{"id":1196,"date":"2021-09-09T18:41:25","date_gmt":"2021-09-09T18:41:25","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=1196"},"modified":"2023-11-24T15:18:07","modified_gmt":"2023-11-24T15:18:07","slug":"dos-cuentos-con-gallos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/dos-cuentos-con-gallos\/","title":{"rendered":"Dos cuentos con gallos, de Arturo Uslar Pietri"},"content":{"rendered":"<h3>El gallo<\/h3>\n<p>\u2014\u00a1Gu\u00e1! Ese como que es Jos\u00e9 Gabino \u2014dijeron las gentes al mirarlo en el recodo.<\/p>\n<p>\u2014S\u00ed, es. M\u00edrenle el sombrero. M\u00edrenle el modo de andar.<\/p>\n<p>Jos\u00e9 Gabino, con su sombrero negro, polvoriento y deshecho, con su nariz roja, con el l\u00edo de trapos atado al palo sobre el hombro, oy\u00f3 las voces que lo alcanzaban. No volvi\u00f3 la cabeza.<\/p>\n<p>Estaba esperando el grito de alg\u00fan muchacho. Alg\u00fan muchacho vendr\u00eda con ellos y gritar\u00eda:<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Jos\u00e9 Gabino, ladr\u00f3n de camino!<\/p>\n<p>Estaba como encogido, esperando. Pero no se oy\u00f3 el grito. Las voces y las gentes lo alcanzaron en el recodo.<\/p>\n<p>\u2014Buen d\u00eda, Jos\u00e9 Gabino.<\/p>\n<p>\u2014Buen d\u00eda.<\/p>\n<p>\u2014Buen d\u00eda, Jos\u00e9 Gabino.<\/p>\n<p>Era un viejo de bigotes con dos mozos. Llevaban alpargatas nuevas y mudas de ropa planchada que brillaban al sol. Ya lo pasaban. El viejo llevaba en el brazo un saco de tela abultado en el fondo. Jos\u00e9 Gabino lo vio y se le animaron los ojos.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfPara d\u00f3nde llevan ese gallo?<\/p>\n<p>Alej\u00e1ndose le contestaron:<\/p>\n<p>\u2014Para la fiesta del Garabital. Tenemos una pelea casada con veinte pesos.<\/p>\n<p>Jos\u00e9 Gabino sonri\u00f3 con sus dientes desportillados y oscuros. Los tres hombres adelantaban por el camino. El camino faldeaba unos cerros de yerba sin \u00e1rboles. All\u00e1 detr\u00e1s del cerro, junto a los ca\u00f1averales del r\u00edo, estaba Garabital. No se ve\u00eda. Se ve\u00edan los cerros y el ca\u00f1averal del r\u00edo que ondulaba por en medio de los potreros y de los tablones de ca\u00f1a de az\u00facar.<\/p>\n<p>\u2014Alg\u00fan pataruco llevan en la busaca. Gallo fino no ser\u00e1.<\/p>\n<p>En su soliloquio avanzaba lentamente por el camino.<\/p>\n<p>\u00abYo s\u00ed s\u00e9 de gallos finos. Yo s\u00ed s\u00e9 c\u00f3mo se coge un pollo. C\u00f3mo se enraza. C\u00f3mo se cr\u00eda. C\u00f3mo se tusa. Mi compadre Nicanor, con aquella mano que ten\u00eda para los gallos, me lo dec\u00eda: compadre, mire, si usted se pusiera a criar gallos le quitaba el copete a todo el mundo. Es que usted, compadre, sabe coger un pollo. Eso se conoce hasta en el modo de ver. En el modo de meter la mano para agarrar un gallo. Ellos mismos saben. Cuando la mano se le acomoda bien por delante entre el buche y las patas, se aflojan tranquilos en la palma. As\u00ed los agarraba yo\u00bb.<\/p>\n<p>Levantaba la mano vac\u00eda en el aire como soportando el peso de un gallo y miraba hacia ella con los ojos entornados. Por entre los dedos entreabiertos miraba el camino desnudo. Ya los hombres hab\u00edan desaparecido tras el recodo.<\/p>\n<p>Baj\u00f3 la mano con desgana. Cerca del camino se alzaba una casa de teja y de corredor. Jos\u00e9 Gabino, que se hab\u00eda detenido a contemplarla, se fue acercando.<\/p>\n<p>\u2014Algo se puede conseguir aqu\u00ed. Qui\u00e9n quita. Como que no hay nadie<\/p>\n<p>No se ve\u00eda a nadie. La puerta que daba al corredor estaba cerrada. Un perro, echado junto a uno de los horcones del corredor, alz\u00f3 la cabeza so\u00f1olienta y gru\u00f1\u00f3. Jos\u00e9 Gabino se detuvo. Baj\u00f3 con disimulo el palo que llevaba terciado a la espalda. Tom\u00f3 el l\u00edo de trapos en la mano izquierda y con la derecha empu\u00f1\u00f3 el palo con fuerza. El perro lo miraba sin moverse.<\/p>\n<p>\u2014Buen d\u00eda \u2014dijo con voz ronca.<\/p>\n<p>Esper\u00f3 un rato, sin o\u00edr respuesta.<\/p>\n<p>\u2014Buen d\u00eda \u2014volvi\u00f3 a clamar con voz m\u00e1s alta.<\/p>\n<p>Ning\u00fan ruido, ninguna voz, ninguna se\u00f1al de movimiento ven\u00eda de la casa. Los ojos de Jos\u00e9 Gabino se iluminaron, Mir\u00f3 al perro con cautela. Permanec\u00eda tranquilo vi\u00e9ndolo. Pens\u00f3 un momento y luego, sin quitar la vista del perro, fue rodeando lentamente hacia la parte posterior de la casa. La lisa tapia desnuda terminaba atr\u00e1s en una cerca de bamb\u00faes rota a trechos. Hab\u00eda \u00e1rboles copudos, arbustos, yerbas, piedras. Jos\u00e9 Gabino miraba por sobre la cerca. Sobre unas piedras hab\u00eda ropa tendida. Cerca de las piedras hab\u00eda una estaca. Atado a la estaca por una cuerda estaba un gallo. Era negro con brillos dorados y manchas blancas. La roja y descrestada cabeza picoteaba en el suelo. Desplumados ten\u00eda el lomo y los muslos. Dos largas, finas y curvas espuelas oscuras le sobresal\u00edan de las patas amarillas.<\/p>\n<p>\u2014Bonito el giro \u2014dijo.<\/p>\n<p>Trag\u00f3 saliva y mir\u00f3 a todos lados recelosamente.<\/p>\n<p>\u00abM\u00edrele el corte del pico y la manera de poner la cabeza. Seguro por el pico y ligero por la espuela. Se parece a aquel pollo del general Porta\u00f1uelo que siempre ganaba con un golpe de zorro. A los primeros barajos se aseguraba y mandaba las espuelas para el ga\u00f1ote. Y ah\u00ed mismo estaba el otro gallo tendido en el suelo y con ese chillido\u00bb.<\/p>\n<p>Se hab\u00eda ido acercando. El gallo, erguido, lo miraba inquieto. Mov\u00eda la cabeza roja con r\u00e1pidos movimientos cortos. Se hab\u00eda ido agachando junto a \u00e9l. Chasqueando la lengua hac\u00eda un ruido mon\u00f3tono mientras extend\u00eda la mano. El gallo cloque\u00f3 asustado cuando lo alz\u00f3 en la palma. Se incorpor\u00f3 con \u00e9l y lo puso a la altura de su cabeza. El sol le brillaba en las plumas met\u00e1licas. Con su grueso pulgar sucio y cuarteado le fue tanteando las espuelas y el pico.<\/p>\n<p>\u2014As\u00ed se coge un pollo. \u00a1Ah, buen gallero hubiera sido yo!<\/p>\n<p>Detr\u00e1s del sombrero negro y la nariz roja, los ojos turbios sonre\u00edan.<\/p>\n<p>\u00abT\u00fa, lo que quieres, Jos\u00e9 Gabino, es comerte el gallo. Irlo a desplumar a la orilla del r\u00edo. Ponerlo a asar en un palo sobre unas rajas de le\u00f1a. Para ponerte ese hocico lustroso de comer fino. Y despu\u00e9s acostarte en la arena, debajo de las ca\u00f1as bravas, boca arriba a dormir. Eso es lo que t\u00fa quieres, Jos\u00e9 Gabino\u00bb.