{"id":11987,"date":"2024-06-07T22:38:20","date_gmt":"2024-06-07T22:38:20","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=11987"},"modified":"2024-06-10T01:27:03","modified_gmt":"2024-06-10T01:27:03","slug":"de-muerte-lenta","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/de-muerte-lenta\/","title":{"rendered":"De muerte lenta"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Elisar Lerner<\/h4>\n\n\n\n<p><strong>1. Tertulias de la historia<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Estaba por entrar a las Residencias Amapola, una de esas edificaciones aparcada en los antiguos afeites de una clase media de los a\u00f1os cincuenta. Subidas pinceladas de un amarillo ocre, en medio denotan disimuladas amenazas de pr\u00f3ximos derrumbes, tra\u00edan un r\u00e1pido recuerdo de accidentada ni\u00f1ez. Tumulto de asus\u00adtados escolares que van al control sanitario en construcciones selladas de alguna descarada turbaci\u00f3n ocre en la fachada. En el portal, los botones del tablero que conectan con el intercomunica\u00addor de los apartamentos, para el ojo aquejado por alguna indispo\u00adsici\u00f3n de la vida han de ser p\u00e1gina ilegible o de r\u00fabrica fatigante. En algunos renglones, ayunos de ellos, como orejas arrancadas de cuajo en medio de una ri\u00f1a poco recomendable. Mi ingreso, final\u00admente, resultaba una operaci\u00f3n humillante, desprovista de amis\u00adtad, al borde de la ignominia. Hube de responder ,casi siempre, a alguna conserje de humor infernal que, desde lo \u00edntimo de s\u00ed mis\u00adma, no alimenta los alm\u00edbares de una m\u00fasica para el hogar. En su lugar, en plan de conserje, hubiera a\u00f1orado, incluso, los gritos de Anna Magnani en Roma, mudad abierta.Una retardada ma\u00f1ana de agosto de 1986 o 1987,a las puertas del Amapola, ese otro grito que eran sus ojeras de posguerra no me hubiera, a\u00fan, inclinado a percatarme de ning\u00fan otro ulterior derrumbe. Debo consultar mis notas a fin de no discrepar en cuanto a la precisi\u00f3n en el a\u00f1o.<\/p>\n\n\n\n<p>Una vez dentro, entr\u00e9 en la sospecha de que una estancia en Residencias Amapola es el \u00faltimo refugio escogido por un hom\u00adbre para morir. Superadas las incomodidades del holgado -pero, poco confiable-, ascensor (en cada visita rechiflaba por los aires como un camarote poco imaginativo: por ning\u00fan lado se otea el mar) me dirig\u00eda a un apartamento del tercer piso entre pasillos que se enrollaban como una tela mort\u00edfera a mis pies. Me detuve en una de las puertas a leer, entre luces deste\u00f1idas, un menudo aviso escrito a mano con l\u00e1piz perezoso: \u00abElvira. Peluquer\u00eda y masajes\u00bb. Sobre una plaquita met\u00e1lica amarilla en espesas letras negras, m\u00e1s all\u00e1, al lado de otra puerta, para mi sorpresa, le\u00ed lo que ya cre\u00eda antigualla borrada por el tiempo: \u00abDr. Virgilio Flores. Enfermedades ven\u00e9reas\u00bb. Frente a la longevidad de esa placa, met\u00e1lica ya amarilla, de dudoso profesionalismo, no dej\u00e9 de pen\u00adsar en los restos de alguna armadura medieval. Robada, quiz\u00e1, de un museo y luego vendida en alguna t\u00f3mbola\u00a0callejera. <\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfQui\u00e9n podr\u00eda asegurarme si el hombre al que m\u00e1s que solicitar, mendigaba una entrevista era propietario de a\u00f1os en el Amapola u, otra vez, burlando mi curiosidad, fing\u00eda ser inquilino de mensualidades irrisorias? Casi nunca escuch\u00e9 desde su apartamento alguna voz franca que dijera: \u00abEntra\u00bb. El personaje s\u00f3lo accedi\u00f3 a lo que siempre fue agenda agridulce. A\u00f1oranzas descabezadas. Bruscas confesiones que no ven\u00edan a cuento. Nada ang\u00e9licas dolencias del humor solitario. Il\u00f3gico colof\u00f3n. El sitio donde m\u00e1s temprano que tarde la presurosa vejez del d\u00eda reposa en un inmenso tacho de basura, lo que el d\u00eda expele para que se haga noche, en la vecindad de una puerta entreabierta con desgano, me hall\u00e9 frente al apartamento del escurridizo doctor