{"id":12813,"date":"2024-08-15T21:34:12","date_gmt":"2024-08-15T21:34:12","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=12813"},"modified":"2024-08-15T21:34:23","modified_gmt":"2024-08-15T21:34:23","slug":"linaje-de-arboles","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/linaje-de-arboles\/","title":{"rendered":"Linaje de \u00e1rboles (selecci\u00f3n)"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Adriano Gonz\u00e1lez Le\u00f3n<\/h4>\n\n\n\n<p><strong>EL SE\u00d1OR<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><em>A \u00d3scar Sambrano Urdaneta y Domingo Miliani<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>Por la tarde lo segu\u00edan los perros. El andaba lenta y pausadamente, espiando los colores y los rostros que surg\u00edan de las vitrinas y pensaba que esas nubes reflejadas en el vidrio eran m\u00e1s reales que las nubes de all\u00e1 lejos, las que estaban montadas en el cerro construyendo figuras de animales. Hab\u00eda dado veinte pasos, veinte, exactamente, y sent\u00eda el aire cargado de la ciudad, sus reflejos clar\u00edsimos junto a las miradas amenazantes de la gente. Por ello buscaba meterse disimuladamente en la orilla de las aceras, muy pegado a la pared, aunque la cal o las pinturas pusieran nuevas manchas sobre su palt\u00f3 desgarrado. Al palt\u00f3 le hab\u00edan ca\u00eddo muchas lluvias y muchos soles. Y a veces, tambi\u00e9n, las lluvias y los soles de otros pa\u00edses. Toda la humedad del mundo, en forma de menudos seres. Se hab\u00edan metido en el forro, en las costuras, asomaban sus ojillos inquietos por el borde de los bolsillos.<\/p>\n\n\n\n<p>Era cierto. Llevaba duendes y lo segu\u00edan los perros. Despu\u00e9s de andar muchas cuadras y cuando sent\u00eda que ya el aire no estaba azul y que los colores morado y lila se comenzaban a apagar, \u00e9l, con gesto de resignaci\u00f3n, se met\u00eda en el parque. Unas cuantas hojas estaban ca\u00eddas siempre sobre la vereda y \u00e9l acomodaba sus pies, sus zapatos gruesos, mejor dicho, justo sobre el lomo de aquellas hojas secas que comenzaban a parecerse a ciertos animales. El apretaba lentamente hacia abajo y se o\u00eda el cr\u00e1s&#8230; Luego con el otro pie. Y aceleraba su operaci\u00f3n. Ya no pisaba, marchaba. Ya se o\u00eda entonces cr\u00e1s cr\u00e1s&#8230; cr\u00e1s&#8230;, seca y alternadamente, como cuando los soldados del cuartel vecino desfilaban para bajar la bandera.<\/p>\n\n\n\n<p>As\u00ed, hasta el banco de cemento. Los duendes no se hab\u00edan salido de su bolsillo, a pesar del inc\u00f3modo agitarse. Probablemente ten\u00edan sus ojillos m\u00e1s llenos de fuego y rabia, pero supieron esperar (con la paciencia que tienen los seres de otro mundo) hasta que el se\u00f1or se sentase y poder libremente dar carreras y piruetas en la grama de la parcela. El no ve\u00eda los duendes. O se hac\u00eda que no los ve\u00eda. En cambio los perros flacos y miserables, igual que en las noches de luna, presionados tambi\u00e9n por los fantasmas, se pon\u00edan a ladrar contra el suelo y paraban sus orejas como si desde la paja o la intimidad de la tierra les llegara una m\u00fasica afilada.<\/p>\n\n\n\n<p>El se\u00f1or pens\u00f3 en mandarlos a callar, en espantarlos con una rama o decirles algo para que dejaran de hacer ruido. Pero \u00e9l no pod\u00eda hablar. No era que no pudiera, sino que nunca hablaba ni romp\u00eda su paseo taciturno y su descanso en el banco. A lo lejos, la ciudad estaba muy ardiente y llena de motores. All\u00e1 estaban las gentes empe\u00f1adas en tirarse los paquetes, los negocios y los t\u00edtulos a la cara. \u00c9l no ten\u00eda nada que ver con aquellas agil\u00edsimas y sonoras transacciones. Por eso no hablaba. Esperaba entonces que la tarde acabara de morirse por completo y abr\u00eda un libro, mientras a su lado saltaban los duendes y los perros.