{"id":11677,"date":"2024-04-24T21:36:15","date_gmt":"2024-04-24T21:36:15","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=11677"},"modified":"2024-04-24T21:36:15","modified_gmt":"2024-04-24T21:36:15","slug":"dos-cuentos-de-quim-ramos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/dos-cuentos-de-quim-ramos\/","title":{"rendered":"Dos cuentos de Quim Ramos"},"content":{"rendered":"\n<h3 class=\"wp-block-heading\">No s\u00e9 yo muy bien por qu\u00e9\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 <\/h3>\n\n\n\n<p>Llegu\u00e9 a casa en la madrugada, borracho y feliz no s\u00e9 yo muy bien por qu\u00e9, seguramente por pura alucinaci\u00f3n alcoh\u00f3lica. Saqu\u00e9 las llaves del bolsillo, eleg\u00ed no sin cierta dificultad la llave de la puerta principal y la met\u00ed en la cerradura. Bueno, no la met\u00ed, intent\u00e9 meterla, pero la muy cabezota, debido tal vez a mi estado et\u00edlico, se neg\u00f3 a entrar, se trababa, etc. Devolv\u00ed las llaves al bolsillo, baj\u00e9 las escaleras del porche y camin\u00e9 por el pasillo que da al jard\u00edn, hasta un ventanal del primer piso. Hice un r\u00e1pido repaso mental de los movimientos que deb\u00eda realizar, un vestigio antediluviano de los tiempos en que escalaba, y me encaram\u00e9. Pero la reja de hierro forjado que cubr\u00eda el ventanal\u00a0 se desprendi\u00f3 de la pared en cuanto mis manos se aferraron a ella. Ca\u00ed de espaldas sobre el suelo de piedra picada y luego la pesada reja cay\u00f3 sobre m\u00ed.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Me dio por pensar, no s\u00e9 yo muy bien porqu\u00e9, en pececitos de colores. A pesar de lo complicado de mi situaci\u00f3n, all\u00ed tumbado con la reja ejerciendo una considerable presi\u00f3n sobre mi cuerpo maltrecho, pens\u00e9 y yo dir\u00eda, incluso, que vi diminutos peces multicolores nadando frente a mis ojos en el aire, entre el enrejado de hierro. La visi\u00f3n me agrad\u00f3 y alivi\u00f3 los dolores, sobre todo el de la rodilla de la pierna izquierda que parec\u00eda haberse llevado la peor parte del aparatoso accidente.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Los pececitos de colores se esfumaron en cuanto lleg\u00f3 un grupo de ni\u00f1os. Los ni\u00f1os llegaron corriendo y saltando y en sus caritas y en sus sonrisas se percib\u00eda esa cruel felicidad que solo sienten aquellos que desconocen la existencia del tiempo. \u00a1Ah la infancia! De inmediato decidieron usar la reja bajo la que me encontraba como campo de juego. Un grupo la utiliz\u00f3 como un sube y baja en el que mi cuerpo fung\u00eda de eje o base, de modo que cuando la reja se inclinaba hacia un lado esa parte de mi cuerpo sufr\u00eda horrorosas laceraciones y&nbsp; magulladuras, y lo mismo ocurr\u00eda cuando se inclinaba hacia el lado contrario. Otros intentaban mantener el equilibrio sobre la bamboleante reja. No siempre lo consegu\u00edan y sus piecitos ca\u00edan con cierta violencia sobre alguna parte de mi cuerpo: la barriga, una mano, los test\u00edculos, etc. Una ni\u00f1a de inmaculada piel blanca, rizos dorados y unos ojos verdes que centelleaban en la oscuridad dedic\u00f3 toda su atenci\u00f3n a introducir en mis fosas nasales unas finas y suaves hojas que me produjeron estornudos y un cosquilleo profundo, un latigazo el\u00e9ctrico que llegaba al centro de mi cerebro. Y no s\u00e9 yo muy bien porqu\u00e9, a pesar de las incalculables molestias y los dolores indescriptibles, sent\u00ed una honda alegr\u00eda frente al espect\u00e1culo de la ni\u00f1ez&nbsp; desenfrenada. Entonces se escuch\u00f3 una voz lejana y potente. Era la voz de la madre llamando a comer. En el acto los ni\u00f1os dejaron de jugar y quedaron est\u00e1ticos y mudos, expectantes, el cuello estirado, olfateando el aire. Luego se escuch\u00f3 otra voz y luego otra y otra m\u00e1s. Las voces se multiplicaron hasta que el aire de la noche se llen\u00f3 del llamado de las madres y los ni\u00f1os, transformados en cr\u00edas hipnotizadas, bajaron de la reja y corrieron, perdi\u00e9ndose en la oscuridad.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp; Me qued\u00e9 solo con mis penas\u2026 y con los dolores del cuerpo que me acompa\u00f1aban con sus aullidos chirriantes. No intent\u00e9 sacarme de encima la pesada reja. Sab\u00eda que no podr\u00eda. Mis fuerzas me hab\u00edan abandonado. Me hund\u00ed en un estado de semiinconciencia. Mi cuerpo fue perdiendo rigidez, se abland\u00f3 hasta formar una masa gelatinosa. Yo no s\u00e9 muy bien por qu\u00e9, pero era feliz all\u00ed. Aun m\u00e1s cuando desde el segundo piso de la casa me lleg\u00f3 el olor a guiso de mi madre. \u00bfPor qu\u00e9 no me habr\u00eda llamado a m\u00ed para comer? Quise gritarle, recriminarle su olvido, pero no salio de mi voz sonido alguno, apenas un grito silencioso que se hizo nudo en la garganta. Apareci\u00f3 la luna sobre mi. Le sac\u00f3 refulgentes chispazos al hierro de la reja. Era, incluso, bello todo aquello, un lindo desequilibrio.