Carlos&nbsp;Pedraza. Dar con su paradero (el consentimiento para una pri\u00admera visita conferida sin mucha prisa de su parte), ha significado, entre otras cosas, resultado del esfuerzo considerable de una correspondencia llevada con perseverancia y astuto denuedo por mi tutor dela Universidad, el Flaco Gonz\u00e1lez. En la realizaci\u00f3n del proyecto acad\u00e9mico con el que aspiraba dar t\u00e9rmino a mis a\u00f1os de no muy empe\u00f1oso estudiante en la Escuela de Historia, seg\u00fan su nada desde\u00f1able criterio, podr\u00eda irme de perlas que el doctor Pedraza me echase una mano. El Flaco Gonz\u00e1lez, en visi\u00adtas a su cub\u00edculo, con su descaro habitual, suele repetir: \u00ab&#8230;La his\u00adtoria de un pa\u00eds que, no siempre, ha sido gobernado por los mejo\u00adres o m\u00e1s honestos, s\u00f3lo se la empieza a conocer no con entrevistas a los que, aunque duros de o\u00eddos, apenas escuchan alg\u00fan acorde del Himno Nacional, abrigan nostalgias presidenciales nunca curadas por alg\u00fan golpe de Estado&#8230;\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Los consecuentes rings de Ces\u00e1reo L\u00f3pez, un no menos oportu\u00adno padrino avistado en esas pistas de aterrizaje forzoso que son nuestros bautizos de libros de temas hist\u00f3ricos nacionales y pro\u00adsa catastr\u00f3fica (tambi\u00e9n nacional), han contribuido para que el inevitable doctor Pedraza se disponga a ofrecer su hospitalidad brumosa de hombre amante del anonimato. \u00abUn tipejo como yo, al que no se le tiene en mucha estima, pasa por debajo de la mesa. Pero deje de ir a esas obligadas inauguraciones y ver\u00e1, pobre de usted, que nunca llegar\u00e1 a sentar cabeza de intelectual mediana\u00admente reconocido\u00bb, dice el Flaco Gonz\u00e1lez mientras me despide y se prepara a atender a otro tesista. La fama me importaba un bledo. Era uno m\u00e1s en el b\u00e1rbaro flanco de los j\u00f3venes y descono\u00adcidos tesistas en ciernes. En esos predios -estaba visto- el entu\u00adsiasmo por un joven equivale a la compra de un terreno donde construir, sin escollos, una casa para toda la vida. \u00ab\u00a1Ay, la juventud! \u00a1La juventud! No hay mayor <em>glamour &#8230;\u00bb, <\/em>recuerdo que me dijo, en uno de esos crepusculares encuentros de las librer\u00edas, una de las damas, a veces tan hermosas que procuran corregir el paso delos a\u00f1os usando nuevos l\u00e1pices labiales para la boca. Con \u00a0la edad, no se aficionan a su propio pasado. Antes, por el contra\u00adrio, adquieren efusivos compromisos con los cultores de la histo\u00adria patria. Devienen en atractivo mayor cuando concurren a los \u00e1gapes de los acad\u00e9micos del pasado. Si tenemos en cuenta, sobre todo, que nuestro pasado ha sido una ruinosa y sangrienta impaciencia. Un humor ligerito, la sabidur\u00eda, la tolerancia termi\u00adna dando a los cuerpos de tan seductoras mujeres un desigual racimo de amantes que no arrasa con la virtud de sus bolsillos y, s\u00ed, apenas ha rasgu\u00f1ado un poco la costra dur\u00edsima de su coraz\u00f3n. En los crepusculares encuentros de las librer\u00edas se elogia para no estar asolas. Para alejar un desconsuelo que, al final del evento, casi siempre se dibuja en el rostro de los presentes. Las alabanzas itinerantes, dichas en medio de una avalancha de abrazos y saludos afectuosos, son como firmas en un cheque falso. No se ofrece Etiqueta Negra y, mucho menos, caviar como en \u00e9pocas de mayor esplendor. A \u00faltima hora, de la bandeja de un distra\u00eddo mesonero, si uno es persistente, puede arrebatar alg\u00fan teque\u00f1o. Con suerte, dos. M\u00e1s bien quemaditos que rozagantes. Un teque\u00f1o es la Patria. El alma de la Patria. Mientras se le mordisquea se tiene la seguridad de batir la mand\u00edbula cual una bastante alborozada y nativa maraca. Mientras la mand\u00edbula hace su tarea, la murmuraci\u00f3n es admirada como un d\u00edscolo ramalazo democr\u00e1tico. Los datos que obtuve rebasaban, de manera inimaginable, el bagaje de un tesista. Pude enterarme, sin afanarme