{"id":12612,"date":"2023-04-18T21:02:00","date_gmt":"2023-04-18T21:02:00","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=12612"},"modified":"2024-08-05T21:31:00","modified_gmt":"2024-08-05T21:31:00","slug":"la-invasion-seleccion","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/la-invasion-seleccion\/","title":{"rendered":"La invasi\u00f3n (selecci\u00f3n)"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Juan Manuel Parada<\/h4>\n\n\n\n<p><strong>El\u00edas<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Las ramas de pl\u00e1tano le golpean el rostro y los bejucos enmara\u00f1ados le van rasgando la piel. Corre en direcci\u00f3n al r\u00edo; si Pedraza lo cogiera ahora, le revienta la cabeza. El ladrido de los perros, la algarab\u00eda de los hombres y el trote de los caballos le llegan a los o\u00eddos como el clamor de su muerte, como un murmullo burlesco anunci\u00e1ndole el final. Pero El\u00edas suprime el temor con la certeza de que pronto llegar\u00e1 al r\u00edo y cuando alcance la orilla opuesta, nadie podr\u00e1 capturarlo.<\/p>\n\n\n\n<p>La noche anterior, sentados frente a la batea de pescado frito que Calistra les sirvi\u00f3, prometieron reunirse al otro lado del r\u00edo si se les ca\u00eda el plan. Numas fue tajante cuando orden\u00f3 que escaparan como fieras, intern\u00e1ndose debajo de los pantanos si era preciso. El\u00edas se acomodaba una porci\u00f3n de chim\u00f3 detr\u00e1s de los dientes mientras le o\u00eda. Le hab\u00eda costado confiar en Numas, pero a escasas horas de la rebeli\u00f3n era distinto. Adem\u00e1s, Calistra le miraba con tanta fe, que era improbable alguna traici\u00f3n. La esperanza con la que Calistra miraba a Numas, hac\u00eda que El\u00edas se tranquilizara. De hecho, cada lugar o cosa donde ella posara sus ojos, o que fuera mencionada por sus labios, ganaban para El\u00edas una luz tenue, como si el significado de siempre se llenara de matices que le hac\u00edan lucir m\u00e1s vivo.<\/p>\n\n\n\n<p>Huele a tierra h\u00fameda y el rumor del r\u00edo bate en el aire. Los perseguidores est\u00e1n a doscientos metros, pero El\u00edas corre como si le pisaran los pies. Hace muy poco que amaneci\u00f3 y el sol est\u00e1 replegado por la sabana, borrando cualquier relieve de la superficie. El sudor le empapa la camisa, lo que hace m\u00e1s doloroso los golpes de las ramas en su pecho.<\/p>\n\n\n\n<p>La imagen de Calistra le inunda la mente, la piel y los ojos. Es ella que viene por el camino del huerto, con unas ramas de or\u00e9gano en la mano. O ella que llora mientras pica cebolla y canta un pasaje. Calistra se apropia de su plenitud. Esa mujer que le inyect\u00f3 vida a los despojos de su alma, podr\u00eda ser su madre, pero es su mujer; negra de anchas caderas y espalda erguida que le espera en su rancho despu\u00e9s de las once.<\/p>\n\n\n\n<p>Y recuerda la noche que le pedir\u00eda vivir juntos y se regodeaba recreando la escena: en la hamaca, envueltos en la oscuridad del rancho, le dir\u00eda, hundido en su pecho, ese pecho desnudo oloroso a le\u00f1a, que se fueran a su casa, que \u00e9l cuidar\u00eda de ella y de su nieto. Cuando cruz\u00f3 la puerta de lata, encontr\u00f3 a la negra sentada en una banqueta con los ojos dilatados sobre el fuego de una vela, a su lado, tendido sobre la mesa, el cuerpo del nieto reposaba inerte. El\u00edas qued\u00f3 pasmado cuando ella se redujo a pedirle, con toda frialdad, que le ayudara a enterrarlo; estar\u00eda mejor en el cielo que en esos campos mezquinos.