<\/p>\n\n\n\n<p>La noche comienza aqu\u00ed, delante de \u00e9l, lenta y sosegada, dispuesta de tal modo que salta desde cada ranura o se insin\u00faa sobre el lomo de los libros y, en ocasiones, es simplemente un parpadear mon\u00f3tono. El se\u00f1or se sabe de memoria las maneras de comenzar la noche. Huele el polvo, y alg\u00fan aire de fritura, enredado en qui\u00e9n sabe qu\u00e9 cocina, asciende y se mezcla con el olor a remedios, a ropa h\u00fameda, a latas de Ung\u00fcento Mentol Davis. Por all\u00e1, en alguna parte, ni muy lejos ni muy cerca, se oyen voces.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Lleg\u00f3 el Transporte Primavera.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfCu\u00e1l?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014El Transporte que viene de San Crist\u00f3bal.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Ah!<\/p>\n\n\n\n<p>Despu\u00e9s hay un ruido como de carretilla, de caja rodada, de preg\u00f3n que ofrece a esas horas, empanadas para los viajeros. Se hac\u00edan cuatro d\u00edas muy largos de camino, por barriales y quebradas polvorientas, a trav\u00e9s de p\u00e1ramos zumbadores y llanuras resecas. El colector del autob\u00fas, con un pa\u00f1o enrollado en el cuello, iba diciendo \u00abDespierte, ala, ya llegamos\u201d. Y luego saltaba al techo del veh\u00edculo y all\u00ed se pon\u00eda, como un maromero, a remover las maletas.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero estos eran los ruidos y las voces de antes. Vienen as\u00ed, de pronto, cuando nadie los espera en esta enorme casa destartalada, con las maderas arruinadas y los pasamanos de las escaleras comidos por la polilla. Entran, a pesar de que el zagu\u00e1n es largo y las ventanas del segundo piso est\u00e1n cerradas desde hace mucho tiempo. Posiblemente se han extendido por el patio, en medio de viejos materos de barro, junto a la palma raqu\u00edtica y la enredadera. No, no hay palma ni hay enredadera. Hay s\u00f3lo una persiana mugrienta y destartalada, con los cordones comidos por los bichos. Las palmas y la enredadera y una maceta de flores amarillas eran de cuando las voces. Est\u00e1n tambi\u00e9n ahora, porque los ruidos y las cosas no se mueren y pueden durar mucho tiempo escondidos en los rincones, hasta cierto instante en que una campana o un pito los devuelve a la vida. Son como los olores. Por eso llega de pronto el Agua de Colonia o el Alcoholado Palmita y ese aliento h\u00famedo y singular que exhalan las flores de trapo. De vez en cuando aparecen en las gavetas de los escaparates, confundidas con recibos manchados y sin valor, mezcladas a figurines y dibujos para calcar en los borda-dos. Hay alg\u00fan recuerdo misterioso, una especie de pacto celebrado en las sombras. Y los ruidos viejos emprenden su regreso y vienen dispuestos a ganar espacio material. Al poco rato, ya est\u00e1n aqu\u00ed. Instalados en las patas de las camas, sobre la c\u00f3moda polvorienta, en las hileras de los libros; aparecen muy gallardamente los mu\u00f1ecos de aserr\u00edn, los osos de resorte y los soldados de plomo. Se piensa que vienen de otros lados, de los lados de las nubes coloradas, porque les pesa, les pesa su soledad, y tienen alma, est\u00e1n urgidos de vida, han brotado de las profundidades como los muertos de los