{"id":11639,"date":"2024-04-23T19:56:07","date_gmt":"2024-04-23T19:56:07","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=11639"},"modified":"2024-04-23T19:56:07","modified_gmt":"2024-04-23T19:56:07","slug":"una-buena-receta-contra-la-nostalgia","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/una-buena-receta-contra-la-nostalgia\/","title":{"rendered":"Una buena receta contra la nostalgia"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Paulette Silva Beauregard<\/h4>\n\n\n\n<p>El perfil de Eduardo Blanco hecho por el cr\u00edtico Felipe Tejera en 1881 me permitir\u00e1 presentar un problema que creo importante para acercarse a la novela venezolana del siglo XIX. Se trata de un retrato que parece m\u00e1s dedicado a un dandy, a un \u201chombre de mundo\u201d, de sal\u00f3n, que al patri\u00f3tico escritor de los cuadros hist\u00f3ricos de Venezuela heroica (1881), siempre celebrado por los textos escolares. A la representaci\u00f3n tradicional de Eduardo Blanco que han tejido la cr\u00edtica y el nacionalismo exaltado, quiero oponer el semblante de su contempor\u00e1neo Felipe Tejera; al lado de la imagen del soldado patriota que abandona la armas por la pluma, me atrevo a colocar la del caraque\u00f1o \u201cafectado\u201d y afrancesado que \u201cm\u00e1s que por las musas, era mimado por las damas\u201d (1881, 356). Dice Tejera:<\/p>\n\n\n\n<p><em>[\u2026] aprendi\u00f3 franc\u00e9s por s\u00ed solo, y desde luego dio con entra\u00f1able afici\u00f3n a la lectura de la novela francesa, que por entonces era el mayor, si no exclusivo entretenimiento de la sociedad caraque\u00f1a: y la cual ha influido tanto en las costumbres nacionales que al cabo m\u00e1s parecemos, en cierto modo, colonizados por Francia, que leg\u00edtimos descendientes de los caballeros descubridores de Am\u00e9rica. Ejemplo vivo de aquella poderosa influencia fue muy luego Eduardo Blanco que as\u00ed en el trato como en la forma y car\u00e1cter de sus escritos, afecta el tipo de literato franc\u00e9s. (1881, 356)<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>Seg\u00fan Tejera, cuando aparecieron sus primeros trabajos en la d\u00e9cada de los setenta en la revista La Tertulia, nadie pod\u00eda sospechar que detr\u00e1s del seud\u00f3nimo se ocultaran las charreteras del militar Eduardo Blanco. Consigue finalmente \u201creputaci\u00f3n literaria\u201d con la novela <em>Una noche en Ferrara <\/em>(1875), pues hab\u00eda \u201cvencido la mejor batalla del escritor, que es aquella que convence al p\u00fablico\u201d (357). \u00c9xito similar alcanza con el drama Lionfort, representado en Caracas en 1879, aunque Tejera no comparte los elogios que le hizo la prensa en aquel momento (se\u00f1ala que sigue los \u201cfragosos caminos de Echegaray\u201d; 357). Por \u00faltimo, se refiere a Venezuela Heroica, libro que ha tenido \u201ctan buena fortuna, que la primera edici\u00f3n de dos mil ejemplares ha sido agotada en el curso de pocos d\u00edas\u201d (358). Tal vez este dato deber\u00eda colocarse entre los rasgos heroicos que abundan en este libro y que tanto gustaron a Jos\u00e9 Mart\u00ed, quien termina por recomendarlo como texto para las escuelas americanas (1881, 31). Es, sin lugar a dudas, una verdadera haza\u00f1a en el terreno de las ventas de impresos durante el siglo XIX venezolano, tanto as\u00ed que incluso hoy resulta dif\u00edcil igualarla.<\/p>\n\n\n\n<p>Blanco es entonces en esta semblanza un afectado escritor y un afrancesado hombre de sal\u00f3n, adorado por las damas y por el p\u00fablico. Es una imagen, adem\u00e1s, que puede ser de utilidad para entender la importancia de los productos del \u201ccapitalismo impreso\u201d (Anderson) en la cultura venezolana del siglo XIX: libros, peri\u00f3dicos, folletines, revistas y, por qu\u00e9 no, poses \u201cliterarias\u201d, fueron rubros principales en el consumo de bienes de la moda parisiense acogidos en Caracas, junto con perfumes, telas, vestidos y licores, peinados y adornos.<\/p>\n\n\n\n<p>En la \u00e9poca en que se impone la moda de leer novelas en Caracas, de acuerdo con Tejera, esto es, a mediados del siglo XIX, efectivamente se publicaron en forma de libro unas cuantas traducciones de folletines de Sue y los Dumas, por no mencionar las muchas traducciones de novelas europeas que publicaban por entregas peri\u00f3dicos y revistas, ni aquellas que se importaban para la venta en las librer\u00edas venezolanas, o se compraban -a veces se encargaban directamente a Europa- para el consumo de aquellos que, como Blanco, pod\u00edan leerlas en su lengua original<sup>1<\/sup>. El inter\u00e9s del p\u00fablico que perciben y que alimentan los editores de revistas y peri\u00f3dicos por estas novelas puede seguirse en una nota publicada en El Repertorio, titulada \u201cLos siete pecados capitales\u201d:<\/p>\n\n\n\n<p><em>En el peri\u00f3dico de Par\u00eds leemos: que tan pronto como M. Eugenio Sue concluya su magn\u00edfica obra \u201cEl jud\u00edo errante\u201d, se empezar\u00e1 a publicar en siete tomos otra del mismo autor, cuyo t\u00edtulo es \u201cLos siete pecados capitales\u201d. Tenemos el gusto de anunciar a nuestros suscriptores que estamos dando todos los pasos necesarios para conseguir inmediatamente la citada obra, la cual publicaremos en espa\u00f1ol con la menor tardanza posible: y la ofreceremos a nuestros suscriptores por un 33 por ciento menos que a las dem\u00e1s personas que quieran tomarla. El nombre de su autor basta a recomendarla. (S.A. \u201cLos siete pecados capitales\u201d, 1845: 58)<\/em> <sup>2<\/sup><\/p>\n\n\n\n<p>Lamentablemente, muchas de estas ediciones no fueron guardadas en las bibliotecas venezolanas: las pol\u00edticas de conservaci\u00f3n del material bibliogr\u00e1fico, aquellas que construyen el \u201carchivo de la memoria nacional\u201d, por as\u00ed llamarlo, no prestan mucha atenci\u00f3n a las traducciones de obras extranjeras, menos a\u00fan si se trata de productos de la industria cultural, como es el caso de los folletines (precisamente aquellos que m\u00e1s importan para un estudio sobre las pr\u00e1cticas lectoras y la circulaci\u00f3n de impresos). Estas novelas fueron, adem\u00e1s, entendidas como muestras de un proceso de \u201cafrancesamiento\u201d que no cuadra tampoco con los objetivos nacionalistas de las historias de la literatura venezolana, las mismas que vieron el uso de procedimientos folletinescos o melodram\u00e1ticos y la ausencia de temas venezolanos (mejor dicho, nacionalistas) como defectos o como rasgos que mostraban la poca madurez de la literatura de esa \u00e9poca (es la perspectiva que domin\u00f3 en los estudios sobre el siglo XIX hasta hace unas d\u00e9cadas, como destaca Domingo Miliani en el <em>Tr\u00edptico venezolano<\/em>)<sup>3<\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p>Los cambios que produjo, en la Caracas de mediados de siglo, la recepci\u00f3n de las modas parisinas (y la consecuente alarma que acarre\u00f3 en ciertos sectores) es el tema del conocido ensayo que entrega Ferm\u00edn Toro en El Liceo Venezolano en 1842 titulado \u201cIdeas y necesidades\u201d, texto dedicado a se\u00f1alar el desajuste existente en la sociedad venezolana como consecuencia de la recepci\u00f3n de la cultura europea. Destaca que Venezuela ha sido \u201cremolcada\u201d por Europa, pues \u201c[\u2026] recibiendo sus ideas, sus usos y costumbres, su civilizaci\u00f3n entera sin haber pasado por la penosa faena de adquirirla del propio desarrollo, poco a poco y en el transcurso de siglos; en esta situaci\u00f3n, decimos, \u00bfno progresar\u00e1 en ideas y, por consiguiente, en necesidades m\u00e1s que en medios de satisfacerlas? Echemos, si no, una r\u00e1pida ojeada al estado actual de la Rep\u00fablica\u201d (88).<\/p>\n\n\n\n<p>Toro vuelve sobre este problema en \u201cUn rom\u00e1ntico\u201d (1842), relato costumbrista en el que presenta a un joven que habla en verso (no en prosa, como el conocido personaje de Moli\u00e8re) y en cierto modo enajenado por la literatura. En otro trabajo (2007) he propuesto que \u201cUn rom\u00e1ntico\u201d podr\u00eda leerse como un texto que denuncia la \u201cepidemia lectora\u201d caraque\u00f1a, esto es, el consumo indiscriminado de libros \u201crom\u00e1nticos\u201d y sus efectos negativos en la cultura<sup>4<\/sup>. El personaje de Toro es un lector \u201csalvaje\u201d de literatura, por muy exquisitos que sean sus gustos, que muestra la p\u00e9rdida de los l\u00edmites entre realidad y ficci\u00f3n que pretendidamente acarre\u00f3 el culto al libro (Las penas del joven Werther y Mar\u00eda son buenos ejemplos). De hecho, al igual que Madame Bovary, el rom\u00e1ntico es en este relato un receptor que se apropia inadecuadamente de la ficci\u00f3n, que hace una recepci\u00f3n desviada al asumir la literatura, la ficci\u00f3n, casi como un manual de conducta. En el cuento de Toro podr\u00eda hablarse de la adopci\u00f3n irreflexiva de una moda europeizante ligada a los libros y a la pose, como ocurre en cierto sentido con el Eduardo Blanco que presenta Felipe Tejera.<\/p>\n\n\n\n<p>Libros, pose, lectura indiscriminada, afrancesamiento, hablan de un fen\u00f3meno cultural que no ha sido estudiado hasta ahora para ese per\u00edodo (pues se asocia s\u00f3lo al in de siglo, a pesar de la visible importancia que tuvo para la literatura venezolana del siglo XIX). Es por este motivo que quiero acercarme a Z\u00e1rate a partir de esos elementos folletinescos y de las muchas citas a la cultura europea ampliamente difundida por la prensa en el siglo XIX, y no como uno de los defectuosos eslabones iniciales en la historia de la \u201cliteratura patria\u201d, concebida como un desile de autores y obras s\u00f3lo venezolanos, aislados, por tanto, de las m\u00faltiples y ricas relaciones que efectivamente tuvieron con otras manifestaciones culturales, especialmente con la novela europea pensada para el gran p\u00fablico que al parecer tanto \u00e9xito consigui\u00f3 en la Venezuela del siglo XIX, a juzgar por las quejas de algunos letrados como Felipe Tejera<sup>5<\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>El Jabal\u00ed de las Ardenas<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Poco tiempo despu\u00e9s del \u00e9xito de ventas conseguido por Eduardo Blanco con la primera edici\u00f3n de Venezuela heroica, aparece Z\u00e1rate (1882), novela sobre un bandido que se dedica a saquear las poblaciones de los valles de Aragua. Las relaciones que guarda el relato con los textos hist\u00f3ricos venezolanos m\u00e1s conocidos en esa \u00e9poca son m\u00e1s que evidentes<sup>6<\/sup>. Podr\u00eda agregarse que el relato coquetea con innegables figuras e im\u00e1genes de la historia republicana venezolana, con elementos centrales dentro de los discursos hist\u00f3ricos que hacia la d\u00e9cada de los ochenta eran fan\u00e1ticamente patri\u00f3ticos<sup>7<\/sup>. Sin embargo, la novela al mismo tiempose desv\u00eda de los textos nacionalistas que buscan exaltar a los h\u00e9roes y las grandes  batallas (la apuesta de Venezuela heroica) a trav\u00e9s de una relaci\u00f3n intertextual que creo importante considerar.