{"id":11902,"date":"2024-05-20T21:25:42","date_gmt":"2024-05-20T21:25:42","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=11902"},"modified":"2024-05-20T21:27:43","modified_gmt":"2024-05-20T21:27:43","slug":"tierra-talada","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/tierra-talada\/","title":{"rendered":"Tierra talada"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Ada P\u00e9rez Guevara<\/h4>\n\n\n\n<p>II<\/p>\n\n\n\n<p>(\u2026)<\/p>\n\n\n\n<p>Un c\u00edrculo. Arriba azul. Azul implacable e intenso. O gris sombr\u00edo.<\/p>\n\n\n\n<p>Ma\u00f1ana y tarde, nacen otros colores. Oro, rojo, gris, violado, naranja. Abajo, verde. Verde, siempre verde. En todas sus gamas, seg\u00fan el sitio o el tiempo. Arriba, un camino, impreciso, luminoso, que nadie sabe ni de d\u00f3nde viene ni d\u00f3nde va. La V\u00eda L\u00e1ctea. Abajo, rompen el verde mil caminos oscuros, paralelos, que se bifurcan, se persiguen, se entrecruzan. \u00bfA d\u00f3nde van? \u00bfQui\u00e9n lo sabe? \u00bfA todas partes, o a ninguna? \u00c9ste termina un poco m\u00e1s adelante, en el ojo cristalino de un <em>jag\u00fcey<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p>Y el otro, paralelo, se pierde en el lejano horizonte. Quiz\u00e1s llegue hasta el mar, o acaso se termina en una casa vieja que nadie habita.<\/p>\n\n\n\n<p>As\u00ed, con su ramaz\u00f3n de caminos insignificantes, ignorados, a medio hacer, cuyos rumbos se pierden ante la vista, se abre el c\u00edrculo del llano, rodeado de un horizonte plano y sin l\u00edmites.<\/p>\n\n\n\n<p>Cu\u00e1l es su centro? Un \u00e1rbol, una laguna, una casa aislada, un buey que rumia echado. Su centro es todo lo que se levanta del suelo. Y as\u00ed, leguas y leguas, sin otra vegetaci\u00f3n que la paja menuda que nace silvestre, o el chaparro retorcido que con esfuerzo que lo deforma se aferra al suelo reseco.<\/p>\n\n\n\n<p>El chaparro es s\u00edmbolo del llano pobre. La patria es extensa, y la llanura, casi tan extensa como ella. Planicies interminables, con aisladas palmeras. Planicies interminables, con escasos chaparros. Grandes extensiones sin agua. En otros sitios, la hay en demas\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>De vez en cuando, por el llano pobre, que es el llano reseco donde el agua escasea, cruza la vigorosa vena de un r\u00edo aislado. A su vera, dos manchas paralelas de verdor, largas y de poca anchura. Luego sequedad. De trecho en trecho, lagunas. En invierno, plenas de agua rizada por la brisa, donde se estremecen reflejos de p\u00e1jaros rosados y garzas pensativas. En verano, son apenas charcos donde el ganado abreva en diaria peregrinaci\u00f3n. A veces, una vaca escu\u00e1lida permanece parada, inm\u00f3vil, a la orilla de la fangosa laguna. Llega la noche.<\/p>\n\n\n\n<p>Y luego, un d\u00eda de sol intenso. La pobre vaca descarnada y triste contin\u00faa all\u00ed, fija, sin comer ni beber. Pasa un llanero en sabaneo. Trata de arrearla. La res no se mueve.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Est\u00e1 pegada \u2013dice el hombre, y mueve la cabeza con gesto negativo ante lo imposible.<\/p>\n\n\n\n<p>En un \u00e1rbol cercano, los zamuros aguardan. Revolotean, impacientes, alrededor de la presa. Y cuando la pobre bestia, agotada, se extingue, all\u00ed est\u00e1 el fest\u00edn. A veces, viene un pe\u00f3n a quitarle el cuero, y esto facilita la tarea de las aves negras.<\/p>\n\n\n\n<p>Es en ese llano pobre de chaparros retorcidos donde vive Aurora. En su interior tiene, desde siempre, una sola visi\u00f3n: el horizonte abierto al mundo. Pero este horizonte, por intangible, la encierra en un c\u00edrculo.<\/p>\n\n\n\n<p>Y all\u00ed despierta la mente de Aurora a la vida. Dentro del c\u00edrculo. En su infancia, un d\u00eda lluvioso juega ella, en el corredor de la casa del hato, con Blanca Rosa. La tierra mojada, material maravilloso para la ficci\u00f3n, se le adhiere a las manos, le refresca la piel.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Vamos a fabricar un queso, como lo hacen los peones. Y lo vendemos. \u00bfQuieres? \u2013sugiere Aurora.