cementerios olvidados y es probable que el Diablo los haya congregado en la habitaci\u00f3n, para urdir los negocios de siempre. Las ciudades tienen a veces colores enmara\u00f1ados: un soplo repentino anuncia las lluvias y entonces es un gris que parpadea contra los violetas del cerro y el pobre sol de los venados parece ahuyentado a tiros de escopeta. Las buenas gentes dicen que eso hace mal y si por casualidad hay un arco en el cielo \u2014otra manera de complicar los colores\u2014 esa llovizna puede producir sarna y tristeza. \u00bfQui\u00e9n sabe entonces cu\u00e1l \u00e1rbol debe escogerse para escampar, qu\u00e9 p\u00f3rtico coronado todav\u00eda por p\u00e1mpanos y racimos puede abrigar de los maleficios del cielo? Ahora no hay bardas, ni aleros, ni se asoman las trinitarias para que el agua las azote. Antes se llegaba a un port\u00f3n grande, con aldabas doradas, y desde all\u00ed, mientras escampaba, se pod\u00eda mirar la c\u00fapula del Capitolio bajo la custodia de algunas palomas asustadas. El Templo era untuoso y viejo. De \u00e9l sal\u00edan muy lentamente los brotes de incienso y se aplacaban en el enlozado con el peso de las gotas. Alguna beata distra\u00edda, que tra\u00eda flores y sus medallas para La Inmaculada, extend\u00eda su velo para librarse in\u00fatilmente de aquella lluvia que era torrencial y corr\u00eda por los tejados y las calles para ganar toda la ciudad.<\/p>\n\n\n\n<p>A \u00e9l le dicen el se\u00f1or y con ello quieren juntar un gran mont\u00f3n de antigua cortes\u00eda y cubrir en cierto modo la respetuosa distancia. As\u00ed dicho, EL SE\u00d1OR, en grande, resulta m\u00e1s lejano, y \u00e9l mismo se sabe aparte y no da respuestas y camina con pasos duros que pueden ser de queja o de resguardo. No hay palabras. Tampoco hay \u00e1rboles ni aleros y la ciudad solamente sirve para los ojos y los ojos se posan con desgana sobre los autos ruidosos, los edificios violentos y los avisos de ne\u00f3n. Una inscripci\u00f3n remota, asomada por azar en una tabla, o no cubierta por las miles de pinturas que en miles de Navidades han ca\u00eddo sobre la fachada, recuerda de pronto el viejo almac\u00e9n. En la plaza del mercado la lluvia ni siquiera llega al suelo, rebota en los capacetes de los autos estacionados. Habr\u00eda que detenerse entonces con cierto sigilo, pensar un poco y hacer como si se sale de compras de \u00abEl Gallo de Oro\u00bb y mirar de pronto, sin pedestal y con el palt\u00f3 levita que es m\u00e1s gasa que bronce, la estatua de \u00abEl Venezolano\u00bb movi\u00e9ndose dignamente sobre los capotes relucientes.<\/p>\n\n\n\n<p>Se puede tambi\u00e9n regresar, por el Mediterr\u00e1neo, a unas calles empinadas con iglesia de agujas y palacios de m\u00e1rmol. Desde las terrazas, largas figuras con capas y postines lo saludan, mientras el pito de las embarcaciones anuncia los cargamentos de carb\u00f3n. Desde all\u00e1 se parti\u00f3, al rev\u00e9s que \u00e9l, hacia el Nuevo Mundo y los fantasmas de Col\u00f3n y Andrea Doria rumian todav\u00eda sus \u00f3rdenes, discuten con los armadores, y cuentan las monedas de su aventura a las puertas del Banco San Jorge. \u00abG\u00e9nova, Ciudad de Italia\u00bb, dec\u00eda el manual en la escuela primaria y se siente que all\u00ed no hay colores enmara\u00f1ados sino la sola competencia del azul marino contra los grises, los opacos, los marrones de las ruinosas casas del puerto, los grandes dep\u00f3sitos desvencijados para el trigo y el algod\u00f3n, a cambio de papel, m\u00e1rmol y oliva. \u00abG\u00e9nova, la Soberbia\u00bb, con el esplendor y las furias de los Dogos para arruinar a sus enemigos pol\u00edticos y esos p\u00f3rticos de piedra donde se puede escampar y nadie le dice EL SE\u00d1OR.