{"id":1221,"date":"2021-09-11T16:44:57","date_gmt":"2021-09-11T16:44:57","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=1221"},"modified":"2024-06-13T00:28:58","modified_gmt":"2024-06-13T00:28:58","slug":"triptico-del-amanecer","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/triptico-del-amanecer\/","title":{"rendered":"Tr\u00edptico del amanecer"},"content":{"rendered":"<h4 style=\"text-align: right;\"><strong>Ram\u00f3n D\u00edaz S\u00e1nchez<\/strong><\/h4>\n<h3>\u00a1Oro! \u00a1Oro! \u00a1Oro!<\/h3>\n<p>\u2014\u00a1Alonso de Campos!<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Presente!<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Pedro de San Mart\u00edn!<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Presente!<\/p>\n<p>\u2014\u00a1I\u00f1igo de Bascona!<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Presente!<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Hern\u00e1n P\u00e9rez&#8230;<\/p>\n<p>\u2014De la Muela \u2014complet\u00f3 el interpelado con voz enf\u00e1tica\u2014: Licenciado de Espa\u00f1a y Ca\u00adpit\u00e1n conquistador.<\/p>\n<p>El Capit\u00e1n Juan de Villegas que pasaba lista le replic\u00f3 sin mirarle:<\/p>\n<p>\u2014Lo de la Muela concuerda con lo de Li\u00adcenciado. Luego veremos lo de Capit\u00e1n.<\/p>\n<p>Alz\u00f3 de nuevo la voz y prosigui\u00f3 llamando:<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Virgilio Garc\u00eda!<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Presente!<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Francisco Mart\u00edn!<\/p>\n<p>Nadie respondi\u00f3.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Francisco Mart\u00edn!<\/p>\n<p>Terci\u00f3 entonces uno de los hombres de a caballo:<\/p>\n<p>\u2014Francisco Mart\u00edn debe andar como siem\u00adpre por la rancher\u00eda galanteando alguna in\u00addia.<\/p>\n<p>Risas ruidosas sacudieron los herrajes de las armaduras, pero el silencio cay\u00f3 sobre la tropa como un tajo. Cubierto de hierro hasta la cabeza, recio como un pino, Miser Ambro\u00adsio Alfinger aparec\u00eda ante sus hombres y les miraba con sus pupilas de acero.<\/p>\n<p>\u2014Siga la lista, Capit\u00e1n, y d\u00edgale a ese Francisco Mart\u00edn que la pr\u00f3xima vez que fal\u00adte le mando dar veinticinco azotes.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Mart\u00edn Tinajero!<\/p>\n<p>\u2014!Presente!<\/p>\n<p>Era suave y serena la voz del soldado que respond\u00eda. Miser Ambrosio adelant\u00f3 hacia \u00e9l y se qued\u00f3 mir\u00e1ndole. Le segu\u00eda su Maestre de Campo Francisco del Castillo con el rejo de cuero en el pu\u00f1o.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Mart\u00edn Tinajero, eh?<\/p>\n<p>El hombre estaba firme, con la ballesta en el hombro, y resist\u00eda la mirada del jefe con tranquilidad.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfDe qu\u00e9 pueblo?<\/p>\n<p>\u2014De Ecija, se\u00f1or.<\/p>\n<p>\u2014Este es el que convida a rezar a los sol\u00addados \u2014explic\u00f3 del Castillo chasqueando su l\u00e1tigo.<\/p>\n<p>\u2014Debi\u00f3 ser fraile \u2014intervino el Capit\u00e1n Francisco Vanegas. Y el alem\u00e1n orden\u00f3 con desd\u00e9n:<\/p>\n<p>\u2014M\u00e1ndelo para Coro con la escolta de los quinientos esclavos.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">* * *<\/p>\n<p>Con el alba se puso en camino la tropa. Cuatro d\u00edas apenas hab\u00edan estado en la ran\u00adcher\u00eda construida para refugio de las indias cautivas y de sus hijos, y ya volv\u00edan a em\u00adprender la peregrinaci\u00f3n interminable. En al\u00adg\u00fan escondido lugar de la hondonada lacus\u00adtre, en alg\u00fan agujero de aquella fragua sel\u00adv\u00e1tica en cuyo centro brillaba el plomo del lago, en alguna de aquellas marismas explo\u00adradas por ellos noche y d\u00eda durante m\u00e1s de un a\u00f1o, deb\u00eda estar esper\u00e1ndoles el metal ama\u00adrillo que les incendiaba los sue\u00f1os.<\/p>\n<p>Desde aquella ma\u00f1ana de 1529 en que abandonaron a Santa Ana de Coro, no hab\u00edan hecho alto sino breves instantes. Con la es\u00adpada en la mano, abri\u00e9ndose paso d, trav\u00e9s de envolventes malezas y de pantanos trai\u00addores, hab\u00edan desandado las cuarenta leguas que les separaban del lago. All\u00ed les esperaron las naves que el Adelantado alem\u00e1n hi\u00adciera construir para atravesarlo, las mismas que abandonaban ahora convertidas en tizo\u00adnes humeantes para que nadie pudiese uti\u00adlizarlas en su ausencia.<\/p>\n<p>A\u00fan despu\u00e9s de haber avanzado largo tre\u00adcho por entre los cujizales polvorientos, siem\u00adpre hacia el poniente, pod\u00edan columbrar las negras columnas de humo culebreando hacia el cielo. Y los hombres barbudos sent\u00edan ce\u00adrrarse tras ellos un nuevo c\u00edrculo, un nuevo anillo de angustia. Sus dedos crispados se adher\u00edan a las armas.<\/p>\n<p>Al comienzo, un a\u00f1o atr\u00e1s, hab\u00edan charlado, mucho, alegres y expansivos. Ahora avan\u00adzaban callados, uno tras otro, arrastrando el rojo polvo con las botas que ya dejaban aso\u00admar los dedos. Los caballeros delante, cla\u00advados en sus monturas; los infantes detr\u00e1s, inclinados hacia el suelo, todos callaban. S\u00f3\u00adlo se o\u00eda por momentos el chasquido del l\u00e1\u00adtigo sobre las espaldas desnudas de los in\u00adt\u00e9rpretes y los cargueros indios.<\/p>\n<p>No era solamente el cansancio, no era so\u00adlamente el cauterio del sol ni la agon\u00eda de la sed lo que apretaba sus cuellos. Era, sobre todo, la roja fatiga de la muerte que vinieran sembrando a su paso. En las aldehuelas la\u00adcustres reinaban ahora la soledad y el silen\u00adcio. Los boh\u00edos abr\u00edan sus bocas negras y los fogones permanec\u00edan apagados, pero de pronto rasgaba el tul luminoso del aire el sil\u00adbido de una flecha y ca\u00eda un espa\u00f1ol. Enton\u00adces bramaban las escopetas y los dardos de las ballestas part\u00edan hacia el monte como abejorros col\u00e9ricos para abrir otra vez ante ellos la angustiosa pregunta: \u00bfD\u00f3nde est\u00e1n esos seres furtivos que disparan las flechas?<\/p>\n<p>Cuando alg\u00fan motil\u00f3n negligente ca\u00eda en sus manos la cadena de hierro rodeaba en\u00adseguida su cuello y su destino quedaba tem\u00adblando en un interrogante de rutas siniestras: Coro, Santo Domingo, Cubagua. La muerte y la ruina hab\u00edan sido la se\u00f1al de los hombres barbudos por aquella comarca que los indios Fumaban Xuduara. La habitaban Bubures, Buredes, Mapes, pero los soldados les daban a todos el nombre de Motilones o Coronados por la forma curiosa de anudarse el cabello. \u00a1Bestias feroces dejadas de la mano de Dios! \u00a1Seres intratables que no se aven\u00edan a entre\u00adgar su oro y sus mujeres pac\u00edficamente!<\/p>\n<p>Un a\u00f1o sepultados en las maniguas ardien\u00adtes, donde la muerte culebrea en silencio; un a\u00f1o de hambre, de fiebres convulsivas y de pesadillas letales les hab\u00edan puesto el \u00e1nimo agrio y sombr\u00edo. Sobre la expedici\u00f3n deb\u00eda de pesar alg\u00fan sortilegio terrible.