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Como no ten\u00eda nada mejor que hacer (en realidad no pod\u00eda hacer otra cosa) me dispuse a rememorar las horas previas a mi llegada a casa. Mi sorpresa fue grande al percatarme de que no era capaz de recordar m\u00e1s que vagas, inconexas, oscuras y fragmentarias im\u00e1genes. Como un sue\u00f1o que se va disolviendo en la vigilia. Un viaje retrasado o definitivamente truncado porque era del todo imposible meter una nevera en la atiborrada maleta de una camioneta. Ansiedad y miedo. Un auto reci\u00e9n comprado. Un Fiat Siena de color azul oscuro, metalizado. Por suerte estacionado frente a la casa. Lo puedo vigilar desde la cama mientras duermo. Desde la distancia y en la oscuridad noto unos manchones o unas ralladuras en la carrocer\u00eda. Me pregunto c\u00f3mo es posible que mi esposa no las haya notado antes de comprar el auto. Angustia. Un documental proyectado en la pared de la biblioteca, un peque\u00f1o espacio incrustado entre la cocina, el cuarto de mi hermana, el de mi hermano y la sala. El mueble en el que se apilan los libros tambi\u00e9n tiene una cama plegable. Acostada en ella, mam\u00e1 lee un libro. Ni idea de qu\u00e9 va el documental, pero la m\u00fasica llama mi atenci\u00f3n y me emociona. Descubro que usa unos pocos acordes de otra composici\u00f3n que realza la trama de la pel\u00edcula, le da un sentido definitivo, inapelable, soberbio. Corro a buscar a pap\u00e1. Lo encuentro en el vestidor, sentado frente a la computadora, junto a mi hermano. Hablan de asuntos aparentemente importantes que yo no entiendo. Loco de alegr\u00eda los interrumpo y le cuento a pap\u00e1 lo que he descubierto. No me oyen. No me ven. No existo. Avergonzado, me doy la vuelta y desaparezco. Pap\u00e1 me habla por el walkie. Me ordena que vaya a Las Queseras del Medio a buscar una gandola. Yo estoy en el centro comercial con unos amigos a los que no conozco, Enfurezco. Las Queseras del medio est\u00e1n a trecientos kil\u00f3metros y tendr\u00e9 que ir en autob\u00fas. Grito por el walkie. Le digo a pap\u00e1 que c\u00f3mo se le ocurre enviarme tan lejos as\u00ed, de improviso y sin carro, que no pienso ir. Pap\u00e1 grita por el walkie. Me amenaza. La boca le regurgita. Grito por el walkie. Cedo. Le digo que ir\u00e9, pero que esta ser\u00e1 la \u00faltima vez que hago para \u00e9l este tipo de diligencia. Pap\u00e1 grita por el walkie. Dice que har\u00e9 lo que \u00e9l me diga y cuando \u00e9l me lo diga. Apago el walkie y lo tiro. Llegamos a la terminal de autobuses. El abuelo me se\u00f1ala un abasto y me dice que all\u00ed puedo comprar cocacola. Me percato de que a mi m\u00f3vil le queda 26% de bater\u00eda. Para colmo me estoy meando.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;<\/strong>Clareaba cuando lleg\u00f3 hasta mi el sonido de cubiertos y platos entrechocando. Mam\u00e1 deb\u00eda estar en la cocina lavando la vajilla. Pronto los vecinos comenzar\u00edan a chistar con la vana intenci\u00f3n de que detuviera el infernal ruido. Aquellos sonidos maternales me alentaron. La fuerza volvi\u00f3. Levant\u00e9 la reja. Pero no, no fui yo. Cuatro fornidos obreros, salidos de qui\u00e9n sabe donde, la levantaron por mi y la colocaron en su lugar, delante del ventanal. Con enormes dificultades me puse en pie. Mi cuerpo todo estaba desajustado y tuve que recomponerlo a medida que me levantaba. Agradec\u00ed a los obreros su ayuda, pero estos no me prestaron ninguna atenci\u00f3n. Continuaron con sus labores como si yo no estuviese all\u00ed. Avergonzado, limpi\u00e9 el polvo de mis ropas y me puse en marcha. Mi rodilla izquierda cruj\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El plan era darle la vuelta a la casa por la parte trasera, atravesar el jard\u00edn, llegar al fondo del tendedero y subir por all\u00ed hasta la terraza. Lo hab\u00eda hecho infinidad de veces desde mi infancia hasta esta especie de postadolescencia bohemia que estaba viviendo. Pero hete aqu\u00ed que en lugar de jard\u00edn me top\u00e9 con una intrincada mara\u00f1a vegetal que exhalaba un vaho caliente y que palpitaba con la sosegada cadencia de un monstruo dormido. En una libretica que siempre llevaba conmigo por si se me ocurr\u00eda alguna idea que valiera la pena poner en papel y que, hasta la fecha, no hab\u00eda sido mancillada por l\u00e1piz alguno, escrib\u00ed: Llamar al jardinero. Luego, me intern\u00e9 en la espesura.