{"id":12924,"date":"2024-08-25T00:18:54","date_gmt":"2024-08-25T00:18:54","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=12924"},"modified":"2024-08-25T00:26:36","modified_gmt":"2024-08-25T00:26:36","slug":"san-sebastian-tasajeras","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/san-sebastian-tasajeras\/","title":{"rendered":"San Sebasti\u00e1n de Las Tasajeras"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Edinson Mart\u00ednez<\/h4>\n\n\n\n<p>I<\/p>\n\n\n\n<p>Al subir la cuesta de la carretera, desde el flanco derecho, cuando fui girando en la curva sobre un \u00e1ngulo discreto que apenas torc\u00eda el volante unos cuantos grados, el sol agazapado entre un grupo de nubes blancas como las motas de un enorme algodonal, fue invadiendo progresivamente con su resplandor ambarino la c\u00faspide \u00e1rida de una peque\u00f1a loma coronada por una vivienda solitaria. Era la primera de una hilera de casas rusticas esparcidas en la t\u00edmida hondonada, como si ella hubiese sido sembrada ah\u00ed para ejercer el mando comarcal sobre el resto de aquellas ruinas resisti\u00e9ndose al olvido. Desde la atalaya agreste que ocupaba, la vista se desplegaba generosa sobre la pendiente, pudiendo otear con claridad una ringlera de casas espectrales m\u00e1s abajo, rodeadas de cabras imperturbables hurgando el suelo, mientras iban soltando lac\u00f3nicos berridos que a nadie importunaban. Sobre el terreno pedregoso, una floresta de \u00e1rboles mustios, acorralados por una vegetaci\u00f3n dispersa aferr\u00e1ndose a la superficie arcillosa, sobreviv\u00edan a duras penas esperando el invierno tard\u00edo, igual que la ristra de valientes arbustos oponi\u00e9ndose al viento que, cay\u00e9ndoles encima, desde cualquiera de los puntos cardinales, aguantaban soberbios los embates antojadizos de las corrientes.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>La carretera angosta por la que ahora transito divide el macizo semides\u00e9rtico como una larga franja negra y sinuosa, trazando una ruta allende otros parajes para extenderse en el horizonte como si fuese a encontrarse con el mismo astro rey descansando entre las nubes. Llevo horas de viaje, desde muy temprano en la madrugada, cuando todav\u00eda en el cielo refulg\u00edan atolondrados los incontables puntitos de luz que apaciguan la oscuridad, pese a ello a\u00fan no me siento cansado, de modo que detenerme ahora ha sido verdaderamente un contratiempo que no esperaba encontrarme.<\/p>\n\n\n\n<p>Girando sobre el lomo de la carretera, uno de los neum\u00e1ticos delanteros, repentinamente lanz\u00f3 aquel estallido tan propio de las pinchaduras de un caucho. El volante, de inmediato, acusando la aver\u00eda, comienza a vibrar de forma atropellada, oblig\u00e1ndome a orillarme sin perder ni un segundo. Poco a poco fui llevando el veh\u00edculo hacia la estrecha calzada hasta que fue desmay\u00e1ndose para aplicar los frenos, y detenerme por fin.&nbsp; Me encontraba inesperadamente en un camino solitario, averiado en una zona por la que seg\u00fan parec\u00eda circulaban muy espor\u00e1dicamente veh\u00edculos. Esa fue mi primera impresi\u00f3n, una sensaci\u00f3n de solitud \u00fanica que fue sobrecogi\u00e9ndome, pues, desde hac\u00eda rato, no hab\u00eda visto transitar a nadie en cualquiera de los sentidos de la v\u00eda; no ven\u00edan ni tampoco iban carros. Es decir, para mejor expresarlo, ni bajaban ni sub\u00edan personas o automotores de ninguna clase a trav\u00e9s de la estrecha ruta que se proyectaba en las lejan\u00edas de la cordillera. Tal vez sea la hora, incluso el d\u00eda, me atrevo a pensar. En efecto, los domingos en la ma\u00f1ana, muy temprano, por lo general suele haber poca afluencia de conductores en las carreteras. Esa es la idea que tengo despu\u00e9s de haber circulado por ellas durante tantos a\u00f1os. As\u00ed, dominado por la contrariedad, aguard\u00e9 varios minutos sentado dentro del auto, dirigiendo mi vista en derredor, sin el menor prop\u00f3sito de salir a establecer cu\u00e1l era el verdadero alcance del percance.<\/p>\n\n\n\n<p>Afuera, un silencio s\u00f3lo perturbado por el rumor del viento bajando desde las colinas, colmaba el ambiente apacible como si all\u00ed nada tuviera prisa m\u00e1s que el aire levantando el follaje de los arbustillos fam\u00e9licos desperdigados en las laderas terrosas. A veces, el berrear de alguna cabra arrancando del suelo agreste el monte ralo adherido con firmeza en el pedregal, se escuchaba lejano perdi\u00e9ndose como un lamento que iba desfalleci\u00e9ndose en la inmensidad. Al rato, saliendo de pronto de entre los matorrales que escoltan la carretera, a varios metros de donde me encuentro, veo venir a un muchacho en una bicicleta, viene pedaleando con la habilidad de un malabarista, sosteniendo en una de sus manos, un cart\u00f3n de huevos con tal naturalidad, como si \u00e9ste formara parte de su anatom\u00eda. Antes de llegar a toparse conmigo, vira a su izquierda y toma el camino arenoso que conduce hasta la cumbre de la meseta, enfil\u00e1ndose a trav\u00e9s de un paso rastrillado por las aguas que durante el invierno descienden aturdidas por la pendiente. Seg\u00fan las marcas de la trocha, se arrastran desembocando en raudal persistente hasta la carretera, precisamente, hasta el costado en que ahora me encuentro contemplando el paisaje. En aquella senda de surcos como grandes arrugas serpenteando el trayecto, a paso lento, el ciclista, fue remontando el escarpado sinuoso hasta posarse en la \u00faltima de las viviendas coronando el cerrito. Cuando el adolescente al fin llega, quiz\u00e1s exhausto, por la lucha que ha significado sortear los escollos del camino equilibrando el cart\u00f3n de huevos, decido, entonces, salir del veh\u00edculo.<\/p>\n\n\n\n<p>La rueda derecha, la delantera, yace completamente achatada sobre el asfalto, desinflada y estropeada, dando la impresi\u00f3n que me encuentro frente a una nave escorada y\u00e9ndose a pique en medio de la inmensidad.