{"id":11709,"date":"2024-04-27T21:06:43","date_gmt":"2024-04-27T21:06:43","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=11709"},"modified":"2024-11-07T17:18:48","modified_gmt":"2024-11-07T21:48:48","slug":"reinaldo-solar-i","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/reinaldo-solar-i\/","title":{"rendered":"Reinaldo Solar (cap\u00edtulo I)"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">R\u00f3mulo Gallegos<\/h4>\n\n\n\n<p>Apenas comenzaban a perfilarse en las cumbres avile\u00f1as esa la luz de la albada, cuando ya Reinaldo estaba de pie, \u00e1vido de empezar con el d\u00eda la nueva vida que se hab\u00eda propuesto. Por la ventana abierta, el campesino amanecer iba esparciendo dentro del cuarto, junto con su h\u00e1lito generoso, su turbia claridad. De los contornos ven\u00edan ecos de labor madrugadora: voces del ga\u00f1\u00e1n que buscaba por entre los tablones el buey cerrero que en la noche se solt\u00f3, mugidos de vacas en el orde\u00f1o, palabras aisladas en el silencio, el trabajoso rodar de un carro tempranero por los callejones, el sordo rumor de la molienda nocturna, all\u00e1 en el trapiche. A ratos o\u00edase el griter\u00edo de las bandadas de pericos que empezaban a salir de la monta\u00f1a. Cantaban los gallos: a una bronca clarinada pr\u00f3xima respond\u00eda, m\u00e1s all\u00e1, otra, clara y vibrante, y otra a lo lejos, apagada y quejumbrosa, como un ayear. <\/p>\n\n\n\n<p>Mientras saboreaba el caf\u00e9 que acababa de llevarle la negra \u00darsula, antigua manumisa de la familia Solar, Reinaldo p\u00fasose a contemplar desde la ventana que dominaba los campos de la hacienda, c\u00f3mo iba amaneciendo en la monta\u00f1a, sobre el valle y por encima de las colinas circundantes, sobre toda aquella tierra suya, aquel memorable d\u00eda de marzo que marcaba en su vida tr\u00e1nsito y renovaci\u00f3n. Un reborde de luz corr\u00eda ya por detr\u00e1s de los montes haciendo resaltar la cresta de Los Picos de Naiguat\u00e1, las lomas rotundas de La Silla, la l\u00ednea ondulante de las serran\u00edas del sur, y en el abra pr\u00f3xima donde El \u00c1vila sum\u00eda sus \u00faltimas estribaciones, un alba sin arreboles se iba levantando y encendiendo. Abajo, en la noche remisa del valle, blanqueaban los ca\u00f1averales de \u00abLos Mijaos,\u00bb en torno a la sombra vigilante del torre\u00f3n del trapiche, en cuyo extremo se alzaba un fant\u00e1stico \u00e1rbol de humo. En los ranchos comenzaban a brillar los hogares. <\/p>\n\n\n\n<p>Con una prisa infantil Reinaldo sali\u00f3 al campo y al pisar la tierra, como si no la hollara desde mucho tiempo y ella estuviese esper\u00e1ndolo, \u00e1vida de sentirlo sobre sus lomos, exclam\u00f3: <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 Aqu\u00ed me tienes de nuevo. Ahora te pertenezco, todo entero. <\/p>\n\n\n\n<p>Y ech\u00f3 a andar por el callej\u00f3n que conduc\u00eda al trapiche, entre hileras de alt\u00edsimos sauces. El aire sereno del amanecer comenzaba a removerse, oloroso a tierras reci\u00e9n volteadas, a esti\u00e9rcol refrescado al relente de la noche, a bagazo rezumante todav\u00eda, y a ratos tra\u00eda, envuelta en un \u00e1spero tufo de alambique y de cachaza, la caliente fragancia del melado que herv\u00eda en las pailas de la oficina, o de la monta\u00f1a cercana el olor agreste y sabroso del matorral serenado. <\/p>\n\n\n\n<p>Reinaldo Solar caminaba jubiloso, haciendo frases estupendas. Volv\u00eda a la Naturaleza, al goce de los deleites sencillos, a la vida simple, pero sana e intensa de los sentidos. Aspiraba el olor de los campos y se sent\u00eda transportado como en una suave aura de arrobamientos: era la tierra fecunda que lo absorb\u00eda como a un abono virtuoso que, a su vez, debiera multiplicar la fecundidad de ella. Y para que esta compenetraci\u00f3n fuese perfecta, caminaba hundiendo las plantas en el barro de las carriladas. <\/p>\n\n\n\n<p>Ya aclaraba cuando lleg\u00f3 a un rancho que por all\u00ed hab\u00eda, sobre una colinita coronada de coposos mangos. Un perro flaco y todo cubierto de peladuras purulentas sali\u00f3 a su encuentro gru\u00f1endo de una manera hostil. La asquerosa sarna del animal produjo al joven viva contrariedad. \u00bfC\u00f3mo era posible que la tierra, madre generosa de abundancia y de salud, alimentase aquella podre? Rega\u00f1\u00f3 al animal que se le encimaba ense\u00f1\u00e1ndole los dientes. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 \u00a1Clavel! \u00bfQu\u00e9 es eso? \u00bfNo me conoces? <\/p>\n\n\n\n<p>A su voz, sali\u00f3 de un establo vecino al rancho un viejo barbitahe\u00f1o que ten\u00eda un mugriento escapulario terciado sobre el pecho casi desnudo. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 \u00a1Contra! Si es don Reinaldito. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 Yo mismo, Graci\u00e1n. \u00bfPensabas que no volver\u00eda por aqu\u00ed? <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 Como hace tanto tiempo que no ha quer\u00edo pis\u00e1 su tierra. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 Pues aqu\u00ed me tienes. Probablemente para siempre. