{"id":12698,"date":"2024-08-11T20:30:00","date_gmt":"2024-08-11T20:30:00","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=12698"},"modified":"2024-08-11T21:00:38","modified_gmt":"2024-08-11T21:00:38","slug":"la-guaricha-fragmentos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/la-guaricha-fragmentos\/","title":{"rendered":"La guaricha (fragmentos)"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Juli\u00e1n Padr\u00f3n<\/h4>\n\n\n\n<p><strong>I La llamada del monte<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>En este paisaje naci\u00f3 y se ba\u00f1aba el pecho Jos\u00e9 Mayo. En este paisaje creci\u00f3 y supo que se llamaba as\u00ed, respondiendo a otras voces con la suya. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Jos\u00e9! \u2014llamaba el padre, parado en la puerta de la casa. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Ah! \u2014contestaba \u00e9l desde el bosque. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Jos\u00e9ee! \u2014repet\u00eda con m\u00e1s vigor el hombre. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Se\u00f1or, ya voy! \u2014correg\u00eda el muchacho, saliendo del matorral. <\/p>\n\n\n\n<p>Tambi\u00e9n contestaba muchas veces de esa manera a voces que perdidas en el monte parec\u00edan nombrarlo. Seguramente eran los \u00e1rboles que se hab\u00edan aprendido el eco de su nombre cuando su padre lo llamaba. Entonces sent\u00eda miedo y regresaba a la casa todo azorado. <\/p>\n\n\n\n<p>En este paisaje se ba\u00f1aba como los p\u00e1jaros en las orillas de las quebradas, y estremec\u00eda despu\u00e9s su cuerpo al sol, sacudi\u00e9ndose el agua, que hac\u00eda una lloviznita con arco iris. <\/p>\n\n\n\n<p>Pero una vez se fue monta\u00f1a adentro, tras una de esas llamadas del monte. Llevaba al hombro un saco de ca\u00f1amazo, un hacha sobre el saco y en la diestra un machete para abrirse pica detr\u00e1s de las voces. <\/p>\n\n\n\n<p>El sol part\u00eda en dos el d\u00eda cuando lleg\u00f3 a la mitad del cerro donde se le perdi\u00f3 la voz: Limpi\u00f3 un pedazo de monte alrededor, cort\u00f3 una vara y la clav\u00f3 en el suelo, enganchando encima el sombrero de cogollo y el saco de ca\u00f1amazo. Dio un hachazo en un \u00e1rbol de la izquierda, donde el hacha qued\u00f3 clavada, mientras el \u00e1rbol herido chorreaba savia y resina sobre el acero del gavil\u00e1n. De un lanzamiento hundi\u00f3 la punta del machete en tierra. Luego, erguido, extendi\u00f3 la vista hacia la cima de la monta\u00f1a. <\/p>\n\n\n\n<p>Ya el sol estaba bajito cuando Jos\u00e9 Mayo regres\u00f3 al rancho del caser\u00edo. A la madrugada siguiente emprendi\u00f3 el mismo camino. As\u00ed, quince madrugadas lo vieron ascender monta\u00f1a arriba, y quince soles, antes de taparse detr\u00e1s del cerro, lo contemplaron llegar al rancho del caser\u00edo. <\/p>\n\n\n\n<p>Hoy estaba cayendo la noche cuando \u00e9l bajaba de la monta\u00f1a.