<\/p>\n\n\n\n<p>En uno de sus extremos, una rajadura larga, cort\u00f3 el caucho en diagonal, como si un objeto filoso hubiese sajado la gruesa armaz\u00f3n negra hasta sacar de sus entra\u00f1as el vac\u00edo que la sostiene. Examino por unos instantes la llanta, en cuclillas, para apreciar con mis manos la magnitud del da\u00f1o. No hay nada qu\u00e9 hacer, no tiene arreglo, y enseguida, consternado, pienso en el contratiempo, en la contrariedad y en todo aquel engorro que significa disponerme a cambiar un caucho en plena carretera. Sin embargo, reponi\u00e9ndome casi al instante, tomo un poco de aire para coger impulso, y me hago de fuerzas para resolver el asunto, mientras el sol pegando a mi espalda, trae consigo la quemante sensaci\u00f3n de una mirada espi\u00e1ndome desde alg\u00fan lugar del rellano. Es aquella extra\u00f1a percepci\u00f3n a veces sentida sobre el cuerpo a trav\u00e9s de una acuciosa observaci\u00f3n; una inexplicable presencia que nos sigue con sus ojos hasta que, en el albur de las reacciones humanas, finalmente, se intercepte con disimulado gesto.<\/p>\n\n\n\n<p>Ya de pie, al voltear hacia el camino que minutos antes tomara el ciclista, miro en ambos lados de la ruta polvorienta y busqu\u00e9 en sus alrededores el origen de aquella sensaci\u00f3n que quiz\u00e1s fuera fruto de la imaginaci\u00f3n, del recelo que me posee hall\u00e1ndome desamparado frente a tan desafortunado percance, y no, en efecto, un acecho inexplicable. Paseo mi vista fugazmente sobre el caser\u00edo, y trato de contar las viviendas; son cinco o seis, todas muy dispersas, con patios extensos remont\u00e1ndose sobre la austera cuesta que conduce a la meseta. En una de ellas, la primera del ala derecha del camino, dos mujeres, ambas j\u00f3venes, en el umbral del humilde p\u00f3rtico, hablan entre s\u00ed mientras se\u00f1alan el lugar en que varias cabras arrancan del suelo el pastizal reseco. Un perro de patas blancas, bate su cola empinando el hocico con la lengua suplicante hacia ellas, quiz\u00e1s sea alguna promesa que le han hecho a sus instintos, que ahora se las est\u00e1 reclamando lanz\u00e1ndoles dos o tres ladridos mendicantes. No parecieran haber notado mi presencia, incluso ni siquiera me miran. En el extremo opuesto, tal vez diagonal a ellas, subiendo la pendiente, otra de las casas luce desocupada, como abandonada, cuyas ventanas y puerta principal ofrecen un semblante de clausura, no obstante, sobre el dintel de la entrada, un bombillo pegado en la pared, todav\u00eda contin\u00faa encendido con su luz incandescente diluy\u00e9ndose entre los fogonazos amarillentos del sol que apunta desde atr\u00e1s de la colina. A su lado, varios metros m\u00e1s arriba en el camino, separ\u00e1ndose en el terreno que ambas comparten por un camell\u00f3n de alambre de p\u00faas que las divide, otra vivienda parece vac\u00eda. Un \u00e1rbol cubre parte de su fachada con largos brazos envolviendo el techado.&nbsp; Detr\u00e1s de ella, varias filas de arbustos floreados forman un precario jard\u00edn multicolor con plantas de la estaci\u00f3n. All\u00ed, otra vez, los seres m\u00e1s comunes del paisaje, se pasean indiferentes, impasibles, por la estepa soleada, ensimismados, como siempre, en la \u00fanica tarea que sus cerebros les prescribe en su existencia: rebuscar entre el matojo de la tierra el alimento que les sirve de sustento mientras van berreando.&nbsp; A su frente, una casa m\u00e1s baja, con el resto de sus dimensiones recortadas, se alegra con el sonido estridente de una radio metida en sus entra\u00f1as; su eco se pierde entre los rumores sordos que forma el viento bajando por los cerros. As\u00ed la ch\u00e1chara del hablante, acompasada por una m\u00fasica de fondo, sube y baja de intensidad en el ambiente seg\u00fan quiera la caprichosa fuerza del viento, qued\u00e1ndose muchas veces flotando en la atm\u00f3sfera, como si estuviese penando en el limbo creado por los pliegues topogr\u00e1ficos de la zona.<\/p>\n\n\n\n<p>Desde otro de los linderos de la cuesta, al que miro con cuidado, atra\u00eddo por un tendero de ropas masculinas y femeninas agit\u00e1ndose bajo el imperio de la exhalaci\u00f3n furiosa de la hora, tampoco observo a ning\u00fan ser viviente. Si hay alguien ah\u00ed, dentro de la humilde vivienda, seguramente estar\u00e1 ocup\u00e1ndose de las tareas del d\u00eda, cronometrando con rigurosidad el paso del tiempo cuando con af\u00e1n realiza aquellos menesteres que han esperado el fin de semana para atenderse con disciplina de ama de casa. No viene de all\u00ed observaci\u00f3n alguna. Luego, al levantar mi mirada, persiguiendo la azarosa vigilancia, un poco m\u00e1s arriba de las otras casas, enseguida, como sobando la planicie sobriamente encumbrada, en la siguiente de ellas, mi vista se posa con rapidez sobre un hombre mayor junto a un ni\u00f1o entretenido con unos polluelos amarillos a los que van lanz\u00e1ndoles los granos de ma\u00edz desde un recipiente que sostiene el viejo en su regazo. El ni\u00f1o brincotea agarrado al pantal\u00f3n de quien parece su abuelo, aunque, tambi\u00e9n, pudiera ser su padre, a simple vista se aprecia jubiloso, pues, a medida que los animalitos los van cercando con el picoteo alborotado, el infante se r\u00ede con la risa nerviosa de un chiquillo repartiendo su gozo entre el recelo y la alegr\u00eda. Ambos s\u00f3lo tienen atenci\u00f3n para el regocijo dominguero, ninguna otra cosa los distrae. Esta es la pen\u00faltima de las viviendas de la ruta pedregosa que va asent\u00e1ndose hasta la augusta colina. M\u00e1s adelante, bajo una confusi\u00f3n de trinitarias rojas, moradas y blancas, formando un nudo esplendente de flores sobre un cercado, se antesala el fin de la pendiente.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>En la cresta de la loma, en su flanco izquierdo, abriendo paso al camino \u00e1spero que se introduce en la meseta, bajo la sombra de un araguaney en flor, mi vista se estacion\u00f3 sobre la figura de un anciano sentado con una manta sobre sus piernas, se apreciaba como protegi\u00e9ndose de un fr\u00edo que bien sab\u00eda era inexistente. Sus manos, sujet\u00e1ndose una palma dentro de la otra, descansaban sobre sus piernas, mientras se acodaba en los apoyabrazos del asiento en actitud serena. Su semblante apuntaba su mirada directamente hacia m\u00ed, como si desde la espl\u00e9ndida atalaya en que moraba no pudiera otearse ninguna otra presencia que la m\u00eda. Cuando logramos alinear nuestros rostros al vuelo de la imaginaci\u00f3n que acortaba nuestra distancia, ambos supimos de inmediato que est\u00e1bamos mir\u00e1ndonos. As\u00ed, al fin, despu\u00e9s de mi vuelo rasante de unos segundos extendidos sobre el paisaje ocre que nos mediaba, ya pude descubrir la observaci\u00f3n que, desde aquella fisonom\u00eda tostada, de barba rala y blanca, me contemplaba muda desde la cima de la campi\u00f1a miserable.