{"id":11957,"date":"2024-05-31T01:10:39","date_gmt":"2024-05-31T01:10:39","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=11957"},"modified":"2024-05-31T01:11:22","modified_gmt":"2024-05-31T01:11:22","slug":"ensayos-miguel-otero-silva","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/ensayos-miguel-otero-silva\/","title":{"rendered":"Dos ensayos de Miguel Otero Silva"},"content":{"rendered":"\n<h3 class=\"wp-block-heading\">El escritor Jos\u00e9 Rafael Pocaterra<\/h3>\n\n\n\n<p>Jos\u00e9 Rafael Pocaterra muri\u00f3 recientemente despu\u00e9s de una existencia de afanosa pelea, bien fueran la pol\u00edtica, las letras o la vida pua y simple el campo donde le tocara mover el coraz\u00f3n o la cabeza. Fue periodista, novelista, panfletario, orador, cuentista, pedagogo, traductor y, con la luz de apagarse, poeta. Fue, tambi\u00e9n, conspirador, preso pol\u00edtico, desterrado, fraguador de invasiones armadas, gobernador de su provincia, ministro, senador, embajador en varios pa\u00edses. Todo lo llev\u00f3 a cabo, cuando la sali\u00f3 a derechas y cuando le sali\u00f3 a tuertas, empujado por el brisote de su pasi\u00f3n venezolana.<\/p>\n\n\n\n<p>Era un hombre de mediana estatura, ancha espalda y ancha frente, con una pipa que formaba parte de su fisonom\u00eda, ojos zamaros de conjurado y un imborrable rictus de malicia en los labios. Conversaba largo y tendido, salpicando los temas con pinceladas puntillistas de humor y picard\u00eda, escap\u00e1ndose de la l\u00f3gica estructura de la pl\u00e1tica por atajos de an\u00e9cdotas o dejando caer en los silencios imprecisas frases esot\u00e9ricas, citas truncas, gru\u00f1idos socarrones, gestos lit\u00fargicos. Una charla desconfiada y astuta, sabrosa y aguda, de llanero viejo. <\/p>\n\n\n\n<p>Era maledicente y generoso a un tiempo. Si un personaje, o un grupo social, o una corriente est\u00e9tica, o una situaci\u00f3n pol\u00edtica, no le ca\u00eda en gracia, arremet\u00eda l\u00e1tigo en mano, palabra c\u00e1ustica en boca, y en un dos por tres dejaba en huesos mondos y lirondos a sus agredidos. Como en el caso contrario, si alguien o la obra de alguien le plac\u00eda, no entalegaba sus elogios sino los prodigaba a mano abierta, as\u00ed se tratase de un escritor de un mismo pa\u00eds y de su misma \u00e9poca, procedimiento este \u00faltimo poco com\u00fan en seres de igual oficio, particularmente si el oficio en referencia es la literatura.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<p>A la literatura lleg\u00f3 por el camino de la novela, que era en nuestras tierras el menos trillado, el m\u00e1s tupido por la maleza del mal gusto y la biso\u00f1er\u00eda. No es posible olvidar que el g\u00e9nero novelesco, tildado de \u00abvana y mentirosa f\u00e1bula\u00bb por Real Decreto de 1531, estuvo vedado por Espa\u00f1a a sus colonias durante tres siglos y que la primera novela propiamente dicha, <em>El Periquillo Sarniento<\/em>, apareci\u00f3 en nuestros pa\u00edses cuando ya el almanaque marcaba el ario de 1813.<\/p>\n\n\n\n<p>En cuanto a Venezuela, todo el siglo XIX y parte del XX hab\u00edan transcurrido en un confuso y vacilante proceso de integracion de la novela. Los cantos elementales y bullangueros de los costumbristas, las oscuras aguas l\u00fagubres de los rom\u00e1nticos, los canales a cordel de los naturalistas y positivistas iniciales, los anchos esteros oratorios que se tendian en la prosa de <em>Z\u00e1rate<\/em>, de Eduardo Blanco; el primero aunque torpe riachuelo de agua criolla y clara que bajaba de los cerros en la <em>Peon\u00eda<\/em>, de Romero Garc\u00eda; los agitados chorrerones de espumas politicas que culminaron en <em>El Cabito<\/em>, de Pio Gil, nada se perdi\u00f3, todo corri\u00f3 a formar el r\u00edo de la novela venezolana. <\/p>\n\n\n\n<p><em>Sangre Patricia, El hombre de hierro <\/em>y <em>En este pa\u00eds <\/em>fueron ya novelas en la extensi\u00f3n cabal de la palabra. El autor de la primera, Manuel D\u00edaz Rodr\u00edguez, antepon\u00eda el estilo a todo otro atributo, se solazaba en la t\u00e9cnica formalista del modernismo, sacrificaba sin remordimientos la miga humana de los personajes en aras de la hermosura de la prosa. El autor de la segunda, Rufino Blanco Fombona, escritor de mucha mayor enjundia en el verso y en el ensayo, cimbraba sus novelas bajo un costal de pasiones, alusiones y rencores. El autor de la tercera, Luis Manuel Urbaneja Achelpohl, el m\u00e1s modesto y callado de los tres, el \u00fanico modesto y callado de los tres, trabajaba con barro venezolano, cuidando al par la forma, sin rehuir la dura b\u00fasqueda que entra\u00f1a el oficio, entendiendo honradamente que arte y hombre, lejos de excluirse, son sustancias complementarias en la obra de creaci\u00f3n literaria. <\/p>\n\n\n\n<p>Por la ruta de Urbaneja Achelpohl, orientaci\u00f3n definitiva en la novel\u00edstica venezolana contempor\u00e1nea, llegaron tres maestros de nuestra literatura de ficci\u00f3n : Jos\u00e9 Rafael Pocaterra, Teresa de la Parra y R\u00f3mulo Gallegos y, al advenir ellos, la novela venezolana se puso en marcha, ya maravilloso caudal de aguas propias. Tanto que Arturo Uslar Pietri pudo permitirse, unos cuantos a\u00f1os m\u00e1s tarde, la justificada arrogancia de escribir cosas como estas: \u00abLa novela hispanoamericana es hoy la m\u00e1s importante de la lengua espa\u00f1ola y, dentro de ella, ninguna aventaja a la venezolana\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<p>Beligerante como Romero Garc\u00eda, como Pio Gil, como Blanco Fombona; enamorado hondamente de su tierra como Urbaneja Achelpohl, surge a la novela Jos\u00e9 Rafael Pocaterra. Es el anti-D\u00edaz Rodr\u00edguez que llega poni\u00e9ndole sordina a la m\u00fasica celestial de las palabras, atropellando formas que D\u00edaz Rodr\u00edguez veneraba como dioses. Es el pu\u00f1o resuelto que viene a sacar la novela y el cuento de los estuches de orfebrer\u00eda con aromas de bucares en flor, donde los disc\u00edpulos de D\u00edaz Rodr\u00edguez, sin el genio del maestro, hab\u00edan pretendido emparedarlos. Su primera explicaci\u00f3n constituye una declaraci\u00f3n de guerra: \u00abMis personajes piensan en venezolano, hablan en venezolano, obran en venezolano, y como tengo la desgracia de no ser nieto de Barbey d&#8217;Aurevilly o hijo del cisne lascivo, es justo que se me considere, y lo deseo en extremo, fuera de la literatura\u00bb. <\/p>\n\n\n\n<p>Las cuatro novelas de Pocaterra \u2014escritas entre 1912 y 1921\u2014 est\u00e1n talladas en relieves de un personal, inconfundible estilo, y se desenvuelven orientadas por designios muy definidos: en ellas el hombre es m\u00e1s importante que el paisaje, infinitamente m\u00e1s importante que el paisaje; en ellas el meollo es m\u00e1s importante que la forma; en ellas los personajes y los hechos no son tan solo esencialmente venezolanos, sino que, al mismo tiempo, son esencialmente reales, por lo cual se le ha designado justamente no mero criollista, no realista a secas, sino criollista-realista; ellas son, finalmente, novelas batalladoras, rabiosamente intencionadas, con sentido reformista o social, sin que por tal circunstancia dejen de ser novelas para trocarse en carteles o panfletos. <\/p>\n\n\n\n<p>El prop\u00f3sito de esas cuatro novelas es expreso y directo como la embestida de un toro. El objetivo central de su diatriba son las clases dirigentes, la llamada \u00abbuena sociedad\u00bb en la Venezuela de su \u00e9poca, clases a las cuales las novelas de Pocaterra sientan en el banquillo, para acusarlas, por serviles y encubridoras, de las mayores desdichas que han pesado sobre este pa\u00eds. <em>Vidas Oscuras<\/em>, bajo la Caracas de Andrade; <em>Politica Feminista<\/em>, bajo la Valencia de Cipriano Castro; <em>Tierra del Sol Amada<\/em>, bajo la Maracaibo de Juan Vicente G\u00f3mez, as\u00ed como <em>La Casa de los Abila<\/em>, a mi juicio la mas importante de las cuatro, no obstante lo anacr\u00f3nica que luci\u00f3 a la hora tard\u00eda de su publicaci\u00f3n. Todas entra\u00f1an alegatos implacables contra la gazmo\u00f1er\u00eda hip\u00f3crita de la \u00abgente decente\u00bb, desgarran con una crueldad llena de gracia la epidermis acartonada de sus prejuicios, desnudan a contraluz de una prosa zumosa y viva sus remedos simiescos y sus re-milgos pueblerinos, sefialan sin vacilacion la complicidad cobarde de esas clases dirigentes con los dictadores y sus esbirros, con los pol\u00edticos corrompidos, con la zarabanda del lucro, del l\u00e1tigo y del miedo. Juan Liscano, en su estudio sobre <em>La Casa de los Abila<\/em>, define estas obras de Pocaterra como \u00abnovelas necesarias\u00bb. <\/p>\n\n\n\n<p>Los cr\u00edticos que lo enjuician (Jes\u00fas Semprum, Julio Planchart, Rafael Angarita Arvelo y otros), aun cuando reconocen sin regateos el talento, el vigor y la personalidad de Pocaterra, apuntan fallas en sus novelas. Hablan de descuido en el lenguaje y en la sintaxis, de excesivo realismo en algunas descripciones, de impaciente rudeza en la s\u00e1tira, de trazos esquem\u00e1ticos e inacabados. Son apreciaciones con base leg\u00edtima, sin duda. Pero es igualmente indudable que, no obstante tales imperfecciones de \u00edndole formal, las novelas de Pocaterra, por la punitiva voluntad rebelde que las mueve, por la fuerza tempestuosa de la mano que las traza, por el amor al pueblo y el odio a quienes lo maltratan que en ellas alientan, por su realismo de buena ley que incorpora a los miserables y a los humillados al mundo de nuestra literatura, por la agudeza de su ingenio y el hondo penetrar de su s\u00e1tira, por su prodigioso sentido del contraste y del contrapunto, son libros de decisiva trascendencia en nuestra historia literaria.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<p>Pocaterra y Gallegos recorren un camino inverso. Mientras Gallegos comprende que su prosa, henchida de poes\u00eda y de simbolismo, no cabe en los l\u00edmites del cuento y lo abandona por la novela, Pocaterra discierne a su vez que es en el cuento, no en la novela, donde puede volcar con mayor provecho sus cualidades inmanentes de escritor. Su intuitivo don de s\u00edntesis, su extraordinaria habilidad para entallar el detalle, sus conmovedores <em>impromptus <\/em>de ternura, su expedita mordacidad, le permiten trabajar el cuento con un acierto que jam\u00e1s hab\u00eda logrado escritor alguno en Venezuela. Los cr\u00edticos registran la aparici\u00f3n de <em>Cuentos grotescos <\/em>como acontecimiento trascendental, que tuerce el rumbo y