{"id":12449,"date":"2024-07-24T21:14:46","date_gmt":"2024-07-24T21:14:46","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=12449"},"modified":"2024-07-25T21:41:05","modified_gmt":"2024-07-25T21:41:05","slug":"genesis-de-venezuela-heroica","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/genesis-de-venezuela-heroica\/","title":{"rendered":"G\u00e9nesis de \u00abVenezuela heroica\u00bb"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Santiago Key Ayala<\/h4>\n\n\n\n<p>En 1875 aparecieron los primeros ensayos literarios de Blanco. Los a\u00f1os siguientes vieron la aparici\u00f3n en <em>La tertulia <\/em>los primeros \u201ccuadros hist\u00f3ricos\u201d. En 1881, los cuadros, transformados, unieron sus notas en una sinfon\u00eda ilustre. Y fue <em>Venezuela heroica<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p>T\u00edtulo sonoro, hecho para pronunciarse con la boca llena de la grandeza de las palabras. Condensaba el contenido; sonaba a marcha triunfal, a \u00abcortejo de paladines\u00bb, y se populariz\u00f3 r\u00e1pidamente. Lleg\u00f3 a conquistar el alma de las multitudes. Se hizo proverbial. Cuando se habla de algo que desborda la realidad, que sacude y estremece de entusiasmo hidalgu\u00edas, noblezas, sacrificios, capaces de estirar hasta el l\u00edmite de resistencia la fibra humana y se est\u00e1 ya entre el pasmo y la duda, se dice sencillamente: \u00abEso es Venezuela heroica\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Bajo el t\u00edtulo, como bajo una bandera, cuadros de luz, donde chocan voluntades con voluntades al fuego de un sol incendiario, en medio a la naturaleza primitiva, corno las almas de las masas combatientes, en valles estrechos o en la pampa sin vallados. Son cuadros, grandes lienzos, donde el autor pinta con tal energ\u00eda fogosa, que asistimos a la batalla, no corno espectadores indiferentes, sino corno part\u00edcipes interesados en el dolor del desastre y en la honda emoci\u00f3n de la victoria. Porque en todos ellos se triunfa al fin, aun cuando sea al precio de angustias y de invaluables sacrificios. Blanco no pinta la derrota, que significar\u00eda la inutilidad del esfuerzo, ni la victoria f\u00e1cil, que valdr\u00eda por premio no merecido, sino el \u00e9xito conquistado por las virtudes viriles de la inteligencia, el valor, la constancia. Los cobardes y los d\u00e9biles no caben en su elogio. Aquella generaci\u00f3n robusta que combati\u00f3 por Espa\u00f1a y contra Espa\u00f1a en tierra de Am\u00e9rica y demostr\u00f3 tan formidable reserva de energ\u00edas para la obra de la voluntad, le provee de momentos est\u00e9ticos admirables. El deber, la pasi\u00f3n, el santo orgullo, la subliman, y el autor, sigui\u00e9ndola de cerca, y el lector, arrastrado por el narrador, confunden sus almas en un soplo de fe, de orgullo y de entusiasmo: Venezuela heroica.<\/p>\n\n\n\n<p>Todo ello es historia, pintada con fuego, cantada con br\u00edo, \u00a1pero historia al fin! Blanco no inventa: pinta lo que ve. Pero lo que ve, al pasar por su alma se incendia de s\u00fabito y arde en la pintura como una antorcha, y luz de antorcha anima a los hombres y los hechos. A noventa grados de la historia fr\u00eda aqu\u00ed se siente el fuego tropical de un ardor generoso. Su inter\u00e9s por lo que pasa ante su vista no es el del bot\u00e1nico apacible que estudia la respiraci\u00f3n de las hojas, ni el del zo\u00f3logo que sigue en paz el desarrollo de un combate de