{"id":12290,"date":"2024-07-04T21:25:18","date_gmt":"2024-07-04T21:25:18","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=12290"},"modified":"2024-07-04T21:25:18","modified_gmt":"2024-07-04T21:25:18","slug":"paleografias-fragmentos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/paleografias-fragmentos\/","title":{"rendered":"Paleograf\u00edas (fragmentos)"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Victoria de Stefano<\/h4>\n\n\n\n<p>Despu\u00e9s de meses y meses de ansiedad y postraci\u00f3n, que no pod\u00eda sino atribuir al desgaste provocado por los trabajos a los que, en la casi total prescindencia de su vida emocional y afectiva, se hab\u00eda dedicado por a\u00f1os \u2014salvo dos intempestivas rachas creativas, con tal furor y abundancia de inventiva, con tal desbordar de emociones y arrebatos de energ\u00eda, que \u00e9l mismo a\u00fan no sal\u00eda de su asombro, la primera entre junio y octubre del 94 y la segunda, un \u00a0maravilloso y sostenido satori, a fines del 97\u2014, cuando con todas las fibras del cuerpo, la mente, la psique, el alma, o como se quiera, pintaba hasta tres cuadros de gran formato al mismo tiempo, oyendo sin parar a Mozart y a Beethoven, como le hab\u00eda contado Boghos, su amigo y mentor de juventud, que lo hab\u00eda estado haciendo el gran Rothko al final de la \u00faltima y cada vez\u00a0m\u00e1s intensa d\u00e9cada de su vida, y por cuenta propia los poemas sinf\u00f3nicos de Franz Liszt, mucho Mendelssohn-Bartholdy y el <em>Concierto para dos violines en re menor <\/em>de Bach, o como a impulsos de una s\u00fabita inspiraci\u00f3n se hab\u00eda encontrado haci\u00e9ndolo el genio fogoso y pronto de Monet, saltando pincel en mano de un caballete a otro a fin de orquestar el devenir en progreso del paso de la luz sobre el paisaje, y que ya cercanos a lo que deb\u00eda considerar su culminaci\u00f3n hab\u00edan acabado por hundirlo en una ominosa sensaci\u00f3n de futilidad y desgana (una manera atenuada de nombrar el pesar y el descontento lindante en la aversi\u00f3n f\u00edsica que le produc\u00edan), Augusto ya no pudo negarse a la evidencia de que hab\u00eda llegado a un punto de no retorno.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<p>El proceso hab\u00eda sido lento pero firme y constante. Al principio, breves, inoportunos y cada vez m\u00e1s asiduos raptos de melancol\u00eda y abatimiento, que mucho le recordaban las horas m\u00e1s oscuras de su atribulada adolescencia, cuando, para consternaci\u00f3n de su t\u00edo, el tiempo se le iba de las manos en un fest\u00edn de l\u00e1grimas sin consuelo ni esperanzas.<\/p>\n\n\n\n<p>En su fase m\u00e1s aguda, despu\u00e9s de haber invertido el d\u00eda en lidiar con los embates y desmesuras de su agitarse en vano, las fuerzas lo abandonaban y en alg\u00fan momento, despu\u00e9s de tanto darse vuelta del lado derecho, del lado izquierdo, boca arriba, boca abajo, con las piernas encogidas, con las piernas distendidas, abrazado a la almohada, se adormec\u00eda, para al fin caer rendido por la lasitud del cansancio. Pero con la misma inmodificable puntualidad con que llegaba la paz del cuerpo, pasadas las primeras horas de tregua nocturna ven\u00eda a percutirle en los o\u00eddos la andanada de choque de la fr\u00eda oscuridad de la madrugada. Un caos movido por la tempestad, una abrumadora sensaci\u00f3n de riesgo y cat\u00e1strofe, un sentimiento animal de peligro inminente se apoderaba de \u00e9l. Muerto de p\u00e1nico, empapado de sudor, a la izquierda, a la derecha, arriba, abajo. Y al otro d\u00eda, por m\u00e1s d\u00e9bil y extenuado que se sintiera, superado el primer contacto con la vigilia, la propia fuerza pasiva, como si se dijera la inercia de la costumbre, lo hac\u00eda apartar las s\u00e1banas, sentarse en la cama, entreabrir los ojos, mirar hacia todos lados, esbozar un gesto de hast\u00edo y, sacando fuerzas de d\u00f3nde no las hab\u00eda, levantarse, arrastrarse miserablemente al ba\u00f1o, asearse. Un