<\/p>\n\n\n\n<p>II<\/p>\n\n\n\n<p>El sol de cuarenta y cinco grados sobre la superficie ba\u00f1a jubiloso la comarca, su exhalaci\u00f3n luminosa la tengo de frente azotando inclemente mi rostro. Levanto mi mano para escudarme de \u00e9l, cubriendo mi cara con la palma derecha abierta pretendiendo tapar el disco dorado que, azorado, se yergue entre un mont\u00f3n de nubes blancas. El anciano, en gesto inesperado, sin los centellazos molest\u00e1ndole porque nacen a sus espaldas, alza por su parte, su mano. Lo ha hecho al propio tiempo en que elevo la m\u00eda, tambi\u00e9n con su diestra abierta, como respondiendo a mi adem\u00e1n protector con similar movimiento. En las primeras de cambio dudo de la se\u00f1al, pero, de seguidas, vuelvo a sacudir con indecisi\u00f3n la mano, mientras, empujado por el sol inclemente, me arrimo al auto dominado por la torpeza. Apenas bast\u00f3 ese oscilar t\u00edmido con el que respond\u00eda para que el anciano me devolviera un saludo franco. Ya no hab\u00eda sorpresas, en efecto, el hombre estaba al corriente de mi presencia en aquel ins\u00f3lito lugar, por tanto, no se trataba de un espejismo ni el fruto de mi imaginaci\u00f3n haber supuesto el acecho de una mirada sobre mi espalda al examinar la rueda. Consist\u00eda con claridad un hecho tangible su existencia. Mientras llegaba a esta conclusi\u00f3n, aquel sujeto segu\u00eda all\u00ed haci\u00e9ndome se\u00f1ales amigables, oscilando su mano, una y otra vez, como si quisiera enfatizar su condici\u00f3n de espectador en aquel reino solitario. Ten\u00eda rato observ\u00e1ndome, tal vez desde el mismo instante en que me detuve.<\/p>\n\n\n\n<p>En la llanura, todos los sonidos se amplificaban como si salieran de descomunales parlantes, perturbando el sordo silencio que la naturaleza engendra cuando est\u00e1 poblada \u00fanicamente de seres inanimados. Pasando mi vista sobre el paisaje congelado, siguiendo el rumor que rueda por el desamparo, observo el sinf\u00edn de se\u00f1ales que env\u00eda este peque\u00f1o mundo abandonado: Una cabra lanz\u00f3 un berrido desde el solar opuesto al vig\u00eda sempiterno, enseguida su bramido es respondido por el grupo disperso en toda la planicie, como si pretendiesen transar una conversaci\u00f3n en la comarca. El perro patas blancas, ladrando juguet\u00f3n, suplicando atenci\u00f3n, recibe el grito irritado de una de las muchachas espant\u00e1ndolo de su lado, empuj\u00e1ndolo hastiada al patio soleado de la casa, el lugar habitual de los animales. El viento, descendiendo por la depresi\u00f3n de las colinas cercanas, atraviesa sedoso las laderas, manifestando sus huellas invisibles en el repentino alborozo del precario follaje que ha sobrevivido a la sequ\u00eda. Un aire perfumado golpe\u00e1ndome el rostro en r\u00e1fagas discretas, de pronto llega acarici\u00e1ndome con tanta calma, con tal placidez que, por un instante, el apremio que ha hecho detenerme, deja de tener la urgencia que hace unos minutos me abrumara; sin embargo, apur\u00e1ndome instintivamente por el tiempo que corre, me dirijo, entonces, a la maletera para retirar el caucho de repuesto.<\/p>\n\n\n\n<p>III<\/p>\n\n\n\n<p>Al levantar las herramientas y parte del equipaje descansando junto a otros objetos en la cajuela, descubro enseguida el nuevo imprevisto: \u00a1el caucho no tiene aire!&#8230; \u00a1Est\u00e1 desinflado!&#8230; \u00a1\u00bfQu\u00e9 vaina! \u00a1\u00bfY ahora qu\u00e9 hago?!&#8230; El coraz\u00f3n me palpita tan fuerte que ya no era el viento quien estremec\u00eda mi camisa, sino una crepitaci\u00f3n azorada saliendo del costado izquierdo de mi pecho. Sudaba frio mientras golpeaba desesperado el lomo del caucho, aferrado a la est\u00e9ril idea de suponerlo en condiciones de hacer su trabajo: \u00a1no hay nada que hacer!&#8230; \u00a1Es in\u00fatil! Me repito consternado.<\/p>\n\n\n\n<p>Al sacar mi rostro de la maletera, lo giro a la derecha, y persigo la mirada fija del anciano all\u00e1 en su aposento, como si fuese en ese instante la \u00fanica tabla de salvaci\u00f3n a mi traspi\u00e9s. La consigo de nuevo, igual que antes: imp\u00e1vida, imperturbable, contemplando el paisaje arruinado y so\u00f1oliento que le rodeaba, donde ahora yo tambi\u00e9n formo parte por causa de la fortuita tiran\u00eda del azar. El viejo, una vez m\u00e1s, alza una de sus manos y, torpemente, con la palma abierta, como ya antes lo hab\u00eda hecho, me salud\u00f3 otra vez.<\/p>\n\n\n\n<p>Desde que llegu\u00e9 a este lugar, ning\u00fan otro veh\u00edculo hab\u00eda cruzado la v\u00eda, podr\u00eda desnudarme y plantarme en medio del asfalto y nadie se enterar\u00eda. Es, en efecto, una carretera desolada, ya ni siquiera es que tiene muy poco tr\u00e1fico, como en cierto momento pens\u00e9, sino que verdaderamente no tiene tr\u00e1nsito alguno. \u00bfMe habr\u00e9 equivocado de ruta?&#8230; Me preguntaba aturdido en par de ocasiones. Recuerdo haber girado a la izquierda varios kil\u00f3metros atr\u00e1s, justo como indicaba el letrero en la autopista se\u00f1alando la indicaci\u00f3n.&nbsp; Estoy seguro de haber tomado la v\u00eda correcta\u2026 Me dec\u00eda con insistencia. Pero, bien, no es ese realmente el problema que ahora tengo, termino por admitir.&nbsp; El asunto apremiante consiste en reparar la aver\u00eda de la rueda, o, en su defecto, reponer el aire al caucho de repuesto. Ninguna de las dos cosas a simple vista puedo hacerlas. Me apena tanto, porque en otras circunstancias, ser\u00edan tan elementales y rutinarias, que, realmente, no pasar\u00edan de ser un percance menor, una menudencia de f\u00e1cil resoluci\u00f3n. Pero, aqu\u00ed, en medio de la nada, entre cabras y matorrales, acechado por un guardi\u00e1n de soledades y evitado por otros ensimismados en sus infortunios, atascarse as\u00ed es una verdadera tragedia.