<\/p>\n\n\n\n<p>Ahora le averg\u00fcenza haber usado esa historia para convencer a los compa\u00f1eros de sumarse a la rebeli\u00f3n. Recuerda los rostros contra\u00eddos de quienes le oyeron y c\u00f3mo apretaban los pu\u00f1os. Todo cortero de ca\u00f1a, pescador o tractorista, hab\u00eda comido su sopa o tomado su caf\u00e9. Era una mujer querida, admirada y respetada. Su sola presencia infund\u00eda paz, pero tambi\u00e9n alegr\u00eda. Por eso, cuando El\u00edas cont\u00f3 de c\u00f3mo muri\u00f3 su nieto, borr\u00f3 las dudas de quienes a\u00fan no se decid\u00edan a apoyar el alzamiento. Hab\u00edan fracasado tantas veces en ocasiones pasadas y hab\u00edan o\u00eddo tanto del asesinato de campesinos, que les costaba creer en la posible victoria; por eso El\u00edas alud\u00eda a cualquier artilugio con tal de persuadir a los compa\u00f1eros.<\/p>\n\n\n\n<p>El propio Numas se admiraba con la historia. Desde que volvi\u00f2 de Europa se interes\u00f3 por las luchas campesinas. Algo le\u00eda en la prensa, de cuando en cuando, una que otra noticia aludiendo a cr\u00edmenes impunes, asaltos, invasiones frustradas\u2026 pero nada profundo, solo esbozos de una realidad que parec\u00eda ajena. En su af\u00e1n de escribir una novela genuina, alejada de la odiosa est\u00e9tica urbana que hab\u00eda saturado la literatura, Numas descubri\u00f3, al volver a casa, una posibilidad que seg\u00fan \u00e9l ning\u00fan escritor contemplaba: el hombre de campo, sus angustias y contradicciones. Se preguntaba Numas: \u201c\u00bfAcaso no ama el campesino? \u00bfNo le angustia la omnipotencia de Dios? \u00bfNo sufre al saberse mortal?\u201d. Y decidi\u00f3 escribir una novela que explorara esa realidad, poniendo el acento en la \u201ccosa humana\u201d. Pero a El\u00edas, desde esa ma\u00f1ana de domingo que Zapata los present\u00f3, tan rosadas las mejillas y suaves las manos, le dio recelo. \u201cUn hombre verdadero no pregunta solo para saber\u201d, se dec\u00eda El\u00edas, \u201csi pregunta es para involucrarse y actuar. Saber por solo saber, es masturbarse\u201d, pensaba, y como Numas inquir\u00eda tanto, se le hizo m\u00e1s odioso.<\/p>\n\n\n\n<p>Minutos antes de la invasi\u00f3n El\u00edas miraba la llanura cubierta de charcas. Record\u00f3 de pronto a su padre, entre l\u00e1stima y respeto. Nunca entendi\u00f3 c\u00f3mo pudo aguantar tanto, tan sumiso, tan que se dej\u00f3 robar la vida, hasta ese \u00faltimo instante, cuando enfermo y jorobado, le dijeron que se fuera a descansar y a cuidar de la familia. La brisa h\u00fameda le corr\u00eda por el cuello y las axilas; estaba apoyado sobre el culo de la escopeta y miraba el llano sin mirar. Su padre constitu\u00eda el tejido de lo que pensaba y sent\u00eda. Aquel padre que re\u00eda, sin embargo, que le ense\u00f1\u00f3 a pescar y a leer el clima en el canto de las guacharacas. Le recordaba, con la camisa planchada, los pantalones caqui y el sombrero limpio, llev\u00e1ndolo al culto evang\u00e9lico los domingos en la ma\u00f1ana. Y el pastor gritando: \u201cEl reino de Dios es de los pobres, los ricos no pasar\u00e1n\u201d. Y El\u00edas, a punto de lanzarse contra los ricos que le quitaron las tierras, sent\u00eda asco por ese pastor que les llen\u00f3 la cabeza de mierda. El reino era ac\u00e1, en el regazo de Calistra, con gallinero y marranos, tierras propias y ma\u00edz. Justo all\u00ed se le acerc\u00f3 Numas y le palme\u00f3 un hombro, jam\u00e1s sinti\u00f3 tanta confianza por un hombre. Quiso dec\u00edrselo, pero prefiri\u00f3 callar y ofrecerle chim\u00f3.<\/p>\n\n\n\n<p>El r\u00edo aparece ante \u00e9l m\u00e1s imponente que nunca y se zambulle. Nada por debajo del agua poco menos de un minuto y, al salir, se deja arrastrar con la certeza de haberse librado, por ahora, de las garras de Pedraza.