demasiado, de que Ces\u00e1reo L\u00f3pez, introductor de mucha val\u00eda ante el doctor Pedra\u00adza, habr\u00eda sido durante casi toda su vida secretario indiscutido y poderos\u00edsimo de varios ministros e, igualmente, de otros dignata\u00adrios m\u00e1s difusa gesti\u00f3n. Circula sobre \u00e9l la versi\u00f3n dominante de ser hombre afable y, a la vez, muy enigm\u00e1tico. En tardes de bautizo de libros de contenido preferentemente hist\u00f3rico, su bonhom\u00eda, la sonriente amabilidad de que hace gala luce desca\u00adbellada o a destiempo. En los que han sido poderosos la sonrisa es una flor preciosa que no arraiga en terreno propicio.<\/p>\n\n\n\n<p>En Ces\u00e1reo L\u00f3pez, el enigma ten\u00eda su origen en el gran poder que habr\u00eda disfrutado en a\u00f1os anteriores. Hay ciertos personajes a los que, cual una posguerra aciaga, un misterio evidente les sigue marcando. Los coches de vidrios neblinosos, tras los cuales se ocultan, a\u00fan en su modestia, recuerdan la privacidad de los primorosos cobertizos ingleses donde ha tenido lugar un drama humano. Lo m\u00e1s doloroso para ellos, fuera del poder, es despojar\u00adse de sus sombreros hongos, de un lujoso cosquilleo de terciopelo que se hunde casi hasta sus cuellos de gruesa alcachofa. Un sua\u00adve movimiento hacia delante del sombrero lujoso, por parte de alguien de los que ostentan el mando, es murmullo aprobatorio, arpegio, acorde que asciende y es o\u00eddo por todos. Ansiado por algunos, en un pasillo del aeropuerto, en horas del traj\u00edn viajero.<\/p>\n\n\n\n<p>En una posici\u00f3n de enorme dominio p\u00fablico, han sido como cajas fuertes, obligados aguardar secretos, distancias o aproxi\u00admaciones estrat\u00e9gicas. El aura de un misterio era una \u00fanica frus\u00adtraci\u00f3n (o protegerse ulterior) hacia los a\u00f1os en que la silla gira\u00adtoria, desde donde despachaba, se mov\u00eda por todo el sal\u00f3n como un sol amistoso. En presencia de Ces\u00e1reo L\u00f3pez, la gente se sen\u00adt\u00eda reconfortada. Llegaba incluso a ilusionarse, a re\u00edr casi com\u00adplacida ante una inesperada salida del poderos\u00edsimo funciona\u00adrio. Se hizo famoso el trato gentil, incluso ameno del se\u00f1or Ces\u00e1reo. Como entretenedor inusual, calm\u00f3, a las mil maravillas, la desesperaci\u00f3n importante de cantidad de personas olvidadas de un dinerillo oportuno. Agobiadas por necesidades perento\u00adrias, se convert\u00edan en atentos oyentes. Ces\u00e1reo, el colaborador constante en los gobiernos democr\u00e1ticos, era un conversador habilidoso. Al igual que un cantante de \u00e9xito que, dentro de su amplio repertorio, siempre tiene a mano una nueva canci\u00f3n para animar al p\u00fablico, Ces\u00e1reo hac\u00eda casi lo mismo sacando a la luz temas in\u00e9ditos para animar la audiencia. Lector aplicado e inteli\u00adgente, o\u00edrle discurrir en torno a las \u00faltimas novedades editoriales hac\u00edan menos apesadumbrados los d\u00edas a cualquiera que se le ocurriera venir en demanda de un acomodo en la n\u00f3mina o una pensi\u00f3n insignificante para aliviar el hambre. Algunos todav\u00eda con una sonrisa a flor de labios, pocos minutos despu\u00e9s de haber abandonado la sala de audiencias, ca\u00edan en cuenta de haber sido escamoteados en lo m\u00e1s esencial y perentorio de sus necesidades. Se hab\u00eda estado en palacio para admirar la inteligencia y versatilidad de un intelectual amable y comprensivo. <\/p>\n\n\n\n<p>Nuestros pa\u00edses sufren, en asalto intermitente, el brusco y hasta cruel estilo de sus gobernantes. A la hora \u00e1lgida de demandar un favor, cierta ilustrada simpat\u00eda por parte del gobernante puede confundirse con munificencia hacia el pr\u00f3jimo. Al final de alg\u00fan afortunado encuentro con los encumbrados de turno, acaso se desprenda alguna pizca generosa departe de ellos. A las citas del poder se asoman los eternos vivos y pedig\u00fce\u00f1os de siempre. Am\u00e9n de algu\u00adnos fanfarrones que gustan evocar cualquier cafecito ofrecido por alg\u00fan caritativo mesonero de