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">* * *<\/p>\n<p>Bajo un matapalo, entre arbustos espino\u00adsos y nubes de jejenes, hicieron alto para pernoctar. No hab\u00eda luna, pero las estrellas limp\u00edsimas perforaban el bet\u00fan del cielo. Los hombres se hab\u00edan echado en la tierra con las armas bajo la nuca y miraban hacia arri\u00adba. De vez en cuando mord\u00eda la tiniebla el ladrido de un zorro o el graznido de un buho, y los centinelas golpeaban las costillas de los indios para cerciorarse de que segu\u00edan all\u00ed acurrucados como alima\u00f1as.<\/p>\n<p>Francisco Mart\u00edn murmur\u00f3 sin moverse:<\/p>\n<p>\u2014\u00bfQu\u00e9 har\u00e1 mi Petrilla a estas horas?<\/p>\n<p>\u2014\u00bfY qu\u00e9 horas ser\u00e1n a estas horas?\u2014inda\u00adg\u00f3 un compa\u00f1ero a su lado.<\/p>\n<p>Sus voces rodaban cansadas y cautelo\u00adsas como dos gusanos que se arrastraran en un lodo negro.<\/p>\n<p>\u2014Habr\u00e1 encerrado los puercos en el chi\u00adquero y estar\u00e1 rezando el trisagio delante de la Inmaculada. Luego se meter\u00e1 en el jerg\u00f3n y pensar\u00e1 un poco en m\u00ed.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfTe crees t\u00fa eso?<\/p>\n<p>Francisco Mart\u00edn enmudeci\u00f3 cual si la pre\u00adgunta del otro fuese una mano apoyada en su boca, y el compa\u00f1ero repuso entre dien\u00adtes:<\/p>\n<p>\u2014Yo no dej\u00e9 a nadie en Espa\u00f1a. Cuando vuelva nadie me conocer\u00e1. Entonces ir\u00e9 a Sevilla y comprar\u00e9 un olivar con el oro que lleve.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfCu\u00e1l oro?\u2014veng\u00f3se Francisco con odio. Y tras su pregunta se abri\u00f3 otro par\u00e9ntesis que \u00e9l mismo cerr\u00f3:<\/p>\n<p>\u2014No creo en el oro de Am\u00e9rica, por lo me\u00adnos mientras nos manden estos alemanes im\u00adp\u00edos, a quienes el C\u00e9sar ha dado sus nuevas tierras. Nos moriremos aqu\u00ed.<\/p>\n<p>\u2014Shit&#8230;<\/p>\n<p>La mano invisible volvi\u00f3 a oprimirles los labios pero la voz del otro comentaba des\u00adpu\u00e9s con dejo amargo:<\/p>\n<p>\u2014El C\u00e9sar&#8230; \u00bfQu\u00e9 crees t\u00fa que har\u00e1 el C\u00e9sar ahora?<\/p>\n<p>\u2014\u00bfQui\u00e9n habla all\u00ed? \u2014 prorrumpi\u00f3 junto a ellos el Maestre de Campo. Y los dos se tragaron sus voces.<\/p>\n<p>Algunos soldados roncaban ya. Otros ge\u00adm\u00edan como perros enfermos. Francisco Mar\u00adt\u00edn se puso a so\u00f1ar que hab\u00eda vuelto a su pueblo y que sal\u00eda a recibirle Petrilla; que entraba en su casa y se pon\u00eda a contar en la mesa de pino las doblas y los excelentes de oro mientras los labriegos vecinos le envol\u00adv\u00edan en su codicia. \u00ab\u00bfD\u00f3nde queda Am\u00e9ri\u00adca?\u00bb\u2014le preguntaban algunos. Y \u00e9l les res\u00adpond\u00eda acariciando sus monedas lustrosas: \u00abM\u00e1s all\u00e1 del oc\u00e9ano: en los quintos infiernos\u00bb. Pero ellos re\u00edan ense\u00f1ando los dien\u00adtes: \u00abIremos, iremos tambi\u00e9n all\u00e1 para traer doblas de oro y sartas de perlas\u00bb. \u00abNo va\u00ady\u00e1is, no vay\u00e1is\u00bb, aconsej\u00e1bales \u00e9l, mas ellos sal\u00edan en interminable y atropellada carava\u00adna hacia el mar. Los brazos negros de los frailes extend\u00edanse y llenaban todo el hori\u00adzonte dibujando bendiciones mientras el Em\u00adperador, sentado en su trono y rodeado de hombres robustos y rubios, se frotaba las ma\u00adnos. El trono era un sol rutilante pero los grandes brazos negros proyectaban su sombra sobre \u00e9l y los cuerpos de los hombres rubios interpon\u00edanse entre la Majestad y el pueblo. Todo se hac\u00eda confuso despu\u00e9s y el trono se disolv\u00eda en la tiniebla.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">* * *<\/p>\n<p>A la ma\u00f1ana, al formar filas, el Maestre de Campo lanza un terno y anuncia la desapari\u00adci\u00f3n de tres soldados y la muerte de un in\u00addio. \u00bfC\u00f3mo pudieron aquellos hombres bur\u00adlar la vigilancia de los centinelas? A \u00e9stos debi\u00f3 rendirles el sue\u00f1o. Debi\u00f3 penetrarles el denso veneno que sube como una ola de humo de la tierra desnuda. No es la primera vez que desertan soldados. De los 150 que sa\u00adlieron de Coro, s\u00f3lo quedan 90, adem\u00e1s de los indios. Estos no pueden huir porque la cadena les ata al destino de sus conquistadores, pero se vengan muri\u00e9ndose.<\/p>\n<p>Miser Ambrosio blasfema. Ser\u00eda menester degollarlos a todos. Bien sabe que no le quieren pero a \u00e9l le basta con que le teman. \u00a1Cobardes! Si es preciso ir\u00e1 \u00e9l solo a buscar el oro en las profundidades de este mundo terrible.<\/p>\n<p>Al principio, cuando ocurrieron las primeras deserciones, hizo azotar a los centinelas. Les apale\u00f3 con su propia mano. Pero ahora el ins\u00adtinto de conservaci\u00f3n le estrangula la ira. Su brazo de hierro, sacudido por el furor, se mueve de arriba a abajo y el montante cer\u00adtero decapita el cad\u00e1ver del indio. La san\u00adgre, todav\u00eda c\u00e1lida, le ba\u00f1a el farpado de malla y en una lluvia roja le alcanza la ca\u00adra. \u00a1Si pudiera har\u00eda lo mismo con todos es\u00adtos espa\u00f1oles que le clavan las flechas de su odio y le envenenan el humor con sus su\u00adpersticiones! \u00a1Con gusto dejar\u00eda sin cabezas a estos hombres barbudos que se rascan las ronchas con las espadas y hacen estallar sus piojos entre las u\u00f1as!<\/p>\n<p>Mientras .el sol se dora los soldados perma\u00adnecen en pie frente a la c\u00f3lera del jefe. Las miradas oscilan entre el caudillo iracundo y el esclavo que yace a sus pies sin cabeza. Y las pupilas se ponen sombr\u00edas en presencia de esa carne cobriza que la muerte endurece.<\/p>\n<p>Cu\u00e1ntos d\u00edas sin probar un bocado de carne! \u00a1Cu\u00e1ntos d\u00edas sin cobrar una pieza en las landas peladas y reverberantes! Era distinto en Xuduara, el h\u00famedo para\u00edso del sur. All\u00ed abundan los v\u00e1quiros, los venados y las aves. La \u00faltima carne que comieron despu\u00e9s de su marcha hacia el poniente, fue la de esos p\u00e1jaros negros que vuelan tras ellos y que los indios llaman zamuros. Una carne tiesa y amarga poblada de piojos grises.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">* * *<\/p>\n<p>Tierras calcinadas y rojas siguen surgiendo ante sus pasos. El horizonte sin fin las vomita con una pertinacia mon\u00f3tona que los enloquece. Apenas algunos montes ralos quiebran el paisaje con sus manchas pardas y los hombres se preguntan: \u00bfQu\u00e9 se han hecho los habitantes de esta comarca? \u00bfD\u00f3nde est\u00e1n los terribles Cocinas de que suelen hablar los int\u00e9rpretes? Todo lo preferir\u00edan a esta soledad alucinante, hasta las rayas envenenadas de los Cocinas. S\u00f3lo alguna serpiente de casca-bel agita sus cr\u00f3talos al margen de las ve-redas y unos cuantos zamuros vuelan en c\u00edrculos bajo el acero del cielo.