{"id":1299,"date":"2021-09-15T12:36:10","date_gmt":"2021-09-15T12:36:10","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=1299"},"modified":"2023-11-24T18:38:39","modified_gmt":"2023-11-24T18:38:39","slug":"habia-una-vez-un-cuchillo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/habia-una-vez-un-cuchillo\/","title":{"rendered":"Hab\u00eda una vez un cuchillo"},"content":{"rendered":"<h4 style=\"text-align: right;\">Rafael Victorino Mu\u00f1oz<\/h4>\n<p>Le causa pena haber dejado la fiesta, justo cuando la gordita pecosa estaba a punto de hacerse atractiva gracias a las bondades astringentes del alcohol, justo cuando ella acababa de sugerir que bailaran: \u00e9l dijo que no, que nunca baila, y ella que, por favor, una sola pieza y \u00e9l, lascivia et\u00edlica, que s\u00f3lo baila con mujeres a las que les hace el amor y ella, impudor ginebrino, que le hiciera el amor, pues.<\/p>\n<p>En lugar del aire acondicionado prefiere la fr\u00eda brisa de la madrugada. Baja la ventanilla y el aire que entra se lleva los ruidos de una emisora mal sintonizada; se los lleva hacia la noche, tan cargada de posibilidades de atropellar un gato (pardo, porque a esa hora).<\/p>\n<p>Se r\u00ede, recordando los chistes que todos, en la fiesta, acompa\u00f1aban con eructos indisimulables y coreaban con carcajadas hechas de tos, de una tos que llenaba el mantel de goticas de bebidas intuiblemente adulteradas. Se r\u00ede, de saber que ma\u00f1ana (u hoy, a qui\u00e9n le importa la diferencia) hay que trabajar, de su esposa, que despertar\u00e1 y le abrir\u00e1 la puerta, con esa cara de r\u00e9plica, en porcelana sucia, del drag\u00f3n de San Jorge.<\/p>\n<p>Trata de recordar y calcular la cantidad ingerida, para sentirse m\u00e1s envidiado por sus compa\u00f1eros de trabajo, que de lunes a viernes se ven obligados a seguir los devaneos de una telenovela en la que la protagonista se llama Jennifer o algo peor: se cri\u00f3 en una barriada y milagrosamente sus 90-60-90 sobreviven hasta los 18 sin que el embarazo ahogue sus sue\u00f1os baratos de zapatillas y tinte Igora Royal. Litro y medio de ginebra, tal vez m\u00e1s. No lo suficiente para alcanzar el harapiento estadio del v\u00f3mito, no lo suficiente como para simplificarse hasta la indigencia y dejarse caer all\u00ed, en la escalera que sube por el jard\u00edn hasta la puerta de entrada, custodiada por un par de sillones de mimbre que lucen abominables y esponjosos en la oscuridad.<\/p>\n<p>Persevera en el intento de hacer que una llave entre en una cerradura. La operaci\u00f3n se le antoja bastante compleja, le recuerda uno de esos juegos en los que, presionados por el tiempo (que est\u00e1 a punto de catalogarnos como oligofr\u00e9nicos), tratamos de introducir un cilindro en un rombo.<\/p>\n<p>La transici\u00f3n a la repentina e indeseable luz le permite la conjetura: su esposa ha despertado. Con una facilidad que lo abruma y empeque\u00f1ece, se abre la puerta (que chirr\u00eda interminablemente en la melancol\u00eda de la h\u00fameda madrugada).<\/p>\n<p>&#8211; \u00bfSabes qu\u00e9 hora es?- pregunta ella; aunque seguramente al levantarse le dirigi\u00f3 una mirada a la mesita de noche donde su reloj descansa de la cruel labor de estrangular adiposidades; de seguro, al pasar cerca de la cocina, no pudo evitar mirar el reloj que quiere parecer una sart\u00e9n o viceversa y, tambi\u00e9n, debe haber visto el reloj de p\u00e9ndulo que est\u00e1 en el pasillo, un reloj desacompasado: para saber la hora real hay que hacer una operaci\u00f3n similar a la que se usa para llevar los grados Fahrenheit a cent\u00edgrados.<\/p>\n<p>&#8211; Como las tres- dice \u00e9l, sin poder sostener aquella mirada que tiene el valor de una coz.