palacio, conocido al albur. Des\u00adde del alto poder, era un pa\u00eds necesitado de funcionarios versados y sensibles. Pero, la moderna erudici\u00f3n de Ces\u00e1reo L\u00f3pez, su inalterable disposici\u00f3n para o\u00edr entre un trasiego de papeles oficiales cuyo crujir palaciego le daba placer (le recordaban las voces pul\u00admonares, el enconado y persistente ronquido de fumadoras sil\u00advestres de las ortigas de su rec\u00f3ndito pueblo de origen, el comien\u00adzo de un mal humor natal) termin\u00f3, a la postre, por ser de poco o relativo alivio para todos aquellos que ven\u00edan a un desesperado encuentro de ayuda y protecci\u00f3n. Al decir de muchos, en los a\u00f1os que fuera pieza influyente de los gobiernos, el talento s\u00f3lo le habr\u00eda servido para musitar consejos irrealizables y, la m\u00e1s de las veces, irse por las ramas. Nuestro Ces\u00e1reo del Gran Poder, sin poner en jaque el tiempo palaciego, como un amante experto (acaso lo habr\u00eda sido) siempre se las arregl\u00f3 en disponer de unos minutos para atender e inundar con un considerable n\u00famero de elogios a algunos j\u00f3venes talentos que hab\u00eda conocido en sus a\u00f1os de intelectual casi desconocido. Sus muestras de cari\u00f1o nunca fueron ejercicios de zalamer\u00eda indolente. Ces\u00e1reo L\u00f3pez elogiaba, tambi\u00e9n, para no estar a solas. Para seguir con el que hab\u00eda sido y esperaba -algo esc\u00e9ptico- volver a ser. Ave que se escabulle en su vuelo. Del plumaje, d\u00edas despu\u00e9s, los que hab\u00edan concurrido al palacio, todos recordaban un verde de reconfortante t\u00e9 de menta junto aun rojo de moneda antigua bordeado de amarillo. De haberlo visto alguna peluquera, con deseos de engrandecer su negocio, ya hubiera querido copiar ese color de oro para dar un consiguiente toque de belleza inusual a sus clientas rubias. Pero, las peluqueras est\u00e1n muy ocupadas con sus mesillas para la manicura. No miran esa otra mesa, de cambiantes manteles azu\u00adles o grises, llevada de un lado a otro por las patas rodantes que son las alas de bellos y amaz\u00f3nicos p\u00e1jaros en vuelo, como ese ejemplar palaciego nunca te\u00f1ido por la sangre de algunos delos que habr\u00edan estado en su despacho.<\/p>\n\n\n\n<p>Casi al filo de la medianoche, un veterano reportero de la fuente pol\u00edtica pudo observar c\u00f3mo el se\u00f1or Ces\u00e1reo, dando fin a una de sus agotadoras jornadas, tomaba un par de peque\u00f1as grageas de rosada tonalidad, colocadas como una aguja en un pajar, en el escritorio monumental detr\u00e1s del cual sol\u00eda recibir la gente ano\u00adtada para el d\u00eda. \u00abServir\u00e1n para cortarme el dolor de cabeza. Pero son estas piedritas las que hacen el camino hacia el poder\u00bb, habr\u00eda confiado Ces\u00e1reo L\u00f3pez a quien, despu\u00e9s de todo, pod\u00eda considerar como un colega. \u00ab\u00bfQu\u00e9 era el poder? Un estado de oprobio constante, de cr\u00f3nica fatiga y la inquietud subsiguiente de enterarse en torno a asuntos, en apariencia, insignificantes pero muy dolorosos. Volver sobre lo mismo: a la cualidad enigm\u00e1\u00adtica y paciente requerida para guardar secretos, confesiones escuchadas en medio de las prisas y mortificaciones de alguna penuria financiera. Mientras se est\u00e1 en el mando, la dosis conve\u00adniente de d\u00f3ciles grageas permite salir adelante para informarse, antes que los dem\u00e1s, de hechos menudos, finalmente feroces, o dichos por los que esperan hacinados en la habitaci\u00f3n contigua\u00bb, conclu\u00eda el periodista visitante luego de que contemplara al per\u00adsonaje en su despacho, llev\u00e1ndose a la boca los comprimidos color rosa que le atajaban el dolor de cabeza. Piedrecillas que abrevian el camino para mantenerse en la c\u00faspide desde donde se decide el destino de los hombres.