<\/p>\n\n\n\n<p>As\u00ed, avasallado por mis temores, lleno de aire con lentitud mis pulmones y trato de pensar. Desde la hondonada, la radio continuaba sonando con su mismo fragor, y las mujeres que hace apenas unos segundos viera interesadas en las cabras del solar contiguo, corriendo al perro que las agasajaba lisonjero, ya se han retirado. La casa con la bombilla colgando en su fachada, aquella que estuvo encendida minutos antes, ahora se observa apagada. Y hasta el perro adulador de las dos j\u00f3venes, tambi\u00e9n ha desaparecido pese a desvivirse por ellas. M\u00e1s arriba, en donde el viejo con el ni\u00f1o se entreten\u00eda con los polluelos, el abuelo da un manot\u00f3n y hace correr despavoridos a los alegres pollitos por el patio bald\u00edo que rodea la casa. De pronto, al ciclista del cart\u00f3n de huevos, lo vi venir esta vez de regreso loma abajo. Viene sorteando con su manifiesta habilidad las arrugas del terreno yermo, tal vez ha retornado por alg\u00fan otro encargo hasta un vecindario cercano. Me digo. Quiz\u00e1s pueda ayudarme, decirme al menos, d\u00f3nde podr\u00eda reparar la rueda. Me animo a pensar. Siento un alivio verlo acerc\u00e1ndose.<\/p>\n\n\n\n<p>Mientras tanto el anciano segu\u00eda all\u00e1 arriba como si nada le importunara. Cada vez que volteaba a mirarlo, enseguida encumbraba su mano y me saludaba, parec\u00eda un gesto autom\u00e1tico respondiendo a una raz\u00f3n premeditada. En pocos segundos lo descubrir\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>A medida que el ciclista se aproximaba, su fisonom\u00eda va haci\u00e9ndose m\u00e1s n\u00edtida. Al principio pens\u00e9 que se trataba de un muchacho, tal vez, un adolescente, sin embargo, mir\u00e1ndolo ahora de frente, puedo notar que se trataba de un hombre que hace rato dej\u00f3 la pubertad. Tiene un rostro reseco, como la extensa superficie agostada que nos rodea; de cabello negro, abundante, agit\u00e1ndose con sus mechones para todos lados seg\u00fan prefiera el azote de la ventisca. Lleva una camisa a cuadros y un pantal\u00f3n de un azul deste\u00f1ido. Es delgado, enjuto, pero con un cuerpo firme, aferrado al manubrio con la destreza de un jinete sujetando las riendas de un caballo brioso. Por la orientaci\u00f3n que trae su andar, viene hacia m\u00ed. Las ruedas vienen enfilando conforme a la intenci\u00f3n que su semblante marca con la br\u00fajula invisible de sus gestos. \u00bfVendr\u00e1 a ayudarme?&#8230; Pens\u00e9. Lo he visto subir antes hasta la meseta llevando el cart\u00f3n de huevos, vi cuando entraba en el patio de la \u00faltima de las viviendas, pasando a un costado del anciano, de aquel celador impert\u00e9rrito desde su alcor rastreador. Tal vez ha notado mi necesidad de socorro. Digo animado. Me sacudo el polvo que creo me ha cubierto la camisa y renovando mi optimismo, esper\u00e9 a que el ciclista se acercara hasta donde yo estaba.<\/p>\n\n\n\n<p>En el margen opuesto de la carretera, la que ahora tengo a mis espaldas, no se divisan viviendas, ni fincas con animales pastando, ni personas andando; en cambio, un bosque marchito de arbustos arrugados y verduzcos, xer\u00f3fitas abundantes, araguaneyes en flor, y otros \u00e1rboles dispersos que no sabr\u00eda nombrar, colonizan abundantes la vastedad desolada y \u00e1rida del paisaje. El viento pega en leves r\u00e1fagas, aupando una polvareda moment\u00e1nea que se disgrega et\u00e9rea, meti\u00e9ndose entre los arbustos y el follaje ralo del resto de las plantas. De all\u00ed surg\u00eda un chiflido integr\u00e1ndose al silencio atrapado en la vega desolada. \u00bfC\u00f3mo podr\u00e1n vivir personas aqu\u00ed?&#8230; Me pregunto angustiado.&nbsp; Supongo que se habit\u00faan del mismo modo en que lo hacen los animales y la vegetaci\u00f3n\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>El ciclista, a escasos metros, alza su cara, sac\u00e1ndola del suelo arenoso del que ven\u00eda pendiente y me mira. Sin dudas, tengo ahora, la certeza de que viene hacia m\u00ed. Una sonrisa discreta confirma mis conjeturas, cuando observo que distiende sus labios al mismo tiempo en que me dirige sus ojos sembrados en unas cavidades ojerosas. Son unas pupilas verdes como un par de metras alegr\u00e1ndose junto al rostro que, entonces, se arrebuja con una s\u00fabita expresi\u00f3n afable.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Le manda a decir el abuelo que suba hasta all\u00e1 \u2013me dice enseguida que se detiene frente a m\u00ed.<\/p>\n\n\n\n<p>El hombre ha frenado la bicicleta con la planta de un zapato polvoriento rozando la rueda trasera. Con el burro entre las piernas, como tambi\u00e9n se le llama al tubo superior que une las dos secciones de la bicicleta, el sujeto se planta delante de mi mientras me recita el mensaje del anciano. Una vez que comunica su recado, giro mi rostro hacia la meseta. Desde all\u00ed, el viejo alza su mano y vuelve saludarme, oscil\u00e1ndola como si fuese una marioneta a quien le hacen andar su extremidad.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00bfY qu\u00e9 desea el se\u00f1or?&#8230; \u2013le pregunto.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Ah, pues\u2026 No s\u00e9\u2026 Siempre ha estado esperando por alguien. A lo mejor es usted por quien esperaba. Seguro es por eso que quiere que suba.<\/p>\n\n\n\n<p>De la cavidad oscura, delgada y chupada como una ciruela deshidratada que tiene por boca, le sale cada palabra con desgano, como si las masticara antes de pronunciarlas asociadas a un aliento horrible. El hombre no tiene dentadura.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00bfEl se\u00f1or no se ha dado cuenta que estoy accidentado?&#8230; \u2013le insisto.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013S\u00ed, \u00e9l lo sabe. Todo el que aqu\u00ed se detiene no lo hace por su gusto. Nadie viene por su cuenta\u2026 \u00c9l lo sabe. Por eso quiere que suba.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00bfD\u00f3nde puedo reparar la aver\u00eda de mi carro? \u00bfPueden ayudarme? \u2013le interrogo ya inquieto, eludiendo la absurda insistencia.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Ah, pues, no se preocupe por eso, amigo\u2026 \u2013me responde flem\u00e1tico.<\/p>\n\n\n\n<p>El sujeto hablaba con una llaneza imp\u00e1vida, como si el percance de la rueda no significara mayores inconvenientes.