{"id":12576,"date":"2024-08-02T19:20:12","date_gmt":"2024-08-02T19:20:12","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=12576"},"modified":"2025-02-11T13:40:10","modified_gmt":"2025-02-11T18:10:10","slug":"cuentos-de-rafael-simon-hurtado","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/cuentos-de-rafael-simon-hurtado\/","title":{"rendered":"Cuentos de Rafael Sim\u00f3n Hurtado"},"content":{"rendered":"\n<h3 class=\"wp-block-heading\">La toalla<\/h3>\n\n\n\n<p>\u00c9ramos diez: Mi madre, mi abuela, tres t\u00edas y cinco hijas; viudas y hu\u00e9rfanas de una luz masculina; padre, t\u00edo, hermano o pretendiente, que interrumpiera nuestra tristeza cotidiana. \u00c9ramos diez, que de tan pobres, compart\u00edamos una sola toalla para secarnos el cuerpo despu\u00e9s de ba\u00f1arnos.<\/p>\n\n\n\n<p>Luego de la ducha, -un eufemismo para referirnos al agua vertida en el cuerpo con una taza-, cada una tomaba el pa\u00f1o colgado en el tendedero del patio y repet\u00eda el ceremonial diario sin pensar, entonces, en las inconveniencias higi\u00e9nicas de aquel acto.<\/p>\n\n\n\n<p>Muchas veces vi a mi madre secarse los pies, sonarse la nariz, o toser y estornudar sobre el tejido; y a mi abuela, frotarse las axilas y secarse las arrugas de la cara.<\/p>\n\n\n\n<p>Con naturalidad mis t\u00edas se frotaban las piernas y las nalgas, y mis hermanas y yo, tall\u00e1bamos nuestros cuerpos hasta empapar la toalla con la turgencia de nuestras pieles.<\/p>\n\n\n\n<p>De tanto usarla, el trozo de trapo hab\u00eda perdido la intensidad del color azul que trajo cuando nueva, as\u00ed como la perfecci\u00f3n del rect\u00e1ngulo de cuyos bordes se desprend\u00edan las hebras por el desgaste. Se hab\u00eda vuelto tan delgada, que, tendida al sol, pod\u00eda dejar ver el otro lado del mundo.<\/p>\n\n\n\n<p>A nadie se le ocurri\u00f3 pensar que la pr\u00e1ctica de enjugarse, enseguida del ba\u00f1o, requer\u00eda del lavado frecuente del pa\u00f1o; por el contrario, la familia, sin detenerse a olerla siquiera, colgaba y descolgaba la tela, dando por sentado que la higiene familiar no era un hecho individual, sino la emanaci\u00f3n colectiva de un olor com\u00fan.<\/p>\n\n\n\n<p>Mi abuela, por ejemplo, le estampaba el indicio de los trastos guardados en un rinc\u00f3n de la casa; mi madre, la marcaba con los humores alterados de sus cambios hormonales; mis t\u00edas, la impregnaban con la fragancia de sus cuerpos v\u00edrgenes, y mis hermanas y yo, -en edad de merecer-, la unt\u00e1bamos, seg\u00fan fuera, con el perfume o el hedor de los objetos que toc\u00e1bamos.<\/p>\n\n\n\n<p>La toalla se hab\u00eda convertido en un mecanismo de exfoliaci\u00f3n que absorb\u00eda millones de c\u00e9lulas desprendidas de la piel reblandecida por el agua.<\/p>\n\n\n\n<p>Un d\u00eda pregunt\u00e9 a la abuela, sin pudor ni prudencia, qu\u00e9 era ese olor que expel\u00eda la toalla despu\u00e9s que ella se ba\u00f1aba, -diferente al de mi madre o al de mis t\u00edas o al de mis hermanas-.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u201c\u00bfQu\u00e9 olor?