<\/p>\n\n\n\n<p>Lejos del poder, Ces\u00e1reo L\u00f3pez se dedic\u00f3 a escribir p\u00e1ginas de mucha paz gramatical. En \u00e9l no cesaron las se\u00f1ales distanciado\u00adras de un espejo que no filtra todas las verdades. Silencios calcu\u00adlados como en un negro pizarr\u00f3n de clases -abismo negro de la historia- en mitad del di\u00e1logo m\u00e1s desprevenido. En distintos caf\u00e9s de alg\u00fan centro comercial vertiginoso -ese otro palacio del poder- sosten\u00eda conversaciones incidentales a objeto de mante\u00adner los enigmas despiertos. Ahora, que ya no era hombre p\u00fablico, a\u00f1ad\u00eda alg\u00fan gracioso rumor privado. Seres que le son pr\u00f3ximos vienen a nutrirle de noticias. El m\u00e1s fiel suele presentarse en mangas de camisa azul. Hombre cincuent\u00f3n, con calva de mati\u00adces ros\u00e1ceos. Su camisa azul parece expresar una ruda convale\u00adcencia. Si hace buen tiempo, entre tres y media y cuatro de la tar\u00adde, para envidia de un ama de casa obsesiva, la calva del amigo de Ces\u00e1reo L\u00f3pez brilla como un parquet bru\u00f1ido, encerado por manos expertas. En la superficie posterior de la cabeza, en uno de los bordes del escaso pelo gris que, como unas gradas vac\u00edas rodean la calva, sobresale una protuberancia, tambi\u00e9n ros\u00e1cea, de circular perfecci\u00f3n. Trazada como en la mesa de geometr\u00eda de un consumado arquitecto. Un callo pesaroso del acto de pensar. O de la soledad de andar entre los calvos del mundo, a\u00f1orante del cabello que temblaba en la frente como una verja que se abr\u00eda al paso de los amigos. Don Ces\u00e1reo s\u00f3lo pide peque\u00f1as tazas de negrito o con leche sin az\u00facar. Hay mandos que acostumbran a paladeos m\u00e1s complejos. Los mesoneros no se muestran impa\u00adcientes. La leyenda del poder (aun en su empobrecida versi\u00f3n retrospectiva) es un \u00e9ter que adormece sus pasos. Las tardes imprevistas en que don Ces\u00e1reo L\u00f3pez hace su aparici\u00f3n en algu\u00adno de los caf\u00e9s, sobreviene la comedia clandestina de un marido adulterino en el suave secreto con que combina unas citas para distraer el tiempo -nunca apaciguado- del que, por buenas o malas razones, ha quedado fuera del alto gobierno.<\/p>\n\n\n\n<p>En el rito adormecedor de pasar la lista ciertos ense\u00f1antes uni\u00adversitarios dejan colar alguna informaci\u00f3n sobre el rico arsenal hist\u00f3rico en los genes de algunos de sus alumnos. El rastro de antigua sangre pol\u00edtica en un estudiante de figura enteca, rostro p\u00e1lido s\u00f3lo mecanografiado por marcas hechas como por un rotu\u00adlador, quien no se desprende, ni para ir al ba\u00f1o, del desastrado malet\u00edn de un t\u00edo abuelo que gobernara junto al general G\u00f3mez. El bajito que se hace acompa\u00f1ar del fantasma algo ortop\u00e9dico de un bast\u00f3n de inv\u00e1lido rico. Sus piernecillas flacas y esmirriadas no tienen la corp\u00f3rea entereza para llevar adelante, como un cami\u00f3n de mudanzas, de un lado para otro, el rimbombante vio\u00adlonchelo, cubierto por un palt\u00f3 largu\u00edsimo. Le llega casi hasta las rodillas y como funda para instrumentos musicales le protege el torso. En las clases, sentados en primera fila, parecen precoces abonados para la \u00f3pera. Quiz\u00e1, el bajito en su nutrido torso, prote\u00adge la memoria musical, los deseos de una exquisita cantante obe\u00adsa. Pero, mis t\u00edmpanos humillados por la demasiado familiar vol\u00adtereta hacia el pasado s\u00f3lo oyen que alguien, desde la tarima did\u00e1ctica, como en medio de una fiesta poco animada, est\u00e1 cas\u00adcando nueces con eficacia.<\/p>\n\n\n\n<p>Al contrario, est\u00e1 dem\u00e1s decir que en la \u00edndole de mis apellidos no corre ning\u00fan flujo ministerial sangu\u00edneo de este siglo o del otro. \u00bfSer\u00e1 esa menesterosidad la que, finalmente, me ha anima\u00addo para un proyecto acad\u00e9mico que hace un gui\u00f1o, no demasiado alborozado, al pasado? O\u00edda mi inquietud, el profesor Gonz\u00e1lez deja al descubierto los mismos incisivos que sonr\u00eden con benepl\u00e1cito apenas reciben el harapo protector de las tazas del caf\u00e9 negr\u00edsimo al que es tan aficionado. Mi tutor, el profesor Gonz\u00e1lez, es jorobadito. Entre las aulas y lospasillos de la Facultad