<\/p>\n\n\n\n<p>Despu\u00e9s de varios minutos de mi llegada a la planicie, miro entonces mi reloj y preciso la hora, las agujas en la esfera permanec\u00edan en la misma ubicaci\u00f3n de la \u00faltima vez en que lo consult\u00e9. Me doy cuenta porque la saeta m\u00e1s delgada, la que va indicando los segundos, se encuentra detenida sobre el diez, mientras las otras se\u00f1alaban las ocho y cuarenta y cinco minutos. Me parece raro, algo confuso porque quiz\u00e1s es la misma hora desde hace mucho tiempo. Sacudo mi mu\u00f1eca intentando reanimar el reloj, pero las agujas no responden, contin\u00faan en igual posici\u00f3n. \u00a1Qu\u00e9 extra\u00f1o! Digo en voz baja, evitando compartir esa observaci\u00f3n con el ciclista.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Est\u00e1 bien, voy a subir, pero, enseguida que vuelva, me ayudas, por favor, a reparar el caucho \u2013le digo al sujeto\u2013. Debo seguir mi camino cuanto antes \u2013le preciso cuando me apresto a obedecerlo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Ah\u2026pues, pierda cuidado, a lo mejor no le har\u00e1 falta reparar nada\u2026 Adel\u00e1ntese usted que ya me llego hasta all\u00e1\u2026 \u2013dijo sorprendi\u00e9ndome.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>IV<\/p>\n\n\n\n<p>Mis zapatos ya no soportaban m\u00e1s polvo sobre ellos, a medida que voy subiendo el modesto escarpado, me tropiezo con la espesa arenilla del camino y con unas piedritas parecidas a las que descansan sobre el cauce de los r\u00edos. El perro de hace un rato, el patas blancas, a diferencia de un decrepito animal color tierra que descansa impasible bajo uno de los pocos \u00e1rboles que sombrea, me mira apunt\u00e1ndome su hocico como si oliera en el aire un aroma conocido, se yergue alzando su cola, y luego de un par de intentos por ladrarme rabioso, al final desiste meneando el rabo con cari\u00f1o. Algo hay en m\u00ed que reconoce como familiar, supongo.<\/p>\n\n\n\n<p>El sol radiante brilla sobre mis brazos, azotando con fiereza mi humanidad por el calor que, a m\u00e1s de agobiante, es principalmente una presencia fulgurante sobre todo el paisaje. No obstante, debo continuar la cuesta para salir cuanto antes de este atolladero. Entonces, sin poder evitarlo, bajo un impulso irreflexivo, empino uno de mis brazos para cubrirme el rostro, vano esfuerzo similar a intentar tapar el sol con un dedo. De inmediato siento un inusual dolor en \u00e9l, una molestia que antes no hab\u00eda percibido viniendo a consecuencia de un trastazo inexplicable. Me sob\u00e9 la extremidad tratando de aliviar el dolor, pero ante el fuego cayendo del cielo, opto por continuar mi camino postergando mi atenci\u00f3n sobre la dolencia. Al seguir mi trayecto, respiro hondo para recobrar fuerzas y alzo mi mirada hacia la cima, buscando en ella al anciano que espera por m\u00ed. All\u00ed estaba, atento como siempre a mis movimientos. En cierto momento tengo la impresi\u00f3n de que la distancia que nos separa es mucho m\u00e1s larga de la que luce desde la carretera, tal vez sea una especie de ilusi\u00f3n \u00f3ptica producida por los rayos del sol, o la misma pendiente que lleva hasta el rellano, la cual se acrecienta a medida que me acerco. En realidad, ya tiene poca importancia.<\/p>\n\n\n\n<p>Al voltear el rostro, evaluando el trayecto cubierto, aprecio el caser\u00edo semiabandonado, desahuciado, y entonces me aborda una visi\u00f3n fantasmal del poblado, la idea de un pueblito que fue progresivamente deshabit\u00e1ndose, a lo mejor por la ruda vida del campo, o qui\u00e9n sabe por cu\u00e1l otra raz\u00f3n. Se le preguntar\u00e9 al anciano de la colina. Me digo apurando el paso.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>Mientras voy subiendo, el ni\u00f1o con el viejo que alimentaba a los pollitos, me ve pasar parado en el umbral de su vivienda, con sus ojos de infante curioso persigue mi andar. Tiene una mirada intensa, bruna como una noche sin estrellas, como si en ellos no habitara la chispa de luz que abrillanta las pupilas. De su rostro no sale expresi\u00f3n alguna. Quiz\u00e1s sea ciego y me sigue por el ruido que hacen mis zapatos estrujando el suelo.<\/p>\n\n\n\n<p>De la casa de la bombilla reci\u00e9n apagada, apenas se escucha el bisbiseo de una conversaci\u00f3n entre un hombre y una mujer, por su tono, parecieran recriminarse alguna cosa. La radio, en la siguiente casa, contin\u00faa&nbsp;&nbsp; sonando igual que antes, las personas que ah\u00ed habitan tendr\u00edan que levantar sus voces muy alto para poder entenderse. A simple vista no se ve a nadie dentro de ella pese a tener la puerta abierta. Tal vez est\u00e9n en alguna de las habitaciones, o en la cocina ocupadas en sus deberes. \u00ab\u00a1Jes\u00fas es el camino, la verdad y la vida!&#8230; \u00a1No te apartes de \u00e9l!&#8230; \u00a1\u00c9l viene pronto!\u00bb. Se oye vociferar con pasi\u00f3n al locutor a trav\u00e9s de los parlantes chillones de la radio. De todos los animales, es probable que las cabras sean las que menos consciencia tienen del mundo que les rodea. S\u00f3lo se limitan a hundir por instinto sus trompas para arrancar del terreno pedregoso y taca\u00f1o la comida que silvestre se reproduce. Cuando paso a un costado de ellas, ni uno solo de los berridos de minutos antes sale de sus cuerpos enjutos. El celador ha seguido con atenci\u00f3n cada uno de mis pasos, me ha visto mirar a los lados indagando el vecindario arruinado. Ha notado la acci\u00f3n de levantar mis brazos, uno primero y el otro despu\u00e9s, para cubrirme de la refulgencia impetuosa que se a\u00fapa detr\u00e1s de la colina, justo a sus espaldas amparadas por la sombra del araguaney floreado.