<\/p>\n<p>As\u00ed se alargan los d\u00edas y las noches. Bajo las barbas se hinchan las fauces y los ojos arden al chocar con la tierra. Pero los soldados siguen a\u00fan en pos del hombre de hierro que se afirma en el lomo de su caballo y no mira a la espalda. Es un ser temible este hombre cuya entereza apaga las quejas en las gar-gantas y cuya mirada pone chiquitos los corazones. Al quinto die&#8217; han visto surgir en el horizonte una l\u00ednea ondulante y obscura que se va precisando entre los resplandores del aire.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1La monta\u00f1a! \u2014grita Juan de Villegas\u2014\u00a1La monta\u00f1a!<\/p>\n<p>La tropa se detiene un momento para con-templarla mejor. \u00a1La monta\u00f1a! Ya otras l\u00edneas semejantes han cortado los horizontes ante sus miradas, pero nunca sintieron una emoci\u00f3n como \u00e9sta. \u00bfSer\u00e1 una nueva monta\u00f1a o acaso la misma que hallaron en sus correr\u00edas del sur? \u00bfQui\u00e9n puede decirlo? Han estado marchando hacia el oeste, pero bien pudieron haber torcido la ruta en la demencia de los d\u00edas sin sombra. Hay ansiedad en sus ojos y los pechos se aprietan en una muda oraci\u00f3n: \u00a1Dios de los cielos, Virgen de los dolores y de las esperanzas, que hallemos en esta monta\u00f1a lo que hemos venido a buscar!<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Santa Gadea! \u2014dice Virgilio Garc\u00eda con las pupilas vueltas al cielo\u2014. Te ofrezco un caballito de oro y treinta misas cantadas&#8230;<\/p>\n<p>Pero Francisco Mart\u00edn, que camina a su lado le rompe la prez:<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Calla! \u00bfNo sabes que al alem\u00e1n no le gustan los rezos? Por ello mand\u00f3 para Coro a Mart\u00edn Tinajero.<\/p>\n<p>\u2014Por ello \u2014protesta Virgilio\u2014 por ello no hallamos lo que estamos buscando.<\/p>\n<p>A la ca\u00edda de la tarde est\u00e1n frente al basti\u00f3n de los cerros. Las cumbres proyectan sus som\u00adbras sobre el llano y una luna asombrada se asoma en el horizonte. Viene ahora hasta ellos el aliento fr\u00edo de los montes, el saludo de un mundo distinto. Los caballos levantan las ca\u00adbezas con las narices temblorosas y los indios se agrupan expectantes.<\/p>\n<p>\u2014Yo soy cristiano.<\/p>\n<p>Es Virgilio Garc\u00eda, que siente la necesidad de atar su destino a los cielos y renueva junto a los compa\u00f1eros cansados el tema de la ora\u00adci\u00f3n. A Mart\u00edn Tinajero, el hombre piadoso y tranquilo que mandaron a Coro, le gusta rezar y parece feliz. Pero Francisco pregunta molesto:<\/p>\n<p>\u2014\u00bfEs soldado o es fraile?<\/p>\n<p>En el coraz\u00f3n de la noche selv\u00e1tica circulan venillas de fr\u00edo que obligan a encojer las pier\u00adnas en el suelo y provocan relinchos a los caballos. Los centinelas cabecean apoyados en sus partesanas y los indios prisioneros afinan los o\u00eddos, porque la monta\u00f1a tiene rui\u00addos misteriosos que s\u00f3lo ellos conocen.<\/p>\n<p>De pronto un grito se hunde en la entra\u00f1a de la noche y la tropa se pone en pie con gran choque de hierros. Alguien enciende una tea. Es uno de los cargueros que ara\u00f1a la tierra con una flecha clavada en la espalda. Todos se miran en silencio y la angustia se empoza en sus ojos. S\u00f3lo hablan los indios. Hablan en su lenguaje gutural y atropellado.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Itotos! \u00a1Choques! \u00a1Guanaos!<\/p>\n<p>All\u00ed estar\u00e1n los Guanaos y los Chaques en\u00adtre las frondas nocturnas avizorando con sus ojos malignos a la tropa confusa. All\u00ed estar\u00e1n junto a ellos con sus flechas de puntas den\u00adtadas. Los int\u00e9rpretes y los cargueros gesti\u00adculan y los caballos relinchan. All\u00ed estar\u00e1n esos seres sutiles cuyo olor a tigre se difunde en la brisa.<\/p>\n<p>Ya no habr\u00e1 sue\u00f1o esta noche que se alar\u00adga y prolonga la agon\u00eda de los hombres. El cuerpo del indio continuar\u00e1 all\u00ed con la flecha clavada hasta que vuelva la luz a borrar el terror de los corazones. Pero en medio del silencio estalla una voz ins\u00f3lita:<\/p>\n<p>\u2014Por lo menos as\u00ed sabemos que hay vida alrededor de nosotros.<\/p>\n<p>La de Alfinger le sale al encuentro:<\/p>\n<p>\u2014\u00bfQui\u00e9n habla? Capit\u00e1n del Castillo, c\u00f3r\u00adtele la cabeza al que abra la boca.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">* * *<\/p>\n<p>Este sol que se enreda en las altas copas de los \u00e1rboles debe ser c\u00f3mplice de los in\u00addios que acechan. Las flechas han silbado de nuevo sobre las cabezas de los soldados mientras escalan la monta\u00f1a. Adelante van ahora los hombres de las espadas tumbando ramas para abrir caminos y los indios enca\u00addenados les siguen, aplastados por la impe\u00addimenta, sirviendo de blindaje viviente a la tropa.<\/p>\n<p>Repentinamente Bascona se detiene y abre los brazos. Han llegado a la cumbre y a sus pies se explaya un mundo inesperado que sus miradas soborean en un \u00e9xtasis largo.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Qu\u00e9 hermoso!<\/p>\n<p>Nunca como en este instante sintieron tan honda y tan neta la emoci\u00f3n de descubrir y conquistar. Hasta el Adelantado alem\u00e1n que ha visitado las prodigiosas islas del Mar de los Caribes se abisma ante la maravilla de estas tierras cubiertas por todos los tonos del verde. All\u00ed est\u00e1n bajo el oro del sol los tonos tiernos, los tonos profundos, los tonos severos del ma\u00edz, la yuca y el algod\u00f3n.<\/p>\n<p>\u2014All\u00ed debe estar el oro \u2014dice en voz al\u00adta\u2014, all\u00ed debe estar esper\u00e1ndonos.<\/p>\n<p>Los otros se ponen a dar saltos gozosos.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfC\u00f3mo se llama ese Valle?<\/p>\n<p>Del Castillo interroga a los indios int\u00e9rpre\u00adtes con el rejo en la mano.<\/p>\n<p>\u2014Upar.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfY ese r\u00edo que corre por \u00e9l?<\/p>\n<p>\u2014Upar \u2014repite mon\u00f3tono el indio.<\/p>\n<p>Pero Alfinger alarga su espada y declara:<\/p>\n<p>\u2014Desde ahora ese r\u00edo se llamar\u00e1 C\u00e9sar en honor del Emperador.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Chozas!<\/p>\n<p>Es Juan de Villegas, quien las descubre en lontananza, escondidas entre la refulgente verdura.<\/p>\n<p>\u2014Son pueblos de indios.<\/p>\n<p>M\u00e1s all\u00e1 de las chozas brilla el espejo de una laguna, moteado de manchas azules. De\u00adben ser islas, porque en ellas se columbran otros puntitos negros que tambi\u00e9n ser\u00e1n cho\u00adzas.<\/p>\n<p>\u2014El oro estar\u00e1 en la m\u00e1s grande de todas, en aqu\u00e9lla que se divisa mejor: de donde sa\u00adle el humo.<\/p>\n<p>Son como montoncitos de horruras de mos\u00adcas en un pa\u00f1o de seda, y hacia ellas se lanzan los soldados en tropel impetuoso, re\u00adnovadas sus fuerzas por la fiebre que les que\u00adma las almas. Les polariza la fina columna de humo.