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; No era f\u00e1cil avanzar por aquel enredo de hojas, ra\u00edces, ramas, troncos, fango y podredumbre que envilec\u00eda el aire, lo espesaba y lo transmutaba en sudor que se deslizaba por mi piel y empapaba mis ropas. Y pensar que esto fue alguna vez un hermoso jard\u00edn que mi abuela, \u00a1ay, mi pobre abuela!, cuidaba con esmero y amorosa paciencia. La record\u00e9 encorvada sobre sus rosales, arrancando las malas hierbas que enlutaban la grama verde y brillante, temblorosa y alegre. La record\u00e9, a mi abuela, removiendo la tierra de los tiestos, sembrando sus flores y sus matas, echando abono negro, aprisionando todo con una mirada de delicada concentraci\u00f3n. Record\u00e9 sus manos llenas de tierra sosteniendo la manguera con la que regaba su reino de delicada belleza que ahora se hab\u00eda convertido en un tumor vegetal en el que acechaban terribles serpientes, plantas venenosas, fieras ocultas cuyos ojillos brillantes segu\u00edan mis pasos con voraz avidez, la sed y el hambre, tal vez la muerte.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; No s\u00e9 c\u00f3mo, alcanc\u00e9 un claro. Luego de tanto tiempo caminando en las oscuras fauces de la selva, la luz blanca que ca\u00eda a chorros desde un cielo azul\u00edcimo me encandil\u00f3. Hac\u00eda all\u00ed, incluso, m\u00e1s calor. Con el tiempo mis ojos se fueron acostumbrando a la luz y pude ver que el claro era perfectamente circular, pero no demasiado grande, y que en el centro hab\u00eda una piedra de formas irregulares y que sobre la piedra, en una posici\u00f3n de extrema incomodidad, yo dir\u00eda que hasta dolorosa, estaba el jardinero. All\u00ed, recostado de mala manera, luc\u00eda cansado. Con sus manos atierradas sobre la cabeza parec\u00eda meditar en una derrota. Me acerqu\u00e9 y lo salud\u00e9. Sorprendido, se dejo caer sobre el suelo cubierto de hierbajos.&nbsp; Una espesa nube de polvo se desprendi\u00f3 de su pelo y de sus ropas. Ol\u00eda atierra seca. Se puso en pie y en lugar de sacudirse el polvo de la ropa y del pelo, cogi\u00f3 tierra y se la ech\u00f3 encima. Luego me miro con desinter\u00e9s. \u00bfMijo, qu\u00e9 hace usted por aqu\u00ed?, dijo y las palabras, atascadas en la boca, como si el jardinero intentase que no se escucharan, surgieron entrecortadas, apenas audibles. Trato de entrar a casa, dije. Ah, el regreso al hogar. Cosa dif\u00edcil, \u00bfno?, dijo. No le respond\u00ed puesto que no ve\u00eda nada tr\u00e1gico en mi situaci\u00f3n. Tan solo era un borracho incapaz de usar las llaves para abrir la puerta de su casa. \u00bfQu\u00e9 ha pasado con el jard\u00edn?, prefer\u00ed preguntar. El jardinero se tap\u00f3 la cara con las manos y empez\u00f3 a gemir y a lloriquear. Llor\u00f3 durante una hora, o algo as\u00ed, sin poder hablar. Entre tanto yo me dediqu\u00e9 a hacer nada. &nbsp;Me entretuvo un hombre que surgi\u00f3 de la selva. Asom\u00f3 primero la cabeza, el pelo desgre\u00f1ado y sucio, una barba maltrecha que m\u00e1s parec\u00eda una mancha de petroleo en la cara. Olfate\u00f3 el aire como una animal acechado. Cuando estuvo seguro de que no hab\u00eda peligro,&nbsp; mostr\u00f3 el cuerpo entero en el claro ba\u00f1ado por la luz como si surgiera de una piscina. Era delgado y no llevaba camisa, solo unos ra\u00eddos jeans cortados malamente por encima de las rodillas y unas botas de hule cubiertas de fango. El pecho y los brazos salpicados de costras de barro seco. En la mano izquierda aferraba un machete, la derecha se la puso en la frente a modo de visera y nos observ\u00f3 unos segundos. Su mirada ten\u00eda la dureza del granito y la agudeza de una flecha. Esto no es una mala met\u00e1fora. Sent\u00ed con absoluta claridad c\u00f3mo me traspasaba aquella mirada. Y debi\u00f3 concluir que ni el jardinero ni yo revest\u00edamos alg\u00fan peligro porque se dio la vuelta y con la mano que aferraba el machete hizo el gesto de avanzar. De la pared vegetal surgi\u00f3 entonces la cohorte de los espectros, una multitud de fantasmas vencidos por las tribulaciones del destino que en perfecto orden desfilaron ante nosotros, atravesaron el claro y se internaron de nuevo en la tupida selva. Hombres y mujeres, ni\u00f1os y ancianos, encorvados, harapientos, cubiertos de fango y trozos de hojas amarillentas pegadas a su piel sudorosa, los ojos tan negros, tan oscurecidos que ya no miraban las cosas de este mundo. La aparici\u00f3n fue tan sorprendente que el jardinero dej\u00f3 de lloriquear, cogi\u00f3 sus herramientas y volvi\u00f3 al trabajo. Lleg\u00f3 hasta el borde de la selva y con las tijeras de podar, un hacha y un azad\u00f3n fue ampliando la circunferencia del claro. Yo, por mi parte, me intern\u00e9 de nuevo en la selva en direcci\u00f3n al tendedero de la casa.