<\/p>\n\n\n\n<p>Me refiero a la po\u00e9tica que de manera expl\u00edcita aparece en el tercer cap\u00edtulo de la novela, titulado \u201cUna buena receta contra la nostalgia\u201d, espec\u00edficamente en la conversaci\u00f3n que mantienen el capit\u00e1n Horacio Delamar y su amigo, el pintor Lastenio, mientras atraviesan los valles de Aragua para unirse a la tropa que le permitir\u00e1 al primero cazar al bandido Santos Z\u00e1rate y, al mismo tiempo, visitar a su t\u00edo Carlos Delamar en la hacienda El Torre\u00f3n. Ambos personajes tienen un pasado com\u00fan: se han ido de Venezuela huyendo de los estragos causados por las guerras independentistas y han residido en Europa por varios a\u00f1os. Ambos, adem\u00e1s, han tenido serias dificultades para adaptarse de nuevo al pa\u00eds. Horacio lo ha conseguido al adoptar el \u201cfilos\u00f3ico proverbio\u201d: \u201cA la tierra donde fueres haz lo que vieres\u201d (20). <\/p>\n\n\n\n<p>La explicaci\u00f3n es sencilla: donde todo el mundo se dedica a la guerra, no queda otra que guerrear. Participa, entonces, en la batalla de Carabobo \u2013Bol\u00edvar le da un \u201cpuesto en su Estado mayor\u201d (21)\u2013 y consigue una medalla que le permite un \u201cpuesto de oicial advenedizo en aquel ej\u00e9rcito de h\u00e9roes que contaba por centenares sus brillantes victorias\u201d (21). No logra hacerse general en las contiendas que contin\u00faan los venezolanos en el sur del continente por una herida de guerra y ya terminadas las jornadas heroicas y de reparto de honores, se dedica a la cacer\u00eda de bandidos \u2013dice: \u201c[h]oy, como ves, nada resta que hacer, y a falta de otra cosa mejor, me dedico para matar el tiempo a la caza de salteadores\u201d (21). Se trata, entonces, de un personaje menor en la historia patria, de un \u201cadvenedizo\u201d entre h\u00e9roes, uno m\u00e1s de los muchos que no pueden igurar en la galer\u00eda de pr\u00f3ceres y grandes batallas que construye Eduardo Blanco en Venezuela heroica o Guzm\u00e1n Blanco en el Pante\u00f3n Nacional unos pocos a\u00f1os antes<sup>8<\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p>Lastenio es tambi\u00e9n un \u201creci\u00e9n llegado\u201d, pero su regreso es mucho m\u00e1s reciente. Su descripci\u00f3n de la \u201cvuelta a la patria\u201d se asemeja m\u00e1s a la que protagonizar\u00e1 varias d\u00e9cadas despu\u00e9s Mar\u00eda Eugenia Alonso en la Ifigenia de Teresa de la Parra, que al conocido canto nacionalista y nost\u00e1lgico de P\u00e9rez Bonalde (1877). La confesi\u00f3n sobre la imposibilidad de adaptarse de nuevo al pa\u00eds tiene un tono un tanto culposo y dice as\u00ed:<\/p>\n\n\n\n<p><em>Voy a decirte lo que jam\u00e1s he dicho, lo que acaso me atraiga tus sarcasmos y me ponga en rid\u00edculo hasta a tus propios ojos\u2026 La vida que llevo hace seis meses me es insoportable; no puedo acostumbrarme a este pa\u00eds; me abruma la monoton\u00eda de esta existencia sin objeto inmediato, sin atractivos para el alma, sin goces para el esp\u00edritu, sin aliento para el coraz\u00f3n. No es que sea ingrato para con la patria: \u00a1oh! no lo creas; yo la admiro, la glorifico, la venero; pero me siento planta ex\u00f3tica en esta atm\u00f3sfera enervante que t\u00fa respiras con tanta fruici\u00f3n y libertad<\/em>. (19)<\/p>\n\n\n\n<p>Horacio Delamar le responde que puede dar batallas en el lienzo y a trav\u00e9s de unas cuantas met\u00e1foras b\u00e9licas (\u201chaz prisioneros\u201d, \u201ccarga de irme\u201d, \u201cno des cuartel\u201d, \u201cpasa a cuchillo\u201d), le fija una po\u00e9tica nacionalista: \u201cReproduce nuestra naturaleza [\u2026]; populariza a nuestros h\u00e9roes, idealiza nuestras batallas, copia nuestras costumbres\u201d (22). La estrecha relaci\u00f3n de esta est\u00e9tica con Venezuela heroica salta a la vista: una r\u00e1pida ojeada a cualquiera de los cuadros del libro bastar\u00eda para conirmarlo. Sin embargo, Horacio presenta otra alternativa para Lastenio:<\/p>\n\n\n\n<p><em>Si s\u00f3lo ves como po\u00e9ticas las nebulosas tradiciones de otros tiempos y de otros pa\u00edses: fig\u00farate, porque la imaginaci\u00f3n lo puede todo, que eres un menestral que viaja en compa\u00f1\u00eda de un palad\u00edn de la Edad Media, quien con ochenta lansquenet [sic] va a darle caza al Jabal\u00ed de las Ardenas [\u2026]; que nos dirigimos a un antiguo castillo, poblado de recuerdos sombr\u00edos y de fant\u00e1sticas tradiciones, donde mora encantada doncella por quien han roto lanzas en ruidosos torneos [\u2026] y ver\u00e1s c\u00f3mo la chimenea del trapiche de mi t\u00edo, donde te he de llevar, aparece a tus ojos m\u00e1s soberbia y majestuosa que el vetusto torre\u00f3n de Vincenne [\u2026]. En primer t\u00e9rmino, cuanto ya dejo aconsejado; luego, m\u00e1s de una huella hist\u00f3rica, del hero\u00edsmo patrio, en el suelo que vas a recorrer, y de postre, todas las gracias de una bella primita que Dios me ha dado&#8230;<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>El pasaje en su conjunto podr\u00eda leerse como un gui\u00f1o que presenta las dos empresas literarias de Eduardo Blanco publicadas en esos a\u00f1os: por un lado, el tono \u00e9pico de los grandes cuadros hist\u00f3ricos en los que populariza las batallas y h\u00e9roes patrios; por el otro, un relato de aventuras que se inspira en leyendas de la Edad Media o, mejor, en una novela \u201chist\u00f3rica\u201d en la que se da caza a un bandido: el Jabal\u00ed de las Ardenas, es decir, Guillermo de la Marck (en este sentido, no parece mera coincidencia que Carlos y Horacio, dos personajes centrales en Z\u00e1rate, se apelliden Delamar). Me refiero, evidentemente, a Quentin Durward, novela publicada por Walter Scott en 1823 y que cuenta las aventuras de un joven escoc\u00e9s que se desempe\u00f1a como arquero en la guardia del rey de Francia, Luis XI, en ese momento enfrentado al Duque de Borgo\u00f1a, Carlos el Temerario. <\/p>\n\n\n\n<p>Dejando de lado por ahora la historia de amor que concluye con un feliz pero desigual matrimonio, la aventura m\u00e1s importante de la novela de Scott es la cacer\u00eda del \u201cJabal\u00ed de las Ardenas\u201d, el temible Guillermo de La Marck, quien, al mando de un grupo de sublevados, saquea las poblaciones y comete atroces delitos. Pero el gesto intertextual no se queda all\u00ed: la sugerencia que hace Horacio a Lastenio de llevar a la pintura las aventuras de Quentin Durward relatadas por Scott es tambi\u00e9n una referencia art\u00edstica, pues no otra cosa hizo Eug\u00e8ne Delacroix en \u201cL\u2019assassinat de l\u2019\u00e9v\u00eaque de Li\u00e8ge\u201d, un cuadro de 1829 en el que aparece el Jabal\u00ed de las Ardenas cometiendo el acto que muestra sus m\u00e1s salvajes instintos: dar la orden de asesinar a un religioso (conviene recordar sobre este punto que Lastenio es justamente un pintor, no un escritor, a pesar de que la descripci\u00f3n que lo presenta como un d\u00e9bil enfermo de los nervios lo acerque mucho al autor decadente o modernista de in de siglo).<\/p>\n\n\n\n<p>Que no se trata de una simple casualidad, que estas referencias no son mera coincidencia, lo indica el conocimiento que tiene el narrador sobre la pintura francesa de ese per\u00edodo y el saber que queda claro en la presentaci\u00f3n hecha por Horacio de los supuestos \u00e9xitos alcanzados en Par\u00eds por su amigo Lastenio: \u201c[\u2026] recuerdo tus primeros triunfos en la exposici\u00f3n de pintura de 1819, y no he olvidado que en medio de aquellos mil doscientos cuadros, que Par\u00eds aplaud\u00eda, y entre los cuales descollaban \u201cEl naufragio de la Medusa\u201d de Gericault y \u201cEl deg\u00fcello de los mamelucos\u201d por Horacio Vernet, obtuviste para tu \u201cMuerte de C\u00e9sar\u201d una menci\u00f3n honor\u00edica\u201d(18).<\/p>\n\n\n\n<p>La fecha es importante: recordemos que en 1819 efectivamente Th\u00e9odore Gericualt expone el famoso cuadro, \u201cLe Radeau de la M\u00e9duse\u201d, que cita Horacio Delamar. Se trata de un lienzo que recrea un hecho hist\u00f3rico: el naufragio del barco \u201cLa Medusa\u201d, ocurrido en 1816 en las costas africanas, y el abandono prematuro de la tripulaci\u00f3n por parte de los oficiales, quienes de un modo ego\u00edsta prefieren salvarse con las pocas balsas disponibles<sup>9<\/sup>. Horace Vernet, por su parte, se da a conocer en 1819 como pintor de grandes escenas b\u00e9licas, especialmente de conocidas batallas de las Guerras Napole\u00f3nicas. Fue, asimismo, una suerte de \u201ccronista gr\u00e1ico\u201d en Argelia y se le consider\u00f3, adem\u00e1s, como un destacado pintor de temas orientales<sup>10<\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p>El gui\u00f1o intertextual permite dar verosimilitud a la novela de Blanco, pues coloca un elemento ficticio como un dato m\u00e1s dentro de una lista que se sabe real y abre as\u00ed la posibilidad de que haya sucedido. Quiero decir con esto que al nombrar la supuesta obra de Lastenio entre la serie de cuadros que se expusieron efectivamente en Par\u00eds en 1819 consigue un \u201cefecto de realidad\u201d, para emplear la conocida f\u00f3rmula barthesiana, nada desde\u00f1able.