<\/p>\n<p>Sonre\u00eda y miraba al gallo alzado en su palma y deslumbrante de color y de sol. Se pas\u00f3 la lengua por los labios resecos y por los pelos ralos de la barba. Escupi\u00f3. Volvi\u00f3 a ver con recelo a su alrededor. Nadie hab\u00eda. Todo estaba quieto.<\/p>\n<p>Meti\u00f3 el gallo con cuidado en el l\u00edo de trapos. Lo tom\u00f3 con la mano izquierda. Sali\u00f3 cautelosamente por el boquete de la cerca. Con lentitud pas\u00f3 junto al corredor. Llevaba el palo apretado en la mano. All\u00ed estaba el perro echado junto al horc\u00f3n. Gru\u00f1\u00f3 de nuevo al verlo, pero sin moverse.<\/p>\n<p>Se apresur\u00f3 a salir al camino. Dos hombres llegaban en ese momento.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Ah, malhaya! Ya me vieron. A lo mejor son de la casa. Est\u00e1s de mala, Jos\u00e9 Gabino; no te van a dejar comerte el gallo con tranquilidad.<\/p>\n<p>Mir\u00f3 hacia los cercanos ca\u00f1averales del r\u00edo con angustia. En la mano le pesaba s\u00f3lidamente el l\u00edo.<\/p>\n<p>\u2014Buen d\u00eda.<\/p>\n<p>Eran dos campesinos. Sombreros de cogollo, blusas de liencillo rayado, uno con alpargatas y otro sin ellas.<\/p>\n<p>Ninguno lo nombr\u00f3. Era un alivio. \u00c9l les mir\u00f3 con disimulo las caras desconocidas. Cobrizas, lampi\u00f1as, chatas.<\/p>\n<p>\u00abRaro que no me conozcan. No son de aqu\u00ed\u00bb.<\/p>\n<p>\u2014Buen d\u00eda\u2014contest\u00f3 entonces con desgano.<\/p>\n<p>Uno de los hombres llevaba una abultada mochila de gallero. Jos\u00e9 Gabino la vio al momento.<\/p>\n<p>El hombre a su vez le miraba el l\u00edo de trapos con insistencia.<\/p>\n<p>\u2014Vamos para la fiesta de Chiribital. Con este pollo para jugarlo, que no es ni malo.<\/p>\n<p>\u2014Aj\u00e1. \u00bfY no son de por aqu\u00ed? \u2014dijo Jos\u00e9 Gabino para salir del paso.<\/p>\n<p>Lo que quer\u00eda era que se acabaran de ir.<\/p>\n<p>\u00abCu\u00e1ndo se acabar\u00e1n de ir, \u00f1o entr\u00e9pitos. Para yo bajarme a la costa del r\u00edo a comerme mi almuerzo completo\u00bb.<\/p>\n<p>\u2014No. Somos del otro lado. Hemos venido para la fiesta. \u00bfY usted, c\u00f3mo que lleva tambi\u00e9n un gallo?<\/p>\n<p>El hombre se\u00f1alaba con la mano el l\u00edo colgante.<\/p>\n<p>Jos\u00e9 Gabino tosi\u00f3, escupi\u00f3 y tartamude\u00f3 un poco.<\/p>\n<p>\u2014Este. No. Pues, s\u00ed. Es un pollito que est\u00e1 enca\u00f1onando. No es como para pelearlo en la fiesta.<\/p>\n<p>Los hombres se hab\u00edan detenido.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfUstedes s\u00ed deben tener un gallo fino?<\/p>\n<p>Sin hacerse rogar, el que llevaba la mochila la abri\u00f3 y asom\u00f3 por la boca un pollo rechoncho, de mala figura, aunque tusado como gallo de pelea.<\/p>\n<p>\u00ab\u00a1Ah, gente cuando era mundo! \u2014pensaba Jos\u00e9 Gabino mir\u00e1ndolo\u2014. A cualquier cosa llaman un gallo. Eso lo que parece es un pato lagunero. Si yo les ense\u00f1ara este gallo, \u00a1qu\u00e9 cara pondr\u00edan! \u00a1C\u00f3mo se les pondr\u00edan los ojos! Pero si les ense\u00f1o se van a achantar a conversar y no me van a dejar irme para el r\u00edo. Ya deber\u00eda estar prendiendo la candela\u00bb.<\/p>\n<p>\u2014Est\u00e1 bueno el pollo. Se ve que es nuevo. Ojal\u00e1 casen una buena pelea. Yo\u2026<\/p>\n<p>\u00abMejor es que no se lo ense\u00f1es, Jos\u00e9 Gabino, porque te vas a enredar. Pero c\u00f3mo pondr\u00edan la cara los pobrecitos si vieran ese gallo\u00bb.<\/p>\n<p>\u2014Yo, lo que pasa, es que\u2026 no voy hace tiempo a la gallera. Siempre cr\u00edo mis pollos. Pero por no dejar. Este\u2026<\/p>\n<p>\u00abYa lo vas a ense\u00f1ar, Jos\u00e9 Gabino, ya no aguantas las ganas\u00bb.<\/p>\n<p>\u2014Este, por ejemplo.<\/p>\n<p>Hab\u00eda sacado en la mano el gallo al sol. Se encendieron sus colores en la luz.<\/p>\n<p>Los dos campesinos lo miraron arrobados.<\/p>\n<p>\u2014Cosa linda, s\u00ed se\u00f1or.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfY usted con ese gallo no va a la fiesta? Si nosotros con este triste pollo nos hemos echado esta caminata.<\/p>\n<p>Jos\u00e9 Gabino empez\u00f3 a re\u00edr complacido. Con su rugosa mano peinaba las plumas del gallo. Se pavoneaba. Cogi\u00f3 tierra con los dedos y le limpi\u00f3 el pico con gestos precisos.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfQui\u00e9n sabe? Ya no tengo gusto en las peleas. Ya no se ven buenos gallos. Las buenas cuerdas se han ido acabando. Los buenos galleros ya no se encuentran. Una pila de lambucios, mejorando lo presente, que no saben distinguir una gallineta de un pollo fino es lo que van ahora a esas fiestas del pueblo. No es como antes. \u00a1Qu\u00e9 va!<\/p>\n<p>Se hab\u00eda ido animando y encendiendo. Los dos hombres le o\u00edan embobados.<\/p>\n<p>\u2014Este gallo no es nada. Vieran ustedes lo que yo llamo un gallo. Este poll\u00f3n lo recog\u00ed esta ma\u00f1ana para llev\u00e1rselo a una comadre para sus gallinas. Yo no me extra\u00f1o de que sirva para pelearlo en el pueblo. Con los patarucos que llevan ahora. Pero esto para m\u00ed no es gallo.<\/p>\n<p>Hab\u00eda vuelto a meter el ave dentro del l\u00edo. Hab\u00eda empezado a caminar con los dos campesinos. Ya no pensaba en otra cosa sino en lo que iba diciendo.<\/p>\n<p>\u2014Y eso se los digo porque yo s\u00ed s\u00e9 de gallos. \u00bfUstedes saben qui\u00e9n soy yo?\u2026<\/p>\n<p>Los hombres lo o\u00edan suspensos sin decir palabra.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfQui\u00e9n soy yo\u2026?<\/p>\n<p>\u00bfQui\u00e9n iba a decir que era? Jos\u00e9 Gabino le daba vueltas en la cabeza a los nombres de galleros que hab\u00eda o\u00eddo nombrar o que hab\u00eda conocido. Nombres. Rostros de hombres de blusa. Gallos atados a estacas. Gallos bajo jaulas de madera. Olor de gallinero.<\/p>\n<p>\u2014Yo soy\u2026 yo fui\u2026 el gallero del general Porta\u00f1uelo. \u00bfNo lo ha o\u00eddo mentar? \u00a1Esa s\u00ed era una cuerda de gallos! Los pollos finos se los tra\u00edan de todas partes. Y el general no cog\u00eda sino los mejores. Me parece estarlo viendo. \u00abJos\u00e9 \u2014esa es mi gracia, me dec\u00eda\u2014: si a ti no te gusta este pollo, yo no lo cojo\u00bb. Y yo lo miraba, le tanteaba las espuelas, le tanteaba el pico, le miraba las plumas, le echaba una careada. Y el general parado all\u00ed, viendo lo que yo iba a decir, hasta que dec\u00eda, para adentro o para afuera.<\/p>\n<p>Segu\u00edan avanzando por el camino. Jos\u00e9 Gabino, cada vez m\u00e1s animado, gesticulaba y alzaba la voz. Los hombres lo miraban con extra\u00f1eza. Aquellas ropas tan sucias y tan rotas. Aquella cara de borracho o de enfermo. Y con aquel gallo tan fino.