hormigas. Los que all\u00ed se chocan no son ra\u00edces de plantas, ni tenacillas de insectos, sino ideales de pueblos y pasiones de hombres. Son adem\u00e1s su raza, su pueblo, esos que saben rendir la vida y rendirla con tanta gracia. La raza es pr\u00f3diga de gestos caballerescos y el alma caballeresca de Blanco se complace en la gallard\u00eda de los retos y en la prestancia de los paladines. Su visi\u00f3n es la heroica; su vocabulario, el de la epopeya. Hasta empresta a las visiones antiguas el aliento que hizo posibles y reales a las imaginaciones ardientes las figuraciones del mito: los jinetes son centauros; los combatientes, c\u00edclopes. Van con Boves las infernales furias. Con esas visiones antiguas alternan visiones medievales. Paladines que arrojan el guante y bajan al circo; caballeros que al rendir el alma la env\u00edan con un mensaje orgulloso a la dama de sus pensamientos, que es la patria&#8230; Triunfen o mueran en la lucha, todos vencen la flaqueza humana; todos \u2014los de uno como los del otro bando\u2014 se abrasan en el mismo fuego. Cuando un hecho glorioso se cumple a sus ojos; cuando una haza\u00f1a formidable destaca a un hombre del mont\u00f3n an\u00f3nimo. Blanco no distingue si ese hecho y ese hombre cobran su fuerza ideal en la bandera del rey o en la bandera de Miranda. El entusiasmo pone a vibrar las cuerdas de su la\u00fad hidalgo; su pulm\u00f3n robusto se hincha y la voz plena, sin temores, se eleva, y el canto envuelve al palad\u00edn corno una toga y consagra su frente con una corona. Apoteosis de Venezuela, apoteosis de las m\u00e1s nobles virtudes civiles, apoteosis del alma espa\u00f1ola: \u00abCon la espada del Cid triunf\u00f3 Bol\u00edvar; la hist\u00f3rica \u00abTizona\u00bb bland\u00edala un descendiente del h\u00e9roe de Vivar.\u00bb<\/p>\n\n\n\n<p>Pero el ropaje de leyenda no excluye siempre las l\u00edneas rudas de la realidad. Pormenores veristas aqu\u00ed y all\u00e1 dejan al descubierto la carne viva, donde muerde con furia el dolor; las peque\u00f1as miserias; todas las menudencias que achican a los h\u00e9roes, humanizan a los dioses de la epopeya y carcomen la leyenda. El autor ha visto la guerra, y la verdad presenciada se impone en la pintura. El paisaje siempre triunfador; el vocer\u00edo del combate criollo; las nubes de polvo; los caballos sin jinetes y los jinetes desmontados que recorren el campo. Hasta all\u00ed, no m\u00e1s, porque el cantor no tiene ojos para las peque\u00f1eces grotescas ni las crueldades menudas&#8230; Blanco tiene el sentido de la multitud y no consiente un abstraer al individuo de la masa, sino cuando el individuo se agiganta o se empina sobre el mont\u00f3n, sublimado en la c\u00f3lera, el valor o el sacrificio. Pero entonces \u00abpone su nombre en la canci\u00f3n\u00bb; sopla en su honor la trompa y pone a retumbar en los ecos las s\u00edlabas del hombre. En cada cuadro hay, as\u00ed, uno, dos, tres, erguidos sobre el pedestal oscuro, sublimemente oscuro, de los an\u00f3nimos.<\/p>\n\n\n\n<p>Blanco es particularmente feliz en los retratos. Los pinta con trazos de fuego. Son retratos vivos, retratos din\u00e1micos. Las l\u00edneas se retuercen, se estiran, se encogen, torturadas por la emoci\u00f3n, la angustia, la esperanza, la desesperaci\u00f3n. Recordad: Ribas, en La Victoria; P\u00e1ez, en Las Queseras, y, sobre todo, en Carabobo. Bol\u00edvar y Boyes, frente a frente, en San. Mateo. El joven Villapol, cuando se levanta moribundo a vengar a su padre. El Negro Primero despidi\u00e9ndose de su caudillo&#8230; S\u00f3lo Juan Vicente Gonz\u00e1lez, entre nosotros, ha retratado as\u00ed. E involuntariamente se recuerda que en los bancos del colegio oy\u00f3 Blanco la palabra del coloso.