perro negro de ojos iluminados. \u00a1Era el perro de Cr\u00edspulo! El rumor de sus cuatro patas lo escuchaban latir en el pavimento con son r\u00edtmico, is\u00f3crono, con el p\u00e1vido son de las cosas inmutables e increadas, con ritmo que persist\u00eda en el o\u00eddo como fatal repiqueteo del destino infernal. Y pas\u00f3, se alej\u00f3, perdi\u00f3se su eco en direcci\u00f3n \u00fanica, inevitable.<\/p>\n<p>Era la media noche.<\/p>\n<p>* * *<\/p>\n<p>Al nuevo d\u00eda fue m\u00e1s grave la alarma en el pueblo. Torn\u00f3se a cuchichear con m\u00e1s ah\u00ednco; esta vez con sentido m\u00e1s supersticioso, en torno a la singular y fugitiva aparici\u00f3n.<\/p>\n<p>\u2014Marcos Cobos y Crisanto Aljaba, dicen haberlo visto, misea Gudula.<\/p>\n<p>\u2014Lo vio tambi\u00e9n Graciano, Isidora.<\/p>\n<p>\u2014Anoche lo vieron. Siempre a la media noche.<\/p>\n<p>La noticia corri\u00f3 con calambre de boca en boca por toda la poblaci\u00f3n.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Ave Mar\u00eda Pur\u00edsima!<\/p>\n<p>Constituy\u00f3 la comidilla del d\u00eda en el Mercado, en el Billar, en todos los comercios y casas.<\/p>\n<p>\u00a1El perro negro de la media noche!<\/p>\n<p>Entonces form\u00f3se una cuadrilla de mozos de buen humor para apostarse a dar caza al bizarro visitante. Para distraer la velada hasta la hora de aparecer el can, los grupos alegres de villanos, en compa\u00f1\u00eda de las mozas entusiasmadas y nerviosas, recorr\u00edan los contornos, cantando. Detr\u00e1s de las puertas y por sobre las bardas, las gentes m\u00e1s medrosas espiaban, sobrecogidas de impaciencia, mientras muchas ancianas despreocupadas dorm\u00edan recogidas en sus alcobas o simplemente rezaban.<\/p>\n<p>De s\u00fabito callaron las voces. Hab\u00edan divisado el can: ven\u00eda distante; mas, se aproximaba, se aproximaba, avanzando con ritmo pausado, uniforme. Corr\u00eda hacia la turba de espectadores con tanto desparpajo que los aguardantes se quedaron mudos, suspensos, estupefactos, como atontados por un influjo sobrenatural, y la misteriosa bestezuela cruz\u00f3 por en medio de ellos sin alterar su paso is\u00f3crono; y perdi\u00f3se lejos, lejos, con el eco desvanecido de su persistente rumor.<\/p>\n<p>Todos se miraron at\u00f3nitos.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfQu\u00e9 pas\u00f3?<\/p>\n<p>* * *<\/p>\n<p>\u2014Anoche volvi\u00f3 el perro, misea Gudula.<\/p>\n<p>\u2014Cierto. Parece que no pudieron atraparlo, Isidora.<\/p>\n<p>\u2014Dios nos asista: no s\u00e9 qu\u00e9 tiene ese animal.<\/p>\n<p>\u2014Es como dice Car\u00edspulo: el enemigo malo.<\/p>\n<p>\u2014Libera nos a male.<\/p>\n<p>\u2014Pero los muchachos piensan que han de averiguar. Esta noche volver\u00e1n a esperarlo.<\/p>\n<p>No era l\u00edcito dudar del can negro de la media noche. Lo hab\u00edan visto los m\u00e1s valientes. Ni alucinaci\u00f3n de tragos, ni imaginaciones de cobardes, ni pujos de supersticiosos, nerviosidades mujeriles, patra\u00f1as de bromistas o embaucadores maliciosos. Era un can real, aut\u00e9ntico, en carne y hueso que, al mediar la noche, cruzaba el pueblo de extremo a extremo, siempre en la misma direcci\u00f3n y se perd\u00eda de vista con rumbo inc\u00f3gnito. Era un can de pinta oscura, de buena alzada y largos remos, de silueta macilenta, que sol\u00eda marchar con aire zurdo de rampante movimiento, con la cabeza gacha, de agudo hocico; tal que los mozos inevitablemente aprensivos cre\u00edan verle ojos encarnizados y fulm\u00edneos. \u00bfQu\u00e9 influjo irresistible desped\u00eda de s\u00ed el animal?