<\/p>\n\n\n\n<p>Ahora bien, me interesa destacar de esta estrategia el conocimiento que exige a los lectores para que entren en el juego que plantea el narrador. En efecto, los gui\u00f1os intertextuales no lucen dirigidos a un c\u00edrculo cerrado, a un lector que se distancia del p\u00fablico general, como ocurre en muchas novelas modernistas publicadas poco despu\u00e9s (como Amistad funesta de Jos\u00e9 Mart\u00ed, para citar una de las m\u00e1s conocidas). Parecen, por el contrario, formar parte del conocimiento compartido por los lectores de novelas y folletines a finales de siglo, con respecto a los cuales la po\u00e9tica de la novela no marca distancia. Quiero decir con esto que, si pensamos en la novela modernista que se impone poco despu\u00e9s, las diferencias saltan a la vista: Eduardo Blanco no busca un \u201clector piano\u201d, para emplear las conocidas palabras de Jos\u00e9 Asunci\u00f3n Silva \u2013De sobremesa (1977)\u2013, esto es, un par, otro poeta, capaz de seguir la est\u00e9tica de la sugerencia, sino un lector que conozca, tal vez muy superficialmente, los referentes indicados para \u201cengancharse\u201d en la lectura de las aventuras que narra el follet\u00edn. Las referencias art\u00edsticas no son el centro de la trama sino un recurso que, por una parte, sirve para dar verosimilitud a los hechos narrados; y, por la otra, para dar distinci\u00f3n a los lectores que reconocen las referencias culturales aludidas. <\/p>\n\n\n\n<p>Pero no dejemos de lado que los pintores referidos \u2013Delacroix, Gericault o Vernet\u2013, tanto como el escritor citado: Walter Scott, formaban parte de la cultura ampliamente difundida y compartida a trav\u00e9s de la prensa, esto es, por medio de los folletines y las revistas ilustradas que divulgaban la pintura europea<sup>11<\/sup>. En la d\u00e9cada de los ochenta, incluso, podr\u00eda tenerse como un anacronismo literario citar a estos autores para formular la po\u00e9tica que informa la novela (es la perspectiva que prevaleci\u00f3 en los estudios literarios venezolanos que resent\u00edan una po\u00e9tica rom\u00e1ntica en algunos escritores de finales de siglo). No son, ciertamente, las \u00faltimas novedades de Par\u00eds, sino parte de la cultura compartida a trav\u00e9s de la prensa, y, por tanto, parte del conocimiento que puede esperarse de un lector medio, de aquel que va al teatro y se entretiene con revistas ilustradas y folletines. De hecho, por los mismos a\u00f1os las innovaciones modernistas irrumpir\u00e1n justamente contra las expectativas de ese p\u00fablico creado por la \u201cliteratura industrial\u201d (Silva Beauregard, 1993).<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Un cap\u00edtulo olvidado de la historia patria<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><\/p>\n\n\n\n<p><\/p>\n\n\n\n<p>Un procedimiento an\u00e1logo al empleado para presentar a Lastenio, esto es, hacerlo formar parte de una serie que el lector sabe real para introducir un elemento ficticio en la cadena, es el que da verosimilitud al personaje Santos Z\u00e1rate en la novela. En efecto, al ubicarlo en el contexto hist\u00f3rico de los levantamientos armados protagonizados por supuestos \u201cbandidos\u201d que atemorizaron a la poblaci\u00f3n en la d\u00e9cada de 1820, hace veros\u00edmil su existencia<sup>12<\/sup>. En el cuarto cap\u00edtulo de la novela, titulado de manera significativa \u201cC\u00f3mo enga\u00f1an las apariencias\u201d, este juego con la historia de Venezuela permite dar apariencia de verdad a las aventuras de Z\u00e1rate. Como indica la propia narraci\u00f3n y unos cuantos textos de historia de Venezuela ampliamente conocidos cuando Blanco escribe su novela, el bandido Cisneros en 1825 era la cabeza de un peque\u00f1o ej\u00e9rcito que se dedicaba a asaltar las poblaciones cercanas a Caracas<sup>13<\/sup>. Puso en jaque a las autoridades de la \u00e9poca y se invirti\u00f3 mucho dinero y esfuerzo para someter a un grupo de hombres que aprovechaba la ventaja que les daba el conocimiento de un terreno \u201csalvaje\u201d y abrupto<sup>14<\/sup>. <\/p>\n\n\n\n<p>La presentaci\u00f3n del bandido Z\u00e1rate juega evidentemente con la posibilidad de su existencia real, pues por una parte explica el olvido de su nombre en las p\u00e1ginas de la historia patria y al mismo tiempo se\u00f1ala que podr\u00eda tratarse de una leyenda, una tradici\u00f3n transmitida oralmente en una \u00e9poca particularmente propensa a este tipo de fabulaciones: \u201cEnterradas la mayor parte de nuestras tradiciones populares, con la ya muerta generaci\u00f3n de nuestros padres; pocos ser\u00e1n los que recuerden, en la \u00e9poca presente, las fechor\u00edas de Santos Z\u00e1rate, y menos, los que siquiera hayan o\u00eddo pronunciar el nombre de tan insigne bandido: no obstante, que plagadas estaban las cr\u00f3nicas sangrientas de los Valles de Aragua de las vand\u00e1licas proezas de aquel terrible salteador\u201d(26).<\/p>\n\n\n\n<p>No se puede descuidar que la primera parte del cap\u00edtulo, de donde tomo el fragmento anterior, ha mostrado c\u00f3mo esas \u201ccr\u00f3nicas sangrientas\u201d estaban compuestas, fundamentalmente, por fabulaciones, esto es, exageraciones a las que supuestamente eran proclives las poblaciones venezolanas de esa \u00e9poca: \u201cEn todas partes se dec\u00edan hechos imposibles, se narraban aventuras sangrientas, y, plagado de calificativos se repet\u00eda un mismo nombre [Z\u00e1rate], nombre que al pronunciarse hac\u00eda palidecer hasta los m\u00e1s audaces\u201d (26)<sup>15<\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p>De este modo, las aventuras de Santos Z\u00e1rate, c\u00e9lebre bandido que pretendidamente operaba con una banda en los Valles de Aragua, es una narraci\u00f3n que, si bien se presenta como inspirada en la novela Quentin Durward de Walter Scott (al igual que el cuadro de Delacroix) sobre la cacer\u00eda del Jabal\u00ed de las Ardenas, al mismo tiempo se inserta dentro de un cap\u00edtulo de la historia del pa\u00eds: el de los hombres que se mantuvieron en armas despu\u00e9s de la Independencia y desafiaron a las autoridades de la nueva rep\u00fablica16. La novela es, adem\u00e1s, un episodio que seg\u00fan la propia narraci\u00f3n, hunde sus ra\u00edces en las tradiciones populares, f\u00e1bulas orales que contaban \u201cnuestros padres\u201d dejadas atr\u00e1s por el proceso de modernizaci\u00f3n<sup>17<\/sup>. La estrategia, como se ve, resulta persuasiva; de hecho, muestra c\u00f3mo un modelo narrativo europeo puede servir para escribir sobre temas nacionales \u2013no descuidemos el hecho de que Z\u00e1rate ha sido entendida por la cr\u00edtica como la primera novela de tema \u201cvenezolano\u201d. Blanco, a trav\u00e9s de un gesto intertextual, rinde homenaje al libro que le sirve para organizar su propia historia, relato que es al mismo tiempo un supuesto episodio olvidado de la historia nacional o, mejor, un cap\u00edtulo ap\u00f3crifo que \u00e9l postula como posible apoy\u00e1ndose tanto en los textos hist\u00f3ricos como en las tradiciones populares.<\/p>\n\n\n\n<p>Se trata, entonces, no de una imitaci\u00f3n de los folletines franceses, como podr\u00eda pensarse a partir del perfil de Tejera, sino de la apropiaci\u00f3n hecha en Caracas de una novela de Walter Scott (qui\u00e9n sabe si le\u00edda en una traducci\u00f3n francesa), narraci\u00f3n que sirve de punto de partida para escribir un nuevo relato que se desv\u00eda de ella y que, simult\u00e1neamente, se propone como un fragmento olvidado de la historia nacional, en cierto modo \u201cal margen de la epopeya\u201d. Vemos as\u00ed que el problema de las \u201cinfluencias\u201d y de las poses afrancesadas va m\u00e1s all\u00e1 de los folletines franceses que Eduardo Blanco, como muchos de sus compatriotas, ley\u00f3 con voracidad no s\u00f3lo a mediados del siglo XIX, sino tambi\u00e9n unas cuantas d\u00e9cadas despu\u00e9s, cuando escribe Z\u00e1rate a principios de los ochenta, esto es, en momentos que no coinciden con las etapas que distinguen las historias literarias con tanta minuciosidad \u2013ya he se\u00f1alado que las referencias pict\u00f3ricas son tambi\u00e9n \u201canacr\u00f3nicas\u201d en este sentido, pues si bien se justifican dado el momento hist\u00f3rico elegido para ubicar el relato (1825), se proponen al mismo tiempo como po\u00e9ticas que informan, en un gesto metaficcional, la propia novela. <\/p>\n\n\n\n<p>Sin embargo, la novela de Blanco parece decir que estos anacronismos que levantan tantas sospechas en la cr\u00edtica y la historia literarias son irrelevantes en el terreno del follet\u00edn, espacio que brinda mayor vida a las referencias culturales o donde las glorias y consagraciones literarias parecen gozar, aunque suene parad\u00f3jico para un g\u00e9nero ligado a la prensa y a las ventas, de plazos menos ef\u00edmeros. De hecho, creo que las historias literarias deber\u00edan distinguir entre las obras que permanecen en la cultura por per\u00edodos de \u201clarga duraci\u00f3n\u201d \u2013como al parecer, ocurri\u00f3 con las de Walter Scott, admirado por muchos escritores hispanoamericanos a lo largo del siglo\u2013, de aquellas que producen mucho ruido en un momento determinado pero que poco tiempo despu\u00e9s ya han sido olvidadas, no son a\u00fan comprendidas por el gran p\u00fablico, o son entendidas, tal vez por el mismo ruido producido, como caducas o muy transitadas o envejecidas. En el caso de Z\u00e1rate, creo que las alusiones a Scott o a Gericualt y Vernet, se relacionan con las expectativas del p\u00fablico: se trata de obras que con seguridad el lector medio de la \u00e9poca conoc\u00eda y que pod\u00edan servir, casi tanto como la \u201chistoria patria\u201d aprendida en los textos escolares, para dar verosimilitud al relato<sup>18<\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Llaneros y letrados, viajes y encrucijadas<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Es reveladora la caracterizaci\u00f3n que se hace del artista en la novela de Blanco, pues, adem\u00e1s de un modernista <em>avant la lettre<\/em>, parece la representaci\u00f3n de un tipo especial de sujeto que bien podr\u00eda ser el pintor Lastenio o el militar Horacio Delamar: una \u201cplanta ex\u00f3tica\u201d, a caballo entre dos mundos. En este sentido Z\u00e1rate se muestra como una encrucijada en las que coinciden varios viajes: el del llanero, el del militar que representa la ley y el del letrado o artista. La encrucijada donde coinciden todos los itinerarios la representan los Valles de Aragua, esto es, el puente entre los llanos y la zona central pero tambi\u00e9n el centro del poder en ese momento, dado que P\u00e1ez se encontraba en Valencia (como indica la novela, en la \u00e9poca en que supuestamente ocurren los acontecimientos narrados (1825). <\/p>\n\n\n\n<p>Si bien he se\u00f1alado en otro trabajo (1995) que el llanero es precisamente un h\u00edbrido que sirve para representar dos culturas enfrentadas (a caballo entre ambas), la novela de Blanco permite entender por qu\u00e9 \u00e9se fue un s\u00edmbolo tan poderoso y productivo en la cultura venezolana del siglo XIX y mucho despu\u00e9s. Pues as\u00ed como el llanero sirve para representar en el terreno de la historia nacional dos culturas que se enfrentan en una encrucijada geogr\u00e1fica (los Valles de Aragua como puerta de los llanos) o de dos viajes opuestos (la del llanero que surge del interior del pa\u00eds como nuevo sujeto de la historia con las guerras de la independencia; y la del capitalino, casi siempre militar o pol\u00edtico, que se ve en la necesidad de recorrer el territorio que se propone liberar para librar batallas y conseguir adeptos a favor de los valores republicanos e independentistas); el letrado se entiende a s\u00ed mismo como producto de una encrucijada textual: la cultura europea que percibe como modelo y la cultura de la que forma parte, con m\u00e1s o menos incomodidad, aunque poco antes era s\u00fabdito de la corona espa\u00f1ola. El dilema no es desde\u00f1able: de hecho, el viaje est\u00e1 en la base de muchos relatos venezolanos que en definitiva muestran al letrado como un autorizado extranjero que busca representar una cultura desconocida para buena parte de sus lectores \u2013\u201cContratiempos de un viajero\u201d de Cagigal es un buen ejemplo (Pic\u00f3n Salas, 1964, 14-27)\u2013. Puede decirse que estas diversas encrucijadas alimentaron de muchos modos las ficciones venezolanas del siglo XIX \u2013para las modernistas es crucial el viaje a Europa, para las criollistas, el viaje al interior del pa\u00eds.