{"id":12905,"date":"2024-08-24T21:45:09","date_gmt":"2024-08-24T21:45:09","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=12905"},"modified":"2024-08-24T22:03:40","modified_gmt":"2024-08-24T22:03:40","slug":"la-tarea-del-testigo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/la-tarea-del-testigo\/","title":{"rendered":"La tarea del testigo"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Rubi Guerra<\/h4>\n\n\n\n<p><strong>Cap\u00edtulo I<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>El C\u00f3nsul abre los ojos y al lado de su cama hay un hombre que nunca ha visto. Est\u00e1 sentado en una silla blanca, las piernas cruzadas, un sombrero oscuro sobre la rodilla derecha. Con la mano izquierda sostiene un bast\u00f3n de madera clara y empu\u00f1adura plateada. Va bien vestido, aunque su ropa no es elegante en exceso. Por descontado, no pertenece al cuerpo de m\u00e9dicos del hospital. A estos ya los conoce y, adem\u00e1s, ser\u00eda del todo inadecuado que vistieran de manera semejante. El hombre mira al C\u00f3nsul con vago aire de reproche o burla que a \u00e9ste se le hace intolerable. Luego dirige su vista hacia la ventana, como si se hubiera olvidado del que yace en la cama. Afuera no hay nada que ver, al menos no desde la cama colocada contra la pared opuesta de la habitaci\u00f3n ni, presumiblemente, desde la silla junto a la cama. Un cielo vac\u00edo y p\u00e1lido.<\/p>\n\n\n\n<p>El comportamiento del visitante le resulta irritante, sobre todo porque no encuentra forma de expresar su desagrado. Sabe que no puede hablar. No lo intenta. Lo sabe. Su garganta es un conducto cerrado, una madeja de intrincadas cuerdas que no requiere poner a prueba. Mira durante un momento al techo, a la peque\u00f1a bombilla apagada que cuelga de un cable retorcido y que, sospecha, si estuviera encendida derramar\u00eda una iluminaci\u00f3n insuficiente como la de un atardecer nublado.<\/p>\n\n\n\n<p>Fija su atenci\u00f3n otra vez en el hombre. Despu\u00e9s de todo, piensa, tal vez s\u00ed lo haya conocido en una ocasi\u00f3n anterior. Visto as\u00ed, de perfil y abstra\u00eddo en pensamientos sin duda l\u00fagubres o al menos nada alegres, le comienza a resultar familiar. \u00bfEstaba en el barco? \u00bfUn pasajero, un miembro de la tripulaci\u00f3n? Cierra los ojos intentando precisar sus recuerdos. Hab\u00eda tanta gente all\u00ed. Y tanto ruido.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00c9l hab\u00eda permanecido la mayor parte del viaje en su camarote con la esperanza de poder dormir. El movimiento del mar, le hab\u00edan dicho los amigos en Caracas que se acercaron a despedirlo, propicia el sue\u00f1o; ver\u00e1s c\u00f3mo apenas zarpes dormir\u00e1s como un bendito. Pero no hab\u00eda ocurrido as\u00ed. Al contrario: la agitaci\u00f3n incesante de la embarcaci\u00f3n hab\u00eda acrecentado sus malestares. A los c\u00f3licos persistentes y a la diarrea, debi\u00f3 sumar los efectos del mareo. La enfermedad lo obligaba a detestar su cuerpo. Un cuerpo enfermo, piensa, nos recuerda dolorosamente que somos s\u00f3lo transpiraci\u00f3n y mierda.<\/p>\n\n\n\n<p>Unas pocas veces hab\u00eda acudido a la mesa del capit\u00e1n accediendo a su invitaci\u00f3n a cenar. Sol\u00edan acompa\u00f1arlo otros miembros de la tripulaci\u00f3n y algunos pasajeros considerados importantes o que gozaran de la simpat\u00eda del oficial. La mayor\u00eda, funcionarios en viajes de vacaciones, acompa\u00f1ados de sus esposas enjoyadas como para cenar con el Rey de Espa\u00f1a; o en misiones oficiales \u2013igual que \u00e9l\u2013; algunos comerciantes de La Guaira y Caracas de origen alem\u00e1n, j\u00f3venes, en\u00e9rgicos y seguros, intimidantes en su falta absoluta de imaginaci\u00f3n; uno que otro viajero ingl\u00e9s extraviado en el tr\u00f3pico y que ahora regresaba a Europa dispuesto a escribir un libro sobre costumbres salvajes y gobiernos tir\u00e1nicos.