altera las normas del relato en nuestra literatura. Pocaterra opaca y desdibuja el paisaje, hasta ese instante elemento primordial y m\u00e1xima preocupaci\u00f3n de nuestros cuentistas, para otorgar primer plano, \u00fanico plano las m\u00e1s de las veces, al problema humano que aborda y resuelve. En sus cuentos no hay digresiones, ni s\u00edmbolos, ni descripciones, ni moralejas, sino cuatro trazos definidos que fijan el ambiente y una prosa caliente, estremecida que llega como el caudal de la sangre hasta el nudo emocional de la historia. <\/p>\n\n\n\n<p>La ternura es substancia nunca ausente en las narraciones de Pocaterra. Una ternura que aflora cuando menos se la espera, entre escombros ruines e hirvientes \u00e1cidos c\u00e1usticos, una ternura de hombre curtido y roque\u00f1o traicionado por el resplandor del coraz\u00f3n. En algunos de sus cuentos, tal vez los mejores (<em>El chubasco, La i latina, Los comemuertos, Panchito Mandefu\u00e1, El aerolito, Las frutas muy altas<\/em>), es el dolor de un ni\u00f1o la espita de esa ternura. En otros es la frustraci\u00f3n terminante de una mujer, de un hombre o de una idea. Pero siempre est\u00e1 presente la piedad como la luz en el claroscuro, tornando m\u00e1s densas las sombras, irguiendo el sobresalto de la ant\u00edtesis. Al Pocaterra de <em>Cuentos grotescos<\/em> le viene al pelo una frase de don Miguel Unamuno acerca de Eca de Queiroz : \u00abEscribi\u00f3 con amor. Y por debajo del murmullo burl\u00f3n de su iron\u00eda, ruge el \u00e1spero sarcasmo que brota del amor, amargo como el odio, y del odio, dulce como el amor\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<p>No es de extra\u00f1ar que le cuadre la frase de Unamuno. El gran novelista portugu\u00e9s a quien Unamuno se refiere, junto con el cuentista franc\u00e9s Guy de Maupassant, fueron, quiz\u00e1s, los escritores que Pocaterra ley\u00f3 con mayor devoci\u00f3n en su juventud. En Maupassant admiraba la palabra cabal y \u00e1gil, el desprecio al preciosismo, el don precioso del an\u00e1lisis que jam\u00e1s descendi\u00f3 a la minucia fatigante, el realismo liberado de los duros c\u00e1nones naturalistas, la medida justa del cuento y su exaltaci\u00f3n como g\u00e9nero literario de primer orden. En Queiroz le cautivaba el portentoso instinto de entremezclar el sarcasmo y la ternura, el hallazgo del adjetivo tan audaz e inesperado como oportuno y expresivo, la finalidad demoledora y reformadora de la s\u00e1tira. Es posible igualmente que en Eca de Queiroz haya topado Pocaterra los principios filos\u00f3ficos sobre los cuales habr\u00eda de edificar su credo art\u00edstico. No hay que olvidar que el maravilloso escritor portugu\u00e9s, a menudo negado por los farmaceutas de la literatura, dec\u00eda en 1871 cosas a\u00fan tan vigentes como estas: \u00abEl realismo no es una manera elemental de exponer, menuda, directa y fotogr\u00e1fica. Es la proscripci\u00f3n de lo convencional, lo falso, lo huero y lo lacrimoso. Significa la abolici\u00f3n de la retorica hinchada y enf\u00e1tica, de la epilepsia de la palabra y de la congesti\u00f3n de las met\u00e1foras. El romanticismo era la apoteosis del sentimiento. El realismo debe ser la anatom\u00eda del coraz\u00f3n. Cuando la ciencia nos diga: &#8216;Esta idea es verdadera&#8217; ; y la conciencia: &#8216;Esta idea es justa&#8217;; y el arte: &#8216;Esta idea es bella&#8217;, lo tendremos todo\u00bb. <\/p>\n\n\n\n<p>Al par que los nombres de los dos escritores mencionados, leer a Pocaterra trae a la mente el recuerdo de la obra de un pintor franc\u00e9s. Me refiero a Honorato Daumier, aunque por el camino de Daumier tambi\u00e9n se llega a Balzac. Daumier, con sus caricaturas panfletarias, con sus bruscos trazos magistrales, con sus valientes contrastes de luz y sombra, con sus relieves escult\u00f3ricos, con su amor oculto y piadoso hacia muchos personajes que satirizaba, con su pasi\u00f3n pol\u00edtica entreverada en la labor de artista, no es il\u00f3gica evocaci\u00f3n al rescoldo de la lectura de los cuentos, las novelas y las memorias de Jos\u00e9 Rafael Pocaterra. <\/p>\n\n\n\n<p>Lo cierto es que a trav\u00e9s de Maupassant y de Queiroz, vale decir a trav\u00e9s de la sencillez y de la gracia, a trav\u00e9s del humorismo y de la s\u00e1tira, recibi\u00f3 Pocaterra el legado de Dickens, Balzac y Stendhal, de Flaubert y Zola. En sus manos cayeron mas tarde los libros de los rusos: Dostoievski atormentado y profundo; Chejov buido y vigoroso; Gorki vagabundo y rebelde. Y sobre tales cimientos construy\u00f3 su rancho tan venezolano, tan personal, tan crudamente individualista a veces. En las animadas paginas que public\u00f3 Pocaterra, un pr\u00f3logo para la edici\u00f3n aumentada de <em>Cuentos grotescos<\/em>, pr\u00f3logo que, seg\u00fan el decir de Mariano Pic\u00f3n Salas lo escribi\u00f3 \u00abcomo enfurecido de morirse\u00bb\u2014, expuso por vez final sus convicciones literarias, sin abandonar el lenguaje agresivo y punzante que para expresar esas mismas convicciones empleara en 1912. As\u00ed concluye ese pr\u00f3logo o testamento literario de Pocaterra: \u00abEscuela, estilo, tendencias&#8230;? Hace ya tiempo, desde el preciosismo, que se impuso la tarea de desprestigiar la dif\u00edcil facilidad a punta de