<\/p>\n<p>\u2014Imag\u00ednese usted si a m\u00ed me van a hablar de gallos. Imag\u00ednese usted si yo tendr\u00e9 ilusi\u00f3n de coger un pollo para ir al pueblo y jug\u00e1rselo a unos desgraciados, mejorando lo presente, que cuando apuestan veinte pesos se les sale el coraz\u00f3n por la boca. Yo, por eso, no he vuelto m\u00e1s. Siempre cr\u00edo mis pollos, por no dejar. Se los regalo a los amigos. Esta ma\u00f1ana, como les digo, cog\u00ed este, para llev\u00e1rselo a la comadre. Para que se lo eche a las gallinas.<\/p>\n<p>\u2014Eso es l\u00e1stima \u2014aventuraba el campesino del gallo\u2014. Con un animal tan bueno se podr\u00eda ganar plata.<\/p>\n<p>Y cuando dec\u00eda estas palabras le miraba el traje a Jos\u00e9 Gabino. Jos\u00e9 Gabino se mir\u00f3 a su vez aquella ra\u00edda ropa que ya no ten\u00eda color.<\/p>\n<p>\u2014Yo no necesito plata, sabe. Aqu\u00ed donde me ve no me ahorcan por mil pesos. Lo que pasa es que cada uno tiene su manera. A m\u00ed no me gustan las echoner\u00edas. Eso de andar estruj\u00e1ndoles a los dem\u00e1s sus reales en la cara. Eso no es conmigo. Pero a la hora de afrontar la plata de verdad ah\u00ed estoy yo.<\/p>\n<p>Ya estaban llegando al recodo de la falda del cerro. Al doblar fue apareciendo el pueblo. Los techos amarillos de paja, los techos oscuros de teja, la blancuzca torre de la iglesia chorreada de negro por los aguaceros. Cerca, delante del pueblo, a la orilla del camino, se ve\u00edan muchas gentes agolpadas alrededor de un cobertizo de paja.<\/p>\n<p>\u2014Ah\u00ed est\u00e1 la gallera \u2014dijo uno de los campesinos\u2014. \u00bfPor qu\u00e9 no se llega hasta all\u00e1 con nosotros un saltico, y puede que se anime a jugar el gallo?<\/p>\n<p>Fue entonces cuando Jos\u00e9 Gabino se dio cuenta de d\u00f3nde estaba, y se acord\u00f3 de lo que ten\u00eda pensado hacer. Iba para el r\u00edo a comerse el gallo. Ya all\u00ed hab\u00eda mucha gente para poder hacerlo. Tendr\u00eda que regresarse de nuevo para un lugar m\u00e1s solitario.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Ah, caramba! Mire usted ad\u00f3nde he venido por la habladera. Si yo para donde iba era para casa de mi comadre. Pero es que en lo que me hablan de gallos ya estoy perdido. Empiezo a hablar y no s\u00e9 cu\u00e1ndo acabo.<\/p>\n<p>\u2014No se vaya todav\u00eda. Ac\u00e9rquese con nosotros. Aunque no sea nada m\u00e1s que a ver\u2026<\/p>\n<p>\u00abVete. Jos\u00e9 Gabino, \u00bfqu\u00e9 haces t\u00fa aqu\u00ed? Con qui\u00e9n vas a jugar un gallo, si todo el mundo te conoce. En lo que te vean van a saber que te lo robaste. Ahorita sale por ah\u00ed un muchacho y pega el grito: Jos\u00e9 Gabino, ladr\u00f3n de camino\u00bb.<\/p>\n<p>\u2014Entre con nosotros \u2014insist\u00eda el hombre\u2014. Se le puede presentar una buena proporci\u00f3n y jugar su gallo. Y se vuelve a acordar de sus buenos tiempos.<\/p>\n<p>\u2014A eso es que le tengo miedo, \u00bfno ve? Yo me conozco. Empiezo a jugar y me entusiasmo y entonces ya no s\u00e9 lo que hago. No. Mejor es que me vaya.<\/p>\n<p>Ya estaba envuelto en el vocer\u00edo de la gallera. Adentro la algazara de voces se agitaba y pasaba como humo por entre las cabezas api\u00f1adas y los brazos alzados y gesticulantes. Jos\u00e9 Gabino se hab\u00eda ido acercando. Con su gallo dentro del l\u00edo, bajo el brazo. Junto a \u00e9l hab\u00eda una boca abierta clamorosa:<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Pica mi gallo! \u00a1De al partir doy! \u00a1Pica mi gallo! \u00a1De al partir doy! \u00a1Pica mi gallo! \u00a1De al partir doy!<\/p>\n<p>Otras bocas, otras voces, otros gritos, otros brazos flotaban en aquello espeso.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Diez cuentas de a cinco!<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Pago!<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Diez cuentas de a cinco!<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Pago!<\/p>\n<p>Eran manos estiradas con dos dedos r\u00edgidos en el aire. Abajo como entre sombras de ramas dos gallos sangrientos cruj\u00edan y palpitaban saltando en el aire.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Gana el talisayo!<\/p>\n<p>\u2014Gana el talisayo \u2014le dijo Jos\u00e9 Gabino tambi\u00e9n al hombre que estaba a su lado.<\/p>\n<p>Relampagueaban las patas p\u00e1lidas sobre las pechugas oscuras y sangrientas. Jos\u00e9 Gabino miraba detr\u00e1s de dos o tres filas de hombros.<\/p>\n<p>\u00abGana el talisayo. Baraja muy bien el pollo. Cada vez que suelta las espuelas hiere. Se parece. Se parece a aquel gallo\u2026 \u00bfA qu\u00e9 gallo se va a parecer, Jos\u00e9 Gabino? A alguno que te comiste asado en la orilla del r\u00edo\u00bb.<\/p>\n<p>\u00c9l tambi\u00e9n iba siguiendo con los hombros, con las manos, con la expresi\u00f3n del rostro cada instante de la pelea. A cada golpe hac\u00eda una contracci\u00f3n. Una contracci\u00f3n igual a la del hombre que estaba a su lado y a la del que estaba enfrente. Y un pujido que a veces se hac\u00eda grito. Y sub\u00eda en el hervor de los otros gritos.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Pica mi gallo! \u00a1Pica mi gallo! \u00a1De al partir doy!<\/p>\n<p>\u2014Va a ganar el talisayo\u2026 No puede perder. Est\u00e1 m\u00e1s entero que el otro. Mire c\u00f3mo lo sacude cuando lo asegura con el pico. \u00a1Va a ganar el talisayo! \u00a1Gana mi gallo!<\/p>\n<p>Jos\u00e9 Gabino grita en un paroxismo. Su brazo r\u00edgido se sacude en el aire marcando los golpes. Ya aquel es su gallo. Ya no ve sino aquel gallo rojo de sangre, brillante de sangre entre el ruido de abanico cerrado de las alas. Aquel es su gallo.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Diez cuentas de a cinco al talisayo! \u2014grita.<\/p>\n<p>Y repite el grito cada vez con m\u00e1s violencia.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Diez cuentas de a cinco!<\/p>\n<p>Su grito cae sobre los otros gritos y crece con ellos. Aquel es su gallo. Y a quien grita es a aquella cara roja y gritona que est\u00e1 enfrente.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Diez cuentas de a cinco al talisayo!<\/p>\n<p>A aquella cara que est\u00e1 enfrente y que lo mira sin o\u00edrlo.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Diez cuentas de a cinco!<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Adi\u00f3s corotos! Jos\u00e9 Gabino apostando a un gallo.<\/p>\n<p>Fue como si se hubieran apagado todas las voces. Como si lo hubieran puesto solo en medio del redondel.