{"id":11770,"date":"2024-05-03T20:20:05","date_gmt":"2024-05-03T20:20:05","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=11770"},"modified":"2024-05-03T20:20:05","modified_gmt":"2024-05-03T20:20:05","slug":"la-distancia-de-los-cuerdos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/la-distancia-de-los-cuerdos\/","title":{"rendered":"La distancia de los cuerdos"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Mar\u00eda Eugenia Seijas Rodr\u00edguez<\/h4>\n\n\n\n<p><strong>Los cuatro del piso siete<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>La cocina queda al frente de la puerta principal del apartamento. Si estoy en la cocina, veo la puerta y oigo todo lo que pasa en el pasillo del piso siete. Desde hace media hora se alterna el timbre de mi vecino de al lado con su tel\u00e9fono. No le hago caso. Eso no tiene nada que ver conmigo.<\/p>\n\n\n\n<p>Me acerco a la mirilla y observo que Alicia, mi vecina de enfrente, est\u00e1 asomada a su puerta. Tambi\u00e9n debe haber escuchado el contrapunteo entre timbre y tel\u00e9fono. Ella s\u00ed sali\u00f3. Intercambia palabras con un hombre de rostro paralizado, tenso, quien ahora toca el timbre y llama desde su celular al mismo tiempo, supongo que al tel\u00e9fono de mi vecino.<\/p>\n\n\n\n<p>Alicia se encamina hacia mi puerta. Me alejo de la mirilla. Qu\u00e9 fastidio, me va a llamar. Esa muchacha parece que no puede dar un paso sola. Es incre\u00edble que viva en ese apartamento sin compa\u00f1\u00eda, porque no conozco a otra persona tan dependiente como ella. Solo le falta llamarme para que la acompa\u00f1e a botar la basura. Y no es por lo chiquita, porque es solo un poco m\u00e1s baja que yo; pero tiene esa personalidad de perro faldero que desea ser llevado en brazos a todos lados. Claro que me va a llamar. Me va a tocar el timbre.<\/p>\n\n\n\n<p>Al abrir me hago la desentendida. Alicia se apresura a contarme que el muchacho del pasillo es el hijo del se\u00f1or Edgardo, mi vecino de al lado, y le ha dicho que tiene una semana sin localizar a su pap\u00e1. Mientras habla, sus ojos guayoyo reci\u00e9n colado van y vienen entre el muchacho y yo, y su tez morena clara va perdiendo melanina. Me cuenta que, en su preocupaci\u00f3n, el hijo del vecino se vino al apartamento, pero nadie responde ni a la puerta ni al tel\u00e9fono. Claro, ahora entiendo la expresi\u00f3n postb\u00f3tox del hombre.<\/p>\n\n\n\n<p>Y yo me pregunto, calcul\u00e1ndole por encima unos treinta a\u00f1os: \u00bfqui\u00e9n pudo dejarse pre\u00f1ar por ese troglodita hace tres d\u00e9cadas? Es incre\u00edble que mi vecino haya procreado. Yo jam\u00e1s me hubiera imaginado que ese individuo hubiese podido tener alguna relaci\u00f3n de tipo social. Pero ah\u00ed est\u00e1 la prueba, parada frente a la puerta: alto como el padre, pero sin la cara de n\u00e1useas ni los veinte kilos de m\u00e1s. Si le pongo mucha imaginaci\u00f3n, puedo encontrarle alg\u00fan parecido con su progenitor. Pero qu\u00e9 va; este muchacho, por suerte, debe haber salido a la madre.<\/p>\n\n\n\n<p>Alicia, como es de esperarse, est\u00e1 nervios\u00edsima. Ya puso cara de que va a llorar y ha empezado a tirar de un mech\u00f3n de su cabello de virgencita de pueblo. De ese lado debe tener el pelo m\u00e1s liso que del otro, de tanto sob\u00e1rselo entre el pulgar y el \u00edndice. Esta ni\u00f1a, si se le puede llamar as\u00ed a alguien de casi treinta, un d\u00eda se va a dejar pelona.