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero no es as\u00ed, nunca lleg\u00f3 a ver el r\u00edo m\u00e1s que en ese \u00faltimo delirio. Oye los pasos de los caballos que casi le caen encima, y gritos, maldiciones y amenazas. Un disparo en la espalda lo hab\u00eda derribado y ahora yace sobre su sangre. Abre los ojos y ve a Pedraza, con esos bigotes espesos, mir\u00e1ndole desde arriba. Vuelve a cerrarlos, no por miedo, sino queriendo llevarse una \u00faltima imagen de Calistra, no de ese hombre a quien tanto odia.<\/p>\n\n\n\n<p>Est\u00e1n en la hamaca, desnudos, y ella le acaricia el rostro con su mano olorosa a ajo. Luego, en la puerta, los despide a \u00e9l y a su nieto bes\u00e1ndoles en la frente. Cuando los trag\u00f3 la llanura, la negra volvi\u00f3 a su rancho, el sol se torn\u00f3 p\u00farpura por el cielo del oeste y el silencio de la sabana fue rasgado por un disparo que alborot\u00f3 el descanso de los animales.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Zapata<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Dos ni\u00f1os le saludan desde el rancho que emerge en el horizonte, de s\u00fabito, luego de recorrer un largo camino bordeado de fincas, donde las m\u00e1quinas cosechadoras parec\u00edan animales trag\u00e1ndose la llanura. Numas enciende un cigarro y sigue mirando el retrovisor. Imagina que dentro del rancho una mujer cocina sus penas para darles de comer. Los ni\u00f1os siguen saludando, sonrientes, distorsionados por el vapor de la carretera.<\/p>\n\n\n\n<p>Conduce al botiqu\u00edn de la Colombiana a encontrarse con Zapata, a quien entrevista para investigar \u201cen torno a las luchas campesinas, al sicariato orquestado desde el latifundio y la toma forzosa de tierras que llevan adelante los pobladores\u201d, tal como hab\u00eda escrito en su libreta de notas. Si Zapata sigue creciendo, se dice Numas, ser\u00e1 el eje de la novela. \u201cPersonaje m\u00edtico, heroico, que cuando ni\u00f1o fue mensajero de las guerrillas de Gabald\u00f3n, y que sin haber pasado del quinto grado conoce de teor\u00eda econ\u00f3mica porque se form\u00f3 con los comunistas. Sembrador de ca\u00f1a y conciencia. Zapata sabe que para levantar al pueblo es necesario politizarlo, de lo contrario ser\u00e1n arrastrados por el odio puro y esa emoci\u00f3n, sin conciencia, es destructiva\u201d. As\u00ed se lo hab\u00eda dicho en su primer encuentro y este, admirado por su lucidez, tomaba nota, seguro de que escribir\u00eda una pieza cautivante.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando ven\u00eda hacia m\u00ed se ve\u00eda tan peque\u00f1o en medio de la llanura que puse en duda lo de sus luchas. Quise detallarle el rostro pero estaba a contraluz. La camisa se le agitaba en el cuerpo con la cadencia de una bandera. Detuvo el paso, e incrust\u00f3 la mirada donde se<\/p>\n\n\n\n<p>funden cielo y planicie. M\u00e1s tarde, cuando me habl\u00f3 de la urgencia de organizar las Milicias Campesinas pa\u2019 que no nos jodan m\u00e1s, me cruc\u00e9 con la misma mirada con la que interrog\u00f3 a la llanura minutos antes. All\u00ed repar\u00e9 en su tama\u00f1o, alto y huesudo; el \u00e1gil movimiento de sus manos contradec\u00eda su aparente edad. Nos citamos en el rancho de Calistra, luego que me comentaran sobre el tal Zapata que hab\u00eda enfrentado a un terrateniente, y yo, que ando tras la pista de las luchas campesinas, lo contact\u00e9 para conversar.<\/p>\n\n\n\n<p>Ahora volv\u00eda a su encuentro y Zapata le contar\u00eda alguna an\u00e9cdota emocionante; como aquella de cuando unos helic\u00f3pteros de la Guardia Nacional le atormentaron durante meses, sobrevolando su casa, por apoyar el movimiento rebelde que se escond\u00eda en el monte. O aquella otra, que los divert\u00eda mucho, de cuando \u00e9l y El\u00edas organizaron a los corteros para exigir mejor sueldo.