<\/p>\n\n\n\n<p>Tilde lo esperaba con la mirada puesta en el cerro, a trav\u00e9s de la claraboya de la cocina. Algo intranquila por la demora del hombre, atizaba su inquietud en la ceniza del fog\u00f3n. <\/p>\n\n\n\n<p>Sali\u00f3 a la puerta del rancho y fue hasta la casa vecina a pedir candela. Por el camino ven\u00eda mirando hacia la monta\u00f1a, mientras agitaba el tiz\u00f3n para que no se apagase con el fr\u00edo y para alumbrarse los pasos. Ya las brasas estaban en el centro del fog\u00f3n y las astillas nuevas empezaban a arder. Con el primer humo que se fug\u00f3 por la claraboya, se le fueron tambi\u00e9n los ojos hacia el camino de la monta\u00f1a que tra\u00eda a su hombre. <\/p>\n\n\n\n<p>Jos\u00e9 Mayo, desde la cuesta, adelant\u00f3 con dos gritos su presencia en el hogar. Siempre que la noche lo sorprend\u00eda en los cerros cercanos gritaba desde el alto para que su mujer no se asustara de las sombras que rodeaban la casa. Tilde siempre contestaba desde el patio a estos gritos de su hombre. Pero esta noche no los oy\u00f3, arrebatados por el viento. <\/p>\n\n\n\n<p>Jos\u00e9 Mayo divis\u00f3 el resplandor que sal\u00eda por la claraboya y techo de su rancho, y apresur\u00f3 el paso. Ya entre los \u00e1rboles estaba definitivamente oscuro. Pis\u00f3 aqu\u00ed una rama y resbal\u00f3; fue a caer m\u00e1s adelante y el machete se clav\u00f3 en la tierra y le sirvi\u00f3 de apoyo. Sigui\u00f3 resbalando de trecho en trecho, m\u00e1s que otras veces. Ten\u00eda ansiedad de llegar, de decirle cosas a su mujer, aunque cuando entrara no le diese sino las buenas noches. Porque en realidad no ten\u00eda nada nuevo que decirle. <\/p>\n\n\n\n<p>As\u00ed tom\u00f3 el plano, desech\u00f3 los pensamientos que lo tra\u00edan en compa\u00f1\u00eda de su mujer y principi\u00f3 a silbar para espantar el fr\u00edo. Con este mismo silbido lleg\u00f3 a la mirada del rancho. Todas las casas de los vecinos ten\u00edan ahora puertas de luz. Al cruzar la tranquera, Almirante le ladr\u00f3 cari\u00f1oso y vino a restregarse en sus piernas. Tilde, parada en el umbral de la cocina, al verlo se meti\u00f3 dentro. Jos\u00e9 Mayo le tom\u00f3 la puerta. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Buenas noches! \u2014salud\u00f3 el hombre. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Buenas \u2014respondi\u00f3 resentida la mujer. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfC\u00f3mo que no o\u00edste los gritos que te di desde el alto? <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Ahora vienes con \u00e9sas\u2026! <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ni siquiera te dejaste ver en el patio, mirando si yo ven\u00eda\u2026 <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ni porque traje un tiz\u00f3n de la otra casa para alumbrarme el camino, pudiste verme. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Dicen que el hambre lo pone a uno a ver azulito\u2026 y como t\u00fa est\u00e1s m\u00e1s rosada que la rosa guayaba\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>Jos\u00e9 Mayo y Tilde r\u00eden en un abrazo. El hombre coge de un rinc\u00f3n una tapara llena de agua y se lava las manos y la cara. Despu\u00e9s de secarse, expone las manos a las llamas para ahuyentarles el fr\u00edo. Su estatura se mide por la sombra proyectada en la pared, donde la cabeza alcanza el techo, mientras los pies permanecen afincados en el suelo. <\/p>\n\n\n\n<p>La mujer, entre tanto, sirve la comida en un plato de peltre blanco. Los dos comen juntos, encontr\u00e1ndose a veces sus manos sobre el pan. <\/p>\n\n\n\n<p>El caf\u00e9 hierve de pronto en la marmita y se derrama sobre el fog\u00f3n haciendo chirriar las brasas. Despu\u00e9s humea en las tazas, aromatizando la