{"id":12869,"date":"2024-08-21T19:27:41","date_gmt":"2024-08-21T19:27:41","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=12869"},"modified":"2025-03-22T09:49:29","modified_gmt":"2025-03-22T14:19:29","slug":"la-ineludible-expresion-del-desasosiego","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/la-ineludible-expresion-del-desasosiego\/","title":{"rendered":"La ineludible expresi\u00f3n del desasosiego"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Vivi Merrill<\/h4>\n\n\n\n<p><em>\u201cLa acci\u00f3n humana es como un texto que puede leerse\u201d. Paul Ricoeur<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>Lees el men\u00fa de los vinos primero. Has tenido una semana extra\u00f1a, cargada, exhausta. Se acerca el mesero, te mira fijamente sin preguntar. No te gusta la actitud, pero no tienes energ\u00eda para inquirir qu\u00e9 le pasa. Ordenas Pinot Noir y una ensalada Caprese de entrada. Hay una familia sentada en la mesa contigua a la tuya, los padres rega\u00f1an a sus dos ni\u00f1os que ri\u00f1en por quedar al lado de la chimenea.<\/p>\n\n\n\n<p>Llega tu orden. Observas la copa, te acercas y aspiras, la tomas por el tallo, hueles el vino, cuidas de no moverla mucho, despu\u00e9s la agitas en c\u00edrculos. Una r\u00e1faga de sutiles sensaciones tiene encuentro en tu boca, tu lengua se enreda con el l\u00edquido y despierta los sentidos con dulzura. Sabe a tierra suave, a viento fresco, a frutos secos. Ya no est\u00e1s cansado. Vives ese momento cumbre como flotando en terciopelo suave, lo detienes un poco en tu garganta, lo tragas con lentitud. Cierras los ojos en un intento por vaciar toda la semana en ese sorbo cargado y t\u00e1nico.<\/p>\n\n\n\n<p>Alucinado por la corriente de calma, esbozas una imperceptible sonrisa que da paso a tu velada.<br>Un golpe brusco te saca del \u00e9xtasis, el estruendoso llanto de uno de los chicos del lado; ha ca\u00eddo al piso y sobre \u00e9l, la silla donde estaba sentado. Los padres se disputan de qui\u00e9n fue la culpa, recogen la silla, revisan al ni\u00f1o y lo consuelan. Se excusan sonriendo.<\/p>\n\n\n\n<p>El restaurante est\u00e1 lleno. Recorres con la mirada el sal\u00f3n sin buscar nada espec\u00edfico. Los chicos de al lado siguen peleando. Ya no por la chimenea; se disputan la canasta de pan dulce. Los padres, tranquilos, se miran c\u00f3mplices y brindan; seguro practican la t\u00e9cnica de la extinci\u00f3n. Llega tu pizza de cuatro quesos, la hueles con entusiasmo. El mesero pregunta si necesitas algo m\u00e1s, dice que ya casi sale de su turno, que tiene que cerrar la cuenta de la mesa. Te parece que tiene un modo presuntuoso de relacionarse, \u00bfpor qu\u00e9 pagar ya si a\u00fan no terminas de comer?<\/p>\n\n\n\n<p>Te mira fijamente, al deslizar la cuenta en un foldercito negro, observas que le faltan tres dedos. Te pregunta si pagas con tarjeta o en efectivo. No le contestas. Sientes un nudo de pelos en la garganta, no quieres interrumpir tu momento, tu momento pleno, \u00edntegro, calmo. Te obligas a regresar a \u00e9l. Sientes merecerlo sin saber del todo por qu\u00e9. No todas las preguntas tienen una respuesta. El mesero se ha ido de mala gana y torciendo los ojos.<\/p>\n\n\n\n<p>Uno de los chicos se para y corre en c\u00edrculos en torno a las sillas. Piensas en la disciplina que imparti\u00f3 tu padre contigo. Recuerdas las marcas de sangre que el cintur\u00f3n dejaba en la piel de tus brazos, de tu espalda, de tu cara. Tomas un sorbo de Pinot Noir. Te molesta la memoria\u2026la huella de ese tiempo en tu vida. La imagen de tu madre entre tu progenitor y t\u00fa; ya t\u00fa, mucho m\u00e1s alto que \u00e9l, las marcas de sus dedos en tu cuello. Le das un mordisco al pedazo de pizza y lo arrancas con fuerza.<\/p>\n\n\n\n<p>El hermano del chico se para, ya est\u00e1n los dos corriendo. El menor cae al piso al tropezar con un mesero, protesta que fue por culpa del trabajador. Los padres se miran y sonr\u00eden asegur\u00e1ndote que todo va a estar bien, que son buenos chicos. El nudo de pelos se hace m\u00e1s grande, m\u00e1s denso, m\u00e1s molesto.<br>El inmutable amor de los padres, piensas.<\/p>\n\n\n\n<p>El chico menor rechaza la sugerencia de calma que su hermano le da. Enojado, se sienta en la silla y le tira un pedazo de pan a sus padres. Estos, suavemente, le dicen en voz baja que mantenga los modales. Piensas que al chico le hace falta una buena sacudida. Miras la pizza, ya te has comido la mitad. Te sorprende el hilo del tiempo y su velocidad. Caes en cuenta de que le diste m\u00e1s existencia al tiempo de los chicos que al tuyo. No recuerdas el sabor de la pizza. Buscas con la mirada a alg\u00fan mesero, quieres una copa m\u00e1s. Los chicos vuelven a pararse, ahora pelean muy cerca de tu silla. Te incomodas, corres la silla convenci\u00e9ndote de que la paz interior no puede venir de afuera. Persuadi\u00e9ndote de mantener las emociones en equilibrio, sustituyes el pensamiento impulsivo. Recuerdas a tu padre; nuevamente, te centras en el control de impulsos.