<\/p>\n\n\n\n<p>El caso es que pensaban emprender una huelga la madrugada que iniciaba la zafra. El\u00edas y Rufino se encargar\u00edan de la adquisici\u00f3n de armas por si al patr\u00f3n se le ocurr\u00eda sofocarlos con matones. En eso estaban la noche anterior, buscando escopetas y chopos, gasolina y machetes. Se ver\u00edan a las cuatro de la ma\u00f1ana, sembrad\u00edo adentro, justo en el lugar donde el capataz les dar\u00eda las instrucciones. Zapata y Calistra coordinaban la b\u00fasqueda de enlatados, harina de ma\u00edz, papel\u00f3n y pescado seco. Ten\u00edan semanas prepar\u00e1ndose y Zapata dizque: \u201cEstamos juntos en esto, si alguno se raja, nos jodemos todos\u201d<em>. <\/em>Y los compa\u00f1eros atentos, con aquella convicci\u00f3n endureciendo sus rostros. Al filo de las tres y cincuenta, cuando lleg\u00f3, consigui\u00f3 que los hombres empinaban un c\u00e1ntaro de aguardiente y en sus ojos enrojecidos la ant\u00edtesis de la convicci\u00f3n que profirieron ayer. Quiso persuadirlos de actuar, \u201cporque ya basta de trabajarle a este cabr\u00f3n y nuestros carajitos muri\u00e9ndose de hambre\u201d<em>. <\/em>A lo que uno de ellos respondi\u00f3: \u201cDe hambre se van a mor\u00ed si no nos ponemos a trabaj\u00e1\u201d. Y en eso llegaba El\u00edas, con las armas encontradas. \u2014Borrachos de mierda \u2014dijo apuntando con su escopeta. Y como todos le conoc\u00edan, se escabulleron sabana adentro.<\/p>\n\n\n\n<p>Mire, Numas, este pueblo es v\u00edctima de la ignorancia y la sumisi\u00f3n; nos condenaron por tantos a\u00f1os que ya no somos ni agricultores: \u00a1Esclavos! \u00a1Mano de obra! \u00a1M\u00e1quinas en busca de pan! Nos convirtieron en bestias.<\/p>\n\n\n\n<p>La carretera se extiende ante Numas, tan larga y recta que se le figura como la historia misma de los campesinos: inalterable, confinada a un destino que se vislumbra al final, diminuto, pero que se aleja en la misma medida en la que se avanza hacia \u00e9l. La brisa caliente le golpea el rostro y el sudor le empapa la camisa por debajo de las axilas. La silueta de una mujer se le dibuja en el horizonte, a orillas de la carretera, caminando bajo un sol que evapora su figura. Numas detiene el veh\u00edculo. La mujer, o dicho con m\u00e1s precisi\u00f3n, la ni\u00f1a amujerada, le mira con rostro plano, como ausente de esperanza, alegr\u00eda o sufrimiento.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Mi hija se est\u00e1 muriendo \u2014le dice, esbozando las palabras, y aprieta a la ni\u00f1a contra su pecho. Numas baja del autom\u00f3vil y le abre la puerta. Hace que le indique d\u00f3nde llevarla y conduce veloz. No se le ocurre qu\u00e9 decir; va tan callada la mujer y sus ojos, fijos en el horizonte, parecen ignorar todo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfY qu\u00e9 tiene la ni\u00f1a?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Maldiojo\u2026 tiene tres d\u00edas llorando.<\/p>\n\n\n\n<p>Numas aprieta el volante para drenar la impotencia. Imagina que a la ni\u00f1a la aqueja un dolor, una colitis quiz\u00e1s, y le parece injusto que a\u00fan se sufra de esa manera. Cuando ella le pidi\u00f3 que la dejara en la entrada de un caser\u00edo, \u00e9l insisti\u00f3 en llevarla al m\u00e9dico, pero la mujer dijo algo referente a una se\u00f1ora que cura el maldiojo gratis. Y como la ni\u00f1a ni se<\/p>\n\n\n\n<p>mov\u00eda, se resign\u00f3 ensimismado.