retorcimientos y palabras escogidas y de im\u00e1genes tomadas a la m\u00fasica, a las artes pl\u00e1sticas y aun a la reposter\u00eda, hasta la pen\u00faltima moda subrealista que trajo como pleamar de entusiasmo juvenil piedras, conchas y mariscos con y sin s; todo eso que en la playa vomita la inexhausta energ\u00eda del mar literario con su resaca degeneraci\u00f3n de tal o cual a\u00f1o, ha venido intentando, a fuer de an\u00e1lisis, sacar de quicio el concepto de claridad, de simplicidad, de escueta belleza, eso que a trav\u00e9s de los siglos fue la elegancia esbelta de proporci\u00f3n, de altura, de equilibrio en la arquitectura de las grecias frente a las babilonias de jardines colgantes\u2026\u00bb<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<p>Sus primeros libros consagraron a Pocaterra como escritor. Pero sucede que en Am\u00e9rica Latina no se puede ser impunemente escritor consagrado. Los nuestros son pa\u00edses que \u00abexigen demasiado a sus orientadores\u00bb, como se\u00f1alaba Juan Marinello al hablar de Mari\u00e1tegui. Y a los orientadores o presuntos orientadores no les quedan sino dos caminos: el uno es venderse; el otro es predicar la justicia a riesgo de la libertad y la vida. El asunto viene de muy lejos. Viene de Bello y de Sarmiento y alcanza su m\u00e1s luminosa expresi\u00f3n en Mart\u00ed. Los finales del siglo pasado fueron generosos en pensadores de ra\u00edz apost\u00f3lica, servidores por igual de la cultura, de la equidad y de la verdad. Justo Sierra, en M\u00e9xico; Enrique Jos\u00e9 Varona, en Cuba; Eugenio Maria de Hostos, en Puerto Rico; el entonces joven Baldomero San\u00edn Cano, en Colombia; Juan Montalvo, en Ecuador; Manuel Gonzalez Prada, en Per\u00fa; Ruy Barbosa, en Brasil, no se resignaron al oscuro destino que pretend\u00eda pasmar el cogollo creador, resecar el jugo vital de nuestros pueblos. <\/p>\n\n\n\n<p>En Venezuela no sucedi\u00f3 lo mismo. Castro, b\u00e1rbaro, y G\u00f3mez, b\u00e1rbaro, hallaron mercanc\u00eda f\u00e1cil en los m\u00e1s brillantes escritores finiseculares, en nuestra rutilante \u00abgeneraci\u00f3n del 98\u00bb, tan inteligente, tan refinada, tan positivista, tan sin principios \u00e9ticos. G\u00f3mez, ya b\u00e1rbaro entronizado, lleg\u00f3 a disponer de una corte ilustre de estilistas de la prosa, celebrados poetas eclesi\u00e1sticos o seglares, historiadores eruditos y sagaces soci\u00f3logos, que daban grima. Apenas Blanco Fombona, atrabiliario personaje con mucho m\u00e1s de mosquetero que de ap\u00f3stol, tronaba desde el exilio contra los desmanes del implacable dictador. <\/p>\n\n\n\n<p>Por fortuna para el pa\u00eds, los j\u00f3venes escritores de 1910, lejos de dar o\u00eddos a la lecci\u00f3n claudicante, se rebelaron contra ella. Jos\u00e9 Tadeo Calatrava y Alfredo Arvelo Larriva, los m\u00e1s altos poetas; Leoncio Mart\u00ednez y Francisco Pimentel, los humoristas m\u00e1s geniales; R\u00f3mulo Gallegos y Jos\u00e9 Rafael Pocaterra, los novelistas de m\u00e1s talla, todos fueron a dar con sus huesos en la c\u00e1rcel o en el destierro, rescatando la dignidad del escritor venezolano que tan mal parada y tan bien pagada andaba en aquellos tiempos.<\/p>\n\n\n\n<p>Pocaterra fue sepultado en la Rotunda, en el a\u00f1o de 1919, cuando el terror gomecista alcanzaba su cl\u00edmax de horror y de ensa\u00f1amiento. Desde los barrotes del calabozo 41 escuch\u00f3 el silbido del l\u00e1tigo de Nereo Pacheco, el quejido de los apaleados, la tos desgarrada de los t\u00edsicos, el aullido de los torturados, el clamor de los sedientos, el rugido de los envenenados, el estertor de los agonizantes, el silencio de los compa\u00f1eros muertos. All\u00ed vivi\u00f3, concibi\u00f3 y escribi\u00f3 la mayor parte de su libro m\u00e1s famoso: <em>Memorias de un venezolano de la decadencia<\/em>. <\/p>\n\n\n\n<p>Esa obra, m\u00e1s de 800 p\u00e1ginas sus dos primeros tomos, todav\u00eda in\u00e9ditos el tercero y el cuarto, es una asombrosa cr\u00f3nica de las dictaduras de Castro y G\u00f3mez, vistas desde la conspiraci\u00f3n, las c\u00e1rceles y el exilio. Un libro torrencial en cuyos raudales se mezclan diversos g\u00e9neros con inagotable pasi\u00f3n y con inflaqueable maestr\u00eda. Sus p\u00e1ginas son canteras de agudas notas de cr\u00edtica literaria, de perspicaces interpretaciones hist\u00f3ricas, de meditaciones filos\u00f3ficas, de dolorosos retazos de poemas, de apuntes alumbrados por un delicioso humorismo o tatuados por una s\u00e1tira inexorable, de sobrecogedoras descripciones dantescas, de pat\u00e9ticos clamores esquilianos, de diatribas enardecidas por un furor apocal\u00edptico, de periodismo decantado y de relatos que se escapan del texto como gemas de brillo propio. Toda una inmensa malla tejida por una inteligencia encabritada, estremecida por un inter\u00e9s apasionante que nos conduce a todo lo ancho del libro, sacudida por una angustia que nos exprime el alma como un lim\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Por su car\u00e1cter de memorias y a causa del individualismo avasallante del autor, el libro peca al opacar hechos de importancia hist\u00f3rica. Pocaterra estuvo ausente de ellos, y al agrandar otros desproporcionadamente, donde s\u00ed particip\u00f3 en su acontecer. No