d\u00eda m\u00e1s abocado al espanto del tedio. Las m\u00e1s firmes resoluciones nada pod\u00edan contra sus despiadadas noches de agon\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>La paz y la alegr\u00eda, sin las cuales a su leal saber y entender era imposible sobrellevar los vaivenes de la vida cotidiana, hab\u00edan comenzado a alejarse como la nota perdida de una flauta, una nota tan perdida como alargada en su tristeza, que al irse trajera de vuelta la r\u00fabrica de la ausencia de aquella otra vida inconmensurablemente activa, en la que, seg\u00fan cre\u00eda recordar, todo \u00e9l y su pasado se hab\u00edan, incauta y desprevenidamente, remansado.<\/p>\n\n\n\n<p>En ocasiones, para probarse a s\u00ed mismo que su innata propensi\u00f3n al uso de sus facultades, percepci\u00f3n, cognici\u00f3n, imaginaci\u00f3n, ideas, juicios, no estaba completamente arruinada, cog\u00eda un libro. No uno cualquiera, sino uno de esos libros con los que, por la magnitud y el peso de sus argumentos, por la parte de verdad sobre la que descorr\u00edan el velo, por la proximidad y el retorno a s\u00ed mismo con que enaltec\u00edan su esp\u00edritu, hab\u00eda le\u00eddo y rele\u00eddo en el pasado.<\/p>\n\n\n\n<p>A costa de un ingente esfuerzo lograba concentrarse en los primeros p\u00e1rrafos, pero pasados esos primeros p\u00e1rrafos apenas si pod\u00eda recordar el humor, los acentos, las sonoridades y mucho menos la direcci\u00f3n y el sentido de lo que hab\u00eda estado leyendo. Las letras volaban por encima de las palabras, y su mente, ajena al desplazamiento de sus ojos, comenzaba a darle voz al resonante eco de un horr\u00edsono infierno de frases y jirones de frases. \u00bfC\u00f3mo era que viv\u00eda la gente? \u00bfC\u00f3mo era que insist\u00edan en seguir viviendo? \u00bfPor qu\u00e9 ese necio porfiar y porfiar por una vida que no hab\u00edan pedido? \u00bfC\u00f3mo era posible vivir sin desear para s\u00ed la muerte?<\/p>\n\n\n\n<p>Entonces arrojaba el libro, se pon\u00eda la chaqueta, agarraba las llaves y sal\u00eda a la calle sin destino preciso pero, fuera adonde fuese, siempre mirando arriba, jam\u00e1s atr\u00e1s ni a los costados. Era eso lo que estaba precisando. No perder de vista las nubes que se apelotonaban, las nubes que se disgregaban, las nubes que descend\u00edan r\u00e1pidas o sobria y gradualmente lentas. Desligarse de los objetos cercanos para quedarse con los que se aislaban o sustanciaban abstractamente, cambiantes en extensi\u00f3n y apariencia, hasta que de pronto el ramalazo de algo impropiamente visto o no visto, de algo apenas advertido al doblar una esquina, al embocar un callej\u00f3n, quebrantaba la impasibilidad de su mirada.<\/p>\n\n\n\n<p>El cielo se nublaba, el cielo se enfoscaba. Todo se estrechaba, todo se fragmentaba para darle cabida a los grandes ruidos, al cuerpo venenoso de los gases azul plomo, a los ritmos desiguales de los peatones: los obesos, los delgados, los j\u00f3venes, los viejos, los muy viejos y decr\u00e9pitos, los erguidos, los agobiados, los muy aseados, los harapientos, los desali\u00f1ados. Las aceras invadidas de basura, colillas, trapos sucios, papeles, hojas secas al arrastre del viento, un raudal de bustos, piernas, rodillas, se le ven\u00eda aviesamente encima. \u00bfQu\u00e9 hac\u00eda en ese cruce de calles donde su sue\u00f1o siempre precario, sus ausencias, su desgobierno, donde esa multitud de seres de todos los sexos, edades y jerarqu\u00edas se apretujaban y desordenaban, exponi\u00e9ndolo a perder el trote de su regular posici\u00f3n alzada? Cerc\u00e1ndolo, cort\u00e1ndole el paso, sac\u00e1ndolo de la acera, dej\u00e1ndolo a merced de alg\u00fan atroz impacto de carrocer\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>Anticip\u00e1ndose a los huesos rotos, a las ropas desgarradas, al pavimento ensangrentado, ya no osaba, ya no ten\u00eda el valor de atravesar todos esos flujos, esas mareas, ya no sab\u00eda c\u00f3mo ofrecerle resistencia a ese carnavalesco magma de la inestabilidad humana. Cabizbajo, a los tumbos, disminuido en talla y estatura, envuelto en un relente de muerte desandaba el camino a casa, de donde nunca deb\u00eda haber salido.