{"id":1179,"date":"2021-09-08T23:43:26","date_gmt":"2021-09-08T23:43:26","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=1179"},"modified":"2023-11-24T15:18:08","modified_gmt":"2023-11-24T15:18:08","slug":"ovejon","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/ovejon\/","title":{"rendered":"Ovej\u00f3n"},"content":{"rendered":"<h4 style=\"text-align: right;\">Luis M. Urbaneja Achelpohl<\/h4>\n<div>Y en las bocacalles, sobre el camino real, se aglomeraban grupos de curiosos, que, alarmados, Repet\u00edan:<\/div>\n<p>\u2014\u00a1Ovej\u00f3n! \u00a1Ovej\u00f3n!\u2026<\/p>\n<p>Sin embargo, en la carretera no se distingu\u00eda nada, sino el sol arag\u00fce\u00f1o dorando la polvareda.<\/p>\n<p>Nadie hab\u00edalo visto, pero la gente armada que en su seguimiento ven\u00eda desde Zuata, atropellando el sendero, as\u00ed lo aseguraba. Ellos dieron la voz de alarma. Tal hu\u00e9sped no era para dormir con las puertas de par en par, seg\u00fan la vieja costumbre de los vecinos, qui\u00e9n sabe si obligados por el cultivo que constitu\u00eda una de las fuentes de su prosperidad: el ajo, el ajo, que por cuentas de ristra, como blancas y nudosas crinejas colgaban en todas las ahumadas vigas de las cocinas, en las madrinas de los corredores, en las salas y a\u00fan en la misma sacrist\u00eda de la vieja iglesia, por los grandes d\u00edas de la cosecha, en aquel risue\u00f1o poblado, el m\u00e1s alto orgullo de la feroz comarca.<\/p>\n<p>Ovej\u00f3n, como de costumbre, hab\u00eda desaparecido a la vista de sus perseguidores, en el momento tr\u00e1gico, cuando bien apuntado lo ten\u00edan y con s\u00f3lo tirar del gatillo de las carabinas, hubiese rodado hecho un manare al ancho pecho. Pero el bandido extendi\u00f3 ante ellos como una niebla cegadora y escap\u00f3. Ovej\u00f3n. Ovej\u00f3n sab\u00eda muchas oraciones.<\/p>\n<p>Los grupos de curiosos desperdig\u00e1banse, volv\u00edan a sus casas comentando lo ocurrido: aquello era lo de siempre, carreras y sustos, y Ovej\u00f3n haciendo de las suyas. Aquellas horas, cu\u00e1n lejos estar\u00eda de los alrededores\u2026<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><b>\u2026<\/b><\/p>\n<div>Con una suave tonalidad de violetas, en el vasto cielo inici\u00e1base el crep\u00fasculo, un crep\u00fasculo de seda. En las colinas desnudas de altos montes tend\u00edase un verde como nuevo y lozano, un verde de primavera, y en las crestas monta\u00f1osas, un oscuro verde intenso, como el perenne de los matapalos laureles. Casi blanca, cual una flor de urape, la estrella de los luengos atardeceres, en el Poniente, en apariencia fija y silenciosa, prestaba al ambiente una dulcedumbre pastoril. Todo en la campi\u00f1a era grave y apacible; sobre la alta flecha de la iglesia se espolvoreaba una rubia mancha de luz. En el paso del r\u00edo, en medio de los ca\u00f1amargales, el agua se deslizaba, clara, limpia, con un grato rumoreo, y en medio de las ca\u00f1as y malezas brillaban destellos de sol azulosos y anaranjados.