<\/p>\n\n\n\n<p>Blanco obtiene sus efectos por los procedimientos m\u00e1s sencillos: por la aplicaci\u00f3n subconsciente de una virtud literaria. Es ingenuo. Se entusiasma y entusiasma. Echa afuera lo que lleva en el coraz\u00f3n y lo induce en los corazones ajenos. Ve lo que est\u00e1 pintando y dice lo que ve. Corno siente con fuego; corno no est\u00e1 viciado por el servicio de los preceptos ni por la hipocres\u00eda literaria que desv\u00eda la pluma, su prosa responde a las pulsaciones de su fiebre. Cuando describe las impresiones encontradas y violentas; cuando narra la lucha interior y el combate exterior, alcanza su mayor fuerza y escribe cl\u00e1usulas soberbias. Sin prop\u00f3sito deliberado, por intuici\u00f3n certera, adopta el tiempo verbal del presente. La frase corta, r\u00e1pida, nerviosa, tiene chasquidos como una serie de chispas el\u00e9ctricas. Somos testigos y espectadores de un drama. Tambi\u00e9n nuestro coraz\u00f3n late corto y con ansia. Hasta que llega el triunfo y la frase cobra amplitud y la cl\u00e1usula se ensancha y acaba en himno, y el coraz\u00f3n tambi\u00e9n se liberta y se dilata y se colma de sangre. Merced al ritmo sostenido de su prosa, f\u00e1cil es advertir en ella endecas\u00edlabos rotundos, sobre todo en los finales de cl\u00e1usula. Mas, guard\u00e1ndonos de celebrarlo, como se ha hecho con otros escritores, a t\u00edtulo de originalidad. Ocurre el caso del modo m\u00e1s natural en la prosa castellana r\u00edtmica. Porque el endecas\u00edlabo combinado con el heptas\u00edlabo es forma natural del habla castellana. Su importaci\u00f3n del italiano, acto de perspicacia, alcanza honores de restituci\u00f3n. En nuestra lengua ten\u00eda de antemano el clima y el terreno propicios, y por tanto, florece en una primavera interminable.<\/p>\n\n\n\n<p>Animado a mayores empe\u00f1os por los halagos del \u00e9xito, Blanco hizo seis ediciones de Venezuela heroica y fue aumentando el n\u00famero de cuadros. Como ya el tiempo, gran corrector de erratas, le hubiese ense\u00f1ado que no todas las coronas son de triunfo, desvanecido el mareo de la juventud, puso ojos, no ya s\u00f3lo en los hero\u00edsmos besados por la victoria, sino tambi\u00e9n sobre los hero\u00edsmos lacerados que van al sacrificio in\u00fatil. El cuadro de horror de La Casa Fuerte; la v\u00eda crucis que remata en la toma de Matur\u00edn, El sitio de Valencia, nacieron de esa evoluci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Una y otra vez convirti\u00f3 sus miradas a los tiempos heroicos. Escribi\u00f3 Las noches del Pante\u00f3n, proyect\u00f3 Las campa\u00f1as del Sur&#8230; La cr\u00edtica le enrostr\u00f3 que la trompa se enronquec\u00eda y no vibraba tan sonora, tan conmovedora como antes.