<\/p>\n<p>Todo es verde en este mundo transparente y fragante, hasta el cielo. Hasta el humo que se disuelve en el aire. El universo se les ha convertido en una gran esmeralda, en cuyas aguas est\u00e1ticas su fantas\u00eda ve refulgir y ondu\u00adlar r\u00edos amarillos.<\/p>\n<p>Bajan. Cruzan el llano. La soledad les re\u00adcibe alargada. Pero de pronto aparece ante ellos un grupo de hombres esbeltos, bronc\u00ed\u00adneos, tocados con gorras y capas de algod\u00f3n, y los soldados se detienen. Los brazos de los reci\u00e9n llegados se extienden solemnes. Co\u00admienzan a hablar.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfQu\u00e9 dicen? \u2014 pregunta el Adelantado a un int\u00e9rprete.<\/p>\n<p>\u2014Guanaos saludando Arijunas.<\/p>\n<p>En los ojos de Alfinger brilla una chispa. Los indios de los gorros y las capas llevan adornos de oro en el pecho, en las mu\u00f1ecas y en los tobillos. Tambi\u00e9n sus soldados lo notan y los pu\u00f1os se crispan. sobre las picas y sobre la cruz de las espadas. \u00a1Oro! \u00a1Oro! All\u00ed est\u00e1, por fin, lo que tanto han buscado.<\/p>\n<p>Y la esmeralda fragante se ti\u00f1e de rojo.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">* * *<\/p>\n<p>Las chozas est\u00e1n abandonadas, pero dentro de ellas viven las cosas que rodean la exis\u00adtencia del indio. Los fogones humeantes, las ollas de barro, las toscas tallas de madera negra, las esteras de enea y los blancos teji\u00addos de algod\u00f3n. Han huido dej\u00e1ndolo todo.<\/p>\n<p>La tarde llena de vetas moradas el valle. La noche se acerca de nuevo, mas los hombres barbudos desde\u00f1an ahora su presencia. Ya no sienten hambre ni cansancio ni miedo. Su b\u00fasqueda fren\u00e9tica siembra la destrucci\u00f3n en aquellos recintos humildes donde una civili\u00adzaci\u00f3n comienza a empollar al calor del tra\u00adbajo. Nada brilla en los hogares aparte los tizones que se consumen entre cenizas. En\u00adtonces salen afuera otra vez y penetran en los sembrados.<\/p>\n<p>Entre las sementeras un soldado descubre un cuerpo escondido. Alza su pica para traspasarlo, pero de la masa confusa que comien\u00adza a borrarse en las sombras, surge un grito delgado. Es una mujer que protege a su hijo entre los senos henchidos. Lleva t\u00fanica blan\u00adca y sobre ella cae la tiniebla de la cabelle\u00adra. \u00a1Una mujer! Todas las fibras han vibrado en el cuerpo calenturiento del soldado. \u00a1Una mujer!<\/p>\n<p>Sus ojos miran en torno y advierten que los dem\u00e1s est\u00e1n lejos. La india es joven y esbelta y sigue agachada e inm\u00f3vil. De un manot\u00f3n le arranca la t\u00fanica, de otro le arre\u00adbata el ni\u00f1o. Ahora se dibujan en la penum\u00adbra las redondeces obscuras: la pelvis lim\u00adpia y turgente, las piernas fuertes, los brazos carnosos que pugnan por recobrar al hijo. Est\u00e1 pegada al hombre de hierro, luchando en silencio como los animales ariscos. Pero el hombre pone el ni\u00f1o en el suelo, levanta la pica y la hunde en el peque\u00f1o cuerpo pata\u00adleante. El crujido de la piel nueva se confun\u00adde con el de los tallos del ma\u00edz.<\/p>\n<p>Aun as\u00ed no grita la mujer. Sigue luchando en silencio. Pero qu\u00e9 fuerte es el brazo de este hombre barbudo y sudoroso. Y qu\u00e9 ex\u00adcitante el mudo \u00edmpetu de la madre desnuda. Ahora cae entre los tallos cortantes con un cintillo de p\u00farpura en la frente. Ahora salta el soldado sobre ella y su cuerpo fren\u00e9tico se sacude en espasmos profundos.<\/p>\n<p>\u2014 \u00a1Oro! \u00a1Oro! \u00a1Oro!<\/p>\n<p>El grito lejano viene sacudiendo las hojas.<\/p>\n<p>El soldado abandona a la india junto al cuerpo sangrante del ni\u00f1o.<\/p>\n<p>La noche sella los campos.<\/p>\n<h3><em>\u00a0<\/em><\/h3>\n<h3>La geograf\u00eda del hambre<\/h3>\n<p>Eran figuras de aves, de reptiles, de flores y de sexos y estaban dispersas por los suelos dentro de los boh\u00edos. Brillaban en la obscuridad de la tierra y en\u00adcend\u00edan el coraz\u00f3n de los conquistadores.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Oro! \u00a1Oro!<\/p>\n<p>Circuido de un prieto silencio, Miser Am\u00adbrosio acariciaba los toscos adornos, los idolillos grotescos, los falos bru\u00f1idos, y corr\u00edan por sus dedos extremecimientos sutiles. Sus hombres espiaban sus ojos.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfQu\u00e9 se hicieron esos malditos? \u00bfA d\u00f3n\u00adde se llevaron todo el oro que tienen?<\/p>\n<p>Fue in\u00fatil que cavaran la tierra y arrasa\u00adran las siembras. No hab\u00eda m\u00e1s, ni dentro ni fuera. Pero el nuevo sol les tra\u00eda una nue\u00adva respuesta. Algunos soldados volv\u00edan del lago jadeando, con las picas en alto:<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Est\u00e1n en las islas! \u00a1Est\u00e1n en las islas!<\/p>\n<p>Y hacia all\u00e1 corri\u00f3 la jaur\u00eda. Desde la orilla pod\u00edan ver a los indios discurriendo en los prados y o\u00edr sus voces de alarma mojadas por la distancia. Sus mantas de listas aletea\u00adban sobre la verdura.<\/p>\n<p>\u2014 \u00a1Pocabuces! \u2014dec\u00edan los int\u00e9rpretes \u2014 \u00a1Pocabuces ricos!<\/p>\n<p>En el centro de la laguna estaban las islas, lejos de las orillas. Y no hab\u00eda embarcacio\u00adnes para cruzar las aguas tranquilas. Las sae\u00adtas de las ballestas y los perdigones de las escopetas se habr\u00edan desmayado en la mi\u00adtad del trayecto. Las voces mismas eran arre\u00adbatadas y abatidas por la brisa.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Malditos, perros! \u00a1Vengan a pelear con nosotros!<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Con nosotros&#8230;! repet\u00eda la pradera. Los verdes temblaban entre los oros del sol.<\/p>\n<p>Los prisioneros miraban at\u00f3nitos la c\u00f3lera de los soldados y sus almas se iban en pos de ]as maldiciones hacia aquellas islas azu\u00adles, donde todav\u00eda estaba la libertad.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Tamalameque! \u00a1Tamalameque!<\/p>\n<p>I\u00f1igo de Bascona propuso:<\/p>\n<p>\u2014Fabriquemos balsas para ir a asaltarles. Pero el Adelantado rechaz\u00f3 impaciente:<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Balsas! \u00a1Balsas! Tardar\u00edamos un siglo y se escapar\u00edan con el oro.<\/p>\n<p>De repente Juan de Villegas espole\u00f3 su caballo y se meti\u00f3 con \u00e9l en el agua. El aci\u00adcate perforaba la piel de la bestia.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfHabr\u00e1 alg\u00fan valiente que me siga?<\/p>\n<p>Un tropel formidable. Los caballos alzaban las patas y romp\u00edan con estruendo el espejo tranquilo. Romp\u00edan el cerco del agua y avan\u00adzaban con las orejas como lanzas. All\u00e1 en las islas, entre los tallos ondulantes, corr\u00eda el p\u00e1\u00adnico de los indios.<\/p>\n<p>No fu\u00e9 una lucha sino una persecuci\u00f3n. Una carnicer\u00eda. Los pocabuces esbeltos, de mantas listadas, no quer\u00edan pelear y hu\u00edan desbandados frente a los monstruos de cua\u00adtro patas que se les echaban encima. Sus voces clamaban:<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Tamalameque! \u00a1Tamalameque!