{"id":11983,"date":"2024-06-07T19:08:25","date_gmt":"2024-06-07T19:08:25","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=11983"},"modified":"2024-06-07T19:09:43","modified_gmt":"2024-06-07T19:09:43","slug":"san-bernardino-brooklyn-caraqueno","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/san-bernardino-brooklyn-caraqueno\/","title":{"rendered":"El Brooklyn caraque\u00f1o: Adolescencia en San Bernardino"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Elisar Lerner<\/h4>\n\n\n\n<p>La urbanizaci\u00f3n caraque\u00f1a de San Bernardino se construye a principios de la d\u00e9cada del 40. Es un \u00e9poca en que la gente va mucho al cine. El cine entregar\u00e1 a los caraque\u00f1os una ilusi\u00f3n de cambio en una ciudad movida por pocos ajedreces fundamentales. La gente es inocentemente peatonal y las \u00fanicas urbanizaciones que alejan de la peque\u00f1ez de la ciudad tienen cierta vaguedad escenogr\u00e1fica. El Para\u00edso, con sus chalets suizos y afrancesados, por ejemplo, es una versi\u00f3n europea del gomecismo. <\/p>\n\n\n\n<p>Y, acaso, El Conde una exacerbaci\u00f3n de la fantas\u00eda de esos fot\u00f3grafos municipales que colocaban alg\u00fan motivo ex\u00f3tico que hiciese culminar, triunfalmente, el trabajo solicitado. San Bernardino, una urbanizaci\u00f3n al norte de Caracas,en el tiempo es casi gemela a La Florida, pero algo posterior. La Florida, al igual que El Para\u00edso, es una urbanizaci\u00f3n pol\u00edtica. Se inicia, casi, como una grata oficina de inmediato posgomecista al pie del \u00c1vila.<\/p>\n\n\n\n<p>San Bernardino es otra manera del crecimiento en la ciudad.Es la expresi\u00f3n de un grupo errante de cosmopolitas y, al mismo tiempo, afirmar\u00e1 el ansia viajera de alguna gente que,como consecuencia de la Segunda Guerra, no puede meter su cuerpo en un camarote rumbo a Europa. San Bernardino se asemeja a un barco osado con cola sedentaria de sirena. <\/p>\n\n\n\n<p>Una emigraci\u00f3n tr\u00e1gica de guerra obtuvo, dentro de esa urbanizaci\u00f3n, sus primeros frutos tranquilizadores. M\u00e1s de un jud\u00edo pas\u00f3, directamente, de la ignominia de los campos de concentraci\u00f3n a la pradera organizada que fue ese sector de la ciudad en sus comienzos. De la misma manera, a la chica que cumpli\u00f3 18 abriles en el 43 o en el 44 y a la que por razones de la hecatombe no se le pudo celebrar la fiesta de onom\u00e1stico,llev\u00e1ndola la familia como se dec\u00eda en esa \u00e9poca \u201ca un viaje de placer en Par\u00eds\u201d, se le consol\u00f3 con la traves\u00eda definitiva aun palacete reciente pr\u00f3ximo a los complejos morados de la monta\u00f1a avile\u00f1a.<\/p>\n\n\n\n<p>Si otras urbanizaciones caraque\u00f1as significaron mudanzas apote\u00f3sicas (en los casos de El Para\u00edso y de La Florida, cuando ya no se tuvo m\u00e1s el poder pol\u00edtico que es bastante ef\u00edmero se obtuvo el poder econ\u00f3mico que, en Venezuela, suele ser menos ef\u00edmero), el traslado caraque\u00f1o hacia San Bernardino expres\u00f3, pues, una vocaci\u00f3n viajera. Desde sus inicios este sector al norte de la ciudad se convirti\u00f3 en el barrio jud\u00edo, pero no necesariamente en un ghetto israelita. Conviven en San Bernardino maduras maestras en reposo \u2013hijas de familia con algunos medios econ\u00f3micos\u2013 que entregaron su virginidad a la docencia de las escuelas federales, junto a centroeuropeos que han viajado m\u00e1s que Marco Polo. En esa urbanizaci\u00f3n, al lado del milenario ensimismamiento hebreo, se oyen recalcitrantes voces caraque\u00f1as que a\u00fan pueden recordamos las dicciones del viejo Colegio Ch\u00e1vez. Quiz\u00e1s por eso, un notable escritor caraque\u00f1o como Guillermo Meneses, al refugiarse los \u00faltimos a\u00f1os de su vida en un apartamento de San Bernardino, por momentos oy\u00f3 p\u00e1jaros ben\u00e9volos de modesta felicidad en su coraz\u00f3n: su gran amor materno fue la t\u00eda sabia, educadora en el Colegio Ch\u00e1vez, y sus libros estuvieron dedicados a un gran amor conyugal, una rubia e inquieta chica jud\u00eda \u2013como sacada de una pel\u00edcula de Frank Capra o Preston Sturges\u2013, nacida en Besarabia.