<\/div>\n<p>Un mendigo, sucio y roto, abofallado el rostro, los labios gruesos y la piel cetrina, llena de nudos y p\u00fastulas, penosamente arrastraba un pie descomunal, hinchado, deforme, donde los dedos erectos semejaban peque\u00f1os cuernos bajo una piel agrietada y escamosa. Un destello de sol viol\u00e1ceo y fulgente envolv\u00eda al mendigo, quien hac\u00eda por esguazar el r\u00edo saltando sobre las chatas piedras verdosas y lucientes por la babosidad del limo. A lo lejos un manch\u00f3n de boras, cual una diminuta isla anclada en medio de la corriente, se mec\u00eda, y el nen\u00fafar de los r\u00edos criollos comenzaba a entreabrir sus anchos c\u00e1lices sobre las aguas tibias. De cuando en cuando, desde una ca\u00f1a cimbreante, el mart\u00edn\u2014pescador se dejaba caer como una flor de oro al agua y alzaba de nuevo revoloteando, entre sus gritos secos.<\/p>\n<p>El mendigo se apoyaba en una vara alta y su burda alforja limosnera le colgaba a un lado, escu\u00e1lida, sin que en ella siquiera se dibujara el disco abultado y duro de una arepa arag\u00fce\u00f1a, dorada al rescoldo.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><b>\u2026<\/b><\/p>\n<div>Avanzaba el mendigo y la luz fuerte y viol\u00e1cea her\u00eda sus ojos opacos, en tanto que tanteaba con la vara la firmeza de los pedruscos y alargaba con precauci\u00f3n su pie deforme. La babasa era traidora y la luz cegaba, y el mendigo cay\u00f3 de bruces contra las piedras y la estacada, que cual una triple hilera de dientes enjuncados, resguardaba de los embates de las crecientes a aquellas pr\u00f3digas tierras de labrant\u00edo, famosas ya, antes que el sabio germano las apellidara jard\u00edn.<\/div>\n<p>A los ayes lastimeros del mendigo surgi\u00f3 un hombre apartando la maleza. Era de mediana estatura y sus ojos fulguraban. Su mirar era inquieto, pero en las l\u00edneas duras de su boca vagaba en veces una sonrisa bonachona y mansa.<\/p>\n<p>El hombre se lanz\u00f3 al r\u00edo, como si el mendigo fuese un ni\u00f1o, lo tom\u00f3 por debajo de los brazos y lo sac\u00f3 con gran suavidad al talud. El mendigo era todo ayes y lamentos. Su carne podrida, magullada, no hab\u00eda c\u00f3mo tocarla. El tobillo deforme sangraba. Un \u00f1aragato con sus curvas y recias espinas rasgara profundamente aquellas carnes fofas. Gruesas l\u00e1grimas aboton\u00e1banse al borde de sus p\u00e1rpados hinchados.<\/p>\n<p>El hombre levant\u00f3 los ojos y mir\u00f3 alrededor. Su mirada fue larga y honda, como una requisitoria que llegara al fondo de los boscajes y las malezas. Y todo era calma y penumbra en la solemnidad del atardecer. S\u00f3lo el mart\u00edn\u2014pescador, desde la ca\u00f1a cimbreante se dejaba caer como una flor de oro al agua y alzaba revoloteando, entre sus secos gritos.<\/p>\n<p>El hombre se aproxim\u00f3 al mendigo, examin\u00f3 la herida y con el agua del r\u00edo comenz\u00f3 a lavarla, como lo hiciera una madre a su tierno infante. La sangre no se deten\u00eda, no era violenta, pero s\u00ed continua. El hombre se alej\u00f3. Inclinado sobre la tierra buscaba entre los yerbajos. Se incorpor\u00f3. Entre sus dedos fuertes ten\u00eda hecha una masa con unos tallos verdes. La aplic\u00f3 a la herida y como el mendigo no tuviese un trapo propio para su vendaje desabroch\u00f3 la amplia camisa de arriero, que le cubr\u00eda del cuello a la pantorrilla, y sac\u00f3 un pa\u00f1uelo de seda, uno de esos vistosos pa\u00f1uelos de pura seda, con que la gente que ven\u00eda de Las Canarias gustaba regalarnos en su comercio de contrabando.