<\/p>\n\n\n\n<p>Entonces se abre el ascensor y salen unos ojos cielo transparentes colgados de una figura enorme, con pinta de campesina holandesa cincuentona de cabello rubio entrecano atado con una cola. Es la que faltaba, la cuarta habitante del piso siete del Yagua: la se\u00f1ora Paula. Alicia la pone al corriente de inmediato y, mientras la escucha, la reci\u00e9n llegada no le quita la vista al muchacho, quien sin ninguna l\u00f3gica sigue puyando el timbre del apartamento de su padre. Creo que Paula est\u00e1 pensando exactamente lo mismo que yo: \u00bfa qui\u00e9n se le ocurri\u00f3 dejarse tocar por el se\u00f1or Edgardo? Lo imagino porque dibuja una mal disimulada sonrisa. Y lo gracioso es que, en vez de estar preocupadas por el vecino, de lo que estamos pendientes es de la ins\u00f3lita idea de una mujer en la cama con ese ser proveniente del Paleol\u00edtico\u2026 \u00a1Qu\u00e9 asco!<\/p>\n\n\n\n<p>El muchacho le pregunta a la se\u00f1ora Paula lo que ya Alicia y yo contestamos, y su respuesta es la misma: \u00abDesde hace una semana no veo al se\u00f1or Edgardo\u00bb. Si acaso es posible, el rostro de Luis Alfredo, el muchacho, se torna m\u00e1s r\u00edgido a\u00fan. Ahora s\u00ed parece que tiene una par\u00e1lisis facial. Vuelve a agarrar su celular pero esta vez busca un n\u00famero en la agenda de su tel\u00e9fono. Llama a un cerrajero. Le pide que venga de inmediato: es una emergencia.<\/p>\n\n\n\n<p>Las tres vecinas nos ponemos a hablar y comentamos que es extra\u00f1o no haber visto al se\u00f1or Edgardo por esos d\u00edas. No es alguien que pasa inadvertido, y no lo digo por su porte de boxeador peso completo, sino por el hecho de que donde est\u00e9 siempre pasa algo. Donde haya un problema en el edificio, puedes estar seguro de encontrarlo a \u00e9l. Es como si molestar fuera el objetivo de su vida. Por eso es ins\u00f3lito que durante toda una semana ninguna de nosotras haya tenido un encuentro, por as\u00ed decirlo, con ese tipo. Es casi imposible. Mis vecinas comentan que ni siquiera han sentido a Cabr\u00f3n\u2026 su perro. S\u00ed, le puso Cabr\u00f3n a su rottweiler, un adefesio pellejudo al que nunca ba\u00f1a y que no pierde oportunidad para salir a da\u00f1ar algo en el edificio.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando llega el cerrajero, a Alicia ya no le quedan coyunturas sanas en las manos de tanto restreg\u00e1rselas contra el vientre. Paula sigue viendo al muchacho de arriba a abajo, detall\u00e1ndolo como para reproducirlo en un lienzo. Yo estoy a la expectativa de lo que se va a encontrar en ese apartamento cuando violen su cerradura barata.<\/p>\n\n\n\n<p>El trabajo es f\u00e1cil y pronto se abre la puerta. El hijo del se\u00f1or Edgardo empieza un paso, pero reprime el movimiento por un instante. Luego de exhalar ruidosamente, entra al apartamento con marcha firme, aunque lenta. Ninguna de nosotras lo sigue, pero nos golpea un fr\u00edo hedor que sopla desde adentro.<br>Paula se tapa la nariz sin disimulo y Alicia da unos pasos hacia atr\u00e1s, hasta que la pared le impide continuar. El cerrajero, con gesto indiferente, se aparta de la puerta y empieza a guardar sus herramientas. Saca una cerradura nueva, con la que imagino que remplazar\u00e1 la da\u00f1ada cuando todo esto termine. Al cabo de unos instantes, Luis Alfredo sale del \u00e1rea de los cuartos. Solo resta por revisar la cocina, que tiene la puerta cerrada. Al abrirla, el olor arrecia; sin duda, de ah\u00ed proviene. El muchacho se queda parado bajo el lindel por un instante, obstruy\u00e9ndonos la vista. Cuando por fin entra, desde el pasillo podemos ver el interior de la cocina: est\u00e1 vac\u00eda. Logro distinguir unas ollas sobre las hornillas y un plato en la mesa. Luis Alfredo abre la nevera y saca un cart\u00f3n de leche que, por su expresi\u00f3n, entendemos que est\u00e1 fermentada. Luego se acerca a la mesa de pantry y toma algo que mete en su bolsillo.