<\/p>\n\n\n\n<p>All\u00ed cerca est\u00e1 el molde. Una lata redonda, vac\u00eda. Aurora la hunde \u00edntegra, boca abajo, en el suelo mojado. El agua salpica. Ayudada por Blanca Rosa, arranca el molde de la tierra, que hace presi\u00f3n, y al voltearlo mira asombrada, en todo el centro de la lata, una enorme ara\u00f1a, como de terciopelo, y al parecer del mismo tama\u00f1o de la lata.<\/p>\n\n\n\n<p>Con sorpresa sostenida, mira Aurora largo rato al animal. \u00bfD\u00f3nde estaba? \u00bfPor qu\u00e9, casualmente, clav\u00f3 ella la lata en el mismo sitio donde yac\u00eda enterrado el insecto? Sobre el vientre, tiene \u00e9ste una peque\u00f1a y resistente bolsa blanca: dentro est\u00e1n los huevos.<\/p>\n\n\n\n<p>La madre de Aurora y Blanca, al ver el peligroso juguete de las chicas, mata el insecto.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00a1Dios m\u00edo! \u00a1Fig\u00farense! \u00a1Nada menos que una ara\u00f1a mona!<\/p>\n\n\n\n<p>El incidente casi trivial deja, en la sensibilidad tierna de Aurora, una extra\u00f1a ilaci\u00f3n permanente: el c\u00edrculo de la lata, con la enorme ara\u00f1a en el reverso. El c\u00edrculo de horizonte, ante su vista. Y la pregunta interior: \u00bfY en el reverso? \u00bfOtra enorme ara\u00f1a?<\/p>\n\n\n\n<p>Aurora y Blanca Rosa son compa\u00f1eras de juegos. Y se complementan por sus opuestos caracteres. Cuando la ara\u00f1a apareci\u00f3 en el interior de la caja, Aurora dijo:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00a1Qu\u00e9 belleza!<\/p>\n\n\n\n<p>Y Blanca Rosa:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00a1Ten cuidado, hermanita, que es de las malas!<\/p>\n\n\n\n<p>Sin embargo Aurora, solamente por ser mayor, se siente protectora de Blanca Rosa y de Ferm\u00edn. Explica a \u00e9stos, a su manera, lo que no comprenden, pero ella misma a veces no acierta a explicarse sus propias preguntas. Siente una enorme curiosidad de algo que no est\u00e1 all\u00ed. De lo que sigue. De lo que llegar\u00e1 acaso, m\u00e1s tarde, y que no puede definir.<\/p>\n\n\n\n<p>Ya lee. Su madre le ha entregado los peque\u00f1os vol\u00famenes que ella ley\u00f3 en su infancia: Viajes alrededor del mundo; Juanito\u2026 Susanita. Pero sus diez a\u00f1os no se satisfacen.<\/p>\n\n\n\n<p>Su madre promete:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Te dar\u00e9 estos libros despu\u00e9s, cuando seas grande y los comprendas. Todos son para ti. Pero m\u00e1s tarde, hijita.<\/p>\n\n\n\n<p>Aurora los mira. Est\u00e1n all\u00ed, en un rinc\u00f3n del aposento de su madre, cuarto r\u00fastico de paredes de barro, con una gran ventana por entre cuyos barrotes de madera se ve el campo.<\/p>\n\n\n\n<p>Su madre ha salido. Ha ido a ba\u00f1arse al r\u00edo, llevando de la mano al peque\u00f1o Ferm\u00edn.<\/p>\n\n\n\n<p>La casa quieta y en paz. El hermoso volumen de Las mil y una noches yace abandonado en el suelo. Para Aurora no tiene atractivo ese fant\u00e1stico abalorio oriental. Ha le\u00eddo cada uno de sus cuentos a lo menos dos veces. El libro tiene un forro de papel espeso. Una idea atrevida y por lo mismo tentadora, se aferra a la imaginaci\u00f3n de la ni\u00f1a. Impulsivamente, las manos obedecen. Quita el forro a Las mil y una noches, toma un libro del mismo formato, y se lo pone.<\/p>\n\n\n\n<p>R\u00e1pidamente sale del cuarto con su hurto. Ya fuera de casa, se tiende a leer entre la yerba reverdecida del patio, tras un tronco seco. \u00bfQu\u00e9 libro se trajo? <em>La muerte de los dioses<\/em>, de Merejkowsky. As\u00ed a escondidas lo devora con deleite, sin comprenderlo casi, y la frase final del libro: \u201c\u00a1Venciste, Galileo!\u201d, se le fija en la memoria como un estribillo absurdo.<\/p>\n\n\n\n<p>De este modo, bajo el aspecto c\u00e1ndido del forro de <em>Las mil y una noches<\/em>, empieza Aurora, hambrienta, a leer sin tino. Confusamente frases, pensamientos e im\u00e1genes, demasiado vivas para su edad, chocan en su mente, pero resbalan sin da\u00f1arla.<\/p>\n\n\n\n<p>El c\u00edrculo se ampl\u00eda difuso.