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 Que asina sea. Que por algo dice el dicho que el ojo del amo es el que engorda al caballo. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 Anda mal esto: \u00bfverdad? <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 Su miajita, don Reinaldito. Que con el descu\u00edo pu\u00e9 resulta un mucho pa m\u00e1s tarde. Y no lo digo por mal de naide, que ya sabe ust\u00e9 que a Graci\u00e1n Sayago no le ha gustao nunca est\u00e1 soplando murmuraciones en los o\u00eddos de los amos; contim\u00e1s que ust\u00e9 no me lo ha preguntao. Pero ya ir\u00e1 mirando con sus propios ojos. Hay mucho barbechal por esos campos; la flor amarilla se ha cog\u00edo el puesto de la ca\u00f1a. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 Ya se resembrar\u00e1. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 Esa boca manda. \u00bfY la familia? Ah! Conque vino solo. \u00bfA reponese? Ya le estaba haciendo farta: se ha ocupao mucho en esa Caracas, y ust\u00e9 me perdone la licencia. Pero el campo es g\u00fceno, don Reinaldito. Aqu\u00ed me tiene ust\u00e9 a m\u00ed que he perdi\u00f3 la cuenta de los a\u00f1os y toav\u00eda doy brega.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 Ya se ve, ya se ve. Eres como el Padre Eterno que no se sabe cu\u00e1ndo envejeci\u00f3 y siempre se conserva igual. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 \u00a1Ja, ja! No tanto, don Reinaldito, no tanto. Son se-tenta y pico no m\u00e1s. Pero, \u00a1j\u00e1 caramba! Lo tengo de plant\u00f3n. \u00bfNo gusta sentase un saltico anque sea? <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 No, Graci\u00e1n, salgo de la cama. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 \u00a1Es verd\u00e1! \u00bfY una camasita e leche? <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 Eso s\u00ed. <\/p>\n\n\n\n<p>Y camin\u00f3 detr\u00e1s del isle\u00f1o hacia el cobertizo donde estaban las vacas. Algunas, ya orde\u00f1adas, pac\u00edan la hierba h\u00fameda de roc\u00edo de un barbecho cercano; las que permanec\u00edan en el establo amarradas a los horcones, mug\u00edan dulcemente, llamando los becerros. En el aire matinal flotaba el buc\u00f3lico olor de la bo\u00f1iga. Dentro del rancho se o\u00eda raspar las arepas. Un humo azul se escapaba de la techumbre pajiza, en cuya solera estaba encaramado un gallo, lanzando su canto ufano y desafiador. <\/p>\n\n\n\n<p>Reinaldo quiso orde\u00f1ar con sus propias manos la leche que hab\u00eda de beber, y el isle\u00f1o, asombrado y jovial, al verlo ponerse a la tarea, exclam\u00f3: <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 \u00a1Ust\u00e9 en esa bajeza! \u00a1Miren que don Reinaldito tiene cosas! Me se representa al difunto, su ag\u00fcelo, que tambi\u00e9n le gustaba jac\u00e9 too. \u00a1Qu\u00e9 se\u00f1or aquel don Hermenegildo, que no me canso de echalo de menos! Me parece est\u00e1 vi\u00e9ndolo en su yegua blanca, recorriendo los campos toas las ma\u00f1anas. A tal hora como esta pasaba po aqu\u00ed a tomase su leche. En esa misma camasa que ust\u00e9 tiene en las manos la orde\u00f1aba \u00e9l mismo: Por eso se la di, esa no la toca naide de nosotros. \u00bfSe acuerda ust\u00e9 de su ag\u00fcelo? <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 C\u00f3mo no. No hace tanto tiempo. Juntos hicimos muchas veces esa recorrida matinal. . . <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 El ten\u00eda muchas fiestas con ust\u00e9. \u00bfSe acuerda de aquel fiest\u00f3n que dio pa celebra la llega del agua de la cequia que \u00e9l hab\u00eda trazao? No debe acordase, ust\u00e9 era toav\u00eda una criatura. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 Pues me acuerdo como si lo estuviera viendo. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 \u00bfDe veras? Pos mire que pa ese entonce tendr\u00eda ust\u00e9 cinco a\u00f1os no cumplios. Fu\u00e9 un treinta de agosto, d\u00eda de Santa Rosa. Y la ma\u00f1ana met\u00eda en agua. El viejo estaba que no le cab\u00eda el alma entre el cuerpo; ya le parec\u00eda que iba a resulta el pron\u00f3stico del ingeniero que le dijo que el agua no llegar\u00eda a la represa, polque el trazo y que estaba mal hecho. Y esa gentar\u00e1, toa la familia, esperando la cosa. Qu\u00e9 momento aquel, cuando por fin son\u00f3 el agua en la represa de la ruea! Al viejo se le salieron las l\u00e1grimas y lo cogi\u00f3 a ust\u00e9 en sus brazos y lo levant\u00f3 pamba y le dijo, \u2014 me acuerdo mucho \u2014 : Muchacho, aprende, estas son las verdaeras alegr\u00edas de la vida: el fruto de la idea de uno. <\/p>\n\n\n\n<p>Hizo una pausa. Reinaldo conmovido por la inesperada evocaci\u00f3n de aquel recuerdo de su primera infancia, que ahora ten\u00eda para \u00e9l una significaci\u00f3n especial, interrumpi\u00f3 su faena y se qued\u00f3 viendo al viejo, buen espacio. Graci\u00e1n continu\u00f3: <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 Y es la pura verd\u00e1, don Reinaldito. Esas son las verdaeras alegr\u00edas de la vida: ve el fruto del trabajo de uno. <\/p>\n\n\n\n<p>Y luego cambiando el tono de voz: <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 No as\u00ed su taita, el se\u00f1ol don Daniel, a quien Dios tenga tambi\u00e9n en su gloria. Ese no supo goz\u00e1 la vida.