parece moverse con la rapidez de un profesional de la danza. Era una sorpresa que no impartiera sus clases enfundado en un frac como Fred Astaire. Quiz\u00e1 no haya encontrado la Gingers Rogers que lo acompa\u00f1e en un bailoteo m\u00e1s tenaz y exitoso. O, quiz\u00e1, la joroba colgada equ\u00edvocadamente al inicio de la espalda, sea su Gingers Rogers, la compa\u00f1era que nunca le abandona una vez cesadas las agilidades del ritmo. En la pista de baile algo averiada de su cuer\u00adpo flaco, menudo y tan \u00e1gil, su joroba resalta como una maleta cerrada con violencia en la huida tormentosa de un viaje emprendido a toda prisa. Y, atascada en un cuerpo m\u00e1s bien peque\u00f1o, voluble y vivaracho, como el de casi todos los gibosos que realizan alguna actividad intelectual con m\u00e1s que mediano \u00e9xito u osad\u00eda. A su rostro, delgad\u00edsimo, una B larga estampada en la cara (para no hablar de una B de burro trat\u00e1ndose de un despabilado tutor como el m\u00edo) s\u00f3lo lo acicala el postre o dulzura de un par de ojos de mirada alerta y casi hermosa. El Flaco Gonz\u00e1\u00adlez comenta -una astilla su voz- que, en nuestro pa\u00eds, los que han tenido poder terminan por guardar la memoria al fondo de un armario: \u00ab&#8230;pesado abrigo invernal en desuso que pesa mucho en el transcurrir de los leves d\u00edas tropicales por vivir\u00bb. Una astilla, un alfiler que rasgu\u00f1a en la oreja de los otros.<\/p>\n\n\n\n<p>Unas cortinas de tela gruesa y tonalidades amarillas compradas en el regateo y realizadas, con toda seguridad, en tiempo r\u00e9cord por alguna costurera gallega de la vecindad, mantienen oculta en una salita comedor, d\u00e9bilmente iluminada, la ventana que da a una calle poblada con escaparates de zapater\u00eda para ni\u00f1os, minusv\u00e1lidos, enfermeras de coraz\u00f3n hecho a la medida de los min\u00fasculos tacones de sus zapatos, y a alguna tasca olorosa a gruesa imprenta mediterr\u00e1nea de calamares en su tinta. Al t\u00e9r\u00admino dela esquina, est\u00e1 situado un quiosco de venta de peri\u00f3di\u00adcos y de revistas desde donde, por igual, se venden constitucio\u00adnes, leyes de comercio y <em>El Pa\u00eds <\/em>de Madrid. Las pocas veces que abandon\u00e9 Residencias Amapola hacia las siete u ocho de la noche (esa hora triste, por lo general, lo pesca a uno saliendo de una consulta m\u00e9dica) en el borde de la bocacalle pr\u00f3xima, sor\u00adprend\u00ed el anuncio luminoso de un restaurante chino. Es superior la calidad (y, por supuesto, el costo) de los restaurantes asi\u00e1ticos establecidos en las urbanizaciones elegantes. En la oscuridad de la noche, a\u00fan temprana, las invitadoras luces verdes de burdel en el anuncio -guirnaldas de farolillos plisados y rojos- suger\u00edan una comida excepcionalmente cordial.&nbsp;&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>Un hombre algo brusco, a la vez amistoso, acaso signado para m\u00e1s olvidadizas agendas, con mano donde para el gusto conven\u00adcional no prosperaba ning\u00fan anillo se\u00f1al\u00f3 hacia un ch\u00e9ster tapi\u00adzado de cuero negro, a primera vista no muy flamante. De segui\u00addas, tom\u00e9 asiento. Percib\u00ed cierta derrota en la bienvenida. Pero, media hora despu\u00e9s, el doctor Carlos Pedraza no tardar\u00eda en des\u00adtilar an\u00e9cdotas en rededor de los tiempos en que, a las doce del d\u00eda, se juntaba con los amigos frente a una conocida barra del centro. Se iniciaba en los bares una primavera desbordada. Las horas de trago junto a los amigos. Me hab\u00eda recibido con bat\u00edn de seda color burdeos, algo deslucido en los bordes de las mangas. Hubo la \u00e9poca en que su hechura debi\u00f3 ser muy buena. Lo proba\u00adble es que no haya gozado de prudente disfrute vacacional en alg\u00fan closet. \u00ab\u00bfWhisky para el joven? En el aparador queda whisky. \u00bfS\u00f3lo agua mineral?