sobriedad de la cena. <\/p>\n\n\n\n<p>La noche \u00edngrima se cierra alrededor del rancho y sobre todo el campo. En la boca de Jos\u00e9 Mayo se enciende un tabaco y un silencio. El gemido l\u00fagubre del viento penetr\u00f3 por las puertas del rancho, arrastrando el chillido de los p\u00e1jaros nocturnos, el rebuzno de los burros y el crujir de los \u00e1rboles. Tilde remienda cerca de la luz. <\/p>\n\n\n\n<p>Igual acontece en todas las casas del vecindario a la misma hora. El hombre regresa del trabajo. La mujer hace la comida. Los hijos sienten hambre y la piden antes de estar lista. Todos comen de lo que hay, y luego sucede la velada del tabaco frente a la cocina todav\u00eda encendida. Alguna palabra de los hombres, alguna risa de las mujeres, alg\u00fan llanto de los muchachos, alg\u00fan ruido de los animales. Y sobre todas las cosas, la noche, la soledad. Quiz\u00e1 en alg\u00fan rancho un cuatro echa al campo el zumbaquezumba. <\/p>\n\n\n\n<p>Tilde hace rayas con la aguja sobre la mesa donde arde una pobre l\u00e1mpara de keros\u00e9n. De pronto siente un zumbido alrededor de la luz, y se distrae con las mariposas que se encandilan en la llama y quedan d\u00e1ndole vueltas, terminando por caer sobre la mesa con las alas chamuscadas. Entonces las atraviesa con la aguja y las introduce en la llama, hasta que el acero se calienta y le quema los dedos. Retira la mano con rapidez, espera que se enfr\u00ede la varilla y vuelve a ponerla al fuego, reduciendo la mariposa a un carboncito como la punta de la aguja. <\/p>\n\n\n\n<p>Mientras hace esto, Tilde tiene el pecho pegado a la orilla de la mesa y la mano izquierda sujeta la sien, apoyando el codo en la superficie. Con la otra mano realiza todos los movimientos alrededor de la luz. Cuando tiene la aguja entre la llama, fuerte respiraci\u00f3n lev\u00e1ntale el pecho; la cara, siempre de una firmeza morena, se le torna rosada con los visos de la luz, y sus pupilas copian las contorsiones de la llama al quemar las mariposas. <\/p>\n\n\n\n<p>Jos\u00e9 Mayo, sentado en una silla recostada a un pilar, absorbe el humo de su tabaco. Tiene los ojos entornados bajo la colcha de penumbra que proyecta la sombra de Tilde. Cuando ella retira la mano de la luz, \u00e9sta le pega en la cara, y \u00e9l abre los ojos y da una gran chupada al tabaco. Despu\u00e9s la sombra de su mujer vuelve a caerle encima y \u00e9l cierra los ojos. <\/p>\n\n\n\n<p>La vivienda de Jos\u00e9 Mayo es un rancho de paja, con la mitad en piernas y la otra encerrada entre cuatro paredes de barro. A la altura del alero tiene un soberado de ca\u00f1a brava, adonde se lanzan desde abajo todas las cosas que deben guardarse. Cuando se necesitan, Jos\u00e9 Mayo se trepa por una vara de majagua o por un mecate, y las echa al suelo. Debajo est\u00e1 el cuarto con el catre donde duermen el hombre y la mujer. En un rinc\u00f3n, el altar de barro con im\u00e1genes de santos, delante de las cuales, durante la noche, arde una vela. En otro, un nidal con los huevos de las gallinas ponedoras. Recostados de las dem\u00e1s paredes, dos ba\u00fales. <\/p>\n\n\n\n<p>En la mitad en piernas, algunas sillas de cuero, y arrimada a la pared del cuarto, la mesa donde al anochecer alumbra la l\u00e1mpara y la llama calca su imagen en las retinas de Tilde. Al lado, en un corredor que da al fondo, est\u00e1 