<\/p>\n\n\n\n<p>Llegando a la cima, puedo ver ahora con absoluta nitidez la fisonom\u00eda del anciano que me ha estado haciendo se\u00f1as. Es un hombre delgado, seco, enteco, claramente mucho m\u00e1s que el ciclista. Como lo he visto siempre sentado, s\u00f3lo moviendo sus extremidades superiores, presumo que tiene alg\u00fan impedimento f\u00edsico con sus piernas, sobre todo en este momento cuando examino la manta que las cubre, probablemente no pueda caminar, me atrever\u00eda a concluir. En su cara, una barba blanca, rala, pero extendida, le envuelve buena parte del rostro, pareciendo una grama creciendo silvestre hasta el cuello. Su cabello, igualmente blanco, liso, escrupulosamente peinado hacia atr\u00e1s, despeja una frente ancha, demacrada, tostada por efectos del sol o los a\u00f1os. Sobre ella, destacan unas cejas gris\u00e1ceas, profusamente pobladas, que, vi\u00e9ndolo ahora tan de cerca, escudri\u00f1ando su cuerpo, puedo darme cuenta de la extraordinaria semejanza que tiene con el ciclista. De su entrecejo, se le desprende una nariz larga, ganchuda, descansando sobre un prominente Arco de Cupido que le dibuja con meticulosidad el bigote, tambi\u00e9n en eso se parece al hombre de la bicicleta. A poca distancia, ya muy cerca, entre las sombras que los \u00e1rboles entregan con generosidad, aprecio su mirada fija estudi\u00e1ndome. Tiene unos ojos grandes, de un tono verde aceituna, que antes he visto, sembrados en unas cuencas abrazadas por unas ojeras oscuras, sombr\u00edas. Apenas se sonr\u00ede cuando me voy aproximando. Ya en la meseta, a un costado de la casita modesta que pobremente se observa desde la carretera, se escucha un bullicio ahogado, como el murmullo de muchas voces hablando a un mismo tiempo. No logro comprender qu\u00e9 se hablan unos y otros; se oyen mujeres, hombres y ni\u00f1os con acento no s\u00e9 si de reclamo, o tan s\u00f3lo de parloteo sin trascendencia. Supongo que es ah\u00ed donde el hombre, balanceando la caja de huevos, la ha llevado un rato antes. Desde aqu\u00ed, la vista a la carretera y al resto del valle, es admirable, nada que ocurra en el per\u00edmetro escapa a la contemplaci\u00f3n embelesada del ojo rastreador del anciano, como tampoco dejar\u00eda de notarlo cualquier otro que se dispusiera a ejecutar su misi\u00f3n de celador de la hondonada. Me presento ante el viejo extendi\u00e9ndole mi mano, \u00e9l, a su vez, estirando la suya, balbucea su nombre: Faustino Perales. Dice secamente. Luego, posterior a una pausa que parec\u00eda eterna, a\u00f1adi\u00f3 ben\u00e9volamente.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Tengo a\u00f1os esper\u00e1ndolo\u2026 Hace mucho que nadie pasa por estos lados. Por eso siempre me siento aqu\u00ed aguardando \u00e9ste d\u00eda \u2013dice finalmente.<\/p>\n\n\n\n<p>El hombre me observaba como si buscara en m\u00ed el parecido con alguien, me examina angostando sus parpados para agudizar sus pupilas en la pesquisa que detenidamente hace. Comienzo a sentirme inc\u00f3modo, casi sin poder decir nada, y como un aut\u00f3mata, incluso sabiendo que mi reloj se ha detenido, levanto mi mu\u00f1eca para consultar la hora.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013No se inquiete por la hora, sigue siendo la misma\u2026&nbsp; \u2013me dice con una leve sonrisa atiz\u00e1ndole el rostro.<\/p>\n\n\n\n<p>Comprendo que quiere decirme que no debo preocuparme por el paso del tiempo y, no literalmente lo que acaba de ocurr\u00edrseme. \u00bfC\u00f3mo sabe que mi reloj se ha parado? Pienso con rapidez.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013S\u00ed, claro\u2026 Es que no quiero\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00a1\u00bfPerder mucho tiempo!?&#8230; \u00a1\u00bfCierto?! \u2013me precisa cabalgando sobre mis palabras. Lo hace con un tono vigoroso que antes no hab\u00eda percibido. \u00bfQu\u00e9 broma es \u00e9sta que me est\u00e1 pasando?&#8230;&nbsp; Vuelvo a cuestionarme.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Pues, no precisamente, es que, como se ha dado cuenta, a mi auto se le ha estropeado una de las ruedas, y el repuesto, tampoco me sirve\u2026 Quisiera\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013No se preocupe por eso, ya no le har\u00e1 falta \u2013vuelve a hablarme en unos t\u00e9rminos en que, para no tomarlo fielmente, debo, como antes, sortear una interpretaci\u00f3n de lo dicho. Sin embargo, esta vez, decido ir directo al grano.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013D\u00edgame usted, \u00bfen qu\u00e9 puedo serle \u00fatil?<\/p>\n\n\n\n<p>El hombre de la bicicleta, sin mediar palabras, pasa a nuestro lado, llegando desde la carretera, o de alg\u00fan otro de los caser\u00edos en las cercan\u00edas, supongo, pues trae consigo otro cart\u00f3n de huevos, columpi\u00e1ndolo en una de sus manos para evitar que se estrellen en el piso.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Juvenal, \u00bfhasta cu\u00e1ndo traes huevos?&#8230; \u00a1Ya te he dicho que no nos hacen falta m\u00e1s huevos! \u2013le reclama Faustino vi\u00e9ndolo ingresar a la casa\u2013. No s\u00e9 cu\u00e1ndo llegar\u00e1 a darse cuenta del lugar en donde se encuentra\u2026 \u2013me dice directamente a m\u00ed\u2013. \u00a1No puede seguir haciendo siempre lo mismo eternamente! \u00a1Qu\u00e9 contrariedad! \u2013exclam\u00f3 molesto, dirigiendo sus palabras al vac\u00edo que nos separa, al tiempo que una lagrima gruesa sale de uno de sus ojos rod\u00e1ndole presurosa por la mejilla derecha.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00a1Bien!\u2026 \u00a1D\u00edgame usted! \u2013le insisto. Eludiendo su turbaci\u00f3n moment\u00e1nea para retomar enseguida nuestro di\u00e1logo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013S\u00ed, correcto. Ver\u00e1\u2026, \u00bfpuedo tratarte de t\u00fa? \u2013me pregunta en tono amigable.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013S\u00ed, desde luego.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Desde este lugar, teniendo esta majestuosidad a disposici\u00f3n \u2013el viejo abre sus brazos abarcando el paisaje\u2013, es una tentaci\u00f3n para todo hombre no so\u00f1ar a ser Dios. Puede uno ver todo cuanto quiera, admirar el discurrir de las cosas y, sin interferir, dejar que cada quien haga su prop\u00f3sito, como bien har\u00eda el Creador. Llevo a\u00f1os esperando por alguien que, tomando este camino, se detuviera justo ante mis ojos, para luego, sin las dudas de la raz\u00f3n, se llegase hasta m\u00ed, como t\u00fa lo has hecho. Has escogido mi misi\u00f3n, la que llevo tanto tiempo queriendo legar, porque me corresponde ahora otro destino&#8230; \u2013hablaba inspirado, como alucinado por alguna suerte de trance m\u00edstico.