{"id":12151,"date":"2024-06-21T21:05:59","date_gmt":"2024-06-21T21:05:59","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=12151"},"modified":"2025-05-15T15:38:13","modified_gmt":"2025-05-15T20:08:13","slug":"cuentos-de-hector-nuno-gonzalez","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/cuentos-de-hector-nuno-gonzalez\/","title":{"rendered":"Cuentos de H\u00e9ctor Nuno Gonz\u00e1lez"},"content":{"rendered":"\n<h3 class=\"wp-block-heading\"><strong>Don Tito quiere matarse<\/strong><\/h3>\n\n\n\n<p>Don Tito Burgos era un caballero digno y correcto; pero, apenas beb\u00eda unos tragos de ca\u00f1a clara, le entraban deseos de suicidarse, debido a la vergonzosa deshonra de su hija la catira.<\/p>\n\n\n\n<p>Un domingo libre de sus faenas de caporal, y tras leer completo el diario Meridiano, con especial afecto por las p\u00e1ginas dedicadas al boxeo, se recost\u00f3 en su mecedor de mimbre y llam\u00f3 cari\u00f1osamente a uno de sus hijos:&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>-Diego, vaya donde Antonio Garc\u00eda y d\u00edgale que me mande la botella que empezamos el otro d\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>Do\u00f1a Mar\u00eda escuch\u00f3 atenta la tertulia mientras pilaba el ma\u00edz, frunci\u00f3 el ce\u00f1o, sin detener el r\u00edtmico movimiento de sus manos sobre el pil\u00f3n, y susurr\u00f3 para s\u00ed:<\/p>\n\n\n\n<p>-No envaine, otra vez voy a tener que esconder la escopeta, machetes, cuchillos, mecates y cuanto hierro pueda servirle a este hombre para matarse.<\/p>\n\n\n\n<p>Tantos a\u00f1os de trabajo, ejemplo, cuerizas y consejos, para que al primer coqueteo la segunda de sus hijas se escapara con un hombre, siendo apenas una ni\u00f1a y no habiendo demostrado este alg\u00fan atributo varonil de los de entonces, como cortar una rosa en la pata de la monta\u00f1a o alguna otra cosa que dejara en claro que su muchacha estar\u00eda protegida con \u00e9l.<\/p>\n\n\n\n<p>Fue una noche de parranda en casa de los P\u00e9rez, cerquita de sus dominios, donde siempre hac\u00edan bailes, y a la que fueron invitadas las dos mozas de la casa. La mayor era Margarita, una morena oscura de profundos ojos negros, sonrisa sincera y con la dulzura de la miel de arica. La menor era Juana Inocencia, catira de ojos verdes como los de Tito y la piel blanca como el lirio mayero, pero con el esp\u00edritu indomable de las fieras de la sabana.<\/p>\n\n\n\n<p>El d\u00eda de la fiesta, Juana fue m\u00e1s oficiosa que nunca: pil\u00f3 el arroz del d\u00eda, ase\u00f3 el piso y los comederos de los cochinos, recogi\u00f3 las posturas de las gallinas y orden\u00f3 y limpi\u00f3 sus nidos. Tito entendi\u00f3 el mensaje y r\u00e1pido se adelant\u00f3 a sus peticiones:<\/p>\n\n\n\n<p>-Usted no se vista, porque no va.<\/p>\n\n\n\n<p>Juana llor\u00f3 de rabia el d\u00eda entero; sus prematuras ansias juveniles la invitaban a conocer nuevas gentes, salir a ver el mundo m\u00e1s all\u00e1 de la vega y del ca\u00f1o Buen Pan, saber qu\u00e9 hab\u00eda despu\u00e9s del pueblo y la espesa llanura con su fronda centenaria.<\/p>\n\n\n\n<p>Pasadas las cinco, cedi\u00f3 el calor y Juana recobr\u00f3 el valor. Busc\u00f3 complicidad en Margarita; pero esta, siempre serena y conservadora, dijo que no iba a desobedecer las \u00f3rdenes de su padre y que aquella noche la pasar\u00eda tejiendo un mantel para el altar de la Virgen Mar\u00eda en el cuarto de los santos.