<\/p>\n\n\n\n<p>En el caso de Z\u00e1rate, esta encrucijada que intenta conciliar conflictos pero que sirve tambi\u00e9n para presentarlos con todas sus contradicciones, se\u00f1ala dos caminos textuales. Por un lado, tenemos la novela de Scott y junto a ella la tradici\u00f3n folletinesca le\u00edda en Caracas con mucho inter\u00e9s desde mediados de siglo; por el otro, los textos de tema nacional que tambi\u00e9n se aprovechan para construir el relato \u2013los discursos hist\u00f3ricos, las descripciones del llanero, las tradiciones y costumbres que tanto preocuparon a los escritores costumbristas<sup>19<\/sup>. En las p\u00e1ginas que siguen, me detendr\u00e9 justamente en los \u201ccaminos del follet\u00edn\u201d dado que ha sido un aspecto olvidado en los trabajos cr\u00edticos sobre Z\u00e1rate, a pesar de las muchas censuras que motivaron sus rasgos folletinescos en los estudios literarios venezolanos hasta hace unas d\u00e9cadas.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Z\u00e1rate y Quentin Duward<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Sobre las relaciones de Z\u00e1rate con Quentin Durward, lo primero que debe decirse es que, si bien hay muchas coincidencias entre ambas novelas, las diferencias tambi\u00e9n se destacan. Un aspecto central en el relato de Scott, por ejemplo, es el juego con las m\u00e1scaras, con los disfraces, con las identidades que se hacen confusas, esquivas, no definibles; con los nombres y los apodos que proliferan y crean equ\u00edvocos. La novela narra las intrigas del rey Luis XI en un momento de intensas luchas territoriales entre caballeros rivales y de un importante movimiento migratorio en el continente europeo. En efecto, en la novela aparecen enfrentadas diversas lenguas, distintas culturas y diferentes modos de nombrar. El problema del nombre se presenta, por ejemplo, con relaci\u00f3n al t\u00edo de Quentin, quien sirve en la guardia escocesa del rey de Francia. Cuando \u00e9ste \u00faltimo quiere identiicarlo, pues hay tres hombres llamados Ludovico, y dos, Ludovico Lesly en su guardia, el escoc\u00e9s responde: \u201c\u2013Mi t\u00edo se apoda Ludovico el de la cicatriz; porque nuestros nombres de familia son tan comunes en Escocia, que cuando no se poseen tierras de las que uno pueda tomar el nombre para distinguirse, se adopta un apodo\u201d (19). A lo que el rey responde: \u201c\u2013\u00bfUn nombre de guerra, quer\u00e9is decir? Veo que el tal Lesly del que habl\u00e1is es el que nosotros llamamos \u2018el Acuchillado\u2019 debido a la cicatriz que lleva en el rostro\u201d (Scott, 1975, 19)<sup>20<\/sup>. Al movimiento migratorio y las diferencias culturales corresponde una relaci\u00f3n inestable entre el nombre y el referente, esto es, identidades que se escurren, en cierto modo, n\u00f3madas. A este problema se agregan las intrigas y maquinaciones del rey, como ocurre en este mismo pasaje citado, pues Quentin cree hablar con un mercader (Maese Pedro), sin saber que es Luis XI su interlocutor.<\/p>\n\n\n\n<p>En un trabajo anterior (1995) me he ocupado del problema de la confusi\u00f3n de nombres y los conflictos para nombrar de manera inequ\u00edvoca en la novela de Blanco, problema referido al bandido Z\u00e1rate y al abogado Sandalio Bustill\u00f3n. El primero se enmascara tras un nombre falso; el segundo requiere de un nombre distinguido para refrendar su ascenso social. A pesar de las muchas diferencias que hay entre ellos, ambos consiguen protagonismo gracias a la confusi\u00f3n que producen las guerras de independencia y los dos son personajes de or\u00edgenes oscuros. Ahora bien, hay en la novela de Scott otro grupo de personajes con apodos, sin nombres, que bien podr\u00eda relacionarse con el bandido Z\u00e1rate: los bohemios (en realidad se usan muchos nombres para referirse a ellos), evidentemente \u201corientales\u201d, que acechan en los caminos y que han invadido como langostas el continente europeo (la comparaci\u00f3n la hace la novela). El rey le asigna a Quentin uno de estos bohemios como gu\u00eda en el viaje que debe hacer con la Condesa de Croye \u2013conoce bien los caminos y sirve para evitar el asalto de los otros bandidos\u2013, pero el personaje no le produce confianza al escoc\u00e9s. Por este motivo lo interroga sobre su pa\u00eds de origen, a lo que responde: \u201c\u2013No, yo no soy de pa\u00eds alguno. Soy un z\u00edngaro, un bohemio, un egipcio, lo que les place llamarnos a los europeos en sus diferentes lenguas; pero yo no tengo pa\u00eds\u201d (Scott, 1975, 109-110). Ante otras preguntas de Quentin, se\u00f1ala no tener m\u00e1s bienes que su ropa y su caballo y que su nombre solo lo conocen sus hermanos: \u201clos hombres que no viven bajo nuestras tiendas me llaman Hayraddin Mograbino, es decir, Hayraddin el moro africano\u201d (110).<\/p>\n\n\n\n<p>La conocida asociaci\u00f3n hecha por muchos discursos hist\u00f3ricos entre el llanero y los grupos n\u00f3madas africanos y asi\u00e1ticos, permite a Blanco crear un bandido que, si bien se puede decir que est\u00e1 inspirado en la novela de Scott (y en los cuadros de temas orientales del pintor Horace Vernet), en 1882 cuenta con muchos antecedentes en el imaginario venezolano. Un pasaje del Resumen de la historia de Venezuela puede servir de ejemplo: \u201cIgualmente diestros, valerosos y sobrios que las razas n\u00f3madas del \u00c1frica, aman como ellas el bot\u00edn y la guerra, pero no asesinan cobardemente al rendido, a menos que la necesidad de las represalias o la ferocidad de alg\u00fan caudillo no les haga un deber de la crueldad\u201d (1841, I, 462).<\/p>\n\n\n\n<p>Quentin en cierto modo es como el moro africano, pues es tambi\u00e9n un extranjero que s\u00f3lo cuenta con sus ropas. De hecho, en la novela lo confunden con los bohemios, z\u00edngaros o egipcios debido a que el gorro escoc\u00e9s recuerda el turbante de los orientales. Sin embargo, Quentin tiene un pasado familiar en Escocia que lo avala, que le permite entrar en la guardia del rey, compuesta de escoceses y, al final de la novela, casarse con la Condesa de Croye. Del mismo modo, en la novela de Blanco el nomadismo no es un rasgo exclusivo del bandido Z\u00e1rate<sup>21<\/sup>, pues Horacio Delamar es presentado tambi\u00e9n como Quentin, es decir, como un viajero que atraviesa un territorio que desconoce (en el que Z\u00e1rate es un \u201cpr\u00e1ctico\u201d) y sobre todo porque preiere la vida de campamento y de correr\u00edas, esto es, la cacer\u00eda de bandidos (de este modo, la carrera militar, una vez concluidas las guerras, se asemeja a la vida de los salteadores). Este rasgo es motivo de preocupaci\u00f3n para su t\u00edo, don Carlos Delamar, quien hace un plan con el pintor Lastenio para lograr que Horacio se adapte a una vida tranquila, dedicada al trabajo (216), lo que se consigue al final de la novela con el matrimonio con Aurora<sup>22<\/sup>. Para don Carlos ya ha pasado el tiempo de \u201clos r\u00e1pidos encumbramientos militares\u201d (216) y en adelante hace falta vivir al amparo de las instituciones y de las leyes, no de las armas. Como se ve, Horacio prolonga un modo de vida que no se aviene con las instituciones republicanas y con la nueva situaci\u00f3n pol\u00edtica. As\u00ed, no s\u00f3lo los bandidos hacen tambalear las instituciones: los militares que quieren \u201cprocurarse con la espada un elevado puesto en la pol\u00edtica\u201d (216), como dice Lastenio reifri\u00e9ndose a Horacio, hacen lo mismo que los bandidos y amenazan la paz.<\/p>\n\n\n\n<p>Tanto Quentin como Horacio son personajes errantes, que comparten rasgos con los bandidos y n\u00f3madas de las dos novelas. En el relato de Blanco, adem\u00e1s, destaca la similitud entre Horacio y Z\u00e1rate con relaci\u00f3n al reto que hay entre los dos, reto que parte de un c\u00f3digo de honor no compartido por don Carlos, pues justifica la cacer\u00eda y el asesinato del contrario (en este sentido, m\u00e1s que un c\u00f3digo de caballeros parece una suerte de \u201cguerra a muerte\u201d)<sup>23<\/sup>. Asimismo, Horacio Delamar, al igual que el escoc\u00e9s, logra un matrimonio ventajoso al final de la novela. Si bien Bustill\u00f3n aparece como la representaci\u00f3n de los nuevos sectores no ligados a la tierra que se enriquecen con rapidez, es decir, los grupos en ascenso que requieren de un matrimonio con el viejo patriciado para conseguir prestigio social (Silva Beauregard, 1995), Horacio Delamar, a pesar del parentesco, del apellido, no es menos advenedizo. Recordemos que le ha dicho a Lastenio que ha llegado tarde al reparto de charreteras y honores que signific\u00f3 la guerra (aunque particip\u00f3 en la batalla de Carabobo donde consigui\u00f3 el rango de capit\u00e1n), y que, luego de relatar c\u00f3mo una bala le impidi\u00f3 destacarse en las batallas que continuaron en el sur, se\u00f1ala: \u201c[c]uando volv\u00ed a la vida ya todo hab\u00eda concluido: las tropas espa\u00f1olas hab\u00edan cedido sus conquistas con m\u00e1s premura de la que yo esperaba, y el necio de Laserna se llev\u00f3 mis charreteras de general\u201d<sup>24<\/sup> (21; las cursivas son m\u00edas). Aunque indica que se dedica a la persecuci\u00f3n de bandidos para \u201cmatar el tiempo\u201d, cazar a Z\u00e1rate significar\u00e1, aunque conflictivamente, quedarse con el bot\u00edn: la prima Aurora (en Quentin Durward la Condesa de Croye tiene m\u00e1s claramente un car\u00e1cter de premio, de bot\u00edn de guerra, pues Carlos el Temerario ofrece su mano \u2013y, por consiguiente, sus posesiones\u2013 a quien le entregue la cabeza del Jabal\u00ed de las Ardenas). No se debe pasar por alto que Horacio Delamar regresa al pa\u00eds porque su padre ha muerto y su fortuna ha mermado considerablemente. Como \u00e9l mismo se\u00f1ala, es un \u201cadvenedizo\u201d que busca ascenso social a trav\u00e9s de la guerra, pero llega tarde al reparto, cuando las grandes batallas han concluido. Al igual que Quentin Durward, s\u00f3lo cuenta con un apellido que le da acceso a un medio social al que no tienen tan f\u00e1cil entrada los que se han enriquecido recientemente, como Bustill\u00f3n. El matrimonio significar\u00e1, en fin, que Horacio recupere el lugar que ten\u00eda su familia antes de la guerra y con \u00e9l, el sector de los grandes terratenientes que ocupaban los Valles de Aragua, entre los cuales destacaban unos cuantos nombres que participaron en la guerra en el bando de los patriotas, como fue el caso de Bol\u00edvar.