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 Pap\u00e1 viv\u00eda fuera de la Naturaleza. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 Asina debe s\u00e9. \u2014 Concluy\u00f3 Graci\u00e1n, al cabo de un rato. <\/p>\n\n\n\n<p>Entretanto hab\u00edan salido del ranchio dos mujeres. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 \u00a1Bendita sea la Virgen pura! Aguaita, Pl\u00e1cida. Si es Don Reinaldo. El ni\u00f1o Reinaldito, como lo llam\u00e1bamos hasta ayer no m\u00e1s. \u00a1Y que orde\u00f1ando! <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 Es necesario saber hacer de todo un poco, Efigenia. <\/p>\n\n\n\n<p>Le respondi\u00f3 el joven, complacido en su tarea, mientras estrujaba torpemente la rosada ubre del animal, que se volteaba a mirarlo con sus ojos h\u00famedos y mansos. <\/p>\n\n\n\n<p>Entretanto la r\u00fastica familia de Graci\u00e1n, agrupada en el establo, contemplaba al joven se\u00f1or con cari\u00f1osa admiraci\u00f3n. Compon\u00edanla cuatro arrapiezos cuyos ojos claros luc\u00edan su azorada pureza entre el mugre de las caras p\u00e1lidas; Pl\u00e1cida la hija mayor y Efigenia, la mujer, agotada ya por los trances de una maternidad incansable. <\/p>\n\n\n\n<p>Lleno el envase, Reinaldo se incorpor\u00f3. Graci\u00e1n le dijo: <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 B\u00e9basela toa, que debe est\u00e1 g\u00fce\u00f1a polque es postrera. <\/p>\n\n\n\n<p>La leche tibia y olorosa se derramaba ba\u00f1\u00e1ndole las manos. Manteniendo la vena del buen humor, grato a los campesinos, Reinaldo hizo un gesto de fingido asombro. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 \u00a1Qu\u00e9 acontecimiento! \u00bfverdad, chico? \u2014 Dijo al m\u00e1s peque\u00f1o de los muchachos. \u2014 Todos han venido a verme orde\u00f1ar. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 Farta Tr\u00e1nsito. \u2014 Replic\u00f3 el interpelado, frot\u00e1ndose la espalda desnuda contra un horc\u00f3n. <\/p>\n\n\n\n<p>Y la madre agreg\u00f3 sonriente: <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 Ella tiene reparo de que ust\u00e9 la vea asina como est\u00e1. \u2014 Y soltando una risa franca y gozosa, de ingenuo rubor, agreg\u00f3: \u2014 Como se cas\u00f3, va pa siete meses.<\/p>\n\n\n\n<p> \u2014 \u00a1Ah! Ya comprendo\u2014 . Dijo Reinaldo. Y luego, alzando la voz, grit\u00f3 a la manera de los campesinos para hablarse a distancia: \u2014 \u00a1Tr\u00e1nsitoo! \u00a1Tr\u00e1nsitoo! Anda, mujer de Dios. D\u00e9jate ver, que no es ning\u00fan pecado lo que has hecho. <\/p>\n\n\n\n<p>Roja de risa y de verg\u00fcenza, la muchacha asom\u00f3 la cabeza por encima de la palizada que festoneaban las \u00faltimas pascuas azules. A trav\u00e9s del ca\u00f1izo se advert\u00eda la redondez del vientre gr\u00e1vido. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 \u00a1 A la salud del que ha de venir! \u2014 Exclam\u00f3 Reinaldo. Y levantando la camasa, bebi\u00f3 el contenido a grandes y ruidosos tragos. <\/p>\n\n\n\n<p>Los chicos lo miraban embobados; las mujeres sonre\u00edan silenciosas. Graci\u00e1n se quit\u00f3 el sombrero y dijo: <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 Que Dios se lo pague. <\/p>\n\n\n\n<p>Esto era m\u00e1s de lo que necesitaba Reinaldo para abandonarse a la emoci\u00f3n que le estaba bullendo en \u00e9l pecho. \u00c9l tambi\u00e9n hab\u00eda tomado en serio su jovial ofertorio, a causa de que, cuando levantaba la j\u00edcara rebosante de leche, hab\u00eda visto aparecer el sol y su frente hab\u00eda recogido el primer rayo de la luz. El natural acontecimiento y el ingenuo adem\u00e1n del campesino cobraron para \u00e9l las proporciones de una se\u00f1al m\u00edstica: bajo la r\u00fastica techumbre del establo, en el buc\u00f3lico ambiente oloroso a bo\u00f1iga y a cogollos reci\u00e9n cortados, rodeado de caras humildes que sonre\u00edan con una pura sonrisa de asombro, \u00e9l acababa de celebrar un rito solemne, que ten\u00eda el sabor arcaico de las olvidadas religiones de la Naturaleza. <\/p>\n\n\n\n<p>Lleno de esta emoci\u00f3n cuasi m\u00edstica se alej\u00f3 del rancho y anduvo a trav\u00e9s de los campos d\u00e9 la hacienda, cruzando los rastrojos, de donde se levantaban a su paso bulliciosas bandadas de capanegras y de tordos, saltando por encima de los tablones reci\u00e9n surcados, meti\u00e9ndose por entre los ca\u00f1averales, evitando el encuentro de la gente que discurr\u00eda por los callejones, para saborear a solas el interno deleite de sus exaltadas imaginaciones. Luego remont\u00f3 el cauce de un arroyo que bajaba del monte, trepando descalzo por las piedras bru\u00f1idas por las chorreras, hasta un paraje sombr\u00edo donde hab\u00eda un ojo de agua. <\/p>\n\n\n\n<p>Manaba esta en el cuenco de una roca revestida de musgos y de helechos; gruesos bejucos colgaban de los altos y coposos \u00e1rboles que