\u201d, -me replic\u00f3 ella, fingiendo extra\u00f1eza-. \u201cEse olor, \u00e1cido y amargo, de jab\u00f3n azul y medicinas\u201d, &#8211; le contest\u00e9. Ella, sin molestarse siquiera, me respondi\u00f3 con naturalidad que era el \u201color de los cuerpos que se desgastan\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p>La ma\u00f1ana que enigm\u00e1ticamente la toalla desapareci\u00f3 del tendedero, ning\u00fan miembro de la familia pudo moverse de casa.<\/p>\n\n\n\n<p>En las primeras horas, mi madre no hizo otra cosa que vociferar contrariada por no poder ba\u00f1arse. Corr\u00eda de un lado a otro, acicateando a sus hermanas para que buscaran la toalla.<\/p>\n\n\n\n<p>Mi abuela, sentada en un rinc\u00f3n, me achacaba con su mirada el extrav\u00edo, como si sospechara de las m\u00e1culas en mi vestido. Y mis hermanas, mir\u00e1ndose unas a otras, parec\u00edan aguardar con temor, la bofetada de un reproche o la mortificaci\u00f3n de un castigo.<\/p>\n\n\n\n<p>Nadie advirti\u00f3 que en el fondo del patio, enterrada en un hueco h\u00famedo, palpitaban los restos de una masa circular, oscura, sanguinolenta y trasl\u00facida, que la toalla envolv\u00eda. Ya no entraba aire en sus pulmones, y la sangre impregnaba el misterio de un diminuto cuerpo con un perfume adormecedor.<\/p>\n\n\n\n<p>AHORA CUELGA EN EL TENDEDERO UNA TOALLA NUEVA, una sarga de algod\u00f3n de trama resistente, y urdimbre suave y sensible. La hemos comprado de un verde s\u00f3lido, permeable al aire y tambi\u00e9n al agua; espesa y tenaz al contacto, y testaruda a las temperaturas. La hemos escogido afanosa, vehemente, para que ondee nuevamente como una bandera ambiciosa de nuevos amor\u00edos e infidelidades.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\">Prueba de esfuerzo<\/h3>\n\n\n\n<p>Luego del robo, el muchacho ech\u00f3 a correr con furia. Con todo el \u00edmpetu del que fue capaz, y llev\u00e1ndose por delante al colector de la unidad y a un pasajero, cuando baj\u00f3 del transporte p\u00fablico de un salto hacia a la calle, corri\u00f3 con desesperaci\u00f3n, cargando consigo el bot\u00edn.<\/p>\n\n\n\n<p>Al iniciar la huida, no repar\u00f3 en la mujer del grito, ni en el hombre tumbado por la fuerza de su envite cuando tom\u00f3 rumbo al callej\u00f3n. En su carrera desesperada, no advirti\u00f3 al polic\u00eda en la esquina que iniciaba la persecuci\u00f3n, y que tras el primer impulso se llev\u00f3 con su cuerpo los tarantines del mercado.<\/p>\n\n\n\n<p>No se percat\u00f3 de los comederos ni de los bebederos llenos de gente; ni de la coreograf\u00eda de malabaristas y saltimbanquis alrededor de los sem\u00e1foros; no vio el gesto de santiguaci\u00f3n de los paseantes a su paso frente al templo; ni los cuerpos frot\u00e1ndose ansiosos en las salidas del Metro.<\/p>\n\n\n\n<p>No sinti\u00f3 los olores ni los vapores que sal\u00edan como buches de los talleres mec\u00e1nicos, pues en su loca carrera, luego de la rater\u00eda, en lo \u00fanico en que pensaba era en la promesa del trofeo que conten\u00eda la cartera del hombre al que hab\u00eda robado.<\/p>\n\n\n\n<p>Corr\u00eda, y el cuerpo le palpitaba como un tambor furioso. Daba grandes zancadas como si fuese perseguido por la ola de un mar escapado de su playa.