<\/p>\n\n\n\n<p>Un pedazo de pan alcanza tu mejilla derecha. Los chicos se r\u00eden. Un nuevo mesero llega y pregunta qu\u00e9 necesitas. Miras inquisitivo a los padres buscando el sentido com\u00fan, la justicia. Ellos no te ven. Sientes una tensi\u00f3n interior creciente que te provoca un malestar oscuro y riesgoso. La madre se ha levantado y ha tomado del brazo al m\u00e1s chico. Al llegar a la silla, el ni\u00f1o enfurecido toma un pedazo de lasa\u00f1a y se la avienta a su hermano por encima de la mesa. Grita maldiciones y sacude la mano de la madre que trata de calmarlo tom\u00e1ndolo por el peque\u00f1o brazo. Es un brazo endeble, flacuchento, perturbador. El pedazo de pasta desbaratada est\u00e1 en el piso, cerca de tu zapato; corres el pie unos cent\u00edmetros, amenaza con tirarte al piso, con ensuciarte, con partirte un hueso, con sacarte de quicio\u2026 est\u00e1tico, el pedazo de lasa\u00f1a te observa desde tus entra\u00f1as. Ahora, el centro de atenci\u00f3n en el sal\u00f3n del restaurante eres t\u00fa. Miras a todos, ellos te miran a ti. Se acerca el gerente a ofrecerte otra mesa. Te niegas.<\/p>\n\n\n\n<p>Hay comienzos que se dejan ver, son una amenaza. Piensas que deber\u00edas salir corriendo. No te gusta el estr\u00e9s ni sentirte ansioso; te sudan las manos. Sabes que no es saludable dejarte afectar por circunstancias externas, por peque\u00f1os monstruos incorregibles, por padres irresponsables, por meseros incompetentes, por recuerdos maltrechos. Este momento ha pasado muchas veces; te recriminas, vuelves a odiarte. Detienes tu pensamiento. Vuelves a odiarte. Pasa nuevamente esa visi\u00f3n: vuelves a verte agachado en una esquina del mugriento cuarto tratando con todo tu miedo de defenderte de la severidad de esas manos grandes y borrachas. Te obligas a suprimir ese recuerdo en este momento; te despabilas, retuerces el cuello y te tocas con fuerza la nuca, mueves la cabeza de lado a lado. Te sientes vulnerable. Tu desaf\u00edo es abandonar la lucha para alcanzar la paz; te recuerdas.<\/p>\n\n\n\n<p>Tu coraz\u00f3n palpita con rapidez, tienes miedo. Miras hacia la mesa vecina, las im\u00e1genes han perdido velocidad, las voces han perdido sonido, ahora, son un eco siniestro y perturbador. Nuevamente el nudo de pelos en la garganta. Sientes como tu caja tor\u00e1cica colapsa contenida en silencio. Intentas despertar con urgencia a tu Yo mediador, le hablas, le explicas, le argumentas: No funciona. La historia se repite.<\/p>\n\n\n\n<p>No recuerdas con claridad c\u00f3mo te has perdido en ese mundo hostil y provocador. Reconoces, por supuesto, cuando ese dolor emocional ha rebasado la tensi\u00f3n\u2026pero te incapacitas, pierdes la noci\u00f3n de la realidad y gana tu desasosiego.<\/p>\n\n\n\n<p>Al volver en s\u00ed, estas boca abajo en el piso, aplastado por la suela del zapato de un polic\u00eda, mientras otros dos te sostienen por las manos y pies. T\u00fa sucumbes ante la fuerza, te dejas caer, te vences a ti mismo. El padre de los ni\u00f1os est\u00e1 en el piso con la nariz rota, la esposa protege a los dos ni\u00f1os detr\u00e1s de su cuerpo, las dos mesas est\u00e1n boca arriba, los platos rotos en el piso. Miradas que inquieren y culpan\u2026 los ni\u00f1os en un llanto de temor y miedo. Recuerdas a tu padre, una vez m\u00e1s recuerdas a tu padre. Sientes rabia, no por las circunstancias que agravan tu velada, sino por que te percatas que una vez m\u00e1s vas a estar frente al juez recibiendo una nueva sentencia.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00a1Qu\u00e9 p\u00e9rdida de tiempo!, piensas.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/vivi-merrill\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre la autora<\/a><\/h4>\n\n\n\n<h6 class=\"wp-block-heading\">*Forma parte del volumen: <em>Narradores en voz propia<\/em>, publicado por \u00cdtaca Editorial (2022). Foto: cuenta de Facebook de la autora.<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Vivi Merrill \u201cLa acci\u00f3n humana es como un texto que puede leerse\u201d. Paul Ricoeur Lees el men\u00fa de los vinos primero. Has tenido una semana extra\u00f1a, cargada, exhausta. Se acerca el mesero, te mira fijamente sin preguntar. 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