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; No s\u00e9 yo cu\u00e1nto tiempo camine (\u00bfo ser\u00e1 mejor decir me arrastr\u00e9?) por esa selva espantosa. En aquellas profundidades vegetales apenas llegaba la luz del sol de modo que pronto perd\u00ed la cuenta del paso de los d\u00edas. No s\u00e9 yo cu\u00e1ntas veces escuch\u00e9 el rugido del jaguar, su aliento caliente helando mi cara, cu\u00e1ntas piedras me lanzaron los araguatos hist\u00e9ricos desde las alturas de los \u00e1rboles, cu\u00e1ntas serpientes lanzaron su latigazo venenoso contra mi cuerpo, cu\u00e1ntas veces los bachacos quisieron devorarme mientras mal dorm\u00eda acurrucado entre las ra\u00edces de una caoba, cu\u00e1ntos r\u00edos anchos y caudalosos vade\u00e9 luchando contra sus tit\u00e1nicas corrientes, evitando sus remolinos traicioneros y sus caimanes silenciosos. Me alimentaba de bicharracos asquerosos y saciaba mi sed con el agua de la lluvia perenne que se colaba por el espeso follaje de los \u00e1rboles. Siempre hacia adelante. Sin desfallecer.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Fue as\u00ed como &nbsp;un d\u00eda llegu\u00e9 a la entrada del tendedero. Para entonces yo ya no era humano. Era un trozo de barro endurecido de cuyas grietas surg\u00edan coloridas florecillas y asomaban sus blancas cabezas las lombrices y cuya superficie era un hervidero de cucarachas, termitas, chinches, pulgones, escarabajos y mariquitas que corr\u00edan, entrechocaban y se enfrentaban&nbsp; sin detenerse jam\u00e1s, sin conciencia de ellos mismos ni de donde o sobre quien se encontraban. Sin embargo, yo estaba dispuesto a continuar a pesar de que la entrada del tendedero estaba bloqueada por una pila de cachivaches herrumbrosos puestos de cualquier manera, unos sobre otros en abrazos obscenos y en un equilibrio tan precario que si no se ven\u00eda abajo todo el tinglado era por la gran cantidad de trastos que hab\u00eda. A mi la borrachera y la resaca hac\u00eda tiempo que se me hab\u00edan pasado. A\u00fan as\u00ed, mi agotamiento era tal que apenas me adentr\u00e9 unos pasos en aquella laber\u00edntica catedral de los desechos busqu\u00e9 un rincocito, me ech\u00e9 sobre el suelo, me coloqu\u00e9 en posici\u00f3n fetal y me dorm\u00ed.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Me despert\u00f3 un calambre en el brazo derecho. Una mujer dorm\u00eda a mi lado, la cabeza apoyada sobre mi hombro, uno de sus pechos desnudos aplastado contra mi torso. Me gustaba ese contacto carnoso y suave en el que adivinaba la dureza del pez\u00f3n. Fue por eso que dobl\u00e9 mi adolorido brazo y con la yema de los dedos recorr\u00ed la espalda de la mujer, subiendo y bajando como un skater el canal luminoso que la part\u00eda en dos, hasta llegar a las nalgas, protuberantes y lisas, duras como un durazno maduro. Las palp\u00e9 y luego las estruj\u00e9 con lascivia y finalmente baj\u00e9 la mano, siguiendo la linea oscura que terminaba entre las piernas y sintiendo los primeros ramalazos de una erecci\u00f3n. Pero la mujer apart\u00f3 mi brazo de un manotazo y se separ\u00f3 de mi. Solo piensas en el sexo, dijo sentada a mi lado. Dicho lo cual se puso unas bragas blancas y un top azul y salio de nuestro destartalado refugio. Afuera, en el estrecho espacio entre la tupida selva y la entrada, se baj\u00f3 las bragas hasta los tobillos y se puso en cuclillas. Mientras orinaba descansaba los brazos sobre las rodillas y la cabeza sobre los brazos y me miraba con ternura y una sonrisa tan dulce que sent\u00ed un delicioso temblor en el pecho. As\u00ed que le hice un gesto para que entrara, pero ella neg\u00f3 con la cabeza y sigui\u00f3 orinando. Luego entr\u00f3. Paso a mi lado avanzando a cuatro patas. Yo la tom\u00e9 por un tobillo y la hal\u00e9 hacia mi, pero ella, \u00e1gil como una gata, se dejo caer de costado y me solt\u00f3 una patada en la cara con la pierna libre. No me qued\u00f3 m\u00e1s remedio que soltarla y llevarme las manos a la nariz. La mujer llen\u00f3 el lugar con una estruendosa e imp\u00fadica carcajada que, a pesar del dolor en la nariz, me produjo otra erecci\u00f3n y se adentr\u00f3 en el laberinto de cachivaches oxidados y rotos en el que aparentemente viv\u00edamos juntos. Me qued\u00e9 a solas con mis pensamientos. Me aburr\u00ed. Al rato escuch\u00e9 la voz de la mujer que dec\u00eda: Ya va a estar lista la comida. En efecto, el lugar se impregn\u00f3 de un olor delicioso. Y pronto tuve ante mi un fest\u00edn digno de un Rey. Para empezar ostras frescas gratinadas, ba\u00f1adas en una mezcla de espinacas, mantequilla y hierbas arom\u00e1ticas, finas lonchas de salm\u00f3n ahumado servidas con tostadas y crema agria y pat\u00e9 de h\u00edgado de ganso, servido con una compota dulce de higos. Luego una sopa&nbsp; cremosa, preparada con langosta, brandy y una mezcla de verduras arom\u00e1ticas seguida por un tierno cordero asado con una costra de hierbas frescas y servido con una salsa de vino tinto, un filete de salm\u00f3n cocido a la perfecci\u00f3n y cubierto con una salsa beurre blanc, una salsa de mantequilla, vino blanco y chalotes y pato asado con una glaseado de naranja agridulce y servido con guarnici\u00f3n de verduras de temporada. Todo esto acompa\u00f1ado por pur\u00e9 de patatas mezclado con trufas, mantequilla y crema, y luego espolvoreado con l\u00e1minas de trufa, esp\u00e1rragos frescos envueltos en finas lonchas de jam\u00f3n prosciutto y asados al horno y una ensalada de r\u00facula fresca, peras en rodajas y queso gorgonzola, aderezada con vinagreta bals\u00e1mica. Todo ello acompa\u00f1ado por cantidades ingentes de Veuve Clicquot La Grande Dame, Chardonnay, Cabernet Sauvignon y Pinot Noir. Y para finalizar, los postres: Una deliciosa tarta de manzana caramelizada al rev\u00e9s,&nbsp; una Cr\u00e8me Br\u00fbl\u00e9e y trozos de fruta fresca y pedazos de pastel sumergidos en un delicioso chocolate derretido.