la cocina con el fog\u00f3n sobre una tarima tambi\u00e9n de barro. <\/p>\n\n\n\n<p>Jos\u00e9 Mayo absorbe los \u00faltimos aromas de su tabaco. Una gallina, desde el \u00e1rbol donde duerme, pide socorro con un chillido prolongado. El hombre y la mujer se miran instintivamente. Hac\u00eda tiempo que no se encontraban sus ojos. Tilde sale bajo el alero de la casa y Jos\u00e9 Mayo toma la escopeta del rinc\u00f3n. Ambos culgan a Almirante, que se levanta de un saco donde estaba echado, y ladra. Lejos se oye el grito del rabipelado. <\/p>\n\n\n\n<p>El hombre lleva la escopeta al cuarto. La mujer y la l\u00e1mpara desaparecen con el rancho detr\u00e1s de \u00e9l. La noche se estira sobre el campo, y entra en la parte en piernas hasta la habitaci\u00f3n. Adentro pesta\u00f1ea la luz, un soplo humano la apaga y las tinieblas se precipitan contra las paredes. El mundo gira alrededor del rancho. El mundo de aquel campo, de aquel hombre, de aquella mujer. <\/p>\n\n\n\n<p>Las estrellas, que antes cabalgaban sobre el cerro, caen del otro lado como metras de luz. Parece que alguien estuviese apostando a colocarlas sobre el lomo del cerro, y no acertara. <\/p>\n\n\n\n<p>Paulatinamente se va haciendo m\u00e1s claro. Ya han pasado todas las estrellas al otro lado y su trayectoria ha dejado el cielo blanco de luz. Por fin, una sola ha quedado sobre el cerro, la \u00faltima que el jugador ten\u00eda para ganar. Es el lucero del d\u00eda que sorprende a Jos\u00e9 Mayo y a Tilde camino de la monta\u00f1a, hacia el rancho nuevo. <\/p>\n\n\n\n<p>Y all\u00e1 llegaron cuando el sol era el sombrero de los hombres. Tilde se quit\u00f3 de la cabeza la toalla, secose el sudor con las puntas y ech\u00f3 su cansancio a la sombra del rancho nuevo.<\/p>\n\n\n\n<p>Jos\u00e9 Mayo limpi\u00f3 de su cara la \u00faltima salpicadura de barro del camino. El flux se le encharc\u00f3 cuando ayudaba al burro a salir de los atascaderos. Dos veces tuvo que descargarlo para poder sacarlo de los barriales, luego ajustarle la enjalma y volver a cargarlo. Ya al empezar la cuesta, Jos\u00e9 Mayo se hab\u00eda descalzado las alpargatas y enrollado los pantalones encima de las rodillas. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1So, burro! \u2014dijo el hombre. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1So! \u2014dijo la mujer. <\/p>\n\n\n\n<p>Almirante lleg\u00f3 con la lengua afuera y se ech\u00f3 a acezar. Luego recorri\u00f3 olfateando los alrededores y lati\u00f3 hacia nuevos corredores. <\/p>\n\n\n\n<p>Jos\u00e9 Mayo descarg\u00f3 el burro, lo desenjalm\u00f3 y le dio con el cabestro en las ancas. El burro, estremeci\u00e9ndose, sacudiose el barro y el cansancio, busc\u00f3 un lugar seco y se revolc\u00f3. Al levantarse, se sacudi\u00f3 el polvo y meti\u00f3 la cabeza entre el carrizal. <\/p>\n\n\n\n<p>Desde la ma\u00f1ana aquella en que ascendi\u00f3 por la cuesta, tras las voces de la monta\u00f1a, Jos\u00e9 Mayo hab\u00eda tomado posesi\u00f3n de este terreno. Limpiar el monte y sembrar una casa es la \u00fanica solemnidad del campesino en la posesi\u00f3n de la tierra. Y ya una parte de eso se cumpli\u00f3. Ah\u00ed, a la izquierda, est\u00e1 todav\u00eda clavada el hacha, y por la cortadura el \u00e1rbol ha sangra-do bejucos de resina que amarran el acero a la cicatriz. Ah\u00ed, a la derecha est\u00e1 el