<\/p>\n<p>Ya no sab\u00eda lo que estaba haciendo all\u00ed, lo que estaba diciendo.<\/p>\n<p>\u00abJos\u00e9 Gabino, \u00bfd\u00f3nde te has metido? Estas perdiendo los papeles. \u00bfQui\u00e9n no te va a conocer? \u00bfQui\u00e9n no va a saber qui\u00e9n eres? \u00bfQui\u00e9n va a creer que eres gallero, ni que sabes de gallos, ni que tienes un centavo para apostarle a un gallo? Te paran de cabeza y no te sale un centavo\u00bb.<\/p>\n<p>Empez\u00f3 a mirar con recelo el gent\u00edo. Escondi\u00f3 los ojos debajo del sombrero y meti\u00f3 la cabeza en el pecho. Poco a poco se fue zafando de la masa y de la grita. Mirando hacia el suelo ve\u00eda, por entre las piernas y las alpargatas, caminar a aquellos zapatos rotos por donde asomaban los dedos, que eran los suyos.<\/p>\n<p>El gallo se movi\u00f3 dentro del l\u00edo.<\/p>\n<p>Se iban retirando las voces.<\/p>\n<p>\u00abSi me hubieran cogido la apuesta. Gana el talisayo. Te hubieras fondeado, Jos\u00e9 Gabino. Diez cuentas de a cinco\u00bb.<\/p>\n<p>Se iba acercando al r\u00edo. Las altas espigas de las ca\u00f1as amargas se agitaban en fila.<\/p>\n<p>\u00abLe hubieras puesto esa plata a este giro. Y hubieras casado una pelea, una pelea de flor\u00bb.<\/p>\n<p>Hab\u00eda sacado el gallo del l\u00edo. Pero no parec\u00eda verlo. Se sent\u00f3 cansadamente en una piedra junto a la orilla del agua.<\/p>\n<p>\u00abLa cara que hubieran puesto viendo a ese giro. Afirmado en el pico y largando esas patas\u00bb.<\/p>\n<p>Distra\u00eddamente, con un gesto mec\u00e1nico, tom\u00f3 el gallo por la cabeza y lo hizo voltear r\u00e1pidamente en el aire, quebr\u00e1ndole el pescuezo. Alete\u00f3 en una r\u00e1pida convulsi\u00f3n.<\/p>\n<p>\u2014Veinte cuentas de a cinco al giro.<\/p>\n<p>Y a cada una de aquellas palabras como adormecidas, arrancaba un pu\u00f1ado de plumas al gallo muerto y las iba lanzando al aire.<\/p>\n<p>\u2014Se te va a poner el hocico lustroso, Jos\u00e9 Gabino \u2014dijo sonriendo.<\/p>\n<p>Algunas plumas negras volaban lentas en el aire hasta caer sin peso en el r\u00edo.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<h3>La misa de gallo<\/h3>\n<p>La noticia la trajo, inesperadamente, Antonio el becerrero. El pueblo de Quiripal, desde el atardecer, estaba de fiesta. Ard\u00edan vivas luces al trav\u00e9s de las puertas y de las ventanas en las casas de tapia y teja que rodeaban la plaza de la Iglesia, con sus muros encalados de colores fuertes y sus ventanas saledizas de verdes barrotes de madera, y tambi\u00e9n en los diseminados ranchos de las otras callejas, con sus techos pajizos de alas plegadas, como grandes p\u00e1jaros dormidos, y su ventanuco ahumado.<\/p>\n<p>Desde la blanca espada\u00f1a de la Iglesia, el repique de las campanas volaba sobre todo el poblado, tintineaba con una alegr\u00eda de muchas monedas entre el polvo que levantaban las carreras de los arrapiezos, y se perd\u00edan en delgadas notas y sordos ecos, sobre los campos y los cerros vecinos, sobre las vegas cultivadas, sobre los potreros donde rumiaban aislados e inm\u00f3viles los novillos, y sobre las boscosas riberas del r\u00edo, llenas del rumor del agua entre las piedras.<\/p>\n<p>Las muchachas se apretujaban en las estrechas ventanas, con las cabezas adornadas de flores, para mirar llegar, con risas, m\u00fasica y alegres exclamaciones, los innumerables grupos de mozos, que se deten\u00edan a cantar sus villancicos y a improvisar al ritmo de la m\u00fasica incitante agudas coplas, llenas de intenci\u00f3n, dirigidas a la doncella esquiva, al padre cascarrabias o al presunto rival. Se pon\u00eda en medio el que tocaba el \u00abfurruco\u00bb, deslizando \u00e1gilmente la mano sobre el pulido garrote cuya vibraci\u00f3n se trasmit\u00eda, bronca, al templado cuero del tambor que le serv\u00eda de soporte. Surg\u00eda una especie de mon\u00f3tono y trepidante rezongo entrecortado, sobre el que se tej\u00edan el acompa\u00f1amiento de las guitarras y las contrastadas voces de los cantadores. Al trav\u00e9s de la ventana, como una viva aureola detr\u00e1s de las risue\u00f1as y floridas cabezas de las mozas, se ve\u00eda el iluminado Nacimiento que adornaba la estancia, con sus montes de arena, sus bosques de algod\u00f3n, sus lagos de espejo, sus animales de corcho, de cera y de miga de pan, sus Reyes Magos cargados de collares, dijes, bananas y pi\u00f1as, su rosada Virgen y su San Jos\u00e9 azul arrodillados, y, en medio, bajo una oscilante estrella de papel plateado, el Ni\u00f1o Jes\u00fas.<\/p>\n<p>De todas partes surg\u00edan los cantos y el eco de las encontradas m\u00fasicas, que a veces parec\u00edan acordarse y transformarse sobre el medido son de los fu\u00adrrucos en un inmenso coro de todo el pueblo. En cada parada, al callar los cantadores, circulaban las copas O las botellas empinadas de boca en boca, con su \u00e1spero ron turbio o su claro y encendido aguardiente de ca\u00f1a. El h\u00e1li\u00adto de fuego del alcohol reencend\u00eda de nuevo las voces en tonos m\u00e1s altos y desacompasados. Sobre el ritmo corto y agitado, para dar pie a la improvi\u00adsaci\u00f3n, pasaban y repasaban los estribillos:<\/p>\n<p><em>Los tres Reyes Magos<\/em><br \/>\n<em>vienen del Oriente,<\/em><br \/>\n<em>con sus taparitas<\/em><br \/>\n<em>llenas\u00a0de\u00a0aguardiente.<\/em><\/p>\n<p>Los tres Reyes Magos, Mar\u00eda, Jos\u00e9 y el Ni\u00f1o Jes\u00fas, se iban transfor\u00admando paulatinamente en seres casi pr\u00f3ximos, casi part\u00edcipes de la cele\u00adbraci\u00f3n, acaso un poco rezanderos y apartados como el cura, tal vez no acos\u00adtumbrados a mezclarse en aquellas algarab\u00edas populares, como algunas de las quisquillosas y encopetadas familias que habitaban las casas grandes de la plaza, o quiz\u00e1s, simplemente, gente hura\u00f1a, montuna y poco amiga de las fiestas, como Sim\u00f3n el renco.<br \/>\nPorque tampoco ese a\u00f1o Sim\u00f3n el renco tomaba parte ninguna en los festejos de la Noche Buena. El gran port\u00f3n claveteado de su casa perma\u00adnec\u00eda cerrado, y los pocos que intentasen pasar, encontrar\u00edan como otra puerta, cerrada e infranqueable, su duro rostro, impasible y altanero, y su boca cerrada, de la que no parec\u00edan poder salir palabras que no fueran \u00f3rdenes, secas y r\u00e1pidas como latigazos.