<\/p>\n\n\n\n<p>Estar ac\u00e1, despu\u00e9s de la lluvia y el paseo por el parque, resulta, sin duda alguna, confortable. El se\u00f1or se ha puesto una manta sobre las piernas y piensa de pronto que con ella puede cubrir el banco de cemento, la ciudad sin aleros, su propia habitaci\u00f3n. Una carpa inmensa que puede abrirse por el mundo y hacerle sitio a sus amigos. Desde hace veinte a\u00f1os el se\u00f1or comparte este cuarto de pensi\u00f3n con los fantasmas. A veces alg\u00fan soplo de vida real se introduce por los ojos de los gatos que saltan sobre los libros y las latas de galletas y ganan la ventana y el tejado a costa de grandes maullidos. Otras veces se quedan quietos y ronronean en el almohad\u00f3n floreado y el confuso rumor de hilandera que despiden sirve de anuncio a las apariciones.<\/p>\n\n\n\n<p>Los ruidos y las cosas, como hab\u00edamos dicho, no se mueren. Sobre todo cuando son ruidos pobres, sordos, disimulados, parecidos a las cosas humildes, descascaradas, rotas, en desuso. Ellos vuelven tambi\u00e9n como los h\u00e9roes desdichados que perdieron su memoria, que nunca realizaron una haza\u00f1a valedera, que han estado \u00fanicamente abiertos hacia el mundo y el mundo no perdona su silencio, ni su sue\u00f1o, ni su alejamiento apacibles. A ellos est\u00e1 ligado el destino de los espejos rotos y los pocillos desportillados, la tuerca abandonada sin surco para enroscar, esa llave gran-de y mohosa con forma de animal que no se sabe a qu\u00e9 puerta ostentosa estuvo unida, la cuerda del ahorcado, el bot\u00f3n de n\u00e1car sin blusa que lo haga resplandecer en la reuni\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Por el techo y los rincones, detr\u00e1s de los libros descuadernados, sacando la cabeza dificultosamente por entre algunos papeles con historias borroneadas, siguen llegando los amigos de El Se\u00f1or. En la pensi\u00f3n todo el mundo est\u00e1 tranquilo y han apagado el aparato de radio. De pronto vienen cornetas y frenazos desde la avenida, pero los viejos pregones y el viento que silbaba entre los \u00e1rboles de la antigua Plaza Espa\u00f1a les gana la partida. Por las lisuras de la puerta, por los caminos de las polillas, desde estas fotograf\u00edas marcados por la humedad y los a\u00f1os, siguen llegando los amigos de El Se\u00f1or. Todo est\u00e1 preparado, como en tantas noches de estos \u00faltimos veinte a\u00f1os, para la entrevista habitual. Los mu\u00f1ecos de aserr\u00edn bailan y saltan, los h\u00e9roes infortunados se cuelgan en el cuello guirnaldas de trapo, aparece el loco de los gritos, surgen las nubes coloradas y detr\u00e1s de ellas los muertos expulsados por la estaci\u00f3n lluviosa. Desde un rinc\u00f3n, con sonrisa de amigo, el Diablo los observa danzar.<\/p>\n\n\n\n<p>Ya tarde, cuando comienzan a o\u00edrse los nuevos ruidos del d\u00eda y la ciudad se mete, firme y sonora, por la ventana del cuarto, El Se\u00f1or se despierta, todav\u00eda fatigado, porque sus visitantes de la noche tardaron en partir. Humedece sus ojos en el lavabo, mejora sus cabellos y ya est\u00e1 en plena calle, ausento de los ruidos filosos y met\u00e1licos, camino del parque. Detr\u00e1s de \u00e9l danzan y a\u00fallan los duendes y los perros.