<\/p>\n<p>In\u00fatil clamor. Sus cabezas ca\u00edan en una siega implacable, entre surtidores bermejos.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Tamalameque! \u00a1Tamalameque!<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Oro! \u00a1Oro!<\/p>\n<p>Cuando los caballeros tornaron al lado del jefe, les venc\u00eda la fatiga, pero tra\u00edan los bol\u00adsones y las capellinas repletos de flores y p\u00e1jaros \u00e1ureos. Miser Ambrosio calcul\u00f3 la cosecha en unos cien mil castellanos de oro.<\/p>\n<p>Pero este metal manchado de sangre, este ingente bot\u00edn amarillo, ven\u00eda a constituir un problema, porque los hombres fam\u00e9licos no podr\u00edan transportarlo en el itinerario guerre\u00adro. \u00a1C\u00f3mo brillaba en el sol! Y aquello no era, de juro, sino una muestra de cuanto po\u00add\u00eda depararles la opulenta comarca. Una muestra&#8230; \u00bfC\u00f3mo pensar en la vuelta cuan\u00addo se abr\u00edan ante ellos tan tentadores hori\u00adzontes? Miser Ambrosio pensaba en Europa y v\u00eda\u00a0 a sus amos los Welzer frotarse las ma\u00adnos, bajo las hopalandas de lana. Y ve\u00eda al Emperador salir a caballo con sus caballe\u00adros para las tierras de Italia.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">* * *<\/p>\n<p>Veinticinco soldados y seis indios cargue\u00adros, al mando de I\u00f1igo de Buscona, fueron destacados para conducir el bot\u00edn hasta Coro. Antes de que partieran, el Adelantado pos\u00f3 sus manos por \u00faltima vez sobre las relucien\u00adtes figurillas y su coraz\u00f3n se _apret\u00f3, como si le abandonara una amante.<\/p>\n<p>\u2014Me responder\u00e9is de esto con vuestras ca\u00adbezas.<\/p>\n<p>Los hombres partieron. Ante ellos estaba de nuevo la selva ce\u00f1uda. Por un momento sus corazones fueron estrujados por la garra del miedo, porque el regreso era m\u00e1s temible que todas las aventuras. Iban a afrontar otra vez las selvas mortales con sus fuerzas merma\u00addas, con su fiebre, su hambre y sus llagas.<\/p>\n<p>Silencio sobre los d\u00edas. Silencio sobre las noches.<\/p>\n<p>Las provisiones eran escasas y viejas: ha\u00adrina y ra\u00edces salvajes. Las tragaban de prisa, como purgantes, a\u00f1orando remotos hartazgos de chorizos y habas humeantes. Las alucina\u00adciones ven\u00edan ya a revolver los cerebros. A Francisco Mart\u00edn le ro\u00eda una llaga la pierna derecha.<\/p>\n<p>Silencio sobre los d\u00edas. Silencio sobre las noches.<\/p>\n<p>Otra vez las leguas obscuras estir\u00e1ndose ante sus pasos con sus sombras h\u00famedas, sus pantanos cubiertos de burbujas como ojos de muerto, sus mosquitos, sus sierpes y sus fle\u00adchas emponzo\u00f1adas. \u00a1Volver a marchar! \u00a1Vol\u00adver a bordear aquellos r\u00edos vigilados desde las cortinas del bosque por los ajillos malig\u00adnos de los Chaguas y los Mapas! \u00a1Volver a vivir la pesadilla de los d\u00edas y las noches junto a la muerte callada!<\/p>\n<p>Al final de la cuarta jornada, cuando la angustia volv\u00edase desesperaci\u00f3n, acamparon bajo las ramas de un \u00e1rbol.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfNo podr\u00edamos seguir un camino m\u00e1s corto?<\/p>\n<p>\u2014\u00bfM\u00e1s corto? \u00bfQu\u00e9 sabemos nosotros de distancias en estas monta\u00f1as malditas?<\/p>\n<p>Con la punta de su espada Bascona se puso a trazar rayas en la tierra:<\/p>\n<p>\u2014\u00bfVeis estas l\u00edneas torcidas? Son las ori\u00adllas del mar. Ved ahora estas otras: son las orillas del lago. Coro est\u00e1 aqu\u00ed, en este pun\u00adto; nosotros ac\u00e1, en la monta\u00f1a. \u00bfCompren\u00add\u00e9is? Si tuvi\u00e9ramos un nav\u00edo nos ir\u00edamos por mar y alg\u00fan d\u00eda los vientos nos pondr\u00edan en las playas de La Vela; nos echar\u00edamos a dormir mientras la nave corriera&#8230; Pero no lo tenernos, no lo tenemos y s\u00f3lo nos queda un recurso: marchar.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Marchar! \u2014grit\u00f3 Francisco Mart\u00edn, des\u00adde el suelo \u2014\u00a1Marchar! \u00bfEs que no descansa\u00adremos alg\u00fan d\u00eda de tanto marchar? Ya no puedo m\u00e1s con esta llaga endiablada que me come las carnes.<\/p>\n<p>Bascona segu\u00eda trazando l\u00edneas en la tierra:<\/p>\n<p>\u2014O\u00edd ahora mi idea: creo que si en vez de seguir el camino de antes tom\u00e1semos m\u00e1s hacia el Sur, llegar\u00edamos m\u00e1s pronto.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfPor qu\u00e9 lo cre\u00e9is?<\/p>\n<p>\u2014No lo s\u00e9. Porque s\u00ed.<\/p>\n<p>Nadie os\u00f3 discutirle. Nadie ten\u00eda nociones geogr\u00e1ficas de aquellos lugares. Se encogie\u00adron de hombros. \u00bfQu\u00e9 m\u00e1s daba seguir hacia el Sur o hacia el Norte con tal de llegar? Por lo pronto era el hambre lo que les torturaba; el hambre que les hac\u00eda ver lanzas de fuego en el aire. Pero una voz pavorosa les llen\u00f3 las almas de :r\u00edo:<\/p>\n<p>\u2014Ya no queda nada.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfNada?<\/p>\n<p>\u2014Ni una borona.<\/p>\n<p>Daban miedo los ojos bajo las ramas del \u00e1rbol. Se buscaban y se hu\u00edan, traidores. Francisco Mart\u00edn observaba de soslayo a los indios cargueros y los otros le observaban a \u00e9l, leyendo en su esp\u00edritu. Los indios&#8230; Car\u00adnes morenas y lisas como de perro. Carnes esclavas. Algunos de ellos hab\u00edan comido carne de perro en el sitio de Logro\u00f1o. Hasta el Emperador la comer\u00eda en una selva como \u00e9sta.<\/p>\n<p>S\u00f3lo Virgilio Garc\u00eda conservaba un pedazo de yuca y lo ro\u00eda en silencio. Francisco arrastr\u00f3se hacia \u00e9l y sac\u00f3 de su sayo un trozo de oro que le mostr\u00f3 con cautela;<\/p>\n<p>\u2014M\u00edralo: pesa m\u00e1s de una libra. Te lo dejo en cambio de un pedazo de eso que comes.<\/p>\n<p>Lo puso en su mano y observ\u00f3 con ansia el brillo de sus ojos. Virgilio sopesaba en si\u00adlencio la pieza.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfQu\u00e9 representa?<\/p>\n<p>\u2014\u00bfNo lo ves? Un miembro de hombre.<\/p>\n<p>Pero el otro se la devolvi\u00f3 con desgana:<\/p>\n<p>\u2014\u00bfPara qu\u00e9 la quiero? Si pudiera com\u00e9rmela.<\/p>\n<p>Unas gotas pesadas, enormes, comenzaron entonces a caer de los cielos. Unas gotas que se aplastaban con ruido sobre las carnes. Bascona se hab\u00eda puesto de pie bruscamente. De un salto cay\u00f3 entre los indios y con un fulminante mandoble descabez\u00f3 al m\u00e1s cer\u00adcano. Los otros se escurr\u00edan de rodillas, con las manos en alto. Las aguas del p\u00e1nico se mezclaban con la sangre caliente.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1No mata Chaque, capit\u00e1n! \u00a1No mata Chaque!<\/p>\n<p>Las gotas del cielo sacaban humo a la tierra. Los ojos febriles miraban atentos c\u00f3mo la espada que poco antes dibujaba mapas en el suelo, iba trazando ahora en la carne del indio la geograf\u00eda del hambre. Despu\u00e9s cayeron como zamuros sobre los trozos cortados.