<\/p>\n\n\n\n<p>Franqueaba el vest\u00edbulo, entraba al taller, se hund\u00eda en la silla, no en la cavilosa efervescencia del silencio en que acostumbraba elaborar, procesar ideas de conformidad con sus sentidos, sino discutiendo, perorando consigo mismo, hurgando, sacando, revolviendo, manoseando papeles, bosquejos, dibujos al carboncillo, viejas aguatintas. Discapacitado para tirar, trazar, cruzar, cortar, recorrer una l\u00ednea desde su \u00e1gil inicio hasta su punto de fuga, discapacitado para atrapar el vac\u00edo en una l\u00ednea pura y simple, para cualquier cometido que exigiera coordinar el arsenal de un oficio adquirido a costa de tantos esfuerzos con la libre movilidad del esp\u00edritu, sub\u00eda las escaleras, entraba al dormitorio. \u00bfA d\u00f3nde m\u00e1s, si todo ese inviable dispendio de fuerzas lo dejaba en el nivel cero de su impotencia? Bajaba las persianas, se tiraba en la cama, se pon\u00eda las almohadas sobre los ojos, esperando que con su peso y volumen hicieran noche en el cuarto, silencio en la aguja del segundero alojada en la caja circular de su cerebro. Pero como ni la cama ni el bulto de las almohadas se constitu\u00edan en la morada del sue\u00f1o, arrojaba las almohadas, saltaba de la cama\u2026 Del cuarto a la sala de estar, de la sala de estar, de donde ven\u00eda, al cuarto de donde hab\u00eda salido. Del cuarto a la sala de estar, de donde, sumando idas y venidas, sumando inquietud y desasosiego, hab\u00eda subido y bajado. Abriendo, cerrando puertas. Del cuarto en penumbra a la claridad del ventanal de la sala, del ventanal de la sala al jard\u00edn. Del jard\u00edn al patio trasero, del patio trasero al lavandero, de un rinc\u00f3n oscuro del lavandero a la cocina, de la cocina al comedor. Sent\u00e1ndose a la mesa, disponi\u00e9ndose a hincarle el diente a dos o tres bocados, a engullirlos, a devolverlos al plato, fuera lo que fuese lo que le hubieran servido, cart\u00f3n, pl\u00e1stico o ambros\u00eda, y tirar los cubiertos con su obscena falta de apetito. De la cocina a la sala de estar, de la sala de estar al cuarto. Arriba, abajo, atravesando, recorriendo, volviendo sobre sus pasos. De un umbral a otro. Cuarenta, cincuenta, cien. M\u00e1s de cien veces al d\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>No era \u00e9sta la primera ni la segunda crisis de su vida, hab\u00eda pasado por situaciones similares, pero nunca antes hab\u00eda sentido la embestida de una sintomatolog\u00eda tan brutal como la de ahora. El origen, los motivos, los eventos que lo hab\u00edan llevado a perder el deseo de vivir, a diferencia de los de aquellas otras en su d\u00eda: la devastadora l\u00ednea de separaci\u00f3n que hab\u00eda trazado para \u00e9l la p\u00e9rdida de sus padres en el intervalo de unos pocos a\u00f1os, el lastre, la gravedad luctuosa de la orfandad, las rupturas, las desdichas. Los infortunios del abandono, las reca\u00eddas en el desconsuelo, los desencantos, los infortunios subsumidos en la infatigable rueda del eterno retorno, le resultaban dif\u00edciles, por no decir imposibles de explicar.<\/p>\n\n\n\n<p>Hab\u00eda d\u00edas en que le daba por pensar que las partes al\u00edcuotas de ansiedad y apat\u00eda a que se hallaba sometido obedec\u00edan a alguno de esos s\u00edndromes al estudio de cuya etiolog\u00eda, desde los tratados m\u00e1s antiguos hasta los informes m\u00e1s recientes, su t\u00edo hab\u00eda dedicado los \u00faltimos a\u00f1os de su jubileo. Al s\u00edndrome de Di\u00f3genes, que d\u00eda a d\u00eda iba empobreciendo la existencia de los hombres maduros que viv\u00edan en soledad, al s\u00edndrome hipocondr\u00edaco de Cotard, tambi\u00e9n denominado delirio de negaci\u00f3n, por el cual las personas sinti\u00e9ndose ya muertas desesperaban de su yo muerto que no pod\u00eda morir m\u00e1s, a la enfermedad neurol\u00f3gica de Creutzfeldt-Jakob como variante humana del \u00abmal de las vacas locas\u00bb, a alg\u00fan padecimiento degenerativo como la enfermedad de Parkinson, o la de Huntington, o a los efectos retardados del morbo de Stendhal, que derrumbaba a los temperamentos sensibles por consumo en demas\u00eda de arte y belleza.