<\/p>\n\n\n\n<p>As\u00ed se lo cont\u00f3 a Zapata en el botiqu\u00edn de la Colombiana, acodado en la mesa pl\u00e1stica con los ojos fijos en la botella.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014En estas tierras, la muerte de todo el mundo lleva el nombre de Pedraza.<\/p>\n\n\n\n<p>Mastica una rama seca y, luego de escupir en el suelo, me dice que no se trata de una reforma, ni de plata, ni de leyes; hay que devolverle la moral a la gente, acompa\u00f1arla, porque en el campo uno est\u00e1 muy solo. Cuando est\u00e1bamos en plena lucha me visitaron dos tipos, que por sus pintas eran sicarios. Pedraza mandaba a decirme que me quedara tranquilo\u2026 y me daba veinte millones m\u00e1s quince hect\u00e1reas de ca\u00f1a.<\/p>\n\n\n\n<p>M\u00edrate, Numas, ingenuo, pensar que con tu novela apoyar\u00edas a esta gente. Tan in\u00fatil es (enciende un cigarro y mira a trav\u00e9s de la ventana los ranchos cubiertos por el velo rojizo del atardecer) que los poderosos a quienes pondr\u00e1s en el centro de la denuncia no se ver\u00e1n afectados\u2026 porque una novela es inofensiva, divertimento de ociosos. En todo caso<\/p>\n\n\n\n<p>lo haces por el deseo de abrirte paso, a codazos, levant\u00e1ndote sobre las espaldas de este campo y sus miserias. Adm\u00edtelo, Numas (se sigue diciendo mientras empina la cerveza y Zapata lo mira con ternura) perteneces a una clase que no aporta nada a la humanidad, esa que peca por omisi\u00f3n y se arrastra por sumisi\u00f3n. Mientras escribes esta novela, a otras ni\u00f1as se las lleva el maldiojo y quiz\u00e1 un terrateniente espera a que la termines para editarla de lujo. Adm\u00edtelo, Numas\u2026 est\u00e1s cultivando la desgracia ajena.<\/p>\n\n\n\n<p>Zapata me estrecha la mano y se despide. A medida que avanza con la l\u00ednea del horizonte crece en m\u00ed la sensaci\u00f3n de no haber comprendido la verdad de sus palabras, y m\u00e1s a\u00fan, de sus silencios. La forma como me mir\u00f3 cuando ya estaba por irse, entre compasiva e interrogante, me dej\u00f3 descolocado.<strong>&nbsp;<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Calistra<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Hab\u00eda tanto calor que el techo de zinc cruj\u00eda como si lloviera. M\u00e1s all\u00e1 de la ventana, la noche cobija todo. Calistra cierra la <em>Biblia <\/em>y recogiendo su larga melena se recuesta a descansar.<\/p>\n\n\n\n<p>Temprano, cuando vio pasar los camiones repletos de militares, se le derram\u00f3 la sal. Quiz\u00e1 ven\u00edan por ella, la \u00fanica que se opuso a abandonar su parcela, pero siguieron de largo y con ellos su sospecha. La cobija ya est\u00e1 mojada y Calistra se despierta. Tambi\u00e9n la bata est\u00e1 h\u00fameda y su cuello sofocado. Afina la vista y, a trav\u00e9s de la ventana, busca la monta\u00f1a que se impone m\u00e1s all\u00e1. Se persigna varias veces murmurando bendiciones. Le hab\u00eda prometido a Josu\u00e9, su hijo, que esperar\u00eda por \u00e9l, aquella noche cuando apareci\u00f3 con la pierna ensangrentada. Estaba tan barbudo y flaco que Calistra se asust\u00f3 antes de reconocerlo. Llov\u00eda recio, apenas le conoci\u00f3 por esa mirada suya, filosa, la misma que se hab\u00eda apagado en el rostro de su nieto cuando lo ceg\u00f3 la muerte. Apenas hablaron en una hora, suficiente para consolarse con la p\u00e9rdida del ni\u00f1o. A\u00fan as\u00ed deb\u00eda huir. \u201cHaga lo suyo que yo lo espero\u201d, y encomend\u00e1ndolo a Dios le vio desaparecer bajo el aguacero, el \u00faltimo que recuerda haya mojado estas tierras.