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfEra que el escritor palidec\u00eda, se borraba, se empeque\u00f1ec\u00eda? En veinte a\u00f1os, las almas no eran ya las mismas almas. Revoluciones pol\u00edticas, profundos cambios sociales, trastornaban la relaci\u00f3n del autor con su p\u00fablico. A la estagnaci\u00f3n acad\u00e9mica suced\u00eda una renovaci\u00f3n de ideales filos\u00f3ficos y literarios. Semillas nuevas, ex\u00f3ticas, germinaban envueltas en el reciente aluvi\u00f3n depositado por el tiempo. Al calor de ciertos conceptos cient\u00edficos cern\u00edase sobre los esp\u00edritus j\u00f3venes un esp\u00edritu de an\u00e1lisis, no probado a\u00fan por la experiencia del fracaso. Por ley de reacci\u00f3n, hasta por reacci\u00f3n \u00e9tnica en algunos, se llamaba a censura la obra de los predecesores. Donde los padres pusieron \u00abhero\u00edsmo\u00bb los hijos quisieron leer \u00abego\u00edsmo\u00bb; donde escribieron \u00abhistoria\u00bb, los hijos, con el escepticismo de las decadencias, dijeron \u00ableyenda\u00bb, \u00abf\u00e1bula\u00bb. Tampoco Eduardo Blanco era \u00abel mismo\u00bb. El vino de la vida, escanciado generosamente, le dejaba amargor en los labios y cansancio en los m\u00fasculos. A los ideales del conspirador alucinado sucedieron los desencantos, los dolorosos descubrimientos del hombre de poder. Viaj\u00f3 por tierra y libros. Abri\u00f3 nuevos balcones hacia la vida, y si no los cerr\u00f3 del todo, al menos entorn\u00f3 los de su juventud.<\/p>\n\n\n\n<p>Pagaba la experiencia con mucho de su mejor tesoro. Su entusiasmo debi\u00f3 encauzarse y perdi\u00f3 en parte la facultad de correr sonoro y libre. Su mayor fuerza era la ingenuidad, el \u00edmpetu generoso, el caballeroso arranque. El escritor, al aumentar su caudal, y el hombre, al acrecer sus v\u00ednculos con la vida, perd\u00edan mucho del arranque y del \u00edmpetu.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero la cr\u00edtica no era justa cuando estimaba la alteraci\u00f3n tan honda como parec\u00eda. Los tiempos no eran ya los del alumbramiento de Venezuela heroica. Batidos los sue\u00f1os presuntuosos de generaciones megal\u00f3manas, por la dura realidad, los esp\u00edritus, en la exageraci\u00f3n del desencanto, negaban los entusiasmos desinteresados, el \u00e1nimo de sacrificio, el hecho heroico y el canto ingenuo. El vino de la epopeya parec\u00eda falso, demasiado dulce, bueno s\u00f3lo para damas, jovenzuelos y provincianos.<\/p>\n\n\n\n<p>Sin embargo, Venezuela heroica no perd\u00eda su viejo prestigio. La quinta edici\u00f3n, hecha en 1904, se agot\u00f3 quiz\u00e1s m\u00e1s r\u00e1pidamente que las cuatro anteriores. Al comprender en un anatema desde\u00f1oso a los viejos escritores de la generaci\u00f3n anterior, los j\u00f3venes cuidaban de separar dos o tres nombres, y entre ellos siempre estaba el de Eduardo Blanco. Enti\u00e9ndase bien: el de Eduardo Blanco de Venezuela heroica.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfEra un resto de ingenuidad persistente, un tributo \u2014digamos p\u00f3stumo\u2014 al libro generoso que hab\u00eda sacudido las fibras del adolescente, la generaci\u00f3n de una cuerda hecha a vibrar con cierta nota que responde con su resonancia otra vez cuando la nota vibra? \u00bfO era la comprensi\u00f3n del momento hist\u00f3rico en que Venezuela heroica fue escrita? Por seductora que sea la teor\u00eda m\u00edstica del valor perenne de la obra de arte, el factor hist\u00f3rico entra siempre en el juicio que se forma de ella. Virtudes ser\u00e1n de la obra antigua, las que fueron m\u00e1cula o bald\u00f3n de la obra contempor\u00e1nea. \u00a1Cu\u00e1ntos retrasados, blanco de burlas, tienen por toda culpa esa de haber venido demasiado tarde! Aun las obras maestras han de remozarse con arreglos y comentarios, que son, ni m\u00e1s ni menos, afeites en rostro de vieja, para aparecer con frescura y lozan\u00eda