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfSer\u00eda, acaso, el mal que lo aquejaba producto de alguna min\u00fascula insuficiencia qu\u00edmica, de alguna disfunci\u00f3n metab\u00f3lica? \u00bfEstar\u00eda relacionado con ciertas afecciones cardiovasculares, hipertensi\u00f3n, endurecimiento, obstrucci\u00f3n de las coronarias, atrofia de las venas, que eran, como se le hab\u00eda dicho, la causa principal de los muertos j\u00f3venes del c\u00edrculo consangu\u00edneo de su madre?<\/p>\n\n\n\n<p>Las m\u00e1s de las veces le parec\u00eda que ese estado de extenuaci\u00f3n y enervamiento por el que se interrogaba continuamente nada ten\u00eda que ver con su imaginaci\u00f3n, su raz\u00f3n, su sinraz\u00f3n, o cierto impulso oscuro constelado de emociones en lucha por salir de un lugar inexpugnado de su memoria. Otras, se dec\u00eda que sus padecimientos deb\u00edan serle achacados al pajarraco de la edad, que golpeaba a la puerta, si es que no se hab\u00eda instalado ya c\u00f3modamente adentro.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<p>Hab\u00eda d\u00edas terribles, d\u00edas en que bordeaba el abismo, d\u00edas en que le parec\u00eda que estaba por traspasar la barrera de la locura e ir de plano hacia la muerte, pero no todos los d\u00edas se adecuaban tan fielmente a los efectos destructivos antes mencionados. Hab\u00eda d\u00edas, horas, menos malignos, d\u00edas no tan opacos, d\u00edas, horas atadas a la nebulosidad del olvido. D\u00edas, incluso semanas, en que si bien lo venc\u00eda el decaimiento, era un decaimiento manso, soportable, como un dolor difuso. D\u00edas en que se desmandaba menos, breves entreactos durante los cuales, en medio de la pusilanimidad y la desidia, experimentaba algo parecido a un preludio de mejor\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>Fue, justamente, en uno de esos d\u00edas, cuando, sentado en la posici\u00f3n estatuaria del melanc\u00f3lico, el codo sobre la rodilla doblada, la mano sustentando la cabeza hueca, vac\u00eda, ausente, y el brazo izquierdo colgando, frente al gris estancado de varias tazas de caf\u00e9, el cenicero repleto de colillas, la caja de f\u00f3sforos, como elementos de una naturaleza muerta que alegorizara, ocupando su campo visual entero, el historial de su declive, percibi\u00f3 una voz: \u00abYa basta, me rindo\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>No hab\u00eda nadie en el cuarto, nadie en la casa. Carmela hab\u00eda ido de compras. \u00bfQui\u00e9n m\u00e1s si no \u00e9l pod\u00eda ser el emisor de ese \u00abYa basta, me rindo\u00bb, aposent\u00e1ndose fuera, dentro de \u00e9l, avanzando en contrapunto con toda la gama de notas y timbres equivalentes? Ninguna otra voz habr\u00eda podido sonar tan contumaz y recalcitrante como la suya propia. Adoptando los movimientos aut\u00f3nomos de un son\u00e1mbulo se levant\u00f3, recorri\u00f3 con el \u00edndice el borde polvoriento de la mesa, recogi\u00f3 las tazas, el cenicero, el desbarajuste de la cama. Baj\u00f3, lav\u00f3 las tazas, vaci\u00f3 el cenicero. Subi\u00f3, descorri\u00f3 las cortinas. Como si se abrieran los cielos, un haz de luz trapezoidal alumbr\u00f3 la habitaci\u00f3n desde el ventanal hasta las patas del caj\u00f3n de caoba de la cama. Qu\u00e9 l\u00fagubre era esa habitaci\u00f3n, qu\u00e9 tristes esos muebles, qu\u00e9 penosos los objetos en su fantasmal extra\u00f1eza. Sin embargo, no era la habitaci\u00f3n, no eran los muebles ni tampoco los objetos, menos perecederos que todos sus anteriores ocupantes, los que destilaban tanto desamparo y tristeza. Era \u00e9l quien proyectaba, mirara hacia adonde mirase, el cono de sombra de su congoja, su nudo, su hidra de nueve cabezas atada a la garganta. No es su destino, se dijo, es mi destino lo que veo en ellos.