tend\u00edan por encima un toldo de frescura y de recogimiento; atravesado en el cauce pudr\u00edase el tronco a\u00f1oso de un jabillo derribado, y por debajo de \u00e9l, la hebra del arroyo se deslizaba con un ruido suave hacia un remanso obscuro. El ambiente era fr\u00edo y denso; la luz, tamizada por el follaje, ten\u00eda tonos verdinegros; m\u00e1s all\u00e1, cauce arriba de la seca torrentera, luc\u00edan manchas de sol en los claros del bosque. Un suave rumor nocturno de \u00e9litros en las espesuras, marcaba el ritmo apacible de aquel silencio lleno de solemnidad y de misterio. <\/p>\n\n\n\n<p>Era el sitio propicio a la comunicaci\u00f3n con la Naturaleza: la fuente, que ha inspirado a los hombres, a trav\u00e9s de los siglos, supersticiones diversas. Reinaldo se hab\u00eda acercado a aquella con una emoci\u00f3n de espera m\u00edstica. Aquiet\u00f3 sus pensamientos, buscando el \u00e9xtasis, como quien busca el sue\u00f1o; pero el torrente de sus ideas era incontenible, y tumbando el silencio comenz\u00f3 a declamar: <\/p>\n\n\n\n<p>\u00abIba a buscar all\u00ed, en el seno de la Naturaleza redentora, la obra de la reconstrucci\u00f3n de su ser moral, como una planta que, deformada por el cultivo, volviese a la selva originaria a recuperar el vigor de su antigua condici\u00f3n salvaje.\u00bb <\/p>\n\n\n\n<p>Era el primer cap\u00edtulo de una novela que hab\u00eda concebido d\u00edas antes y cuyo t\u00edtulo, sugestivo y lleno de sabor de ciencia moderna: \u00abPunta de Raza\u00bb, hab\u00eda estampado ya con gordos caracteres en el croquis de la car\u00e1tula dibujada por \u00e9l, en la cual se ve\u00eda un hombre desnudo, de hirsutas barbas de tinta china, en la linde de una selva inhollada, bajo un largo vuelo de garzas, mirando salir el sol en \u00e9xtasis naturalista. <\/p>\n\n\n\n<p>Sac\u00f3 la cartera para fijar aquella frase; pero en seguida se arrepinti\u00f3. Una sombra de contrariedad pas\u00f3 por su rostro; aquel pensamiento literario hab\u00eda roto el encanto de la auto-sugesti\u00f3n bajo cuyo influjo estaba desde el amanecer. <\/p>\n\n\n\n<p>Barajando en una misma ficci\u00f3n las emociones experimentadas durante la excursi\u00f3n matinal por los campos de la hacienda, con las que desde la v\u00edspera hab\u00eda atribuido a su protagonista, y acomodando su esp\u00edritu al estado preconcebido en que su h\u00e9roe deb\u00eda sentir dentro de su ser cansado y en trance de descomposici\u00f3n, la pante\u00edstica penetraci\u00f3n de las energ\u00edas eternas de la naturaleza, hab\u00eda concluido por creer en la sinceridad de sus sentimientos. No era un producto de su imaginaci\u00f3n, construido artificiosamente para llenar las p\u00e1ginas de una novela, aquel interesante personaje, punta y remate de una familia hist\u00f3rica, que despu\u00e9s de arrastrar por la ciudad una vida de refinamientos y de desviaciones morales, romp\u00eda inopinadamente con su pasado para internarse en el coraz\u00f3n de una selva virgen, a emprender la labor prodigiosa de destruir en una sola vida de hombre la obra de varias generaciones que acumularon en su ser el morboso legado de la decadencia; \u00abPunta de Raza\u00bb era \u00e9l mismo, v\u00e1stago desmedrado de los antepasados legendarios que vinieron en las carabelas de los conquistadores; de los antepasados hist\u00f3ricos que fundaron ciudades y civilizaron naciones enteras de indios; de los pr\u00f3ceres que resplandecieron en la epopeya de la Independencia; de los varones austeros que fundaron la Rep\u00fablica y m\u00e1s tarde sacrificaron el peculio y la vida en aras de la honra y en defensa de la convicci\u00f3n; de todos cuantos fueron muestra del temple y del vigor de la raza, en aquella casa donde hasta las piadosas mujeres tuvieron raptos heroicos de orgullo y de altivez. <\/p>\n\n\n\n<p>El \u00faltimo de aquella esforzada legi\u00f3n fue Hermenegildo Solar, el abuelo. Perseguido por los odios pol\u00edticos que la Guerra Federal hab\u00eda desatado contra el apellido mantuano, con \u00e9l dejan de figurar los Solar en el Gobierno de la Rep\u00fablica y llegan hasta perder el rango principal que siempre tuvieron en la sociedad; pero la honra de la familia se salva inc\u00f3lume, porque el viejo se a\u00edsla, lleno de altivez, y meti\u00e9ndose en la hacienda, \u00fanico resto de la cuantiosa fortuna de sus mayores, se consagra a restaurarla de la ruina en que se la dejaron el odio y la rapacidad de sus adversarios. Pero all\u00ed se acaba la secular fortaleza de la casta; sus hijos resultaron d\u00e9biles e incapaces, y ninguno de ellos supo continuar la tradici\u00f3n que vinculaba a la de la Patria la historia de la familia: Juan Hermenegildo, el primog\u00e9nito, le sali\u00f3 campechano y montaraz, invirti\u00f3 su patrimonio en un hato del alto Llano, sembr\u00f3 hijos sin nombre en el vientre de una zamba de una familia de peones sabaneros, no supo administrar su peculio y par\u00f3 en caporal de ganado; Vicente gast\u00f3 la juventud en seducir mujeres, prostituy\u00f3 el valor en oscuras proezas de pendenciero y, despilfarrada su fortuna en parrandas que