<\/p>\n\n\n\n<p>La relaci\u00f3n entre la doncella y la rep\u00fablica (la joven virginal como representaci\u00f3n de la rep\u00fablica), que hace de la disputa por la dama entre varones rivales una contienda pol\u00edtica, se muestra de un modo contradictorio en la novela de Blanco. Justamente, en el di\u00e1logo entre Lastenio y Horacio ya citado, \u00e9ste se\u00f1ala sobre su situaci\u00f3n: \u201cDesgraciadamente hab\u00eda llegado tarde; [la]orgullosa Colombia, como una noble criolla, cortejada por apuestos galanes, era ya independiente\u201d (21). En otras palabras, en 1821 Colombia no parece ser ya la manzana de la discordia, y poco despu\u00e9s, cuando comienza la aventura de la cacer\u00eda del bandido (1825) los laureles, charreteras y honores republicanos hab\u00edan sido repartidos. A riesgo de parecer excesivamente detallista, quiero detenerme en la frase, pues resulta curiosa en un gran conocedor de la historia de Venezuela, como lo fue Eduardo Blanco. La fecha a la que se refiere Horacio, 1821, es justamente la que sirve en los discursos hist\u00f3ricos para marcar la victoria frente a Espa\u00f1a en el territorio venezolano gracias a la batalla de Carabobo, pero la paz no fue inmediata y poco despu\u00e9s las peleas entre los \u201capuestos galanes\u201d que aspiran a la mano de la \u201ccriolla doncella\u201d producir\u00e1n la ruptura y la separaci\u00f3n de la Gran Colombia. Si bien la novela coloca a P\u00e1ez y a Bol\u00edvar en un lugar estable dentro de la historia patria \u2013se puede decir que descansan ya sosegados en la paz de la rep\u00fablica que han logrado fundar\u2013 sabemos que en la realidad los acontecimientos fueron menos tranquilizadores. M\u00e1s all\u00e1 de las leg\u00edtimas licencias po\u00e9ticas o folletinescas que puedan invocarse, situar el in de las contiendas contra los levantamientos armados que surgen dentro del propio territorio en 1821, permite crear la ilusi\u00f3n de una comunidad que vuelve a la paz y a las labores cotidianas, s\u00f3lo alteradas por los aislados bandidos que hay que someter. La muerte de Bustill\u00f3n y Z\u00e1rate permitir\u00e1 al final de la novela que el hijo de Aurora y Horacio sirva para representar la reconciliaci\u00f3n, para simbolizar no s\u00f3lo la nueva rep\u00fablica y la alianza que le da origen, sino, al igual que en muchos folletines, el tranquilizador regreso a la situaci\u00f3n anterior, pues los que antes detentaban el poder lo tienen nuevamente en sus manos: como el viejo patriciado terrateniente, s\u00f3lo que a partir de ese momento el poder se ejerce desde Caracas, representado significativamente por la catedral en la novela. No es gratuito que se elija un s\u00edmbolo religioso: el relato ha intentado mostrar, aunque parezca contradictorio, c\u00f3mo los nuevos valores republicanos son los mismos que caracterizan a don Carlos Delamar (la caridad, el trato \u201chumano\u201d que le da a los esclavos, el rechazo de la violencia f\u00edsica, de la pena de muerte y de las condenas infamantes)<sup>25<\/sup>. <\/p>\n\n\n\n<p>Por otra parte, los temas \u201corientalistas\u201d, tan de moda entre los rom\u00e1nticos (incluyendo, por supuesto, a Walter Scott), adquieren en la novela de Blanco una nueva justificaci\u00f3n, ya que forman parte de la tradici\u00f3n del viejo patriciado, representado por Aurora, quien es casi una cautiva en un castillo medieval. Ciertamente, uno de los pocos entretenimientos de Aurora, quien se encuentra sustra\u00edda de casi todo intercambio social en la hacienda, consiste en leer un viejo romance<sup>26<\/sup>: \u201cS\u00f3lo Aurora hab\u00eda trabajado poco durante la ma\u00f1ana, y a la hora de la siesta rele\u00eda, acaso por d\u00e9cima vez, un romance espa\u00f1ol del tiempo de los moros, en el cual figuraban, como de rigor, Abencerrajes y Zegr\u00edes, y Caballeros castellanos, y Zambras, ca\u00f1as y torteos; y sultanas y reinas, La Vega y el Jenil, El Generalife y la Alambra\u201d(84).<\/p>\n\n\n\n<p>M\u00e1s all\u00e1 de la evidente relaci\u00f3n que puede establecerse con otro importante escritor rom\u00e1ntico en Hispanoam\u00e9rica: Chateaubriand (El \u00faltimo abencerraje basta para mostrar este v\u00ednculo), interesa se\u00f1alar aqu\u00ed que no es la literatura contempor\u00e1nea a Aurora la que se destaca, sino aquella que la vincula al pasado espa\u00f1ol. Aurora es una m\u00e1s de las muchas lectoras que en el siglo XIX eran representadas en las ficciones a trav\u00e9s de un acercamiento al libro que muestra el proceso de secularizaci\u00f3n de la lectura. As\u00ed, la joven pasa de la lectura del misal a la lectura del romance, ambas \u201cintensivas\u201d (es decir, concentradas en un mismo libro que se lee una y otra vez), del mismo modo en que los nuevos lectores que se incorporan al circuito letrado en el siglo XIX pasaron de los catecismos a los folletines<sup>27<\/sup>. El romance que lee Aurora es un gui\u00f1o intertextual que remite, al igual que el Jabal\u00ed de las Ardenas, a conflictos de frontera, pero esta vez relacionados con un pasado remoto referido al per\u00edodo de la expulsi\u00f3n de los moros de la pen\u00ednsula ib\u00e9rica. Problemas territoriales, culturas enfrentadas sirven de marco para ubicar una historia de amor que emplea a la pareja como una alegor\u00eda de la naci\u00f3n (para emplear la conocida f\u00f3rmula de Doris Sommer), en una propuesta est\u00e9tica que pretende inspirarse tambi\u00e9n en el pasado espa\u00f1ol.<\/p>\n\n\n\n<p>De este modo la receta dada a mediados de siglo por Sarmiento en el Facundo para la creaci\u00f3n de una literatura nacional, aquella que propone a Fenimore Cooper como modelo para mostrar el \u201cl\u00edmite entre la vida b\u00e1rbara y la civilizada\u201d, esto es, el \u201cteatro de guerra en que las razas ind\u00edgenas y la raza sajona est\u00e1n combatiendo por la posesi\u00f3n del terreno\u201d (Sarmiento, 1977, 39), tiene en la novela de Blanco otros ingredientes: no Cooper, sino Scott y el romance espa\u00f1ol<sup>28<\/sup>. Y es que Z\u00e1rate es una novela que intenta conciliar sectores opuestos, esto es, imaginar una comunidad en la que cesen los conflictos entre bandos que, para 1825, incluye a los representantes del pasado espa\u00f1ol. Lo interesante de esta f\u00f3rmula, que no est\u00e1 exenta de grandes conflictos y que no logra resolver las muchas contradicciones que plantea (la muerte de Z\u00e1rate, por ejemplo), es el valor que adquiere el pasado colonial (aunque remozado por las nuevas generaciones: Aurora y Horacio, pero sobre todo el hijo de ambos), presentado como el leg\u00edtimo heredero de los movimientos de la independencia. El camino que se abre al inicio de la novela con una tropa que se desplaza hacia los valles de Aragua para dar caza al bandido Z\u00e1rate \u2013y tras ella, Lastenio y Horacio\u2013 lleva a una aventura folletinesca que convoca al lector a un territorio de frontera, a una encrucijada donde aguardan grandes y desconocidos peligros. La f\u00f3rmula echa mano de los recursos m\u00e1s empleados por la literatura de masas del siglo XIX \u2013lo que incluye la emocionante persecuci\u00f3n que hace el salteador Z\u00e1rate del bandido Bustill\u00f3n, por ejemplo\u2013 pero tambi\u00e9n incorpora otros caminos textuales y culturales, como la pintura francesa o los romances espa\u00f1oles. Z\u00e1rate puede ser entendida, entonces, como una encrucijada textual o el terreno simb\u00f3lico en el que se dan cita Walter Scott, Delacroix, Vernet, Gericualt, el romance espa\u00f1ol, las historias patrias\u2026, a prop\u00f3sito de un personaje, el llanero, que precisamente es representante del pasado que se quiere dejar atr\u00e1s y que era entendido todav\u00eda a finales de siglo como un escollo para el progreso y la civilizaci\u00f3n. De hecho, la novela contribuye a darle al llanero un lugar nada desde\u00f1able dentro de las representaciones simb\u00f3licas asociadas a la nacionalidad, pero como parte de un pasado ya cancelado y al que se puede volver a trav\u00e9s de las tranquilizadoras y emocionantes p\u00e1ginas de un follet\u00edn. Finalmente, Z\u00e1rate intenta cerrar definitivamente las historias de bandidos y militares que se resisten a la pacificaci\u00f3n (Z\u00e1rate y Horacio Delamar) al convertirlos en asuntos de relatos inspirados en novelas de Scott, en versiones venezolanas de novelas del famoso escoc\u00e9s; en in, en temas que a finales de siglo XIX son asuntos de follet\u00edn<sup>29<\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Z\u00e1rate: una receta contra la nostalgia<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Quiero concluir estas notas retomando la po\u00e9tica que enuncia Horacio al inicio de la novela: la \u201creceta contra la nostalgia\u201d que supuestamente permitir\u00e1 a Lastenio (sobre)vivir en Venezuela, donde se siente una \u201cplanta ex\u00f3tica\u201d (hace falta un estudio sobre el \u201cexotismo\u201d en la cultura venezolana del siglo XIX, no s\u00f3lo porque sirvi\u00f3 para la construcci\u00f3n de lo \u201cpropio\u201d \u2013el \u201corientalismo\u201d asumido como \u201ccar\u00e1cter nacional\u201d\u2013, sino porque para aquellos que lo representaron, intelectuales y artistas, signific\u00f3 muchas veces una suerte de exotismo al rev\u00e9s, en el sentido de que esa construcci\u00f3n part\u00eda de una identificaci\u00f3n con la cultura europea, lo que los convert\u00eda, por tanto, en \u201cplantas ex\u00f3ticas\u201d en su propio pa\u00eds). Recordemos que la novela cierra con una carta que el pintor escribe desde Par\u00eds a Horacio para anunciarle un nuevo triunfo y el env\u00edo de la obra ganadora. Para la resoluci\u00f3n de los conflictos que debe presentar todo follet\u00edn, el