<\/p>\n<p>El mendigo ve\u00eda hacer al hombre sin decir palabra y \u00e9ste s\u00f3lo atend\u00eda a la herida.<\/p>\n<p>Cuando la sangre se mengu\u00f3, el hombre aplic\u00f3 el vendaje. Ni la m\u00e1s ligera sombra purpurada te\u00f1\u00eda la albura de la seda. Una sonrisa de satisfacci\u00f3n apunt\u00f3 a los labios del hombre. El mendigo murmuraba:<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Gracias!\u2026 Estoy curado.<\/p>\n<p>El hombre:<\/p>\n<p>\u2014No tengas miedo. El cosepellejos cerrar\u00e1 tu herida.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><b>\u2026<\/b><\/p>\n<div>El mendigo hac\u00eda por levantarse. El hombre le tendi\u00f3 la mano cordialmente y le puso en pie. Sus ropas estaban empapadas, adheridas al cuerpo. El hombre se deshizo de su camisola de arriero y se la obsequi\u00f3.<\/div>\n<p>El mendigo le miraba admirado; bajo la burda camisa, el hombre llevaba encima un terno fino de blanco hilo. Y mientras \u00e9ste le ayudaba a cubrir con la camisola, le examinaba atento. Un detalle se fij\u00f3 en su mente: los ojos eran brillantes, muy brillantes, y el pelo, crespo y melcochado.<\/p>\n<p>El hombre, al ponerle en sus manos la vara en que se apoyaba, recogi\u00f3 del suelo la alforja limosnera y viendo que \u00e9sta se hallaba vac\u00eda, desabroch\u00f3 la ancha faja, de la que pend\u00edan un pu\u00f1al y un rev\u00f3lver de grueso calibre y de ella extrajo, una tras otra, muchas bambas y, como en ellas viniera un venezolano de oro, lo mir\u00f3 un instante y ech\u00f3 todo en la alforja y dijo:<\/p>\n<p>\u2014Para ti debe ser, porque por su boca sali\u00f3.<\/p>\n<p>El mendigo quiso besarle las manos. Era aquello un tesoro con que no hab\u00eda so\u00f1ado nunca. D\u00e1bale las gracias y le bendec\u00eda. Caminaba tras \u00e9l con la boca rebosando gratitud. El hombre se volvi\u00f3 y dijo:<\/p>\n<p>\u2014Hoy por ti, ma\u00f1ana por m\u00ed.<\/p>\n<p>El sol ya no ofuscaba los ojos del mendigo. El poblado no estaba distante. A\u00fan brillaba una dulce claridad en aquel largo atardecer de oto\u00f1o y ech\u00f3 a andar alegremente, sin cuidarse de su pie deforme. Venus ya no era una n\u00edtida flor de urape, sino un venezolano de oro en la gloria del crep\u00fasculo.<\/p>\n<p>A\u00fan el farolero no se hab\u00eda entregado a su habitual tarea. Su escalera hall\u00e1base arrimada a la pared bajo el farol por el cual comenzaba siempre. Adentro, en la pulper\u00eda, en un vaciar de tragos, comentaba junto con otros la \u00faltima haza\u00f1a de Ovej\u00f3n. En Zuata robara a un hacendado y matara un hombre a pu\u00f1aladas.<\/p>\n<p>A la puerta de la pulper\u00eda asom\u00f3 la faz abofallada, llena de nudos y p\u00fastulas, el mendigo. Ante su pie deforme, todos callaron, esperando o\u00edr su voz pla\u00f1idera implorando la caridad, en tanto que su escu\u00e1lida mano alargara el sombrero, sucio y deshilachado, para recoger la d\u00e1diva. Pero el mendigo se lleg\u00f3 hasta el mostrador y pidi\u00f3 un trago. Bajo la luenga camisola sent\u00eda la humedad de sus ropas y ten\u00eda hambre y fr\u00edo. Bebi\u00f3 la ca\u00f1a vieja y paciente se dio a masticar el pan duro de la mendicidad.