<\/p>\n\n\n\n<p>Mientras lo escucho voy haciendo un inevitable juicio sobre \u00e9l: \u00a1Es un condenado chiflado alojado en esta soledad!&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Don Faustino, \u00bfc\u00f3mo se llama \u00e9ste lugar? \u2013le pregunto, sac\u00e1ndolo s\u00fabitamente del hilo que delirante iba tejiendo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00a1San Sebasti\u00e1n de Las Tasajeras! \u2013responde en el acto, cortando as\u00ed la sarta de desvar\u00edos que ven\u00eda recitando.<\/p>\n\n\n\n<p>V<\/p>\n\n\n\n<p>Volviendo a retomar la trayectoria que he seguido para llegar hasta San Sebasti\u00e1n de Las Tasajeras, trato de calmarme un poco y me detengo a hacer memoria sobre todo el trayecto cubierto, pues mi cabeza era un verdadero torbellino de dudas, originadas por las elucubraciones extravagantes del anciano. De alg\u00fan modo, por unos instantes me llevaron a vacilar sobre la ruta que segu\u00ed durante varias horas. As\u00ed, despu\u00e9s de conducir por mucho tiempo a trav\u00e9s de una recta que parec\u00eda trazada como una larga raya sin t\u00e9rmino, esta me sorprend\u00eda dividi\u00e9ndose inesperadamente, se abri\u00f3 ante m\u00ed en dos vertientes como el cauce de un rio parti\u00e9ndose en sendos canales de extensi\u00f3n infinita en la llanura. En ambos m\u00e1rgenes de la carretera, se elevaban, sobreponi\u00e9ndose unas sobre otras, una cantidad formidable de colinas, de cerros altos y bajos cubiertos por una vegetaci\u00f3n rala, de xerofitas en su mayor\u00eda, dando el aspecto de un manto agreste, verduzco a veces, cubriendo con esmero el suelo. La superficie de las colinas exhib\u00eda una gradaci\u00f3n vistosa en tonos escarlata, sin embargo, pod\u00eda apreciarse una variedad de matices que iban desde anaranjados disimiles, hasta ocres y rojizos, pareciendo aquellas lejan\u00edas ferrosas una sierra formada de arcilla<\/p>\n\n\n\n<p>Finalizando abril, los araguaneyes de estas angosturas, se visten del amarillo extravagante que transforma el paisaje en una acuarela impresionista; un deleite para la vista de cualquier paisajista fortuito atravesando sus confines. Recuerdo haber tomado la ruta de la izquierda, dej\u00e1ndome llevar por un aviso indicando el lugar de mi destino, por ella fui avanzando flanqueado por una cadena deslumbrante de \u00e1rboles rindiendo un tributo gualdo a la ruta. El lomo del asfalto en la ma\u00f1ana incipiente es de un matiz oscuro, opaco, carente del brillo que en las horas posteriores adquiere para reflejar los espejismos que en la distancia se observan.&nbsp; Cuando vir\u00e9, un rayo de luz matinal entr\u00f3 por mi flanco derecho, ba\u00f1ando con su c\u00f3smica presencia el interior del auto para hacerme frotar los ojos ante su incandescencia. Comenzaba ya a fatigarme por la dilatada jornada, y mi cuerpo principiaba a manifestarlo. Miro mi mu\u00f1eca para ver la hora, y, de pronto, desde el mismo costado, la sombra de una persona brinca sobre la v\u00eda, atraviesa rauda, interponi\u00e9ndose en medio de aquella soledad en mi trayecto, enseguida reacciono para evitar la colisi\u00f3n, pero hasta all\u00ed tengo memoria. Es lo \u00faltimo que recuerdo de aquel instante.<\/p>\n\n\n\n<p>VI<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00a1Caramba, curioso nombre! Supongo que era un caser\u00edo pr\u00f3spero a\u00f1os atr\u00e1s, con m\u00e1s poblaci\u00f3n que ahora, quiero decir.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013No vayas a creer, mientras viv\u00ed aqu\u00ed, siempre fue un pueblo humilde y desamparado, pero es cierto, poco a poco fue despobl\u00e1ndose hasta desaparecer. Ya ni siquiera figura en los mapas viales ni los avisos de la v\u00eda se\u00f1alan su proximidad.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Por eso, justamente, le pregunto, porque en ninguna parte not\u00e9 indicaci\u00f3n alguna sobre San Sebasti\u00e1n de Las Tasajeras.&nbsp;&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00bfY c\u00f3mo vas a verla?&#8230; \u00bfAcaso no comprendes?&#8230; \u00bfQui\u00e9n se molestar\u00eda en anunciar una reverberaci\u00f3n?<\/p>\n\n\n\n<p>De nuevo interpreto el modo figurado con que se expresaba Faustino Perales. Cada vez que hablaba, tras aquello que deber\u00eda ser una elemental respuesta, en su lugar, hab\u00eda toda una inspiraci\u00f3n reflexiva, una disquisici\u00f3n meditabundamente estrafalaria.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Es cierto, el vecindario es lo m\u00e1s parecido que yo haya visto a un pueblo fantasma \u2013le digo sin mucha convicci\u00f3n, pues no conoc\u00eda ninguno de ellos.&nbsp;&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>Un aroma a flores mustias se alza de pronto sobre el ambiente seco de la meseta. Es el mismo que flotara en la carretera hace rato viniendo de alg\u00fan lugar impreciso. Inspiro olfateando el aire para buscar la corriente que lo trae, pero no hay manera de rastrear su origen; inunda con sutileza todo nuestro alrededor, como si brotara de todas partes a la vez.&nbsp;&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Parece un caser\u00edo espectral \u2013volv\u00ed a decirle.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013De San Sebasti\u00e1n de Las Tasajeras a Las Trincheras, apenas hay unos cuatro kil\u00f3metros, quiz\u00e1s hasta menos \u2013apunta inadvertida el anciano\u2013. Sin embargo, por una prisa que nadie le impuso, Juvenal decidi\u00f3 cortar camino atravesando las laderas de las colinas cercanas, ahorr\u00e1ndose de esa forma el trayecto por el asfalto \u2013continu\u00f3 diciendo, evocando la historia\u2013. Aquella ma\u00f1ana sali\u00f3 temprano a buscar un cart\u00f3n de huevos. No ten\u00eda un porqu\u00e9, ninguna raz\u00f3n especial, para tomar esa ruta, pero ese era su destino. Puede uno errar en la vida y siempre culmina atracando en el puerto que tiene seguro \u2013narraba el viejo, sumergido con dolor en el recuerdo\u2013.&nbsp; A poca distancia de la bifurcaci\u00f3n de la troncal, aprovechando el collado de las superficies pr\u00f3ximas, embalando con fuerza su bicicleta, intent\u00f3 cruzar la carretera. Un veh\u00edculo lo arroll\u00f3 en el acto. Pero, Juvenal, todav\u00eda no acaba de entender qu\u00e9 le sucedi\u00f3. A\u00fan sigue yendo a cada rato a buscar los huevos como aquella ma\u00f1ana \u2013culmina diciendo Faustino Perales, esbozando una sonrisa, que no sabr\u00eda decir s\u00ed es una mueca ir\u00f3nica, o, un gesto nervioso.