sitio reservado a Lastenio parece m\u00e1s que adecuado pues si bien lo coloca fuera del lugar de la alianza, de la conciliaci\u00f3n nacional, ocupa una posici\u00f3n prestigiosa en el mundo del arte<sup>30<\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p>Ya he dicho que Lastenio tambi\u00e9n describe una trayectoria, un viaje, que lo lleva a encontrarse con Z\u00e1rate en la encrucijada de los valles de Aragua. En cierto modo, es un seguidor de Humboldt que recorre esos parajes y descubre nuevos territorios para el mundo del arte<sup>31<\/sup>. Visto desde esta perspectiva, el lugar donde se consagran los talentos art\u00edsticos o cient\u00edficos no pod\u00eda ser otro sino Par\u00eds: el centro de la cultura europea (y no s\u00f3lo desde la perspectiva de los hispanoamericanos), el lugar donde se publicaban los folletines o los libros de viajes como los de Humboldt, el destino de tantas romer\u00edas literarias, tur\u00edsticas o de los amantes de la moda. M\u00e1s all\u00e1 de las redes textuales que se tejieron en el siglo XIX y que produjeron una comunidad de lectores que pod\u00eda pasar de la lectura de un follet\u00edn a un relato de viaje \u201cex\u00f3tico\u201d publicado en una revista ilustrada, me interesa destacar que el lugar que se le otorga al artista en esta \u201cprimera\u201d novela venezolana de tema nacional es Par\u00eds. Pero no parece la misma ciudad de las novelas modernistas \u2013como La tristeza voluptuosa de Dominici (1899), para citar s\u00f3lo una\u2013, pues no es el lugar de la decadencia (a pesar del nerviosismo de Lastenio) sino de la consagraci\u00f3n, donde el artista puede sentirse a sus anchas y echar mano de todas las referencias culturales que pone a su alcance la biblioteca europea difundida a trav\u00e9s de la prensa.<\/p>\n\n\n\n<p>Para un escritor que, como Eduardo Blanco, se apropia del follet\u00edn en un intento de escribir para un p\u00fablico amplio, Par\u00eds tiene que haber sido la mejor representaci\u00f3n del \u00e9xito. Se lo deb\u00eda a su p\u00fablico, aquel que devoraba traducciones de folletines en Caracas desde mediados de siglo y que con seguridad se sent\u00eda tambi\u00e9n \u201cplanta ex\u00f3tica\u201d en un medio supuestamente mon\u00f3tono como el venezolano. A ellos tambi\u00e9n pod\u00eda servir esta folletinesca \u201creceta contra la nostalgia\u201d; ellos sabr\u00edan comprender las razones que esgrime Horacio Delamar cuando le propone a Lastenio una po\u00e9tica que lo convierte, casi por arte de magia, en un palad\u00edn de la Edad Media y que transforma a los llaneros en bandidos dignos de una novela de Walter Scott. No olvidemos sobre este punto las muchas burlas de las que fueron objeto las nuevas clases urbanas en ascenso por sus pretendidos gustos \u201cart\u00edsticos\u201d y sus peregrinajes a Par\u00eds en novelas como <em>Todo un pueblo <\/em>de Miguel Eduardo Pardo (1899), o al lector de obras rom\u00e1nticas de mediados de siglo: el ya citado rom\u00e1ntico de Toro. Es a este sector al que se dirige Z\u00e1rate, esto es a los muchos lectores que, en la d\u00e9cada de los ochenta, se pueden pensar como un conjunto relativamente homog\u00e9neo o como un mercado potencial para un follet\u00edn venezolano. Se trata, sin dudas, de un p\u00fablico familiarizado con muchos impresos, peri\u00f3dicos o no, y con obras de teatro, conciertos, exposiciones y \u00f3peras. Es, justamente, el gran p\u00fablico que aplaudi\u00f3 a Eduardo Blanco en el Teatro Caracas por su Lionfort (1879), el que le dio \u201creputaci\u00f3n literaria\u201d por Una noche en Ferrara, el mismo que agot\u00f3 su Venezuela heroica en pocos d\u00edas (1881) y lo convirti\u00f3 en el escritor mimado m\u00e1s por las damas que por los musas, seg\u00fan Felipe Tejera.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>NOTAS<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>1 No es mi intenci\u00f3n en esta oportunidad detenerme en las discusiones sobre el concepto de follet\u00edn. Para los objetivos de este trabajo, me interesa la definici\u00f3n amplia del g\u00e9nero que incluye no s\u00f3lo los relatos publicados efectivamente por entregas en la prensa, sino aquellos otros que, a pesar de haber sido editados como libros, siguen los procedimientos folletinescos m\u00e1s comunes (entre los cuales destaca la importancia dada al suspenso y a la intriga en un proyecto que busca el mayor n\u00famero posible de lectores).<\/p>\n\n\n\n<p>2 Una r\u00e1pida ojeada a las obras de Sue y Dumas mencionadas por Villasana (1979) en su conocido repertorio de impresos venezolanos (muestra muy limitada, dado que incluye s\u00f3lo lo que se ha conservado en algunas bibliotecas), revela que una traducci\u00f3n de Los misterios de Par\u00eds se public\u00f3 en Caracas en 1845 (esto es, apenas un a\u00f1o despu\u00e9s de la edici\u00f3n en forma de libro, \u201ccorregida y reformada por el autor\u201d, hecha en Par\u00eds, como se\u00f1ala el volumen venezolano). Asimismo, la traducci\u00f3n de Los siete pecados capitales se edit\u00f3 en 1848, cuando todav\u00eda se estaba publicando en Par\u00eds. De las novelas de Alejandro Dumas, me limitar\u00e9 a mencionar que El conde de Montecristo (la traducci\u00f3n es de Sim\u00f3n Camacho) se public\u00f3 en 1846, solo un a\u00f1o despu\u00e9s de su edici\u00f3n en Francia, y que La mujer del collar de terciopelo sali\u00f3 en Caracas en 1853 (la francesa es de 1850).<\/p>\n\n\n\n<p>3 La exigencia nacionalista que le hizo la cr\u00edtica literaria a los autores venezolanos hasta hace unas d\u00e9cadas puede remontarse al siglo XIX pero creo que encuentra su formulaci\u00f3n m\u00e1s influyente en la literatura venezolana en el siglo XIX de Gonzalo Pic\u00f3n Febres (1906). Aunque he revisado el problema en un trabajo anterior (1995), me interesa agregar que si bien Miliani dice que para los estudios literarios venezolanos \u201c[e]scribir sobre asuntos no venezolanos o no ce\u00f1idos a la tradici\u00f3n regionalista, ha sido casi un delito\u201d (1985, 20), sus comentarios negativos sobre las novelas que, como Los m\u00e1rtires de Ferm\u00edn Toro, echaron mano de las f\u00f3rmulas folletinescas y melodram\u00e1ticas, dejan ver que para la cr\u00edtica ha sido mucho m\u00e1s dif\u00edcil desprenderse de las concepciones que marcan distancia con relaci\u00f3n a la literatura folletinesca, pensada para el gran p\u00fablico, que de los deberes nacionalistas.<\/p>\n\n\n\n<p>4 La \u201cepidemia lectora\u201d que supuestamente se desat\u00f3 en Europa a inales del siglo XVIII y en el XIX ha sido motivo de muchas discusiones en los estudios sobre la lectura y la circulaci\u00f3n de impresos (Lyons, Chartier, Catelli, Wittmann). La f\u00f3rmula, la \u201cepidemia lectora\u201d, se refiere a la manera en que fue comprendida y relatada la incorporaci\u00f3n de nuevos lectores al circuito de los impresos gracias al proceso de alfabetizaci\u00f3n que se dio en esa \u00e9poca. Fue un fen\u00f3meno ligado a la democratizaci\u00f3n y secularizaci\u00f3n de la cultura en Europa y que podemos conjeturar que tuvo repercusiones en tierras americanas. Reviso \u00e9ste y otros problemas relacionados con la ampliaci\u00f3n del p\u00fablico lector y las estrategias empleadas por los letrados venezolanos en su campa\u00f1a de formaci\u00f3n de un p\u00fablico moderno en La trama de los lectores (2007a).<\/p>\n\n\n\n<p>5 Raquel Rivas Rojas ha revisado algunos elementos folletinescos de Venezuela heroica, un texto que sin dudas ha tenido un peso considerable no s\u00f3lo en la literatura, sino en la cultura venezolana, especialmente por la manera \u00e9pica de imaginar el pasado \u201cfundacional\u201d. Rivas Rojas revisa lo que llama \u201cla funci\u00f3n encantatoria del intelectual\u201d, quien \u201corganiza la memoria colectiva en clave de follet\u00edn, desde una escena fundacional que lo convierte en narrador testigo\u201d (2005, 60).<\/p>\n\n\n\n<p>6 No me detendr\u00e9 en el concepto de \u201cnovela hist\u00f3rica\u201d m\u00e1s difundido en el siglo XIX, pues me llevar\u00eda a una relexi\u00f3n que, por falta de espacio, no puedo desarrollar en esta oportunidad (el ya \u201ccl\u00e1sico\u201d estudio de Luk\u00e1cs sobre el tema puede ser de mucha utilidad en este sentido, especialmente el conocido cap\u00edtulo sobre W. Scott). Basta recordar para los ines de este trabajo que las novelas de Walter Scott recibieron muchos elogios y recomendaciones por parte de los letrados hispanoamericanos, pues eran entendidas como lectura instructiva, especialmente para aquellos menos inclinados a buscar informaci\u00f3n en libros que no fuesen amenos, como se supon\u00eda que era el caso de las mujeres. Las ideas del mexicano Payno pueden servir para ilustrar lo que indico: \u201cPero sobre todo si quer\u00e9is tener materia para mucho tiempo, si quer\u00e9is pasar largas horas de delicia, tomad a Walter Scott. [\u2026] sus obras pueden leerse por las ni\u00f1as tiernas, por las castas doncellas y por las virtuosas casadas. [\u2026] As\u00ed, pues, sin sentirlo har\u00e9is un estudio de la historia de Escocia e Inglaterra, que fertilizar\u00e1 vuestro entendimiento sin perjudicarlo, y dar\u00e1 materia para que sin que se os atribuya presunci\u00f3n y charlatanismo, amenic\u00e9is con vuestra conversaci\u00f3n la sociedad de vuestro esposo, y de vuestros amigos\u201d (2002, 44-45). Reviso las representaciones de la lectora, como una manera de imaginar a los nuevos sectores que se incorporan al circuito letrado, a los lectores supuestamente menos expertos en el siglo XIX, en La trama de los lectores (2007a).<\/p>\n\n\n\n<p>7 He examinado en otra parte las exaltaciones nacionalistas ligadas al culto a Bol\u00edvar durante el per\u00edodo guzmancista, encarnadas en la construcci\u00f3n del Pante\u00f3n Nacional o en las iestas y actividades realizadas en 1883 para conmemorar el centenario del nacimiento del h\u00e9roe (Silva Beauregard, 1993).<\/p>\n\n\n\n<p>8 Juan Pablo Dabove revisa el lugar que ocupa este relato con relaci\u00f3n a la historia patria \u2013esto es, el margen de las grandes batallas\u2013 en \u201cEl bandido y su legado maldito en la fundaci\u00f3n de la naci\u00f3n-estado: Z\u00e1rate, de Eduardo Blanco\u201d (2005-2006).