<\/p>\n\n\n\n<p>A principios de la d\u00e9cada del 50, cuando estaba por iniciarme dentro de las temporales pasiones de la adolescencia, comenc\u00e9 una larga vida domiciliaria en San Bernardino. Me toc\u00f3 vivir en una calle colindante con la plasticidad majestuosa de la monta\u00f1a. Para ese per\u00edodo me encantaba colgarme de los autobuses verdes que, pacientemente, viniendo desde el centro de la ciudad recorr\u00edan toda la urbanizaci\u00f3n. Las del 50 fueron silenciosas noches de dictadura. A veces lograba escuchar (como si estuviese sintonizando una radio de larga distancia) desde mi asiento en el autob\u00fas, al igual que si se tratase de un rezo talm\u00fadico, algunas voces en iddisch. Pero la generalidad de las veces (as\u00ed lo quiero recordar ahora: porque ciertos recuerdos son tan deliberados y caprichosos como ciertos amores) los rostros de los jud\u00edos viajaban en silencio, cansados de un d\u00eda vivaz y gesticulante entre actos de comercio. Esos trayectos nocturnos tuvieron una particular fascinaci\u00f3n para m\u00ed. Despu\u00e9s de ellos, al d\u00eda siguiente, en mi imaginaci\u00f3n yo era una joven cosmopolita y viajada, como en una novela de Stefan Zweig. Una joven experimentada (o atormentada: da lo mismo) que en las noches anteriores habr\u00eda estado viajando por calles laboriosamente jud\u00edas como las de la Viena de preguerra.<\/p>\n\n\n\n<p>Un viaje no se cumple de veras si no quedan fotografiados para siempre en nuestro coraz\u00f3n, a trav\u00e9s del rostro, los gestos de algunos de los compa\u00f1eros de jornada. En los autobuses verdes encontr\u00e9 un joven cuyas facciones y ropa oscura, luctuosa, neur\u00f3ticamente pasada de moda, mucho me recordaban las reproducciones fotogr\u00e1ficas que acompa\u00f1an a ciertos libros del escritor Kafka. Nunca la adolescente, seguramente divertida y simp\u00e1tica que fui, se atrevi\u00f3 a interpelar al enigm\u00e1tico joven de tan fantasmal presencia judaica. Pero esa es la an\u00e9cdota humana que acompa\u00f1\u00f3 mis lecturas <em>El Castillo<\/em>, <em>El Proceso <\/em>y sobre todo <em>Am\u00e9rica<\/em>. Compartir durante mis a\u00f1os de estudiante universitaria, casi cotidianamente, los buses de San Bernardino con un joven lejano de muy arcaica presencia semita fue un amoros\u00edsimo incentivo para leer a Kafka. Muchos a\u00f1os despu\u00e9s lo supe. El joven de mis autobuses verdes hab\u00eda estado en un campo de concentraci\u00f3n (\u00bfy Kafka no hab\u00eda estado en el campo de concentraci\u00f3n de una oficina de seguros?), era adicto a la vida en las sinagogas de la misma manera que los ingleses lo son a sus clubes privados, y hoy es un peat\u00f3n solitario y desesperado en las calles de San Bernardino. \u00daltimo fantasma de Kafka en un barrio jud\u00edo del tr\u00f3pico.<\/p>\n\n\n\n<p>La se\u00f1ora Raquel Kern, salvada milagrosamente de la barbarie hitleriana, pasados ya los 50 a\u00f1os de edad, en la cafeter\u00eda del Centro M\u00e9dico endulz\u00f3 muchas de las obligadas visitas a la cl\u00ednica vecina, con sus bandejas joviales y una exquisitez de condesa austr\u00edaca. Porque en San Bernardino compiten armoniosamente las sinagogas junto a las cl\u00ednicas. Un joven escritor <em>goy<\/em> que pas\u00f3 una infancia enfermiza, deambulando entre los pasillos del Centro M\u00e9dico y del Instituto Diagn\u00f3stico, conoce la urbanizaci\u00f3n tanto como yo. Este universo hospitalario no altera o invalida las secretas normas jud\u00edas del sector. Los israelitas necesitan de m\u00e1s de un doctor en la familia y, por lo menos, una cl\u00ednica en las proximidades de su domicilio. Siglos de humillaci\u00f3n hist\u00f3rica los han hecho proclives a medicinas que consuelen de una orgullosa pero muy vasta soledad.<\/p>\n\n\n\n<p>La cr\u00f3nica inquilina que soy yo conoci\u00f3 la urbanizaci\u00f3n siendo una ni\u00f1a peque\u00f1a. Es posible que ello haya sido 1943, yendo a una excursi\u00f3n con mi maestra sabatina del Antiguo Testamento, quien se vest\u00eda como una <em>jalutzina <\/em>de Israel: falda azul marino y blusa blanca de mangas cortas. Ella para m\u00ed tuvo un gran prestigio: hablaba en espa\u00f1ol rico en zetas, como si espadas toledanas estuviesen desafiando su voz. Hab\u00eda huido de la persecuci\u00f3n nazi, encontrando refugio en Espa\u00f1a. Del San Bernardino de mi infancia recuerdo un paisaje exuberante, hojas verdes inmensas y copiosos \u00e1rboles de mango: \u00bfpaisajes del <em>Aduanero<\/em> Rousseau? Fue ese el tiempo en que Lily, mi gran amiga de la ni\u00f1ez, me dijo: \u201cMi padre acaba de comprar un terreno en San Bernardino\u201d. Hacia 1949 el terreno adquirido se convirti\u00f3 en una hermosa mansi\u00f3n en la avenida Los Pr\u00f3ceres. Hoy, esa mansi\u00f3n a donde se mud\u00f3 la familia del Lily es un edificio de apartamentos.