<\/p>\n\n\n\n<p>Las dos o tres veces que acudi\u00f3 a esa mesa no abri\u00f3 la boca, a pesar de los intentos bienintencionados de algunas se\u00f1oras, empe\u00f1adas en descubrir en \u00e9l cualidades sociales inexistentes. La conversaci\u00f3n lo aburr\u00eda sobremanera. Mucha gente de otras mesas se acercaba a saludar; estrech\u00f3 manos, vislumbr\u00f3 rostros, fue aturdido por voces que reclamaban su atenci\u00f3n y daban recomendaciones sobre qu\u00e9 visitar, d\u00f3nde comer y c\u00f3mo defenderse mejor del fr\u00edo. Tal vez en ese momento me hayan presentado a mi visitante, piensa. No puedo estar seguro. \u00bfQu\u00e9 circunstancia fugitiva dej\u00f3 tan leve marca en mi conciencia? Sin embargo, la sensaci\u00f3n de estar frente a alguien a la que lo une un lazo de alguna especie persiste como una brisa suave sobre el rostro o como una palabra que huye de nuestra memoria en el momento m\u00e1s inoportuno.<\/p>\n\n\n\n<p>Algo de la agitaci\u00f3n e incomodidad del C\u00f3nsul debe de llegar hasta el hombre sentado en la silla, puesto que lo mira y le dirige la palabra:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013C\u00e1lmese, por favor. No est\u00e1 en condiciones de preocuparse por nada. Dentro de poco vendr\u00e1 una enfermera y ella lo atender\u00e1.<\/p>\n\n\n\n<p>Est\u00e1 seguro de haber escuchado su voz con anterioridad, lo que aumenta su malestar \u00bfEs posible que haya olvidado a alguien en forma tan definitiva y, sin embargo, conserve con tal claridad la certeza de su rostro y su voz, pero de una manera en que \u00e9sta carece de cualquier circunstancia identificable? Es una voz baja y opaca, casi sin inflexiones, distante, precavida, como si su poseedor temiera involucrarse demasiado en una situaci\u00f3n que no le corresponde. Tal vez, piensa, s\u00f3lo me parece distante y hostil. El hombre no ha dicho nada que pueda interpretarse de esa manera. La enfermedad me ha hecho susceptible, irritable. Me confundo con facilidad, me ofendo por cosas que en el fondo no valen la pena y muchas veces ni siquiera son reales.<\/p>\n\n\n\n<p>El visitante hab\u00eda vuelto al silencio y la inmovilidad. En ese momento, como respondiendo a su anuncio, una enfermera entr\u00f3 en la habitaci\u00f3n. Es una mujer mayor; arrastra los pies, y sin mirar a nadie se dirige a la cabecera de la cama, le coloca una mano sobre la frente y vuelve a salir.<\/p>\n\n\n\n<p>Ahora, tambi\u00e9n, el C\u00f3nsul se estaba quieto, mirando hacia arriba. Hab\u00eda una grieta en el yeso, una hendidura irregular apenas perceptible que le recordaba otra, vista en un tiempo que parec\u00eda inconmensurablemente lejano. Tambi\u00e9n, como ahora, hab\u00eda permanecido tanto tiempo boca arriba que hab\u00eda terminado detallando nervaduras e irregularidades en el recubrimiento de yeso, y luego en la grieta \u2013una fina l\u00ednea, en verdad\u2013 que cruzaba todo el techo de la habitaci\u00f3n en diagonal, describiendo un camino quebrado que no conduc\u00eda a ninguna parte.<\/p>\n\n\n\n<p>Siente que no puede mantener los ojos abiertos. El temor se apodera de \u00e9l: no despertar\u00e9, piensa, esta es la \u00faltima hora de la \u00faltima noche.<\/p>\n\n\n\n<p>Tiempo despu\u00e9s (\u00bfhoras?, \u00bfminutos?, \u00bfal d\u00eda siguiente?) abre los ojos. La bombilla est\u00e1 apagada, pero la luna debe haber aparecido en el cielo porque un resplandor plateado, proveniente de la ventana, ilumina la habitaci\u00f3n, d\u00e1ndole la apariencia de un paisaje deshabitado.<\/p>\n\n\n\n<p>Mi visitante no se ha marchado o quiz\u00e1s lo hizo y regres\u00f3 mientras yo dorm\u00eda. Ya no me inquieta la imposibilidad de recordar qui\u00e9n es.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/rubi-guerra\/\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Rubi Guerra Cap\u00edtulo I El C\u00f3nsul abre los ojos y al lado de su cama hay un hombre que nunca ha visto. 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