<\/p>\n<p>Quiz\u00e1s qu\u00e9 perro de labriegos, por costumbre singular, iba a esa hora de brujas y apariciones en que florece la conseja, de un punto a otro del lugar, dando p\u00e1bulo a la alarma. Pero \u00bfa qu\u00e9 horas regresaba? Era preciso averiguarlo. A\u00fan a riesgo de atropellar a la pobre bestia inocente, se hac\u00eda forzoso atraparla para desvanecer el enigma y con ello la inquietud en que se hab\u00eda envuelto el poblado.<\/p>\n<p>Con palos y lazos se dispusieron nuevamente a esperar al sombr\u00edo visitante, a la hora de su paso. Se hizo motivo de orgullo armarse y asistir a la emboscada. Nadie fue al lecho a la otra noche. Grandes y chicos, los mozos se distribuyeron tras de los cantos de las esquinas, en el hueco de los portales, encima y debajo de los carros, desuncidos de sus tiros, que descansaban a la vera de las calles como fatigados de su diurno traj\u00edn por lomas y callejones. Se ocultaron en atisbo a lo largo de las cunetas y entre las resquebrajaduras de los taludes escarpados.<\/p>\n<p>A la media noche, por una punta del poblado despert\u00f3 el vocer\u00edo del zafarrancho. El negro can ven\u00eda, pasaba con marcha acompasada por entre los grupos de sus enemigos. Desfilaba indemne por en medio de la plebe embriagada de aturdimiento, de encono desenfrenado. Llov\u00edan palos; los lazos se tend\u00edan arteros, mas no hac\u00edan presa; como fallidos arpones que rebanaban el aire, las varas de los paisanos fustigaban la tierra y se romp\u00edan saltando en pedazos, despu\u00e9s de marrar los golpes descargados con furia precipitada. La bara\u00fanda se desplazaba tras del perseguido animal que, con leve esguince, esquivaba f\u00e1cilmente el formidable varapalo y prosegu\u00eda su marcha, siempre r\u00edtmica y pausada. La grita segu\u00eda sus pasos, como el bramar de la avenida, como el crepitar del alud; hasta que el can logr\u00f3 perderse lejos, lejos, entre las sombras y aromas de las glebas calladas.<\/p>\n<p>La confusi\u00f3n se deshizo con pavor. Y desde aquella noche en adelante, continu\u00f3 con verdadera pesadilla el empe\u00f1o de persecuci\u00f3n del misterioso animal.<\/p>\n<p>* * *<\/p>\n<p>A la siguiente velada, todos, todos los del pueblo quedaron levantados. Los poblanos se dividieron en bandos. Traj\u00e9ronse a la batida los canes m\u00e1s fieros del contorno: quien aprest\u00f3 su mast\u00edn; quien su alano; quien su dogo. Y acorralados, se les oblig\u00f3 a esperar la presa. Tambi\u00e9n se dispusieron trampas. Pero a la hora acostumbrada, como el trueno del temporal levant\u00f3se el rumor de la cacer\u00eda: el vocer\u00edo humano, el insistente ladrar de la jaur\u00eda azuzada. \u00a1Qu\u00e9 turbamulta! \u00a1Qu\u00e9 pandemonium! Y por entre esa endiablada confusi\u00f3n pas\u00f3, ahora como siempre, la escu\u00e1lida silueta del perro de la media noche.<\/p>\n<p>No fue la \u00faltima aquella batida. Prepar\u00e1ronse armas, machetes, escopetas, pinchos, garfios; adem\u00e1s de que los canes del contorno quedaron de fijo concitados. Anunciaban latiendo la pelota de sombra, que resultaba, a poco de andar, el misterioso fugitivo. Y lo segu\u00edan aullando con desespero, con lloro despiadada como humano lamento, y lo perd\u00edan de vista en la noche hospitalaria, aromada por el incienso de las eras, prosiguiendo impert\u00e9rrito su camino fatal. Aupada por el lamento de los canes hortelanos, la marejada humana iba de una punta a otra de la aldea, como un coro de tragedia en movimiento, extralunada, ululando en conjunto hombres y canes. Disparaban las armas al fugitivo, sin hacer blanco; y alcanzado por el errado disparo cre\u00eda a veces, infortunadamente herido, revolc\u00e1ndose en zozobras de muerte, alguno de los otros canes, los del pueblo, mientras el perseguido continuaba inmune su marcha.