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Mientras la mujer vivi\u00f3 all\u00ed, conmigo, como dije, com\u00ed como un rey, engord\u00e9 considerablemente, lo que aument\u00f3 las restricciones de movilidad en el reducido y ca\u00f3tico refugio del lavadero, pero jam\u00e1s, salvo fogosos, r\u00e1pidos y espor\u00e1dicos escarceos cuyos \u00fanicos resultados fueron atroces dolores en los test\u00edculos, pude consumar mi deseo por ella. Cuando finalmente se fue, se despidi\u00f3 con un casto beso en la mejilla y sali\u00f3 a gatas del lavadero canturreando Lucy in the Sky With Diamonds de los Beatles. Justo antes de desaparecer tras el muro selv\u00e1tico se dio la vuelta y me mir\u00f3 con una mezcla de l\u00e1stima y alivio, como quien mira a un perrito al que se deja abandonado a su suerte.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Otra vez solo. Una soledad de una calidad distinta, concentrada en el pecho, melanc\u00f3lica que me hizo recordar mi prop\u00f3sito, olvidado hace tanto tiempo, ahogado por la lujuria. Aguc\u00e9 el o\u00eddo a la caza de sonidos que corroboraran que por encima de mi segu\u00eda la casa y sus habitantes. Me pareci\u00f3 escuchar risas met\u00e1licas y una m\u00fasica circense que proven\u00edan del televisor de la cocina. Tambi\u00e9n, la voz ligeramente aguda, cantarina, populachera de un locutor me indicaba, si es que realmente la escuchaba, que era s\u00e1bado. Aquellos sonidos familiares me trajeron de vuelta el ferviente deseo de regresar al hogar. As\u00ed que me puse en marcha con \u00edmpetu renovado, animado por la corazonada de que mi destino estaba al alcance de la mano. Y as\u00ed deb\u00eda ser puesto que el lavadero era un estrecho pasillo de no m\u00e1s de tres metros de largo. Y al llegar al final no ser\u00eda dif\u00edcil, lo hab\u00eda hecho infinidad de veces, subir al techo del cuarto en el que dorm\u00eda mi bisabuela y saltar finalmente a la terraza del segundo piso. Pan comido. Salvo por la constataci\u00f3n de que mi adquirida gordura, consecuencia de las op\u00edparas comidas con las que hab\u00eda sido alimentado por la mujer los \u00faltimos tiempos, dificultaban enormemente el avance en aquel pasadizo en el que, en montones informes, se acumulaban picos, azadones, mangos de pala, tablas de madera podrida por acci\u00f3n del agua de lluvia, tubos oxidados, antiqu\u00edsimos ba\u00fales, ropa vieja, ajada y descolorida, prensas puestas sobre tr\u00edpodes de madera, infinidad de cajas llenas de tornillos, archivadores, planos arquitect\u00f3nicos dibujados con un pulso tembloroso, sof\u00e1s, sillones, mesas y sillas de madera h\u00fameda y cubierta de musgo y un largo etc\u00e9tera por el que avanzaba penosamente, pero con voluntad inquebrantable. Ni siquiera la exasperante lentitud con la que ganaba terreno hac\u00eda mella en mi \u00e1nimo. Dorm\u00eda cuando ten\u00eda sue\u00f1o y com\u00eda cuando ten\u00eda hambre (hab\u00eda tomado la previsi\u00f3n de apertrecharme con los restos del largo fest\u00edn gastron\u00f3mico del que hab\u00eda disfrutado). As\u00ed fui dejando atr\u00e1s la parte complicada del trayecto, todos aquellos cachivaches inservibles que obstru\u00edan el paso. Ahora avanzaba sobre terreno despejado. Me sent\u00eda exaltado a pesar que no se ve\u00eda el final del tendedero sino un t\u00fanel estrecho mal iluminado por una luz de origen impreciso, una luz que simplemente estaba all\u00ed, como si surgiera del propio \u00e9ter y que alumbraba de mala manera el t\u00fanel que se perd\u00eda en la oscuridad.