<\/p>\n\n\n\n<p>(\u2026)<\/p>\n\n\n\n<p>IX<\/p>\n\n\n\n<p>Hay bastante gente. Don Miguel, el t\u00edo Pedro, Manuel Gonz\u00e1lez, el Negro Rivero, y como diez peones llevan una atarraya grande, de guaral. En el paso real escogido por lo claro de la corriente, pues hay un baj\u00edo, aguardan los indios. Son tambi\u00e9n numerosos. Las indias, con sus largas batas de alegres colores, y sus cestas a la espalda, sostenidas en la cabeza por un faj\u00f3n de palma o lona, se mantienen calladas, sentadas en fila en el suelo. Los indios traen varios arpones preparados. Son de madera, imitando una lanza gruesa y corta. Tienen la punta forrada en metal.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Saludo, compadres: \u00bfestamos listos? \u2013pregunta don Miguel, desmont\u00e1ndose.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Listos, compae \u2013contesta el jefe del grupo. Es un indio viejo, de gruesas piernas musculosas.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00bfTodav\u00eda no ha pasado barbasco?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Una miaja.<\/p>\n\n\n\n<p>Los peones, con el pantal\u00f3n arrollado al muslo y medio cuerpo desnudo, escogen los arpones. Las bestias ensilladas, amarradas bajo los \u00e1rboles, empiezan a adormecerse. Aurora se sienta sobre un farall\u00f3n cerca del r\u00edo, desde donde domina perfectamente la vista. El Negro Rivero se le acerca:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Aurora, \u00bfall\u00ed no le pega mucho el sol?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00bfA esta hora? Ni a ninguna. Estoy tan acostumbrada que ni me doy cuenta.<\/p>\n\n\n\n<p>Silencio.<\/p>\n\n\n\n<p>Mauricio insin\u00faa:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Mire, qu\u00e9 lindo aquel guatacaro, tan floreado.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00a1Qu\u00e9 belleza! Esa es mi flor, el guatacaro. Me encanta. \u00a1Es tan oloroso, tan bonito, y sobre todo tan del llano!<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Entonces, ahora m\u00e1s tarde, le coger\u00e9 un ramo. \u00bfQuiere?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013No se moleste, Mauricio, yo misma lo cojo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00a1All\u00e1 viene el barbasco! \u00a1El barbasco! \u2013grit\u00f3 Faustino, que escudri\u00f1aba el agua desde arriba.<\/p>\n\n\n\n<p>Instant\u00e1neamente se metieron al r\u00edo, atraves\u00e1ndolo de orilla a orilla, como un cord\u00f3n humano; y don Miguel en persona, con cuatro peones, abri\u00f3 la atarraya.<\/p>\n\n\n\n<p>En la orilla quedaron algunos hombres en espera. Entre ellos el Negro Rivero y otros m\u00e1s del pueblo. Sobre la arena reluc\u00edan los machetes ardidos de sol.<\/p>\n\n\n\n<p>El agua trae, realmente, barbasco, y muchos peces bobos, a flote, borrachos con el veneno de la parapara, que la corriente arrastra como cosa muerta.<\/p>\n\n\n\n<p>Empieza la caza. Los arpones, lanzados con maestr\u00eda, se clavan en los peces m\u00e1s grandes. Al estar seguro de la punter\u00eda, el que lanz\u00f3 el arp\u00f3n se abalanza sobre el pez, y se lo arranca en la playa, para volverlo a usar. Y si no est\u00e1 muerto, remata el pez a machetazos.<\/p>\n\n\n\n<p>M\u00e1s adelante, la atarraya se abre, traidora, bajo el agua. Los barbasqueadores caminan o nadan largo trecho, r\u00edo abajo, junto con el barbasco, trabajando firme. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00a1Barbasco! \u00a1Viene barbasco de arriba! \u2013grita Ferm\u00edn otra vez.<\/p>\n\n\n\n<p>De nuevo la avalancha de peces aturdidos va a flote. En breve rato, queda la orilla cubierta de rayados y morocotos, la mayor\u00eda vivos.<\/p>\n\n\n\n<p>Los peones del paso del Alcornoque, que echaron el barbasco, aparecen poco a poco, chorreando agua. Vienen cansados, a ratos nadando y a ratos a pie. Uno de ellos grita, desde lejos:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00bfQu\u00e9 hubo? \u00bfEstuvo bueno el barbasco?<\/p>\n\n\n\n<p>El mayordomo contesta:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00a1G\u00fcenazo! \u00a1Aguaite la orilla!<\/p>\n\n\n\n<p>Como a las dos el sol abrasa. Los de la playa abren el vientre de los peces y les sacan las entra\u00f1as con fuertes cuchillos puntiagudos, tir\u00e1ndolos luego en un solo mont\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Casi toas tienen huevas \u2013dice uno.