\u00bb Mientras bebe (apenas ha empeza\u00addo) se atisba en \u00e9l la familiaridad picante y agradecida del hom\u00adbre que, a trav\u00e9s de los a\u00f1os, no obstante el abundante t\u00edo vivo con otras mujeres, no ha olvidado la pertinaz compa\u00f1\u00eda de alguna amante que acud\u00eda a sus llamados con los pies recubiertos de un calzado rojo e insolente. \u00bfLa aceptaci\u00f3n de un tiempo anterior donde reina alguna mujer marcada por las ilegalidades del cora\u00adz\u00f3n, le impide, acaso, una sinceridad extrema, pulcra?<\/p>\n\n\n\n<p>\u00ab\u00bfPara paliar la soledad puede pedirse mejor compa\u00f1\u00eda? \u00bfLa de un joven tesista que s\u00f3lo toma econ\u00f3micos sorbos de agua mine\u00adral?\u00bb. No se trataba s\u00f3lo de su desaprobaci\u00f3n y desencanto ante la botellita de agua mineral que me habr\u00eda apresurado a elegir. Sino de su desaprobaci\u00f3n desencantada cuando, sin \u00e9xito alguno, intentaba recordarle la finalidad de mi visita. \u00ab\u00bfLa presidencia de Gallegos en 1948?\u00bfMeter sus narices en gobierno tan breve? Ami\u00adguito: \u00a1usted bromea! \u00a1Es como gastar p\u00f3lvora en zamuro! \u00a1Ben\u00addito Black and White! Me servir\u00e9 otro trago. \u00a1M\u00e1s fiel que las mujeres!\u00bb. De veinte a\u00f1os -\u00bfser\u00edan veinti\u00fan, veintitr\u00e9s a\u00f1os?\u00ad para nada colaborador inmediato, cercano al presidente. S\u00f3lo lle\u00adg\u00f3 a ser inadvertido funcionario de un gobierno casi inexistente en el coraz\u00f3n hist\u00f3rico de la naci\u00f3n. Mi anfitri\u00f3n (hab\u00eda que lla\u00admarlo de alguna manera) s\u00f3lo precisaba de un vaso bien provisto de una porci\u00f3n considerable de whisky Black and White para seguir, casi sin interrupciones, por cerca de dos horas a objeto de no decaer en su verbal regateo. \u00ab\u00bfGonz\u00e1lez, su tutor de la univer\u00adsidad se ocupa en decir que el pasado es lo \u00fanico que nos pertene\u00adce? Hay que huir, huya de los profesores de historia cuando a\u00fan se tienen buenas piernas. \u00bfLas tiene usted? Huya entonces, corra. Les conozco bien. Todos unos personajillos llenos de las \u00ednfulas de sus malos humores.\u00bb<\/p>\n\n\n\n<p>No hab\u00eda algo m\u00e1s parecido al mal humor y a la mala salud que las tramas caprichosas de la historia. Los \u00f3rganos enfermos gru\u00f1en, chillan, se quejan al igual que las arbitrariedades e injusticias de la misma. En las palabras, tan h\u00famedas de Black and White, los hechos del pasado adem\u00e1s de molestar, enormemente, como \u00f3rganos enfermos no eran otra cosa que una reuni\u00f3n familiar mal avenida -por dem\u00e1s feroz-formada por parientes turbadores. Seres oscuros, odiosos, de trato irritante. Poqu\u00edsimos de ellos orientados por el cari\u00f1o hacia la amable libertad y la comprensi\u00f3n tolerante hacia el pr\u00f3jimo amigo. Dominados sus eventos, m\u00e1s bien por el caos, la sombra, las palabras altisonantes e impacientes, con pocos detalles de belleza y de alegr\u00eda. El tesista, al momen\u00adto, s\u00f3lo ven\u00eda preocupado por la salud precaria del vaso de escoc\u00e9s temblando en las manos del anfitri\u00f3n como un beb\u00e9 quebradizo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abAntes devenir aqu\u00ed he rastreado en algunos viejos peri\u00f3dicos. A la toma de posesi\u00f3n de Gallegos sigui\u00f3 un gran \u00e1gape de intelec\u00adtuales. \u00bfLe lleg\u00f3 invitaci\u00f3n para el mismo?\u00bb La fiesta antigua se ilumina con las dificultades de prender f\u00f3sforos en la oscuridad de la memoria. No tardar\u00e1 en aparecer la peque\u00f1a llama azul, alegre como un bombacho \u00e1rabe. La llama del recuerdo, su inse\u00adgura corona: m\u00ednima c\u00fapula, dorada y temblorosa. Se ven esm\u00f3\u00adquines de los intelectuales, sus trajes de nocturnidad. A\u00f1os des\u00adpu\u00e9s, acodado a la ventanilla de un tren en marcha, mi obligado anfitri\u00f3n -la vista inclinada hacia el and\u00e9n- emprende un viaje largo y definitivo. Detr\u00e1s de los vidrios en marcha, se escucha la lluvia: papel secreto de cartas rasgadas, tenuemente, en la noche. Pese al fr\u00edo, lo gris de la lluvia -un gris de mocasines-, la perfecci\u00f3n de los esm\u00f3quines sobre el cuerpo de un par de hom\u00adbres que ahora podr\u00edan tener su edad, no sufre alteraciones: ope\u00adran como impermeables. Brindan con champa\u00f1a desde el and\u00e9n. Amigos, os reconozco. \u00bfDe d\u00f3nde, de d\u00f3nde? Suena ruidos de metralla, polvareda militar de golpe de Estado. Llega una bala a la ventanilla. Timbre sangriento.