<\/p>\n<p>Estaba sentado en el corredor, en su silla de cuero recostada a la pared, de frente al amplio patio poblado de \u00e1rboles y del murmullo de una acequia. Era alto, enjuto, huesudo y vigoroso. Estaba, como siempre, enfundado en su blu\u00adsa de hilo blanco, abotonada en el cuello con yugos de oro; el amplio y atercio\u00adpelado sombrero de \u00abpelo de guama\u00bb, le daba un tinte de bronce al rostro seco, anguloso, a los ojos negros, fr\u00edos y fijos y al hirsuto bigote negro que le cubr\u00eda la boca de labios delgados. A un lado de la cintura le abultaba visiblemente el rev\u00f3lver, y al otro, le asomaban por debajo de la blusa, las tirillas de cuero que adornaban la punta de la vaina del pu\u00f1al. Con una flexible vara de membrillo se golpeaba acompasadamente los curtidos zapatos de vaqueta.<br \/>\nEl sonido de los cantos y la m\u00fasica llegaba amortiguado.<\/p>\n<p>Silenciosos, y casi sin moverse, recostados a los pilares del corredor, o en cuclillas en el borde del patio, estaban cinco hombres, tambi\u00e9n vestidos de blancas blusas y con los anchos sombreros en las manos. Eran cuatro peones ganaderos y el mayordomo del potrero de Sim\u00f3n el renco. Hab\u00edan venido a saludarlo en la tarde de la fiesta, y ten\u00edan ya largo rato all\u00ed sin resolverse a marcharse, entre pesados silencios y breves trechos de conversaci\u00f3n en que todos hablaban a la vez con destempladas voces. De tiempo en tiempo se o\u00eda el escupitajo de alguno que mascaba tabaco.<\/p>\n<p>All\u00ed se oy\u00f3 el ins\u00f3lito ruido de alguien que empujaba bruscamente la puerta de la calle. Los hombres sorprendidos se pusieron de pie. Sim\u00f3n volvi\u00f3 el rostro hac\u00eda el zagu\u00e1n.<\/p>\n<p>El mayordomo hab\u00eda salido a ver de qu\u00e9 se trataba y a poco se oy\u00f3 el eco de una contenida disputa. Sim\u00f3n le hizo se\u00f1a a otro de los hombres para que fuera a averiguar.<\/p>\n<p>-Es Antonio el becerrero -dijo al volver-, que est\u00e1 borracho y peleando por entrar, porque dice que tiene que decirle algo.<\/p>\n<p>-Pues que lo dejen entrar -dijo Sim\u00f3n.<\/p>\n<p>Al instante entr\u00f3 el becerrero. Se le ve\u00eda en los ojos y en los gestos que estaba ebrio, pero aun as\u00ed la presencia de Sim\u00f3n lo intimidaba. Ninguno de ellos, y menos el becerrero, ignoraba la aspereza de su car\u00e1cter, tan acentuada en los \u00faltimos tiempos. La leyenda de sus violencias y de sus odios, su dureza, los tr\u00e1gicos lances de muerte que se le atribu\u00edan. Se qued\u00f3 mir\u00e1ndolo, sin decir palabra.<\/p>\n<p>-\u00bfQu\u00e9 era lo que quer\u00edas decirme, pues? -dijo el renco de mal humor.<\/p>\n<p>El hombre lo miraba atontadamente y hac\u00eda oscilar su mirada entre \u00e9l y los otros.<\/p>\n<p>Con un tono m\u00e1s recio volvi\u00f3 a repetir:<\/p>\n<p>-\u00a1Lo que vaya a decir lo dice ya, y se acab\u00f3!<\/p>\n<p>Con el rostro sobre el pecho, haciendo un esfuerzo extraordinario y visible, mientras arrugaba nerviosamente el sombrero entre las manos, el becerrero dijo atropelladamente, con la voz quebrada:<\/p>\n<p>-La ni\u00f1a Mar\u00eda est\u00e1 en el pueblo.<\/p>\n<p>El renco se alz\u00f3 r\u00e1pidamente. El rostro se le hab\u00eda demudado. Los otros hombres no lo estaban menos y en su desaz\u00f3n no hallaban qu\u00e9 decir o hacer. Parec\u00edan esperar una explosi\u00f3n.<\/p>\n<p>Sin embargo, el renco parec\u00eda haber logrado serenarse. Con un tono fr\u00edo y met\u00e1lico, volvi\u00f3 a preguntar:<\/p>\n<p>-\u00bfD\u00f3nde est\u00e1?<\/p>\n<p>-Est\u00e1 en la calle de atr\u00e1s de la iglesia, dos casas m\u00e1s abajo de la pulper\u00eda de Mart\u00edn.<\/p>\n<p>-\u00bfY\u2026 el hombre ese vino con ella?<\/p>\n<p>-Qui\u00e9n sabe.<\/p>\n<p>Volvieron a callar. El renco dio media vuelta y se meti\u00f3, sin a\u00f1adir palabra, a los aposentos. Lo vieron alejarse cojeando, y empezaron a su vez a salir en silencio. Desde el port\u00f3n se oyeron de nuevo sus voces que rega\u00f1aban al becerro y que se confund\u00edan, ya a lo lejos, con el rumor de la fiesta en el pueblo anochecido.<\/p>\n<p>Cuando Sim\u00f3n el renco estuvo solo en su aposento se tendi\u00f3 en la hamaca, cruz\u00f3 las manos debajo de la cabeza y cerr\u00f3 los ojos.<\/p>\n<p>Sent\u00eda el aturdimiento y la vaguedad que produce la fiebre. Le era dif\u00edcil coordinar sus ideas y pensar siquiera concretamente sobre la inesperada noticia que le hab\u00eda tra\u00eddo Antonio el becerrero. Empezaba a hac\u00e9rsele odioso el hombre que le trajo la noticia. Quiz\u00e1s la hab\u00eda tra\u00eddo por el gusto de hacerle da\u00f1o y de hac\u00e9rselo ante los otros. Era, sin embargo, uno de sus m\u00e1s viejos peones. Hab\u00eda estado a su servicio desde hacia muchos a\u00f1os, desde que empez\u00f3 a fundar el potrero. Era hombre seguro y fiel a toda prueba. Era quien lo hab\u00eda recogido del suelo, desmayado, cuando en la mitad de la carrera de un novillo que se escapaba, cay\u00f3 dando vueltas con el caballo, de donde qued\u00f3 para siempre con la pierna defectuosa. Hab\u00eda sido aquel remoto suceso, dec\u00eda \u00e9l, su bautizo de renco. Pero desde mucho tiempo antes estaba con \u00e9l el becerrero. Desde antes de nacer Mar\u00eda, desde antes de casarse con Micaela. Y ahora hab\u00eda tenido que ser \u00e9l quien trajera aquella est\u00fapida noticia.<\/p>\n<p>Recordando al becerrero, recordaba tambi\u00e9n su propia vida en desordenadas im\u00e1genes provocadas por su desasosiego emocional.<\/p>\n<p>Se ve\u00eda a caballo, en su lejana mocedad de pe\u00f3n ganadero, con la cobija burrera, roja y azul, terciada sobre el pico de la silla, marchando por d\u00edas enteros bajo un sol abrasador, y entonando, entre la nube de polvo de la manada, las coplas camineras con que se arrea el ganado.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s ven\u00eda todo el largo tiempo de recio esfuerzo para fundar y fomentar el potrero en Quiripal. Fue una \u00e9poca de inagotable tarea, en que se levantaba antes del alba, con el canto de los gallos, tomaba una taza de caf\u00e9, cabalgaba y no volv\u00eda a desmontarse del caballo sino al regresar en la noche, casi sin voluntad para otra cosa que para tenderse a dormir. Con lo que ganaba iba comprando m\u00e1s tierras para extender sus pastos, y con la extensi\u00f3n del campo iban tambi\u00e9n en aumento sus cuidados y su trabajo.<\/p>\n<p>Era la suya tarea de hombre completo. Ten\u00eda que hacerse respetar y para ello ten\u00eda que exceder a los dem\u00e1s, y especialmente a sus peones, en resistencia, fuerza y arrojo para las peligrosas faenas. Montar el potro cerrero que los otros miraban con temor, ir a enlazar el toro alzado que se defend\u00eda embistiendo a los caballos, atarlo, tumbarlo y traerlo luego con la soga pasada por la nariz sangrante, sumiso y mugiendo de dolor. Salir de noche, con las armas, a sorprender a los maleantes que cortaban las cercas de alambre para que se escapase ganado. Estar en todo y superar a todos en el esfuerzo, el consejo, en el valor y en la autoridad.