escandalizaron la ciudad, fue a morir de hematuria en Araya, donde desempe\u00f1aba un humilde cargo de vigilante de las salinas; Daniel, el preferido, fue, finalmente, un hombre lleno de fallas y de contradicciones. <\/p>\n\n\n\n<p>Desde ni\u00f1o se revel\u00f3 artista, con una marcada vocaci\u00f3n por la m\u00fasica y en ella demostr\u00f3, precozmente, verdadero talento. A fin de que adquiriese la conveniente educaci\u00f3n, su padre lo envi\u00f3 a los Conservatorios de Europa, siendo todav\u00eda muy joven. Supo aprovecharlo al principio y a poco su nombre figuraba en el n\u00famero de los pianistas de mejor reputaci\u00f3n. No era un \u00abvirtuoso\u00bb ni aspiraba a serlo; pero ejecutaba brillantemente e interpretaba a los Grandes Maestros con verdadero sentimiento e inspiraci\u00f3n. Dominada la ejecuci\u00f3n, se aventur\u00f3 en la composici\u00f3n musical con un ambicioso proyecto, s\u00f3lo comparable a la soberbia jactancia de Miguel \u00c1ngel pidiendo un monte para esculpirlo: musicalizar la historia de la humanidad, desde el ignoto momento en que empieza a caer sobre la tierra la m\u00edstica lluvia de m\u00f3nadas espirituales que vienen a secundar los g\u00e9rmenes terrestres, y surge en el silencio de las selvas prehist\u00f3ricas el primer grito humano; hasta el remoto t\u00e9rmino en el cual la inefable esencia del Ego, agotada la ley del Karma teos\u00f3fico, se sumergir\u00e1 en la plenitud del \u00danico. <\/p>\n\n\n\n<p>Fue una idea extravagante que concibi\u00f3 bajo la influencia de un c\u00edrculo de ocultistas a cuyas tenidas asist\u00eda en Londres, atra\u00eddo por la alucinante sugesti\u00f3n que una teosofista rusa ejerc\u00eda para entonces sobre los esp\u00edritus. Para llevarla a cabo se propuso hacer un viaje a la India, donde beber\u00eda la inspiraci\u00f3n en la fuente misma del budismo. Pero antes de internarse en aquel mundo misterioso, de donde tal vez no saldr\u00eda m\u00e1s, quiso venir a Venezuela a despedirse de su familia. <\/p>\n\n\n\n<p>Caracas le hizo un fastuoso recibimiento y su nombre, agobiado de descomunales ep\u00edtetos, se hizo de moda. Un caballero de lo principal organiz\u00f3 en su casa un festival de arte para que el tocase y all\u00ed se congreg\u00f3 un grupo de lo m\u00e1s selecto de la sociedad caraque\u00f1a, deseosa de admirar aquella gloria nacional que Europa hab\u00eda consagrado. Recibi\u00e9ronlo con agasajos. Daniel se sent\u00f3 al piano y comenz\u00f3 a ejecutar una sonata de Beethoven. Pero a los primeros compases observ\u00f3 que unas se\u00f1oras se distra\u00edan conversando entre s\u00ed, seguramente sobre motivos fr\u00edvolos, y entonces, lleno de indignaci\u00f3n, se levant\u00f3 violentamente y abandon\u00f3 la sala sin despedirse ni dar explicaciones. Desde aquel momento renunci\u00f3 totalmente a la m\u00fasica. <\/p>\n\n\n\n<p>Naturalmente el incidente cre\u00f3 en torno de \u00e9l un aura hostil: se le negaron m\u00e9ritos con la misma facilidad conque se hab\u00edan exagerado los que pose\u00eda; se le ridiculiz\u00f3 de todas las maneras posibles. Daniel no hizo caso; su renuncia al arte era tan absoluta que \u00e9l mismo no se consideraba artista. Se impuso la tarea de borrar de su memoria los recuerdos del pasado. Encerr\u00f3se en su casa y se entreg\u00f3 a continuas lecturas m\u00edsticas y teos\u00f3ficas. Al cabo de algunos a\u00f1os nadie se acordaba de que \u00e9l era m\u00fasico. <\/p>\n\n\n\n<p>Poco despu\u00e9s conoci\u00f3 a Ana Josefa Allende, cuya familia y la de Solar manten\u00edan una tradicional amistad desde los remotos tiempos de esplendor de las casas de abolengo. Era Ana Josefa una muchacha dulce y mansa en extremo, en el leve estrabismo de cuyos ojos hab\u00eda, \u2014 al decir de Daniel, \u2014 la resignada expresi\u00f3n de los dolores sufridos en la serle de vidas del karma teos\u00f3fico. A causa de esto enamor\u00f3se de ella y de un d\u00eda a otro contrajo matrimonio. Al a\u00f1o naci\u00f3 Reinaldo. Dos a\u00f1os despu\u00e9s una ni\u00f1a, Carmen Rosa. <\/p>\n\n\n\n<p>A partir de este acontecimiento empezaron a hacerse m\u00e1s agudos los s\u00edntomas de la rara dolencia moral de Daniel Solar: se encerr\u00f3 en su habitaci\u00f3n y all\u00ed, aislado de su familia, llev\u00f3 durante a\u00f1os consecutivos una vida extravagante, mezcla de misticismo y de abulia. <\/p>\n\n\n\n<p>Escogi\u00f3 para su retiro toda una vivienda de las dos que, a ambos lados del patio principal, pose\u00eda la espaciosa casa solariega, y en la cual, respetada por las reformas que a \u00e9sta se le hicieron, perduraba la austera fisonom\u00eda de las mansiones coloniales. Compon\u00edanla dos hileras de piezas contiguas y paralelas donde la familia actual guardaba los muebles que ten\u00edan historia, como t\u00edpicas reliquias de los usos de anta\u00f1o y del elevado rango de la casa. En una de las piezas que daban al corredor que rodeaba al patio y que fue en tiempo de las rancias costumbres de la Colonia la galer\u00eda donde las mujeres de la familia recib\u00edan a sus amistades \u00edntimas, hab\u00eda un estrado carcomido y unos