<\/p>\n\n\n\n<p>Se fue sola por los caminos verdes; eran apenas 100 metros. Cuando lleg\u00f3, se bailaba sobre la pista al ritmo del viol\u00edn; y all\u00ed, en una orilla, estaba \u00e9l: un joven s\u00f3lido y sim\u00e9trico, de grandes y profundos ojos caf\u00e9, piel de porcelana y el esp\u00edritu libre de los citadinos.<\/p>\n\n\n\n<p>La estaba esperando; hac\u00eda tiempo que cruzaban miradas c\u00f3mplices y sonrisas pertinentes:<\/p>\n\n\n\n<p>-Si llevas gusto, ahorita mismo nos vamos- le dijo al o\u00eddo, con su gruesa voz de bar\u00edtono.<\/p>\n\n\n\n<p>Y ella respondi\u00f3, tal y como lo hab\u00eda ensayado todas las noches, recitando la frase en su mente en lugar de las oraciones a la Virgen:<\/p>\n\n\n\n<p>-Me voy contigo; ll\u00e9vame a conocer el mundo.<\/p>\n\n\n\n<p>Por cada trago, Tito maldec\u00eda en voz alta aquel d\u00eda y los quebraderos de cabeza ocasionados, luego de buscarlos por la gigante ciudad de Valencia.<\/p>\n\n\n\n<p>-Ni una prueba de hombr\u00eda, ni una visita de cortes\u00eda a la casa; estamos perdiendo los valores. Mar\u00eda, b\u00fasqueme la escopeta, porque voy a matarme.<\/p>\n\n\n\n<p>Todos en casa sab\u00edan qu\u00e9 hacer. Nadie hablaba, nadie se acercaba. Se trataba de otro hombre, el que aparec\u00eda cuando el aguardiente le circulaba por la sangre.<\/p>\n\n\n\n<p>-Pero nadita de fundamento, y c\u00f3mo sabe uno si es capaz de tirar un venado o alumbrar correctamente al tirador. Qui\u00e9n sabe qu\u00e9 fuerza tiene en la espalda y los hombros; nunca lo hemos visto con un saco terciado lleno de batatas o \u00f1ame. \u00bfY si no conoce los principios de un conuco y la rotaci\u00f3n de cultivos, ni el aprovechamiento de las fases lunares? Mar\u00eda, b\u00fasqueme la escopeta, porque voy a matarme.<\/p>\n\n\n\n<p>Mar\u00eda segu\u00eda en lo suyo. Hab\u00eda vivido aquello decenas de veces. Sab\u00eda de memoria las frases y lamentos. Aquel mundo reciente de carencias y sobre esfuerzo segu\u00eda su curso. A\u00fan cocinaba para los peones del Hato; todav\u00eda guardaba un luto interno por los hijos perdidos sin causas conocidas por la ciencia y que se fueron por voluntad de Dios; a\u00fan no hab\u00eda respuestas a sus oraciones diarias.<\/p>\n\n\n\n<p>-Ni siquiera sabemos si el hombre ha visto boxeo, si conoce los juegos de piernas de los retadores y la fuerza del gancho del campe\u00f3n. Mar\u00eda, b\u00fasqueme la escopeta, porque voy a matarme.<\/p>\n\n\n\n<p>Ya su voz empezaba a flaquear, bastaban solo unos tragos para terminar noqueado y quedarse dormido en el mecedor de mimbre, cuidadosamente trabajado por \u00e9l mismo para la comodidad de sus lecturas diarias.<\/p>\n\n\n\n<p>Apenas jipeaba cuando Mar\u00eda se acerc\u00f3 para acomodarle el cuello y asegurarle una siesta placentera; cerr\u00f3 con la frase de siempre: -Primero deb\u00eda cortar una rosa, Mar\u00eda; primero deb\u00eda demostrar que era un hombre. <\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\"><strong>Mediod\u00eda de marzo<\/strong><\/h3>\n\n\n\n<p>Era un mediod\u00eda de marzo y el calor impon\u00eda condiciones. Todos hac\u00edan la siesta, los comercios cerraban y las casas parec\u00edan un reverbero. Pero nada fren\u00f3 la determinaci\u00f3n de Venancio, que aquel d\u00eda bendito decidi\u00f3 matar a Jos\u00e9 Juan.