<\/p>\n\n\n\n<p>Una muchacha con muchas trencitas en la cabeza, abrazada de su madre, como si fueran grandes amigas, un tr\u00edo de colegiales del liceo nocturno y dos obreros de la construcci\u00f3n (por su atuendo los reconocer\u00e9is) bajaban apresuradamente hacia la avenida, all\u00ed donde, esforzando los motores, una titilante caravana de luces rojas comenzaba a demorarse en su traves\u00eda a casa. El sol crepuscular cubr\u00eda las losas del patio, perfilaba con una coloraci\u00f3n rosa los \u00e1ngulos y las aristas de los edificios. Una luz bella, fresca, reluc\u00eda sobre los jardines s\u00f3lo en parte hundidos en la sombra. Pod\u00eda ver las nervaduras recorriendo los l\u00f3bulos en forma de mano de las hojas del yagrumo, el ramaje asim\u00e9trico de un \u00e1rbol de fuste grueso, las protuberancias de su corteza, el implante de las ramillas secas en sus menudos detalles. Detr\u00e1s del patio amurallado de la esquina sobresal\u00edan las diminutas flores blancas de un arbusto en plena floraci\u00f3n, sus p\u00e9talos se meneaban conforme viniera la brisa. Trazando de acera a acera un arco casi tan alto como los edificios del fondo, la fronda radiosa del tulip\u00e1n africano. Un vecino con la visera de la gorra de b\u00e9isbol hacia atr\u00e1s, chapoteando entre la yerba alta, regaba el jardincito de su casa. Sentado en el descansillo del porche, de cara a la bicicleta recostada de la baranda, su hijo engrasaba las piezas de una caja de herramientas. Otro, estaba aparcando en el garaje. Descendi\u00f3 del autom\u00f3vil con las llaves y el malet\u00edn en la mano, silbando. En la planta alta, la silueta expectante de una mujer se recortaba detr\u00e1s de la cortina de gasa. Eran los nuevos vecinos, an\u00f3nimos y desconocidos, tan an\u00f3nimos y desconocidos como deb\u00eda serlo \u00e9l tambi\u00e9n para ellos. Personas apenas entrevistas entrando, saliendo de sus casas y edificios, pues los viejos y conocidos de toda la vida hab\u00edan ido desertando, muertos, mudados, emigrados, dispersados, mal llevados por las circunstancias qui\u00e9n sabe ad\u00f3nde.<\/p>\n\n\n\n<p>En la esquina, un hombre peque\u00f1o, flaco, no m\u00e1s de treinta a\u00f1os, vestido con un correcto y pasado de moda traje oscuro, como los que suelen usar los miembros de una orquesta, sosten\u00eda, agarrado del m\u00e1stil, un violoncello en su caja negra. Cuanto m\u00e1s lo miraba tanto m\u00e1s familiar le parec\u00eda, pero no acertaba a saber de d\u00f3nde, c\u00f3mo, cu\u00e1ndo, s\u00f3lo que le resultaba vagamente conocido de ayer, de anteayer, de alg\u00fan d\u00eda. \u00bfVivir\u00eda en esa misma calle? \u00bfEra un olvidado, un olvidable, olvidado por siempre? \u00bfDe d\u00f3nde ven\u00eda, ad\u00f3nde iba? \u00bfA qui\u00e9n esperaba, si es que esperaba a alguien que no llegar\u00eda? El vigilante del edificio de enfrente sal\u00eda de la caseta, m\u00e1s bien una garita de vidrios ahumados, levantando el brazo, agitando la mano, saludando en lo que a Augusto le pareci\u00f3 una escena muchas veces repetida, tanto como el que Carmela subiera, a pasos rezagados de la avenida, fatigada por el peso de las bolsas, de una de las cuales sacar\u00eda el cart\u00f3n de leche y el pan que sol\u00eda traerle al vigilante de la panader\u00eda. \u00c9l le palmear\u00eda el hombro, ella le pondr\u00eda en la palma de la mano un trozo de papel y las monedas del cambio. Un p\u00e1jaro vol\u00f3 sobre sus cabezas, perdi\u00e9ndose tras el techo, con fondo de verde follaje, de la caseta de vigilancia. El viento sopl\u00f3 en dos intempestivas y no muy intensas r\u00e1fagas, luego hizo una pausa y volvi\u00f3 a agitar el follaje. En ese corto intervalo el cuerpo de la noche fue bajando a la tierra; no obstante, en el otro conf\u00edn del horizonte, como si el sol, alardeando de su poder\u00edo, radiara unos \u00faltimos rayos rebeldes, el cielo se arrebolaba de un luminoso verdiazul, atravesado de estr\u00edas rojo naranja.