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">* * *<\/p>\n<p>Silencio sobre los d\u00edas. Silencio sobre las noches.<\/p>\n<p>Andando, andando el Capit\u00e1n Bascona adquir\u00eda consumada destreza en aquella funci\u00f3n carnicera. Los soldados sentir\u00edan\u00a0 en\u00a0 sus labios el sabor de la sangre dulzona y el hambre quedar\u00eda moment\u00e1neamente\u00a0 saciada. Pero las ac\u00e9milas humanas iban\u00a0 mermando\u00a0 y con ello ven\u00edan a morder los cerebros nuevas angustias. Cada d\u00eda estaban m\u00e1s d\u00e9biles los hombres barbudos. M\u00e1s agotados por el cansancio y la fiebre. \u00bfQu\u00e9 ser\u00eda de ellos sin la compa\u00f1\u00eda de los indios esclavos, precisamente cuando les faltaban las fuerzas para ir a apresar otros?<\/p>\n<p>Al d\u00e9cimo d\u00eda no quedaba sino un solo carguero aplastado por el peso tremendo del oro. Tras \u00e9l\u00a0 la\u00a0 cadena\u00a0 arrastraba\u00a0 cantando.\u00a0 Ya las piernas de los soldados no pod\u00edan con los cuerpos ni los brazos con las armas. Y\u00a0 el indio\u00a0 gem\u00eda\u00a0 agonizando\u00a0 de pie.<\/p>\n<p>Silencio sobre los d\u00edas. Silencio sobre las noches.<\/p>\n<p>\u00bfPor qu\u00e9 hab\u00eda rehusado aquel indio el pedazo de carne que le ofreciera Bascona? \u00bfDe d\u00f3nde sacaba energ\u00edas para seguir viviendo? Ellos no pod\u00edan m\u00e1s.\u00a0 Los\u00a0 hombres\u00a0 de\u00a0 hierro no pod\u00edan m\u00e1s. Durante dos largas jornadas hab\u00edan respetado la \u00faltima carne de perro, transidos de admiraci\u00f3n y respeto. Pero el hambre era m\u00e1s fuerte.<\/p>\n<p>Al .und\u00e9cimo d\u00eda la espada hizo el \u00faltimo mapa. El indio agach\u00f3 la cabeza para facilitar la tarea y los hombres barbudos se hartaron de nuevo. Cuando Bascona arroj\u00f3 el pene arrugado, Francisco Mart\u00edn abalanz\u00f3se con ansia.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfEsto bot\u00e1is en ocasi\u00f3n semejante?<\/p>\n<p>Sus dientes se hundieron en el nervio escu\u00ad rrido y una mancha morada le borr\u00f3 los\u00a0 la\u00ad bios.<\/p>\n<p>Silencio sobre los d\u00edas. Silencio sobre las noches.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">* * *<\/p>\n<p>Ahora est\u00e1n arrodillados alrededor del oro. Un soldado comenta:<\/p>\n<p>\u2014Con esta riqueza vivir\u00edamos felices en Espa\u00f1a.\u00a0\u00a0 Todos felices&#8230;<\/p>\n<p>\u2014Tendr\u00edamos palacios y trajes.<\/p>\n<p>\u2014Y comida: perniles de cerdo, chorizos ahumados, garbanzos y vinos.<\/p>\n<p>El Capit\u00e1n Bascona inicia\u00a0 un\u00a0 nuevo mapa en el suelo, pero lo patea y lo borra con ira.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Locuras! Nada de eso tendremos porque nadie sabe hacia d\u00f3nde marchamos y nos faltan las fuerzas para cargar este oro.<\/p>\n<p>\u2014Este oro&#8230;<\/p>\n<p>Es una letan\u00eda rodando\u00a0 en el corro:<\/p>\n<p>\u2014Este oro&#8230;<\/p>\n<p>Virgilio Garc\u00eda se pone de pie y propone:<\/p>\n<p>\u2014Enterr\u00e9moslo.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfEnterrarlo?<\/p>\n<p>\u2014Desde luego.\u00a0 Despu\u00e9s volveremos por \u00e9l.<\/p>\n<p>\u00a1Despu\u00e9s! \u00bfCu\u00e1ndo? Son palabras en las que ya nadie cree. Todos callan y en silencio entierran el oro. Como si enterraran un hijo de todos.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">* * *<\/p>\n<p>Ahora\u00a0 avanzan\u00a0 de\u00a0 nuevo\u00a0 entre\u00a0 las llamas invisibles\u00a0 de la\u00a0 gran\u00a0 fragua\u00a0 lacustre.\u00a0\u00a0 El\u00a0 r\u00edo C\u00e9sar\u00a0 ha\u00a0 quedado\u00a0 en las sombras\u00a0 lejanas de la sierra y todo se hunde en la ci\u00e9naga de sus conciencias envenenadas.\u00a0 Pero una nueva corriente\u00a0 les\u00a0 sale\u00a0 al\u00a0 encuentro\u00a0 y\u00a0 los\u00a0 hombres sienten aletear frente a ellos un soplo de vida. Hay p\u00e1jaros en el aire y mam\u00edferos que huyen por el bosque, pero ninguno se siente con fuerzas para\u00a0 disparar\u00a0 sus armas.\u00a0 Francisco\u00a0 Mart\u00edn,\u00a0 imposibilitado\u00a0 de\u00a0 andar,\u00a0 se\u00a0 arrastra\u00a0 gimiendo. Y cuando\u00a0 la\u00a0 tropa\u00a0 se\u00a0 detiene\u00a0 para descansar,\u00a0 Francisco\u00a0\u00a0 lava\u00a0\u00a0 su\u00a0\u00a0 llaga\u00a0\u00a0 en\u00a0\u00a0 las aguas obscuras del r\u00edo. Su\u00a0 carne\u00a0 est\u00e1 negra y\u00a0 p\u00fatrida. Todo su cuerpo arde,\u00a0 consumido por una llama hambrienta.\u00a0\u00a0 Sin embargo conserva\u00a0 todav\u00eda\u00a0 lucidez\u00a0 suficiente\u00a0 para\u00a0 descubrir en los ojos de sus compa\u00f1eros el mismo brillo siniestro de cuando devoraron al primer carguero.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Santa Mar\u00eda Inmaculada, prot\u00e9geme!<\/p>\n<p>Una astilla de hielo recorre el espinazo de Francisco Mart\u00edn. \u00a1Se lo van a comer! Le van a sacrificar precisamente a \u00e9l porque es el m\u00e1s d\u00e9bil, porque es el m\u00e1s pr\u00f3ximo a la muerte, porque representa un estorbo para los dem\u00e1s. No tardar\u00e1 en silbar sobre su cabeza la espada de Bascona y su carne febril en ser devorada. Pero cuando va a gritar pidiendo piedad, una voz jubilosa les llega desde la ribera:<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Los indios!<\/p>\n<p>Por un momento vuelven los \u00e1nimos a erguirse y los soldados se aprestan para la pelea. No\u00a0 son sino cuatro mancebos desnudos que cruzan el r\u00edo en una piragua.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Deteneos, deteneos! Tenemos\u00a0 hambre\u00a0 y estamos perdidos.<\/p>\n<p>Reman con vigor los cuatro indios, pero la elocuencia del hambre se hace entender en todas las lenguas. Oyen y comprenden. La curiara vira hacia tierra. Es leve como una pluma, ligera como un silbido y en su interior hay pi\u00f1as, yuca, ma\u00edz. Las bocas ingenuas sonr\u00eden a los hombres barbudos. Los brazos cobrizos se alargan cargados de frutos, en ofrenda sencilla.<\/p>\n<p>Han llegado a la ribera. Ya est\u00e1n all\u00ed, con\u00ad fiados, al alcance de la espada ge\u00f3grafa. Tres de ellos escapan despavoridos.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">* * *<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Santa\u00a0 Mar\u00eda\u00a0 Inmaculada,\u00a0 prot\u00e9geme!<\/p>\n<p>No probar\u00e1 de esta carne Francisco Mart\u00edn, no comer\u00e1 de ella porque el terror le ha borrado el hambre. En silencio se arrastra lejos de aquellos hombres, a donde no pueden hallarlo. Prefiere morir solo en medio de la selva a ser devorado por\u00a0 cristianos.<\/p>\n<p>\u2014Dios de los cielos, ten piedad de tu siervo.<\/p>\n<p>Gota a gota cae el p\u00e1nico en su coraz\u00f3n y marca, como un reloj, los minutos y las horas. Hay un momento en que oye muy cerca las voces que le buscan, pero las sombras son buenas como todo lo que nace de Dios. S\u00f3lo los hombres son malos. Entonces Francisco sale de su\u00a0 escondite y\u00a0 avanza\u00a0 como un\u00a0 gusano. Las aguas hablan\u00a0 discretamente\u00a0 entre las tinieblas, le invitan, le ofrecen su fresca dulzura. Por ellas huir\u00e1 hasta donde le alcance la muerte que es tambi\u00e9n buena como todas las cosas de Dios.