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<p><strong>ASELIA<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><em>A Antonio P\u00e9rez Carmona y Ram\u00f3n Palomares<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>Nadie supo nunca de tus figuras de ceniza, ni de tus ramas de sa\u00faco, durante aquella noche, cargada de hojas sonoras, para que los techos y las enredaderas no volaran con la fuerza extra\u00f1a que ven\u00eda de los \u00e1rboles del Sur. Porque ni el propio viento, Aselia, ni aquel duro azote de bestias contra las puertas y las ventanas, se deten\u00edan ante tus gritos llenos de acechanzas contra la ruidosa corriente. Las gentes del pueblo estaban demasiado perdidas en las casas, donde las l\u00e1mparas hab\u00edan apaciguado sus posibles revelaciones. Y cuando la furia entr\u00f3 por los patios, inflamando las s\u00e1banas, lanzando aquella m\u00fasica terrible sobre las palmas y las latas de zinc, las mujeres solo corrieron hacia las cuerdas, parecidas a grandes p\u00e1jaros, para detener sus ropas y sus cabellos que se iban por el cielo. Nadie pod\u00eda escuchar entonces tus plegarias olorosas a esperma, tu agua que supon\u00edas bendita, rociada sobre las piedras, tu canto sombr\u00edo y agitado para que Santa B\u00e1rbara apareciera en medio de las palmeras celestes. Nadie. Porque todos corr\u00edan para que sus animales y sus ropas no fueran consumidas y porque a esa hora hab\u00edan comenzado a sonar las campanas, interrumpidas, locas, sobre la torre asediada por las hojas, las plumas y las flores levantadas.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando la res fu hallada muerta al pie de la cruz y encontraron que el manto rojo, hecho para la imagen de la fiesta, estaba roto en lo m\u00e1s alto del bucare, pocos supieron de tus grandes llantos y de tu aliento duro, solo, bajo las paredes mugrientas, para que otros santos y otras reses no se fueran con el viento. Solo hubo aquella cuadrilla de los hombres que recog\u00edan los tiestos, los pedazos de madera, los balaustres, los goznes y las coronas podridas en las acequias y las calles del pueblo. Y los m\u00e1s pacientes, remendando sus puertas de tabla y cal, ca\u00eddas entre las hierbas y las piedras, porque la violencia anterior hab\u00eda dejado sus ventas de amasijos demasiado olvidadas y parecidas a las otras viviendas. Ni siquiera los muchachos pod\u00edan ir a gritarte sus inmundicias y sus cantos contra las brujer\u00edas, porque guardaban en sus camisas deshiladas los pedazos de espejo, los adornos, las cuerdas de reloj y las cabezas de palo de los santos. Y a\u00fan m\u00e1s, Aselia, hab\u00eda fervor y espanto cuando se recog\u00edan las losas y los crucifijos del cementerio, antes de que las bestias vinieran con sus cascos. Las inscripciones de alambre y plata antigua se hab\u00edan entretejido y hab\u00eda tierra sobre los nombres y todos pensaban que pod\u00eda fugarse la memoria de los muertos. Por ello las mujeres, con sus velos negros te\u00f1idos de alcanfor, iban en grupos con sus menudos rezos, rogando porque aquel viento no saliera m\u00e1s nunca de los \u00e1rboles. Por ello, Aselia, nadie supo de tus lamentos, ni de tu sol ardiendo, ni de tus ramas perfumadas.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero yo vi tus brazos levantados la noche de la tempestad, haciendo las se\u00f1ales, hacia el lado donde nac\u00edan los rel\u00e1mpagos. Despu\u00e9s vino toda la humedad de los astros sobre tu cuerpo y tus cabellos brillaron contra la fr\u00eda invasi\u00f3n. Fue all\u00ed, Aselia donde tu boca, tu espantosa boca siempre ba\u00f1ada por las moras, se ilumin\u00f3. Yo pens\u00e9 entonces en el p\u00e1jaro rojo que una vez colgaste de la pared con un alambre. Y en tus gritos, mitad canciones y