obstante, es justo considerar esas p\u00e1ginas como extraordinaria afirmaci\u00f3n de personalidad literaria tanto como obra maestra del g\u00e9nero panfletario en Am\u00e9rica Latina. Debemos juzgar de significativa consideraci\u00f3n este aval\u00fao de Rufino Blanco Fombona en 1929: \u00abDe las c\u00e1rceles sac\u00f3 Pocaterra las <em>Memorias de venezolano de la decadencia<\/em>, el mejor libro escrito en Venezuela de cincuenta a\u00f1os a la fecha\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<p>Pocaterra fue periodista en diversas ocasiones. De la imprenta de un peri\u00f3dico valenciano fue arrancado, cuando apenas tenia diecisiete a\u00f1os, y conducido a las b\u00f3vedas del Castillo Libertador. Volvi\u00f3 a escribir unos a\u00f1os m\u00e1s tarde, esa vez en <em>El Fon\u00f3grafo<\/em>, de Maracaibo, agudas cr\u00f3nicas de impaciente preocupaci\u00f3n nacional. En 1918 hizo nuevamente periodismo, en Caracas, y sali\u00f3 de la redacci\u00f3n de <em>Pitorreos <\/em>rumbo a un calabozo de la Rotunda. En 1922, a su resurrecci\u00f3n de la c\u00e1rcel, fund\u00f3 en Caracas <em>La Lectura Semanal<\/em>, pero tuvo que abandonarlo todo unos meses despu\u00e9s para escapar hacia un destierro que durar\u00eda trece a\u00f1os. Finalmente, ya exiliado en Canad\u00e1, colabor\u00f3 un largo tiempo en <em>El Heraldo de Cuba<\/em>. Sus <em>Cartas Hiperb\u00f3reas<\/em> ah\u00ed publicadas, periodismo de honda esencia y alto vuelo, periodismo cumplido en la escuela de Marti, le dieron, a\u00fan m\u00e1s que sus novelas, renombre en los pa\u00edses del Caribe. <\/p>\n\n\n\n<p>En las c\u00e1rceles aprendi\u00f3 idiomas que le sirvieron luego para traducir poetas ingleses, franceses e italianos, sobresaliendo sus versiones de d&#8217;Annunzio, que son excelentes. Pocaterra era un gran lector y gustador de poes\u00eda, y escribi\u00f3 \u00e9l mismo muchos poemas que jamas public\u00f3.  Apenas al final de su vida se lanz\u00f3 a pronunciar ante el Cabildo de Valencia su resonante y discutido discurso de orden, en versos, un extenso canto recogido posteriormente en libro con el titulo <em>Valencia, la de Venezuela<\/em>. Es un poema un tanto prosaico y desarticulado, pero lleno de vivacidad, con ramalazos de ingenio y arriscado por el sello de su car\u00e1cter brioso. <\/p>\n\n\n\n<p>Es tambi\u00e9n necesario a\u00f1adir que Jos\u00e9 Rafael Pocaterra tuvo una larga actuaci\u00f3n en la vida p\u00edblica de nuestro pa\u00eds. No intentar\u00e9, sin embargo, un an\u00e1lisis de su figura pol\u00edtica. Fui disc\u00edpulo y amigo suyo, y es por tales antecedentes, no por m\u00e9ritos de critico o ensayista, que evidentemente no poseo, que estoy escribiendo estas notas a guisa de pr\u00f3logo de su obra. Pero, no obstante los lazos se\u00f1alados, tan solo en dos oportunidades estuvimos de acuerdo sobre el accidentado campo de la pol\u00edtica venezolana: al luchar contra la dictadura de Juan Vicente G\u00f3mez y al apoyar la figura democr\u00e1tica del presidente Isa\u00edas Medina Angarita. En situaciones hist\u00f3ricas m\u00e1s complejas, nos situamos en campos distintos, cuando no divergentes. En consecuencia, prefiero eludir deliberadamente una critica pol\u00edtica de cuya imparcialidad habr\u00eda derecho a dudar.<\/p>\n\n\n\n<p>No obstante, deseo redecir, antes de firmar estos apuntes, que nada en la vida y en la obra de Pocaterra es extra\u00f1o a este suelo venezolano, que amaba \u00abcon amor terreo, casi animal\u00bb, seg\u00fan su propio decir. Su rudeza, su individualismo, su sarcasmo, su ternura, su befa, su desbocada inteligencia, su vigor incoercible, su taimada desconfianza, su fe rota, sus esguinces pol\u00edticos, su b\u00fasqueda del caudillo, su garra de tigre, su coraz\u00f3n de pueblo, todo era fruto genuino y giraba en torno del pa\u00eds donde naci\u00f3 y de la \u00e9poca que le toc\u00f3 vivir, pa\u00eds y \u00e9poca de los cuales no pretendi\u00f3 escapar nunca, ni como escritor ni como hombre. <\/p>\n\n\n\n<p>Pocos seres como Jos\u00e9 Rafael Pocaterra, con sus virtudes y sus imperfecciones, con sus aciertos y sus yerros, han sido tallados en madera tan venezolana, amasados en arcilla tan criolla. As\u00ed fuera su vida un largo peregrinaje y as\u00ed muriera frente a la nieve canadiense, a\u00f1orando por vez \u00faltima las angostas calles de Valencia, el bravo sol de Maracaibo y el verde clamoroso del \u00c1vila.<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\">El poeta Andr\u00e9s Eloy Blanco<\/h3>\n\n\n\n<p>Bien est\u00e1 la cabeza del gran poeta sembrada en esta tierra donde naci\u00f3 y comenz\u00f3 a crecer vertical y lleno de cantos como un \u00e1rbol. Bien esta aqu\u00ed su cabeza de regreso, para que el sol del Caribe relampaguee en la quilla de su perfil marinero, para que la luna cumanesa abreve luz m\u00e1s di\u00e1fana en la luz de su frente. Para que el viento le renueve en los labios el dulzor de las uvas y la sal de las salinas. Quien naciera aqu\u00ed, antes de carne, sangre y huesos, renace ahora en bronce por milagrosa haza\u00f1a de su poes\u00eda, y est\u00e1 presente y vivo en nuestras palabras y en nuestro llanto porque ni el estruendo de la muerte ha logrado acallar el latido de su generoso coraz\u00f3n. <\/p>\n\n\n\n<p>Andr\u00e9s