<\/p>\n<p>Est\u00e1 solo en la noche pavorosa de la selva.<\/p>\n<p>En la orilla hay un tronco y Francisco re\u00fane sus fuerzas para empujarlo hacia la corriente. Luego se echa sobre \u00e9l, a lo largo, y lo impulsa con el pie. Flota, se balancea, recuerda una vieja canci\u00f3n que le cantaban hace muchos a\u00f1os mientras flotaba y se balanceaba\u00a0 lo mismo que ahora:<\/p>\n<p>\u2014Rorro, mi ni\u00f1o; du\u00e9rmete ya&#8230;<\/p>\n<p>Silencio sobre las noches. Silencio sobre los d\u00edas.<\/p>\n<h3><em>\u00a0<\/em><\/h3>\n<h3>Los dos se llamaban Mart\u00edn<\/h3>\n<p>Bajo su ancho sombrero de castor el Obispo Don Rodrigo de las Bastidas vigilaba\u00a0 los\u00a0 trabajos\u00a0 de\u00a0 su\u00a0 iglesia, iniciados en 1530, cuando vinieron a anunciarle el arribo de unos expedicionarios. Proced\u00edan de los lados del Lago y tra\u00edan importantes\u00a0 noticias.<\/p>\n<p>El sol amarillo del medio d\u00eda envolv\u00eda la gran plaza del pueblo en una luz cegadora y los indios encadenados tra\u00edan en cestas, sobre sus cabezas, la tierra roja para las tapias que se levantaban. Hombres con capellinas de hierro, mujeres con el cabello al aire, chicos desnudos y bestias realengas pululaban entre la polvareda incandescente. El Obispo daba instrucciones a los alba\u00f1iles-soldados desde el medio de la calle y sus voces sonoras se quemaban en la can\u00edcula.<\/p>\n<p>Frente a la gran Cruz de cuj\u00ed erigida por el fundador Ampu\u00e9s nueve a\u00f1os antes, hizo su Se\u00f1or\u00eda reunir a los notables para\u00a0 recibir\u00a0 a los expedicionarios en cabildo abierto, y all\u00ed comparecieron Felipe de Urre, Teniente del Go\u00adbernador\u00a0 Spira\u00a0 que\u00a0 andaba\u00a0 a\u00a0 la\u00a0 saz\u00f3n\u00a0 por los Llanos; el parsimonioso Juan Alem\u00e1n, Bartolom\u00e9 Sailler y otros agentes\u00a0 de la compa\u00f1\u00eda germana; Don Juan Rodr\u00edguez de Roble\u00ad do, primer De\u00e1n de la Catedral, Fray Antonio de Montesinos, protector de los indios, el Licenciado Antonio de Navarro, comisionado de la Real Audiencia de Santo Domingo, los cabildantes Mart\u00edn de Arteaga, Gonzalo de los R\u00edos y Esteban Mateos y numerosa gente atra\u00edda por la novedad. Se esperaba nada menos que a Nicol\u00e1s Federmann, aspirante postergado a la gobernaci\u00f3n de la provincia, que ven\u00eda de recorrer el itinerario tr\u00e1gico de Alfinger\u00a0 despu\u00e9s\u00a0 de\u00a0 visitar\u00a0 la\u00a0 isla\u00a0 capitalina, y con tal motivo augur\u00e1banse sucesos extraordinarios. El viaje de\u00a0 Federmann\u00a0 hab\u00eda sido anunciado tres d\u00edas antes por el sargento Hernando Montero, de la hueste de Francisco Mart\u00ednez que iba para Carora por la serran\u00eda.<\/p>\n<p>All\u00ed, frente a la cruz, se saludaron el conquistador y el prelado. Los expedicionarios ven\u00edan enfermos, hambrientos y descorazonados. Tampoco ellos hab\u00edan hallado el oro que cinco a\u00f1os atr\u00e1s enterraran los hombres de Alfinger y Federmann tra\u00eda\u00a0 el\u00a0 prop\u00f3sito de\u00a0 dedicarse\u00a0 a\u00a0 la pesca\u00a0 de perlas.<\/p>\n<p>Los alemanes estaban cabizbajos. Su Reverencia observaba con el ce\u00f1o fruncido el ondular rumoroso de los cascos brillantes,\u00a0 de las cabezas\u00a0 desnudas,\u00a0 de\u00a0 las melenas\u00a0 endrinas de los indios. Necesitaba dinero para el culto y la pobreza de esta Villa que con sarcasmo sangriento hab\u00edan\u00a0 llamado\u00a0 en Espa\u00f1a la Castilla del Oro reflej\u00e1base en el descontento de todos.\u00a0 Los\u00a0 espa\u00f1oles\u00a0 detestaban\u00a0 a los alemanes y los indios les odiaban a unos y otros. \u00a1Los indios!\u00a0 \u00a1Hab\u00edan muerto tantos en el tremendo choque de la Conquista! \u00a1Agonizaban tantos otros en las minas y las encomiendas! La conciencia del Obispo no estaba tranquila porque apenas llegado a la provincia, ante la escasez de dinero hab\u00eda tenido que apelar a la esclavizaci\u00f3n. \u00bfQu\u00e9 hacer si la tierra se negaba a darles\u00a0 oro? Todo fuera para mayor gloria de Dios y del C\u00e9sar.<\/p>\n<p>Un incidente curioso logr\u00f3 levantar el \u00e1nimo de los pobladores tras la decepci\u00f3n del nuevo fracaso. Entre la tropa ven\u00eda un antiguo soldado que por aberraci\u00f3n singular abandonara la vida cristiana\u00a0 para\u00a0 vivir\u00a0 con los indios. Francisco Mart\u00edn, pr\u00f3fugo por dos veces de las huestes reales, volv\u00eda\u00a0 prisionero, y la gente se aglomeraba para ver\u00a0 su traza\u00a0 estrafalaria.\u00a0 All\u00ed\u00a0 estaba\u00a0 con la cadena al cuello, entre los esclavos morenos, empenachado de plumas, con la cara pintada de anoto y un manto de colorines sobre los hombros.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Vedle! Est\u00e1\u00a0\u00a0 endemoniado. La maldici\u00f3n que destruy\u00f3 a Alfinger sigue pesando sobre\u00a0 \u00e9l.<\/p>\n<p>Una mujer explicaba:<\/p>\n<p>\u2014La primera vez le trajo el capit\u00e1n San Mart\u00edn, la segunda no recuerdo qui\u00e9n. Y las dos se escap\u00f3 para el monte.\u00a0 Ha perdido la fe del bautismo y ahora vive haciendo hechicer\u00edas y\u00a0 comiendo carne humana.<\/p>\n<p>\u2014Tendr\u00e1n que quemarlo en la Plaza.<\/p>\n<p>Le hab\u00edan hallado, explic\u00f3 Federmann al Obispo, en una aldehuela del lago, amancebado con una salvaje, cargado de hijos y vuelto \u00e9l mismo un pagano. Fue de los que visitaron el Valle de Upar con Miser Ambrosio y de los que enterraron el oro arrebatado a\u00a0 los guanaos y\u00a0 los pocabuces.<\/p>\n<p>Los indios encadenados miraban tambi\u00e9n a Francisco y dec\u00edan:<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Piache, piache,\u00a0 piache!<\/p>\n<p>Su Se\u00f1or\u00eda estaba profundamente intriga\u00ad da. En la alcoba m\u00e1s grande de su residencia, entre cruces y espadas,\u00a0 estolas\u00a0 y\u00a0 rejos de cuero, c\u00e1lices y grillos de hierro, amonest\u00f3 al\u00a0 prisionero:<\/p>\n<p>\u2014\u00bfNo comprendes, hijo m\u00edo, que has puesto en peligro tu alma?\u00a0\u00a0 \u00bfNo comprendes que al hacer\u00a0 vida\u00a0 com\u00fan con\u00a0 esos infieles y\u00a0 al procrear\u00a0 hijos con hembras de su raza abominas\u00a0 del credo cat\u00f3lico, apost\u00f3lico y\u00a0 roma\u00b7 no en que naciste? \u00bfC\u00f3mo has podido vivir entre tales paganos y plegarte a su culto y adoptar sus maneras hasta venir a parar en un vil hechicero? \u00bfC\u00f3mo has podido mirarles comer carne humana?<\/p>\n<p>Francisco atrevi\u00f3se a alzar la mirada hasta \u00e9l.<\/p>\n<p>\u2014Se\u00f1or, est\u00e1is enga\u00f1ado: ellos no comen carne humana.\u00a0 Yo s\u00ed la he comido.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfT\u00fa?\u00a0\u00a0 \u00bfEst\u00e1s loco?