<\/p>\n\n\n\n<p>Fueron momentos en que la guerra incendiaba praderas de Europa. Israel a\u00fan no era una cifra geogr\u00e1fica de consuelo, y la reci\u00e9n fundada urbanizaci\u00f3n de San Bernardino fue, entonces, una ilusi\u00f3n posible para que los jud\u00edos en Caracas encontrasen un domicilio solidario que pudiera salvar de la hecatombe. Mi padre en su Besarabia natal vio marchar israelitas rumbo a Estados Unidos, Brasil o Colombia, hasta que \u00e9l mismo decidi\u00f3 el viaje a Venezuela. Yo no puedo hablar de viajes, sino de mudanzas. Pongamos por caso, en 1943 la se\u00f1ora Zwartz se mud\u00f3 a San Bernardino a una casa donde hoy est\u00e1 el edificio de la Contralor\u00eda. En 1944 el se\u00f1or Velvel Zighelboim celebr\u00f3 la <em>bar mizba <\/em>de su hijo Abraham en una quinta que hac\u00eda esquina con la avenida Cagigal. La se\u00f1ora Darer culmin\u00f3 una exitosa vida comercial traslad\u00e1ndose a la avenida Gamboa. En 1946 le toc\u00f3 a la se\u00f1ora Brender. Y as\u00ed podr\u00eda seguir con la mudanza de la familia del se\u00f1or Akerman, despu\u00e9s con la familia de la se\u00f1ora Faerman y pare usted de contar.<\/p>\n\n\n\n<p>Hay un caletre sensible en mi coraz\u00f3n en torno a los austeros comedores de San Bernardino, de muebles de oscura pulitura, con candelabros de siete brazos dispuesto sobre el ceibo, en luminosa proximidad al retrato de alg\u00fan pariente barbado y con el <em>yarmukle <\/em>de las viejas ceremonias en la cabeza. Del mismo modo puedo hablar de los hoteles del \u00e1rea. En la temprana adolescencia, desde la terraza de la casa de mi amiga Lily en la avenida Los Pr\u00f3ceres, se nos promet\u00eda una vida singular en el Hotel \u00c1vila. Con el transcurso de los a\u00f1os llegue a ir a ese hotel, a repetidos agasajos de familias jud\u00edas, en la compa\u00f1\u00eda de mi madre. Y mis padres fueron a m\u00e1s de uno de los celebrados en el Waldorf o en el Potomac. Hoy, todav\u00eda alguna noche, suelo asomarme al Waldorf, que parece seguir imperturbable como en la barriada de los comienzos. Oigo al pianista sempiterno entornando <em>Mu\u00f1equita linda<\/em> o <em>B\u00e9same mucho<\/em> en el viejo piano de cola de color rojo y s\u00e9, para siempre, que las fiestas que vivieron mis padres en los hoteles familiares de San Bernardino siguen nutriendo alegr\u00edas en m\u00ed coraz\u00f3n, fogatas que no son de chimenea.<\/p>\n\n\n\n<p>En ese barrio de una ciudad tan nueva como Caracas he aprendido a leer claves muy remotas. Las viejas quintas, cada vez m\u00e1s, mientras el precio del terreno del lugar contin\u00faa subiendo mete\u00f3ricamente son reemplazadas, casi al azar, por costosas casas de apartamentos. Pero el suave clima de monta\u00f1a, al que mi madre tanto se afinc\u00f3, contin\u00faa de noche acariciando los jardines de la urbanizaci\u00f3n. San Bernardino, en la ciudad moderna, m\u00e1s que una urbanizaci\u00f3n es una herencia para la ilusi\u00f3n jud\u00eda, un inventario no tan accidentado. Una memoria, apenas distra\u00edda por las evoluciones de los diamantes del d\u00eda en el proteico paisaje de la monta\u00f1a cercana.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/elisa-lerner\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre la autora<\/a><\/h4>\n\n\n\n<h6 class=\"wp-block-heading\">*Foto: Plaza La Estrella de San Bernardino por Mendoza-Mendoza (1952). Publicado en la compilaci\u00f3n <em>El hilo de la voz<\/em>, de Yolanda Pantin y Ana Teresa Torres (2015, Libros en red).<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Elisar Lerner La urbanizaci\u00f3n caraque\u00f1a de San Bernardino se construye a principios de la d\u00e9cada del 40. Es un \u00e9poca en que la gente va mucho al cine. 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