<\/p>\n<p>Esta lucha sin tregua hab\u00eda sido su vida. Ni siquiera cuando se cas\u00f3 con Micaela lleg\u00f3 a cambiarla. Micaela era hija de gente del campo y estaba habituada a los hombres recios y hura\u00f1os, entregados a sus quehaceres y a sus cosas de hombres. Se pleg\u00f3 a sus costumbres y se hizo imperceptible en su existencia.<\/p>\n<p>El \u00fanico cambio verdadero y profundo en la vida de Sim\u00f3n el renco ocurri\u00f3 una madrugada.<\/p>\n<p>Era la hora en que acostumbraba salir al campo y ya cantaban los gallos en todos los corrales de Quiripal, cuando los quejidos de Micaela, que hab\u00edan durado toda la noche, cesaron. Aquella escena permanec\u00eda viva y fresca en su imaginaci\u00f3n como si nunca se hubiera borrado de sus ojos. La comadrona apareci\u00f3 en la puerta iluminada de la alcoba, con los brazos abiertos y las manos en alto con la palma extendida. Sim\u00f3n la estuvo viendo con angustiosa fijeza: el traje, el gesto de las manos, la silueta recortada entre las luces, y le pareci\u00f3 que ten\u00eda all\u00ed demasiado rato y no se atrev\u00eda a decirle algo. Acaso no era bueno lo que iba a decirle. Pero no. Dijo que hab\u00eda nacido una ni\u00f1a. Era Mar\u00eda.<\/p>\n<p>El renco entr\u00f3 al cuarto. Ol\u00eda a cera quemada y a esencias. Mir\u00f3 a la ni\u00f1a menuda que apenas se mov\u00eda, sinti\u00f3 una profunda y extra\u00f1a conmoci\u00f3n que lo estrujaba por dentro y empezaron a correrle gruesas l\u00e1grimas. Quer\u00eda tocarla pero no se atrev\u00eda a hacerlo.<\/p>\n<p>-\u00bfQu\u00e9 te pasa, Sim\u00f3n? -era la voz de Micaela.<\/p>\n<p>De un manotazo se sec\u00f3 las l\u00e1grimas y se qued\u00f3 sonre\u00eddo. Pero aquella emoci\u00f3n desconocida no solo permaneci\u00f3 en \u00e9l, sino que fue creciendo. Era una vida nueva y distinta de todo lo que hasta entonces hab\u00eda sido su vida. En d\u00edas enteros no sal\u00eda al campo, sino que se quedaba en la casa jugando con Mar\u00eda, vi\u00e9ndola vivir.<\/p>\n<p>No nacieron m\u00e1s hijos y con los a\u00f1os la ternura hacia la hija llenaba todas las formas de su existencia.<\/p>\n<p>Mar\u00eda creci\u00f3 y lleg\u00f3 a ser una hermosa muchacha. El hombre tendido en la hamaca repasaba aquellas dulces horas con menudos y graciosos incidentes.<\/p>\n<p>Fue mucho despu\u00e9s cuando empezaron las horas malas.<\/p>\n<p>Desde la primera vez que el renco vio a Antero, sinti\u00f3 una instintiva repulsi\u00f3n hacia \u00e9l. Se sab\u00eda vagamente de d\u00f3nde hab\u00eda llegado, aparentaba tener mucho dinero, se le ve\u00eda montar magn\u00edficos caballos, vestir con afectaci\u00f3n, apostar gruesas sumas en las ri\u00f1as de gallos, formar escandalosas francachelas que eran la comidilla de las viejas del pueblo y enamorar, con su cuidado bigotillo y sus grandes ojos, a todas las muchachas.<\/p>\n<p>Alguna vez en que pasaba Antero por la calle, caracoleando su caballo, el renco crey\u00f3 sorprender en los ojos de Mar\u00eda un reflejo de turbaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Lo que hab\u00eda de ocurrir lo fue adivinando con angustiado celo. Era un papel que la ni\u00f1a estaba leyendo y ocultaba con precipitaci\u00f3n cuando \u00e9l llegaba. Era un estar en la ventana, por curiosa coincidencia, cada vez que Antero pasaba a caballo. Era un ir, cada d\u00eda m\u00e1s frecuente, a pasar largas horas en casa de amigas.<\/p>\n<p>Una noche hubo amenazas y llanto. Sim\u00f3n el renco, exasperado le recrimin\u00f3 a Mar\u00eda su conducta y a Micaela su descuido. Dijo todo lo mal que pensaba de Antero, y entre los sollozos de ambas mujeres, exclam\u00f3:<\/p>\n<p>-\u00a1Sepa usted, Mar\u00eda, que primero me ver\u00e1 muerto antes que yo permita sus amores con ese vagabundo!<\/p>\n<p>Esto debi\u00f3 ocurrir un mes antes. El renco recordaba. O tal vez veinte d\u00edas antes de aquel s\u00e1bado, como a las nueve de la noche, en que lleg\u00f3 tarde del potrero. Desde antes de llegar tra\u00eda el vago presentimiento de algo malo. La casa estaba silenciosa, rara y como abandonada. Encontr\u00f3 a Micaela, en su habitaci\u00f3n, doblada en una silla, llorando. Era un llanto lento, t\u00edmido y casi interno. El mismo lloro con que vivi\u00f3 desde entonces, un a\u00f1o m\u00e1s, hasta que se muri\u00f3, hasta que se sec\u00f3 como una planta.<\/p>\n<p>Antes de que el renco preguntara le dijo:<\/p>\n<p>-Se nos fue la muchacha. Se la llev\u00f3 Antero.<\/p>\n<p>A la memoria de Sim\u00f3n volv\u00eda el horror de ese instante. Un fr\u00edo s\u00fabito le penetr\u00f3 hasta la planta de los pies. Le falt\u00f3 la respiraci\u00f3n y por la garganta seca no le sal\u00edan palabras, sino un ronquido, un aullido estertoroso de animal salvaje.<\/p>\n<p>Hab\u00eda corrido a su alcoba, arranc\u00f3 un machete que colgaba en la pared y se lanz\u00f3 a la calle, sin saber a d\u00f3nde iba. A grandes trancos pas\u00f3 bajo las p\u00e1lidas luces que alumbraban las esquinas solitarias. Parec\u00eda no ver, ni reconocer a nadie. Los que lo encontraban, comprend\u00edan en su gesto y en su facha que algo terrible llevaba y se apartaban a un lado.<\/p>\n<p>Junto con su solitaria caminata, empez\u00f3 a regarse por el pueblo el comentario de que Sim\u00f3n hab\u00eda salido de su casa como un loco, en persecuci\u00f3n de Antero que hab\u00eda raptado a Mar\u00eda. De puerta en ventana, de boca en boca, fue corriendo la nueva poniendo su calofr\u00edo de curiosidad, de expectativa y de riesgo en las gentes que ya hab\u00edan empezado a entregarse a la so\u00f1olienta calma de la noche. Las viejas se santiguaban, los mozos cuchicheaban adornando con imaginarios datos la noticia, las muchachas excitadas y temerosas pensaban en Mar\u00eda y esperaban por momentos la deflagraci\u00f3n de los disparos que iban a estallar de pronto, los ni\u00f1os permanec\u00edan inquietos en sus camas como despu\u00e9s de las veladas de cuentos de muertos y de aparecidos. Por detr\u00e1s de las rejas, a oscuras, brillaban ojos avizores.<\/p>\n<p>El renco hab\u00eda llegado, casi sin aliento, a la puerta de la casa de Antero. Estaba cerrada y no se ve\u00edan luces. Empez\u00f3 a golpear escandalosamente la puerta, mientras clamaba, no con voz, sino con una especie de bramido:<\/p>\n<p>-\u00a1Abran! \u00a1Abran \u00a1Abran! \u00a1Abran!