rancho nuevo, con el techo rubio y fresco a\u00fan, sin mucho sol y sin mucha lluvia encima. <\/p>\n\n\n\n<p>Para fabricarlo, Jos\u00e9 Mayo s\u00f3lo cort\u00f3 algunos \u00e1rboles y entre el monte peque\u00f1o hizo un rect\u00e1ngulo de hoyos: seis de frente por cuatro de fondo. Se intern\u00f3 en el cerro y escogi\u00f3 a su gusto los horcones de palosano, carg\u00e1ndolos uno por uno sobre sus hombros. M\u00e1s adentro, cort\u00f3 los horcones mayores y la cumbrera. Y cerca del claro, por los alrededores, sac\u00f3 las varas y los bejucos. Cada uno de estos cortes en el monte eran los l\u00edmites de la propiedad de Jos\u00e9 Mayo. Meti\u00f3 los horcones, rellen\u00f3 los hoyos, amarr\u00f3 la cumbrera de los horcones mayores; las varas, de los menores y la paja, de las varas. Todo en una red de bejucos mamures. <\/p>\n\n\n\n<p>Cuando el hombre y la mujer llegaron, el rancho estaba todav\u00eda en piernas. S\u00f3lo el cuarto se ve\u00eda enca\u00f1ado, esperando que el barro cubriese su intemperie. Jos\u00e9 Mayo hab\u00eda picado cerca el pozo de barro, que ya estaba preparado con paja. Pero aguardaba que Tilde estuviera bajo techo para levantar las paredes. Y mejor cuando ella estuviese acomodando sus cosas, mientras tendiera el catre y colocase en el altar las im\u00e1genes que hab\u00eda tra\u00eddo en el ba\u00fal.<\/p>\n\n\n\n<p>Encerrarla en barro mientras ella edificara sus altares. A Jos\u00e9 Mayo se le hab\u00eda ocurrido este juego. Mientras \u00e9l embarrase las cuatro paredes, as\u00ed no se dar\u00eda cuenta ella tendr\u00eda tiempo de salir varias veces afuera, y , de su broma. Cuando estuviese adentro y fuera a salir por ultima vez, ya \u00e9l estar\u00eda embarrando el marco de la puerta. Entonces le pondr\u00eda en el pecho la pella de barro que tuviese en las manos, abraz\u00e1ndola con todas sus fuerzas, y se quedar\u00edan adheridos, como la pared de adentro y la de afuera.<\/p>\n\n\n\n<p>Esa noche por primera vez, ardi\u00f3 la l\u00e1mpara en el rancho de la monta\u00f1a dejos\u00e9 Mayo. Las noches anteriores, s\u00f3lo los cocuyos hab\u00edan alumbrado entre aquellos \u00e1rboles y sobre aquel monte. En el d\u00eda se encendi\u00f3 tambi\u00e9n le\u00f1a en la cocina. M\u00e1s tarde, Jos\u00e9 Mayo, Tilde, el rancho y el mundo desaparecieron detr\u00e1s de la l\u00e1mpara en el soberado. <\/p>\n\n\n\n<p>Al otro d\u00eda, en la madrugadita, mujer y hombre separaron sus cuerpos. Tilde prendi\u00f3 la candela, y los dos se sentaron alrededor del fog\u00f3n, a esperar el caf\u00e9 tinto y el alba, que ya se sent\u00eda venir por detr\u00e1s de los cerros y por entre los \u00e1rboles en el pico de los p\u00e1jaros. <\/p>\n\n\n\n<p>Despu\u00e9s del caf\u00e9, Jos\u00e9 Mayo amol\u00f3 su machete en una piedra de la quebrada. Y cuando el copey de la orilla estaba lleno de p\u00e1jaros, que peleaban por los primeros rayos del sol con algazara, se dirigi\u00f3 al \u00e1rbol donde la \u00faltima vez incrust\u00f3 el hacha con adem\u00e1n de conquista. <\/p>\n\n\n\n<p>Doble esfuerzo necesit\u00f3 para desprenderla. El \u00e1rbol se estremeci\u00f3 y sangr\u00f3 de nuevo. Los p\u00e1jaros volaron hacia otro \u00e1rbol. Y Jos\u00e9 Mayo comenz\u00f3 la tala. <\/p>\n\n\n\n<p>Aquel d\u00eda el rancho se llen\u00f3 de los hachazos del hombre, acompa\u00f1ados de sus