rosarios, invitando los animales del corral para una fiesta nocturna. T\u00fa bailabas, Aselia, bailabas loca, enardecidamente, inclin\u00e1ndote hacia las plumas de las aves. \u00a1Y c\u00f3mo lloraste heridamente cuando los animales huyeron! Y quedaste sola, inm\u00f3vil, sorbiendo aquel zumo de hierbas frescas que ven\u00eda del fondo, erguida ante el silencio cascado y goteante. Pero la lluvia de aquella noche fue m\u00e1s estridente que otras lluvias del mundo. T\u00fa lo adivinaste y por ello fuiste a su encuentro y esperabas que te creciera el coraz\u00f3n. Tus pasos estaban desorientados por los astros que hab\u00edan cruzado la madrugada. Y sin estrellas, Aselia, hoy lo s\u00e9 bien, t\u00fa estabas indefensa y perdida. S\u00f3lo aquella luz pod\u00eda inventar tu ventana y tus floreros radiantes y tus vestidos de color. Entonces estabas alegre y te afanabas como esperando extra\u00f1os y lujosos visitantes.<\/p>\n\n\n\n<p>Hab\u00edas venido de un pueblo donde jam\u00e1s se encend\u00edan las luces. S\u00f3lo aquellos \u00e1rboles de un plumaje sangriento cortaban las miradas en lo hondo del cerro. Por ello temblabas, Aselia, temblabas transida de oscuridad y de lamentos. Por ello hubo antes el camino de anchas piedras, pintado de malezas, lanzando tus ojos contra todos los aires. Y hubo el encuentro con el oscuro animal, a rayas, oliendo el polvo que dejaban tus pasos. Luego el hombre, oscuro tambi\u00e9n, sin rayas, pero con una luz encendida en cada ceja. Despu\u00e9s el aceitoso agitarse sobre las hojas de la sabana, la batalla y la piedra filosa y veteada de azul que le hundiste en la frente. Y otra vez el camino. Y los p\u00e1jaros nocturnos girando, dando aullidos, sobre tus cabellos hundidos en el follaje celeste.<\/p>\n\n\n\n<p>Hoy, Aselia, s\u00f3lo quedan tus huesosas manos, tus espantables manos salpicadas de holl\u00edn. Las veo entre las agujadas de la pared escondiendo lagartos y moscas verdosas, tanteando sobre el techo los nidos de alacr\u00e1n. Ellas crearon aquel humo negro al extremo del patio. Ellas degollaron, cuando la luna estaba a medio cielo, todas las aves del corral. Pero tambi\u00e9n, Aselia, porque alguna vez te hablaron de alegr\u00eda, tambi\u00e9n tus manos levantaron las hechizantes flores sobre el pecho y aquel collar de frutas rojas, como una serpiente, bajando la hendidura de tus senos.<\/p>\n\n\n\n<p>Se habl\u00f3 de la muerte del caballo y alguien dijo que t\u00fa le hab\u00edas tejido las crines brillantes. Hab\u00eda amanecido al fondo de la callejuela, con flores de malva esparcidas en su cabeza. Un roc\u00edo verdoso le cubr\u00eda los ijares y la cola, sus ganchudos huesos marchitos y aquellas marcas de hierro, ya ilegibles, sobre la piel. Alguien percibi\u00f3 tu mano dulce sobre las patas del animal y pens\u00f3 que tu sombra lo hab\u00eda seguido cuando, entre dos estacas de guamo, lo llevaron a podrirse en el barranco.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfHab\u00eda venido \u00e9l, Aselia, en un caballo gris? Es posible adivinar su andanza por pueblos lejanos en aquellos manteles bordados que guardabas en el armario ruinoso. Nadie pudo despojarte de esos manteles deshilachados. Los guardabas con un celo inmenso y a\u00fan llegaste a juntar llamas azules de carburo para detener las alima\u00f1as voraces. Sin duda que \u00e9l los trajo de aquella tienda donde un hombre rojo, que hablaba como los ni\u00f1os, se los dio a cambio de unas espuelas doradas. Desde all\u00ed no hubo m\u00e1s que los duros pies, con un garfio atado, para impulsar cabalgatas. Porque&#8230; \u00bfverdad, Aselia, que \u00e9l vino sobre un caballo gris? Y amaste su violencia, su blusa sucia, sus dedos amarillos, cuando te pidi\u00f3 de comer por el postigo de la ventana. Lo amaste a\u00fan los d\u00edas en que se dijo que hab\u00eda ca\u00eddo reventado en la Cordillera del Humo. Despu\u00e9s s\u00f3lo se vio el caballo, vagando por las noches y los d\u00edas, mordiendo la escasa paja de las calles, hasta ir hundi\u00e9ndose \u2014haci\u00e9ndose peque\u00f1o, apenas cuero\u2014 de hambre y de ausencia de espuelas doradas.