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Casi toas.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Un palito, \u00bfno quieren otro trago para calentarse, muchachos? \u2013pregunta don Miguel, haciendo circular entre el peonaje, una vez m\u00e1s, el litro de aguardiente.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Muerto, que si quieres misa \u2013responde Cachicamo. Los otros r\u00eden. Toman a pico de botella, y luego la pasan a los indios.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Ahora nos vamos yendo. Es tarde \u2013observa don Miguel.<\/p>\n\n\n\n<p>Empieza la partici\u00f3n. La mitad de los pescados para don Miguel, y la otra mitad, en partes iguales, para los que participaron del barbasco. Los indios llenan los caramiches de sus compa\u00f1eras con lo que les corresponde; Ferm\u00edn y los dem\u00e1s echan todo en sacos, y en cada bestia va uno, m\u00e1s o menos lleno.<\/p>\n\n\n\n<p>Blanca Rosa, en casa, ha hecho montar desde temprano tres grandes calderos para ablandar la vitualla. Al llegar los pescados, el hervido estar\u00e1 hecho en un cuarto de hora. En el fog\u00f3n familiar la candela se amortigua, cenizosa. Josefa, sentada en el quicio, suspira.<\/p>\n\n\n\n<p>Blanca Rosa se le acerca.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Es tarde, Josefa. \u00bfCu\u00e1ndo vendr\u00e1n?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Ya deben t\u00e1 cerca. El barbasco sali\u00f3 g\u00fceno, ni\u00f1a, por la tardancia. Vea a la sombra. Ya lleg\u00f3 a la mata de or\u00e9gano. Son m\u00e1s de las tres.<\/p>\n\n\n\n<p>Entre tanto, por el camino, se acerca la cabalgata. Polvo, sol, fastidio.<\/p>\n\n\n\n<p>Los barbasqueadores vienen en silencio. Est\u00e1n cansados. Aurora, amodorrada, deja a Buen Amigo las riendas al cuello, casi a la ventura. Por otro rumbo se fueron los indios, a pie, con sus mujeres, y los arpones en haces. Cada uno, sobre las espaldas desnudas, lleva tres o cuatro, brillando al sol.<\/p>\n\n\n\n<p>A los lados del camino hay chaparros resecos de hojas grises, torcidas y sedientas.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00bfEst\u00e1s cansada, hermana? \u2013pregunta Ferm\u00edn acerc\u00e1ndose a Aurora.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Un poco fastidiada del calor, y\u2026 con mucha hambre. Eso que com\u00ed guayabas sabaneras.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Ya estamos cerca, mira las matas de la casa.<\/p>\n\n\n\n<p>Mauricio aprovecha la coyuntura para acercarse a su vez a la muchacha, y deseoso de entablar conversaci\u00f3n comienza:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Debe haberse fastidiado un poco, con el asunto del barbasco, Aurora.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00bfCree usted? Pues, mire, estoy encantada. Es un d\u00eda distinto que he pasado.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00bfLe gusta mucho cambiar?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00a1Claro! \u00bfUsted sabe lo que es eso? Todos los d\u00edas, el mismo sol, la misma casa, el mismo silencio; levantarse uno a la misma hora, comer a la misma hora, dormirse a la misma hora. En fin, vivir lo mismo. \u00a1Qu\u00e9 fastidio es eso de la palabra mismo!<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013No siempre, Aurora. A veces, saber uno que todo est\u00e1 lo mismo, siempre lo mismo, es algo no s\u00f3lo agradable, sino que nos anima, nos da confianza en la vida, en nuestro yo.<\/p>\n\n\n\n<p>Ella se queda un instante silenciosa. Lo mira, y acariciando mansamente con su peque\u00f1a mano nerviosa las crines de Buen Amigo, contesta:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Puede ser. Pero para m\u00ed, ese \u201clo mismo\u201d me cansa, me aplasta. \u00a1Sobre todo, esta vida!