pujidos. Uno, dos, tres, cinco, veinticinco, y por fin ca\u00eda el \u00e1rbol destrozando las ramas de sus vecinos. Luego, un descanso mientras ramoneaba el tronco con el machete, y vuelta otra vez al hacha para rolearlo. Y despu\u00e9s la misma faena con los otros \u00e1rboles. <\/p>\n\n\n\n<p>A mediod\u00eda regresa al rancho a almorzar con Tilde, y en la tarde vuelven a o\u00edrse sus hachazos cada vez m\u00e1s lejos. Y cada d\u00eda m\u00e1s adentro de la monta\u00f1a, desde donde ya no se oyen los pujidos del hombre, sino los golpes del hacha y la ca\u00edda del \u00e1rbol. Ya va tan lejos del rancho que se lleva la raci\u00f3n y la escopeta. <\/p>\n\n\n\n<p>Ayer se salv\u00f3 milagrosamente de la mordedura de una cascabel. Iba a cortar una cepa de carrizo, y cuando la ten\u00eda asida para darle el machetazo, sinti\u00f3 el silbo de la serpiente que estaba enrollada en la cepa. Pero se salv\u00f3 de milagro, y ah\u00ed est\u00e1 la cascabel en el patio.<\/p>\n\n\n\n<p> \u2014\u00a1Por cierto que es grande la bicha: metro y pico y siete nudos en la maraca! <\/p>\n\n\n\n<p>Hoy, en cambio, trajo un pipe del tama\u00f1o de una gallina. Lo encon-tr\u00f3 a la hora de venirse al rancho. Tilde oy\u00f3 el disparo, y cuando Jos\u00e9 Mayo se lo ense\u00f1\u00f3 desde el barranco de la quebrada, sali\u00f3 corriendo a ped\u00edrselo. <\/p>\n\n\n\n<p> \u2014\u00a1No le metas el dedo en la herida, que pierdo la punter\u00eda! \u2014exclam\u00f3, suspendi\u00e9ndolo en el aire para que ella lo alcanzase, y roz\u00e1ndole la cara con las plumas. <\/p>\n\n\n\n<p>As\u00ed, la tala qued\u00f3 al fin terminada. Todo aquel bosque se ve ahora echado al suelo. Y en medio de las ramazones marchitas, los montones amarillos de le\u00f1a. <\/p>\n\n\n\n<p>Pronto comenzar\u00e1 la quema. Jos\u00e9 Mayo ha abierto guardarrayas de dos metros de ancho para que la candela no pase a la monta\u00f1a. El rancho est\u00e1 protegido por el monte verde que lo rodea, y por un gran claro entre el carrizal y la roza. <\/p>\n\n\n\n<p>Y, m\u00e1s previsor, aguard\u00f3 la noche para pegarle candela al talado. El hombre y su mujer, con hachos en las manos, se deslizaron en direcci\u00f3n opuesta sobre la guardarraya, incendiando por la orilla las partes m\u00e1s secas. Bien pronto comenz\u00f3 a arder la roza por los cuatro vientos. Cuando se encontraron de nuevo en el rancho, la candela hab\u00eda tomado cuerpo y avanzaba hacia la monta\u00f1a. Grandes llamaradas se levantaban furiosas, y las ramas cruj\u00edan retorci\u00e9ndose entre el fuego. <\/p>\n\n\n\n<p>Jos\u00e9 Mayo y Tilde estaban sobrecogidos de miedo ante las proporciones de la quema. El resplandor los vest\u00eda de un rojo vivo, donde los ojos vigilantes parec\u00edan m\u00e1s abiertos. La silueta del rancho se proyectaba sobre el copo de la monta\u00f1a, guardada entre las siluetas del hombre y la mujer clavados en las esquinas. <\/p>\n\n\n\n<p>Desde los ranchos y conucos lejanos se o\u00edan gritos de alerta, temerosos de que la candela tomase la monta\u00f1a. Jos\u00e9 Mayo le ten\u00eda m\u00e1s miedo si se iba por el carrizal, porque all\u00ed no la atajar\u00eda nadie. \u00c9l tambi\u00e9n, junto con su mujer, empez\u00f3 a dar gritos contra la candela, atajando las llamas. <\/p>\n\n\n\n<p>Pronto se fueron desprendiendo de las fogatas pavesas crepitantes, que volaban corno hojas de luz en el torbellino de humo, y ca\u00edan alrededor del rancho.