<\/p>\n\n\n\n<p>9 La noticia, conocida por el relato de los sobrevivientes que se mantuvieron a la deriva por dos semanas y que, en medio de una situaci\u00f3n desesperada, se ven obligados a recurrir al canibalismo, produjo un gran esc\u00e1ndalo en la opini\u00f3n p\u00fablica francesa y fue ampliamente rese\u00f1ada en peri\u00f3dicos y revistas. El naufragio termin\u00f3 por convertirse en la representaci\u00f3n m\u00e1s clara de la corrupci\u00f3n de los borbones y sirvi\u00f3 a Gericault para presentar una denuncia pol\u00edtica. Forma parte de los importantes cuadros que los turistas hoy en d\u00eda visitan en sus peregrinaciones al Louvre. Por esta raz\u00f3n la informaci\u00f3n sobre el origen del cuadro puede encontrarse en muchas p\u00e1ginas web, especialmente en las del famoso museo. Los datos sobre los cuadros citados por Blanco pueden consultarse en esa p\u00e1gina (www.louvre.fr).<\/p>\n\n\n\n<p>10 Blanco aprovecha en im\u00e1genes y textos del \u201carchivo orientalista\u201d (Said). No se trata, sin embargo, de la simple apropiaci\u00f3n de una moda rom\u00e1ntica, sino de un conjunto de im\u00e1genes que sirvieron para construir en Venezuela representaciones y relatos identitarios, casi siempre referidos al supuesto \u201ccar\u00e1cter nacional\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p>11 Cuando se piensa, desde los estudios literarios, en la cultura de masas del siglo XIX, se tiende a dar exclusividad al follet\u00edn, olvidando la importancia del teatro y la m\u00fasica, por ejemplo, as\u00ed como de la pintura, difundida por las exposiciones, los salones, las exposiciones universales y sobre todo por el diverso material impreso que estos generaron, como las revistas que rese\u00f1aban y describ\u00edan detalladamente los cuadros expuestos (Prochasson, 2000). Reviso esta cultura divulgada por la prensa en Venezuela a inales del siglo XIX, de manera especial por El cojo ilustrado, en De m\u00e9dicos, idilios y otras historias (2000). Las exposiciones de pintura contaron con un p\u00fablico masivo, como lo muestran los estudios sobre las exposiciones universales, por ejemplo; p\u00fablico que se ampli\u00f3 mucho m\u00e1s a trav\u00e9s del material impreso que, gracias a las nuevas t\u00e9cnicas de edici\u00f3n, circularon profusamente (tarjetas postales, revistas ilustradas, litograf\u00edas, \u201csouvenirs\u201d para los turistas, etc\u00e9tera).<\/p>\n\n\n\n<p>12 Sobre los hombres que se mantienen en armas y producen terror en las poblaciones por los saqueos y asesinatos que cometen durante la \u00e9poca de la Gran Colombia, puede consultarse el Resumen de la historia de Venezuela de Baralt (1841), texto especialmente valioso para los a\u00f1os en que escribe Eduardo Blanco (quien lo cita profusamente en Venezuela heroica), pues presenta las versiones m\u00e1s comunes de esos hechos durante el siglo XIX.<\/p>\n\n\n\n<p>13 Baralt mencionan entre los hombres que contin\u00faan la guerra en las cercan\u00edas de Caracas a Cisneros y a las \u201cpartidas de Doroteo Herrera y Centeno\u201d, quienes operan en las selvas de los G\u00fcires (la semejanza con las selvas del G\u00fcere donde vive el bandido Z\u00e1rate no parece una mera coincidencia). Destaca que \u201cno hab\u00edan cesado de inquietar en los a\u00f1os pasados [anteriores a 1827] los pueblos del sur de la provincia de Caracas\u201d y que consigue un \u201cincremento alarmante a favor de una especie de organizaci\u00f3n que les dio el teniente coronel espa\u00f1ol Don Jos\u00e9 Ariz\u00e1balo\u201d (184, T. III, 252). Sin embargo, Cisneros es en el Resumen de la historia de Venezuela mucho m\u00e1s independiente de las autoridades espa\u00f1olas de lo que dice Blanco en Z\u00e1rate.<\/p>\n\n\n\n<p>14 P\u00e1ez consigue someter a Cisneros a trav\u00e9s de una estratagema digna de un follet\u00edn: uno de sus hombres, el Coronel Stopford, con la ayuda de un gu\u00eda, llega a la \u201cguarida\u201d del bandido, secuestra a uno de sus hijos y se lo entrega a P\u00e1ez, quien lo bautiza, le pone el nombre de su padre y lo env\u00eda a la escuela para que aprenda el catecismo y las primeras letras (todos actos \u00bfmetaf\u00f3ricos? de sometimiento a las leyes, divinas o no). Luego P\u00e1ez le escribe a Cisneros llam\u00e1ndolo \u201ccompadre y amigo\u201d \u2013v\u00ednculo que, signiicativamente le permitir\u00e1 incorporarlo a la rep\u00fablica\u2013 y d\u00e1ndole todas las garant\u00edas para que se entregue \u2013le asegura que su vida y la de sus hombres ser\u00e1n respetadas y que no ser\u00e1n juzgados \u201cpor las opiniones y acontecimientos pasados\u201d (Ker Porter, 1997, 487). Apenas Cisneros y P\u00e1ez pactan los t\u00e9rminos de la paciicaci\u00f3n del \u201cbandido\u201d, \u00e9ste pasa a formar parte de las tropas de su compadre, quien lo encargar\u00e1 de capitanear los enfrentamientos contra otros \u201csalteadores\u201d en terrenos particularmente dif\u00edciles, en su calidad de \u201cpr\u00e1ctico\u201d \u2013Cisneros comandar\u00e1 las fuerzas del gobierno contra Gavante, por ejemplo, bandido que operaba en la zona de la Victoria (Ker Porter, 1997, 646). La muy interesante historia \u201cfolletinesca\u201d puede seguirse en el diario del primer diplom\u00e1tico brit\u00e1nico en Venezuela, Sir Robert Ker Porter, quien, adem\u00e1s de relatar los episodios y transcribir las cartas, no pierde oportunidad para desplegar su habitual iron\u00eda (\u00bfbrit\u00e1nica?): llama a Cisneros \u201cRobin Hood\u201d y comenta que, despu\u00e9s del acuerdo con P\u00e1ez, se ha convertido en el \u201ch\u00e9roe y honesto guardi\u00e1n de esos valles y monta\u00f1as: de hecho, su Commandat Militaire\u201d (1997, 501). Incluso, gracias a sus buenas relaciones con P\u00e1ez, conoce al bandido y hace a prop\u00f3sito del encuentro una descripci\u00f3n detallada de su aspecto f\u00edsico, esto es, una \u201clectura\u201d de su isonom\u00eda, como lo hac\u00edan cient\u00edficos, viajeros, novelistas y pintores en esa \u00e9poca, con el in de mostrar la \u201cverdadera\u201d identidad de los personajes \u2013reviso este problema en cultura venezolana de inales del siglo XIX y principios del XX en De m\u00e9dicos, idilios y otras historias (2000). P\u00e1ez apadrinar\u00e1 poco despu\u00e9s a otro hijo del Robin Hood venezolano, rito al cual invitar\u00e1 tambi\u00e9n al diplom\u00e1tico brit\u00e1nico. No intento decir con esto, sin embargo, que Blanco conociera o hubiera le\u00eddo el diario de Sir Robert, s\u00f3lo que la asociaci\u00f3n entre los bandidos iccionales y los salteadores venezolanos no parece una ocurrencia muy original de Blanco. Creo, por el contrario, que la cultura del siglo XIX, la m\u00e1s difundida por los peri\u00f3dicos, folletines y revistas, seguramente daba pie a este tipo de asociaciones y a presentar los hechos de este modo \u201cfolletinesco\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p>15 Hay un personaje que representa de un modo humor\u00edstico esta tendencia \u201cpopular\u201d: Romerales, quien narra aventuras supuestamente protagonizadas por \u00e9l durante las guerras de independencia con las que pretende mostrar su valent\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>16 El \u201ccap\u00edtulo\u201d sobre la violencia y los salteadores ligados a los llanos venezolanos fue mucho m\u00e1s extenso de lo que dice la novela. Recordemos que Humboldt (1941) se\u00f1ala que los caminos de los llanos estaban llenos de ladrones y destaca la necesidad de ir en caravanas para evitar el asalto. El asunto se complica y adquiere otras dimensiones con los cambios que producen las guerras de independencia, con las aspiraciones que convocan en sectores que no responden a las expectativas e intereses de los independentistas. Una vez concluidas las jornadas \u201cheroicas\u201d, las montoneras y alzamientos que tuvieron lugar a lo largo del siglo XIX, y especialmente la Guerra Federal, muestran que el cap\u00edtulo no se hab\u00eda cerrado, como pretende Blanco en la novela.<\/p>\n\n\n\n<p>17 Dabove estudia la importancia de este otro saber alternativo que alude la novela a trav\u00e9s de las selvas del G\u00fcere en el art\u00edculo anteriormente citado.<\/p>\n\n\n\n<p>18 Recordemos que estas referencias culturales siguen siendo importantes en la cultura tur\u00edstica o, mejor, en el turismo cultural que lleva anualmente a tantos millones de personas al Louvre; o que Scott contin\u00faa siendo un escritor importante que permite hacer ediciones baratas, de grandes tiradas y para p\u00fablicos diversos.<\/p>\n\n\n\n<p>19 Este segundo \u201ccamino textual\u201d (relacionado evidentemente con las escrituras de viaje, como las de Humboldt, y las historias de Venezuela, como la de Baralt) lo reviso con cuidado en un trabajo que realizo actualmente.<\/p>\n\n\n\n<p>20 El rey hace alusi\u00f3n precisamente a lo que no se dice de manera abierta en ninguna de las dos novelas: se trata de una guerra, aunque solapada o enmascarada, entre sectores que se pelean por el control de un territorio que todav\u00eda no est\u00e1 del todo ganado, \u201cconquistado\u201d, por uno de los bandos. El tener un apodo de guerra y no contar con tierras ni nombre son las dos caras de la misma moneda.<\/p>\n\n\n\n<p>21 Para un examen de la igura del bandido Z\u00e1rate como un sujeto fuera de la ley, puede consultarse el trabajo de Dabove (2005-2006).<\/p>\n\n\n\n<p>22 En cierto modo, Don Carlos intenta hacer lo mismo que hizo P\u00e1ez con el bandido Cisneros en la realidad; \u00e9ste \u00faltimo lo consigue con el bautismo, el primero con el matrimonio, ambos evidentes v\u00ednculos religiosos, aunque el lazo matrimonial sea el que se emplee preferentemente en las ficciones para simbolizar la nueva comunidad pol\u00edtica a la que se deben integrar los personajes.<\/p>\n\n\n\n<p>23 Contrasta, por eso mismo, con el c\u00f3digo de honor que permite a Lastenio y a Horacio resolver las disputas por la dama de un modo \u201ccivilizado\u201d \u2013sobre los problemas que surgen entre los dos amigos por la mano de Aurora, se\u00f1ala acertadamente Karl Krispin que parece un \u201clance de tenores y bar\u00edtonos\u201d (1997, 11).<\/p>\n\n\n\n<p>24 Se refiere, evidentemente, al \u00faltimo virrey del Per\u00fa, quien estuvo al mando de las fuerzas realistas que enfrentaron al ej\u00e9rcito independentista que comand\u00f3 Antonio Jos\u00e9 de Sucre en la batalla de Ayacucho.<\/p>\n\n\n\n<p>25 Sobre este punto, creo importante considerar los planteamientos de Peter Brooks (1996) sobre el melodrama en el proceso de secularizaci\u00f3n y democratizaci\u00f3n de las historias sagradas. Creo que el follet\u00edn, al apropiarse de muchos recursos melodram\u00e1ticos, profundiz\u00f3 y ampli\u00f3 esta tendencia que caracteriza, seg\u00fan Brooks, la imaginaci\u00f3n moderna.<\/p>\n\n\n\n<p>26 Aurora llevaba una vida \u201cmon\u00f3tona y casi solitaria\u201d, \u201csin m\u00e1s sociedad, que la muy fastidiosa para ella, de los pocos vecinos que ven\u00edan los domingos a visitar a su padre\u201d (81).