<\/p>\n<p>Las siguientes l\u00edneas del libreto son muy manidas como para querer interpretarlas; adem\u00e1s, tiene sed. Huye hacia la cocina. Las llamaradas del drag\u00f3n lo buscan: su esposa lo persigue, los gritos lo persiguen. No escucha, trata de no hacerlo; pero algunas palabras se alojan en la cadena de huesecillos.<\/p>\n<p>Tres gavetas hacia la izquierda y una hacia abajo est\u00e1 la que a veces se cae y a veces le recuerda al Dr. Scholl: all\u00ed deber\u00eda haber un vaso. Aunque, s\u00f3lo est\u00e1 ese cuchillo, que en su mano postula la idea de que el infinito torrente de hastacu\u00e1ndos puede derivar hacia las tranquilas aguas del silencio. De una manera brusca y postiza se vuelve y su esposa ve el cuchillo que le sugiere dejar de hablar, de discutir, de blasfemar, de eructar veneno, de gritar palabras que saben a ajo y a malditoseas.<\/p>\n<p>La mejor forma de continuar con el aire de histrionismo de la escena es empujarla contra la pared, taparle la boca con la mano (izquierda, en la derecha est\u00e1 el reluciente instrumento), para que no hable ni grite ni discuta ni madre que te pari\u00f3. Con el cuerpo retiene la espaciosa figura mientras, con calculado desorden, tratando de que no coincidan los lugares, hunde repetidas veces el cuchillo, que va desgarrando con un extra\u00f1o crujir. As\u00ed hasta que siente que el cuerpo se pone fofo y los pies dejan de sostenerlo y cae sobre \u00e9l, con su caliente viscosidad. Se quita ese peso de encima (setenta y nueve, para ser exactos). Se pone de pie y contempla, con fatigoso desd\u00e9n, a su esposa, el cuerpo de su esposa, el cad\u00e1ver de su esposa. Deja caer el cuchillo, ensangrentado al igual que el cad\u00e1ver, al igual que su ropa.<\/p>\n<p>Sin culpa, sin agitaci\u00f3n y sin l\u00e1stima, piensa que, si va a deshacerse del cuerpo, lo m\u00e1s apropiado debe ser un cambio de ropa (hay un prejuicioso y acaso poco pertinente sentido de la correcci\u00f3n en la idea). Con autoimpuesta serenidad camina hacia su cuarto. Una vez all\u00ed, la cama le sugiere descansar un poco, antes de tener que mortificar su cuerpo con aquella carga. Se sienta en la cama y se quita los zapatos (le sorprende que est\u00e9n m\u00e1s ensangrentados que el resto de su vestimenta). M\u00e1s por negligencia que por verdadero deseo, se deja caer en la cama y se duerme.<\/p>\n<p>A\u00fan no dan las siete cuando se despierta. Lo despiertan unas cacerolas que se golpean insensiblemente en la cocina, cubiertos entrechocando y unas gavetas cerradas con violencia, como para hacer ver que hay disgusto en quien as\u00ed obra.<\/p>\n<p>Se sienta en la cama, pas\u00e1ndose la lengua por los labios, gustando, como por autoflagelaci\u00f3n, un sabor inciertamente bilioso (imagina que as\u00ed debe ser el sabor de un sapo). Se sujeta la cabeza con las manos: siente que el interior tiene la consistencia del algod\u00f3n mojado. Le llega un olor de tocineta y huevos fritos, junto con los ruidos (hasta el chorro de agua parece haber multiplicado su volumen).<\/p>\n<p>El espejo lo repite, inmisericorde: su cara es la expresi\u00f3n gr\u00e1fica, en ojiva de Galton, del sabor del anuro (eje de las abscisas) y el dolor de cabeza (ordenadas). Est\u00e1 terminando de abotonarse una camisa blanca, de una asepsia incuestionable, cuando su mujer asoma al cuarto su cara de aprendiz de paquidermo. M\u00e1s que una pregunta, parece un reclamo o un reproche:<\/p>\n<p>&#8211; \u00bfSabes qu\u00e9 hora es?- y se queda mir\u00e1ndolo, aunque seguramente ya debe saber la respuesta.