Eloy Blanco fue, como acaba de decirlo ante ustedes el maestro Gallegos, y como habr\u00e1 de repetirse cuanta veces se intente avaluar su contenido, poeta y hombre. Fue poeta de tan anchuroso vuelo, de tan precisa y singular personalidad, de tan desgarrada sinceridad en la creaci\u00f3n, de tan agua de l\u00e1grimas su ternura, de tan rosales de candela sus pasiones, que si se hubiese limitado en vida a ser solo eso, un poeta, sus versos le habr\u00edan bastado para merecer este homenaje de amor y orgullo con que el pueblo venezolano pronuncia su nombre y murmura sus cantos. Y fue al mismo tiempo hombre de tan templadas fibras, ciudadano de tan limpia hidalgu\u00eda, combatiente de pecho tan sin miedo, vencedor de tan noble perd\u00f3n, vencido de tan altiva valent\u00eda, que as\u00ed no hubiese alzado vuelo de su mente uno solo de sus versos admirables y as\u00ed hubiese vivido como nunca vivi\u00f3, privado del don de la poes\u00eda, tambi\u00e9n estar\u00edamos nosotros hablando hoy a la vera de su busto o de su estatua, para exaltar sus virtudes civiles y su af\u00e1n de inmolarse por una patria que parec\u00eda en naufragio y por una libertad que parec\u00eda por siempre sepultada en el fango. <\/p>\n\n\n\n<p>Hablemos primero del poeta. No de \u00abun poeta\u00bb pura, y simplemente, tampoco de \u00abun gran poeta\u00bb, sino de este que es, como no lo es ning\u00fan otro del pasado o del presente, \u00abel poeta\u00bb del pueblo venezolano. Venezuela era un camino, en verdad, que andaba buscando su poeta desde que comenz\u00f3 a vivir como naci\u00f3n libre. Y que no lleg\u00f3 a encontrarlo, me arriesgo a mantenerlo, ni en las esplendidas estrofas cl\u00e1sicas de don Andr\u00e9s Bello, ni en la depurada y conmovedora marejada rom\u00e1ntica de P\u00e9rez Bonalde, ni en el aquilatado y luminoso nativismo de Lazo Mart\u00ed, ni en el armonioso estallido de nuestros mejores modernistas, ni en el torrente multiforme de las \u00faltimas generaciones. Son todos ellos poetas leg\u00edtimos, magn\u00edficos poetas algunos de ellos. Pero ninguno encarna, como lo encarna a todo trance Andr\u00e9s Eloy Blanco, al poeta de este pueblo y de esta tierra, al poeta cuyos versos repetimos los venezolanos cuando amamos, cuando sufrimos y cuando combatimos.<\/p>\n\n\n\n<p>La cualidad esencial de su obra po\u00e9tica, la que la hace perdurar en las manos de todos, es que logra integrar en un mismo c\u00e1ntaro la calidad y la sencillez, llegar con iguales palabras a las \u00e9lites intelectuales y a las masas, satisfacer al cr\u00edtico y emocionar al ignorante, ce\u00f1irse a los rigores del m\u00e1s puro verso castellano y confundirse con el palabreo de los humildes. Para el sabio y para el iletrado es decir:<\/p>\n\n\n\n<p><em>\u00abno s\u00e9 si me olvidar\u00e1s<br>ni si es amor este miedo<\/em>\u00ab<\/p>\n\n\n\n<p>Para el sabio y para el iletrado es decir patria, decir:<\/p>\n\n\n\n<p><em>\u00abuna balandra que so\u00f1\u00f3 un gran viaje <br>y envejeci\u00f3 lav\u00e1ndose las velas\u00bb<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>y todos, iletrados y sabios, mercaderes y artistas, sentimos m\u00e1s honda la muerte de la madre propia cuando decimos:<\/p>\n\n\n\n<p><em>\u00aby el mundo de tu amor salio a la puerta<br>y el silencio de un hijo que lloraba<br>meti\u00f3 el pinar en tu caj\u00f3n de muerta\u00bb.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>La poes\u00eda de Andr\u00e9s Eloy Blanco transita los m\u00e1s diversos rumbos, se orienta por pautas de las m\u00e1s variadas escuelas, sin arriar jam\u00e1s su elevada gr\u00edmpola de calidad y sin enturbiar nunca el agua clara de su sencillez. Resuena \u00e9pica y c\u00f3smica en el <em>Canto a Espa\u00f1a<\/em>, o en el <em>R\u00edo de las siete estrellas<\/em>, se encrespa amorosa en los sextetos arrogantes del <em>Dulce mal<\/em> o se arremansa en la ternura definitiva que lo unir\u00e1 para siempre a <em>Giraluna<\/em>, combate a pecho descubierto en el clamor acorralado del <em>Barco de piedra<\/em> o en la protesta febril de la <em>Juana-bautista<\/em>, clava el aguij\u00f3n genial de su iron\u00eda cuando revuelan sutiles y punzantes sus versos humor\u00edsticos, eleva a encumbradas cimas los vocablos y las formas populares en las d\u00e9cimas c\u00e1lidas de sus <em>Palabreos<\/em>, alcanza su m\u00e1s alto diapas\u00f3n de poeta en el llanto clamoroso de sus <em>Eleg\u00edas<\/em> y esculpe en el <em>Canto a los hijos<\/em> el gallardo testamento l\u00edrico de quien espera a la muerte con la frente sin mancha y las pupilas sin odios. <\/p>\n\n\n\n<p>A veces recuerda a los cl\u00e1sicos espa\u00f1oles del Siglo de Oro, otras se esfuerza por encontrar al modernismo una salida humana y americana; en unos poemas rompe moldes y preceptos para izar estandarte de juventud y rebeld\u00eda enrolado en las filas de la vanguardia, en otros se expresa con la m\u00e9trica octos\u00edlaba tradicional de nuestro pueblo; en su obra primera alardea de una prodigiosa desenvoltura de juglar, y en su madurez canta con tal hondura y tal sosiego que sus versos llegan a los m\u00e1s profundos socavones del es\u00edpiritu. Pero tantas y tan distintas expresiones se tienden ante nuestros ojos con la perfecta unidad de un arco