<\/p>\n\n\n\n<p>Todo, Aselia, hab\u00eda sido inventado para aumentar tu tristeza. Hasta aquellos muebles de esterilla despedazados, cojos, haciendo c\u00edrculo contra la mesa tosca y cargada de manchas, de dibujos extra\u00f1os labrados con navaja, d\u00e9 nombres desconocidos y marcas de cuchillos filosos. La hoja de s\u00e1bila, arrug\u00e1ndose cada vez m\u00e1s como un animal verde, sobre la puerta de entrada. El casquillo pendiente del clavo, abri\u00e9ndose en su extremo final para el paso ignorado y remoto de la suerte. Y todas las tarjetas de colores, haciendo un abanico de ciudades y puertos y embarcaciones y mujeres echando a volar una paloma. Y aquel raro objeto, hecho de cart\u00f3n y retazos, con muchos salientes, para guardar alfileres. Y algo m\u00e1s: los trastos viejos, los peroles, las cajas llenas de piedras y de troncos, los p\u00e1jaros colgados de la pared, la cama de madera y lona, con su gran rebozo amarillento y las peque\u00f1as salpicaduras de sangre y su mal olor.<\/p>\n\n\n\n<p>Ese era, Aselia, tu universo m\u00e1s cercano \u2014tu miserable fuerza cotidiana\u2014 m\u00e1s hecho para el incendio y el agua torrencial que para acompa\u00f1ar tus noches de ruidosa soledad. Y all\u00ed qued\u00f3 tu liviana muerte, tu inocente y menuda muerte que s\u00f3lo a los tres d\u00edas reson\u00f3 en el pueblo. Porque nadie escuch\u00f3 tus gritos, ni tus ramas de sa\u00faco, ni tu palma bendita, la noche del gran viento. Porque nadie supo, Aselia, que te hab\u00eda crecido el coraz\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/adriano-gonzalez-leon\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Adriano Gonz\u00e1lez Le\u00f3n EL SE\u00d1OR A \u00d3scar Sambrano Urdaneta y Domingo Miliani Por la tarde lo segu\u00edan los perros. El andaba lenta y pausadamente, espiando los colores y los rostros que surg\u00edan de las vitrinas y pensaba que esas nubes reflejadas en el vidrio eran m\u00e1s reales que las nubes de all\u00e1 lejos, las que [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":6,"featured_media":12814,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_monsterinsights_skip_tracking":false,"_monsterinsights_sitenote_active":false,"_monsterinsights_sitenote_note":"","_monsterinsights_sitenote_category":0,"footnotes":""},"categories":[16],"tags":[],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/12813"}],"collection":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/users\/6"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=12813"}],"version-history":[{"count":2,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/12813\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":12816,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/12813\/revisions\/12816"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media\/12814"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=12813"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=12813"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=12813"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}