<\/p>\n\n\n\n<p>Con el rostro m\u00e1s relajado y la voz menos tensa, sale y nos informa que en el apartamento no hay nadie. Nos cuenta que la cocina est\u00e1 horrible, que hay un plato a medio comer y unas ollas sin lavar. Hay gusanos en el tope de granito y en el bote de basura. \u00abHay gusanos hasta en el piso\u00bb, murmura sin mirarnos. Entonces vuelvo a ver hacia la cocina y noto el festival de insectos rastreros y voladores que merodean por el tope de piedra gris.<\/p>\n\n\n\n<p>Adem\u00e1s, el muchacho dice que el aire acondicionado est\u00e1 prendido. El hijo del se\u00f1or Edgardo vuelve a sacar su celular. Esta vez llama a la polic\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>El infame se\u00f1or Edgardo<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Recuerdo que la griter\u00eda me despert\u00f3 aquella ma\u00f1ana de domingo. Afuera, las nubes cubr\u00edan obsesivamente el cielo. Adentro, yo maniobraba en la inestabilidad de mi estado de \u00e1nimo, tambi\u00e9n encapotado. En esos tiempos no era necesaria la lluvia para que mis d\u00edas fueran nublados. A\u00fan atolondrada por el efecto del somn\u00edfero de la noche anterior, busqu\u00e9 la fuente del barullo: ven\u00eda del pasillo del piso siete. Acerqu\u00e9 mi ojo a la mirilla y entonces entend\u00ed lo que pasaba: era otro de los tantos atajaperros que se armaban entre mis vecinos.<\/p>\n\n\n\n<p>La de la derecha, Paula, le gritaba a mi vecino de la izquierda. Alicia estaba tambi\u00e9n en el pasillo presenciando todo con los ojos redondos de la impresi\u00f3n y las manos apretadas contra el est\u00f3mago. Abr\u00ed la puerta de mi apartamento y de inmediato me lleg\u00f3 el perfume dulce de mi vecinita de enfrente. Ella me mir\u00f3 como pidiendo ayuda y volvi\u00f3 los ojos hacia la se\u00f1ora Paula, quien manoteaba en el aire y gritaba al vecino con voz de parlante.<\/p>\n\n\n\n<p>La verdad es que el se\u00f1or Edgardo justificaba todo lo que se dec\u00eda de \u00e9l. Ese croma\u00f1\u00f3n XL hac\u00eda lo que le provocaba, sin importarle a qui\u00e9n se llevaba por delante: era una de esas personas que no saben vivir en sociedad. A nadie le extra\u00f1aba que a sus sesenta y tantos no se le conociera otra compa\u00f1\u00eda que su perro, que de no ser porque lo paseaba con correa, quiz\u00e1s hubiese pegado una carrera y huido con todo y sus pulgas. Ese d\u00eda el hombre hab\u00eda vuelto a dejar unas botellas rotas en el cuarto de la basura y la se\u00f1ora Paula se hab\u00eda cortado al entrar. Cuando, con el pie ba\u00f1ado en sangre, ella fue a reclamarle, \u00e9l le dijo mir\u00e1ndola de reojo:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014De esos dedos gordos que tiene debe haber salido un bistec o por lo menos una milanesa.<\/p>\n\n\n\n<p>En serio, hab\u00eda momentos en los que provocaba agarrar al tipo por el cuello y exprim\u00edrselo hasta que soltara jugo. Sin embargo, pienso que la se\u00f1ora Paula reaccionaba de una manera exagerada. Perd\u00eda los estribos, los gritos se o\u00edan en todo el edificio, y se le iba tanta sangre a la cara que parec\u00eda un bombillo de puticlub. Esa ma\u00f1ana, del dedo de su pie manaba sangre con mucha presi\u00f3n y r\u00e1pidamente se hizo un charco. El olor met\u00e1lico invadi\u00f3 el espacio. Y mi boca.<\/p>\n\n\n\n<p>Alicia tambi\u00e9n ten\u00eda contratiempos con el se\u00f1or Edgardo. Pero ella y yo reclam\u00e1bamos de una manera distinta, m\u00e1s calmada y c\u00edvica, aunque igual de inefectiva. Una vez hasta recurrimos a la junta de condominio. Por supuesto, eso solo sirvi\u00f3 para que ellos corroboraran, cuando intentaron hablar con nuestro vecino, que con ese neandertal no se pod\u00eda tratar.