cortinajes semideshechos; del techo de estuco colgaba una ara\u00f1a de luces con briseras de cristal, el pavimento era de ladrillos hexagonales y a lo largo de las paredes se conservaban restos del viejo z\u00f3calo, compuesto de varias franjas de arabescos sobrecargados de colores que la p\u00e1tina del tiempo desti\u00f1\u00f3. La pieza de atr\u00e1s, que fue dormitorio de una t\u00eda abuela de Daniel Solar, ante cuya belleza, seg\u00fan la tradici\u00f3n de la familia, se abland\u00f3 sin frutos la ferocidad de Boves, era entre todas la m\u00e1s confortable y mejor conservada. Ten\u00eda el techo de obra limpia, todo de oloroso cedro y recib\u00eda \u00e9l aire y la luz de un patinejo vecino, abierto dentro del cuerpo de las viviendas, por lo cual a toda hora del d\u00eda hab\u00eda en ella una deliciosa frescura y una discreta claridad que invitaba al recogimiento. Compon\u00edan el menaje una cama con baldaquino de columnas salom\u00f3nicas, torneadas en caoba negra de Santo Domingo, dos armarios de lo mismo, con orlas doradas en las cornisas y en los peinazos, un arc\u00f3n ornamentado con incrustaciones de cobre, una enorme alacena, toda de cuarterones, entre los cuales, en ambas hojas, dos cruces denunciaban el antiguo uso eclesi\u00e1stico, una mesa de rica y minuciosa talla y un sof\u00e1 revestido de damasco rojo. <\/p>\n\n\n\n<p>Daniel Solar la eligi\u00f3 como celda, hizo trasladar all\u00ed su piano, lo cubri\u00f3 con un manto negro, a la manera de simb\u00f3lico sudario de su extinguida vocaci\u00f3n art\u00edstica, y se extendi\u00f3 en el sof\u00e1 decidido a pasar en aquella actitud el resto de sus d\u00edas, hasta que entrase en el nirvana. <\/p>\n\n\n\n<p>Por las noches iban a visitarlo su cu\u00f1ado Valerio Allende y un literato amigo, grande admirador de cuantos fuesen tipos raros y tan dado como Daniel a las especulaciones teos\u00f3ficas. En cuanto a Valerio Allende, aparte la extremada magrez de su persona, a lo cual deb\u00eda el apodo de Valerio Flaco que cari\u00f1osamente le pusiera Daniel, no ten\u00eda otra singularidad que la de ser tallista de todo g\u00e9nero de menudencias en cortezas d\u00e9 bucare y sumamente habilidoso para construir edificios y ciudades c\u00e9lebres con una pasta de cart\u00f3n que hab\u00eda inventado y resultaba muy s\u00f3lida. Profes\u00e1bale Daniel un afecto extremoso y tierno que le sal\u00eda ingenuo del alma ani\u00f1ada, y en su compa\u00f1\u00eda se pasaba largas horas ayud\u00e1ndolo a fabricar sus Babilonias y Jerusalenes de cart\u00f3n. En la noche ellos dos y el literato amigo formaban una misteriosa tertulia en el estrado donde anta\u00f1o las mantuanas abuelas de Daniel recibieran a las linajudas se\u00f1oras de su amistad, y all\u00ed, a la luz de las velas que ard\u00edan dentro de las briseras, porque la habitaci\u00f3n no ten\u00eda l\u00e1mparas de gas, ni Daniel las hubiera usado, permanec\u00edan a puertas cerradas hasta el mediar de la noche. <\/p>\n\n\n\n<p>Entretanto, en el corredor penumbroso, Ana Josefa pasaba y repasaba las cuentas de su rosario, resignada, suspirante. En las noches de s\u00e1bados y domingos el viejo Hermenegildo Solar, que pasaba la semana en la hacienda, formaba tertulia con Agust\u00edn Allende, el hermano mayor de Ana Josefa, y con otros se\u00f1ores que hablaban sigilosamente de la eterna revoluci\u00f3n que estaba en armas o se estaba fraguando para derrocar al Gobierno. <\/p>\n\n\n\n<p>A veces Reinaldo asist\u00eda a estas pl\u00e1ticas, cuyo sentido no penetraba bien, pero que le llenaban la fantas\u00eda de imaginaciones truculentas de batallas y saqueos, y con esto y con la curiosidad de saber lo que se hablaba en el cuarto del estrado, cuando se met\u00eda en la cama sufr\u00eda insomnios y pesadillas. <\/p>\n\n\n\n<p>En el d\u00eda \u00e9l y Carmen Rosa se pasaban la mayor parte del tiempo haciendo compa\u00f1\u00eda a su padre. Ten\u00eda Daniel Solar el clon de ser amado de los ni\u00f1os; a menudo se le ve\u00eda rodeado de los ele la familia y a\u00fan de los del vecindario, que iban a contarle sus travesuras, en las cuales se complac\u00eda, ani\u00f1ado y sonriente, o a escuchar los fant\u00e1sticos cuentos que inventaba para ellos, seguramente en aquellas horas de perenne sin quehacer que pasaba tumbado en el sof\u00e1, con las manos entrelazadas bajo la nuca y la mirada lija en un vago punto del espacio, que no parec\u00eda estar dentro del cuarto, arrullado por el bordoneo de las moscas en el silencio del patio de luz. <\/p>\n\n\n\n<p>Procuraba Ana Josefa que los ni\u00f1os estuviesen el menor tiempo posible en aquella habitaci\u00f3n. Era Ana Josefa Allende de Solar un alma de Dios, c\u00e1ndida como un ni\u00f1o. Heroica cuando le tocaba sufrir y abnegada hasta los extremos del verdadero sacrificio, ten\u00eda sin embargo el \u00e1nimo medroso y el coraz\u00f3n m\u00e1s blando del mundo. Sus conceptos eran pueriles y descabellados, no hab\u00eda patra\u00f1a que no le cupiese holgadamente en la inteligencia desprovista de cultura y hasta su misma fe estaba hecha de un c\u00famulo de inocentes supersticiones: cre\u00eda