de eterna juventud. Salvando siempre a Venezuela heroica, se le enrostraban a la obra nueva de Blanco faltas que bien pod\u00edan advertirse en el libro famoso. Fen\u00f3meno a un tiempo individual y social, la obra de arte resulta serlo cuando convergen y con ella se a\u00f1adan al coraz\u00f3n del escritor y el coraz\u00f3n de su p\u00fablico. Que var\u00ede uno de esos y se deshace el nudo encantado. En el caso de Blanco creo que el p\u00fablico hab\u00eda cambiado m\u00e1s que el escritor. Pero \u00e9l hab\u00eda infundido en su obra capital aliento de joven y con su propia juventud de edad y de coraz\u00f3n la hizo joven y capaz de durable juventud. \u00bfPor qu\u00e9 habr\u00eda de pedirse a Venezuela heroica lo que no promete ni pod\u00eda prometer? No nos ha ofrecido historia cient\u00edfica, ni precisi\u00f3n de datos num\u00e9ricos, ni filosof\u00eda determinista. Nos ha ofrecido cuadros hist\u00f3ricos, y cuando la pintura de una batalla no puede leerse \u2014seg\u00fan dice Zumeta del cuadro de Las Queseras, \u00absin que le quemen a uno el rostro los fogonazos de los fusiles\u00bb\u2014; cuando la pintura no est\u00e1 por debajo de los datos que se poseen para el momento, se est\u00e1 dentro del arte de la Historia. M\u00e1s que en los conceptos, la sublimaci\u00f3n de los hechos se vincula en el acento de pasi\u00f3n que alienta el libro, m\u00e1s en el tono de la m\u00fasica que en la letra del himno. Pero lo que fue sue\u00f1o del escritor es realidad de arte. Al menos, los venezolanos leemos todav\u00eda sus cl\u00e1usulas vibrantes y no podemos leerlas con frialdad, sino que resonamos con ellas y un soplo de Orgullo nos besa el alma y levanta de ella con vida nueva el polvo de oro de esperanzas y fe en el destino de la patria.<\/p>\n\n\n\n<p>Tales libros no pueden proscribirse, ni su funci\u00f3n prescribe. Bien haya el hombre de ciencia que somete al an\u00e1lisis fr\u00edo \u2014a veces tan fr\u00edo, que recuerda la frialdad de los cuerpos sin vida\u2014 los mitos, las tradiciones y las leyendas, y se-para con celo experto la conjetura del hecho y nos dice lo que puede creerse y lo que debe repudiarse. Pero bien haya tambi\u00e9n, y m\u00e1s a\u00fan, el poeta, cuando exalta lo que debe exaltarse y sepulta lo que ha de sepultarse, y deja en las sombras la sombra y pone a resplandecer lo que es la luz, siquiera sea la luz fosforescente con que alumbra su camino rastrero la luci\u00e9rnaga humana.<\/p>\n\n\n\n<p>Eduardo Blanco es un temperamento del mediod\u00eda que escribe para un p\u00fablico del tr\u00f3pico. Canta las proezas guerreras de un pueblo que las ha dejado escritas en tal extensi\u00f3n del Continente, y con tal relieve que no es f\u00e1cil borrarlas ni olvidarlas.<\/p>\n\n\n\n<p>Mientras la guerra sea condici\u00f3n de vida y la aptitud para vivir, condici\u00f3n de gloria; mientras los pueblos necesiten h\u00e9roes y canten los que tienen, y los forjen cuando nos los posean; mientras haya para las muchedumbres y reba\u00f1egas hombres-faros que vuelvan luz la sombra de la ruta y son gu\u00eda segura, como estrellas de magos, los libros de la estirpe de Venezuela heroica no tienen por qu\u00e9 justificar su derecho a la vida y al aplauso. Afortunados son los pueblos donde han podido escribirse. Haber tenido h\u00e9roes en carne viva, no para guardarlos ego\u00edstamente, sino para derramarlos por otros pueblos; tener historia, que es historia y casi toca en leyenda; haber realizado obra de pueblo y poseer quien haya sabido cantarla, son t\u00edtulos, no para renunciarlos, sino para defenderlos con imperio.