<\/p>\n<p>Alarmados por el estruendo, los vecinos se fueron asomando en la penumbra pero sin atreverse a acercarse al hombre enloquecido.<\/p>\n<p>Al fin, a machetazos, a patadas, Sim\u00f3n hundi\u00f3 la puerta y entr\u00f3. No se o\u00eda nada y todo estaba a oscuras.<\/p>\n<p>-Salgan. \u00a1Salgan que aqu\u00ed estoy! -volvi\u00f3 a gritar.<\/p>\n<p>Ni un eco se oy\u00f3. No deb\u00eda haber nadie. Pero la ira incontenible que lo ahogaba no le permit\u00eda detenerse ni razonar. Penetr\u00f3 en la casa a oscuras, tirando las puertas, volcando las mesas, lanzando las sillas, destrozando a tajos los muebles.<\/p>\n<p>Cuando volvi\u00f3 a la calle, ya estaba fuera de s\u00ed. La angustia y la ira le confund\u00edan la visi\u00f3n misma de las cosas.<\/p>\n<p>Tampoco sab\u00eda a d\u00f3nde ir ahora. D\u00f3nde encontrarlos. Tal vez hab\u00edan ido a la iglesia a casarse.<\/p>\n<p>Hacia la iglesia corri\u00f3 desaladamente, casi sin cojear. Las escasas mujeres que estaban a esa hora dentro del templo haciendo sus devociones, oyeron el ruido inusitado del que entraba corriendo y se deten\u00eda ante el altar, mirando a todas partes con ojos desorbitados. Con la blusa abierta y sucia, el cabello revuelto, el rostro sudoroso y descompuesto y el brillo del machete en la mano, su aspecto produjo p\u00e1nico. Y m\u00e1s a\u00fan cuando, avanzando hacia ellas, comenz\u00f3 a gritarles:<\/p>\n<p>-\u00bfD\u00f3nde est\u00e1 Mar\u00eda? \u00bfD\u00f3nde la han metido? \u00a1Ustedes saben! \u00a1Ustedes saben!<\/p>\n<p>Antes de que se acercara m\u00e1s, las mujeres empezaron a huir entre gritos de terror.<\/p>\n<p>-\u00a1Est\u00e1 loco! \u00a1S\u00e1lvense que est\u00e1 loco!<\/p>\n<p>En las casas inmediatas empezaron a cerrarse las puertas y las ventanas, como cuando viene un toro desgaritado por las calles.<\/p>\n<p>El renco apareci\u00f3 solo en el atrio de la iglesia. Se detuvo un instante, ladeando, ante la plaza solitaria. Nada se mov\u00eda en la sombra. La angustia de encontrar a Antero, que aumentaba a cada segundo, ya hab\u00eda llegado a un extremo en que se confund\u00eda con una locura sangrienta, con la necesidad de destruir y matar para saciar su ansiedad.<\/p>\n<p>Al otro lado de la plaza se ve\u00eda la luz de la Jefatura Civil. All\u00ed estaba la autoridad. All\u00ed estaba quien hubiera podido impedir que se llevaran a su hija. All\u00ed estaban los responsables. All\u00ed estaban los que eran tan culpables como Antero. Hacia all\u00ed corri\u00f3. El \u00fanico guardia que estaba en la puerta y que no se hab\u00eda atrevido a moverse atenazado de pavor, no hizo nada para detenerlo. Entr\u00f3 desenfundando el rev\u00f3lver y preguntando entre alaridos:<\/p>\n<p>-\u00bfD\u00f3nde est\u00e1 el jefe civil? \u00bfD\u00f3nde est\u00e1 para que me responda por mi hija?<\/p>\n<p>Acobardado, el jefe civil que lo hab\u00eda visto venir se meti\u00f3 por las habitaciones para salir al corral y escapar por la tapia del fondo. El renco mir\u00f3 la sombra del fugitivo cruzar entre los \u00e1rboles del corral y corri\u00f3 hacia \u00e9l disparando. Ya el hombre hab\u00eda saltado la tapia, pero el renco sigui\u00f3 disparando hasta que agot\u00f3 la carga. Disparando y gritando hasta que se desplom\u00f3 en el suelo como una bestia exhausta.<\/p>\n<p>Ya deb\u00eda de ser tarde en la noche cuando Sim\u00f3n el renco se incorpor\u00f3 en la hamaca. La m\u00fasica y los cantos de la Noche Buena se o\u00edan lejanos. Se pas\u00f3 la mano por la frente afiebrada. Todas las emociones de aquel d\u00eda tr\u00e1gico, que ya parec\u00edan borradas despu\u00e9s de dos a\u00f1os, hab\u00edan vuelto a revivir bruscamente con la noticia que trajo el becerrero. Su vida estaba rota. Micaela hab\u00eda muerto consumida de dolor. Ya todo parec\u00eda estar terminado irremediablemente. Y ahora, de nuevo, como aquella misma noche, Mar\u00eda y Antero estaban en el pueblo. Con profundos desgarramientos, volv\u00edan a surgir su dolor y su afrenta.<\/p>\n<p>Era como si se hubiera borrado el tiempo transcurrido y volviera a vivir de nuevo las ansias de aquella noche remota. Pero ahora, como sin prisa, con una fr\u00eda y segura decisi\u00f3n. Hab\u00eda llegado el d\u00eda de hacer lo que no fue posible aquella noche.<\/p>\n<p>Se levant\u00f3 lentamente, se cal\u00f3 hasta los ojos el oscuro sombrero, se aboton\u00f3 el yugo de oro en el cuello, se asegur\u00f3 el rev\u00f3lver en la faja y sali\u00f3 a la calle tranquilo.<\/p>\n<p>Camin\u00f3 hacia la iglesia en busca de la casa que le se\u00f1al\u00f3 el becerrero. A medida que se acercaba crec\u00eda el resonar de la m\u00fasica y los cantos y los grupos se hac\u00edan m\u00e1s numerosos. Algunos lo reconocieron, pero \u00e9l pasaba mudo sin contestar los saludos.<\/p>\n<p>Hab\u00eda llegado frente a la iglesia. Sin desearlo, comparaba su salida de esa noche con la otra, cuando corr\u00eda atormentado sin poder hallarlos. Ahora iba seguro. No necesitaba correr.<\/p>\n<p>Se hab\u00eda detenido. Hab\u00eda mucha gente en el atrio y en las puertas. De la nave, con el brillo de muchas luces, sal\u00eda el poderoso y alegre comp\u00e1s de la m\u00fasica que acompa\u00f1aba los villancicos. Constantemente, de la plaza y de las calles, nuevos grupos entraban al templo, las mujeres envueltas en sus amplios pa\u00f1olones llevando de la mano a los ni\u00f1os. Los hombres se aglomeraban a las puertas. El olor de incienso y cera quemada llegaba hasta el renco.<\/p>\n<p>Medio oculto tras el tronco de un \u00e1rbol, permaneci\u00f3 como esperando. Como si antes de seguir adelante, tuviera algo que hacer all\u00ed.<\/p>\n<p>Sim\u00f3n nunca hab\u00eda ido a aquella Misa de Gallo a la que iba todo el pueblo a celebrar la noche de la Natividad. En otros tiempos, se quedaba en la casa aguardando la vuelta de Micaela y de Mar\u00eda, para la cena con los amigos. Los mayores se quedaban conversando y riendo, mientras los ni\u00f1os, impacientes, se iban a acostar para esperar la llegada del Ni\u00f1o Jes\u00fas que vendr\u00eda a ponerles juguetes y regalos en sus camas.<\/p>\n<p>No era tan solo la desaz\u00f3n de saber que dentro de un momento iba a matar o a morir, lo que lo deten\u00eda all\u00ed. Era como un oscuro instinto. Un estado de ansiosa incertidumbre en que giraban los recuerdos. Tal vez algo que pod\u00eda serle anunciado de un momento a otro. O la llegada de alguien. Era una confusa sensaci\u00f3n a la que parec\u00eda abandonarse.