<\/p>\n\n\n\n<p>Aun as\u00ed, yo no armaba zaperocos como lo hac\u00eda la se\u00f1ora Paula. Mi padre creci\u00f3 en el campo y benefici\u00f3 cochinos hasta los dieciocho a\u00f1os, cuando se vino a la capital. Fue campesino, pero nunca un salvaje. Por el contrario, siempre ha sido una persona ecu\u00e1nime y as\u00ed me form\u00f3. Por eso yo ni siquiera alzaba la voz cada vez que ten\u00eda un encuentro desagradable (lo cual es una redundancia) con ese personaje del piso siete. Claro que me molestaba e indignaba su proceder, pero yo recurr\u00eda a canales c\u00edvicos sin aspavientos.<\/p>\n\n\n\n<p>Creo que esa ma\u00f1ana de gritos y manoteos, cuando la se\u00f1ora Paula dibujaba un mapa de sangre en el piso, mi vecina solo estaba explotando por la acumulaci\u00f3n de todas las razones que nos daba el se\u00f1or Edgardo para odiarlo. Despu\u00e9s de ese d\u00eda deb\u00edamos hacer algo. No pod\u00edamos seguir viviendo as\u00ed, con ese tipo haciendo cuanto le daba la gana.<\/p>\n\n\n\n<p>El impresentable, su panza y su perro dejaron a la se\u00f1ora Paula hablando sola, o m\u00e1s bien gritando sola en el pasillo. As\u00ed, sin m\u00e1s ni m\u00e1s, se dio la vuelta y le cerr\u00f3 la puerta en la cara, sonriendo como para dejar claro que le importaba un comino lo que le dijeran. Por el contrario, le divert\u00eda much\u00edsimo.<\/p>\n\n\n\n<p>Alicia hizo el amago de agarrarle el brazo a la se\u00f1ora Paula y emiti\u00f3 un susurro ahogado del que apenas distingu\u00ed algo sobre ir a una cl\u00ednica. Pero la mujer daba alaridos parada en el mismo lugar, con los pu\u00f1os apretados y los brazos como cabillas a sus costados, diciendo que no ir\u00eda a ninguna parte sin antes darle su merecido a ese hombre. Le gritaba cobarde, que saliera de su madriguera, que le iba a caer a batazos a \u00e9l y a su perro asqueroso. Entonces habl\u00e9 con fuerza y logr\u00e9 apabullar su voz; pr\u00e1cticamente le orden\u00e9 que entrara a mi apartamento para revisarle el pie.<\/p>\n\n\n\n<p>Fuimos a mi cocina y la sent\u00e9 en una de las dos sillas de mi delicada mesita de pantry BoConcept, tan costosa pero\u2026 qu\u00e9 le iba a hacer, ten\u00eda que sentarla en alguna parte. Busqu\u00e9 en mi ba\u00f1o agua oxigenada y gasa; ser\u00eda un error usar algod\u00f3n, ya que las pelusas se quedar\u00edan adheridas a la carne viva. Luego de intentar en vano secar la sangre, que segu\u00eda emergiendo como manantial, me di cuenta de que necesitaba puntos, pues la cortada era t\u00e9trica: extensa y profunda. Alicia volvi\u00f3 a mencionar la cl\u00ednica, esta vez de manera m\u00e1s audible. Sugiri\u00f3 llevarla a la Leopoldo Aguerrevere, una cl\u00ednica que queda a una cuadra del edificio. Fue a su apartamento para vestirse. La se\u00f1ora Paula no ten\u00eda \u00e1nimo ni de arreglarse. Se ir\u00eda como estaba, en pantal\u00f3n de mono, franela y cholas. De cualquier forma no pod\u00eda calzarse con el pie en ese estado.<\/p>\n\n\n\n<p>Yo segu\u00eda en bata de dormir. Ni siquiera me hab\u00eda puesto un sost\u00e9n. No me importaba que mis vecinas me vieran as\u00ed. La verdad es que llevaba tiempo sin importarme c\u00f3mo luc\u00eda ante los dem\u00e1s.<\/p>\n\n\n\n<p>Justo cuando Alicia regres\u00f3 con las llaves del carro, el tel\u00e9fono de mi casa empez\u00f3 a sonar. Antes de que yo atendiera la llamada y ella se fuera con la se\u00f1ora Paula del brazo, alcanz\u00f3 a decir con una firmeza que no le conoc\u00eda:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Chama, esta vez tenemos que tomar cartas en el asunto. Hay que hacer algo. \u00a1Algo radical!<\/p>\n\n\n\n<p>Esa fue la \u00faltima vez que el se\u00f1or Edgardo fue visto en el edificio.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Mar\u00eda Eugenia Seijas Rodr\u00edguez Los cuatro del piso siete La cocina queda al frente de la puerta principal del apartamento. Si estoy en la cocina, veo la puerta y oigo todo lo que pasa en el pasillo del piso siete. 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