<\/p>\n<p>&#8211; Casi las siete- le responde, no obstante. No puede evitar sentirse culpable por la inveterada man\u00eda de avanzar que tienen los minutos y las horas.<\/p>\n<p>Cuando ella se va, de nuevo a la cocina, \u00e9l se pone los zapatos, limpi\u00e1ndoles un poco el polvo, usando para ello los mismos calcetines que ya tiene puestos. Siente n\u00e1useas. Se promete que la pr\u00f3xima vez comer\u00e1 algo, para gozar de las virtudes terap\u00e9uticas del v\u00f3mito (si las n\u00e1useas son inevitables, pues).<\/p>\n<p>En el comedor huele a caf\u00e9, s\u00edmbolo de la misericordia humana en estas horas aciagas. En la mesa lo espera un plato de huevos con jam\u00f3n, que tiene algo de reptil, viscoso y desagradable. (Parece que ella intencionalmente cocina as\u00ed, como otra de las mil formas que ingenia para afligirlo.) Tambi\u00e9n lo esperan los gritos de la mujer, defecando oralmente sobre el d\u00eda y fecha y hora de acepta usted por esposo a.<\/p>\n<p>Se levanta a buscar una taza para tomar caf\u00e9, pero en su lugar vuelve a tropezar con el cuchillo. Esta vez ella est\u00e1 sentada y \u00e9l no tiene que arrinconarla contra la pared. Fuera de ese detalle, lo dem\u00e1s es igual (\u201ccomo cuando creemos que repetimos una escena, acaso vivida en una existencia anterior\u201d, podr\u00eda haber pensado, de haber estado pensando).<\/p>\n<p>Cerca del cad\u00e1ver de su mujer est\u00e1 el cuchillo, que tiene un aire de remota majestad. M\u00e1s que la desaz\u00f3n por la escena repetida, m\u00e1s que el remordimiento o la turbaci\u00f3n por los hechos, le angustia pensar que el n\u00famero de cuchilladas pudo haber sido el mismo. Ve el cuerpo y siente algo m\u00e1s confuso que el miedo, m\u00e1s profundo tal vez, que lo obliga a abandonar aquella sala, aquella casa.<\/p>\n<p>Cruza algunas calles que se le antojan fantasmales. Le da igual sentarse en cualquier banco de esa plaza, que luce como cascar\u00f3n vac\u00edo. Pasa algunos minutos sosteni\u00e9ndole la mirada al busto de un personaje desconocido. La inscripci\u00f3n debajo del busto est\u00e1 hecha en unos signos totalmente intraducibles (al final, en espa\u00f1ol, se aclara que la pieza y la placa fueron donados por una comunidad de libaneses). Luego observa a un anciano que alterna la labor de recoger las hojas ca\u00eddas con peri\u00f3dicos y prolongados tragos a una botellita clandestina que desaparece en el misterio insondable de uno de los sacos que cuelgan sobre su hombro.<\/p>\n<p>No sabe qu\u00e9 hacer, en qu\u00e9 pensar. Decide regresar a su casa. Con fingida naturalidad deambula entre la gente, que apurada camina hacia sus pedacitos de status quo. Nadie ve a nadie y nadie se fija en \u00e9l ni en su ropa, en la que ya no brilla tan delatoramente la sangre: en realidad las manchas son m\u00e1s bien opacas y escasas (no tuvo que sostener el cuerpo ni, como en la primera oportunidad, \u00e9ste hab\u00eda ca\u00eddo sobre \u00e9l).<\/p>\n<p>La casa, en medio de la ramplona ma\u00f1ana, muestra dos detalles que la diferencian del resto, fastidios id\u00e9nticos repetidos hasta el cansancio del paisaje: la luz del jard\u00edn, an\u00f3mala e innecesariamente encendida, y la puerta, a\u00fan abierta. A un lado de la entrada los sillones se aburren, como dos personajes de Faulkner.<\/p>\n<p>Traspone el umbral de la puerta y respira el aroma dormido de la casa: hay algo de alfombras polvorientas y de enjuague bucal; huele a huevos fritos, a tocineta y a sangre. Sin intenci\u00f3n cierra la puerta de una manera algo ruidosa. Del cuarto sale su c\u00f3nyuge, que le pregunta:<\/p>\n<p>&#8211; \u00bfSabes qu\u00e9 hora es?