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Pero el t\u00fanel se hizo m\u00e1s estrecho, el techo a descender imperceptiblemente. En alg\u00fan momento, no sabr\u00eda decir cuando, hab\u00eda perdido la noci\u00f3n del tiempo, comenc\u00e9 a caminar con la cabeza gacha, luego encorvado, m\u00e1s tarde, pero \u00bfcu\u00e1ndo?, a cuatro patas, y finalmente a rastras. Soy un evadido, me dije, sinti\u00e9ndome ya muy poco exaltado. Un evadido frustrado puesto que hab\u00eda llegado a un callej\u00f3n sin salida. Atrapado. Lo sab\u00eda aunque no por ello dejaba de arrastrarme como un gusano sobre el suelo de cemento crudo. Finalmente, con la cabeza incrustada como una cu\u00f1a entre el suelo y el techo, sin poder avanzar ni retroceder, pens\u00e9 en el Dios malicioso cuyos designios me hab\u00edan atra\u00eddo hasta este callej\u00f3n sin salida. Entonces, la luz se desvaneci\u00f3. Qued\u00e9 sumido en una oscuridad compacta, densa, absoluta. Me desvanec\u00ed yo tambi\u00e9n. Me convert\u00ed en un ser et\u00e9reo que flotaba en la nada. Supe que no volver\u00eda a casa, que aquello que yo llamaba casa se hab\u00eda convertido en una abstracci\u00f3n o, peor a\u00fan, que solo hab\u00eda existido en mi imaginaci\u00f3n. Supe que yo siempre hab\u00eda vagado por la tierra yerma. Supe que lo que llamaba hogar era una construcci\u00f3n de la memoria que se iba desmoronando o, mejor, disolviendo como un castillo de arena ante los embates del mar, hasta que solo quedaban unas formaciones&nbsp; lodosas y ligeramente circulares y que, tambi\u00e9n ellas, terminar\u00edan desapareciendo con la marea alta.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 En el momento que acept\u00e9 mi desaparici\u00f3n y la quimera en la que hab\u00eda vivido percib\u00ed, a mi izquierda, un p\u00e1lido resplandor azul. Tambi\u00e9n pude verme a mi mismo en la forma de un nonato de cabeza oblonga y grandes ojos de alien\u00edgena. Su cabeza\u00a0 giraba lenta y segura en el espacio. El resplandor azul se acentu\u00f3 y cobr\u00f3 solidez. Frente a los ojos sabios, curiosos y sin p\u00e1rpados del no nacido apareci\u00f3 en todo su esplendor la esfera brillante y azul de la tierra. La visi\u00f3n dur\u00f3 lo que dura un rayo, el tiempo suficiente para que la retina convirtiera la imagen en impulsos el\u00e9ctricos y estos alcanzaran el cerebro a trav\u00e9s del nervio \u00f3ptico. Repentinamente la tierra se parti\u00f3 en cientos de miles de millones de pedazos. Como si de un rompecabezas lanzado al aire se tratara sus piezas se dispersaron en el espacio. El nonato las vio alejarse hasta desaparecer entre las estrellas. No percibi\u00f3 ning\u00fan sentimiento frente a la cat\u00e1strofe. En el lugar en donde hab\u00eda estado el planeta hab\u00eda ahora un agujero negro. Una masa tan densa que su gravedad atra\u00eda al universo entero hacia su v\u00f3rtice oscuro y lo engull\u00eda como la serpiente que se come su propia cola. El nonato tambi\u00e9n fue devorado por aquella poderosa y silenciosa gravedad que todo lo quer\u00eda. Es imposible llamar viaje a este extra\u00f1o tr\u00e1nsito en el interior del agujero negro. En esa nada gravitatoria no funcionaban las leyes del espacio-tiempo. Solo es posible decir que aquello, fuera lo que fuera, termin\u00f3 y que el nonato fue engullido, ahora, por un agujero blanco cuya brillant\u00edsima luz lo ceg\u00f3. No pudo ver m\u00e1s que luz, una luz s\u00f3lida que le impidi\u00f3 ver el final de este extra\u00f1o viaje. Transmutado en una lombriz rojiza de medio metro de largo, cay\u00f3 sobre la tierra h\u00fameda del jard\u00edn de una casa que le pareci\u00f3 vagamente familiar. Un conato de alegr\u00eda recorri\u00f3 la babosa superficie de su cuerpo. Un suspiro de alivio sali\u00f3 de su boca abierta, dispuesta ya a hundirse en la tierra h\u00fameda, a crear los t\u00faneles del nuevo y definitivo hogar que le dar\u00eda cobijo y alimento hasta el fin de sus d\u00edas.<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\">El ahogado<\/h3>\n\n\n\n<p>As\u00ed, de la nada, lleg\u00f3 el recuerdo de mi muerte, ahogado en las orillas del mar, debajo de la tripa de un cami\u00f3n que con su lona a modo de asiento se mantuvo encima de m\u00ed debido a la terca insistencia de las olas y me impidi\u00f3 asomar la cabeza fuera del agua para reponer el ox\u00edgeno que me iba faltando. Un segundo antes de que me estallaran los pulmones abr\u00ed los ojos y pude ver un par de pececitos descoloridos que me observaban con algo parecido al asombro.<\/p>\n\n\n\n<p>No mucho despu\u00e9s el mar me deposit\u00f3 con dulzura sobre la arena. No supe muy bien qu\u00e9 hacer ni a d\u00f3nde ir. Era incapaz de alejarme del cuerpo fr\u00edo, h\u00famedo y cubierto de arena que yac\u00eda a mi lado y que ahora los cangrejos, salidos de sus escondrijos, degustaban con codicioso placer. Intent\u00e9 espantarlos, pero mi actual inconsistencia f\u00edsica lo imped\u00eda. Por suerte lleg\u00f3 un grupo de personas y los cangrejos regresaron raudos a sus oscuros agujeros en la arena. Me percat\u00e9 de que no hab\u00edan mancillado en demas\u00eda el cuerpo y a\u00fan manten\u00eda su rara belleza. Algo as\u00ed dijo alguien: Es el ahogado m\u00e1s hermoso del mundo. Otro dijo: La carne del ahogado m\u00e1s hermoso del mundo debe ser deliciosa.