iris, porque toda esa trayectoria po\u00e9tica tiene como semilla invariable la mano, la mente y el coraz\u00f3n que la trazaron: la mano firme que conoce y domina limpiamente, sin trucos, las normas del oficio; la mente avizora y creadora de un poeta abridor de caminos; el coraz\u00f3n resuelto que se volcaba en la obra como se volcaba en la vida. Quiero decir la mano, la mente y el coraz\u00f3n de Andr\u00e9s Eloy Blanco. <\/p>\n\n\n\n<p>Y ya hemos comenzado a hablar del hombre que, en Andr\u00e9s Eloy Blanco, es imposible separar del poeta, porque su poes\u00eda fue en todo momento leal a su condici\u00f3n humana y a sus principios de justicia, como su humana fisonom\u00eda fue siempre leal a su sembradora misi\u00f3n de poeta. A la luz de este cielo y al rumor de este r\u00edo nacieron juntos el poeta y el hombre que no habr\u00edan de separarse hasta la hora de la muerte en una oscura noche del destierro. Su vida fue substancia de la historia de este pa\u00eds, sus alegr\u00edas fueron las alegr\u00edas de esta gente, su dolor fue el dolor de esta patria; y como para esta patria la raz\u00f3n de congoja ha sido siempre desmesuradamente mayor que la de j\u00fabilo, le toc\u00f3 un tr\u00e1nsito duro y de sufrimientos a quien aspiraba a vivir con la sangre contenta de saberse bueno y con la sonrisa abierta de saberse sin miedo y sin rencores. <\/p>\n\n\n\n<p>Su primer atributo heroico fue la imp\u00e1vida, que digo imp\u00e1vida, la alborozada resignaci\u00f3n de sus renuncias. A cuanto fuera necesario renunci\u00f3 el poeta para cumplir sin amarras el cometido riguroso de servir a su pueblo que se hab\u00eda impuesto. Renunci\u00f3 a los laureles que le ornaban la frente, a la tibia dulzura de las mujeres que lo amaban, al embriagador rumoreo de la popularidad sin sacrificios, a las reverencias de la critica y a los sillones de las Academias, para cambiarlo todo por el tormento del cepo en la Rotunda y por un par de grillos en el Castillo de Puerto Cabello. Nadie le pidi\u00f3 que lo hiciera, nadie lo llam\u00f3 al vivac de los combatientes. A Venezuela le parec\u00eda que hab\u00eda cumplido cabalmente con sus deberes ciudadanos por el solo hecho de ser un gran poeta. Sin embargo, ese poeta joven pero famoso ya entre los pa\u00edses de habla espa\u00f1ola, abogado graduado y con bufete, le dio la espalda a todo aquello, busc\u00f3 su puesto silenciosamente entre el estudiantado insurgente, tendi\u00f3 sus tobillos al remache brutal del cabo de presos, dobl\u00f3 su saco para que le sirviera de almohada y se acost\u00f3 a pensar y a sonar durante cinco a\u00f1os en la tiniebla de un calabozo.<\/p>\n\n\n\n<p>Y no sali\u00f3 arrepentido. Andr\u00e9s Eloy Blanco no se arrepinti\u00f3 nunca de su valent\u00eda, ni de su honestidad, ni de sus padecimientos. Por el contrario, una vez m\u00e1s volvieron a tenderse ante su vida dos caminos: el camino c\u00f3modo y honorable de hacerse ministro o embajador, de recibir una merecida recompensa tras las persecuciones y las c\u00e1rceles sufridas; y el camino mas \u00e1spero de continuar la lucha fatigante y riesgosa metido entre las huestes sudorosas del pueblo. Andr\u00e9s Eloy Blanco renunci\u00f3 de nuevo y echo de nuevo alegremente por los espinos. Y por los espinos anduvo, dejando en jirones las vestiduras y la piel, pero haciendo florecer el zarzal con la llovizna de su alegr\u00eda, hasta que en mitad de los espinos le sorprendi\u00f3 la muerte. <\/p>\n\n\n\n<p>El otro atributo de Andr\u00e9s Eloy Blanco, aguja guiadora de sus pasos y de su pensamiento, fue la generosidad. Era un combatiente que, aunque peleaba por su pueblo y se daba \u00edntegro en la pelea, no batallaba vindicativamente contra nadie. Martiano por poeta y por justo, cultivaba la rosa blanca de Mart\u00ed para amigos y enemigos, y si alguien le odi\u00f3 en vida fueron solamente el envidioso y el mezquino, porque nunca su mano le infiri\u00f3 da\u00f1o a nadie y jam\u00e1s su palabra fue l\u00e1tigo punitivo. Porque vivi\u00f3 una vida liberada de enconos y de resentimientos, porque la bondad le flu\u00eda del alma como fluye la leche del pecho de las madres. Tuvo autoridad para legar a sus hijos, en su hermoso canto testamentario, aquellos imborrables consejos de viril mansedumbre y de austera magnanimidad:<\/p>\n\n\n\n<p><em>Lo que hay que ser es mejor <br>y no decir que se es bueno<\/em><\/p>\n\n\n\n<p><em>Lo que hay que hacer es es dar m\u00e1s<br>y no decir que se ha dado.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p><em>Por m\u00ed ni un odio, hijo m\u00edo, <br>ni un solo rencor por m\u00ed.