<\/p>\n<p>Continuaba el movimiento de las gentes, de la sombra hacia la puerta iluminada. Insensiblemente se fue acercando al atrio, se desliz\u00f3 por entre los grupos y lleg\u00f3 junto a una columna de la nave.<\/p>\n<p>Entre multitud de cirios y de ramos se alzaba el pesebre del Nacimiento, y en medio de \u00e9l, flotando entre el gent\u00edo, el Ni\u00f1o Dios. El rezongo del \u00abfurruco\u00bb acompa\u00f1aba los cantos en los que se mezclaban muchas voces. El sacerdote oficiaba en el altar y se o\u00eda al fondo el denso murmullo de los rezos que lo acompa\u00f1aban.<\/p>\n<p>Hubo un momento en que el grueso ronquido del \u00abfurruco\u00bb se cort\u00f3 bruscamente, y en medio del silencio que sigui\u00f3, el cura se volvi\u00f3 hacia los fieles, erguido, con los brazos abiertos y las manos en alto con la palma extendida, pronunciando palabras lit\u00fargicas. Algo hondo y poderoso hizo volver el rostro del renco hacia el Ni\u00f1o Jes\u00fas. Era como si hubiera vuelto a encontrar algo perdido, y olvidado.<\/p>\n<p>Una voz clara y fuerte que dominaba a las otras enton\u00f3 de nuevo el villancico:<\/p>\n<p><em>A Bel\u00e9n pastores,<\/em><br \/>\n<em>vamos a Bel\u00e9n,<\/em><br \/>\n<em>que ha nacido un ni\u00f1o<\/em><br \/>\n<em>para nuestro bien.<\/em><\/p>\n<p>Cuando volvi\u00f3 a elevarse el coro, Sim\u00f3n pareci\u00f3 despertar. \u00bfPor qu\u00e9 estaba all\u00ed? \u00bfPor qu\u00e9 se hab\u00eda detenido tanto tiempo? Arrug\u00f3 el ce\u00f1o, y abri\u00e9ndose paso con rudeza sali\u00f3.<\/p>\n<p>Cuando estuvo en la calle su paso se hizo m\u00e1s lento. Parec\u00eda que se desprend\u00eda con dificultad, como un insecto, de la resina de luz, de resonancias y de emociones que lo retuvo en el templo. En su mente bull\u00edan, junto al martillar de la decisi\u00f3n mortal contra Antero, las vagas impresiones que le hab\u00eda suscitado la misa.<\/p>\n<p>Segu\u00eda avanzando, pero como si su deseo no fuera otro que permanecer indefinidamente marchando en la penumbra, sin llegar a ninguna parte, sin hacer nada, entregado a aquella confusa emoci\u00f3n, que lo ablandaba por dentro como agua sobre terr\u00f3n reseco.<\/p>\n<p>-\u00bfC\u00f3mo que ya no eres el mismo, Sim\u00f3n? \u00bfC\u00f3mo que te est\u00e1s aflojando? \u00bfC\u00f3mo que la vejez te est\u00e1 haciendo sinverg\u00fcenza? -se dijo de pronto a s\u00ed mismo, alterado y molesto.<\/p>\n<p>Escupi\u00f3 a lo lejos, se atus\u00f3 el bigote y afirm\u00f3 el paso.<\/p>\n<p>Ya estaba en la calle que le hab\u00eda se\u00f1alado el becerrero, y aquella puerta abierta por donde sal\u00eda una d\u00e9bil luz que era la tercera casa despu\u00e9s de la pulper\u00eda de Mart\u00edn. Era, al igual que las otras, una choza de barro y paja, de esas de una sola habitaci\u00f3n, con una puerta a la calle y otra al corral. La hora que hab\u00eda aguardado tanto tiempo llegaba. El paso volvi\u00f3 a hac\u00e9rsele lento. Veinte pasos m\u00e1s y estar\u00eda delante de Antero. \u00bfDeb\u00eda darle o no, oportunidad de defenderse? No. No la merec\u00eda. Estaba resuelto a matarlo como a un perro. Sin dejarlo hablar, le descargar\u00eda los seis tiros del rev\u00f3lver, hasta que cayera ba\u00f1ado en sangre.<\/p>\n<p>Ya estaba frente a la puerta. Con un gesto nervioso se desaboton\u00f3 la blusa y se corri\u00f3 en la faja, hacia adelante, la funda del rev\u00f3lver soltando la tirilla que lo sujetaba. Vio hacia adentro con r\u00e1pida mirada. No se ve\u00eda a nadie en la estancia, ni tampoco por la puerta trasera que daba al corral y a la cocina. Esper\u00f3 un instante, atisbando, y penetr\u00f3 con cautela.<\/p>\n<p>La habitaci\u00f3n estaba sola. La luz de una vela, sobre una mesa, iluminaba las sucias paredes de tierra, unas cuantas sillas y un catre en un rinc\u00f3n. Nada se mov\u00eda. Sent\u00eda como una opresi\u00f3n que lo hac\u00eda respirar con dificultad.<\/p>\n<p>En un caj\u00f3n de madera junto al catre, estaba un ni\u00f1o dormido.<\/p>\n<p>Sin duda, se hab\u00eda equivocado de casa.<\/p>\n<p>-Maldita sea -dijo entre dientes, entre malhumorado y sorprendido. Era la segunda vez que, inexplicablemente, se desviaba esa noche. Era la segunda vez que se encontraba sin saber por qu\u00e9 en un sitio que no era el que buscaba. Primero en la misa, y ahora en aquella choza donde dorm\u00eda un ni\u00f1o.<\/p>\n<p>Ya iba a dar la vuelta para marcharse, cuando sinti\u00f3 la presencia de alguien que lo estaba mirando.<\/p>\n<p>Se volvi\u00f3 r\u00e1pido. Mar\u00eda estaba parada en la puerta que daba al corral.<\/p>\n<p>El encuentro lo paraliz\u00f3.<\/p>\n<p>-Taita -dijo Maria con voz mansa. En todo se le ve\u00eda fatiga y pobreza.<\/p>\n<p>\u00c9l parec\u00eda no o\u00edr ni reparar en ella. Lo que le importaba ahora era Antero.<\/p>\n<p>-\u00bfD\u00f3nde est\u00e1 Antero? -pregunt\u00f3 con imperioso acento.<\/p>\n<p>Con su tono vencido respondi\u00f3 la mujer:<\/p>\n<p>-\u00bfAntero? Pero si \u00e9l no est\u00e1 conmigo. Yo vivo sola hace mucho tiempo, Taita. Sola con la criatura. Por eso es que he venido. Busc\u00e1ndolo a usted, Taita.<\/p>\n<p>Entre las palabras se le o\u00edan los sollozos.<\/p>\n<p>Parec\u00eda vieja, muy vieja. M\u00e1s se le parec\u00eda a Micaela que a Mar\u00eda.<\/p>\n<p>El renco volvi\u00f3 a quedar en suspenso. Despu\u00e9s del sostenido esfuerzo que hab\u00eda venido haciendo, se sent\u00eda caer en un profundo cansancio, en una modorra de so\u00f1oliento o de enfermo, en una especie de paz. Era como si Antero acabara de alejarse y de perderse en el fondo de la memoria. Como si ahora supiera que se hab\u00eda muerto hac\u00eda mucho tiempo. Como si nunca hubiera existido.<\/p>\n<p>Mar\u00eda permanec\u00eda con los ojos vueltos hacia el suelo, sin atreverse a mirar a su padre. Fue despu\u00e9s de mucho tiempo de estarse as\u00ed que le pareci\u00f3 o\u00edr:<\/p>\n<p>-Ahora coja al ni\u00f1o y v\u00e1monos para la casa.<\/p>\n<p>Ya a esa hora la Misa del Gallo hab\u00eda concluido y Quiripal yac\u00eda en la quietud de la noche. Solo unos pocos rezagados que quedaban en el atrio, sorprendidos, reconocieron al pasar a Sim\u00f3n el renco, que acompa\u00f1aba a una mujer con un ni\u00f1o en los brazos.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/uslar-pietri-arturo\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n<h6>*El gallo (1951). Mario Abreu<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El gallo \u2014\u00a1Gu\u00e1! Ese como que es Jos\u00e9 Gabino \u2014dijeron las gentes al mirarlo en el recodo. \u2014S\u00ed, es. M\u00edrenle el sombrero. M\u00edrenle el modo de andar. 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