<\/p>\n<p>Los otros, sin verle, prosiguieron su charla. Dijo el farolero:<\/p>\n<p>\u2014De que tiene oraciones, las tiene.<\/p>\n<p>Un negro embarrador de ca\u00f1a en una hacienda vecina, pringoso y oliente a melaza, afirm\u00f3: \u2014Lo que tiene es un escapulario ensalmado. Mientras lo lleve encima, nunca le pegar\u00e1 una bala.<\/p>\n<p>El pulpero, descre\u00eddo:<\/p>\n<p>\u2014Lo que tiene son alcahuetes; \u00a1a que si le espanto un tiro con mi morocha se le acaba la gracia!<\/p>\n<p>Un mocet\u00f3n aindiado:<\/p>\n<p>\u2014Yo quisiera conocer a Ovej\u00f3n por ganarme los quinientos pesos. Quinientos pesos dan a quien lo coja vivo o muerto.<\/p>\n<p>El negro pringoso:<\/p>\n<p>\u2014Es muy f\u00e1cil. Es un catire, de buen tama\u00f1o, con los ojos como dos monedas y el pelo como una melcocha bien batida. Anda, ve a buscarlo al monte. Cuando lo traigas me brindar\u00e1s el trago.<\/p>\n<p>El farolero:<\/p>\n<p>\u2014Este trago ya me lo estoy bebiendo. No hay mejor aguardiente como el de los velorios.<\/p>\n<p>El mendigo hac\u00eda por ablandar entre su boca el ribete de una torta de cazabe e interiormente pensaba: \u00abEl hombre del r\u00edo, el hombre del r\u00edo es Ovej\u00f3n. Quinientos pesos a quien le entregue vivo o muerto. El brujo Ovej\u00f3n, quien tiene el alma vendida. Si le entregara no perder\u00eda m\u00e1s. No me arrastrar\u00eda por los caminos. Me curar\u00eda mi pierna. \u00a1Quinientos pesos!\u2026 Con dinero los m\u00e9dicos me sanar\u00edan.\u00bb El mendigo meti\u00f3 la mano en su alforja en busca de otro pedazo de cazabe y sus dedos tropezaron con las monedas. All\u00ed estaba el venezolano de oro. Torn\u00f3 a pensar: \u00abOvej\u00f3n debe tener muchos como \u00e9ste. No tiene grima en dar. Es un buen coraz\u00f3n, y \u00bfpor qu\u00e9 robar\u00e1? Es caritativo. Estos, los que aqu\u00ed est\u00e1n, me tienen asco, no me hubieran lavado el pie. \u00bfPor qu\u00e9 inspir\u00e9 l\u00e1stima a \u00e9se, quien mata y roba en los caminos?\u00bb Y record\u00f3 sus ojos y sus cabellos melcochados. Su boca dura y su mansa sonrisa.<\/p>\n<p>En la calle sinti\u00f3 el paso largo y acompasado de una cabalgadura. El mendigo se volvi\u00f3 para ver.<\/p>\n<p>En un caballo moro iba un hombre de altas botas jacobinas, con una cobija de pell\u00f3n en el pico de la silla. Al pasar frente a la pulper\u00eda marchaba a todo andar. El hombre del caballo volvi\u00f3 la faz y los ojos del mendigo se encontraron con los del jinete. La boca de aqu\u00e9l se abri\u00f3, alargada, pero se cerr\u00f3 en seguida.<\/p>\n<p>El pulpero sac\u00f3 la cabeza para ver. El del caballo iba lejos; el pulpero observ\u00f3:<\/p>\n<p>\u2014Buena bestia.<\/p>\n<p>El mendigo, interiormente: \u00abEs \u00e9l, Ovej\u00f3n; le vi los ojos, luc\u00edan como dos monedas, como dos pu\u00f1ales.\u00bb El farolero:<\/p>\n<p>\u2014Voy a encender el farol.