<\/p>\n\n\n\n<p>Rodeaban el cuerpo del que no era capaz de separarme. En silencio lo contemplaban, podr\u00eda decirse que con reverencia o algo muy parecido al \u00e9xtasis. Era un grupo heterog\u00e9neo de personas. Podr\u00eda describirlos, pero para qu\u00e9. Me cansa. La muerte cansa, \u00bfqui\u00e9n lo iba a decir? Pongan ustedes a un peluquero travestido junto a un cura, un abogado embutido en su flux y con el portafolio en la mano junto a un enano vestido de payaso, una diva de cine en un hermoso traje de lentejuelas junto a un vendedor de helados con su uniforme blanco y su carrito con campanitas. As\u00ed se har\u00e1n una idea. Lo \u00fanico que articulaba a este grupo era el embeleso que les provocaba mi cuerpo. Sin embargo, se hab\u00edan acercado por la infinita playa como un grupo unido por a\u00f1os de convivencia y objetivos comunes.<\/p>\n\n\n\n<p>Me entretuve viendo a una ni\u00f1a y a un ni\u00f1o que corr\u00edan entre las palmeras en direcci\u00f3n a un embarcadero derruido. La ni\u00f1a entr\u00f3 al agua y, cuando pas\u00f3 junto a una gruesa cabilla que sobresal\u00eda unos palmos sobre la superficie, hizo un gesto de dolor. Dio media vuelta y regres\u00f3 a la orilla saltando sobre un pie. Le mostr\u00f3 al ni\u00f1o el tobillo desgarrado en el que se pod\u00edan ver gruesos jirones de grasa colgando hacia afuera y al fondo del agujero abierto por el acero de la cabilla los huesos relucientes. El ni\u00f1o se detuvo en seco y convertido en una estatua de piedra mir\u00f3 l\u00edvido y con cara de espanto aquella cat\u00e1strofe y finalmente dio media vuelta y huy\u00f3, perdi\u00e9ndose entre las palmeras. La ni\u00f1a se qued\u00f3 berreando a orillas del mar. En ese momento sent\u00ed que jalaban de m\u00ed. Las peripecias de estos ni\u00f1os que hab\u00edan salido de la nada me hab\u00edan distra\u00eddo, as\u00ed que cuando me di la vuelta me encontr\u00e9 con que el grupo de gente heterog\u00e9nea hab\u00eda levantado el cuerpo de la arena y ahora se alejaban cargando con \u00e9l. No tuve m\u00e1s remedio que seguirlos. Segu\u00eda unido a ese pedazo de carne con un lazo invisible, pero poderoso.<\/p>\n\n\n\n<p>Caminamos durante horas por la playa en fuga interminable. No se acababa nunca aquella doble l\u00ednea marr\u00f3n claro, la de tierra, y verdosa, la del mar, que con la llegada paulatina de la noche se torn\u00f3 primero color plomo y finalmente negra y pesada. El cielo se llen\u00f3 de estrellas. Palpitaban sus mensajes cifrados para los peces. Las luces de un barco nos acompa\u00f1aban a la distancia. Aquellas luces emit\u00edan otro mensaje, esta vez dirigido exclusivamente a m\u00ed. Me llamaban con canto de sirenas. Me recordaban mi viejo deseo de ser marinero. Mejor dicho, de llevar la vida de un marinero. Mejor la de un capit\u00e1n que durante las noches quietas se encierra en su camarote y escribe poemas dedicados a la mar. Habr\u00eda querido, en ese mismo momento, alejarme del grupo y dirigirme hacia esas luces. Atender su llamado y perderme para siempre en los confines del oc\u00e9ano. Pero all\u00ed segu\u00eda el cuerpo que reclamaba mi presencia. Yo, que ya nada ten\u00eda que ver con \u00e9l, lo segu\u00eda a rega\u00f1adientes. No pod\u00eda evitarlo, pero deseaba que las cadenas que nos un\u00edan se rompieran pronto.<\/p>\n\n\n\n<p>Al amanecer llegamos a un r\u00edo que abrevaba con sus aguas dulces las del mar. El grupo de gente heterog\u00e9nea lav\u00f3 el cuerpo en sus aguas cristalinas. Luego lo colocaron en una mesa de madera y procedieron a trocearlo. Primero separaron la cabeza del cuerpo con un corte r\u00e1pido, limpio. La tiraron sobre la arena. Las gaviotas cayeron sobre ella, \u00e1vidas de carne. El cuerpo a\u00fan fresco, de un color vivo y sin olores fuertes, era tratado con una respetuosa dulzura por el grupo de gente heterog\u00e9nea. Primero trabajaron sobre el vientre. Cortes precisos realizados con suaves movimientos metaf\u00edsicos originaron piezas perfectas. Luego, esos rect\u00e1ngulos de carne fresca y sonrosada fueron cortados en finas l\u00e1minas de dos mil\u00edmetros o en gruesas piezas de dos dedos de grosor. Los huesos, con jirones de carne, cart\u00edlagos y grasa, se echaron en un barril lleno de agua hirviendo que colgaba sobre una gran fogata. All\u00ed los cocinaron durante horas. Luego los sacaron, esperaron a que se enfriaran, los secaron y los limpiaron y finalmente se los dieron a los ni\u00f1os para que jugaran con ellos como quisieran, ni\u00f1os que yo no hab\u00eda visto antes y que salieron de la h\u00fameda y tupida selva que se inclinaba sobre la playa y que me recordaron al ni\u00f1o aterrorizado que huy\u00f3 de su amiga herida. Sent\u00ed la imperiosa necesidad de encontrarlo. Ahora que no hab\u00eda cuerpo que me amarrase con lazos ambiguos pero poderosos, pod\u00eda ir a donde quisiera. As\u00ed que ech\u00e9 una \u00faltima y enternecida mirada al grupo de gente heterog\u00e9nea que, sentados alrededor de la fogata, se alimentaban de mi carne, y a los ni\u00f1os que enfrascados en una batalla campal profer\u00edan salvajes aullidos y se golpeaban duramente con mis huesos calcinados, y me alej\u00e9 en busca del ni\u00f1o asustado.