en da\u00f1os y maleficios y viv\u00eda en un aut\u00e9ntico temor de Dios, esperando a cada rato los cataclismos del Apocalipsis, que no hab\u00eda le\u00eddo ni sab\u00eda a punto fijo si lo escribi\u00f3 San Juan o Jesucristo. Amaba a Daniel entra\u00f1ablemente y era el mayor dolor de su vida verlo en aquel estado de aplanamiento moral ; pero no se atrev\u00eda ni a dirigirle la palabra para sacarlo de \u00e9l, y nadie le quitaba de la cabeza el pensamiento de que a su esposo le hab\u00eda puesto as\u00ed la teosofista rusa, que para ella ten\u00eda, como todos los teosofistas, comercio con Satan\u00e1s. Firme en esta convicci\u00f3n, viv\u00eda temiendo que Daniel contagiase su mal a los ni\u00f1os. <\/p>\n\n\n\n<p>Pero ellos, y sobre todo Reinaldo, le estaban tan apegados que no hab\u00eda forma de impedir que se pasasen bofas enteras en aquella habitaci\u00f3n. <\/p>\n\n\n\n<p>Por otra parte, Reinaldo empez\u00f3 a dar desde muy temprano inquietantes muestras de una violenta ebullici\u00f3n del pensamiento. Se le ocurr\u00edan cosas muy raras, como la de asegurar c\u00f3mo era la fisonom\u00eda de una persona s\u00f3lo porque la oyese hablar, y aunque jam\u00e1s acertaba. Ana Josefa segu\u00eda pensando que aquella extra\u00f1a cualidad adivinativa no era nada tranquilizadora. As\u00ed mismo sufr\u00eda como una insensata cuando le o\u00eda decir que en la punta de tal ladrillo era d\u00eda de fiesta, porque estaba cubierta del musgo de la humedad, o que el n\u00famero tres le era sumamente antip\u00e1tico porque no dejaba vivir al n\u00famero dos. Finalmente, este supersticioso temor de la madraza lleg\u00f3 a su colmo un d\u00eda que le oy\u00f3 decir al marido, a prop\u00f3sito de Reinaldo: <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 Este pobrecito ni\u00f1o \u00a1lo que va a sufrir! <\/p>\n\n\n\n<p>Y como ella inquiriese la raz\u00f3n por qu\u00e9 lo dec\u00eda, el terror le hel\u00f3 el coraz\u00f3n cuando Daniel respondi\u00f3: <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 Porque tiene el signo de los elegidos por el dolor. <\/p>\n\n\n\n<p>Desde entonces redobl\u00f3 para Reinaldo los extremos de su ternura maternal hasta el punto de olvidarse de que Carmen Rosa era tambi\u00e9n hija suya; y a menudo, cuando nadie pod\u00eda verla, cog\u00eda entre sus manos la cabeza del ni\u00f1o y se pon\u00eda a buscarle aquel misterioso signo que Daniel hab\u00eda visto impreso en su hermosa faz pensativa. <\/p>\n\n\n\n<p>Pero esto mismo acab\u00f3 de excitar m\u00e1s la desbordante imaginaci\u00f3n de Reinaldo. Entreve\u00eda en aquella conduc\u00eda de la madre, lo mismo que en las largas miradas que su padre fijaba sobre \u00e9l, llenas de melancol\u00eda y a veces de l\u00e1grimas, algo inquietante que no acertaba a explicarse y que por eso le parec\u00eda misterioso. <\/p>\n\n\n\n<p>Por otra parte, en su casa todo concurr\u00eda a afirmarlo en la idea de que viv\u00eda en medio de un misterio que quedan ocultarle: los cuchichieos de la servidumbre, el llanto cotidiano de la madre, que en vano trataba de esconderlo cuando \u00e9l se acercaba, el ce\u00f1o sombr\u00edo del abuelo pase\u00e1ndose por los corredores despu\u00e9s que Ana Josefa le hab\u00eda contado algo que no pod\u00edan o\u00edr ni \u00e9l ni Carmen Rosa, las frecuentes y cautelosas conferencias de la madre con su hermano Agust\u00edn Allende y con el Padre Moreno, aquel Cura de la Parroquia hacia quien experimentaba una invencible antipat\u00eda, porque sol\u00eda re\u00edrse de una manera burlona cada vez que Ana Josefa le contaba alguna de sus tribulaciones; el aire aflictivo de Valerio Allende al salir de la habitaci\u00f3n de Daniel Solar, y sobre todo, aquella extra\u00f1a angustia que asaltaba a Ana Josefa, cuando a media noche se empezaba a o\u00edr en la casa aquella m\u00fasica que parec\u00eda salir de bajo de la tierra. <\/p>\n\n\n\n<p>Era Daniel Solar que, aprovechando el silencio de la media noche, tocaba en el piano a la sordina unas harmon\u00edas graves y lentas, trozos de la fracasada composici\u00f3n musical que se le pudri\u00f3 dentro de la mente, como una semilla que no encuentra salida para el brote. \u00bfPor qu\u00e9 se angustiaba tanto su madre al o\u00edr aquella m\u00fasica que a \u00e9l le parec\u00eda tan deliciosa? Reinaldo no acertaba a explic\u00e1rselo; pero s\u00ed advirti\u00f3 que cuando aquello suced\u00eda, al d\u00eda siguiente la habitaci\u00f3n el padre amanec\u00eda cerrada y as\u00ed permanec\u00eda durante dos o tres d\u00edas, sin que \u00e9l ni nadie pudiese entrar. <\/p>\n\n\n\n<p>Entretanto, en el oratorio dom\u00e9stico, las velas ard\u00edan interminablemente ante las im\u00e1genes milagrosas y el abuelo aparec\u00eda inopinadamente en la casa. Indudablemente era algo muy grave lo que estaba sucediendo en la vivienda de los muebles viejos. <\/p>\n\n\n\n<p>Reinaldo quer\u00eda descubrirlo, a todo trance; pero la madre evad\u00eda sus preguntas y lo mandaba que se fuera a jugar con la hermanita en el corral, a\u00fan a riesgo de la temible insolaci\u00f3n que era su sobresalto continuo. Un d\u00eda