<\/p>\n\n\n\n<p>Intent\u00f3 recordar si en el pasado hab\u00eda sido tan desdichado en esa casa como lo estaba siendo ahora. S\u00f3lo en los meses inmediatos a la desaparici\u00f3n de su madre, cuando su t\u00edo Ferm\u00edn, el hermano de su padre, mejor dicho, su medio y \u00fanico hermano, alguien que estaba siempre ah\u00ed para allanar dificultades, alguien que por justificados que fueran los motivos raras veces se alteraba, se lo hab\u00eda llevado a vivir con \u00e9l y le hab\u00eda dado un afecto recio y sereno. Hab\u00eda tenido d\u00edas buenos, d\u00edas no tan buenos, horas, d\u00edas decididamente malos. Pero de ning\u00fan modo infeliz, lo que se dice infeliz, a medida que los a\u00f1os se iban eslabonando, a medida que el dolor por la p\u00e9rdida de su madre hab\u00eda ido declinando. De ning\u00fan modo infeliz en la medida en que se hab\u00eda ido adaptando a esa apacible convivencia sin sorpresas ni sobresaltos. Y si no feliz, al menos razonablemente en paz consigo mismo, cuando ya adulto hab\u00eda vuelto de sus viajes y vagabundeos por el mundo. A su t\u00edo Ferm\u00edn no lo hab\u00eda defraudado, al menos eso cre\u00eda, deseaba creerlo. \u00bfSer\u00eda capaz de hacerlo ahora que yac\u00eda bajo la misma l\u00e1pida que sus padres, dej\u00e1ndose llevar por el desafinado acorde de un acto vil y miserable?<\/p>\n\n\n\n<p>Sus recuerdos fueron a parar a la sabia exhortaci\u00f3n que su t\u00edo sol\u00eda hacerles a sus pacientes: al margen de cualquier consideraci\u00f3n sobre el sentido o no sentido de la vida, abstracci\u00f3n hecha de cualquier glosa especulativa sobre salud o enfermedad, sobre temor y esperanza, al margen de los cabezazos que pudieran darse contra la pared a fin de desahogar su rabia, deb\u00edan encarar el lado pr\u00e1ctico, el lado t\u00e9cnico, por llamarlo as\u00ed, de la situaci\u00f3n en que se hallaban envueltos. \u00bfY cu\u00e1l pod\u00eda ser el lado pr\u00e1ctico, el lado t\u00e9cnico de la situaci\u00f3n en que \u00e9l se hallaba envuelto? El lado pr\u00e1ctico, el lado t\u00e9cnico, se respondi\u00f3, estaba en que ya iba siendo hora de asumirse como el enfermo que era, y en tanto tal, necesitado de ayuda, urgido de cuidados.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/victoria-de-stefano\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre la autora<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Victoria de Stefano Despu\u00e9s de meses y meses de ansiedad y postraci\u00f3n, que no pod\u00eda sino atribuir al desgaste provocado por los trabajos a los que, en la casi total prescindencia de su vida emocional y afectiva, se hab\u00eda dedicado por a\u00f1os \u2014salvo dos intempestivas rachas creativas, con tal furor y abundancia de inventiva, con [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":6,"featured_media":12291,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_monsterinsights_skip_tracking":false,"_monsterinsights_sitenote_active":false,"_monsterinsights_sitenote_note":"","_monsterinsights_sitenote_category":0,"footnotes":""},"categories":[15],"tags":[],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/12290"}],"collection":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/users\/6"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=12290"}],"version-history":[{"count":1,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/12290\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":12292,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/12290\/revisions\/12292"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media\/12291"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=12290"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=12290"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=12290"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}