<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00bfEsta vida? Pero si usted sale a caballo, se ba\u00f1a donde usted quiere, pasea por todas partes, pasa meses aqu\u00ed y meses en el pueblo. \u00a1Fig\u00farese usted! Yo, todos los d\u00edas, el tel\u00e9grafo. El repique de la oficina vecina me despierta a medianoche. Salto, entre dormido y despierto, a la m\u00e1quina. \u00bfQu\u00e9 es? Alg\u00fan telegrama de un se\u00f1or que lo puso urgente y pag\u00f3 doble. Hay que atender: \u201cNo despache cueros\u201d \u2013dice, desde cincuenta leguas, la m\u00e1quina. \u00bfQu\u00e9 me importa a m\u00ed eso? Pero hay que pasarlo, enseguida. Tic, tac, tac. Trabajo otra vez. Y ni siquiera los domingos puedo dejar sola la oficina. Hoy para m\u00ed es un d\u00eda excepcional. \u00a1Haber podido venir al barbasco!<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Bueno \u2013conviene ella\u2013, es verdad que eso de ser telegrafista es una lata, pero usted sabe que est\u00e1 ganando su vida, que sostiene a su mam\u00e1, que sirve para algo: para telegrafista. En cambio, \u00bfqu\u00e9 hago yo con andar a caballo? \u00bfDivertirme sola? \u00bfQu\u00e9 hago con bordar? \u00bfSoy \u00fatil bordando horas y horas un pedazo de tela? \u00bfQu\u00e9 hago, por fin, con vivir? Me da una gran tristeza cuando pienso que nosotras las mujeres somos par\u00e1sitas, simples par\u00e1sitas y nada m\u00e1s.<\/p>\n\n\n\n<p>Al terminar la perorata, tiene los ojos h\u00famedos. Casi se le saltan las l\u00e1grimas.<\/p>\n\n\n\n<p>Mauricio, un poco desconcertado, contesta con galanter\u00eda espont\u00e1nea lo primero que se le ocurre:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00a1Aurora! \u00a1No diga eso! \u00a1Si usted es como una flor! \u00a1Usted adorna la vida!<\/p>\n\n\n\n<p>Ella, con mirada dolorida, como que Mauricio le ha puesto el dedo en la llaga:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Precisamente. Desde que tengo uso de raz\u00f3n, pienso y vuelvo a pensarlo: Las mujeres somos o adornos, o burras de carga. Mire, Mauricio, hasta que nosotras no lleguemos a ser otra cosa, quiero decir, responsables, no adelantar\u00e1 el mundo. \u00a1Cr\u00e9alo!<\/p>\n\n\n\n<p>Don Miguel, durante la charla de Aurora con Mauricio, se ha vuelto a mirarla dos o tres veces. Poco a poco se rezaga, hasta quedarse al otro costado de Buen Amigo, y alcanza a o\u00edr la \u00faltima frase. \u2013\u00a1Qu\u00e9 tema tan raro! \u2013piensa.<\/p>\n\n\n\n<p>Mauricio, cordial, le dice:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Don Miguel, \u00bfno tiene ninguna encomienda para el pueblo? Voy a seguir casi de largo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Como que no hay nada. All\u00e1 ver\u00e9.<\/p>\n\n\n\n<p>Y cuaja el silencio otra vez, oy\u00e9ndose entonces, lejan\u00edsimo, el ladrar de los perros del hato.<\/p>\n\n\n\n<p>Al fin llegan. Blanca Rosa, reci\u00e9n ba\u00f1ada, con su traje aplanchado, espera risue\u00f1a, a la puerta.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00bfC\u00f3mo les fue, pap\u00e1? \u2013pregunta a don Miguel.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00a1Magn\u00edfico! \u2013grita Aurora\u2013. Mucho pescado, hermana. Haz servir. Tengo hambre.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Ya viene el hervido. Est\u00e1 sabrosazo. \u00a1Mand\u00e9 a montar los primeros morocotos que trajo Faustino!<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00a1Qu\u00e9 bueno! Te has portado como un clavo \u2013dice Ferm\u00edn.<\/p>\n\n\n\n<p>Y pasa su mano un tanto \u00e1spera, sobre la cabeza, h\u00fameda todav\u00eda, de Blanca Rosa.<\/p>\n\n\n\n<p>Aurora entra a su cuarto. Es amplio, con una gran ventana hacia la sabana; las paredes de barro crudo le dan aspecto burdo. En una repisa cercana, est\u00e1n los polvos y el espejo humilde, un poco manchado. Ella se mira, quit\u00e1ndose el sombrero. Est\u00e1 acalorada y enrojecida. En el descote de la americana se le adormece un gajo de guatacaro. Sonr\u00ede; no est\u00e1 descontenta de su aspecto. Y as\u00ed a la r\u00fastica vuelve a la sala, donde est\u00e1 servido el almuerzo.<\/p>\n\n\n\n<p>En la cocina, Josefa, con sus chicos mayores y Faustino salan los pescados, y los acomodan mientras tanto sobre hojas de pl\u00e1tano.<\/p>\n\n\n\n<p>Terminado el almuerzo, don Miguel se sienta familiarmente en la hamaca de la sala, a conversar.<\/p>\n\n\n\n<p>Los muchachos llegados del pueblo y Manuel Gonz\u00e1lez preparan sus bestias para el regreso. El Negro Rivero, sentado a la puerta de la casa, fuma un cigarrillo, mientras aguarda a los otros para irse juntos.