<\/p>\n<p>Al fin todos los poblanos quedaron rendidos de fatiga a la pr\u00f3xima noche. El villorrio torn\u00f3 a recobrar su soledad y silencio nocturno habituales. Y en la quietud profunda que bajaba del negro espacio, cuando la noche callada part\u00edase en dos en el filo del conticinio; cuando se doblaba por medio, como una foja opaca que volvemos; de un extremo a otro de la aldea dormida, pasaba con uniforme y pausada fuga, \u00fanico, macabro, fantasmal, el perro visitante de la media noche del que nunca se supo nada cierto.<\/p>\n<\/div>\n<\/div>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<h3>El m\u00fatilo<\/h3>\n<p><em>A Luis M. Urbaneja-Achelpohl<\/em><\/p>\n<p>La mar del sol ca\u00eda sobre la sabana, levantando un reverberante temblor de efluvios vaporosos. Se quemaba la tierra y las hierbas se coc\u00edan. La calidez del ambiente abrasaba el olfato. Ceg\u00e1banse los ojos con intenso brillo de la luz.<\/p>\n<p>Silvino lleg\u00f3, baj\u00f3se del asno, apoyado en la muleta, porque\u00a0 ten\u00eda una pierna menos, la hoz en la mano, y se ech\u00f3 sobre la hierba.<\/p>\n<p>A pesar de su mutilaci\u00f3n, era oficioso: pasaba el d\u00eda trabajando. Manejaba h\u00e1bilmente la muleta y no echaba de menos su pierna mutilada. Atend\u00eda con diligencia a las siembras, por lo cual \u00e9stas no carec\u00edan de abono, de riego y de limpieza. Al baj\u00edo m\u00e1s distante iba por pasto y por eso los animales, la vaca y el asno, siempre estaban sanos y hermosos.<\/p>\n<p>En la ma\u00f1ana Silvino segaba, rastreando oblicuamente sobre el escaso mu\u00f1\u00f3n, medio cuerpo alzado sobre la maleza. Hac\u00eda pensar en un ser destroncado, que se arrastrase como una larva humana, gateando solapadamente con el aire repulsivo y zurdo de una bestia carnicera.<\/p>\n<p>Sujeto a lo alto de un \u00e1rbol el novillo de Don Jos\u00e9 aspiraba el resol con hinchadas narices, pupila centelleante y agitando nerviosamente la cola. Espigado, de grandes astas agud\u00edsimas, inquieta la oreja, la fiereza lo azogaba recorri\u00e9ndolo como un espasmo de la nuca a las ancas y a lo largo de los remos.<\/p>\n<p>Vencido por la siesta, dorm\u00eda el campo. En la corraliza de un boh\u00edo alguno hachaba maderas, y era \u00e9se el \u00fanico rumor del mediod\u00eda.<\/p>\n<p>Silvino segaba montoncillos de hierba que reun\u00eda en haces para hacer la carga del asno, verde y aromosa\u2026 no ve\u00eda c\u00f3mo el novillo se debat\u00eda bajo su amarra, doblegando el brazo del \u00e1rbol; \u00e9ste apenas se inclinaba sombr\u00edamente verde, en tanto que el ramo flexible se arqueaba hasta el l\u00edmite, curv\u00e1ndose con el esfuerzo\u2026 El animal venc\u00eda la ciega resistencia vegetal, ced\u00eda la rama por momentos, hasta que se descuaj\u00f3 crepitando: rio la blanca m\u00e9dula en la desgarradura astillada y el ramo cay\u00f3 a tierra con estr\u00e9pito.<\/p>\n<p>Silvino se volvi\u00f3, mir\u00f3 apenas y prosigui\u00f3 su faena imperturbable. Hosco y tozudo, siempre laboraba con af\u00e1n, sin que nada le distrajese.