<\/p>\n\n\n\n<p>Resolvi\u00f3 zanjar el asunto sentado a la sombra de un mango, ciego del dolor producido por el enga\u00f1o de Rosa Elena, su mujer. Busc\u00f3 su afilado machete y emprendi\u00f3 rumbo a la casa de su futura v\u00edctima, de quien le hab\u00edan asegurado, de muy buena fe y fuente, se acostaba con su mujer todas las tardes de faenas prolongadas en el conuco.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>Las calles ard\u00edan y el sol reafirmaba, como cada d\u00eda, su esp\u00edritu de verdugo inclemente. Solo hab\u00eda unos cuantos perros echados, huyendo del calor, indiferentes por completo a la tragedia a punto de tener lugar en el naciente caser\u00edo, donde todas las ma\u00f1anas se recog\u00eda agua a orillas de un ca\u00f1o claro.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>Camin\u00f3 con paso firme. Su mano derecha empu\u00f1aba el cabo del hierro con una determinaci\u00f3n de acero. El nudo en su garganta quer\u00eda explotar, mientras sent\u00eda la impotencia causada por el desaliento, por el desaire de la \u00fanica persona en la que hab\u00eda confiado en la vida.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>Jos\u00e9 Juan silbaba una copla, sentado en su mecedora de mimbre, bajo un mam\u00f3n de fronda espesa. Cuando lo vio venir, mir\u00e1ndolo de frente, con el gesto decidido, se resign\u00f3 a su destino y solo pens\u00f3 en morir de pie y con la dignidad intacta.<\/p>\n\n\n\n<p>De un machetazo, Venancio rompi\u00f3 el alambrado de la puerta y entr\u00f3 a cumplir su cometido. El sol y calor ser\u00edan los \u00fanicos testigos de otra tragedia provocada por las calenturas del verano y el fuego de los vientres lozanos.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>Jos\u00e9 Juan lo recibi\u00f3 de pie, sosteniendo a duras penas los ojos de fuego que lo increpaban, reteniendo el temblor de sus piernas l\u00e1nguidas y escuchando el latir cada vez m\u00e1s acelerado de su coraz\u00f3n.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>Venancio se detuvo a un metro de distancia, trecho perfecto para que el recorrido del machete, luego de dibujar una par\u00e1bola hasta su cuello y con el vuelo adecuado, le arrancara la cabeza en un solo intento.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>Frente a frente, Venancio pregunt\u00f3 con los ojos prendidos en candela:<\/p>\n\n\n\n<p>-Antes de matarlo, d\u00edgame por qu\u00e9 lo hizo, por qu\u00e9 este desaire tan indigno.<\/p>\n\n\n\n<p>Jos\u00e9 Juan suspir\u00f3 profundo y respondi\u00f3 enternecido y sumiso: -Porque a ella le gusta que le diga que sus ojos son muy bonitos, porque eso nadie se lo hab\u00eda dicho nunca.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/hector-nuno-gonzalez\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Don Tito quiere matarse Don Tito Burgos era un caballero digno y correcto; pero, apenas beb\u00eda unos tragos de ca\u00f1a clara, le entraban deseos de suicidarse, debido a la vergonzosa deshonra de su hija la catira. 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