<\/p>\n\n\n\n<p>Alguna vez manos irreverentes han querido mover la pesada armadura del caballero que celebr\u00f3 con gallard\u00eda tanta, las haza\u00f1as de sus mayores. Vano af\u00e1n de arribistas. Pasado el \u00edmpetu de la juventud vigorosa, el propio caballero no lo pudo. Al cantor lastimado falt\u00e1banle fuerzas para repetir con la ingenuidad de antes aquel grito que todav\u00eda se oye, porque fue un grito del coraz\u00f3n. Igual acontece con muchas otras obras literarias. Son como una expansi\u00f3n s\u00fabita de todas las energ\u00edas, de todas las potencias creadoras del escritor. La conjunci\u00f3n feliz acaso no vuelva a producirse. Y en la obra entera del escritor resplandece el trozo, la p\u00e1gina, el libro, el cuadro ungido, como entre estrellas vacilantes, un Sirio refulgente. Del fen\u00f3meno, que no es raro siquiera, la enemiga an\u00f3nima quiso extraer consecuencias mal\u00e9volas. Eduardo Blanco no ser\u00eda, ante el balc\u00f3n de la fama, sino el Cristi\u00e1n barbilindo que sube por la escala de seda a recoger el beso que otro supo encender en los labios de Roxana. <\/p>\n\n\n\n<p>A la sospecha, reptil en lo oscuro, podemos oponer el testimonio claro de Felipe Tejera. Tejera, escritor, metido en aventuras tipogr\u00e1ficas, fue censor y editor de Blanco. En el descuido cordial de conversaciones familiares me ha contado a menudo el nacimiento de <em>Venezuela heroica<\/em>: c\u00f3mo el autor novel llevaba a <em>La tertulia<\/em> sus originales embrollados e incorrectos, frescos de entusiasmo y de tinta; como cuando se trat\u00f3 de ponerlos en libro le convenci\u00f3 Tejera de que precisaba una refundici\u00f3n. El censor amigo, que fue temprano devoto de la lengua pura y la sintaxis correcta, objetaba, reclamaba, proscrib\u00eda, en ocasiones, p\u00e1rrafos enteros. Blanco, algo menos que ciego en cosas de gram\u00e1tica y muy respetuoso de Tejera, se dejaba guiar y tra\u00eda una y otra vez los originales, atendidas en tercio o en quinto las indicaciones del censor. La probidad de Tejera es uno de los caracteres salientes de su vida, toda pulcritud y decoro. Su testimonio, concluyente. Mucho despu\u00e9s vi, con propios ojos, reproducirse las escenas de la primera edici\u00f3n de <em>Venezuela heroica<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando la Imprenta Bol\u00edvar acometi\u00f3 la edici\u00f3n quinta, era Blanco ministro de Instrucci\u00f3n P\u00fablica. Ve\u00edase en el despacho del ministro, ya entrado en a\u00f1os, el autor consagrado defend\u00eda ante el censor giros y frases queridas. Algunas veces las necesidades de aquel torneo y el cari\u00f1o para m\u00ed de entrambos contendores me reclamaron fuese el &nbsp;diminuto grano de hierro bastante a fijar en una direcci\u00f3n mejor que en otra la tremolante br\u00fajula. Y pese a un amigo piadoso que siempre me encontr\u00f3 demasiado acad\u00e9mico, casi invariablemente propend\u00ed a inclinarla del lado de Blanco. No porque hallase infundadas las sabias razones de Tejera, sino porque siempre cre\u00ed que m\u00e1s cuadraba al genio literario de Blanco y de su libro, antes que el Paso disciplinado del brid\u00f3n ingl\u00e9s, el fulgurante correr del potro de la pampa.