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00ab\u00bfEres t\u00fa, Marina, vieja? \u00bfNo te han despedido? \u00bfNo te han saca\u00addo de la n\u00f3mina del Ministerio? \u00bfNinguna Marina? \u00bfMargarita al tel\u00e9fono? \u00a1Qu\u00e9 mala suerte! \u00bfNo es Margarita, la profesora de lite\u00adratura?\u00bb Resulta perturbador el sonido del tel\u00e9fono. El hombre al que he venido a entrevistarlo maneja como al volante de un carro de segunda mano. Al un\u00edsono, sus sienes -anexadas al rostro gra\u00adcias al trabajo de una como avecilla empecinada que, de ellas, en una suerte de torpe remodelaci\u00f3n, arranca el suced\u00e1neo de un alpiste final- son recorridas por sudor copioso. M\u00e1s que incomo\u00addidad, produce en mi incordio, el ch\u00e9ster tapizado de cuero negro al que, desde un principio, contin\u00fao arrellanado. No hay palpa\u00adbles diferencias con el sof\u00e1 confortable de un Ministerio, donde las horas pasan amables (\u00abvolando\u00bb, como dice el anuncio de alguna l\u00ednea a\u00e9rea) a la expectativa de la buena nueva oficial de un importante nombramiento.  A no ser por la cantidad de revis\u00adtas con las que hube de compartir buena parte del ch\u00e9ster. En las portadas, dobles de Lila Morillo, su desbordante hermosura nati\u00adva, posando liger\u00edsimas de ropa viv\u00edan una prematura jubilaci\u00f3n er\u00f3tica. \u00bfLa presencia del a\u00fan imponente sof\u00e1 har\u00e1 so\u00f1ar al habitante de Residencias Amapola con anteriores tiempos del poder y la gloria? Muy a mi pesar, desde el mismo, atra\u00eddo por mis investi\u00adgaciones, observaba el lamentable desempe\u00f1o del doctor Pedra\u00adza al tel\u00e9fono. Un hombre con historia rom\u00e1ntica y p\u00fablica del a\u00f1o 1948, en exaltada barah\u00fanda que bordea la peligrosa orilla de lastres horas, preferir\u00e1 erigir su atenci\u00f3n en torno a una bur\u00f3cra\u00adta inconsistente o a menudos episodios vividos, con particular intensidad, en un litoral anestesiado junto a una profesora de medianas virtudes aferrada a las faldas de una madre anciana.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/elisa-lerner\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre la autora<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Elisar Lerner 1. Tertulias de la historia Estaba por entrar a las Residencias Amapola, una de esas edificaciones aparcada en los antiguos afeites de una clase media de los a\u00f1os cincuenta. Subidas pinceladas de un amarillo ocre, en medio denotan disimuladas amenazas de pr\u00f3ximos derrumbes, tra\u00edan un r\u00e1pido recuerdo de accidentada ni\u00f1ez. Tumulto de asus\u00adtados [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":6,"featured_media":11992,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_monsterinsights_skip_tracking":false,"_monsterinsights_sitenote_active":false,"_monsterinsights_sitenote_note":"","_monsterinsights_sitenote_category":0,"footnotes":""},"categories":[15],"tags":[],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/11987"}],"collection":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/users\/6"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=11987"}],"version-history":[{"count":7,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/11987\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":12019,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/11987\/revisions\/12019"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media\/11992"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=11987"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=11987"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=11987"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}