<\/p>\n<p>Esta vez \u00e9l no responde. Ella va a preguntarle por qu\u00e9 (demonios) no hab\u00eda ido al (maldito) trabajo, para poder iniciar tranquilamente sus injurias. Pero \u00e9l la toma por la gordezuela mu\u00f1eca y la conduce a rastras a la cocina. Ella insiste en hacer preguntas chillonas, que hacen juego con los adornitos imantados de la nevera. \u00c9l trata de pensar en d\u00f3nde estar\u00e1 el cuchillo: tiene que ser \u00e9se y no otro. Un inveros\u00edmil silogismo le permite saber que el cuchillo aparecer\u00e1 en la primera gaveta que abra. As\u00ed ocurre: en la primera gaveta aparece el cuchillo, con algo de impudicia y de calma contenida.<\/p>\n<p>No tiene que perder el tiempo tratando de taparle la boca a su c\u00f3nyuge: ella enmudece sola ante la visi\u00f3n del acero. \u00c9l procura ser m\u00e1s met\u00f3dico: dos o tres cuchilladas deben bastar. Lo hace casi con fastidio, como por cumplir un rito que signific\u00f3 algo alguna vez.<\/p>\n<p>Marca, un poco entorpecido, los tres d\u00edgitos. Procura no hablar mucho, dar su direcci\u00f3n exacta y colgar antes de que comiencen las preguntas que la polic\u00eda juzga necesarias para descubrir en el acto a los que llaman con \u00e1nimos de darse una importancia inexistente. Su mano izquierda aferra, con una aprensi\u00f3n casi infantil, la exang\u00fce mu\u00f1eca de su c\u00f3nyuge.<\/p>\n<p>No hay tiempo para la confusi\u00f3n, para pensar en la \u00faltima vez que pudo pensar con coherencia, para un caf\u00e9 que necesita urgentemente (habr\u00eda sido bochornoso tomar el caf\u00e9 sin soltar el cad\u00e1ver: no puede soltarlo). Como para terminar de subrayar lo ficcional de aquella ma\u00f1ana, la polic\u00eda llega de manera inmediata.<\/p>\n<p>Con una solemnidad y unas precauciones que lucen sobreactuadas, la polic\u00eda lo conduce, esposado y supernumerariamente custodiado, a una de las patrullas. No echa un \u00faltimo vistazo a la casa. As\u00ed no puede ver c\u00f3mo llevan, a las ambulancias que con sus sirenas llenan el tibio bostezo de la impoluta ma\u00f1ana, uno tras otro, cuidadosamente envueltos como regalos de d\u00eda de reyes, tres cad\u00e1veres.<\/p>\n<p style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/rafael-victorino-munoz\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre el autor<\/a><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Rafael Victorino Mu\u00f1oz Le causa pena haber dejado la fiesta, justo cuando la gordita pecosa estaba a punto de hacerse atractiva gracias a las bondades astringentes del alcohol, justo cuando ella acababa de sugerir que bailaran: \u00e9l dijo que no, que nunca baila, y ella que, por favor, una sola pieza y \u00e9l, lascivia et\u00edlica, [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":6,"featured_media":1301,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_monsterinsights_skip_tracking":false,"_monsterinsights_sitenote_active":false,"_monsterinsights_sitenote_note":"","_monsterinsights_sitenote_category":0,"footnotes":""},"categories":[16],"tags":[33,3,43],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/1299"}],"collection":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/users\/6"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=1299"}],"version-history":[{"count":1,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/1299\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":1302,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/1299\/revisions\/1302"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media\/1301"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=1299"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=1299"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=1299"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}