<\/p>\n<p>A su espalda un resoplido de la res le hizo volverse. No tuvo tiempo de huir. Al incorporarse con presteza resbal\u00f3 la muleta y \u00e9l cay\u00f3 al suelo. Logr\u00f3 levantarse de nuevo: pero la fiera arremeti\u00f3 contra \u00e9l; enganch\u00e1ndolo en el asta lo lanz\u00f3 al aire, lo recogi\u00f3 una y otra vez, persigui\u00e9ndolo en el suelo con afanosa solicitud. Silvino ora p\u00e9ndulo, ora rebotando sobre la fiera, ora sacudido en los pitones de la fiera, experimentaba agudos dolores, cerraba los ojos y perd\u00eda el sentido.<\/p>\n<p>Alguien asom\u00f3 la cabeza por el seto: era un muchacho en cuyo rostro desolado por la anemia se encajaban dos ojos asombrados, muy abiertos. Se puso a lanzarle piedras al animal, haci\u00e9ndole huir sobre la sabana extendida. Despu\u00e9s salt\u00f3 la valla, se acerc\u00f3 a Silvino, lo mir\u00f3 con susto; por su extrema palidez le pareci\u00f3 muerto y no atrevi\u00e9ndose a tocarlo, parti\u00f3 en carrera hacia el boh\u00edo.<\/p>\n<p>II<\/p>\n<p>Silvino fue llevado a la ciudad con varias heridas. Su estado era lamentable. Hab\u00eda causado sensaci\u00f3n su desgracia, porque generalmente compadec\u00edan al pobre hombre, m\u00fatilo, cuya poca fortuna le hab\u00eda encaminado a aquel peligro.<\/p>\n<p>No podr\u00e1 decirse m\u00eda la culpa- afirmaba don Jos\u00e9-. Era de suponerse que el animal fuera bravo: en este caso la bravura era de conveniencia. En cuanto a seguridad, lo hab\u00eda atado fuertemente eligiendo la rama que me pareci\u00f3 m\u00e1s oportuna, resistente. Su conciencia estaba tranquila. Se hab\u00eda enga\u00f1ado; bien, pero\u2026 \u00c9l no ten\u00eda la culpa. Tampoco pod\u00eda decirse que fuera imprudencia del otro. Silvino, el pobre no pod\u00eda culpar sino a su suerte.<\/p>\n<p>\u2013 S\u00ed, trabajando le aconteci\u00f3 la desgracia- dec\u00eda don Pedro.<\/p>\n<p>\u2013 Porque como trabajador, pocos- advirti\u00f3 Z\u00f3simo.<\/p>\n<p>\u2013 Mala suerte- suspir\u00f3 don Jos\u00e9.<\/p>\n<p>En el hospital, donde Silvino fue conducido, entre vendas y algodones, maldec\u00eda a la bestia con sincero enojo. La fiebre alta al principio le hac\u00eda desvariar; en su excitaci\u00f3n ve\u00eda numerosas cabezas excesivamente astadas, armadas de cuernos agud\u00edsimos, espantosos, agresivos. Innumerables cabezas como en una manada\u2026 Pero de la fiebre mejoraba: se restablec\u00eda y un pensamiento artero se concentraba, con ingenuo encono, en su interior, para aquel animal inocente que en la vega lejana de don Jos\u00e9 deb\u00eda parecer inofensivo. Quer\u00eda escarmentarlo.<\/p>\n<p>Una tarde visitaron a Silvino, Z\u00f3simo y don Pedro y por ellos supo que don Jos\u00e9 lamentaba sus desgracias. Este deliraba tambi\u00e9n, porque el buey hab\u00eda salido excelente. Manso y uncido a la esteva de su amo, rasgaba d\u00f3cilmente la gleba, volvi\u00e9ndola de rev\u00e9s, negra y bien oliente\u2026 Pero Silvino aborrec\u00eda a don Jos\u00e9 y m\u00e1s a\u00fan al animal, la mala bestia, y la quer\u00eda escarmentar. Z\u00f3simo y don Pedro no le disuadieron. Era rencoroso y tozudo.<\/p>\n<p>\u2013 \u00a1Quer\u00eda escarmentarla!<\/p>\n<p>Don Jos\u00e9 se hab\u00eda negado a pagar la curaci\u00f3n. Silvino gastaba sus ahorros, su hortaliza se arruinaba, sus animales padec\u00edan descuido. Silvino pasaba las horas pensando en su hortaliza, sus verdes escarolas, sus abundantes coliflores, sus viciosas remolachas, sus repollos y lechugas. Tem\u00eda hasta estremecerse al recuerdo de las voraces repolleras, mariposas de alas p\u00e1lidas que palpitan sobre la alcatifa de la siembra.