<\/p>\n\n\n\n<p>El d\u00eda anterior vio desfilar familias que vendieron sus conucos. Caminaban encorvados, como si llevaran a cuestas la tragedia del verano. El calor los emborronaba en la l\u00ednea del horizonte. En doce a\u00f1os no vio una sabana tan seca; los \u00fanicos espacios que verdean por la zona pertenecen a finqueros. A ellos vendieron todo, pero Calistra se niega, jam\u00e1s huir\u00eda otra vez\u2026 y viene a su mente el recuerdo de cuando huy\u00f3 de aquel rancho de la mano de su madre: No hubo tiempo de salvar nada, ni siquiera a sus hermanos que dorm\u00edan en la troja. El fuego fue tan de pronto que apenas pudo salir. La imagen de su mam\u00e1 bati\u00e9ndose contra el piso mientras ard\u00eda la guadua, se le clav\u00f3 en la memoria. Al tercer d\u00eda de caminar, subiendo monta\u00f1as, cruzando ca\u00f1os, llegaron a un caser\u00edo donde empezaron de nuevo\u2026 y de nuevo se marcharon para volverse a marchar; siempre huyendo, siempre andando. Calistra recuerda c\u00f3mo el rostro de su madre se surcaba en cada huida.<\/p>\n\n\n\n<p>Ella lo sabe, van por ellos, sobre todo por Josu\u00e9, revoltoso y altanero, desde aquella madrugada en la que con ella y Zapata incendiaran los potreros de la finca de Pedraza: Se ven\u00edan organizando para enfrentar al patr\u00f3n y recuperar las tierras que antes fueran de sus padres. Pero estaban tan rabiosos y sin armas que en cosa de horas los sofocaron. Muchos murieron en la carrera, pero ellos huyeron en su canoa, silenciosos, rasgando la oscuridad del r\u00edo. Calistra no quitaba la vista de las manos de Josu\u00e9, quien apretaba los dedos como empu\u00f1ando una rabia; la misma que d\u00edas despu\u00e9s llevar\u00eda en la mirada cuando se fue a combatir con los hombres de Argimiro.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Vaya con Dios, mijo \u2014le dijo Calistra en la puerta del rancho cuando ya Josu\u00e9 se iba. Yo le cuidar\u00e9 al muchacho \u2014y dibuj\u00f3 una cruz en el aire murmurando una oraci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Oye la voz de su madre aconsej\u00e1ndole irse, pero Calistra no huye, ya no volver\u00eda a huir. A veinte metros de la corteza agrietada abunda el agua en sus tierras, y cuando vuelva Josu\u00e9 cultivar\u00e1n el conuco con aj\u00edes y cebollas; las aves regresar\u00e1n y de nuevo las gallinas, los marranos y los perros. Las muertes de El\u00edas y el nieto no pod\u00edan ser en vano, abandonar la parcela era matarlos de nuevo; si sus cuerpos se hicieron abono para este campo reseco, ella lo har\u00eda tambi\u00e9n.<\/p>\n\n\n\n<p>Cierra los ojos Calistra y vuelve sobre ella misma ba\u00f1\u00e1ndose en la quebrada. Su mam\u00e1 lava la ropa encorvada en una piedra, y ella brilla bajo la luz, mojada, temblando de fr\u00edo cuando la brisa de la monta\u00f1a desciende y arrasa todo, alzando por los aires las s\u00e1banas blancas. Calistra intenta ayudar a su madre, pero est\u00e1 petrificada. Camisas, medias y pa\u00f1os se levantan por los aires, los p\u00e1jaros huyen, el cielo baja. Ya no hay madre de Calistra, qued\u00f3 sola ah\u00ed en el ca\u00f1o, con un fr\u00edo tan intenso que le arruga los deditos.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando oy\u00f3 el sonido de las ramas secas crujiendo bajo las botas vino a Calistra el recuerdo de la sal que derram\u00f3 y el cami\u00f3n de militares. Se sienta a orilla del catre y vuelve a coger la <em>Biblia: <\/em>\u201c\u00c9l te librar\u00e1 del lazo del cazador&#8230;\u201d. Mira las monta\u00f1as a trav\u00e9s de la ventana. \u201cNo temer\u00e1s espanto nocturno\u2026\u201d. El crujir de las ramas es m\u00e1s n\u00edtido y cercano. \u201cNi pestilencia que acecha en la oscuridad\u2026\u201d. Una bola de fuego atraviesa la ventana. \u201cCaer\u00e1n a tu lado mil\u2026\u201d. El rancho de guaduas arde \u201c&#8230; mas a ti no alcanzar\u00e1&#8230;\u201d. Calistra vuelve a acostarse abrazando al nieto y a El\u00edas.