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>En Venezuela han sucedido muchas cosas gloriosas despu\u00e9s de la muerte de Andr\u00e9s Eloy Blanco. La historia nos oblig\u00f3 a hablar de unidad nacional y a realizarla. El acoso de una dictadura implacable nos impuls\u00f3 a aferrarnos a la unidad nacional como f\u00f3rmula m\u00e1gica de salvaguardar la democracia, de arrancar definitivamente a nuestra rep\u00fablica de las garras de una minor\u00eda brutal y usurpadora que la ha esclavizado y exprimido, casi sin recesos, durante siglo y medio. Y seria sinraz\u00f3n evidente olvidar por un segundo que esa unidad nacional que hubimos de descubrir m\u00e1s tarde, la predic\u00f3 Andr\u00e9s Eloy Blanco y la practic\u00f3 siempre, aun en las coyunturas mas enconadas de la lucha pol\u00edtica y aun en mitad del fragor de las m\u00e1s extremadas divisiones entre las fuerzas democr\u00e1ticas. En medio de la batahola de denuestos, emergiendo por encima del sectarismo y de la incomprensi\u00f3n de sus adversarios o de sus copartidarios, surgi\u00f3 a todo trance la mano armonizadora del poeta, la gracia cordial de sus epigramas sin veneno, la palabra reposada y sin tacha inquiriendo con amarga ingenuidad: \u00bfCu\u00e1ndo terminar\u00e1 la pelea entre nosotros, para comenzar en serio la pelea contra nuestros enemigos? <\/p>\n\n\n\n<p>Consecuente con tales principios intent\u00f3 infructuosamente, desde la presidencia de la Asamblea Constituyente, echar las bases de una unidad nacional que solamente vino a entenderse y a lograrse despu\u00e9s de su muerte. Garrafalmente equivocados andaban quienes afirmaban, y no eran pocos por cierto, que Andr\u00e9s Eloy Blanco era tan buen poeta como mal pol\u00edtico. Era un gran poeta, s\u00ed, digo yo, pero tambi\u00e9n un pol\u00edtico de estatura y visi\u00f3n extraordinarias. Un gran pol\u00edtico que promulg\u00f3 y puso en pr\u00e1ctica, antes que nadie, la consigna aglutinadora que mas tarde liberar\u00eda a nuestro pueblo de sus m\u00e1s torvos enemigos; un gran pol\u00edtico que \u2014de haberse escuchado y atendido a tiempo sus admoniciones de unidad y armon\u00eda\u2014 este pa\u00eds se habr\u00eda ahorrado muchos a\u00f1os de oprobio, de amargura y de muerte.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero no lleg\u00f3 a ver la unidad de su pueblo, como no llego a ver \u00abel d\u00eda de soltar los prisioneros\u00bb ni tantas otras cosas con que so\u00f1ara su pecho revolucionario y justo. Muri\u00f3 en el destierro, como hab\u00eda previsto en su <em>Canto a los hijos<\/em>, y nos dej\u00f3 a todos como invalorable herencia el caudal sin baj\u00edos de su poes\u00eda y el \u00e1rbol empinado de su ejemplo.<\/p>\n\n\n\n<p>As\u00ed fue, pueblo de Cuman\u00e1, Andr\u00e9s Eloy Blanco cuya muerte tanto nos duele. Nos duele su muerte por cuanto lo quer\u00edamos; por la validez de lo que pens\u00f3 y de lo que hizo. Y tambi\u00e9n nos duele su muerte por lo que no alcanz\u00f3 a realizar y por lo que no logr\u00f3 ver. Nos duele su muerte porque detuvo su mano cuando estaba escribiendo sus mejores versos, cuando le faltaba por andar un trecho luminoso y fecundo, cuando le faltaba a Am\u00e9rica recibir la cosecha prodigiosa de la obra que no logr\u00f3 escribir. Nos duele su muerte porque no lleg\u00f3 a estar presente, como \u00e9l merec\u00eda para morir gozosamente, en la arrolladora rebeli\u00f3n de su pueblo, en la huida cobarde de los sicarios siniestros, en el triunfo fulgurante de la libertad y de la justicia. Nos duele su muerte porque ella le tronch\u00f3 el prop\u00f3sito de perdonar una vez m\u00e1s a sus enemigos, de ser nuevamente generoso para quienes con \u00e9l fueron ruines y malvados. Nos duele su muerte porque ella le cerr\u00f3 los ojos y no puede mirar, como \u00e9l lo so\u00f1aba y lo requer\u00eda, a todos los venezolanos de buena voluntad hermanados bajo una misma bandera de liberaci\u00f3n. Nos duele su muerte porque sabemos cu\u00e1nto habr\u00eda luchado, de estar vivo entre nosotros, para conservar esa unidad y hacer m\u00e1s firmes los lazos de patria que nos ligan. Nos duele su muerte porque a esta democracia venezolana, a esta libertad venezolana, les hace falta algo para ser sentidas \u00edntegramente por el pueblo como verdadera democracia y como verdadera libertad. Les hace falta la gracia de Andr\u00e9s Eloy, la voz de Andr\u00e9s Eloy, su presencia f\u00edsica en la tribuna y en la calle, la sabrosa pimienta de su alegr\u00eda poniendo una lucecita de cocuyo en el coraz\u00f3n de Juan Bimba.<\/p>\n\n\n\n<p>Pueblo de Cuman\u00e1: Con el m\u00e1s justo orgullo, cual es el orgullo de las madres, Cuman\u00e1 se ha adelantado a rendir tributo de gloria a este cimero hijo suyo, que es tambi\u00e9n cimera figura de Venezuela y de Am\u00e9rica. Este busto y esta plaza son el gesto inicial del homenaje plenario que Venezuela debe a Andr\u00e9s Eloy Blanco. Mas no se requiere ser un visionario para predecir que su imagen tan notable de poeta y de palad\u00edn habr\u00e1 de agigantarse entre las manos del tiempo y llegar\u00e1 a perpetuarse, no quietamente en el lenguaje del bronce y de la piedra, sino a la par en el amor y en el respeto de las nuevas generaciones que es la mejor manera de vivir por los siglos de los siglos.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a rel=\"noreferrer noopener\" href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/otero-silva-miguel\/\" target=\"_blank\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El escritor Jos\u00e9 Rafael Pocaterra Jos\u00e9 Rafael Pocaterra muri\u00f3 recientemente despu\u00e9s de una existencia de afanosa pelea, bien fueran la pol\u00edtica, las letras o la vida pua y simple el campo donde le tocara mover el coraz\u00f3n o la cabeza. Fue periodista, novelista, panfletario, orador, cuentista, pedagogo, traductor y, con la luz de apagarse, poeta. 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