<\/p>\n\n\n\n<p>Comenz\u00f3 a sentir temblores, a faltarle el aliento; pero saberse cazado, ahora, por un contingente de polic\u00edas, no le permit\u00eda darse por vencido.<\/p>\n\n\n\n<p>En un esfuerzo por superar los latidos de su coraz\u00f3n que retumbaban hasta sus o\u00eddos, salt\u00f3 por encima de una pared que cercaba un predio vac\u00edo; lo cruz\u00f3, raudo, entre malezas y escombros; salt\u00f3 otra, que lo deposit\u00f3 en unas calles acorraladas de ranchos, hasta desembocar en las riberas de un r\u00edo, bajo cuyo puente, las aguas flu\u00edan extenuadas.<\/p>\n\n\n\n<p>Aunque la ca\u00edda al cauce fue dura, y se dobleg\u00f3 el tobillo izquierdo, el caudal aminor\u00f3 el impacto. Despu\u00e9s de sobreponerse, se levant\u00f3. Mir\u00f3 hacia atr\u00e1s, oy\u00f3 el ulular de sirenas, y se pens\u00f3 v\u00edctima de una cacer\u00eda humana. Mir\u00f3 hacia adelante, y vio el r\u00edo embaulado como un t\u00fanel, pero sin luz al final; y como el atleta que aguarda en la l\u00ednea de salida, despu\u00e9s de escuchar los disparos, volvi\u00f3 a correr.<\/p>\n\n\n\n<p>A correr, saltando obst\u00e1culos. Tropezando muebles, colchones y neveras, que flotaban en el hilo pringoso del r\u00edo. La hedentina a perro muerto humillaba, a\u00fan m\u00e1s, la respiraci\u00f3n de la huida.<\/p>\n\n\n\n<p>Dej\u00f3 de o\u00edr. Un zumbido pobl\u00f3 sus t\u00edmpanos. Perdi\u00f3 la visi\u00f3n perif\u00e9rica, y era como llevar unas gr\u00edngolas sordas que lo obligaban a mirar s\u00f3lo hacia adelante.<\/p>\n\n\n\n<p>De pronto se sinti\u00f3 fuera de la realidad. En los m\u00e1rgenes de la cuenca comenz\u00f3 a ver a gente que le aplaud\u00eda o lo aupaba. Sonaba el griter\u00edo, y desde las depresiones de aquellas orillas, resonaban los ecos de los c\u00e1nticos ceremoniales del antiguo juego de carreras, bajo el flamear de las banderas, el estruendo de los cohetes y el tronar de los tambores. Unos gritaban: \u00a1Atrapen al ladr\u00f3n!, y otros: \u00a1Maten al hijo de puta!<\/p>\n\n\n\n<p>Corr\u00eda, corr\u00eda, corr\u00eda, e invocaba a la Virgen de los Choros con sus plegarias. Se acordaba de su madre y de su hermana, y mientras tragaba gruesa la saliva del temblor, un dolor seco se le acomod\u00f3 en el pecho.<\/p>\n\n\n\n<p>Sobre el carril de agua cayeron las sombras vac\u00edas de la tarde. En las gradas de cemento del r\u00edo embaulado, ardieron aqu\u00ed y all\u00e1 algunas hogueras para mantener el cuerpo iluminado. Un infarto agudo al miocardio, le lleg\u00f3 como una jabalina al centro del pecho. No pudo llegar a la meta. Su cuerpo de muchacho ladr\u00f3n cay\u00f3 triste en el ata\u00fad del r\u00edo.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/rafael-simon-hurtado\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La toalla \u00c9ramos diez: Mi madre, mi abuela, tres t\u00edas y cinco hijas; viudas y hu\u00e9rfanas de una luz masculina; padre, t\u00edo, hermano o pretendiente, que interrumpiera nuestra tristeza cotidiana. \u00c9ramos diez, que de tan pobres, compart\u00edamos una sola toalla para secarnos el cuerpo despu\u00e9s de ba\u00f1arnos. 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