<\/p>\n\n\n\n<p>27 Aurora, joven \u201cpura pero de imaginaci\u00f3n exaltada\u201d, termin\u00f3 por \u201ccrearse un \u00eddolo imaginario a quien revisti\u00f3 al principio con el ropaje vaporoso de los \u00e1ngeles grabados en su libro de oraciones\u201d (81). La sustituci\u00f3n del libro de oraciones por el follet\u00edn es un asunto que deber\u00eda revisarse con cuidado, pues permitir\u00eda comprender c\u00f3mo los folletines retomaron ideas, im\u00e1genes y relatos e intentaron darles nuevos sentidos en una cultura en franco proceso de secularizaci\u00f3n. En Z\u00e1rate el libro de oraciones de Aurora juega un papel importante en la relaci\u00f3n amorosa entre la joven y Horacio.<\/p>\n\n\n\n<p>28 La novela no menciona un t\u00edtulo en particular. Podr\u00eda aludir a la llamada \u201cnovela morisca\u201d, una tradici\u00f3n importante en la literatura espa\u00f1ola -la m\u00e1s conocida de estas icciones que idealizaban la relaci\u00f3n entre moros y cristianos, El Abencerraje, fue incluida por Antonio de Villegas en su Inventario de 1565. Debe recordarse, sin embargo, que la igura del moro idealizado fue motivo de muchas obras literarias (incluyendo el teatro) y que pas\u00f3 al romancero. Por otra parte, la novela de Gin\u00e9s P\u00e9rez de Hita, Historia de los bandos de los zegr\u00edes y abencerrajes, caballeros moros de Granada, de las civiles guerras que hubo en ella\u2026 hasta que el rey don Fernando el quinto la gan\u00f3 (Zaragoza, 1595), fue traducida al ingl\u00e9s y al franc\u00e9s a principios del siglo XIX y jug\u00f3 un papel importante en el orientalismo que pusieron de moda los rom\u00e1nticos en Europa, como Chateaubriand.<\/p>\n\n\n\n<p>29 La relaci\u00f3n de la novela con la escritura y la pintura de viajes es m\u00e1s que evidente, aunque tambi\u00e9n es necesario advertir que la mismas p\u00e1ginas que permiten hacer esa asociaci\u00f3n podr\u00edan servir para mostrar sus v\u00ednculos con las novelas de Walter Scott (es el caso de los primeros cap\u00edtulos de Z\u00e1rate que en mucho recuerdan las primeras p\u00e1ginas de Quentin Durward). Como se sabe, el p\u00fablico que consum\u00eda folletines en el siglo XIX era el mismo que se interesaba por las narraciones de viajes que publicaban las revistas ilustradas como la Magasin Pittoresque o Le Tour de Monde. Las novelas \u201chist\u00f3ricas\u201d de Scott agregaban el atractivo de la lecci\u00f3n de historia o del tour por el pasado.<\/p>\n\n\n\n<p>30 De este modo, Lastenio, Bustill\u00f3n y Z\u00e1rate est\u00e1n excluidos de la nueva alianza. Todos ellos deben salir del \u201ccuadro\u201d que permite representar a la nueva naci\u00f3n como una comunidad imaginada. La diferencia entre ellos, sin embargo, es muy importante: los dos \u00faltimos deben morir, al primero le toca una suerte de \u201cexilio dorado\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p>31 La empresa de Humboldt no se limitaba al plano cient\u00edico, pues era tambi\u00e9n su inter\u00e9s mostrar el paisaje americano como un terreno inexplorado y muy rico para el mundo del arte.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Obras citadas<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Baralt, Jos\u00e9 Mar\u00eda. Resumen de la historia de Venezuela, desde el a\u00f1o de 1797 hasta el de 1810. Par\u00eds: Imprenta de H. Fournier y Compia, 1841. Ed. consultada: Brujas-Par\u00eds: Descl\u00e9e, de Brouwer, 1939, 3 vols.<\/p>\n\n\n\n<p>Blanco, Eduardo. Z\u00e1rate. Caracas: Imprenta Bol\u00edvar, 1882. Ed. consultada: Buenos Aires: Imprenta L\u00f3pez, 1952.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u2013 Venezuela heroica; cuadros hist\u00f3ricos. Caracas: Imprenta Sanz, 1881. Ed. consultada: Caracas: Biblioteca Popular Venezolana (Ministerio de Educaci\u00f3n Nacional), 1951.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u2013 Lionfort, drama en tres actos. Caracas: La Opini\u00f3n Nacional, 1879.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u2013 Una noche en Ferrara, o La penitente de los teatinos, novela original. Caracas: Imprenta Federal, 1875. (Publicada primero pero en el mismo a\u00f1o en La Tertulia).<\/p>\n\n\n\n<p>Bolet Peraza, Nicanor. (Seud. Abdul-Azis). Art\u00edculos de costumbres y literarios. Barcelona: Casa Editorial Araluce, 1931.<\/p>\n\n\n\n<p>Brooks, Peter. The Melodramatic Imagination: Balzac, Henry James, Melodrama and the Mode of Excess. 1\u00aa. ed. 1976. New Haven: Yale University Press, 1996.<\/p>\n\n\n\n<p>Catelli, Nora. Testimonios tangibles. Pasi\u00f3n y extinci\u00f3n de la lectura en la narrativa moderna. Barcelona: Anagrama, 2001.<\/p>\n\n\n\n<p>Chartier, Roger. Entre poder y placer. Cultura escrita y literatura en la Edad Moderna. Madrid: C\u00e1tedra, 2000.<\/p>\n\n\n\n<p>Cavallo, Guglielmo y Roger Chartier (eds.). Historia de la lectura en el mundo occidental. Madrid: Taurus, 1998.<\/p>\n\n\n\n<p>Dabove, Juan Pablo. \u201cEl bandido y su legado maldito en la fundaci\u00f3n de la naci\u00f3n-estado: Z\u00e1rate, de Eduardo Blanco\u201d. Estudios. Revista de Investigaciones Literarias y Culturales 26-27 (2005-2006), 27-51.<\/p>\n\n\n\n<p>Dominici, Pedro C\u00e9sar. La tristeza voluptuosa. Madrid: Imp. de Bernardo Rodr\u00edguez, 1899.<\/p>\n\n\n\n<p>Humboldt, Alejandro. Viaje a las regiones equinoccianales del nuevo continente,  hecho en 1799, 1800, 1801, 1802 y 1803 por A. De Humboldt y A. Bonpland. Lisandro Alvarado (tr.). Caracas: Biblioteca Venezolana de la Cultura, 1941.<\/p>\n\n\n\n<p>Ker Porter, Sir Robert. Diario de un diplom\u00e1tico brit\u00e1nico en Venezuela. 1825-1842. Caracas: Fundaci\u00f3n Polar, 1997.<\/p>\n\n\n\n<p>Krispin, Karl. \u201cPr\u00f3logo\u201d. En: Eduardo Blanco. Z\u00e1rate. 1\u00aa ed. 1972. Caracas: Monte \u00c1vila, 1997.<\/p>\n\n\n\n<p>Luk\u00e1cs, Georg. La novela hist\u00f3rica. M\u00e9xico: Ediciones Era, 1977.<\/p>\n\n\n\n<p>Lyons, Martin. \u201cLos nuevos lectores del siglo XIX: Mujeres, ni\u00f1os y obreros\u201d. En: Cavallo, Guglielmo y Roger Chartier (eds.). 1998, 473-517.<\/p>\n\n\n\n<p>Mart\u00ed, Jos\u00e9. \u201cVenezuela Heroica\u201d. Revista Venezolana Caracas (1 de julio de 1881), 30-31. <\/p>\n\n\n\n<p>Miliani, Domingo. Tr\u00edptico Venezolano. Caracas: Fundaci\u00f3n de Promoci\u00f3n Cultural de Venezuela, 1985.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u2013 \u201cEstudio preliminar\u201d. En: Ferm\u00edn Toro. Caracas: Colecci\u00f3n Cl\u00e1sicos Venezolanos de la Academia de la Lengua, 1963, 2 Tomos.<\/p>\n\n\n\n<p>Pardo, Miguel Eduardo. Todo un pueblo. Madrid: Imp. de la Vida Literaria, 1889. Ed. consultada: Caracas: Monte \u00c1vila, 1981.<\/p>\n\n\n\n<p>Payno, Manuel. Memorias sobre el matrimonio. M\u00e9xico: Planeta-Joaqu\u00edn Mortiz, 2002.<\/p>\n\n\n\n<p>P\u00e9rez Bonalde, Juan Antonio. Estrofas. Nueva York: s.e, 1877.<\/p>\n\n\n\n<p>Pic\u00f3n Febres, Gonzalo. La literatura venezolana en el siglo XIX. 1906. Ed. consultada: Caracas: Italgr\u00e1ica (Fuentes para la historia de la literatura venezolana, 4), 1972.<\/p>\n\n\n\n<p>Pic\u00f3n Salas, Mariano (comp.). Antolog\u00eda de costumbristas venezolanos del siglo XIX. Caracas: Biblioteca Popular Venezolana, 1964.<\/p>\n\n\n\n<p>Prochasson, Christophe. \u201cDe la culture des foules \u00e0 la culture de masse\u201d. En: Burgui\u00e8re, Andr\u00e9 y Jacques Revel (dir.). Histoire de la France. Choix culturels et m\u00e9moire. Par\u00eds: Seuil, 2000, 183-232.<\/p>\n\n\n\n<p>Rivas Rojas, Raquel. \u201cUn campo de batalla sin sangre. La heroicidad vicaria de Eduardo Blanco\u201d. Bulletin of Hispanic Studies 84 (2007), 59-65. S.A. \u201cLos siete pecados capitales\u201d. El Repertorio 1 (enero de 1845), 58.<\/p>\n\n\n\n<p>Said, Edward. Orientalismo. Barcelona: Random House Mondadori, 2003, (1\u00aa ed. en ingl\u00e9s, 1978).<\/p>\n\n\n\n<p>Sarmiento, Domingo Faustino. Facundo. Caracas: Biblioteca Ayacucho, 1977.<\/p>\n\n\n\n<p>Scott, Walter. Quentin Durward. [1823]. Gen\u00e8ve: Editions Ferni (C\u00edrculo de Amigos de la Historia), 1975.<\/p>\n\n\n\n<p>Silva, Jos\u00e9 Asunci\u00f3n. Obra completa. Caracas: Biblioteca Ayacucho, 1977.<\/p>\n\n\n\n<p>Silva Beauregard, Paulette. Las tramas de los lectores. Estrategias de la modernizaci\u00f3n cultural en Venezuela (siglo XIX). Caracas: Fundaci\u00f3n para la Cultura Urbana, 2007a.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u2013 \u201cCon coloretes y polvo de arroz: de Amistad funesta a Luc\u00eda Jerez\u201d. Estudios. Revista de Investigaciones Literarias y Culturales 15.29 (enero-junio de 2007b), 49-72.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u2013 De m\u00e9dicos, idilios y otras historias. Relatos sentimentales y diagn\u00f3sticos de Fin de siglo. Bogot\u00e1: Convenio Andr\u00e9s Bello, 2000.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u2013 \u201cDos caras, un retrato y la b\u00fasqueda de un nombre: el letrado ante la modernizaci\u00f3n en Z\u00e1rate de Eduardo Blanco\u201d. En: Gonz\u00e1lez, Beatriz; Javier Lasarte et al (coords.). Esplendores y miserias del siglo XIX. Caracas: Monte \u00c1vila Editores, 1995, 411-427.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u2013 Una vasta morada de enmascarados. Poes\u00eda, cultura y modernizaci\u00f3n en Venezuela a inales del siglo XIX. Caracas: La Casa de Bello, 1993.<\/p>\n\n\n\n<p>Toro, Ferm\u00edn. \u201cUn rom\u00e1ntico\u201d. En: Ferm\u00edn Toro. Caracas: Colecci\u00f3n Cl\u00e1sicos Venezolanos de la Academia de la Lengua, Tomo I, 1842, 133-136.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u2013 \u201cIdeas y necesidades\u201d. En: Ferm\u00edn Toro. Caracas: Colecci\u00f3n Cl\u00e1sicos Venezolanos de la Academia de la Lengua, Tomo I, 1842, 88.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u2013 \u201cEuropa y Am\u00e9rica\u201d. En: Ferm\u00edn Toro. Caracas: Colecci\u00f3n Cl\u00e1sicos Venezolanos de la Academia de la Lengua, Tomo II, 1839\u00aa, 11-81.<\/p>\n\n\n\n<p>Villasana, \u00c1ngel Ra\u00fal. Ensayo de un repertorio bibliogr\u00e1ico venezolano. 1808-1950. Caracas: Banco Central de Venezuela, 1969.<\/p>\n\n\n\n<p>Wittmann, Reinhardt. \u201c\u00bfHubo una revoluci\u00f3n en la lectura a inales del siglo XVIII?\u201d. En: Cavallo, Guglielmo y Roger Chartier (eds.). 1998, 435-472.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Paulette Silva Beauregard El perfil de Eduardo Blanco hecho por el cr\u00edtico Felipe Tejera en 1881 me permitir\u00e1 presentar un problema que creo importante para acercarse a la novela venezolana del siglo XIX. 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