<\/p>\n<p>Lleg\u00f3 el d\u00eda en que pudo levantarse; ese d\u00eda anduvo aferrado a su muleta por los largos corredores. Otro d\u00eda anduvo m\u00e1s, lleg\u00f3 a un jardincillo que le dio con su aura un saludo complaciente y vegetal. Aunque su reclusi\u00f3n iba larga, \u00e9l mejoraba, sin embargo; se restablec\u00eda. Se distra\u00eda pensando en sus tierras, d\u00e1ndole vuelta en la mente a aquel maldito encono, rec\u00f3ndito y ensa\u00f1ado, contra la bestia lejana.<\/p>\n<p>Lleg\u00f3 tambi\u00e9n el d\u00eda en que abandon\u00f3 el hospital. Libre de prescripciones y vendajes, corri\u00f3 hacia su campo. El paisaje se cinematografiaba, tornadizo, a ambos lados de la ruta; suced\u00edanse los amplios sabanales, de claros horizontes. Lleg\u00f3 a su labrant\u00edo cuando un solo l\u00edvido mor\u00eda sobre los cerros y encend\u00eda finalmente la copa de los \u00e1rboles.<\/p>\n<p>III<\/p>\n<p>Al amanecer tom\u00f3 su muleta. Sent\u00edase animoso. Y ech\u00f3 a andar, con un aire tan zurdo como antes, pero desembarazado y resuelto.<\/p>\n<p>Hac\u00eda fr\u00edo. Un sol tempranero se deslizaba a trav\u00e9s de las cerrazones de levante con un reflejo empa\u00f1ado\u2026 La cal\u00edgene arropaba las arboledas, las vegas incesaban con efluvios montaraces y siluetas campesinas se alejaban indistintamente por senderos lejanos.<\/p>\n<p>Manchones de azul clareaban ya por el cenit. Luego comenz\u00f3 a orbayar, porque las nieblas se deshac\u00edan al sol. Y m\u00e1s luego cierto brillo fulvo, radiante, resplandec\u00eda sobre la campi\u00f1a florida.<\/p>\n<p>Todo renac\u00eda alegre. La verdura cintilaba, humedecida; se estremec\u00edan con la primera brisa matinal las frondas y desped\u00edan brillos espl\u00e9ndidos. El sol se miraba en la acequia, sobre cuyo cristal frisado hilaban las ara\u00f1as, temblando de hierba a hierba. Todo despierto renac\u00eda al nuevo sol, y comenzaba a vivir el nuevo d\u00eda con orgullo.<\/p>\n<p>El m\u00fatilo caminaba sobre las tierras surcadas o en rastrojos. Enfilaba hilas de \u00e1rboles esbeltos, torc\u00eda por senderos\u2026 celajes cruzaban el azul como velas de extensi\u00f3n marina; p\u00e1jaros se fugaban en el viento con vuelo inquieto. Los horizontes eran claros como para una fiesta de luz. Delante de la muleta de Silvino, que se hund\u00eda en los baches y hend\u00eda los mont\u00edculos, las t\u00f3rtolas saltaban am\u00e1ndose.<\/p>\n<p>Echado sobre el pajar, el buey de don Jos\u00e9 reposaba. Ten\u00eda sobre el testuz un pajarraco gualda, que le hurgaba familiarmente la cepa de los cuernos. Silvino se lleg\u00f3 hasta el animal; el ave revolote\u00f3 sobre los cuernos, como un arpegio entre los brazos de una lira.<\/p>\n<p>Silvino se insinu\u00f3 a un costado de la res, empu\u00f1ando el cuchillo, con el cual amagaba un golpe en testuz. Afirm\u00f3 el pulso y hundi\u00f3 la hoja con violencia\u2026 El ave vol\u00f3, alej\u00e1ndose.<\/p>\n<p>Silvino no acert\u00f3, sin embargo; el animal salt\u00f3 bruscamente, incorpor\u00e1ndose; en su cerviz se abr\u00eda una herida de la cual se deslizaba un hilo de sangre.<\/p>\n<p>El m\u00fatilo trat\u00f3 de repetir el golpe, pero el animal se esquivaba, y resoplando amagaba con la cornamenta agresiva. El m\u00fatilo entonces solt\u00f3 la muleta, y en el suelo comenz\u00f3 a arrastrarse oblicuamente sobre el escaso mu\u00f1\u00f3n: gateaba zurdamente, cauteloso, persiguiendo la res, con el aire repulsivo y zurdo de una bestia carnicera. Y como la cuerda no favoreciera ya al animal, de bruces sobre la hierba, le larg\u00f3 una cuchillada al rostro.