<\/p>\n<p>Un negro pringoso, mechificando al indio:<\/p>\n<p>\u2014\u00bfPor qu\u00e9 no te has ido en busca de Ovej\u00f3n? Cuidado si esta noche lo tropiezas metido en tu chinchorro. Anda por el pueblo. Esta noche es de patrulla. Cuidado con Ovej\u00f3n.<\/p>\n<p>El mendigo, para s\u00ed: \u00abEra \u00e9l, era \u00e9l. Va huyendo. Mat\u00f3 a uno. Rob\u00f3 a otro. \u00bfA qui\u00e9n matar\u00eda? \u00bfA qui\u00e9n robar\u00eda?\u00bb<\/p>\n<p>Por el camino se acercaban cuatro hombres corriendo. Ven\u00edan armados. Entraron en la pulper\u00eda de sopet\u00f3n.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfNo le han visto pasar?<\/p>\n<p>El pulpero:<\/p>\n<p>\u2014\u00bfA qui\u00e9n? \u00bfA qui\u00e9n?<\/p>\n<p>\u2014\u00a1A Ovej\u00f3n! \u00a1A Ovej\u00f3n!\u2026<\/p>\n<p>Todos se vuelven asombrados:<\/p>\n<p>\u2014\u00a1A Ovej\u00f3n! \u00a1A Ovej\u00f3n!<\/p>\n<p>Los hombres:<\/p>\n<p>\u2014Se ha robado la yegua mora. \u00a1La montura y las botas del general!\u2026<\/p>\n<p>Los hombres:<\/p>\n<p>\u2014\u00bfNo le han visto pasar?<\/p>\n<p>El Pulpero:<\/p>\n<p>\u2014Uno pas\u00f3.<\/p>\n<p>Los hombres:<\/p>\n<p>\u2014\u00bfEn la Yegua mora?<\/p>\n<p>El Pulpero, volvi\u00e9ndose al mendigo:<\/p>\n<p>\u2014Mira t\u00fa, que te pusiste a mirar. \u00bfEra una yegua mora?<\/p>\n<p>El mendigo:<\/p>\n<p>\u2014No la vi.<\/p>\n<p>El pulpero:<\/p>\n<p>\u2014Suelten la potranca. Ella buscar\u00e1 el rumbo de la madre.<\/p>\n<p>El indio:<\/p>\n<p>\u2014Suelten la potranca y los quinientos pesos ser\u00e1n nuestros.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><b>\u2026<\/b><\/p>\n<div>El mendigo se escurri\u00f3 como una sombra. A lo largo de la calle se alejaba renqueando. El farolero encend\u00eda los mecheros. La gente, armada, soltaba la potranca y corr\u00eda tras ella. El mendigo hab\u00eda dejado atr\u00e1s la \u00faltima casa del poblado y se perd\u00eda en la carretera. Se detuvo en un recodo. Era aqu\u00e9l un paso estrecho y peligroso. Se agazap\u00f3 contra el talud.<\/div>\n<p>Pronto sinti\u00f3 el correr menudo de la potranca. Era una potranca nuevecita. A lo lejos se o\u00eda el voceo de los hombres, quienes ven\u00edan reclutando voluntarios. El trote se hizo m\u00e1s cercano. La potranca estaba all\u00ed, en el recodo El mendigo alz\u00f3 su palo con ambas manos y lo descarg\u00f3 con fuerza sobre la cabeza del animal. La potranca se detuvo, aturdida. Otro golpe la hizo precipitar al barranco.<\/p>\n<p>El mendigo gan\u00f3 los sombr\u00edos cafetales e interiormente murmuraba: \u00abHoy por ti, ma\u00f1ana por m\u00ed.\u00bb<\/p>\n<p>Y Venus, en el ocaso, resplandec\u00eda como un venezolano de oro.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/luis-manuel-urbaneja-achelpohl\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n<h6>*Hacienda de Los Ruices, \u00f3leo de Tomas Golding<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Luis M. Urbaneja Achelpohl Y en las bocacalles, sobre el camino real, se aglomeraban grupos de curiosos, que, alarmados, Repet\u00edan: \u2014\u00a1Ovej\u00f3n! \u00a1Ovej\u00f3n!\u2026 Sin embargo, en la carretera no se distingu\u00eda nada, sino el sol arag\u00fce\u00f1o dorando la polvareda. 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