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Rufino<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Apenas Carmen le dijo al o\u00eddo que hab\u00eda llegado Pedraza, al negro Rufino le viene a la mente la sentencia de su esposa. Se le enchumban las axilas de puro miedo. No tanto de que lo maten, sino eso de morir sabiendo que pronto ser\u00eda padre. Sorbe la cerveza de un solo trago y busca en la mirada de Carmen una se\u00f1al para huir: alguna puerta trasera, una ventana al costado; pero ella le mira con l\u00e1stima, como se mira a un enfermo. Si le ayudara a escapar se lo cobrar\u00edan caro, y eso Rufino lo sabe.<\/p>\n\n\n\n<p>Por eso su esposa llor\u00f3 cuando le cont\u00f3 lo de la revuelta con los corteros de ca\u00f1a: Era viernes por la noche y el sudor de los jornaleros se hab\u00eda secado en sus ropas. Hac\u00eda tres semanas que no cobraban y el patr\u00f3n pasaba de un lado a otro, gritando. Los corteros esperaban en cuclillas, mascando chim\u00f3, con la barbilla apoyada en el mango de sus machetes. La brisa caliente se confund\u00eda con el humo de los camiones, que sal\u00edan al central, repletos de ca\u00f1a reci\u00e9n cortada. Nadie hablaba, pero en todos era com\u00fan el rencor y la impotencia. De s\u00fabito, el negro Rufino grit\u00f3: \u201cLe corto el cuello si no nos paga\u201d, y entr\u00f3 a la oficina del jefe, respirando como fiera. Detr\u00e1s de \u00e9l se fue el resto, y el patr\u00f3n, arrodillado, accedi\u00f3 a pagar la deuda mientras chupaba sus mocos.<\/p>\n\n\n\n<p>\u201cEsa gente no perdona\u201d, gem\u00eda ella en su regazo; y a \u00e9l le parec\u00eda absurdo que mereciera perd\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>El botiqu\u00edn est\u00e1 repleto de hombres que reci\u00e9n salen de sus trabajos; algunos abandonados a la m\u00fasica ranchera, otros jugando dados. Pedraza ha tomado mesa con los dos tipos que le acompa\u00f1an, y todos saben a qu\u00e9 ha venido.<\/p>\n\n\n\n<p>Rufino, recostado en la barra, contin\u00faa su cerveza como burlando a la muerte, con esa postura arrogante que tanto enardece a Pedraza. Carmen sube el volumen al equipo de sonido y los hombres alzan sus vasos, aplauden, silban, se abrazan.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Anda Rufino, corre! \u2014le dice Carmen, se\u00f1al\u00e1ndole la puerta que lleva al ca\u00f1averal.<\/p>\n\n\n\n<p>El negro se lanza sabana adentro, corriendo agachado, con los brazos en el rostro para evitar el golpe de las hojas secas. Cuando oy\u00f3 los gritos de Pedraza y sus matones, decidi\u00f3 parar y acostarse en una zanja, como esos animales que se camuflan en la naturaleza logrando enga\u00f1ar al depredador. Toma aire y se relaja, sabe que si se confunde con la tierra seca, como un mont\u00f3n de terrones, su buscador seguir\u00e1 de largo, inyectado de odio, con la figura de su cad\u00e1ver en los p\u00e1rpados. Cierra los ojos y ve a Rosario, su ni\u00f1a muerta. No entiende por qu\u00e9 de ella tan solo guarda esa fea imagen: acostada en la mesa de la cocina, con los ojos abiertos por unos f\u00f3sforos, o en la caja de guadua que el compadre le hizo para el entierro. Rufino intenta recordar la sonrisa de Rosario, su mirada viva, pero no. Hasta aquella imagen de ella guindada en la teta de su mam\u00e1, mientras lo ve\u00eda a \u00e9l, se hab\u00eda borrado desde que el maldiojo se la llev\u00f3.