<\/p>\n\n\n\n<p>Aurora dirige la salaz\u00f3n del pescado. Don Miguel llama:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00a1Blanca Rosa, Aurora! \u00a1Esta gente se va!<\/p>\n\n\n\n<p>De seguidas aparecen ambas, con las tazas de caf\u00e9 reci\u00e9n colado, saludo y despedida en el llano.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013El Negro Rivero al acercarse a Aurora le dice, mir\u00e1ndole el pecho florido:<\/p>\n\n\n\n<p>Si yo se los hubiera cogido de la mata, no estar\u00edan marchitos\u2026 <\/p>\n\n\n\n<p>Y ella, muy seria:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00bfAj\u00e1? Eso cree usted. \u00a1Empezando, Negro, porque nunca habr\u00edan estado en ese puestecito!<\/p>\n\n\n\n<p>El sol de las cinco, afuera, dora la sabana como un incendio.<\/p>\n\n\n\n<p>(\u2026)<\/p>\n\n\n\n<p>XIV<\/p>\n\n\n\n<p>(\u2026)<\/p>\n\n\n\n<p>La casa, despu\u00e9s del patio principal, tiene otro. Lo llaman el traspatio. Una puerta r\u00fastica y un gran pared\u00f3n corrido, hasta la otra calle. Tiene gallinas, cerdos, burros, y hasta hay all\u00ed tordos negros y saltones que picotean el suelo; todo esto, a la sombra de grandes \u00e1rboles frondosos: una gran mata de ciruela, en el centro, con enormes ramas quebradizas; y luego an\u00f3n, guayaba, algarrobo, y la de gallito, que de tiempo en tiempo le da por florecer hasta el delirio, y de tanto p\u00e9talo, enrojece como envuelta en llamas.<\/p>\n\n\n\n<p>Los s\u00e1bados, don Miguel ordena a Bartolo, el muchacho que cuida las vacas y carga la le\u00f1a, que barra el traspatio. Acumula el zagal toda la paja seca en alto mont\u00f3n, aprovechando un claro sin matas. Barrido todo, espera Bartolo el atardecer o la noche, para pegarle candela a la basura. Y Aurora es fiel a su costumbre de infancia de ir a ver quemar la paja. Cae el f\u00f3sforo prendido en una brizna, y la hermosura de la candela crepitante crece por momentos roja y escandalosa hasta llevar la llama a mayor alcance que las tapias del corral. El reflejo rojizo da a la cara boba de Bartolo una animaci\u00f3n extra\u00f1a. El muchacho revuelve el mont\u00f3n con una gran vara para que se destruya por completo. Y de repente, consumido el castillo fant\u00e1stico, se apaga en un momento. Las pavesas negras o grises empiezan a regarse con la brisa por todo el pueblo dormido.<\/p>\n\n\n\n<p>Hoy Aurora otra vez en el traspatio cierra con gancho la puerta r\u00fastica. Y libre de vigilancia ajena, se acuesta, como cuando chiquita, bajo el algarrobo de hojas oscuras y brillantes. Boca arriba, mira el cielo l\u00edmpido, manchado por livianas nubes viajeras. Por entre el follaje del algarrobo ve, como algo muy importante, los huequitos de fondo azul. El marco por el cual se asoma a la vida all\u00ed en el pueblo, le parece lejano y olvidado, de estar tanto tiempo sin mirarlo. El pueblo: para ella fastidio. Los domingos, la misa, \u00fanico punto de cita de todos. Sitio propicio para estrenarse el vestido nuevo, las medias de seda, o el sombrero reci\u00e9n tra\u00eddo. Luego, o\u00edr el serm\u00f3n del Padre, la mayor\u00eda de las veces un serm\u00f3n local casi personal, rudo, y sin belleza alguna.<\/p>\n\n\n\n<p>Al salir, una visita a las primas, a las t\u00edas, donde se prolonga a gusto la charla insubstancial. Aurora se aburre. Comentarios subrayados del \u00faltimo noviazgo, de lo que dijo o hizo do\u00f1a Margarita, donde Servando, o los forasteros de la otra calle.<\/p>\n\n\n\n<p>Con frecuencia prefiere Aurora los domingos despu\u00e9s de misa encerrarse a leer en el traspatio, todo el d\u00eda. Cuando logr\u00f3, de tanto escrib\u00edrselo a las primas de Caracas, conseguir la <em>Ifigenia <\/em>de Teresa de la Parra, abraz\u00f3 el grueso libro y todo el domingo se le alumbr\u00f3 de alegr\u00eda. Se meti\u00f3 sin zapatos en una hamaca, en el \u00faltimo cuarto de la casa, donde guardaban sillas de bestias, sin uso. Dio orden expresa a la sirvienta de que para todo el que llegara \u201cla ni\u00f1a Aurora estaba paseando a caballo\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p>Como a las seis de la tarde, oscuro ya, termin\u00f3 el libro. Con los ojos hinchones de tanto leer, se visti\u00f3 aprisa, y se sent\u00f3 a la ventana; pero todav\u00eda estaba dentro de la novela reci\u00e9n le\u00edda. En la penumbra de la sala parec\u00edale ver la di\u00e1fana silueta de t\u00eda Clara con la trenza encanecida sobre la espalda sumisa, y la vela encendida en la mano, tal como la entreviera Mar\u00eda Eugenia en el momento emocionante de la frustrada fuga.