<\/p>\n<p>No estoy loco, se\u00f1or. Yo y mis compa- \u00f1eros hambrientos comimos la carne de los indios que \u00edbamos matando cuando tra\u00edamos el oro.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfEs\u00a0 posible?<\/p>\n<p>Lleno de agitaci\u00f3n el Obispo se puso\u00a0 a recorrer la estancia, con el alma en un hilo.<\/p>\n<p>\u2014Eso es grave, grav\u00edsimo. Has cometido, Francisco, pecado mortal y yo debo someterte a juicio.<\/p>\n<p>Francisco le miraba sereno.<\/p>\n<p>\u2014Tuve\u00a0 hambre,\u00a0 se\u00f1or.<\/p>\n<p>\u2014S\u00ed, ya me lo has dicho. \u00bfY lo otro? \u00bfY los hijos que tuviste en la selva?<\/p>\n<p>\u2014Son mis hijos. . .<\/p>\n<p>\u2014\u00bfY la vida que hiciste entre ellos, de brujer\u00edas\u00a0 y de ensalmos?<\/p>\n<p>\u2014Fueron buenos conmigo: curaron mis llagas y me ense\u00f1aron a\u00a0 curar\u00a0 con\u00a0 sus yerbas las de los dem\u00e1s. Me hicieron jefe de su tribu, su sacerdote y su m\u00e9dico.<\/p>\n<p>Las manos col\u00e9ricas del Prelado se agitaron sobre la cabeza del preso.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Blasfemo! \u00a1R\u00e9probo! \u00a1Imp\u00edo! Morir\u00e1s quemado\u00a0 ante el pueblo.\u00a0 \u00bfSe ha endurecido de tal modo tu coraz\u00f3n, se han cegado\u00a0 tus ojos\u00a0 a tal\u00a0 extremo\u00a0 que no\u00a0 veas\u00a0 tu\u00a0 pecado? \u00a1Morir\u00e1s\u00a0 quemado,\u00a0 Francisco\u00a0 Mart\u00edn!<\/p>\n<p>Fue a la ventana que daba a la calle y contempl\u00f3 el panorama\u00a0 amarillo.\u00a0 La\u00a0 gente se hab\u00eda ido marchando a sus quehaceres y los indios segu\u00edan transportando la tierra para las tapias. Al final de\u00a0 la\u00a0 plaza\u00a0 se\u00a0 alzaban los caserones de los notables con sus anchas portadas y sus ventanales de gruesos balaustres. El sol bajaba hacia las lejanas regiones lacustres y parec\u00eda una dobla encendida. Su Se\u00f1or\u00eda lo contempl\u00f3 un momento y volvi\u00f3 con las pupilas brillantes.<\/p>\n<p>\u2014Dime: \u00bfPodr\u00edas volver al lugar donde dejasteis el oro enterrado?<\/p>\n<p>Y como el preso dudara un instante, agreg\u00f3:<\/p>\n<p>\u2014Pudiera ser que encontr\u00e1ramos forma de atenuar\u00a0 tus\u00a0 culpas. . .<\/p>\n<p>\u2014Quiz\u00e1 \u00a0\u2014 repuso Francisco.<\/p>\n<p>\u2014Est\u00e1\u00a0 bien:\u00a0 probaremos.<\/p>\n<p>Acerc\u00f3se el Prelado a una imagen que hab\u00eda en la pared, entre dos espadas, y estuvo en silencio por algunos minutos. Oraba. Cuando volvi\u00f3 hab\u00eda en su semblante una grave dulzura.<\/p>\n<p>Nuestra religi\u00f3n es tolerante\u00a0 y\u00a0 piadosa. El aconsej\u00f3 perdonar. Pero t\u00fa, Francisco Mart\u00edn, tendr\u00e1s que hacer penitencia: comenzar\u00e1s por llegar de rodillas, con la cabeza descubierta y los pies descalzos, hasta la Cruz de\u00a0 la\u00a0 plaza;\u00a0 confesar\u00e1s\u00a0 tus\u00a0 pecados\u00a0 y te arrepentir\u00e1s de ellos delante del pueblo; estar\u00e1s treinta d\u00edas a pan y agua e ir\u00e1s a contemplar el cad\u00e1ver de\u00a0 Mart\u00edn\u00a0 Tinajero para\u00a0 edificaci\u00f3n\u00a0 de tu esp\u00edritu.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Mart\u00edn Tinajero! \u00bfMuri\u00f3 Mart\u00edn Tinajero?<\/p>\n<p>\u2014\u00bfLe\u00a0 conociste?<\/p>\n<p>\u2014S\u00ed,\u00a0 se\u00f1or.<\/p>\n<p>\u2014Pues Mart\u00edn Tinajero muri\u00f3 no hace mucho en olor de santidad, cuando ven\u00eda hacia Coro a buscar provisiones. Nos lo ha dicho Hernando Montero.\u00a0 Su\u00a0 cuerpo\u00a0 se\u00a0 conserva en la tierra, incorruptible y fragante por milagro de Dios para ejemplo de los pecadores como t\u00fa.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">* * *<\/p>\n<p>Cuatro soldados y un cabo condujeron al r\u00e9probo a trav\u00e9s de la\u00a0 sierra,\u00a0 a\u00a0 tres\u00a0 jornadas de viaje, hasta el sitio donde yac\u00eda Mart\u00edn Tinajero. Bajo los tintes tiernos de la ma\u00f1ana las hojas del bosque goteaban roc\u00edo y entre los troncos corr\u00eda un arroyuelo de aguas transparentes.<\/p>\n<p>A la vera del caminito que\u00a0 abrieran\u00a0 los pies de los indios en seculares andanzas, la tierra se hinchaba en un seno florido. All\u00ed estaba la tumba, y el rostro de Mart\u00edn Tinajero asomaba, intacto y sonriente, lavado por las\u00a0 aguas\u00a0 matinales.<\/p>\n<p>Francisco se hallaba confuso. Reconoc\u00eda aquella cara beat\u00edfica y sent\u00eda un grave temor frente a sus ojos entornados. De la tierra surg\u00eda una fragancia suave y persistente que se extend\u00eda por la sierra embalsamando el aire, y abejas silvestres ven\u00edan bordeando a posarse en los p\u00e1rpados, en la boca y en las fosas nasales del muerto. Era el milagro del santo-soldado.<\/p>\n<p>Francisco Mart\u00edn record\u00f3 al compa\u00f1ero que con la ballesta al hombro invitaba a rezar a los otros, al que apartaba la vista de las indias imp\u00faberes. Y se puso a pensar en s\u00ed mismo. Tres d\u00edas\u00a0 despu\u00e9s, de regreso a la obscuridad de su celda, ten\u00eda aquella figura empotrada en\u00a0 la mente y segu\u00eda mirando el rostro dormido cubierto de abejas que chupaban sus humores fragantes. Pensaba: \u00bfQu\u00e9 ser\u00e1 de mi cuerpo cuando muera? \u00bfQu\u00e9 olor flotar\u00e1 sobre la tierra donde me sepulten? En vez de abejas caminar\u00e1n gusanos por mi boca y en vez de flores crecer\u00e1n ortigas en mi tumba. Yo no he rezado nunca y todos mis pensamientos fueron mundanos. Soy un pecador\u00a0 abominable: he comido carne humana y he procreado hijos\u00a0 con\u00a0 una\u00a0 infiel.\u00a0 \u00bfQu\u00e9 ser\u00e1 de m\u00ed?<\/p>\n<p>Qued\u00f3 pensativo un\u00a0 momento\u00a0 y\u00a0 luego\u00a0 en la tiniebla de su esp\u00edritu comenz\u00f3 a perfilarse una interrogaci\u00f3n: Pero, \u00bfa qu\u00e9 venimos tantos hombres a\u00a0 Am\u00e9rica?\u00a0 \u00bfQu\u00e9\u00a0 ambicio\u00adnes nos empujaron a trav\u00e9s del oc\u00e9ano tenebroso? \u00abId, nos dec\u00edan, id a buscar el oro que abunda en aquellas tierras salvajes; los seres que las habitan no son racionales y pod\u00e9is matar cuantos sean necesarios\u00bb. Sin embargo, yo he tenido hijos, he sembrado frutos y he curado enfermos entre ellos. Ahora\u00a0 me\u00a0 quieren\u00a0 y\u00a0 yo\u00a0 les quiero&#8230;<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">* * *<\/p>\n<p>A la ma\u00f1ana siguiente la guardia que hac\u00eda la ronda de la c\u00e1rcel encontr\u00f3 rotos los balaustres\u00a0 de\u00a0 la\u00a0 ventana.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/ramon-diaz-sanchez-2\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Ram\u00f3n D\u00edaz S\u00e1nchez \u00a1Oro! \u00a1Oro! \u00a1Oro! \u2014\u00a1Alonso de Campos! \u2014\u00a1Presente! \u2014\u00a1Pedro de San Mart\u00edn! \u2014\u00a1Presente! \u2014\u00a1I\u00f1igo de Bascona! \u2014\u00a1Presente! \u2014\u00a1Hern\u00e1n P\u00e9rez&#8230; \u2014De la Muela \u2014complet\u00f3 el interpelado con voz enf\u00e1tica\u2014: Licenciado de Espa\u00f1a y Ca\u00adpit\u00e1n conquistador. 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