<\/p>\n\n\n\n<p>El jadeo de Pedraza se oye cerca y lo imagina empu\u00f1ando el arma, temeroso pero altivo, motivado por la rabia que le provoca la humillaci\u00f3n infringida por Rufino; a \u00e9l, due\u00f1o de las tierras, los r\u00edos, la vida y la muerte. En eso recuerda a Zapata, aquel que de cuando en cuando se reun\u00eda con los jornaleros para hablarles de injusticias; el mismo que, seg\u00fan se dice, estaba organizando otro movimiento armado para lanzarse contra el patr\u00f3n. Le viene a la mente porque una vez, en el botiqu\u00edn de la Colombiana, Zapata le dijo:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014En este monte, toda tragedia se llama Pedraza. La muerte de tu Rosario, la del nieto de Calistra&#8230; toda desgracia es \u00e9l; la sequ\u00eda, el miedo, ac\u00e1 lo malo lleva su nombre. Mi muerte, la muerte de la tierra y la de todos, est\u00e1n inscritas en \u00e9l.<\/p>\n\n\n\n<p>En eso se levanta y de perseguido se hace perseguidor. Sabe que ese jadeo ronco es del hombre que mat\u00f3 a su hija. \u201cNo te rindas, Cruz Pedraza\u201d, se dice Rufino con la noche entera desbord\u00e1ndole los ojos, \u201cb\u00fascame en el pajonal, detr\u00e1s de una piedra, en las zanjas de riego\u201d. Se desliza como un puma; la sombra de su presa atraviesa la l\u00ednea de ca\u00f1a que tiene enfrente y podr\u00eda jurar que le vio rezando. El cuerpo de Rufino se hace el\u00e1stico y silencioso, su coraz\u00f3n se detiene y le brinca encima como una fiera; incluso le muerde el cuello desgaj\u00e1ndole un pedazo. Pedraza cae boca abajo, Rufino le toma por el cabello y golpea su rostro en el suelo. Cuando logr\u00f3 quitarle la escopeta, se levant\u00f3 y le dio chance para que hiciera lo mismo; no lo matar\u00eda de esa manera, quer\u00eda verle los ojos antes de apretar el gatillo y hacerle entender que estaba vengando a El\u00edas, a Rosario y a Calistra. El rostro de su esposa se repliega en su mente. Prefiere dejarla sola pero libre de Pedraza. Fue lo \u00faltimo que pens\u00f3, luego que una detonaci\u00f3n le alcanzara por la espalda.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/juan-manuel-parada\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n\n\n\n<h6 class=\"wp-block-heading\">*Publicados en: http:\/\/juanmanuelparada.blogspot.com<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Juan Manuel Parada El\u00edas Las ramas de pl\u00e1tano le golpean el rostro y los bejucos enmara\u00f1ados le van rasgando la piel. Corre en direcci\u00f3n al r\u00edo; si Pedraza lo cogiera ahora, le revienta la cabeza. El ladrido de los perros, la algarab\u00eda de los hombres y el trote de los caballos le llegan a los [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":6,"featured_media":12613,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_monsterinsights_skip_tracking":false,"_monsterinsights_sitenote_active":false,"_monsterinsights_sitenote_note":"","_monsterinsights_sitenote_category":0,"footnotes":""},"categories":[16],"tags":[],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/12612"}],"collection":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/users\/6"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=12612"}],"version-history":[{"count":4,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/12612\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":12622,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/12612\/revisions\/12622"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media\/12613"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=12612"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=12612"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=12612"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}