<\/p>\n\n\n\n<p>Tilde fue la primera que dio la voz de alarma. Sobre el caballete del rancho cay\u00f3 una pavesa y se qued\u00f3 en la paja sin apagarse. Jos\u00e9 Mayo se subi\u00f3 a la techumbre por una escalera, y apale\u00f3 el fuego que ya hab\u00eda prendido la paja. La llama se aplastaba bajo los golpes, pero volv\u00eda a elevarse m\u00e1s viva. Mientras luchaba con la candela que amenazaba destruir su rancho, el hombre gritaba a la mujer que mojara la cobija de bayeta y se la diera. Tilde subi\u00f3 la cobija mojada y Jos\u00e9 Mayo la extendi\u00f3 sobre el caballete. Ahogado el incendio, la bayeta qued\u00f3 all\u00ed, echada como un perro guardi\u00e1n. \u00c9l tambi\u00e9n permaneci\u00f3 sobre el rancho hasta que las llamas huyeron lejos por el talado. <\/p>\n\n\n\n<p>Tilde, en el patio, se fue desvistiendo de resplandores rojizos. A Jos\u00e9 Mayo, encaramado sobre el caballete, al fin se le alej\u00f3 el fuego que le abrasaba el pecho. Cuando baj\u00f3 al suelo, encontr\u00f3 a su mujer desnuda de resplandores y con las pupilas tras las llamas, sin poderlas fijar sobre las del hombre, que las buscaba. <\/p>\n\n\n\n<p>Frente al patio se extend\u00eda la roza quemada, todav\u00eda ardiendo en la madera compacta de los troncos. S\u00fabito, en alguna parte de ella se levantaba una gran llamarada, como si se hubiera quedado escondida, y alumbraba el rancho y las figuras del hombre y de la mujer. <\/p>\n\n\n\n<p>Jos\u00e9 Mayo y Tilde estaban \u2014cuerpos y almas\u2014 soasados. <\/p>\n\n\n\n<p>Hombre y mujer amanecieron sentados sobre la piedra del patio. <\/p>\n\n\n\n<p>M\u00e1s all\u00e1, cerca del carrizal, la candela bordeaba la guardarraya.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/julian-padron\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Juli\u00e1n Padr\u00f3n I La llamada del monte En este paisaje naci\u00f3 y se ba\u00f1aba el pecho Jos\u00e9 Mayo. En este paisaje creci\u00f3 y supo que se llamaba as\u00ed, respondiendo a otras voces con la suya. \u2014\u00a1Jos\u00e9! \u2014llamaba el padre, parado en la puerta de la casa. \u2014\u00a1Ah! \u2014contestaba \u00e9l desde el bosque. \u2014\u00a1Jos\u00e9ee! \u2014repet\u00eda con [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":6,"featured_media":12699,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_monsterinsights_skip_tracking":false,"_monsterinsights_sitenote_active":false,"_monsterinsights_sitenote_note":"","_monsterinsights_sitenote_category":0,"footnotes":""},"categories":[15],"tags":[],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/12698"}],"collection":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/users\/6"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=12698"}],"version-history":[{"count":3,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/12698\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":12740,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/12698\/revisions\/12740"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media\/12699"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=12698"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=12698"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=12698"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}