<\/p>\n\n\n\n<p>Del lado afuera de la ventana, llega una voz:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00bfEn qu\u00e9 piensa tanto?<\/p>\n\n\n\n<p>Aurora sale del recuerdo de t\u00eda Clara, y reconoce a Mauricio. Est\u00e1 vestido de casimir gris, bien peinado, y acabadito de afeitar.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00bfC\u00f3mo est\u00e1 Mauricio? \u2013dice ella sonriendo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Aqu\u00ed, se\u00f1orita, pensando en qui\u00e9n pensar\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00bfYo? \u00a1Si usted supiera! Acabo de leer un libro, y es ahora que lo estoy empezando a leer.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00a1Ah par\u00e1bola bien confusa! \u2013dice el gal\u00e1n, sonriendo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Mire, lo le\u00ed, es decir, me lo tragu\u00e9; volando. Y es ahora que de verdad me estoy dando cuenta del libro.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00a1Ah! \u00bfY le gust\u00f3?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Me sucede una cosa muy divertida. La Mar\u00eda Eugenia esa del libro tiene algunas cosas exactas a m\u00ed, como si yo fuera ella. Y creo que, como es un libro de mujer, la mujer del libro es una mujer de verdad, y se parece un poco a todas las mujeres.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Bueno, \u00bfy usted, es mujer de verdad?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Jes\u00fas con usted \u2013dice ella\u2013. Mire, lo que quiero decir, Mauricio, es que yo encuentro en algunas novelas escritas por hombres que las mujeres de estas novelas no son reales, son mujeres raras, casi fant\u00e1sticas. Puede ser que las haya as\u00ed. Pero yo no las he visto; y pienso que, como ellos son hombres, por m\u00e1s inteligentes y grandes escritores que sean, no pueden saber c\u00f3mo somos las mujeres por dentro. Casi siempre somos dos. Una por dentro y otra por fuera. Por m\u00e1s que no querramos; no es culpa de nosotras. \u00a1Y ustedes ven la de afuera!<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Caramba, Aurora, eso es una calamidad. \u00bfCu\u00e1ndo acabar\u00e9 yo entonces de conocerla a usted?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00bfConocernos? De conocernos s\u00ed, pero de hacernos conocer, no. Adem\u00e1s, Mauricio, es mejor as\u00ed.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00bfQu\u00e9? \u00bfNo conocerlas?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Claro, porque siempre tienen la ilusi\u00f3n que se tiene con las novias. La inquietud de lo que se nos escapa: entonces una as\u00ed, a medio conocer, es siempre novia por dentro.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Bueno; pero \u00bfcree usted que un hombre puede casarse tranquilo sin conocer exactamente las reacciones de su mujer, ante esta o aquella circunstancia de la vida?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00a1Mauricio! \u00bfCu\u00e1ntos a\u00f1os tiene usted? \u00bfO es que no se ha enamorado nunca de verdad verdad? \u00bfUsted cree de firme que los hombres cuando se casan conocen a la novia? \u00a1Qu\u00e9 va! Casi todos ustedes se encandilan; y se casan cieguitos; por eso es que hay tantos matrimonios que al poco tiempo son como un divorcio; y otras uniones que sin serlo parecen matrimonio. Mire, mientras m\u00e1s largos los amores, peores resultan los matrimonios. A m\u00ed me parece que esa forma de cosas debe cambiar. Yo pienso de otro modo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00bfSabe que me est\u00e1 interesando lo que me dice? \u00bfUsted lo piensa sinceramente?