<\/p>\n\n\n\n<p>Mas de no existir el ajeno testimonio autorizado y terminante, quedar\u00eda no menos terminante, el propio; vale decir, no el interesado e intencionado de quien depone en propio juicio, sino el que, sin intenci\u00f3n ni prop\u00f3sito, iban gritando su figura, su acento, su conversaci\u00f3n, mil gestos y mil rasgos de su vida.<\/p>\n\n\n\n<p>Escritores hay, por cierto, cuya fisonom\u00eda individual es la ant\u00edtesis, la negaci\u00f3n, tal vez, de su fisonom\u00eda literaria. Son dos hombres antit\u00e9ticos, inconciliables, unidos a un solo nombre. El conocimiento que hacemos de autores a quienes am\u00e1bamos por sus libros, nos deja con frecuencia sorpresas muy dolorosas, impresiones de desv\u00edo y disgusto. Blanco era un libro hecho hombre; no era inferior a su canto; m\u00e1s bien hab\u00eda en \u00e9l una potencialidad que no estaba toda en su libro. Le o\u00ed muchas veces &nbsp;p\u00e1rrafos &nbsp;parlados, &nbsp;tan &nbsp;plenos, &nbsp;tan &nbsp;sonoros, tan &nbsp;vivos, &nbsp;que no fueran mejores los m\u00e1s celebrados de Venezuela heroica. Al calor del entusiasmo nac\u00edan hechos. La transcripci\u00f3n neta del taqu\u00edgrafo les hubiera bastado; la lima del cr\u00edtico los habr\u00eda deformado, &nbsp;como &nbsp;un &nbsp;f\u00f3rceps &nbsp;entremetido &nbsp;en &nbsp;un parto natural. Quien ley\u00f3 sus cuadros y a \u00e9l le vio y oy\u00f3, sin prevenciones ni res\u00adquemores de lucha, junt\u00f3, sin duda posible, ambas im\u00e1genes en una sola imagen estereosc\u00f3pica de poderoso relieve.<\/p>\n\n\n\n<p>El continente se\u00f1oril, el porte ol\u00edmpico, le hac\u00edan inconfundible. Una tarde, ya en la de sus d\u00edas, pasa a nuestro lado grave, triste, enflaquecido, un tanto doblada la talla eminente; las manos atr\u00e1s, cual rendido en parte al desplome de sue\u00f1os e ilusiones. Pas\u00f3. Varios que form\u00e1bamos corro le saludamos. Un instante despu\u00e9s se acerc\u00f3 a nosotros un extranjero, un espa\u00f1ol, que le segu\u00eda con la mirada, y, dirigi\u00e9ndose a m\u00ed, pregunt\u00f3:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfPuede saberse qui\u00e9n es ese caballero?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Buen venezolano\u2014respond\u00ed a la pregunta con otra pregunta\u2014 \u00bfPor qu\u00e9 desea usted &nbsp;saberlo?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Ah! \u2014me &nbsp;dijo &nbsp;el espa\u00f1ol,&nbsp; subrayando &nbsp;la frase con tono de convicci\u00f3n &nbsp;y entusiasmo\u2014, porque no puede &nbsp;ser sino un gran personaje.<\/p>\n\n\n\n<p>Figura heroica, hecha ya por la naturaleza para el bronce o el m\u00e1rmol, alen\u00adtaba en ella el mismo soplo que encender\u00eda su libro. Su coronaci\u00f3n, saludaba como una bandera de blanco lirismo desde el grave Capitolio, fue un acto doblemente simb\u00f3lico y est\u00e9tico: la despedida a dos generaciones que se iban al polvo entrelazadas. Un sabio escritor ingl\u00e9s llama farsas a las coronaciones y celebra la entereza de Campoamor, que rechaz\u00f3 la propia. Eduardo Blanco, desencantado, dolorido; pose\u00eddo ya por la curiosidad inextinguible del m\u00e1s all\u00e1; ansioso del nirvana que ser\u00eda redentor&#8230;, se dej\u00f3 coronar. Ni vanidad &nbsp;ni falta de entereza: orgullo de paternidad herida, para la cual sonaba el himno glorificador con notas de reparaci\u00f3n. \u00abQuieren coronarme \u2014d\u00edjome entonces, con abatimiento hondo que rezumaba pena\u2014. \u00a1Si yo tengo mi corona de dolor!