<\/p>\n<p>El chorro de p\u00farpura salt\u00f3 curv\u00e1ndose en arco, tomando al sol reflejos tan vivaces que parec\u00eda llamear. La vena fluyente tend\u00eda sobre la hierba una funda de grana, desparramaba salpicaduras carmes\u00edes. Vencida la cabeza, del buey sangraba, se amortiguaban sus pupilas; el \u00edmpetu de la vida, roto por la picadura violenta, saltaba afuera, cantando en la curvatura de la vena con las vivas fulgencias de la sangre, bajo la luz orgullosa del sol. Una ola de vida rodaba en plena naturaleza; se apagaba aquella ola org\u00e1nica, salida fuera de cauce.<\/p>\n<p>El m\u00fatilo tom\u00f3 su muleta y ech\u00f3 a andar. Manejando \u00e1gilmente su utensilio, traspon\u00eda las siembras, ganaba los senderos, se deslizaba sobre los rastrojos, con un hundimiento jocundo, lleno de alegr\u00eda renaciente. Sorb\u00eda el incienso de la campi\u00f1a, beb\u00eda el j\u00fabilo del d\u00eda luminoso, gozaba el subconciente encanto del cielo azul y de las arboledas gr\u00e1ciles y verdes.<\/p>\n<p>El animal se abat\u00eda cada vez m\u00e1s, se apagaban sus pupilas, la sabana deb\u00eda darle vueltas. Y aquella vena de sangre manaba sin tregua, sin enflaquecer su caudal. El animal se ech\u00f3 sobre la hierba con un abatimiento conmovedor: exhausto, mov\u00eda a uno y otro lado la cabeza, como buscando aire con af\u00e1n. Por \u00faltimo, dobleg\u00f3 la cerviz, sumi\u00f3 el hocico en la charca de su propia sangre y pareci\u00f3 morir\u2026<\/p>\n<p>Entretanto, dando saltos fren\u00e9ticos sobre su muleta, la silueta contrahecha del m\u00fatilo se achicaba m\u00e1s y m\u00e1s, se perd\u00eda a lo lejos, hacia los horizontes claros para una fiesta de luz, mientras las t\u00f3rtolas saltaban por delante am\u00e1ndose.<\/p>\n<div class=\"relato\">\n<div class=\"contenido-cuento margen-lateral-15\">\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/julio-horacio-rosales-echeverria\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n<h6>*Cr\u00e9dito de la foto: Geczain Tovar Andueza<\/h6>\n<\/div>\n<\/div>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El can de la medianoche \u2014\u00a1Ayayayaaai\u2026! Un grito de espanto desgarr\u00f3 el negro silencio. \u2014\u00bfHa o\u00eddo, mam\u00e1? \u2014pregunt\u00f3 la joven en la oscuridad del aposento. De la otra parte, sobre un camastro inseguro, se removi\u00f3 la anciana, despertando. Un rezongo cuasianimal fue la respuesta. La joven sinti\u00f3 alzarse afuera otros rumores. Vago son de voces, [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":6,"featured_media":1311,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_monsterinsights_skip_tracking":false,"_monsterinsights_sitenote_active":false,"_monsterinsights_sitenote_note":"","_monsterinsights_sitenote_category":0,"footnotes":""},"categories":[16],"tags":[33,3,43],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/1310"}],"collection":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/users\/6"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=1310"}],"version-history":[{"count":3,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/1310\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":4919,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/1310\/revisions\/4919"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media\/1311"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=1310"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=1310"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=1310"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}