<\/p>\n\n\n\n<p>Vagu\u00e9 quedamente entre palmeras y cangrejos enfurecidos que intentaban sin \u00e9xito atrapar mi alma con sus grandes pinzas. Pas\u00e9 frente al muelle derruido y vi la sangre coagulada sobre la arena. Mir\u00e9 fascinado el bello contraste del rojo sobre el dorado y sent\u00ed el agudo pinchazo de la nostalgia. Por breves segundos tuve la necesidad del contacto f\u00edsico, de regresar a la vida de carne y hueso. Apenas fue un parpadeo melanc\u00f3lico porque de inmediato volv\u00ed a recordar al ni\u00f1o asustado y mi prop\u00f3sito de encontrarlo. As\u00ed que segu\u00ed vagando l\u00e1nguidamente, sin rumbo predeterminado, convencido de que era la \u00fanica forma, la correcta en todo caso, de encontrarlo.<\/p>\n\n\n\n<p>Segu\u00eda deambulando cuando una tormenta se acerc\u00f3 desde el horizonte. A\u00fan lejanos, los truenos retumbaron. El viento se enviolent\u00f3 en err\u00e1ticas r\u00e1fagas y la piel del mar se eriz\u00f3, formando penachos de espuma blanca que golpeaban en la orilla como si quisieran trag\u00e1rsela. Pesadas y negras nubes se posicionaron sobre m\u00ed y se vinieron abajo en una apretada cortina de goterones oscuros, tan espesa que el paisaje se disolvi\u00f3 a mi alrededor. Entonces lo vi. Al principio s\u00f3lo era una mancha informe que bailaba bajo la lluvia. Cuando me acerqu\u00e9 y me puse a su lado segu\u00eda siendo una masa informe que bailaba bajo la lluvia, impulsado por el rugido del mar y el retumbar del cielo. No hab\u00eda duda de que se trataba del ni\u00f1o asustado, pero convertido en una suerte de cualidad de la naturaleza enardecida, un ente salvaje que se retorc\u00eda al ritmo de la tempestad. Eres mi sue\u00f1o, dijo el ni\u00f1o asustado o aquella mancha cambiante que alguna vez fue el ni\u00f1o asustado. Y yo soy el sue\u00f1o de otro, continu\u00f3. Escuch\u00e9 la sirena de un barco y luego la tormenta ces\u00f3. En su lugar una densa niebla nos rodeaba. Aunque apenas pod\u00eda verlo, el ni\u00f1o asustado volv\u00eda a ser el ni\u00f1o asustado: la cara p\u00e1lida, los ojos muy abiertos al terror del mundo, la boca entreabierta y muda. Hilillos de orina descend\u00edan por el interior de sus muslos. El silencio era absoluto, doloroso. El ni\u00f1o asustado volvi\u00f3 a huir, volvi\u00f3 a perderse entre las palmeras. Yo mir\u00e9 hacia la niebla que era el mar. O\u00ed el golpe de unos remos contra el agua que estaba como muerta. Se materializ\u00f3 una barcaza en la orilla. Una mano se me ofreci\u00f3 y yo la tom\u00e9. El fondo de la barcaza estaba cubierto por un manto negro del que brotaban unas matas de alargadas y finas hojas coronadas por peque\u00f1as flores amarillas y rojas. Cuando la niebla se disip\u00f3, y lo hizo con la misma abrupta rapidez con la que se materializ\u00f3, pude ver en la popa a un dulce viejo de sonrisa hier\u00e1tica que remaba sin dejar de mirarme. \u00bfO miraba la orilla que se alejaba? A lo lejos, mar adentro, imposible determinar con exactitud la distancia, las luces de un barco nos aguardaban. Bogamos durante largo tiempo, bogamos lo que pudo ser una eternidad, al ritmo del encuentro l\u00fabrico de los remos con el agua del mar. Sin embargo, el tiempo parec\u00eda haberse detenido, y nosotros con \u00e9l, en un suspiro interminable\u2026 Hasta que la barcaza golpe\u00f3 el casco met\u00e1lico del barco. Una escalerilla se desenroll\u00f3 sobre nosotros y cay\u00f3 sobre la barcaza, al lado del dulce y mudo viejo. Nadie me dijo qu\u00e9 hacer. Ascend\u00ed por la escalerilla y me plant\u00e9 sobre la cubierta desierta. Las m\u00e1quinas se pusieron en marcha, las h\u00e9lices giraron silenciosamente bajo las aguas, el barco cruji\u00f3 como la barquilla de un helado, se parti\u00f3 por la mitad y se fue a pique y con \u00e9l se hundieron mis sue\u00f1os de navegar eternamente por los mares de este mundo.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a rel=\"noreferrer noopener\" href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/quim-ramos\/\" target=\"_blank\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n\n\n\n<h6 class=\"wp-block-heading\">*Foto: Geczain Tovar<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>No s\u00e9 yo muy bien por qu\u00e9\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Llegu\u00e9 a casa en la madrugada, borracho y feliz no s\u00e9 yo muy bien por qu\u00e9, seguramente por pura alucinaci\u00f3n alcoh\u00f3lica. Saqu\u00e9 las llaves del bolsillo, eleg\u00ed no sin cierta dificultad la llave de la puerta principal y la met\u00ed en la cerradura. 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