Reinaldo insisti\u00f3 m\u00e1s de lo conveniente y la negra \u00darsula le dijo, saliendo en auxilio de la atribulada Ana Josefa, que no hallaba qu\u00e9 responder: <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Ave Mar\u00eda con el muchachito! \u00a1Qu\u00e9 curiosid\u00e1! El amito Daniel est\u00e1 haciendo los ejercicios de San Inacio. No aturruyes m\u00e1s a tu mama con tu preguntaera. <\/p>\n\n\n\n<p>Reinaldo se la qued\u00f3 viendo y no insisti\u00f3; pero no qued\u00f3 convencido. Por el contrario, acab\u00f3 de persuadirse de que all\u00ed hab\u00eda un misterio que no deb\u00eda conocer; desde entonces su infantil curiosidad se transform\u00f3 en sobresalto y en miedo. <\/p>\n\n\n\n<p>Por su parte, Daniel Solar parec\u00eda v\u00edctima de terribles y secretos sufrimientos. A menudo llamaba a Reinaldo y sent\u00e1ndoselo en las piernas, se pon\u00eda a verlo larga, dolorosamente, como si tuviese algo que decirle y no se atreviera a expresarlo. Un d\u00eda se resolvi\u00f3 por fin y oprimiendo al ni\u00f1o contra su aniquilado pecho, le dijo: <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 Hijito, yo no tuve la culpa. Cuando te des cuenta de esto no me hagas cargos. Hay una cosa que no es bien ni mal: la desgracia. <\/p>\n\n\n\n<p>Poco tiempo despu\u00e9s, una noche, Reinaldo despert\u00f3 sobresaltado: el mundo se acababa, un ruido infernal atormentaba sus o\u00eddos, una terrible trepidaci\u00f3n lo sacud\u00eda violentamente y en torno suyo se espesaba la espantosa oscuridad. Intent\u00f3 gritar pero sinti\u00f3 que unos brazos descomunales y fornidos le oprim\u00edan fuertemente y el terror le estrangul\u00f3 la voz. Un tumulto de im\u00e1genes extravagantes pas\u00f3 por su mente: era que se hab\u00eda acabado el mundo y \u00e9l iba en brazos del \u00c1ngel del Apocalipsis a trav\u00e9s de aquel incomprensible vac\u00edo de que le hablara su padre, cuando \u00e9l le preguntaba qu\u00e9 hab\u00eda detr\u00e1s de las estrellas; y aunque la oscuridad no le permit\u00eda ver nada en redor, percib\u00eda claramente la faz impresionante del \u00c1ngel, tal como estaba pintado en la estampa de aquel libre que una vez encontr\u00f3 en el cuarto donde se guardaban los muebles inservibles de su casa. Cerr\u00f3 los ojos y se resign\u00f3 a su destino, compadeci\u00e9ndose de s\u00ed mismo. <\/p>\n\n\n\n<p>De pronto ces\u00f3 la trepidaci\u00f3n y oy\u00f3 la voz de Valerio Allende que dec\u00eda: <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 \u00darsula, baja t\u00fa a Carmen Rosa; yo me encargo de \u00e9ste que es m\u00e1s pesado. Abr\u00edgala bien, que est\u00e1 lloviznando. <\/p>\n\n\n\n<p>Tranquilizado, Reinaldo abri\u00f3 los ojos. El \u00c1ngel del Apocalipsis era el t\u00edo Valerio que lo llevaba en un coche que acababa de detenerse frente al port\u00f3n de la casa de los Allende, situada en la parte alta de la ciudad. Reinaldo se ech\u00f3 a re\u00edr y cont\u00f3 al t\u00edo cuanto hab\u00eda venido pensando en el coche. Todav\u00eda re\u00eda mientras Valerio, ayudado por la negra \u00darsula, lo desvest\u00eda para acostarlo en su cama; pero enseri\u00f3 s\u00fabitamente como oyera que la manumisa dec\u00eda a tiempo que se restregaba los ojos : <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 \u00a1Qu\u00e9 felices son los ni\u00f1os! <\/p>\n\n\n\n<p>Repar\u00f3 entonces que el t\u00edo Valerio, ordinariamente risue\u00f1o y juguet\u00f3n, estaba sombr\u00edo y lloroso. Tuvo una intuici\u00f3n de lo que hab\u00eda sucedido en su casa; pero no se atrevi\u00f3 a preguntar. Al cabo de un rato dorm\u00eda profundamente. <\/p>\n\n\n\n<p>La ma\u00f1ana siguiente la pasaron \u00e9l y Carmen Rosa solos con la negra \u00darsula. La hermanita preguntaba a cada rato que d\u00f3nde estaba su mam\u00e1 y que por qu\u00e9 los ten\u00edan all\u00ed; \u00e9l permanec\u00eda callado, como si nada de aquello le interesase; pero no ten\u00eda ganas de jugar. A mediod\u00eda lleg\u00f3 Agust\u00edn Allende y en seguida sali\u00f3, vestido de negro. Al anochecer regres\u00f3 Valerio. Ten\u00eda los ojos encarnizados y parec\u00eda haber envejecido en pocas horas. Se meti\u00f3 en su cuarto y estuvo largo rato sin que se oyese qu\u00e9 hac\u00eda. Picado por la curiosidad, Reinaldo entr\u00f3 en la habitaci\u00f3n y lo encontr\u00f3 llorando, de bruces sobre la mesa donde ard\u00eda Sodoma en llamas de cart\u00f3n molido y pintado de rojo. Era su \u00faltima reconstrucci\u00f3n y estaba inconclusa. A Reinaldo le llam\u00f3 la atenci\u00f3n la mujer de Lot y se absorbi\u00f3 en su contemplaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/gallegos-romulo\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>R\u00f3mulo Gallegos Apenas comenzaban a perfilarse en las cumbres avile\u00f1as esa la luz de la albada, cuando ya Reinaldo estaba de pie, \u00e1vido de empezar con el d\u00eda la nueva vida que se hab\u00eda propuesto. Por la ventana abierta, el campesino amanecer iba esparciendo dentro del cuarto, junto con su h\u00e1lito generoso, su turbia claridad. 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