<\/p>\n\n\n\n<p>De su boca, una fila de dientes amarillentos, percudidos por el tiempo, precariamente escondidos entre el pelambre de barba blanca, se le asoma largos y separados como unas estacas torcidas, mientras una fetidez que de pronto se mezcla con la fragancia de flores marchitas que nos invade, sale del hueco oculto en el rostro que alguna vez pareci\u00f3 una boca.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00a1Carajo!&#8230; \u00a1\u00bfY c\u00f3mo es eso?!&#8230; \u2013pregunt\u00e9 sobresaltado.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuesta abajo, la radio de la casucha continuaba emitiendo su algarab\u00eda despiadada, de vez en cuando el hablachento animador cesaba en su pr\u00e9dica vehemente y, entonces, la m\u00fasica de los intermedios se disparaba con peor estridencia, por su parte, el aire, agitando el follaje de los \u00e1rboles, aproximaba o distanciaba el aspaviento radial, dejando escuchar con relativa nitidez todo cuanto se mencionaba a trav\u00e9s del vibrante parlante. A veces, sin saber por qu\u00e9, arreciaba tanto el viento, que todo aquel ruidaje se perd\u00eda entre los confines del claustro topogr\u00e1fico del valle. \u00ab\u2026A la se\u00f1ora Josefina, en La Pedregosa, le manda a decir su comadre Martina, que puede venir a buscar los pantalones, que ya los tiene listos\u2026\u00bb. \u00ab\u2026A V\u00edctor M\u00e9dina, se le informa que su mujer dio a luz un ni\u00f1o var\u00f3n en el hospital Central, esta misma ma\u00f1ana. Y que tome nota para que se acuerde de venir a buscarla el fin de semana temprano\u2026\u00bb. \u00ab\u2026De parte de Carlota Naveda, se informa a la comunidad de Las Trincheras, que las personas interesadas en el San de productos que ya cerr\u00f3, despu\u00e9s del mediod\u00eda pueden pasar por su casa a buscar lo sorteado\u2026\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00a1Cuesta comprender!&#8230; \u00a1Cuesta comprender!&#8230; \u00a1Ya lo entender\u00e1s! \u2013exclama Faustino en tono condescendiente.<\/p>\n\n\n\n<p>El hombre respondi\u00f3 a mi requerimiento mir\u00e1ndome fijamente a los ojos con una sonrisa templada. Es una mirada opaca, sin brillo, sin aquella chiribita tan propia del halo luminoso de la vida.&nbsp; Impaciente, me dispongo a fulminar el encuentro, angustiado por el tiempo que ya transcurr\u00eda sin resolver el percance que me hab\u00eda detenido en tan inusitado lugar. Observ\u00e9 de nuevo mi mu\u00f1eca derecha, y ah\u00ed ten\u00eda el reloj, marcando precisa la misma hora de hace un rato. Bajo la sombra de la fronda del araguaney y el resto de los \u00e1rboles, la esfera del viejo Seiko se aprecia ahora sin el brillo que el fragor soleado de la ma\u00f1ana encandilaba cuando remontaba la cuesta a la meseta. Percib\u00ed con claridad, en el lado izquierdo del cristal, la discreta partidura que explica su aver\u00eda. No recuerdo haberme golpeado. Sin embargo, un moret\u00f3n, en el env\u00e9s del brazo, donde antes me hab\u00eda sobado aliviando el dolor, para mi sorpresa, se manifiesta con nitidez una contusi\u00f3n. R\u00e1pido me llevo la otra de mis manos a la nuca, advirtiendo, entonces, una quebradura irregular en el cuello\u2026 \u00a1Una herida! \u00a1Tengo una herida! Me la palpo desesperado buscando en derredor el modo de atender mi emergencia.<\/p>\n\n\n\n<p>El anciano se r\u00ede al ver mi desconcierto, sus ojos, como unas canicas cambiando de color, se le achinan entre las ojeras negruzcas. No dice nada, s\u00f3lo r\u00ede mientras el marfil de sus dientes se asoma por el agujero tenebroso que la barba le rodea.<\/p>\n\n\n\n<p>Las primeras r\u00e1fagas del viento presagiando las lluvias de mayo, me golpean entonces con impaciencia, al tiempo que van levantando con br\u00edo las hojas suplicantes de la vegetaci\u00f3n atormentada por el verano. \u00ab\u2026Hace unos minutos, en las cercan\u00edas de Las Trincheras, en la carretera vieja que conduc\u00eda a San Sebasti\u00e1n de Las Tasajeras, acaba de ocurrir un accidente fatal con saldo de un fallecido. Las autoridades proceden ahora a levantar el cuerpo del occiso\u2026 \u00a1Que el Se\u00f1or lo acoja en su seno y perdone todos sus pecados!\u00bb&#8230; \u00abLa se\u00f1ora Mechita le manda a decir a do\u00f1a Matilde que no se olvide de llevarle los botones de las camisas antes del mi\u00e9rcoles\u2026\u00bb. Vocifera a todo pulm\u00f3n el animador de la radio desde la miserable vivienda de la colina.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a rel=\"noreferrer noopener\" href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/edinson-martinez\/\" target=\"_blank\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Edinson Mart\u00ednez I Al subir la cuesta de la carretera, desde el flanco derecho, cuando fui girando en la curva sobre un \u00e1ngulo discreto que apenas torc\u00eda el volante unos cuantos grados, el sol agazapado entre un grupo de nubes blancas como las motas de un enorme algodonal, fue invadiendo progresivamente con su resplandor ambarino [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":6,"featured_media":12925,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_monsterinsights_skip_tracking":false,"_monsterinsights_sitenote_active":false,"_monsterinsights_sitenote_note":"","_monsterinsights_sitenote_category":0,"footnotes":""},"categories":[16],"tags":[],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/12924"}],"collection":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/users\/6"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=12924"}],"version-history":[{"count":2,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/12924\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":12927,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/12924\/revisions\/12927"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media\/12925"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=12924"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=12924"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=12924"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}