\u00bb Lloraba. El grito le nac\u00eda del alma. Lloraba singularmente al \u00faltimo de sus hijos muertos: aquel Armando, de sabroso ingenio, cuya silueta gentil vive para siempre ba\u00f1ada &nbsp;en luz sonriente sobre el cristal de los Sermones l\u00edricos. Se dej\u00f3 coronar porque su pueblo y la ciudad &nbsp;amada &nbsp;curasen &nbsp;con &nbsp;gesto &nbsp;definitivo &nbsp;el &nbsp;dolor &nbsp;de la &nbsp;paternidad &nbsp;literaria negada. Se dej\u00f3 coronar por Venezuela heroica. Y mientras ca\u00eda la corona de laureles en su frente, suave, dulce, invisible, ca\u00eda otra de paz y olvido sobre su coraz\u00f3n. Ya pod\u00eda &nbsp;morir.<\/p>\n\n\n\n<p>Su figura caballeresca se completa con rasgos de bondad tolerante. Ministro, Y tenido por arist\u00f3crata, estaba al alcance de todos; su despacho era la prenda com\u00fan de cuantos quer\u00edan asediarle. Los porteros, empleados felices, sin otra consigna que dejar paso franco. Abogado de pobres, en su cartera de ministro cab\u00edan hasta mil solicitudes: tantas como su bondad. Defend\u00eda a capa y espada a las infelices maestras de escuela. Un d\u00eda \u2014los tiempos eran duros\u2014dividi\u00f3 en secreto su sueldo en gran n\u00famero de lotes y los reparti\u00f3 entre las maestras de mayores afanes. Era el gerente espont\u00e1neo de los artistas que buscaban pensi\u00f3n. Sus amores fueron grandes amores: la familia, la patria, los amigos, P\u00e1ez, la armon\u00eda, el color, la l\u00ednea, el movimiento&#8230; En horas de intimidad me confes\u00f3 que s\u00f3lo hab\u00eda tenido un odio: odio intenso, que venc\u00eda a los a\u00f1os&#8230; Su obra parece destinada a larga \u00a0vida. \u00a0Nuevas \u00a0generaciones \u00a0ir\u00e1n, \u00a0\u00a1qui\u00e9n sabe por cu\u00e1nto tiempo!, a buscar en ella el vino de fuego que embriaga y hace creer en paladines, h\u00e9roes y gestas. Alguien, pensando en que la epopeya so\u00f1ada ya no ha de escribirse, reclamar\u00e1 para su figura el bronce, para sus huesos el pante\u00f3n. Yo pedir\u00eda que los dejasen confundirse con el pedazo de tierra que \u00e9l mismo eligi\u00f3 por sepulcro. Su puesto ideal no est\u00e1 dentro del pante\u00f3n. Est\u00e1 en el frontis, como un gran bajorrelieve heroico. Lleg\u00f3 tarde para ser tambi\u00e9n palad\u00edn de la epopeya. Hall\u00f3 levantado y lleno el templo, y no cabiendo en \u00e9l, se empin\u00f3, gigante, y \u00a0grab\u00f3 \u00a0su \u00a0nombre \u00a0en \u00a0la \u00a0fachada, \u00a0donde \u00a0resplandece \u00a0el \u00a0sol de su tierra en llamas de oro. Cuando parti\u00f3 para el Ministerio, de donde le hac\u00edan se\u00f1as sombras queridas, los j\u00f3venes le rendimos el homenaje que \u00e9l hubiera ambicionado, juntando su nombre con el de Venezuela heroica. Tal vez la posteridad los consagre juntos en un monumento de amor.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/santiago-key-ayala\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n\n\n\n<h6 class=\"wp-block-heading\">*Fragmentos del texto incluido en el volumen: <em>Bajo el signo del \u00c1vila <\/em>(1949)<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Santiago Key Ayala En 1875 aparecieron los primeros ensayos literarios de Blanco. Los a\u00f1os siguientes vieron la aparici\u00f3n en La tertulia los primeros \u201ccuadros hist\u00f3ricos\u201d. En 1881, los cuadros, transformados, unieron sus notas en una sinfon\u00eda ilustre. Y fue Venezuela heroica. 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