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Yo converso, Mauricio, lealmente, nunca digo mentiras, en las cosas sobre las cuales tengo derecho, las personales. Y estoy m\u00e1s segura de m\u00ed misma por dentro que por fuera. Empezando porque por fuera nunca me puedo ver. Usted no se imagina la angustia que me entra cuando pienso que mi cara, esta cara que usted est\u00e1 viendo y todo el mundo ve, el \u00fanico ser que teniendo vista no puede verla \u00a1soy yo misma! Nunca, nunca, de ning\u00fan modo podr\u00e9 saber cu\u00e1l es mi expresi\u00f3n real. Mire, cuando pienso en eso, cr\u00e9alo, \u00a1me da una grima!, \u00a1me crispo! Me dan ganas de cogerme los ojos y pon\u00e9rmelos frente a la cara o de cogerme la cara y pon\u00e9rsela por delante a los ojos. \u00a1Qu\u00e9 grima!<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00a1Qu\u00e9 cosas las suyas! \u00bfY el espejo? A m\u00ed nunca se me ha ocurrido pensar en eso.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Y creo que a nadie. Pero mire, el espejo es el espejo, reflejo y m\u00e1s nada. No es lo mismo. Y as\u00ed son las mujeres que uno ve en algunos libros. Reflejo, mujeres de espejo; pero yo no me conformo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Hay otra cosa donde ustedes pueden verse, Aurora. Esa no enga\u00f1a.<\/p>\n\n\n\n<p>Ella toma a mirarlo sorprendida, y observa que tiene una sonrisa p\u00edcara cosquille\u00e1ndole los labios.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00bfCu\u00e1l?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Los ojos. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00a1Qu\u00e9 gracia!<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Es en serio. Usted ve a una persona bien de frente, bien a los ojos, y casi puede decir que la ve por dentro. Los ojos no enga\u00f1an. \u00bfPor qu\u00e9 usted casi nunca me ve as\u00ed con calma, como ahorita?<\/p>\n\n\n\n<p>Aurora se levanta.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Mire, Mauricio, me voy. Me est\u00e1n llamando a comer. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Cont\u00e9steme. \u00bfPor qu\u00e9? \u2013dice el mozo, asido a los barrotes de la ventana, como para retener a la que se escapa.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00a1Ser\u00e1 porque no me interesa verlo por dentro! \u2013contesta Aurora, y la voz se pierde tras ella, en el interior de la casa todav\u00eda oscura.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/ada-perez-guevara\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre la autora<\/a><\/h4>\n\n\n\n<h6 class=\"wp-block-heading\">*Publicado en la compilaci\u00f3n <em>El hilo de la voz<\/em>, de Yolanda Pantin y Ana Teresa Torres (2015, Libros en red).<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Ada P\u00e9rez Guevara II (\u2026) Un c\u00edrculo. Arriba azul. Azul implacable e intenso. O gris sombr\u00edo. Ma\u00f1ana y tarde, nacen otros colores. Oro, rojo, gris, violado, naranja. Abajo, verde. Verde, siempre verde. En todas sus gamas, seg\u00fan el sitio o el tiempo. Arriba, un camino, impreciso, luminoso, que nadie sabe ni de d\u00f3nde viene ni [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":6,"featured_media":11903,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_monsterinsights_skip_tracking":false,"_monsterinsights_sitenote_active":false,"_monsterinsights_sitenote_note":"","_monsterinsights_sitenote_category":0,"footnotes":""},"categories":[15],"tags":[],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/11902"}],"collection":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/users\/6"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=11902"}],"version-history":[{"count":3,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/11902\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":11907,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/11902\/revisions\/11907"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media\/11903"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=11902"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=11902"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=11902"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}